La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

martes, 18 de septiembre de 2018

Escribir



Además de la satisfacción de ver unos cuantos libros publicados, los años que llevo escribiendo me han proporcionado algunas experiencias interesantes. Algunas han sido buenas. Luego estarían las inclasificables, como aquella vez en que tuve el honor de cenar en la misma mesa que Francisco Umbral. Fue durante la fiesta de entrega del premio que lleva su nombre. En las palabras que nos dirigió, Umbral se refirió a mí como “un chico con gafas y mofletes, y cara de empollón”, y no supe muy bien si dar las gracias porque tan eximio genio de nuestras letras se estuviera cachondeando de mí o simplemente levantarme y largarme de allí. Opté por quedarme porque todavía no me habían dado el cheque, pero siempre he tenido esa espinita clavada en mi currículo literario. En cuanto a las malas experiencias, lo cierto es que han sido numerosas. Voy a pasar por alto todas esas cartas en las que me rechazaban manuscritos, con las que casi podría empapelar el pasillo de mi casa, los royalties que me escamotearon, las docenas de premios que no he ganado, las traducciones que jamás cobré y los libros cuya publicación se frustró en el último momento. Lo que me viene a la memoria es aquella vez en que mandé el manuscrito de una novela a unas diez editoriales de forma simultánea, en todos los casos acompañado de la misma carta de presentación: “Soy un gran admirador de su línea editorial. Leo con devoción todos los libros que publican, etc.” Nunca olvidaré el bochorno que me produjo la carta de respuesta de la editorial madrileña Páginas de Espuma: “Si fuera usted tan devoto de esta casa como afirma, sabría que nosotros no publicamos novelas, solamente relatos”. Al menos el incidente me sirvió para ir algo menos despistado por la vida.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/9/2018

Ladridos



A mi perrete le ha dado por ladrarles a todos los chavales negros con los que nos cruzamos por la calle. En el momento en que los ve venir, se pone hecho una auténtica fiera. Aclaro que Frankie es un bichón maltés de apenas cuatro kilos de peso, por lo que la situación no entraña riesgo físico para nadie. Los chicos se ríen cuando lo ven tan enfadado y yo les devuelvo la sonrisa, encogiéndome de hombros a modo de disculpa. Porque una cosa son los riesgos físicos y otra los riesgos morales, que para mí son elevados. En esos momentos querría que me tragara la tierra. Al igual que todos nuestros hijos, Frankie ha sido educado en la igualdad y en la no discriminación por motivos de sexo, raza, credo o condición sexual. Hasta hace poco tiempo era un animal muy cariñoso con todo el mundo. Y de hecho lo sigue siendo, salvo con los subsaharianos. No tengo ni idea del motivo de esta irritante costumbre, y me temo que los psicólogos caninos (de haberlos) están fuera de mis posibilidades. Sin embargo, quiero pensar bien de él, porque siempre se ha comportado con dulzura y devoción hacia nosotros y el resto del género humano. Frankie nació en Murcia, pero ha crecido y se ha educado en Albacete. Quizás haya adquirido ese gen manchego que nos lleva a mirar con extrañeza y curiosidad a todo o que nos parece forastero, y no por racismo ni xenofobia, sino por falta de costumbre. Y recuerdo ahora a ese personaje de Amanece que no es poco que llevaba toda la vida conviviendo con un negro en casa (era su sobrino, me parece) y que, aun así, cada vez que se lo cruzaba por la escalera exclamaba «¡coño! ¡el negro!» y echaba a correr en dirección contraria.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/9/2018

jueves, 30 de agosto de 2018

Hereditary


Entre los aficionados a lo fantástico, y más concretamente al cine de terror, existe una queja muy extendida: las películas de terror de ahora ya no dan miedo, lo que en general es verdad. Los amantes del terror acudimos al cine resignados a que la película que nos disponemos a ver va a ser una gran decepción. Sabemos que, en el mejor de los casos, podemos esperar algunos sustos más o menos predecibles, porque el auténtico miedo, aquel que sentíamos al ver El exorcista con quince años, parece haber desertado del género. La mayoría de las películas de terror de hoy en día dan asco, tanto en sentido figurado como en la literalidad del término. Los zombis “devoracerebros”, la sangre a borbotones y la casquería fina pueden revolvernos el estómago, pero el auténtico miedo es otra cosa. Hay un componente recalcitrante entre los aficionados al terror, una especie de “síndrome de Peter Pan” que nos hace mantener viva la esperanza de experimentar de nuevo, en nuestra madurez, las mismas sensaciones que vivíamos en la infancia y en la adolescencia. Nos negamos a admitir que esto es imposible. Las películas no han cambiado, pero nosotros sí, y mucho. Los vómitos de puré de guisantes de El exorcista ya ni siquiera nos dan asco, más bien nos hacen gracia. Lo que nos da miedo no es que Freddie Kruger venga por nosotros si nos quedamos dormidos. Lo que nos aterroriza es la enfermedad y la muerte, tanto la propia como la de las personas que amamos. Creo que en eso, en saber conjugar los miedo de la vida real con lo sobrenatural, radica la excelencia de Hereditary, una película de terror estrenada a principios del verano. No se la pierdan si de verdad quieren pasar miedo. Porque para sustos ya está el recibo de la luz.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 31/8/2017

El final del verano



Estos últimos días de agosto tienen algo de tierra de nadie, de tiempo fuera del tiempo. La sensación de desubicación es tan intensa que no se doblega a los remedios habituales. Las redes sociales han enmudecido. Nadie cuelga álbumes vacacionales con fotos playeras, visitas a países lejanos e instantáneas de comilonas. Nadie se retrata las piernas tostándose al sol ni nos muestra el daikiri que acaban de servirle, adornado con sombrillitas. Nuestros amigos virtuales parecen haberse evaporado sin dejar rastro. Sin embargo, sospechamos que están escondidos en sus domicilios, con las persianas bajadas, al amparo del aire acondicionado, y tal vez avergonzados por no tener nada interesante que mostrar en sus perfiles de Facebook y de Instagram. Muchos ni siquiera contestan el teléfono, pues nada es tan humillante en época veraniega como reconocer que uno está en su casa, consumiendo Netflix y sin el menor atisbo de plan en perspectiva. Sabemos que este marasmo tiene los días contados. Apenas queda una semana para ingresar de nuevo en la realidad. Volveremos pertrechados con fotos de viajes y vivencias emocionantes, tratando de convencer a compañeros y amigos de que no somos los mismos que les dijimos adiós hace apenas unas semanas, sino una versión perfeccionada, más viajados, todavía morenos, con la piel más tersa y perfumada de cremas solares. Por fortuna, esta ilusión se desvanece con la misma rapidez que los bronceados playeros, y lo que queda son los mismos seres mustios de siempre, resignados a arrostrar otros otoños, otros inviernos, nuevos reveses y decepciones. Mejor sería aprovechar estos días de soledad de finales de agosto para hacernos a la idea de que nada ha cambiado, de que, por más que nos empeñemos, no hay forma de tomarse unas vacaciones de uno mismo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 24/8/2018

Benidorm



Esta semana hemos sabido del caso de una octogenaria británica que vino a pasar sus vacaciones a Benidorm, y que a su regreso se sintió tan defraudada que reclamó a la agencia de viajes para que le reembolsaran su dinero. La buena señora se quejaba de las cuestas del lugar y de las muchas escaleras que encontró en el hotel, pero sobre todo le pareció fatal que el establecimiento estuviera lleno de españoles. «¿Es que no pueden ir a pasar sus vacaciones a otro sitio?», se preguntaba muy airada. Este asunto ha provocado cierta hilaridad en su Inglaterra natal y no poca indignación por estas latitudes. Se ha hablado de la mala educación de los turistas británicos, que cuando no están partiéndose la crisma saltando desde los balcones o ejerciendo de chusma infame en los garitos de playa, se dedican a pasearse por el mundo con ese aire de superioridad imperialista de quienes creen ser mejores, no solo que sus vecinos (lo que tendría cierta justificación) sino que el resto del género humano. Todo esto es cierto. Sin embargo, opino que las reflexiones de la abuelita inglesa encierran no poco sentido común, aunque sea por accidente. Con este país grande, hermoso y diverso que nos ha tocado en suerte, ¿quién puede ser tan insensato como para ir a pasar sus vacaciones en un sitio tan inmundo como Benidorm? ¿Acaso no sería mucho más razonable dejarles esa franja de la costa levantina a los británicos y buscar el descanso en entornos más agradables, sin tanto cemento, sin aglomeraciones y, sobre todo, sin ingleses? Por supuesto, necesitamos del turismo para equilibrar nuestra balanza de pagos. Pero la triste verdad es que el turismo extranjero no necesita de nosotros, salvo en forma de taxistas, camareros y animadores de hotel.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 17/8/2018

Multa



Acabo de ser desvirgado. Hasta esta misma mañana llevaba 32 años conduciendo sin una sola sanción. Hace un rato me ha parado la policía local en el paseo de la Cuba y me han multado por exceso de velocidad. Mientras le entregaba al agente el carné de conducir, me he sentido como un auténtico delincuente y él ha debido de notarlo. “Está usted en el tramo inferior de la infracción”, me ha dicho para consolarme. “No hay pérdida de puntos y, si paga usted en menos de 20 días, son solo 50 euros”. Buen chaval el agente. “¿Y esto cómo se paga?” le he preguntado con expresión de cordero degollado. Y he añadido: “Verá, es que es la primera vez en la vida que me multan.” Me lo ha explicado con la paciencia y la suavidad de una maestra de párvulos enseñándoles las vocales a sus pupilos. Luego me ha extendido el tique para que lo firmara. He aquí un momento trascendental en mi existencia, la alternativa de elegir entre ser un ciudadano sumiso o mostrar un último vestigio de rebeldía contra la autoridad. “¿Pasa algo si no firmo?” “Pues no, lo va a tener que pagar igual”. Me ha mirado fijamente. Ha reparado en un tatuaje que me hice en el brazo hace un par de semanas. En mi camiseta negra de Don Vito Corleone. Allí se mascaba el drama. “Entonces no firmo”, le he espetado con mi mejor cara de malote. Durante unos segundos ambos hemos estado a solas en medio de la jungla. “Bueno, como quiera. Ya puede continuar”. Me he alejado con la sensación de haber cosechado una victoria pírrica. Ahora bien, en ningún momento he apartado la vista del salpicadero para comprobar que no superaba el límite de velocidad.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 10/8/2018

Bruxismo



Padezco un trastorno conocido como bruxismo. A grandes rasgos, el bruxismo consiste en apretar y rechinar los dientes de forma involuntaria, lo que provoca un desgaste galopante de la dentadura que acarrea infinidad de problemas odondontológicos, amén de dolores mandibulares permanentes. Los dentistas suelen atribuirlo al estrés, aunque mis síntomas se desencadenan en cualquier época del año, con independencia de la carga de trabajo o el estado nervioso. Uno llega a sentirse como un perro incapaz de dejar de roer el hueso que le han arrojado. Sin embargo, en este caso el hueso es el propio, como si algún factor extraño hubiese desencadenado en mí un proceso de autocanibalismo. Más de una vez me he preguntado el porqué de este hábito tan destructivo. Quizás no haya que recurrir al consabido estrés. Al fin y al cabo, los seres humanos apretamos los dientes cuando sentimos ira o dolor, y no es difícil interpretar la existencia como una combinación de ambos. Ira, dolor y fantasmas, que también los veo y los oigo. Los médicos no los llaman fantasmas, sino miodesopsias y acúfenos. Pero el nombre científico es lo de menos. Las primeras son sombras de objetos inexistentes que flotan en mi campo visual como peces espectrales en una pecera. Los segundos, zumbidos de intensidad variable que también me acosan constantemente. Aunque no guardan relación, yo he llegado a vincular las miodesopsias con los acúfenos, y ambos con alguna culpa pasada. Sombras y voces empeñadas en atormentarme, como las furias que acosaban a los antiguos cuando cometían un sacrilegio. Un castigo por algún pecado imperdonable para el que no existe redención. Ante este panorama, no queda más consuelo que rechinar los dientes. O puede que comprarse un bozal.        


Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/8/2018

El hotel



Escribo estas líneas desde un hotel. No importa su nombre ni el de la ciudad donde se encuentra. Solo quiero dejar constancia de que tengo miedo. Me lo advirtieron: “No te alojes en ese hotel. Es un auténtico laberinto”. Me lo advirtieron y no quise escuchar. Ahora, demasiado tarde, comprendo que este podría ser el último de mis artículos. La primera señal de alarma la tuve al sorprender una sonrisa retorcida en el rostro del recepcionista en el momento de entregarme la llave. “Habitación 231”, me dijo como si dictara una sentencia. Casi una hora más tarde, tras probar suerte con todos los ascensores y recorrer lo que me parecieron varios kilómetros de pasillos, empecé a pensar que aquello debía de tratarse de una broma pesada. Como en un bingo siniestro, habían aparecido todos los números de habitación menos el de la mía. Por fin me topé con una empleada cuya ayuda supliqué. “Sí, la disposición de este hotel puede ser un poco liosa. Incluso los que trabajamos aquí nos confundimos a veces.” Al cabo de un minuto, sin embargo,  estaba ante la puerta de la habitación. Miré a la empleada con gratitud mientras se alejaba. Ahora comprendo que nunca debí dejarla ir. Me he perdido ya tres veces. La primera, intentando encontrar el buffet del almuerzo. La segunda, tratando de localizar la recepción, que no he vuelto a ver desde el momento de mi llegada. La tercera, buscando a la desesperada la salida de incendios. En total, han sido varias horas de vagabundeos por pasillos vacíos e interminables. Sospecho que cambian las indicaciones cada vez que paso ante un cartel. De hecho, considero un milagro haber sido capaz de regresar a mi habitación. El teléfono no funciona. No hay wifi ni cobertura de móvil. La ventana no se puede abrir. Tengo hambre y miedo. Dejaré escritas estas líneas y trataré de quedarme dormido. Quizás despierte riéndome de esta  estúpida pesadilla.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 27/7/2018

Noctámbulos




Fui un niño de pueblo. En realidad, de varios pueblos, pues la residencia familiar era la que determinaba el concurso de traslados de los maestros. Pero en verano siempre regresábamos a la capital, a la casa de mis abuelos paternos, que estaba en la calle de la Feria, frente al cine Cervantes. Cada noche salíamos a recorrer las calles de aquella ciudad que no era muy diferente de cualquier pueblo. Los noctámbulos de hoy en día son de otra naturaleza. Salir a pasear por el Albacete nocturno supone cruzarse con pandillas de jóvenes que van y vuelven de la Zona, soportar las ráfagas de reggaetón que brotan de coches que pasan a toda velocidad, arriesgarse a ser atropellado por algún conductor ebrio. Por las noches, la ciudad se convierte en territorio comanche. La gente respetable se queda en casa y mira la televisión. A principios de los setenta, en cambio, las familias todavía sacaban sillas a la calle y montaban tertulias con sus vecinos mientras los niños alborotaban las aceras. No pasaba ni un coche. La policía local permanecía acuartelada y la única presencia de la autoridad era la de los serenos, que hacían sonar sus manojos de llaves y saludaban a los transeúntes llevándose la mano a la visera de la gorra. Nuestros paseos rara vez nos llevaban más allá del Altozano o, calle Mayor arriba, del cruce con la calle Ancha, hasta la esquina de Fontecha. Pero a mí, con mis seis o siete años, se me antojaban auténticas aventuras, tantos eran los estímulos en aquella ciudad transformada por la oscuridad. Aventuras o safaris, pues por entonces los perros vagabundos todavía deambulaban por las calles, y las salamanquesas se daban sus banquetes nocturnos en las fachadas de la calle Mayor. Hoy todos los perros tienen amo y collar. En cuanto a las salamanquesas, al igual que la gente respetable, se quedan en sus casas por la noche. O tal vez se hayan extinguido.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 20/7/2018

Esto no es una pipa



Esta mañana he firmado una petición para protestar por la paralización del proyectado museo de arte realista en Albacete. Confieso que lo he hecho sin pensármelo dos veces, pues la instalación de un foco cultural de prestigio en plena Calle Ancha (en el chalé de Fontecha, por más señas) me parece un buen modo de atraer visitantes e insuflar aires culturales al centro de la ciudad, tan sobrado de comercios y bares y tan deficitario en otras cosas. Luego, sin embargo, me he sentido intranquilo, pues las cosas a veces no son lo que parecen, máxime cuando hay politiqueos de por medio. Cierto periódico digital ha dado la noticia de forma sesgada, de modo que he investigado un poco por mi cuenta. De los seis artistas que suscribieron el acuerdo en 2014, los que formarían el núcleo de la exposición permanente, uno de ellos (la pintora Esperanza Parada) había fallecido ya en el momento de la firma. Pero ocurre que tres de los cinco restantes (los hermanos Francisco y Julio López e Isabel Quintanilla, compañera de este último) han muerto en fechas recientes. Así pues, solo quedan con vida Antonio López y su esposa María Moreno. En resumen, a pesar del poderoso reclamo del maestro de Tomelloso, lo que obtenemos es un museo de matrimonios, parientes y amigos (¿no suena esto a que a alguien le han metido un gol por la escuadra?), amén del alto número de fallecidos, con las dificultades que ello supondría para renegociar el acuerdo con los distintos herederos. Y eso sin entrar en cuestiones de índole económico y artístico, que ya habrá fuentes mejor informadas que se encarguen de ello. Personalmente, siempre he sido más partidario del surrealismo que del realismo, sobre todo al abordar asuntos de política local. Por ello me limito a recordar que lo que parece una pipa a veces no lo es en absoluto.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 13/7/2018

¿Dónde está el infierno?



La pregunta puede parecer ociosa, pero adquiere otra dimensión cuando se piensa que existen posibilidades de que uno tenga que permanecer allí durante toda la eternidad. A los clásicos les debemos la concepción del infierno como un lugar subterráneo. Cualquier héroe como Dios manda debía realizar su descenso al Hades con un recado u otro. Por desgracia, los poetas antiguos suelen ser imprecisos acerca de su localización. Excepto Virgilio, que sitúa la puerta del Tártaro en cierto cráter conocido como “Averno” cercano a la ciudad de Cumas, lo que nos permite localizar el infierno con cierta precisión en el entorno de la bahía de Nápoles. En cuanto a la cultura judeo-cristiana, la fuente más autorizada es, naturalmente, el poeta florentino Dante, quien no solo describe el infierno con abundancia de detalles cruentos, sino que nos lo muestra organizado en secciones, como si se tratara de un centro comercial de El Corte Inglés. En cuanto a su entrada, paradójicamente, la sitúa en Tierra Santa, en concreto bajo la montaña de Sión. Por desgracia, en siglos posteriores el concepto queda difuminado entre imprecisiones y abstracciones teológicas. El papa Juan Pablo II no se atrevió a negar la existencia del infierno (como si ha hecho Francisco, para escándalo de muchos) pero afirmó que no consta que haya nadie en él, tal es la infinita misericordia de Dios. Jean Paul Sartre dijo que “el infierno son los otros”, lo que equivale a situarlo en casa de los vecinos. En un registro más mundano, cabría también localizarlo en el Primark de la Gran Vía el primer día de las rebajas, o quizás en la playa de Benidorm en este mismo instante. Sumándome a la lista de autoridades que han especulado sobre el asunto, yo me atrevo a decir que se encuentra en Albacete, en cualquiera de las calles que la empresa adjudicataria de las obras del centro ha puesto patas arriba este verano.


Publicado en La Tribuna de Albacete el 6/7/2018

Spam institucional


Hace unos años, la Junta de Comunidades nos instaló una red informática en el instituto donde trabajo (donde ya había cuatro redes de este tipo, por cierto). El caso es que he notado cierta reticencia a hacer uso de este recurso, y no porque funcione mal, sino por el curioso peaje que te obligan a pagar para poder acceder a internet a través del invento. Previamente, es necesario realizar un engorroso login que te conduce directamente al portal de la Junta. Entonces se activa una presentación de imágenes cuyo protagonista es, invariablemente, el presidente regional. García Page visita a los niños enfermos en un hospital, García Page descubre una placa, García Page proclama los logros de su gobierno, García Page inaugura un pantano… La incontinencia de este hombre al hacerse fotos en cada una de sus apariciones públicas, por triviales que sean, empieza a parecerse a uno de esos perfiles de las redes sociales en los que un fulano se exhibe lavándose los dientes, comiéndose una paella y bailoteando en la verbena de su pueblo. Sin embargo, más allá del chascarrillo, uno no puede contener cierta indignación al comprobar cómo ciertos políticos emplean recursos públicos para alimentar su vanidad, en una incesante campaña de imagen que rebaja a la ciudadanía al papel de meros idiotas. ¿Cómo no acordarse de esos individuos que se compran un coche enorme y lujoso, quizás con la intención secreta de suplir otras carencias (la estatura, por ejemplo)? Parece que el jefe de prensa del presidente ha olvidado que estas campañas de autobombo suelen provocar un efecto contrario al deseado, es decir, que conforme aumenta la exposición a la imagen del infatigable político, mayor es el rechazo del ciudadano hacia su persona. Esto no es Corea del Norte. La mesura y la modestia siguen siendo virtudes apreciadas por estas latitudes.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 29/6/2018

Teleoperadores



Quien más quien menos, todos tenemos una cierta vena vindicativa, es decir, a veces nos gusta poner las cosas en su sitio. A mí me ocurre con los teleoperadores que me joroban la siesta (con los teleoperadores, vamos). Antes los ignoraba y colgaba el teléfono directamente. Ahora, cuando me siento inspirado, prefiero ponerlos en pequeños bretes. Esto no significa que los trate de forma despectiva o desagradable (en su trabajo va implícito su propio castigo). Simplemente los someto a situaciones insólitas a ver cómo responden. Hace un par de semanas, cuando me encontraba a punto de alcanzar el nirvana vespertino, me llamó un joven del BBVA preguntando por mi exmujer, de la que me divorcié hace más de un lustro. «No, no vive aquí», repuse. «¿Pero la conoce?», insistió, inasequible al desaliento. «Vaya que si la conozco. Como que estuve casado con ella veinte años». Las carcajadas de mi compañera actual me impidieron oír las excusas que murmuraba el teleoperador. Ayer le tocó el turno a una señorita de la compañía de seguros Santa Lucía: «Señor Cebrián, queremos dejarlo completamente protegido». La cosa prometía, de modo que decidí escuchar. Lo que me ofreció fue un seguro de accidentes en virtud del cual mis allegados cobrarían una indemnización de 70.000 euros si yo moría de forma violenta o quedaba totalmente incapacitado. «No me interesa». «Pero señor Cebrián, ¿es que no quiere usted quedarse tranquilo y protegido». «Mire, señorita, yo creo que si le digo mi gente que van a cobrar setenta mil pavos si yo palmo en un accidente, al cabo de unas horas me estoy cayendo por la ventana». «Pero, hombre, ¿cómo me dice usted eso?» Respiré hondo y me preparé para la frase final: «Usted no conoce a mi familia».

Publicado en La Tribuna de Albacete el 22/6/2018

Estatura




No soy un tipo especialmente bajito. En mi juventud medía 1,75, lo que venía a ser la estatura media de mi generación. Ahora que el tiempo y la gravedad han obrado sus efectos sobre mi esqueleto, tal vez mida dos o tres centímetros menos. Aun así, creo que puedo pasear mi anatomía por las calles con cierta dignidad. Pero ocurre que tengo dos compañeros de trabajo especialmente grandotes, ambos en torno al metro 95. Uno de ellos, un mocetón asturiano descendiente de mineros, suele mirarme con condescendencia desde la atalaya de su superioridad física. A mí esto me toca muchísimo las narices, lo reconozco. Hace unos días me los encontré juntos y quise demostrarles con una prueba gráfica que en realidad la diferencia de estaturas no era tanta. Me situé entre ellos y le pedí a otro compañero que nos hiciera una foto de cuerpo entero. El resultado fue lamentable. Parezco un hobbit custodiado por dos orcos. Para más escarnio, el maldito asturiano había depositado una de mis manazas sobre mi hombro y nos miraba a mí y a la cámara con una sonrisilla bastante nauseabunda. Cómo se reían, los muy canallas. Contemplé la foto en la pantalla del móvil. Los miré a ellos. La sangre me hervía. «Confórmate, guaje, esto no tiene remedio». Los bobos que escriben los manuales de autoayuda afirman que debemos aprender a querernos como somos. La realidad es que la vida únicamente nos enseña a persistir en nuestros errores y complejos, y que el crecimiento personal no añade ni un solo centímetro a nuestra estatura. De pronto, milagrosamente, recordé una salida del inmortal José Luis Coll: «¿Y vosotros os creéis altos? Si midierais cincuenta metros, todavía. Pero por palmo y medio que me lleváis… ¡A tomar por saco los dos!»

Publicado en La Tribuna de Albacete el 15/6/2018

El tesoro de Lodares



En el año 93, el periodista y crítico musical Juan Ángel Fernández publicó una crónica de los grupos de rock y pop de Albacete. Aquel era un momento de eclosión de las bandas de nuestra ciudad. Los Surfin’ Bichos amenazaban con comerse el escenario musical del país, y un puñado de grupos llenos de ideas y energía seguían su estela. Han transcurrido 25 años y el panorama es mucho menos alentador. Quizás por eso muchos recordamos con nostalgia aquel momento en que la crítica especializada miraba a Albacete con asombro e incredulidad. ¿Cómo era posible que una ciudad pequeña y anclada en la España más profunda estuviera generando tal cantidad de ruido y de furia? Juan Ángel Fernández trataba de explicarlo remontándose hasta la prehistoria de la música popular albaceteña, hasta las orquestas de baile de los años 50 y, sobre todo, hasta la irrupción de los primeros grupos de pop en los 60. Muchos veteranos recuerdan a Los Trasgos, aquellos Beatles de tierra adentro que se codearon con los Brincos en las mejores salas de Madrid. Además de buenos músicos, aquellos cinco muchachos se convirtieron en auténticos precursores del cambio social en una ciudad impaciente por sacudirse la caspa y salir del marasmo nacional-sindicalista. Sus voces, sus guitarras y sus recuerdos, junto a los de otros muchos paisanos que enarbolaron la antorcha de la modernidad, suenan con fuerza en El tesoro de Lodares, título que hace referencia a ese corredor mágico que une la calle Mayor y la del Tinte, un auténtico túnel del tiempo, como el libro de Juan Ángel Fernández. El próximo miércoles, a las siete de la tarde, algunos de estos protagonistas se darán cita en la librería Popular para dar la bienvenida a la nueva edición del libro. La nostalgia entraña sus riesgos, pero a ciertas edades es un vicio comprensible, inevitable.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 8/6/2018

Indignación



El último bulo extendido por las redes sociales tiene su gracia. Se trata de la foto de un joven delgadito, con aspecto tímido y cara de empollón. Se nos cuenta que el muchacho es de Ciudad Real, que se llama Ángel Mejía (Jordi, para los amigos) y que está a punto de graduarse en Harvard. Por si fuera poco, se afirma que la brillante criatura es uno de los descubridores de la vacuna para el virus de la gripe A, «pero esto no sale en la tele porque no es farándula». Por último, la inevitable exhortación: «Comparte si esto también te indigna». Daría cualquier cosa por ver la cara que se les ha quedado a esos miles de ciudadanos indignados al conocer la realidad. El chico, en efecto, se llama Jordi y es de Ciudad Real. En cuanto a su trayectoria académica, nada de nada. Jordi es en realidad un actor porno conocido como el Niño Polla. No niego que sea una gloria nacional ni que esté haciendo un carrerón en las Américas, aunque en un campo bien distinto de la investigación médica. Sí, el asunto tiene su gracia, y a la vez preocupa. La indignación (como el entusiasmo, el amor o el odio) es un patrimonio limitado, pero la dilapidamos en mil tonterías como esta. El resultado es que, cuando llega el momento de indignarse por algo que de verdad lo merece, somos incapaces de reaccionar. La semana pasada se dictó la primera sentencia del caso Gürtel. El partido que nos gobierna y sus máximos dirigentes son sospechosos de una trama de corrupción a gran escala. Pero la gente prefiere enfadarse por el asunto del Niño Polla. Nos hemos convertido en un país anestesiado, un país frívolo donde la conciencia cívica y la responsabilidad ciudadana son valores en desuso. Esto sí que resulta indignante.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 1/6/2018

El fantasma del súper



No, no estoy loco. No he desarrollado un trastorno esquizoide ni me he convertido en un conspiranoico. Lo que cuento es verdad. En mi supermercado han organizado un complot contra mi persona. Tengo pruebas. Se han empeñado en cambiarme los productos de sitio cada vez que consigo crearme un mínimo esquema mental de la disposición de cada cosa. Además, lo hacen sin el menor criterio lógico. No atienden a la composición de cada alimento ni a la hora del día en que se consume. Colocan las tostadas Ortiz en el extremo opuesto del pan de molde Bimbo. La piña enlatada El Monte hay que ir a buscarla a kilómetros de distancia de la fruta fresca. El chocolate y el café (productos afines, como todo el mundo sabe) se alejan cada día más, con absoluto desprecio por la taxonomía de Linneo. Me he convertido en el fantasma del supermercado. Deambulo por los infinitos pasillos hasta que todo se vuelve borroso y el aceite de oliva virgen y el amoniaco perfumado me parecen la misma cosa. La compra semanal se ha convertido en un suplicio, en mi modesto descenso a los infiernos. Pero nunca pido ayuda a las empleadas, pues tienen la consigna de guiarte hasta el emplazamiento del producto que no eres capaz de encontrar, lo que me da muchísima vergüenza. Sin embargo, he notado que me miran con lástima cuando me ven surcar el mismo pasillo por octava vez con la vista extraviada. Alguna de buen corazón querría tomarme de la mano, como a un niño pequeño, y acompañarme hasta el nuevo y absurdo paradero de los Yatekomo. Pero las demás se burlan de mí. Esperan ansiosas a que me vaya para volver a cambiarlo todo de sitio. ¿Qué le he hecho yo al gerente de este supermercado? ¿Acaso fui su profesor de inglés?

Publicado en La Tribuna de Albacete el 25/5/2018

Eurovisión



El último Festival de Eurovisión confirma lo que todos llevamos tiempo sospechando, es decir, que el viejo concurso de canciones se ha convertido en el mejor espectáculo humorístico del año. En mi infancia Eurovisión era un rito familiar que se tomaba muy en serio. Ahora es más bien una ocasión para que los grupos de amigos se reúnan para comer pizza y echar unas risas. Hay quien lo ha convertido en una simple excusa para darle al frasco. Por ejemplo, cada vez que aparece una llamarada en el escenario, chupito; cada vez que el intérprete canta en su idioma, chupito; cada vez que la canción viene acompañada de una coreografía surrealista, chupito; si ganara España, la botella entera. El Twitter es un aliado esencial para acentuar la diversión, por lo que siempre hay quien se encarga de leer en voz alta los comentarios jocosos que se publican entre canción y canción (muy ocurrente el usuario británico que al terminar la actuación de Amaia y Alfred posteó «iros a un hotel»). Pero lo que realmente nos fascina es el desfile de frikis y botarates que se nos ofrece. El festival de este año arrancó con un tipo disfrazado de vampiro que surgía de un ataúd en forma de piano (y que muy cerca estuvo de morir abrasado en pleno escenario), e incluyó a los protagonistas de la serie Vikings caracterizados de sus respectivos personajes, a un grupo de trash metal aullando en inglés y, por supuesto, a los representantes españoles, que parecían surgidos de la imaginación de un Walt Disney en plena hiperglucemia. En cuanto a la cantante israelí que se alzó con el triunfo, solo espero que su rabino se recupere pronto del disgusto. No se tomen Eurovisión en serio, por favor. No sean antiguos.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 18/5/2018

GPS



Hace poco hemos conocido la peripecia de una familia alemana que empleó un total de siete horas en cubrir el trayecto entre Alicante y Tomelloso, un viaje que normalmente se completa en tres. La culpa fue del GPS, que no tenía ni idea de que el ayuntamiento de Minaya había acometido obras, y los tuvo dando vueltas por el pueblo un total de cuatro horas. Los protagonistas llegaron a sentirse como el personaje de Bill Murray en la película Atrapado en el tiempo. Cada vez que pensaban que habían encontrado la salida del laberinto, volvían a toparse con el cartel Bienvenido a Minaya, y vuelta a empezar. Yo recuerdo un par de ocasiones en que he vivido experiencias parecidas. Una vez, en busca de un restaurante, anduve errante por pistas forestales una mañana entera, con una sensación creciente de irrealidad. En otra ocasión, en un trayecto nocturno, mi GPS sencillamente se volvió loco y la pantalla comenzó a mostrarme una especie de vuelo endemoniado en línea recta, un auténtico viaje a ninguna parte. Los GPS se han convertido en la panacea de los conductores desorientados. El problema es que, una vez en manos del aparato, hay quien no vacila en lanzarse en picado por un barranco si el GPS así se lo recomienda. Para colmo, viene equipado con una voz tan perentoria que hace muy difícil ignorarlo, como si quien ocupara el asiento del copiloto fuera una suegra mandona o nuestra maestra de párvulos. Este fenómeno, en definitiva, no es sino una muestra más de la infantilización creciente que vivimos. Siempre es más fácil delegar las decisiones, ponernos en manos de otros, incluso de un aparatejo cuya inteligencia no es mayor que la de una garrapata. El día que el GPS conduzca por nosotros, habremos alcanzado el nirvana de la estupidez.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 11/5/2018

sábado, 5 de mayo de 2018

El ascensor


Una revista norteamericana pidió a un grupo de ciudadanos anónimos que narraran una experiencia en la que se hubieran sentido a las puertas de la muerte. Casi todos ellos relataron enfermedades graves o accidentes de tráfico. Un par refirieron asaltos callejeros en los que les amenazaron con navajas o armas de fuego. Por último, una señora contó un viaje en avión con un motor incendiado que provocó un aterrizaje forzoso. Me dio por preguntarme qué contestaría yo si fuera uno de los entrevistados, y descubrí que carecía de una experiencia similar que relatar. Aunque la perspectiva de sufrir un trance semejante no seduce a nadie, pensé que verle las orejas al lobo, al menos una vez en la vida, no deja de tener utilidad, pues sirve para establecer prioridades y contemplar la existencia con cierta perspectiva. Y entonces recordé un episodio de mi infancia en el que sí estuve convencido de que mi corta vida había llegado a su fin. Debía de tener seis o siete años y bajaba solo en un ascensor. El aparato sufrió algún tipo de avería que le hizo hundirse unos veinte centímetros, lo que me impedía abrir la puerta. Dicen que los críos viven en un presente eterno, y yo lo puedo aseverar a raíz de aquella experiencia. Toqué el timbre de alarma, pedí auxilio a gritos, y nadie acudió. Nadie acudió de momento, quiero decir, pues no creo que tardaran más de un cuarto de hora en liberarme. Pero durante esos minutos, que a mí me parecieron días, estuve completamente convencido de que iba a morir allí dentro de hambre y de sed. Y ahora comprendo que, tal vez, el curso posterior de mi vida quedara prefigurado por aquel trance. A mis 54 años, puede que no sea otra cosa que un niño que grita aterrado dentro de un ascensor.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 4/5/2018

El maldito artículo


La semana pasada olvidé escribir el maldito artículo sobre el Día del Libro. Ahora comprendo que la omisión no fue tan grave. A fin de cuentas, como nos enseñó Wittgenstein, sobre aquello que no se puede hablar, lo mejor es callarse. Y me dirán que no es verdad, que sobre el libro sí se puede hablar, que todo el mundo lo hace (sobre todo los políticos, al menos una vez al año). Pero los auténticos protagonistas del mundo editorial, cuando hablan sobre el libro, es solo para quejarse, y la gente que siempre se queja acaba aburriendo. Los editores se quejan de los lectores porque no compran los libros que publican, de los autores, que escriben mamotretos que a nadie le interesan, y de las distribuidoras. Los autores acusan a los editores de no publicar Sus Obras, a los lectores de no leerlos y a los libreros por no ponerlos en sus escaparates. Los libreros se quejan de las voraces distribuidoras, de los lectores, que prefieren gastar su dinero en cañas y se bajan los libros gratis de internet, del gobierno, de la ley de autónomos, del precio de la luz, de Amazon y del sursuncorda, si se tercia. Este coro de plañideras profesionales genera tal confusión que al final perdemos de vista lo que verdaderamente importa. El libro sí que tiene motivos para quejarse. Y lo haría si tuviera boca, estoy seguro, pues nunca estuvo peor. Siempre han existido los géneros populares. En el Siglo de Oro, la novela popular nos regaló El Quijote y el Lazarillo. En el XIX, nos brindó a Galdós, a Dumas y a Dickens. En el XX, a Patricia Highsmith y a Ray Bradbury. En lo que llevamos del siglo XXI, las cimas de la novela popular son Dan Brown y las Cincuenta sombras de Grey. Y eso sí que es un motivo para lamentarse.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 27/4/2018

Obediencia


Una de las películas más perturbadoras que he visto es la cinta independiente Compliance (2012), del director norteamericano Craig Zobel. La trama se cuenta prácticamente en tiempo real, sin elipsis ni juegos de montaje, y tiene lugar en un restaurante de comida rápida de una ciudad pequeña. La encargada recibe la llamada de alguien que afirma ser oficial de policía. Una cliente ha presentado una denuncia por un robo ocurrido durante su estancia en el establecimiento. Todas las circunstancias apuntan a una joven empleada como culpable, pero el policía afirma no poder acudir de momento para esclarecer las responsabilidades, por lo que pide la colaboración de la encargada. Ella se muestra conforme y comienza a obedecer todas las instrucciones que recibe del desconocido, presunto policía, a través de la línea telefónica. La primera es que registre el bolso y la taquilla de la empleada en busca de los objetos robados. A continuación, debe obligarla a desnudarse para comprobar que no los lleva consigo. Lo que sigue es una serie de vejaciones, a cuál más absurda y humillante, que la encargada lleva a efecto sin pensárselo dos veces, y la empleada encaja con absoluta docilidad. Finalmente, sabemos que el policía no era tal, sino un impostor que satisfacía su deseo hallando víctimas que obedecieran sus órdenes. «Sonaba tan convincente, tan seguro de sí mismo», declara la encargada a las auténticas autoridades. Las vidas de varias personas, ciudadanos obedientes y respetuosos de la ley, han quedado destrozadas cuando la «broma» concluye. Lo más sorprendente es que la película se basa en una serie de incidentes reales ocurridos en la población norteamericana de Mount Washington (Kentucky). Una alegoría escalofriante, sin duda, de cómo los ciudadanos nos sometemos al poder establecido, por arbitrario e injusto que sea. Someterse siempre resulta más sencillo que rebelarse. Las conciencias se acallan cuando pensamos que alguien está al mando. Preferimos cerrar los ojos y obedecer.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 20/4/2018

Graduación


Oímos con frecuencia el término “inflación académica”, fenómeno relacionado con la llegada masiva de alumnos a la universidad y la degradación del mercado laboral. Cuando yo terminé estudios, una licenciatura garantizaba un puesto de trabajo de calidad. En estos tiempos, sin embargo, los diplomas universitarios se han convertido en láminas decorativas para colgar en la pared. Los nuevos licenciados se ven obligados a permanecer en la universidad para engordar su currículum a base de títulos de postgrado de utilidad también incierta. Paradójicamente, esta devaluación de los estudios ha venido acompañada de una necesidad compulsiva de celebrar cada etapa de un modo más y más pomposo. Mi hijo tuvo su primera fiesta de graduación (con diploma, orla y birrete) cuando terminó el parvulario. Luego, conforme completaba nuevos ciclos, vendrían otras ceremonias, cada vez más exageradas y solemnes. Y, por fin, la madre de todas las fiestas, la ceremonia de graduación, precisamente lo que trae de cabeza a los alumnos de segundo de bachillerato por estas fechas. Quien tenga un hijo de diecisiete o dieciocho años en el instituto lo sabe muy bien. En lugar de preocuparse por culminar con éxito sus estudios, los chicos y chicas se angustian pensando en el modelito que van a lucir en la fiesta de graduación y en el restaurante donde tendrá lugar el desmadre posterior. La presión es tan fuerte que los estudiantes se sienten obligados a embarcarse en esta combinación de pase de modelos y bacanal que son las fiestas de graduación, y que a menudo se convierten en fuente de conflictos, de frustración y de más de una urgencia por intoxicación etílica. Sensatez. Sensatez y mesura, por favor.


Publicado en La Tribuna de Albacete el 13/4/2018

Lonely hearts


Hace unos años sufrí un accidente de graves consecuencias. Acababa de terminar mi casa del pueblo y me encontraba en pleno proceso de acomodarla a mis gustos. Por entonces no se había producido todavía el revival de los discos en vinilo, pero yo aún conservaba una modesta colección que databa de mi adolescencia y de mi primera juventud. En un arrebato de nostalgia, decidí comprar un nuevo plato de tocadiscos con el que pensaba reavivar el recuerdo de aquellos años perdidos. Los discos los coloqué en una estantería de obra que tengo junto a la chimenea. Ese fue el desencadenante del drama. Una noche especialmente fría, la chimenea ardió durante horas, y el intenso calor se transmitió a la estantería adyacente, donde mis queridos vinilos se cocieron a fuego lento. A la mañana siguiente, descubrí con horror que algunos de los más amados habían quedado inservibles. Dire Straits, Led Zeppelin y Pink Floyd parecían haber sufrido las consecuencias de un ataque termonuclear. Pero el más dañado de todos fue el que más me dolió. Se trataba del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el legendario álbum de los Beatles que cambió para siempre la música pop y también cambió el curso mi vida. Recuerdo un sábado en que nos refugiamos en casa de unos amigos cuyos padres había cometido la imprudencia de irse de viaje. Lo escuchamos tres veces seguidas mientras las botellas se vaciaban sobre la mesa. Durante la última audición, todos cantamos las canciones a coro, ebrios de alcohol y de felicidad, sin una sola preocupación en la vida. Treinta años después, el fuego había destruido aquel momento por completo. La superficie del disco era como la de un planeta arrasado, ni siquiera se distinguían los surcos. Ese día comprendí que hasta los recuerdos más hermosos tienen fecha de caducidad.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 6/4/2018

Últimas voluntades


Ando preocupado con la cuestión de la privacidad en Facebook. Los rumores son inquietantes. Insisten en que la red social almacena mucha más información nuestra de lo que podamos imaginar, y utiliza esa información para su beneficio, sin el menor miramiento por nuestra voluntad y nuestros derechos ciudadanos. He estado trasteando con la configuración de privacidad de la página en un intento de frustrar los oscuros designios del amigo Zuckerberg. No es que la información que he vertido en Facebook sea gran cosa. Tampoco creo que le vaya a interesar a nadie. Pero, a fin de cuentas, se trata de información personal, es decir, mía, y siempre he sido muy escrupuloso con mi propiedad. De este modo he descubierto una opción insólita cuya existencia desconocía. Facebook tiene prevista la contingencia, más que cierta, de nuestro tránsito a mejor vida, y nos invita a designar a un deudo que se ocupe de nuestro perfil social una vez hayamos abandonado este valle de lágrimas. No sé si han oído hablar de los «fantasmas cibernéticos», pero lo cierto es que existen infinidad de perfiles y cuentas de correo que pertenecen a personas fallecidas que se han llevado sus contraseñas a la tumba. He estado pensando mucho en el asunto. Desde luego, no me parece agradable seguir atado a este mundo tras la muerte, aunque se únicamente en forma de electrones rebotando caprichosamente por los recovecos de la red. Por otro lado, se me ha ocurrido que la posibilidad de nombrar un albacea para este fin exclusivo posee ventajas añadidas. Procuraría que se tratase de una persona de toda confianza, y le confiaría un archivo con todas las cosas que me gustaría hacer públicas tras mi muerte, esas cosas que ahora no me atrevo a decir por miedo a las consecuencias. Una especie de pataleo póstumo con el que no pienso dejar títere con cabeza.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 30/3/2018

Ética


No, no me refiero a la asignatura que sustituyó a la denostada Educación para la Ciudadanía, sino a un modo de transitar por la vida que, por desgracia, está cayendo en desuso. Lo comprueba a diario en el instituto donde trabajo. Durante el primer trimestre, cuatro alumnos de primero de bachillerato me entregaron trabajos copiados literalmente de internet. Lo más curioso es que todos ellos cursan un programa de excelencia al que, en teoría, solo acceden los alumnos más capacitados. Cuando les reprendí por su acción, alguno lo negó, lo que puso de manifiesto el pobre concepto que tienen de sus profesores, a los que nos deben considerar tipos indolentes y despistados. Hubo otro que ni siquiera fue capaz de comprender la gravedad de lo que había hecho. Y lo más curioso es que un par de mis compañeros tampoco quisieron darle importancia al asunto. Dijeron que, al fin y al cabo, se trataba de «niños» (son alumnos de bachillerato de 16 o 17 años), que el problema se había limitado a mi asignatura y que no convenía sacar las cosas de quicio. Los resultados de tanta condescendencia se han visto en el segundo trimestre, al constatar que un grupo todavía más numeroso había copiado en los exámenes de varias asignaturas con la ayuda de sus móviles. Pero la campeona de la trampa y pillería ha sido una alumna de 4º de la ESO que usó su teléfono para fotografiar un examen de Física y Química y enviárselo a su profesor de la academia, quien acto seguido le transmitió las respuestas correctas. Quizás la asignatura de Valores Éticos no esté dando los frutos apetecidos. Mejor sustituirla por ideas tan en desuso como la disciplina, la responsabilidad y la necesidad de sancionar estos comportamientos. Esas cosas, hoy innombrables, que antes se consideraban parte esencial de la tarea de educar.


Publicado en La Tribuna de Albacete el 2/3/2018

Invierno


El tiempo apenas da tregua. Al cabo de varias semanas de avatares meteorológicos, ya no sabemos si somos habitantes del mundo real o si nos hemos convertido en entes abstractos a caballo entre dos isobaras. Entes abstractos pero dolientes, resignados a la llegada de la próxima borrasca, que acecha a la vuelta de la esquina para barrer los restos de humanidad que aguantaron tras el último vendaval o el último diluvio. Hasta la actualidad parece desdibujarse. Las inclemencias climáticas han borrado a Cataluña de los mapas. El único mapa que ahora nos importa es el que nos muestra las precipitaciones y las temperaturas de mañana. ¿Podremos salir de casa este fin de semana o seguiremos condenados a una existencia oscura y doméstica? ¿Cuándo va a terminar este tormento de abrigos, de paraguas, de recibos de calefacción que nos dejan la cuenta en números rojos? Escribo estas líneas con las rodillas pegadas al radiador, y temo haberme transformado en un ser de hábitos invernales. Acostumbrado a esta existencia marginal, temo la llegada de ese día hipotético en que el anticiclón asome entre los nubarrones. Quizás sea incapaz de soportarlo y me vea obligado a regresar en busca de la manta y del paracetamol. Nos lo advirtieron y no quisimos creerlo: «El invierno se acerca —nos dijeron—. Temed el día en que el viento llegue aullando desde el norte. Temed a la larga noche, cuando el sol oculte su rostro durante meses y los niños nazcan y vivan en la oscuridad, cuando los caminantes blancos deambulen por el bosque.» Pues bien, aquí está el invierno, aquí están los caminantes blancos. Acabo de encontrarme con uno de ellos en el ascensor.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 16/3/2018

A la japonesa


Escribo estas líneas en las primeras horas de la mañana del jueves, el día de la huelga, por lo que todavía no sé si la convocatoria habrá calado hondo o si todo quedará en mero testimonio. Ayer, en un telediario, una señora afirmaba que los hombres podemos sumarnos a la huelga siempre y cuando no intentemos acaparar protagonismo (le faltó apostillar «como siempre»). Puesto que soy alérgico al protagonismo, he decidido ir a trabajar. Idioteces aparte, espero que mis compañeras vivan el día como la jornada reivindicativa que es, pues motivos no les faltan. Y si estuvieran necesitadas de incentivos, bastaría con las declaraciones de la ministra Tejerina y de la presidenta Cifuentes, quienes afirmaron que ellas habían decidido celebrar el Día Internacional de la Mujer trabajando todavía con más ahínco, es decir, haciendo huelga «a la japonesa». Hasta al propio Rajoy se le cayó la cara de vergüenza, y no tuvo más remedio que desautorizarlas durante una comparecencia en el Senado. «No me reconozco en esa afirmación que ha hecho algún miembro de mi partido», le aclaró Rajoy a un periodista. Yo, en el fondo, las comprendo. Con un micrófono delante, a esta gente le debe de resultar difícil contenerse y evitar que asome el hocico la bestia parda. Tejerina y Cifuentes van a hacer huelga «a la japonesa» porque se pasan por el arco del triunfo un derecho que los trabajadores conquistaron al cabo de muchos años de lucha y sufrimiento, y seguramente la única herramienta eficaz para conseguir que las cosas cambien. Las clases privilegiadas, cuando quieren alardear de superioridad moral, hinchan el pecho y anuncian que van a hacer huelga a la japonesa, sencillamente porque las huelgas a la japonesa no existen. En Japón, cuando hacen huelga, la hacen igual que en todas partes, vaya.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 9/3/2018

Ciudad tomada


Albacete está en obras. Un ejército de máquinas y operarios ha tomado las calles. Las zanjas y los montones de escombro deforman el semblante de la ciudad como cicatrices en la cara de un boxeador. Dicen que los jubilados se entretienen mirando zanjas (una simple leyenda urbana; en realidad pasan el día trasegando con sus nietos de la mano), pero para los demás esta ciudad se ha convertido en un territorio hostil, peligroso. Un Sarajevo sin francotiradores. Sin duda merecemos mejores aceras, pavimentos sin socavones, canalizaciones de agua más modernas y eficaces. El problema es que, para este asunto de las obras públicas, nuestro ayuntamiento actúa como uno de esos malos estudiantes que se dejan todo el trabajo para el día de antes del examen. Una buena mañana salimos a la calle y ante nuestra casa encontramos una excavadora asestando dentelladas jurásicas al asfalto. Seguimos adelante y descubrimos que nuestro trayecto diario se ha convertido en un laberinto donde el peligro acecha tras cada recodo del camino. Y pensamos que lo más sensato sería evacuar la ciudad y regresar dentro de unos meses, cuando las excavadoras y los camiones se hayan dado por satisfechos y regresado a sus cubiles. Aunque todo tiene sus ventajas. Un amigo que ni siquiera está jubilado me cuenta que la calle Albarderos se ha convertido en una especie de museo a cielo abierto. Las zanjas han revelado almacenes subterráneos llenos de tinajas, aperos y otros vestigios de nuestro pasado agropecuario. No se trata de templos ni villas romanas, pero algo es algo. Siempre he pensado que Albacete es una anomalía surgida entre campos de labranza. Puede que en esa ciudad subterránea que las máquinas han dejado al descubierto se oculten las esencias de esta ciudad. 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 2/3/2018

Músicos


Aparte de las navajas y de los poetas del haiku, esta ciudad posee otros rasgos de identidad que conviene recordar de vez en cuando. Uno de ellos es la calidad de los músicos y bandas que han brotado en este erial azotado por los elementos. El periodista musical Juan Ángel Fernández se encargó de refrescarnos la memoria con su crónica El tesoro de Lodares, 30 años de pop albaceteño. El libro se publicó a principios de los 90, y narra la evolución de la música popular desde las orquestas de baile de los 50 hasta la eclosión de bandas roqueras con proyección nacional de «la movida» y la «postmovida». Las biografías de los músicos (incluso las de los músicos de provincias) suelen tener un componente romántico y novelesco que nos fascina, y Fernández dio en el clavo al contarlas con brío y abundancia de detalles. De ese modo supimos de la aventura de los fabulosos Trasgos, el grupo de Juan Rosa el Rana y de Adrián Navarro, que se codearon con lo mejorcito del pop nacional del momento, aunque perdieron su pasaporte a la fama por culpa de la mili y de la incomprensión familiar. Aun así, siguen siendo el referente más prestigioso de bandas que surgieron décadas más tarde, y que sí lograron dar el salto que los catapultó a la vanguardia del rock nacional. Ayer, precisamente, estuve charlando un rato con Adrián Navarro, que ya se ha jubilado como gerente del negocio familiar, pero mantiene intacta su pasión por el rock and roll y las guitarras. Se lamentaba Adrián de que en esta ciudad no quedan apenas locales para tocar en directo, y no le falta razón. Es cierto que una guitarra distorsionada hace mucho más ruido que un poeta recitando sus obras, pero ambos hablan de cosas igualmente importantes. Quizás el Ayuntamiento debería tomar nota.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 23/2/2018

Tragedias


Los expertos en estas cosas afirman que hasta las actividades cotidianas que consideramos más inofensivas entrañan riesgos. Ganar el gordo de la lotería es mucho menos probable que morir en un accidente de camino a la administración. Este último fin de semana, durante un viaje a Sevilla, a mi mujer y a mí se nos ocurrió dar una vuelta en un coche de caballos por el centro de la ciudad. Yo tenía mis dudas, pero mi mujer empleó la fórmula mágica de «vengaaa, me hace mucha ilusión» y… en fin, San Valentín estaba a la vuelta de la esquina. Algo sospechosa me pareció la catadura del joven cochero. Aun así, de repente me encontré subido al vehículo sintiéndome un guiri más. Enseguida descubrimos que el cochero debía de haber visto muchos westerns de John Ford, ya que se precipitó en un vertiginoso trayecto por lugares bullentes de tráfico, o bien tan angostos que ni siquiera parecían practicables para una motocicleta. Yo estaba aterrorizado, lo confieso, pero disimulé por miedo a quedar como un idiota delante de mi esposa, que parecía estar disfrutando horrores. Pero he aquí que, al adentrarnos en el parque de María Luisa, observamos que se abalanzaba contra nosotros otro coche guiado por un sujeto no menos temerario. Lo que sigue solo lo puedo describir como una sucesión de impresiones confusas, aunque todas ellas terroríficas: el otro caballo encabritado, relinchos, nuestro coche virando sin control, una viandante a punto de perecer aplastada, un caballo en el suelo agitando las patas, la expresión de pánico de un japonés que debió de quedarse en Osaka, gritos e insultos («¡Ereh horrorossso!»). Al cabo de diez minutos me apeé indemne junto a la catedral, hinqué la rodilla en tierra y le di gracias a la Virgen de los Reyes por habernos sacado de aquel trance. «Nunca más», me dije. Nunca más. 


Publicado en La Tribuna de Albacete el 16/2/2018

Exorcismos


 Gracias a cierto periódico digital he sabido que en nuestra humilde y soñolienta diócesis también se practican exorcismos, tal vez no tan espectaculares como los de Hollywood, pero exorcismos al fin y al cabo (con el maligno no caben medias tintas). Según afirmaba el sacerdote entrevistado sobre tan peliagudo asunto, hay personas que acuden a él convencidas de tener un demonio dentro, aunque en la mayoría de los casos se trata de trastornos mentales que responden mejor a las antipsicóticos que a los hisopos. Con todo, parece que hay una serie de signos que delatan la infestación diabólica de forma concluyente, como la capacidad de girar la cabeza 360 grados, el hecho de levitar sobre la cama con los brazos en cruz, el uso constante de las palabras malsonantes y los vómitos explosivos, sobre todo si la materia arrojada es de color verde. Repaso la lista de señales y se me ocurre que con este asunto conviene andarse con pies de plomo, pues yo mismo sufrí alguno de esos síntomas en mi alborotada juventud tras una noche de desenfreno levantino. Pero existe un signo inconfundible que no puede ignorarse, y me refiero a la capacidad repentina de hablar lenguas extranjeras que nunca se han estudiado. No basta con que el presunto poseído se exprese en una jerga incomprensible, lo que puede obedecer a una simple resaca o a un intento de emular a Mariano Rajoy, sino a levantarse una mañana hablando por los codos en latín, en arameo o en hebreo antiguo, que son las lenguas favoritas del maligno, tan clásico y cosmopolita él. Una cuestión muy distinta sería que un alumno de secundaria de los programas bilingües comenzara a expresarse en perfecto inglés. Eso, más que un signo de posesión diabólica, sería un auténtico milagro.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 9/2/2018

Cinco pasos


Existe una teoría según la cual todos estamos conectados por un máximo de cinco pasos con cualquier otra persona del planeta. Supongamos que José tiene un amigo cuyo primo trabaja en una empresa de importación (dos pasos). Pues bien, el jefe de este primo (tres pasos) viajó en cierta ocasión al África meridional por motivos de trabajo. Allí coincidió con el cooperante de una ONG (cuatro pasos), quien le contó que, en el curso de una expedición, se había topado con un grupo de nómadas bosquimanos. Por la noche, al calor de la hoguera, el chamán de este grupo le habló al cooperante de lo peligroso que es pronunciar el nombre del león, ya que las moscas oyen lo que la gente dice y vuelan al encuentro del león para contárselo. Mi amigo José y el chamán bosquimano estarían separados por tan solo cinco pasos. Si no salimos del mundo occidental, seguramente no habría que dar más de tres o cuatro saltos para establecer la relación. Dos ejemplos: yo mismo puedo alardear de vínculos relativamente cercanos con dos estrellas míticas del rock como Mark Knopfler y Elvis Presley. Hace treinta años, durante una estancia en Inglaterra, hice amistad con un estudiante llamado Graham. En su Newcastle natal, Graham había tenido como profesora de matemáticas a Louisa Mary Knopfler, la madre del músico. Afirmaba que tenía los mismos ojos y nariz que su hijo, y que le resultaba imposible ver un vídeo de Dire Straits sin sentir un ataque de pánico. Por otro lado, tengo un amigo norteamericano que en su juventud hizo sus pinitos en Hollywood. Allí consiguió un pequeño papel en Estrella de fuego, un western de 1960 cuyo protagonista (lo han adivinado) era el mismísimo Elvis Presley. Parece que el azar reserva para cada uno de nosotros una modesta ración de inmortalidad.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 26/1/2018