La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

sábado, 18 de noviembre de 2017

Mordiscos


La semana pasada, uno de mis alumnos de cuarto de la ESO le mordió a su compañero. Un señor mordisco en la mano, durante mi clase, mientras yo miraba. Confieso que sufrí un ligero shock que me impidió reaccionar de forma inmediata. Últimamente sufro de tensión alta, por lo que mi médico me ha encarecido que, en la medida de lo posible, evite los berrinches. Así pues, decidí abordar el asunto desde un punto de vista científico y pedagógico. Le pedí al autor del mordisco (16 años) que me explicara tan curioso proceder. Al principio él lo negó rotundamente, por lo que tuve que recordarle que mi sordera incipiente no afecta a mi agudeza visual, que no sufro de alucinaciones, que me encontraba a apenas cuatro metros del incidente y que el aula estaba bien iluminada. Insistí en que me brindara algún motivo que pudiera justificar una conducta tan alejada, no ya de las normas sociales más elementales, sino del comportamiento habitual de la especie humana en los albores del siglo XXI. Algo cabizbajo, él me explicó que su compañero, el receptor del mordisco, «le había pintado en su cuaderno». «¿Y a ti te parece que eso justifica que le muerdas?» «Ea», replicó él escuetamente. Llegados a este punto, solo se me ocurrió aconsejar al alumno mordido que se pusiera la vacuna antirrábica y rogarle al depredador que se abstuviera de morderme a mí. No es la primera vez que me ocurre algo parecido. El año pasado, también en un aula de cuarto de la ESO, una de mis alumnas le pellizcó un pecho a su compañera. Tuve que escribir un parte disciplinario que provocó gran hilaridad entre el anterior equipo directivo. Me pregunto qué pasaría si los padres pudieran espiar por un agujerito el comportamiento de sus hijos en clase. ¿Todavía pensarían que los profesores tenemos demasiadas vacaciones?

Publicado en La Tribuna de Albacete el 17/11/2017

domingo, 12 de noviembre de 2017

Médula


El pasado mes de mayo, el poeta y profesor valenciano Antonio Cabrera sufrió un accidente que le produjo una grave lesión medular. Siete meses después, todavía permanece ingresado en el hospital de parapléjicos de Toledo. Conforme el tiempo transcurre, las esperanzas de recuperar la sensibilidad y el movimiento disminuyen. Sus metas actuales son sencillas: perseverar en su terapia para no tener que depender de ayuda mecánica para respirar, aprender a utilizar un ordenador guiando un puntero con la nariz, tal vez recuperar el movimiento de algún dedo, lo que le permitiría manejar su silla de ruedas sin ayuda. Antonio y yo somos amigos desde hace muchos años. Él fue un poeta de vocación tardía, pero su talento ha dado frutos magníficos en su madurez. Aunque no es un escritor al alcance de todos, en los círculos más selectos se le admira y se le respeta como el magnífico artista que es. La noticia de su accidente cayó entre nosotros como una bomba. Soy incapaz de imaginar siquiera los momentos de desesperación por los que habrá pasado. Sin embargo, en una reciente entrevista para el diario El Mundo, afirma que le parece absurdo mirar hacia atrás. Lo ocurrido queda en el pasado y nada se puede hacer para cambiarlo. Antes era él quien iba hacia las personas y las cosas. Ahora son las personas quienes deben ir hacia él, y muchas cosas de las que antaño disfrutaba (el campo, las aves) quedan lejos de su alcance. Sin embargo, él ha elegido la vida. Incluso ha vuelto a componer poesía: Médula, circula / hacia la vida, deja pasar el tiempo / fluido de lo móvil. Tengo mucho que agradecerle a Antonio. Incontables horas jubilosas de conversación, de risas, de lecturas compartidas. Ahora, también el ejemplo de su entereza. Y el privilegio de poder seguir disfrutando del resplandor de su talento, del calor de su amistad.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 10/11/2017

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Cielito lindo


Delante del instituto donde enseño, sentado en un banco, hay un señor que toca el violín para ganarse unas monedas. Es un buen músico. El problema es que lo limitado de su repertorio. Creo que le he oído interpretar un par de tangos, pero la canción favorita de su hit parade particular es Cielito lindo. La toca sin descanso. Algunas mañanas, una docena de veces seguidas. Las temperaturas benignas nos obligan a mantener las ventanas de las aulas abiertas, y las notas de la ranchera se cuelan dentro de clase. Los alumnos se desconcentran. Algunos incluso tararean. Yo mismo me he sorprendido canturreándola en un par de ocasiones. La semana pasada, como ejercicio de catarsis, les propuse a los chicos que la cantáramos todos a coro. Tal vez el músico callejero nos oyera y se diera por aludido. Pero la canción sigue sonando en la avenida con mucha más intensidad que el rumor del tráfico, y yo empiezo a desesperarme. Hace unos días aproveché un recreo para recoger unas radiografías en una clínica cercana. La música ambiental que estaba sonando era Cielito lindo. Por la tarde, en el supermercado, otra vez el Ay, ay, ay, ay, canta y no llores del demonio. La dichosa canción me persigue como una maldición gitana. Cuando voy por la calle, silbo Cielito lindo. Por las noches, la musiquilla atruena dentro de mi cabeza y no me deja conciliar el sueño. Creo que me estoy volviendo tarumba. Empiezo a contemplar la posibilidad de comprarle al señor unas partituras y ofrecerle algo de dinero a cambio de que amplíe su repertorio. Pero temo que no sirva de nada. Como mucho, puede que consiga cambiar Cielito lindo por Piel canela, por Amapola o por Perfidia, con lo que el remedio sería peor que la enfermedad. Tal vez la única solución sea pedir el traslado a otro centro. O quizás volver a ver las noticias de Cataluña en los telediarios. 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/11/2017

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Tacos


Hoy les he estado hablando a mis alumnos de lo que se denomina el «genio de la lengua», que viene a ser la capacidad expresiva de cada idioma para plasmar determinados aspectos de la realidad, incluso para modelarla. Como ejemplo, les he leído el artículo de una joven británica residente en España y casada con un nacional. El texto aborda el inagotable caudal de palabrotas que usamos los españoles en casi cualquier circunstancia, tanto para mostrar ira como para todo lo contrario. A la chica, por ejemplo, le sorprende que usemos las mismas expresiones como insultos y como cumplidos, lo que en inglés sería completamente inimaginable. Le cuesta trabajo comprender que la frase «¡menudo pedazo de cabrón estás hecho!» pueda recibirse con una sonrisa o con un puñetazo. No le cabe en la cabeza que a los españoles no se nos pueda mentar a la madre en una confrontación verbal sin provocar una respuesta violenta y, sin embargo, usemos el sintagma «de puta madre» para decir que algo se nos figura el colmo de la excelencia. Y no se trata de que los británicos no sazonen su habla con tacos, que sí lo hacen, sino de que su repertorio es mucho más limitado e insípido que el nuestro, apenas cuatro o cinco vocablos que hacen referencia a los genitales y que siempre suenan ofensivos a oídos de un interlocutor educado. Cuando la joven británica oye a su marido proferir exabruptos tales como «me cago en to lo que se menea» (que ella intenta, torpemente, traducir como I shit on everything that moves), «que te folle un pez» (go get fucked by a fish) o «pollas en vinagre» (pricks in vinegar), no le queda más remedio que reconocer la superioridad de nuestra noble lengua castellana cuando se trata de ser soez, pero de un modo barroco e imaginativo que a veces roza lo sublime.

Publicado (en una versión ligeramente distinta) en La Tribuna de Albacete el 27/10/2017