La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

domingo, 30 de diciembre de 2018

Nochevieja


Desde esta atalaya de la vida (acabo de cumplir 55) contemplo con incredulidad y cierta ternura la preocupación de tantos por procurarse una macrofiesta para la Nochevieja. ¿Qué puede haber más irracional que gastar una cantidad absurda de dinero en despedir el año apretujado entre una legión de desconocidos, consumiendo alcohol sin moderación, dejándose volar los tímpanos con el horror musical de turno, y rematar la faena en una churrería hedionda de fritanga, peleándose con los borrachos más recalcitrantes de la ciudad y deseando estar muerto o, al menos, en coma? Todo esto suele venir aderezado por un buen número de incidentes que oscilan entre lo grotesco y lo humillante, rozando a veces lo delictivo, aunque esto sea quizás lo más llevadero, dadas las propiedades anestésicas del alcohol y su capacidad para impedirnos consolidar recuerdos a corto plazo. Sin embargo, esto último no siempre funciona, pues de otro modo yo no recordaría algunos episodios que protagonicé hasta no hace tanto tiempo, cuando aún no me había liberado de la pulsión del cotillón de Nochevieja. Hubo bailes estrambóticos, conatos de pelea y efusiones afectivas con personas que, en circunstancias normales, me habrían resultado indiferentes o despreciables. Pero el peor recuerdo es, sin duda, el de aquella fiesta tan cutre en la que todos éramos varones, mientras que en el piso de arriba se celebraba un cotillón de postín con DJ, matasuegras y abundancia de chicas glamurosas en el que intenté colarme varias veces. Esa noche alcancé un estatus de individuo patético que probablemente no me haya abandonado todavía. Por fortuna, no recuerdo mucho más, únicamente que entre unos amigos y yo arrojamos una motocicleta por la ventana. No sé a quién pertenecía, quizás a alguno de los maromos que nos expulsaron de la fiesta de arriba. Aunque, miren, ahora que lo pienso eso no estuvo tan mal. Bendita juventud.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 28/12/2018

GAS


Los músicos de rock usan el término GAS para referirse a la tendencia compulsiva a comprar cachivaches nuevos para ampliar su equipo. La palabra es el acrónimo de “Gear Adquisition Syndrome”, y parece que no afecta solamente a los músicos, sino también a los fotógrafos, a los aficionados al motor y a otros muchos colectivos de gente con pasatiempos caros. Pero el síndrome castiga de forma especial a los roqueros, entre los que me cuento. Hace cosa de un año decidí retomar mi afición adolescente por la guitarra eléctrica y les propuse a unos amigos que formáramos un grupo de rock. Según mi previsión, el desembolso iba a ser modesto. En algún rincón polvoriento de mi trastero todavía conservaba dos guitarras (una eléctrica y otra acústica), y un amplificador vetusto pero aún en funcionamiento. Pronto me di cuenta que aquello no había hecho más que empezar, en especial al comprobar que el otro guitarrista del grupo tenía, no una, sino dos guitarras eléctricas y un amplificador mucho más potente que el mío. Entonces empezó la carrera por adquirir más y mejor equipo, y el síndrome conocido como GAS se desató en su versión más virulenta y costosa. Un año después, poseo cinco guitarras eléctricas de todas las formas y colores, un amplificador que se podría usar para hacer demoliciones, una colección de pedales de guitarra cuya utilidad todavía no tengo muy clara, y varios cachivaches más que incluyen soportes, afinadores, correas, etc. Hace un par de semanas, durante una de las crisis más severas de mi GAS, me compré un banjo que apenas sé tocar, pero que queda precioso colgado de la pared. He perdido la cuenta del dinero que he gastado, y mi mujer empieza a mirarme como si estuviera perdiendo la cabeza, lo que podría ser una descripción exacta de mi estado. ¡Larga vida al rock and roll!

Publicado en La Tribuna de Albacete el 21/12/2018

Fobias


Todos tenemos nuestros miedos, algunos compartidos (a la muerte, a la enfermedad, a los inspectores de Hacienda), y otros particulares e intransferibles. Yo, desde que era un crío, les tengo un miedo atroz a las escaleras mecánicas. En mi infancia las únicas escaleras de este tipo que había en la ciudad eran las del edificio nuevo de Fontecha y Cano, en la esquina de la calle Mayor y la Calle Ancha. El ingenio, jamás visto por estas latitudes, permitía ascender desde el primer al segundo piso sin el menor esfuerzo, y fue muy celebrado en aquella soñolienta población de los años setenta que de pronto se encontró subida en el tren de la modernidad. Muy celebrado por todo el mundo menos por mí, que sentí un escalofrío nada más verlo y me negué en redondo a probarlo, y ello a pesar de los ruegos y el bochorno de mis padres, que acababan de descubrir que su primogénito, además de gordito, era un niño pusilánime y seguramente corto de entendederas. Pero en mi imaginación infantil se había proyectado una película acerca de los muchos accidentes cruentos que aquel artilugio podía causar, desde la pérdida de extremidades al riesgo de quedar triturado entre aquellos dientes y garras de acero en los que nadie parecía reparar. El problema es que en mi edad adulta sigo conservando esa fobia intacta, y hoy en día resulta casi imposible ir por el mundo sin toparse con escaleras mecánicas por todas partes. Este último fin de semana, sin ir más lejos, he hecho el ridículo en varias de las estaciones de metro más concurridas de Madrid. Habrá quien todavía se pregunte de dónde había salido ese troglodita que ascendía y descendía con cara de pánico, aferrado a la barandilla y dando un salto al final de cada tramo para evitar el mordisco del monstruo que, a buen seguro, se escondía debajo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/12/2018

Símbolos


El mundo de los significados es elusivo. Las palabras, por ejemplo, mutan sus significados constantemente, o se nutren de acepciones nuevas que antes no poseían. Originalmente, la palabra «avión» designaba al pájaro que comúnmente se conoce como «vencejo», y una «azafata» era una mujer noble que servía a la reina. El lenguaje, como todos los asuntos humanos, es una sustancia volátil, por mucho que la Real Academia se esfuerce en fijarlo y limpiarlo de impurezas. Con los símbolos pasa algo parecido, y las banderas son buen ejemplo de ello. Los mismos colores que a unos les inspiran reverencia, a otros les pueden provocar desprecio o miedo. Y ello pese a lo que digan las leyes, porque legislar sobre símbolos es tan inútil como hacerlo sobre el significado de las palabras. En Cataluña, las banderas se han convertido en el símbolo de la crispación y la brecha social que allí se sufre. La Constitución sanciona que la bandera roja y gualda es uno de los símbolos del Estado, y por lo tanto nos representa a todos, pero muchos ciudadanos de este país no lo sienten así. Hay muchos motivos para este rechazo. Algunos son de índole histórica. Otros, no hay que ir a buscarlos tan lejos. La derecha más rancia ha convertido la bandera nacional en la punta de lanza de sus mítines y manifestaciones, y lo que para unos es un emblema venerable, para otros se ha convertido en representación de la España más caduca y carpetovetónica. Eso los políticos lo saben muy bien. Por ello algunos no comprendemos ese acto excesivo y gratuito de colocar una bandera gigantesca en la punta del parque, a muy pocos metros de organismos oficiales donde ya cuelgan banderas porque así lo ordena la ley. Puede que quienes presidieron el acto lo único que izaran fueron sus propios intereses partidistas, y una visión de España que, desde luego, no es la mía.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/12/2018

La última pregunta



“La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, un momento en que la humanidad acababa dar de su primer paso hacia la luz”. Estas son las primeras palabras de un relato mítico de la ciencia ficción moderna, The Last Question, publicado por el escritor norteamericano Isaac Asimov en 1956. Alguna vez se ha dicho que se trata de la mejor historia corta de ciencia ficción de todos los tiempos, afirmación quizás discutible. De lo que nadie puede dudar es de la colosal influencia de Asimov en la formación de amantes de este género, ni de su mérito como divulgador de la ciencia y del conocimiento en general. En “La última pregunta” se narra la historia futura de la humanidad en unas pocas páginas. A lo largo de distintos momentos del desarrollo de la especie humana, alguien le pregunta a la gigantesca computadora Multivac si existe algún modo de detener y revertir la muerte térmica del universo, el proceso que los físicos denominan “entropía”, cuyo resultado será un espacio convertido en una ámbito frío, oscuro e inerte. No voy a reventar el final del relato, pero puedo asegurar que es uno de los momentos más hermosos y poéticos que he vivido como lector, una demostración magistral de cómo la literatura y la ciencia pueden darse la mano. También del valor del arte como herramienta de conocimiento. Hoy lo he comprobado otra vez con mis alumnos, que han escuchado fascinados la voz de Asimov leyendo su historia. Puede que no exista una “última pregunta”, pues cada respuesta seguirá abriendo nuevas incógnitas. Pero la obligación de quienes educamos, al menos así lo veo, es esforzarnos por estimular las mentes de los jóvenes, su curiosidad y su imaginación. Tal vez uno de ellos sea capaz de hallar la respuesta a alguna de las grandes preguntas de nuestro tiempo.
  
Publicado en La Tribuna de Albacete el 30/11/2018

Animales muertos


Esa caja de sorpresas que es la prensa digital de Albacete no se limita a informarnos sobre la tasa de alcoholemia de los conductores pillados in fraganti, o a intrigarnos con titulares al estilo de Miguel Gila, del tipo «alguien ha matado a alguien». A veces también nos sorprende con noticias de hondo contenido humano y social, incluso con alertas sanitarias. Esta semana hemos sabido que en el balcón de un piso de cierta calle céntrica, propiedad de unos ciudadanos de origen chino, tenían colgados un buen número de «animales muertos». La noticia se ilustraba con una foto del balcón en la que, en efecto, se distinguían unos veinte o treinta pequeños cadáveres que colgaban melancólicamente de la barandilla. No parecían perros, gatos ni roedores, sino más bien aves, quizás pollos o patos. Las sutilezas de la cocina asiática se me escapan, pero la china, en concreto, es famosa por la variedad y exotismo de los productos que emplea en sus recetas, desde babas de golondrina a intestinos de pato, aunque por estas latitudes, donde las vísceras más nauseabundas gozan de tanto predicamento, eso no debería sorprendernos. El problema con estos ciudadanos chinos no es que las aves estuvieran muertas (no conozco ninguna receta en la que se cocinen vivas). Tampoco su exhibición pública (¿acaso cualquier aficionado a la caza no está habituado a escenas mucho peores?). Lo preocupante es que el escenario del cruento despliegue fuera un balcón en medio de la ciudad  y el hecho de que la familia regente un restaurante (atención: NO se trata del que está en la misma calle), por lo que caben ciertas dudas de si el destino de la modesta masacre no sería la cocina del establecimiento. Yo frecuentaba los restaurantes chinos. Ahora estoy considerando la posibilidad de hacerme vegetariano.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 16/11/2018

Élite


Hoy me ha sucedido algo. Después de 29 años seguidos trabajando en el mismo instituto, he recibido de manos de su secretario la llave de una de las taquillas. Y no se trata de una taquilla cualquiera, sino de una de las históricas, un armario de madera noble con el número que la identifica tallado en bajorrelieve en la parte superior. Hay solo veinte de estas taquillas. En su día, cada profesor tuvo la suya, pero ahora somos más de ochenta, por lo que su posesión se ha convertido en un signo de prestigio y exclusividad, como un Ferrari o una villa en la Costa Azul, pero a medida de nuestro menguante prestigio social y profesional. Los mecanismos por los que se accedía al privilegio de una taquilla eran complejos. Tenían mucho que ver con el azar y con la capacidad del aspirante para complacer a un propietario a punto de jubilarse. Pero el nuevo equipo directivo ha decido cortar por lo sano y repartir todas las taquillas sin propietario, que eran ocho, y casi ninguna vacía. Sus anteriores dueños (entre ellos varios difuntos) habían decidido perpetuar su presencia en el instituto dejando atrás recuerdos que son casi reliquias: una bata blanca colgada de una percha como un melancólico fantasma, una pila de exámenes pretéritos cuyos autores, a juzgar por el color amarillento del papel, ya deben de ser también jubilados… A partir de hoy, una de esas cápsulas de tiempo me pertenece a mí. Y ahora solo me falta pensarme el asunto de la reliquia. No uso bata y procuro reciclar el papel, pero pienso que uno de mis huesos (o incluso la calavera) podrían resultar adecuados para el empeño. Lo único que enturbia mi alegría es que mi taquilla es la número cinco y, ya saben, el dichoso número tiene mala rima. 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 23/11/2018

We Will Rock You


Esta semana he visto por fin “Bohemian Rhapsody”, la película sobre la vida de Freddie Mercury y (en segundo plano) la historia de Queen, la banda de la que fue cantante solista. Recalco el “por fin” porque me moría de ganas por hincarle el diente a este “biopic” desde que aparecieron los primeros trailers. Y no me he sentido decepcionado. Es cierto que es un producto para fans, y que comparte mucho del cine de superhéroes del que su director, Bryan Singer, se ha convertido en especialista. Más que a una persona de carne y hueso, el Freddie Mercury de la película nos recuerda a Superman o a Lobezno, un individuo con poderes sobrehumanos y, a la vez, una atormentada vida interior. Tan atormentada, de hecho, que incluso en eso se distingue del común de los mortales y se eleva sobre ellos. Pero cuando uno va al cine no espera que le proyecten un documental, sino una historia que le emocione y le haga vibrar, lo que solo es posible gracias a la ficción. Y “Bohemian Rhapsody” logra ese objetivo tan difícil de emocionarnos en varios momentos, sobre todo al final, cuando las peripecias del artista ceden protagonismo a la música, y la magia del cine nos encarama al escenario del antiguo Wembley donde Queen actuó en 1985, después de Dire Straits y antes de David Bowie. En ese glorioso momento de la cinta no pude reprimir una lagrimita, no solo por la música, sino porque me vino a la memoria cierto muchacho de 17 años que todas las tardes, al salir del instituto, se reunía con sus amigos para escuchar discos de Queen, de Pink Floyd y de Led Zeppelin. No sé qué habrá sido de él.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 9/11/2018

Sepelios


Nuestra relación con la muerte ha cambiado. Antes la gente moría en su casa. Las mujeres de la familia se encargaban de arreglar el cadáver, de lavarlo, de vestirlo o amortajarlo. El velatorio se celebraba en casa y, hasta la mañana siguiente, no tomaban el relevo los de la funeraria para organizar el traslado a la iglesia y al cementerio. Ahora todos los ritos que rodean a la muerte se han vuelto impersonales. Desde el instante del fallecimiento, el muerto está solo o en manos de extraños, como si jamás hubiese existido. Incluso el velatorio, si es que tiene lugar, se realiza con un cristal de por medio. En este asunto, como en tantos otros, a la gente de hoy no nos gusta mancharnos las manos. Delegamos en otros, pagamos lo que haga falta con tal de ahorrarnos el contacto con los aspectos más ingratos de la vida, y la muerte sin duda lo es. O tal vez no. Hace poco leí un relato en el que un grupo de matrimonios esparcen las cenizas de una querida amiga que había sido el nexo de unión entre todos ellos. Cuando vuelven a reunirse, descubren que todos han conservado una reliquia de la fallecida. Al parecer, la empresa funeraria cometió un error al incinerar el cadáver. Entre las cenizas quedaron numerosas esquirlas de hueso calcinado, algunas del tamaño de una nuez. Nadie reparó en el detalle hasta el momento de introducir la mano en la urna para tomar su puñado de cenizas. Entonces, en secreto, cada uno se guardó un fragmento de hueso. Cuando lo descubren, deciden que se reunirán todos los años en conmemoración de la amiga muerta, y que cada cual llevará consigo ese trocito de la persona a la que tanto amaron en vida. Los protagonistas del cuento no vacilan en mancharse las manos. Una alegoría triste y a la vez muy hermosa.


Publicado en La Tribuna de Albacete el 2/11/2018

Fumar


O yo me estoy haciendo viejo o el mundo se está volviendo demasiado complicado. O las dos cosas. Cuando era joven todo resultaba relativamente sencillo. Fumar, por ejemplo. Uno iba a un estanco y pedía una marca de tabaco. Y ya está (cierto es que a veces fumábamos otras cosas, pero eso no viene a cuento ahora). Ahora en los estancos venden las sustancias más insólitas. Algunas parecen golosinas y otras vienen en frasquitos. Y la simple observación no ayuda mucho a comprender la naturaleza de esos mejunjes. Intuyo, sin embargo, que algunos se inhalan con el auxilio de unos dispositivos electrónicos parecidos a un bolígrafo, cachivaches que sin duda cuentan con luces LED y con puerto USB. Otros utensilios del fumador moderno se adentran más bien en el mundo de orientalismo, y guardan cierto parecido con las pipas de los fumadores de opio. De lo único que estoy seguro es de mi estupor ante ciertas conversaciones que oigo mientras aguardo mi turno en el estanco: «¿Tenéis algún sabor nuevo?» «Sí, ahora nos ha llegado con sabor de melocotón?». O de pipermín, o de manzana caramelizada, o de solomillo con reducción de Pedro Jiménez. Y acto seguido se llevan unos frasquitos que parecen salidos del laboratorio de la serie Breaking Bad. O bien unos tarros llenos de píldoras de colores que me recuerdan a la fábrica de Willy Wonka. Y yo pienso, «por Dios, ¿qué se está fumando esta gente?». ¿Adónde han ido a parar aquellos Ideales, aquellos Celtas cortos, aquellos Bisontes de mi juventud? A veces incluso me viene a la memoria el nombre de don Francisco Hernández Boncalo, aquel descubridor y científico del siglo XVI que trajo de las Indias las primeras semillas de tabaco, convirtiéndose así en precursor del enfisema y del cáncer de pulmón. ¿Qué pensaría el buen caballero de todo esto? A buen seguro, estará revolviéndose en su tumba.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 26/10/2018


"Mariconeces"


Mucho se ha hablado esta semana (y la pasada, me temo) sobre esa concursante de Operación Triunfo que protestó porque la letra de la canción que le había tocado incluía la palabra “mariconez”. Se trataba de, “Quédate en Madrid”, un éxito de Mecano de los 80, y la línea de la discordia rezaba “siempre los cariñitos me han parecido una mariconez”. La concursante opinaba que el término “mariconez” destilaba homofobia, y pidió que fuera sustituido por otro más neutro, a lo que los responsables del programa accedieron en un principio. “Siempre los cariñitos me han parecido una estupidez”, fue el cambio propuesto. Y me sorprende que ningún académico de la RAE montara en cólera, porque al verso le falta una sílaba (las palabras “una” y “estupidez” forman sinalefa en castellano y, por tanto, ha de contarse una sílaba menos). Pero quien montó en cólera fue José María Cano, autor original del tema: “Si se cambia ‘mariconez’ por ‘estupidez’, la canción no se canta”, anunció henchido de orgullo por su obra imperecedera. Y así quedó la cosa. A mí se me ocurre que tal vez podría haberse usado la palabra “gilipollez”, que quizás no habría ofendido a los gais, aunque sí a los gilipollas, que seguramente sean más numerosos. También se me ocurre que todo este asunto tiene más importancia de la que parece, pues representa un valioso ejemplo del estado de la industria musical en nuestro país, donde hay infinidad de grupos y artistas valiosos que se ven obligados a arrastrarse por las carreteras, de pueblo en pueblo, para poner un plato de lentejas sobre la mesa, y quienes se llevan el gato al agua son los intérpretes de karaoke cantando el repertorio más rancio y cutre de los 80. Lo que le faltaba a Mecano no era corrección política, sino un letrista medio competente.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 20/10/2018

sábado, 13 de octubre de 2018

"Homo perturbatus"



Dicen que para los niños el mundo es una fuente constante de asombro, pero yo creo más bien lo contrario. Cuando era un crío, todo me parecía claro, diáfano. Ahora, sin embargo, pocas son las cosas que no me dejan estupefacto. El clima, por ejemplo. En mi libro de Sociales de EGB se ilustraban las cuatro estaciones con cuatro imágenes perfectamente diferenciadas: la que explicaba la primavera era un prado verde y lleno de flores; el verano, una playa bajo un sol reluciente; el otoño era un bosque de árboles desnudos con el suelo cubierto de hojas; el invierno, naturalmente, un paisaje nevado. Ahora, en cambio, se podrían intercambiar los pies de foto sin faltar a la realidad, tal es el trastoque meteorológico que sufrimos. En el fondo estoy de acuerdo con esos meteorólogos que invocaba el chistoso de Rajoy. Sé que el tiempo y que el clima comportan un cierto grado de incertidumbre y que, por mucho que la ciencia avance, sigue siendo imposible predecir de forma fehaciente si la semana que viene va a lucir el sol o si van a caer chuzos de punta. Pero este desmadre ya es demasiado. La cronología forma parte de nuestra naturaleza. Necesitamos ritos de tránsito, piedras miliares que nos anclen al tiempo. Arreglar los armarios es una de ellas. El acto de guardar la ropa de la temporada anterior (con o sin bolitas de alcanfor) y sustituirla por la de la siguiente nos proporciona calma, porque percibimos que las cosas ocurren según una secuencia regular y establecida. Pero hoy en día nuestros armarios se parecen al rastrillo donde malbaratamos la ropa de un pariente difunto: los jerséis de lana conviven con camisas floreadas; los abrigos, con los bañadores. Esta desubicación climática tiene que ser por fuerza perniciosa. El homo sapiens está en peligro de extinción. Se avecina el homo perturbatus.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 12/10/2018

Cómo perder amigos



Y no me refiero a amigos de los de verdad, sino a los de Facebook. Es cierto que algunos coinciden, pero a los amigos de verdad ni tocarlos, porque uno nunca sabe cuándo va a necesitar un hombro sobre el que llorar o un compañero para irse de cañas o un préstamo de 30 euros. Pero los “amigos” de Facebook no suelen dar semejantes prestaciones, por lo que se les puede eliminar del mapa sin reparos ni remordimientos. Yo mismo acabo de realizar un exterminio masivo y puedo asegurar que el pulso no me ha temblado. Mi lista de amigos estaba próxima a alcanzar los mil usuarios, y cada vez que la repasaba la pregunta surgía una y otra vez: ¿y este quién será? Ahora me he quedado con unos 400 pero me siguen pareciendo demasiados. El problema es que la purga lleva tiempo, porque para realizarse con rigor debe adoptar la forma de un test. Primera pregunta: ¿este tipo y yo tenemos cinco o más a amigos en común? Si es que no, puerta (sin duda se trata de un sociópata a lo mejor ni siquiera existe). Segunda pregunta: ¿el tipo alardea de sus hazañas deportivas. ¿Sí? Vete a correr el maratón de Tokio y no vuelvas. ¿El fulano es poeta y tortura al respetable con sus engendros? Al pozo del olvido sin miramientos. ¿Se trata de un filósofo o pensador aficionado? Uf, esos son los peores. Por último, ¿nos muestra los resultados de sus logros culinarios o exhibe los álbumes de sus vacaciones? ¡Al paredón virtual! Dicho esto, tengo que reconocer que muchos de mis contactos me han “desamigado” últimamente, sobre todo desde que mostré el proceso de realización de mi tatuaje, del que tan orgulloso me siento. Pero no los echo de menos. Otros vendrán.


Publicado en La Tribuna de Albacete el 5/10/2018

El pequeño Nicolás



A principios de curso muchos profesores solemos experimentar un severo arrebato pedagógico y nos da por elaborar nuevos materiales para nuestros alumnos. Me refiero a materiales modernos, con un alto contenido “lúdico”, de los que fomentan la participación de los discentes, integran “destrezas” y responden escrupulosamente a los “estándares” del “currículo educativo”. Lo normal es que con los años a uno se le pasen estas veleidades. Sin embargo, la nueva pedagogía es un veneno de acción lenta, pero persistente, y a poco que te descuides te encuentras plantado delante del ordenador pensando en la forma de entretener a los chicos, de hacerles la estancia en clase más grata y, de paso, de buscar modos de que aprendan sin dolor (prodesse et delectare, como decía Horacio). La mayoría de estos materiales elaborados con tanto esfuerzo suelen terminar en la papelera de reciclaje, pues la realidad de las aulas siempre acaba por imponer su tiranía, y los gestos de aburrimiento y fastidio de los chicos son tan elocuentes que difícilmente se pueden pasar por alto. Ya me advirtió sobre esto una antigua compañera, profesora de francés ya jubilada, quien un año decidió aparcar la conjugación del verbo avoir y leer con sus alumnos los libros del Pequeño Nicolás (y no me refiero a ese caradura que aparecía tanto por televisión, sino al entrañable personaje de René Goscinny). Cierto día, se disponía mi compañera a entrar en clase con una pila de libros de Le Petit Nicolas bajo el brazo, cuando oyó murmurar a uno de los alumnos: “Ya está aquí otra vez la petarda esta con el Pequeño Nicolás de los cojones”. Ahí acabó su arrebato pedagógico. Al día siguiente, atracón del verbo avoir para todos. Lo bueno de estos sarpullidos es que antes o después se acaban curando. Menos en los casos de quienes han convertido la tontería en su forma de vida.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 28/9/2018

jueves, 27 de septiembre de 2018

Tatuaje



La compañía norteamericana Domino’s Pizza ha errado el cálculo con la última campaña publicitaria que ha lanzado en Rusia. Domino’s se comprometía a suministrar pizzas gratis, hasta un máximo de cien anuales, a todo ruso que se tatuara su logotipo (una ficha de dominó) en un sitio visible. Y eso durante cien años. Estaba previsto que la campaña durara un mes. Sin embargo, cuando al cabo de cuatro días los solicitantes de pizzas gratis ya rondaban el medio millar, se dio por cerrada la campaña, pues las cuentas no les salían. De haber mantenido la oferta, no habría sido posible encontrar trigo en Rusia para tanta pizza. Imagino que los responsables de la campaña ya estarán en Siberia. Con su desconocimiento de la psicología de masas, han estado a punto de causarle a la multinacional un grave descalabro económico. Dicen los norteamericanos que los almuerzos gratis no existen (“there ain’t no such thing as a free lunch”), pero medio millar de rusos hambrientos han decidido demostrar lo contrario. Nadie sabe lo que la gente es capaz de hacer por obtener algo gratis. Lo vimos en Magaluf, en aquel antro infame donde ofrecían a las chicas barra libre a cambio de practicarles sexo oral en público a los clientes. Lo constaté en mi propio instituto, cuando hace años los vendedores de enciclopedias nos atraían a pesadísimas presentaciones comerciales a cambio de alguna baratija que hoy no alcanzaría los tres euros en un bazar chino. Lo vemos todos los años ante la puerta del ayuntamiento, cuando empiezan a repartirse los programas de Feria y las colas que se forman son kilométricas. En una ocasión, logré un llenazo en la presentación de uno de mis libros por el procedimiento de convidar a una modesta merienda. En cuanto a lo del tatuaje, a mí me gusta mucho la pizza. Como mínimo, me lo habría planteado.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 21/9/2018

martes, 18 de septiembre de 2018

Escribir



Además de la satisfacción de ver unos cuantos libros publicados, los años que llevo escribiendo me han proporcionado algunas experiencias interesantes. Algunas han sido buenas. Luego estarían las inclasificables, como aquella vez en que tuve el honor de cenar en la misma mesa que Francisco Umbral. Fue durante la fiesta de entrega del premio que lleva su nombre. En las palabras que nos dirigió, Umbral se refirió a mí como “un chico con gafas y mofletes, y cara de empollón”, y no supe muy bien si dar las gracias porque tan eximio genio de nuestras letras se estuviera cachondeando de mí o simplemente levantarme y largarme de allí. Opté por quedarme porque todavía no me habían dado el cheque, pero siempre he tenido esa espinita clavada en mi currículo literario. En cuanto a las malas experiencias, lo cierto es que han sido numerosas. Voy a pasar por alto todas esas cartas en las que me rechazaban manuscritos, con las que casi podría empapelar el pasillo de mi casa, los royalties que me escamotearon, las docenas de premios que no he ganado, las traducciones que jamás cobré y los libros cuya publicación se frustró en el último momento. Lo que me viene a la memoria es aquella vez en que mandé el manuscrito de una novela a unas diez editoriales de forma simultánea, en todos los casos acompañado de la misma carta de presentación: “Soy un gran admirador de su línea editorial. Leo con devoción todos los libros que publican, etc.” Nunca olvidaré el bochorno que me produjo la carta de respuesta de la editorial madrileña Páginas de Espuma: “Si fuera usted tan devoto de esta casa como afirma, sabría que nosotros no publicamos novelas, solamente relatos”. Al menos el incidente me sirvió para ir algo menos despistado por la vida.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/9/2018

Ladridos



A mi perrete le ha dado por ladrarles a todos los chavales negros con los que nos cruzamos por la calle. En el momento en que los ve venir, se pone hecho una auténtica fiera. Aclaro que Frankie es un bichón maltés de apenas cuatro kilos de peso, por lo que la situación no entraña riesgo físico para nadie. Los chicos se ríen cuando lo ven tan enfadado y yo les devuelvo la sonrisa, encogiéndome de hombros a modo de disculpa. Porque una cosa son los riesgos físicos y otra los riesgos morales, que para mí son elevados. En esos momentos querría que me tragara la tierra. Al igual que todos nuestros hijos, Frankie ha sido educado en la igualdad y en la no discriminación por motivos de sexo, raza, credo o condición sexual. Hasta hace poco tiempo era un animal muy cariñoso con todo el mundo. Y de hecho lo sigue siendo, salvo con los subsaharianos. No tengo ni idea del motivo de esta irritante costumbre, y me temo que los psicólogos caninos (de haberlos) están fuera de mis posibilidades. Sin embargo, quiero pensar bien de él, porque siempre se ha comportado con dulzura y devoción hacia nosotros y el resto del género humano. Frankie nació en Murcia, pero ha crecido y se ha educado en Albacete. Quizás haya adquirido ese gen manchego que nos lleva a mirar con extrañeza y curiosidad a todo o que nos parece forastero, y no por racismo ni xenofobia, sino por falta de costumbre. Y recuerdo ahora a ese personaje de Amanece que no es poco que llevaba toda la vida conviviendo con un negro en casa (era su sobrino, me parece) y que, aun así, cada vez que se lo cruzaba por la escalera exclamaba «¡coño! ¡el negro!» y echaba a correr en dirección contraria.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/9/2018

jueves, 30 de agosto de 2018

Hereditary


Entre los aficionados a lo fantástico, y más concretamente al cine de terror, existe una queja muy extendida: las películas de terror de ahora ya no dan miedo, lo que en general es verdad. Los amantes del terror acudimos al cine resignados a que la película que nos disponemos a ver va a ser una gran decepción. Sabemos que, en el mejor de los casos, podemos esperar algunos sustos más o menos predecibles, porque el auténtico miedo, aquel que sentíamos al ver El exorcista con quince años, parece haber desertado del género. La mayoría de las películas de terror de hoy en día dan asco, tanto en sentido figurado como en la literalidad del término. Los zombis “devoracerebros”, la sangre a borbotones y la casquería fina pueden revolvernos el estómago, pero el auténtico miedo es otra cosa. Hay un componente recalcitrante entre los aficionados al terror, una especie de “síndrome de Peter Pan” que nos hace mantener viva la esperanza de experimentar de nuevo, en nuestra madurez, las mismas sensaciones que vivíamos en la infancia y en la adolescencia. Nos negamos a admitir que esto es imposible. Las películas no han cambiado, pero nosotros sí, y mucho. Los vómitos de puré de guisantes de El exorcista ya ni siquiera nos dan asco, más bien nos hacen gracia. Lo que nos da miedo no es que Freddie Kruger venga por nosotros si nos quedamos dormidos. Lo que nos aterroriza es la enfermedad y la muerte, tanto la propia como la de las personas que amamos. Creo que en eso, en saber conjugar los miedo de la vida real con lo sobrenatural, radica la excelencia de Hereditary, una película de terror estrenada a principios del verano. No se la pierdan si de verdad quieren pasar miedo. Porque para sustos ya está el recibo de la luz.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 31/8/2017

El final del verano



Estos últimos días de agosto tienen algo de tierra de nadie, de tiempo fuera del tiempo. La sensación de desubicación es tan intensa que no se doblega a los remedios habituales. Las redes sociales han enmudecido. Nadie cuelga álbumes vacacionales con fotos playeras, visitas a países lejanos e instantáneas de comilonas. Nadie se retrata las piernas tostándose al sol ni nos muestra el daikiri que acaban de servirle, adornado con sombrillitas. Nuestros amigos virtuales parecen haberse evaporado sin dejar rastro. Sin embargo, sospechamos que están escondidos en sus domicilios, con las persianas bajadas, al amparo del aire acondicionado, y tal vez avergonzados por no tener nada interesante que mostrar en sus perfiles de Facebook y de Instagram. Muchos ni siquiera contestan el teléfono, pues nada es tan humillante en época veraniega como reconocer que uno está en su casa, consumiendo Netflix y sin el menor atisbo de plan en perspectiva. Sabemos que este marasmo tiene los días contados. Apenas queda una semana para ingresar de nuevo en la realidad. Volveremos pertrechados con fotos de viajes y vivencias emocionantes, tratando de convencer a compañeros y amigos de que no somos los mismos que les dijimos adiós hace apenas unas semanas, sino una versión perfeccionada, más viajados, todavía morenos, con la piel más tersa y perfumada de cremas solares. Por fortuna, esta ilusión se desvanece con la misma rapidez que los bronceados playeros, y lo que queda son los mismos seres mustios de siempre, resignados a arrostrar otros otoños, otros inviernos, nuevos reveses y decepciones. Mejor sería aprovechar estos días de soledad de finales de agosto para hacernos a la idea de que nada ha cambiado, de que, por más que nos empeñemos, no hay forma de tomarse unas vacaciones de uno mismo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 24/8/2018

Benidorm



Esta semana hemos sabido del caso de una octogenaria británica que vino a pasar sus vacaciones a Benidorm, y que a su regreso se sintió tan defraudada que reclamó a la agencia de viajes para que le reembolsaran su dinero. La buena señora se quejaba de las cuestas del lugar y de las muchas escaleras que encontró en el hotel, pero sobre todo le pareció fatal que el establecimiento estuviera lleno de españoles. «¿Es que no pueden ir a pasar sus vacaciones a otro sitio?», se preguntaba muy airada. Este asunto ha provocado cierta hilaridad en su Inglaterra natal y no poca indignación por estas latitudes. Se ha hablado de la mala educación de los turistas británicos, que cuando no están partiéndose la crisma saltando desde los balcones o ejerciendo de chusma infame en los garitos de playa, se dedican a pasearse por el mundo con ese aire de superioridad imperialista de quienes creen ser mejores, no solo que sus vecinos (lo que tendría cierta justificación) sino que el resto del género humano. Todo esto es cierto. Sin embargo, opino que las reflexiones de la abuelita inglesa encierran no poco sentido común, aunque sea por accidente. Con este país grande, hermoso y diverso que nos ha tocado en suerte, ¿quién puede ser tan insensato como para ir a pasar sus vacaciones en un sitio tan inmundo como Benidorm? ¿Acaso no sería mucho más razonable dejarles esa franja de la costa levantina a los británicos y buscar el descanso en entornos más agradables, sin tanto cemento, sin aglomeraciones y, sobre todo, sin ingleses? Por supuesto, necesitamos del turismo para equilibrar nuestra balanza de pagos. Pero la triste verdad es que el turismo extranjero no necesita de nosotros, salvo en forma de taxistas, camareros y animadores de hotel.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 17/8/2018

Multa



Acabo de ser desvirgado. Hasta esta misma mañana llevaba 32 años conduciendo sin una sola sanción. Hace un rato me ha parado la policía local en el paseo de la Cuba y me han multado por exceso de velocidad. Mientras le entregaba al agente el carné de conducir, me he sentido como un auténtico delincuente y él ha debido de notarlo. “Está usted en el tramo inferior de la infracción”, me ha dicho para consolarme. “No hay pérdida de puntos y, si paga usted en menos de 20 días, son solo 50 euros”. Buen chaval el agente. “¿Y esto cómo se paga?” le he preguntado con expresión de cordero degollado. Y he añadido: “Verá, es que es la primera vez en la vida que me multan.” Me lo ha explicado con la paciencia y la suavidad de una maestra de párvulos enseñándoles las vocales a sus pupilos. Luego me ha extendido el tique para que lo firmara. He aquí un momento trascendental en mi existencia, la alternativa de elegir entre ser un ciudadano sumiso o mostrar un último vestigio de rebeldía contra la autoridad. “¿Pasa algo si no firmo?” “Pues no, lo va a tener que pagar igual”. Me ha mirado fijamente. Ha reparado en un tatuaje que me hice en el brazo hace un par de semanas. En mi camiseta negra de Don Vito Corleone. Allí se mascaba el drama. “Entonces no firmo”, le he espetado con mi mejor cara de malote. Durante unos segundos ambos hemos estado a solas en medio de la jungla. “Bueno, como quiera. Ya puede continuar”. Me he alejado con la sensación de haber cosechado una victoria pírrica. Ahora bien, en ningún momento he apartado la vista del salpicadero para comprobar que no superaba el límite de velocidad.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 10/8/2018

Bruxismo



Padezco un trastorno conocido como bruxismo. A grandes rasgos, el bruxismo consiste en apretar y rechinar los dientes de forma involuntaria, lo que provoca un desgaste galopante de la dentadura que acarrea infinidad de problemas odondontológicos, amén de dolores mandibulares permanentes. Los dentistas suelen atribuirlo al estrés, aunque mis síntomas se desencadenan en cualquier época del año, con independencia de la carga de trabajo o el estado nervioso. Uno llega a sentirse como un perro incapaz de dejar de roer el hueso que le han arrojado. Sin embargo, en este caso el hueso es el propio, como si algún factor extraño hubiese desencadenado en mí un proceso de autocanibalismo. Más de una vez me he preguntado el porqué de este hábito tan destructivo. Quizás no haya que recurrir al consabido estrés. Al fin y al cabo, los seres humanos apretamos los dientes cuando sentimos ira o dolor, y no es difícil interpretar la existencia como una combinación de ambos. Ira, dolor y fantasmas, que también los veo y los oigo. Los médicos no los llaman fantasmas, sino miodesopsias y acúfenos. Pero el nombre científico es lo de menos. Las primeras son sombras de objetos inexistentes que flotan en mi campo visual como peces espectrales en una pecera. Los segundos, zumbidos de intensidad variable que también me acosan constantemente. Aunque no guardan relación, yo he llegado a vincular las miodesopsias con los acúfenos, y ambos con alguna culpa pasada. Sombras y voces empeñadas en atormentarme, como las furias que acosaban a los antiguos cuando cometían un sacrilegio. Un castigo por algún pecado imperdonable para el que no existe redención. Ante este panorama, no queda más consuelo que rechinar los dientes. O puede que comprarse un bozal.        


Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/8/2018

El hotel



Escribo estas líneas desde un hotel. No importa su nombre ni el de la ciudad donde se encuentra. Solo quiero dejar constancia de que tengo miedo. Me lo advirtieron: “No te alojes en ese hotel. Es un auténtico laberinto”. Me lo advirtieron y no quise escuchar. Ahora, demasiado tarde, comprendo que este podría ser el último de mis artículos. La primera señal de alarma la tuve al sorprender una sonrisa retorcida en el rostro del recepcionista en el momento de entregarme la llave. “Habitación 231”, me dijo como si dictara una sentencia. Casi una hora más tarde, tras probar suerte con todos los ascensores y recorrer lo que me parecieron varios kilómetros de pasillos, empecé a pensar que aquello debía de tratarse de una broma pesada. Como en un bingo siniestro, habían aparecido todos los números de habitación menos el de la mía. Por fin me topé con una empleada cuya ayuda supliqué. “Sí, la disposición de este hotel puede ser un poco liosa. Incluso los que trabajamos aquí nos confundimos a veces.” Al cabo de un minuto, sin embargo,  estaba ante la puerta de la habitación. Miré a la empleada con gratitud mientras se alejaba. Ahora comprendo que nunca debí dejarla ir. Me he perdido ya tres veces. La primera, intentando encontrar el buffet del almuerzo. La segunda, tratando de localizar la recepción, que no he vuelto a ver desde el momento de mi llegada. La tercera, buscando a la desesperada la salida de incendios. En total, han sido varias horas de vagabundeos por pasillos vacíos e interminables. Sospecho que cambian las indicaciones cada vez que paso ante un cartel. De hecho, considero un milagro haber sido capaz de regresar a mi habitación. El teléfono no funciona. No hay wifi ni cobertura de móvil. La ventana no se puede abrir. Tengo hambre y miedo. Dejaré escritas estas líneas y trataré de quedarme dormido. Quizás despierte riéndome de esta  estúpida pesadilla.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 27/7/2018

Noctámbulos




Fui un niño de pueblo. En realidad, de varios pueblos, pues la residencia familiar era la que determinaba el concurso de traslados de los maestros. Pero en verano siempre regresábamos a la capital, a la casa de mis abuelos paternos, que estaba en la calle de la Feria, frente al cine Cervantes. Cada noche salíamos a recorrer las calles de aquella ciudad que no era muy diferente de cualquier pueblo. Los noctámbulos de hoy en día son de otra naturaleza. Salir a pasear por el Albacete nocturno supone cruzarse con pandillas de jóvenes que van y vuelven de la Zona, soportar las ráfagas de reggaetón que brotan de coches que pasan a toda velocidad, arriesgarse a ser atropellado por algún conductor ebrio. Por las noches, la ciudad se convierte en territorio comanche. La gente respetable se queda en casa y mira la televisión. A principios de los setenta, en cambio, las familias todavía sacaban sillas a la calle y montaban tertulias con sus vecinos mientras los niños alborotaban las aceras. No pasaba ni un coche. La policía local permanecía acuartelada y la única presencia de la autoridad era la de los serenos, que hacían sonar sus manojos de llaves y saludaban a los transeúntes llevándose la mano a la visera de la gorra. Nuestros paseos rara vez nos llevaban más allá del Altozano o, calle Mayor arriba, del cruce con la calle Ancha, hasta la esquina de Fontecha. Pero a mí, con mis seis o siete años, se me antojaban auténticas aventuras, tantos eran los estímulos en aquella ciudad transformada por la oscuridad. Aventuras o safaris, pues por entonces los perros vagabundos todavía deambulaban por las calles, y las salamanquesas se daban sus banquetes nocturnos en las fachadas de la calle Mayor. Hoy todos los perros tienen amo y collar. En cuanto a las salamanquesas, al igual que la gente respetable, se quedan en sus casas por la noche. O tal vez se hayan extinguido.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 20/7/2018

Esto no es una pipa



Esta mañana he firmado una petición para protestar por la paralización del proyectado museo de arte realista en Albacete. Confieso que lo he hecho sin pensármelo dos veces, pues la instalación de un foco cultural de prestigio en plena Calle Ancha (en el chalé de Fontecha, por más señas) me parece un buen modo de atraer visitantes e insuflar aires culturales al centro de la ciudad, tan sobrado de comercios y bares y tan deficitario en otras cosas. Luego, sin embargo, me he sentido intranquilo, pues las cosas a veces no son lo que parecen, máxime cuando hay politiqueos de por medio. Cierto periódico digital ha dado la noticia de forma sesgada, de modo que he investigado un poco por mi cuenta. De los seis artistas que suscribieron el acuerdo en 2014, los que formarían el núcleo de la exposición permanente, uno de ellos (la pintora Esperanza Parada) había fallecido ya en el momento de la firma. Pero ocurre que tres de los cinco restantes (los hermanos Francisco y Julio López e Isabel Quintanilla, compañera de este último) han muerto en fechas recientes. Así pues, solo quedan con vida Antonio López y su esposa María Moreno. En resumen, a pesar del poderoso reclamo del maestro de Tomelloso, lo que obtenemos es un museo de matrimonios, parientes y amigos (¿no suena esto a que a alguien le han metido un gol por la escuadra?), amén del alto número de fallecidos, con las dificultades que ello supondría para renegociar el acuerdo con los distintos herederos. Y eso sin entrar en cuestiones de índole económico y artístico, que ya habrá fuentes mejor informadas que se encarguen de ello. Personalmente, siempre he sido más partidario del surrealismo que del realismo, sobre todo al abordar asuntos de política local. Por ello me limito a recordar que lo que parece una pipa a veces no lo es en absoluto.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 13/7/2018

¿Dónde está el infierno?



La pregunta puede parecer ociosa, pero adquiere otra dimensión cuando se piensa que existen posibilidades de que uno tenga que permanecer allí durante toda la eternidad. A los clásicos les debemos la concepción del infierno como un lugar subterráneo. Cualquier héroe como Dios manda debía realizar su descenso al Hades con un recado u otro. Por desgracia, los poetas antiguos suelen ser imprecisos acerca de su localización. Excepto Virgilio, que sitúa la puerta del Tártaro en cierto cráter conocido como “Averno” cercano a la ciudad de Cumas, lo que nos permite localizar el infierno con cierta precisión en el entorno de la bahía de Nápoles. En cuanto a la cultura judeo-cristiana, la fuente más autorizada es, naturalmente, el poeta florentino Dante, quien no solo describe el infierno con abundancia de detalles cruentos, sino que nos lo muestra organizado en secciones, como si se tratara de un centro comercial de El Corte Inglés. En cuanto a su entrada, paradójicamente, la sitúa en Tierra Santa, en concreto bajo la montaña de Sión. Por desgracia, en siglos posteriores el concepto queda difuminado entre imprecisiones y abstracciones teológicas. El papa Juan Pablo II no se atrevió a negar la existencia del infierno (como si ha hecho Francisco, para escándalo de muchos) pero afirmó que no consta que haya nadie en él, tal es la infinita misericordia de Dios. Jean Paul Sartre dijo que “el infierno son los otros”, lo que equivale a situarlo en casa de los vecinos. En un registro más mundano, cabría también localizarlo en el Primark de la Gran Vía el primer día de las rebajas, o quizás en la playa de Benidorm en este mismo instante. Sumándome a la lista de autoridades que han especulado sobre el asunto, yo me atrevo a decir que se encuentra en Albacete, en cualquiera de las calles que la empresa adjudicataria de las obras del centro ha puesto patas arriba este verano.


Publicado en La Tribuna de Albacete el 6/7/2018

Spam institucional


Hace unos años, la Junta de Comunidades nos instaló una red informática en el instituto donde trabajo (donde ya había cuatro redes de este tipo, por cierto). El caso es que he notado cierta reticencia a hacer uso de este recurso, y no porque funcione mal, sino por el curioso peaje que te obligan a pagar para poder acceder a internet a través del invento. Previamente, es necesario realizar un engorroso login que te conduce directamente al portal de la Junta. Entonces se activa una presentación de imágenes cuyo protagonista es, invariablemente, el presidente regional. García Page visita a los niños enfermos en un hospital, García Page descubre una placa, García Page proclama los logros de su gobierno, García Page inaugura un pantano… La incontinencia de este hombre al hacerse fotos en cada una de sus apariciones públicas, por triviales que sean, empieza a parecerse a uno de esos perfiles de las redes sociales en los que un fulano se exhibe lavándose los dientes, comiéndose una paella y bailoteando en la verbena de su pueblo. Sin embargo, más allá del chascarrillo, uno no puede contener cierta indignación al comprobar cómo ciertos políticos emplean recursos públicos para alimentar su vanidad, en una incesante campaña de imagen que rebaja a la ciudadanía al papel de meros idiotas. ¿Cómo no acordarse de esos individuos que se compran un coche enorme y lujoso, quizás con la intención secreta de suplir otras carencias (la estatura, por ejemplo)? Parece que el jefe de prensa del presidente ha olvidado que estas campañas de autobombo suelen provocar un efecto contrario al deseado, es decir, que conforme aumenta la exposición a la imagen del infatigable político, mayor es el rechazo del ciudadano hacia su persona. Esto no es Corea del Norte. La mesura y la modestia siguen siendo virtudes apreciadas por estas latitudes.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 29/6/2018

Teleoperadores



Quien más quien menos, todos tenemos una cierta vena vindicativa, es decir, a veces nos gusta poner las cosas en su sitio. A mí me ocurre con los teleoperadores que me joroban la siesta (con los teleoperadores, vamos). Antes los ignoraba y colgaba el teléfono directamente. Ahora, cuando me siento inspirado, prefiero ponerlos en pequeños bretes. Esto no significa que los trate de forma despectiva o desagradable (en su trabajo va implícito su propio castigo). Simplemente los someto a situaciones insólitas a ver cómo responden. Hace un par de semanas, cuando me encontraba a punto de alcanzar el nirvana vespertino, me llamó un joven del BBVA preguntando por mi exmujer, de la que me divorcié hace más de un lustro. «No, no vive aquí», repuse. «¿Pero la conoce?», insistió, inasequible al desaliento. «Vaya que si la conozco. Como que estuve casado con ella veinte años». Las carcajadas de mi compañera actual me impidieron oír las excusas que murmuraba el teleoperador. Ayer le tocó el turno a una señorita de la compañía de seguros Santa Lucía: «Señor Cebrián, queremos dejarlo completamente protegido». La cosa prometía, de modo que decidí escuchar. Lo que me ofreció fue un seguro de accidentes en virtud del cual mis allegados cobrarían una indemnización de 70.000 euros si yo moría de forma violenta o quedaba totalmente incapacitado. «No me interesa». «Pero señor Cebrián, ¿es que no quiere usted quedarse tranquilo y protegido». «Mire, señorita, yo creo que si le digo mi gente que van a cobrar setenta mil pavos si yo palmo en un accidente, al cabo de unas horas me estoy cayendo por la ventana». «Pero, hombre, ¿cómo me dice usted eso?» Respiré hondo y me preparé para la frase final: «Usted no conoce a mi familia».

Publicado en La Tribuna de Albacete el 22/6/2018

Estatura




No soy un tipo especialmente bajito. En mi juventud medía 1,75, lo que venía a ser la estatura media de mi generación. Ahora que el tiempo y la gravedad han obrado sus efectos sobre mi esqueleto, tal vez mida dos o tres centímetros menos. Aun así, creo que puedo pasear mi anatomía por las calles con cierta dignidad. Pero ocurre que tengo dos compañeros de trabajo especialmente grandotes, ambos en torno al metro 95. Uno de ellos, un mocetón asturiano descendiente de mineros, suele mirarme con condescendencia desde la atalaya de su superioridad física. A mí esto me toca muchísimo las narices, lo reconozco. Hace unos días me los encontré juntos y quise demostrarles con una prueba gráfica que en realidad la diferencia de estaturas no era tanta. Me situé entre ellos y le pedí a otro compañero que nos hiciera una foto de cuerpo entero. El resultado fue lamentable. Parezco un hobbit custodiado por dos orcos. Para más escarnio, el maldito asturiano había depositado una de mis manazas sobre mi hombro y nos miraba a mí y a la cámara con una sonrisilla bastante nauseabunda. Cómo se reían, los muy canallas. Contemplé la foto en la pantalla del móvil. Los miré a ellos. La sangre me hervía. «Confórmate, guaje, esto no tiene remedio». Los bobos que escriben los manuales de autoayuda afirman que debemos aprender a querernos como somos. La realidad es que la vida únicamente nos enseña a persistir en nuestros errores y complejos, y que el crecimiento personal no añade ni un solo centímetro a nuestra estatura. De pronto, milagrosamente, recordé una salida del inmortal José Luis Coll: «¿Y vosotros os creéis altos? Si midierais cincuenta metros, todavía. Pero por palmo y medio que me lleváis… ¡A tomar por saco los dos!»

Publicado en La Tribuna de Albacete el 15/6/2018

El tesoro de Lodares



En el año 93, el periodista y crítico musical Juan Ángel Fernández publicó una crónica de los grupos de rock y pop de Albacete. Aquel era un momento de eclosión de las bandas de nuestra ciudad. Los Surfin’ Bichos amenazaban con comerse el escenario musical del país, y un puñado de grupos llenos de ideas y energía seguían su estela. Han transcurrido 25 años y el panorama es mucho menos alentador. Quizás por eso muchos recordamos con nostalgia aquel momento en que la crítica especializada miraba a Albacete con asombro e incredulidad. ¿Cómo era posible que una ciudad pequeña y anclada en la España más profunda estuviera generando tal cantidad de ruido y de furia? Juan Ángel Fernández trataba de explicarlo remontándose hasta la prehistoria de la música popular albaceteña, hasta las orquestas de baile de los años 50 y, sobre todo, hasta la irrupción de los primeros grupos de pop en los 60. Muchos veteranos recuerdan a Los Trasgos, aquellos Beatles de tierra adentro que se codearon con los Brincos en las mejores salas de Madrid. Además de buenos músicos, aquellos cinco muchachos se convirtieron en auténticos precursores del cambio social en una ciudad impaciente por sacudirse la caspa y salir del marasmo nacional-sindicalista. Sus voces, sus guitarras y sus recuerdos, junto a los de otros muchos paisanos que enarbolaron la antorcha de la modernidad, suenan con fuerza en El tesoro de Lodares, título que hace referencia a ese corredor mágico que une la calle Mayor y la del Tinte, un auténtico túnel del tiempo, como el libro de Juan Ángel Fernández. El próximo miércoles, a las siete de la tarde, algunos de estos protagonistas se darán cita en la librería Popular para dar la bienvenida a la nueva edición del libro. La nostalgia entraña sus riesgos, pero a ciertas edades es un vicio comprensible, inevitable.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 8/6/2018

Indignación



El último bulo extendido por las redes sociales tiene su gracia. Se trata de la foto de un joven delgadito, con aspecto tímido y cara de empollón. Se nos cuenta que el muchacho es de Ciudad Real, que se llama Ángel Mejía (Jordi, para los amigos) y que está a punto de graduarse en Harvard. Por si fuera poco, se afirma que la brillante criatura es uno de los descubridores de la vacuna para el virus de la gripe A, «pero esto no sale en la tele porque no es farándula». Por último, la inevitable exhortación: «Comparte si esto también te indigna». Daría cualquier cosa por ver la cara que se les ha quedado a esos miles de ciudadanos indignados al conocer la realidad. El chico, en efecto, se llama Jordi y es de Ciudad Real. En cuanto a su trayectoria académica, nada de nada. Jordi es en realidad un actor porno conocido como el Niño Polla. No niego que sea una gloria nacional ni que esté haciendo un carrerón en las Américas, aunque en un campo bien distinto de la investigación médica. Sí, el asunto tiene su gracia, y a la vez preocupa. La indignación (como el entusiasmo, el amor o el odio) es un patrimonio limitado, pero la dilapidamos en mil tonterías como esta. El resultado es que, cuando llega el momento de indignarse por algo que de verdad lo merece, somos incapaces de reaccionar. La semana pasada se dictó la primera sentencia del caso Gürtel. El partido que nos gobierna y sus máximos dirigentes son sospechosos de una trama de corrupción a gran escala. Pero la gente prefiere enfadarse por el asunto del Niño Polla. Nos hemos convertido en un país anestesiado, un país frívolo donde la conciencia cívica y la responsabilidad ciudadana son valores en desuso. Esto sí que resulta indignante.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 1/6/2018

El fantasma del súper



No, no estoy loco. No he desarrollado un trastorno esquizoide ni me he convertido en un conspiranoico. Lo que cuento es verdad. En mi supermercado han organizado un complot contra mi persona. Tengo pruebas. Se han empeñado en cambiarme los productos de sitio cada vez que consigo crearme un mínimo esquema mental de la disposición de cada cosa. Además, lo hacen sin el menor criterio lógico. No atienden a la composición de cada alimento ni a la hora del día en que se consume. Colocan las tostadas Ortiz en el extremo opuesto del pan de molde Bimbo. La piña enlatada El Monte hay que ir a buscarla a kilómetros de distancia de la fruta fresca. El chocolate y el café (productos afines, como todo el mundo sabe) se alejan cada día más, con absoluto desprecio por la taxonomía de Linneo. Me he convertido en el fantasma del supermercado. Deambulo por los infinitos pasillos hasta que todo se vuelve borroso y el aceite de oliva virgen y el amoniaco perfumado me parecen la misma cosa. La compra semanal se ha convertido en un suplicio, en mi modesto descenso a los infiernos. Pero nunca pido ayuda a las empleadas, pues tienen la consigna de guiarte hasta el emplazamiento del producto que no eres capaz de encontrar, lo que me da muchísima vergüenza. Sin embargo, he notado que me miran con lástima cuando me ven surcar el mismo pasillo por octava vez con la vista extraviada. Alguna de buen corazón querría tomarme de la mano, como a un niño pequeño, y acompañarme hasta el nuevo y absurdo paradero de los Yatekomo. Pero las demás se burlan de mí. Esperan ansiosas a que me vaya para volver a cambiarlo todo de sitio. ¿Qué le he hecho yo al gerente de este supermercado? ¿Acaso fui su profesor de inglés?

Publicado en La Tribuna de Albacete el 25/5/2018