La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

sábado, 22 de abril de 2017

Volar


Como seguramente recordarán, a un pasajero de la compañía aérea United lo sacaron a rastras de un avión aquejado de overbooking. Hace un par de días se ha sabido de un escándalo similar que ha afectado a la misma aerolínea. Esta vez se trataba de un hombre de negocios que había comprado un billete en clase business por la friolera de mil dólares. El buen señor fue invitado a cederle su asiento a otro pasajero que la compañía consideraba prioritario, y a abandonar la aeronave, cosa que hizo cuando lo amenazaron con esposarlo y entregarlo a las autoridades. Desde que cayeron las Torres Gemelas, los ciudadanos de este mundo postapocalíptico nos hemos habituado a tolerarlo casi todo, para empezar a que ni siquiera se nos trate como a ciudadanos. Esta sensación de ser un paria despojado de cualquier derecho se acentúa cuando uno decide emprender un viaje aéreo. Conforme nos acercamos a facturar y a obtener las tarjetas de embarque, empezamos a encomendarnos al santo de nuestra devoción para que nos dejen embarcar sin cobrarnos tasas abusivas por exceso de equipaje. Al llegar al control de seguridad, comprendemos que ni siquiera van a tratarnos como a seres humanos, y que corremos el riesgo de que nos mangoneen, nos escaneen, nos cacheen, nos desnuden, nos interroguen y nos humillen de todas las formas posibles. Tampoco podemos relajarnos una vez abordo, porque cabe la posibilidad de que vengan dos gorilas y nos echen a patadas. Todo esto debe complacer mucho a quienes disfrutan con el rollo sadomaso. A los que no nos pone el asunto de recibir latigazos y lamer suelas de zapatos, más bien nos da miedo. De hecho, en el aeropuerto de Roma tienen una especie de cabinas para fumadores que yo decidí no usar, aunque me moría por encender un pitillo. Vaya usted a saber si no habrán decidido copiar a los nazis y sus cámaras de gas.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 21/4/2017

lunes, 17 de abril de 2017

Contorsionismo


En una entrevista reciente para el diario La Vanguardia, el escritor Quim Monzó habla sobre gastronomía y restaurantes, aunque le da un giro inesperado al tema al abordar qué ocurre cuando llega el momento de pagar la cuenta. Corre cierta leyenda según la cual los españoles somos aficionados a montar grandes trifulcas, e incluso a llegar a las manos, si de dárnoslas de rumbosos se trata. Creo que se trata de un mito más, aunque Monzó lo deja sentenciado al hablar de su experiencia con sus editores: «Jamás pagan —dice—. Se llevan la mano a la cartera cuando llega la cuenta, eso sí, pero no es para pagar, aunque lo parezca, sino para asegurarse de que no salga la cartera en ese momento. Una vez fui a comer con tres y acabé pagando yo después de una sesión de contorsionismo». Yo creo que he sido afortunado en este aspecto. Que recuerde, cuando he quedado a comer con algún editor siempre han sido ellos quienes han insistido en responsabilizarse de «la dolorosa» (aunque aclarando que pagaba la empresa, lo que le restaba generosidad al gesto). Cuando el ágape ha tenido lugar en mi terreno (noblesse oblige) el que ha insistido en pagar he sido yo, pues uno, a pesar de su insultante juventud, en el fondo es un poco chapado a la antigua. Muy distinta ha sido la situación, en cambio, con ciertos compañeros de trabajo de estos con quienes te ves obligado a compartir café a diario. Recuerdo un profesor de matemáticas que convirtió en un arte la técnica del escaqueo, arreglándoselas para no pagar un solo café en todo el curso. También a un antiguo compañero de religión (hace mucho tiempo de esto) que hizo lo propio, con lo que al final de curso descubrí que lo mismo me habría dado seleccionar la casilla de la iglesia católica en la declaración de la renta.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/4/2017

miércoles, 12 de abril de 2017

Sepelios


Hace un par de días, a alguna hora intempestiva (todas lo son en estos casos) recibí la llamada de una compañía de seguros. A lo largo de los años mis reacciones se han modificado a la hora de responder a este tipo de llamadas comerciales. Al principio colgaba sin más miramientos. Luego comprobé que el sistema no funcionaba, ya que la llamada siempre se repetía hasta que el operador, inasequible al desaliento, lograba arrancarme algún tipo de respuesta. Durante una temporada me dio por responder de forma airada, reprochándoles a los inoportunos interlocutores lo poco cívico de interrumpir mi comida o mi siesta. Tampoco esto daba resultado, y mis reflexiones sobre la inmoralidad de su proceder pronto se convirtieron en simples súplicas del tipo «¡Por Dios, déjenme en paz!». Finalmente me dio por tomármelo con humor, y comencé a responder que el titular de la línea era mi padre, a quien por desgracia habíamos enterrado ese mismo día. Seguía un silencio compungido y, a renglón seguido, casi siempre murmuraban una disculpa y colgaban. Pues bien, a la larga, lo único que he conseguido con este ardid es que las compañías de seguros de sepelio les tomen el relevo a las empresas de telefonía. Como decía al principio, ayer mismo recibí la última de estas llamadas. Esta vez decidí seguir mi vocación docente y ser didáctico. «Verá usted, señorita —respondí—, no me interesa un seguro de sepelio. Y le voy a explicar el motivo. Creo que lo menos que pueden hacer mis familiares más cercanos, a quienes tanto he cuidado y por quienes tantos desvelos he sufrido, es darme un entierro decente. Si no lo hacen, siempre pesará sobre sus conciencias, y de todos modos a mí me dará igual. ¿Me comprende?» La chica se rio, me dio las buenas tardes e interrumpió la llamada. Para una vez que a uno le da por hablar en serio…

Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/4/2017

martes, 4 de abril de 2017

Yogures


Una de las formas más eficaces de evitar el estrés consiste en hacer siempre la compra en el mismo supermercado. Entre mis peores pesadillas de la vida real, una que figura en un lugar destacado es la de deambular como un alma en pena por los pasillos de un supermercado desconocido con una larga lista de la compra en las manos. Confieso que me da vergüenza preguntar a los empleados dónde está esto o aquello, y más si son empleadas. Puedo hacerlo una vez, como máximo dos. A partir de ese momento me pongo en manos del azar. Trato de recorrer los pasillos siguiendo un orden sistemático e introduzco en el carrito los productos que me voy encontrando. Pero siempre dejo pasillos sin recorrer. Siempre hay productos colocados en sitios absurdos. Y al final descubro que ha transcurrido una hora entera y que la mitad de mi lista sigue virgen. Y entonces es cuando me sobreviene lo que denomino la «parálisis del supermercado», una situación de angustia y saturación que me impide dar un paso más. Y allí me quedo, congelado en alguna de las infinitas encrucijadas, esperando que mi cerebro reaccione o que algún empleado bondadoso venga a rescatarme. Es más, hay veces en que, incluso teniendo un producto más o menos localizado, me siento incapaz de encontrar la variedad correcta. La semana pasada me ocurrió con los yogures. En mi lista (confeccionada por mi mujer, claro) había dos variedades: los griegos de stracciatella y los naturales con azúcar de caña. Miré, remiré y contemplé docenas de variedades de yogur hasta que todas me parecieron iguales. Transcurrió el tiempo y un golpecito en la espalda me sacó de mi estupor. Era un antiguo alumno que se había acercado a saludar. «¿Me puedes ayudar, por favor? —le supliqué con gesto de ancianito indefenso—. No encuentro estos yogures.» Me sonrió con indulgencia y dio con los malditos yogures en cuestión de segundos. En idioteces como esta consiste el hacerse mayor.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/3/2017