La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

miércoles, 19 de julio de 2017

El arco del triunfo


Dicen que las opiniones son tan diversas como cierta parte del cuerpo. Yo no estoy tan seguro. Pienso más bien que las opiniones van por modas y por épocas, que los grupos dominantes sientan doctrina a su conveniencia, y que para ello se valen de la necesidad del ciudadano medio de expresar criterios sobre cualquier asunto, ya sean criterios propios o tomados al dictado. Vivimos sumergidos en un caldo mediático, y basta con abrir la boca (en realidad, los oídos) para pertrecharnos de esos argumentos que luego repetiremos en las charlas del café, los que nos servirán para hundir en la miseria al cuñado casposo o cultureta en la próxima cena de Nochebuena. Uno de estos juicios predominantes (no son tantos, si lo piensan) se refiere precisamente a las mismas opiniones. Afirma que todas sin excepción son respetables, y suele invocarse cuando uno anda escaso de ideas y argumentos: «Bueno, todas las opiniones son respetables». Fin de la conversación. Pues verán, yo disiento. No todas las opiniones son respetables. Las hay sólidas y las hay endebles, las hay útiles y dañinas, las hay dignas y deleznables. Es más, creo que la disensión es uno de los motores del progreso, y que oponerse al pensamiento predominante es lo que nos convierte en ciudadanos como Dios manda. Conviene, por supuesto, separar a las personas de sus opiniones, por muy difícil que resulte a veces. En general coincidimos en que todas las personas son respetables, aunque algunos poco se esfuerzan por ganarse ese respeto. Y a casi todos nos gusta vivir en una sociedad en la que uno puede abrir la boca sin que le corten la cabeza. Pero no todas las opiniones valen lo mismo. Tampoco la mía, por mucho que aparezca impresa en una columna de prensa. De hecho, son ustedes muy libres de pasársela por el arco del triunfo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/7/2017

domingo, 9 de julio de 2017

Este es mi cuerpo


Siempre he comulgado con la idea de que cada cual es dueño de su cuerpo, lo que me ha llevado a defender derechos como el aborto, el derecho a una muerte digna y el de las personas con disforia de género a elegir el sexo que les dicta su cabeza, y no sus genitales. Así pensaba yo hasta hace unos años, pero estaba equivocado. Y no porque ahora me oponga a los derechos que antes defendía. Mi error estaba en el fondo del asunto, aunque tuve que ir cumpliendo años y achaques para darme cuenta. No somos los dueños de nuestros cuerpos. Son nuestros cuerpos quienes nos poseen, quienes están al mando, quienes dictan las reglas. Si yo no me esfuerzo por complacerlo, él se vengará. En estos momentos me está castigando con un ataque agudo de gota en el pie derecho. A mí me encantan las chuletas y los gin-tonics. Él quiere verduritas y agua. Yo abogo por el sedentarismo, él exige acción y ejercicio. Cuando me rebelo, el muy canalla me atormenta con dolores y triglicéridos. Él es sin duda el jefe y, como todos los jefes, es un idiota. No nos llevamos bien, pero a la postre siempre descubro que es mi cuerpo quien lleva la sartén por el mango. Esta idea encierra cierto consuelo, porque me brinda el recurso de echarle la culpa al otro, al tirano, a ese que no soy yo. Aunque reconozco que puedo estar equivocado, y que mi único propósito sea sacudirme la responsabilidad. En el fondo sé que mi cuerpo y yo somos la misma cosa. En esta pareja indisoluble no hay un culpable y un inocente, un tirano y un rebelde. Hay solamente un idiota. Y lleva mi nombre.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/7/2017

domingo, 2 de julio de 2017

Cincinato


Repaso los comentarios que se han vertido en las redes sociales sobre la dimisión de Javier Cuenca y me sorprende comprobar su tono laudatorio. No parece que nos hallemos ante un político al uso, sino ante una nueva versión del romano Cincinato. Javier Cuenca explica que no se encuentra bien de salud, y lo único que se me ocurre al respecto es el deseo de un pronto restablecimiento (prefiero no hacer cábalas sobre asuntos que ignoro). Lo que me sorprende es que alguien dimita de un cargo político y la gente aplauda la nobleza e integridad del gesto. Y hasta me da por pensar que la salud de nuestra democracia es todavía peor que la del exalcalde. No creo que Cuenca, en sus dos años de alcaldía, haya hecho nada memorable. Yo lo tenía catalogado más bien como un gestor poco eficaz, un ejemplo más de esa tradición de alcaldes más complacientes con los dictados de sus superiores que con las necesidades de sus conciudadanos. Ahora el alcalde dimite y muchos se deshacen en elogios y expresiones de gratitud. Francamente, no creo que sea para tanto. Y más teniendo en cuenta que se trata de un funcionario de carrera en comisión de servicios, lo que le permite regresar a su puesto anterior y aquí paz y después gloria. Mucho más mérito tendría si el dimitido fuera uno de esos paniaguados que hacen toda su carrera al amparo de su partido, sin más oficio ni beneficio que el carné de afiliado en el bolsillo, sin más mérito que la habilidad de quitarse de en medio a quienes se han cruzado en su camino. Debería resultaron normal, y hasta saludable, que un político dimitiera. Lo anormal es que dicha dimisión nos parezca el único gesto digno de encomio en quienes se dedican a cuidar de los asuntos públicos.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 30/6/2017

lunes, 26 de junio de 2017

Audiencias


Para explicar la supervivencia de un programa de televisión se suele invocar aquello de «la tiranía de las audiencias», término muy adecuado, creo, porque si algo caracteriza las tiranías es que quienes las ejercen son muy pocos y quienes las sufren una vasta mayoría. En el caso de las audiencias televisivas, los tiranos son el contado número de televidentes que tienen un «audímetro» instalado en su sala de estar. Esto comporta el inconveniente de tener que informar al aparato de cuántos miembros de la familia, y de qué edades, están sentados delante de la tele en cada momento, lo que viene a ser como soportar la presencia constante de un pariente pesado o un vecino fisgón. Las ventajas que estos pocos privilegiados obtienen a cambio son, sin embargo, inmensas. Y no me refiero ya a los incentivos económicos o en especie que puedan recibir, sino a la posibilidad increíble de atormentar a un país entero a capricho, con la enorme sensación de poder que eso tiene que suponer. De hecho, yo creo que casi todos los miembros de esa élite de la audiencia deben presentar algún tipo de patología que les hace experimentar placer con el sufrimiento ajeno. O eso o son todos unos guasones impenitentes, porque solo así se explica que tengamos que soportar engendros como Hora Punta, ese pseudoprograma que perpetra, a la hora de máxima audiencia, el «periodista» Javier Cárdenas, un sujeto que obtuvo su fama burlándose de ciertos pobres desgraciados (recordemos a Carlos Jesús o al «Pozí»), y que ahora sigue haciendo exactamente lo mismo, con la diferencia de que los pobres desgraciados han pasado a ser los millones de televidentes que cada noche han de sufrir las mamarrachadas de este fulano, aunque sea solamente en forma de ráfaga de estupidez mientras practican el zapping.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 23/6/2017

miércoles, 21 de junio de 2017

La hormiga de la eternidad


Como todo aquel que haya padecido una educación religiosa, a uno le cuesta desprenderse de ciertos traumas y complejos cuyo origen es posible rastrear hasta la infancia, una infancia la mía poblada de sotanas, al menos durante cierta época sobre la que prefiero no extenderme. La cuestión es que, a veces, como si de una enfermedad crónica se tratara, todavía siento terror al pensar en la posibilidad de ir al infierno. Lo de ir al cielo, en cambio, ni me lo planteo, quizás porque lo veo demasiado lejos de mis posibilidades, como jubilarme con 60 años o llegar a comprarme un apartamento en la playa. Pero la idea del infierno sí que me atenaza durante algunas madrugadas de insomnio, seguramente porque me la inculcaron con gran lujo de detalles y a una edad demasiado vulnerable. Mi amigo Paco Mendoza dedicó un poema al famoso ejemplo de la hormiga. Imaginemos que a una hormiguita le da por recorrer la Tierra siguiendo la línea del Ecuador. Este insecto, en su lento y leve caminar, iría dejando un imperceptible surco al desgastar la corteza terrestre bajo sus patitas. Pensemos en la cantidad incalculable de tiempo que le costaría a la hormiga completar un giro, y luego en los siglos, milenios y eones que tardaría en partir nuestro planeta por la mitad. Pues bien, ese lapso de tiempo no sería nada comparado con la duración del infierno, que es eterno, y por lo tanto no se puede comparar con cualquier cantidad de tiempo finito, por inconmensurable que sea. Creo recordar que, en su poema, mi amigo Paco se ensañaba con la hormiga, que a mí no me parece sino un bichito inocente. Cada vez que sufro de terrores nocturnos, yo me acuerdo más bien del sádico con sotana que se la inventó. De él y de su santa madre.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 16/6/2017

Despatarre


El ayuntamiento de Madrid ha lanzado una campaña de reeducación dirigida a esos hombres que se despatarran en los transportes públicos. Esto puede parecer frívolo y hasta chistoso, pero lo cierto es que no es ni una cosa ni la otra. Hace años ya se hizo una campaña parecida en el metro de Nueva York, lo que demuestra que la idiosincrasia nacional no es tan exclusiva como nos gusta pensar. Para bien o para mal, parece que los madrileños (y todos los españoles, por extensión) son igual de gañanes que los ciudadanos de la capital más cosmopolita del mundo. Otra cosa son las lecturas que se quieran hacer del asunto en clave feminista. No en vano parece que quienes se despatarran son exclusivamente varones (en inglés la postura se denomina manspreading, lo que no deja lugar a dudas), y tienden a hacerlo cuando la compañera de asiento es una mujer, a la que acoquinan y arrinconan en un acto de reafirmación de la superioridad masculina, una forma más de violencia de género. Es más, en muchas ocasiones la indecorosa postura se subraya con el aún más indecoroso acto de depositar la mano sobre los genitales propios, una reminiscencia de lo que el macho alfa de la tribu de gorilas hace en su rincón de jungla congoleña. Todo esto ocurre, a qué negarlo. De lo que no estoy tan seguro es de que se trate de una manifestación del sexismo latente en la sociedad. Para mí, al menos, no es sino una muestra más de la mala educación, lo que sí constituye una lacra endémica, tan poco disculpable como hablar a voz en grito en lugares públicos, como dejar basura tirada por la calle o como no lavarse el sobaco cuando el calor aprieta. Y si hay algo que hermana de verdad a ambos sexos es precisamente la mala educación, un defecto que todos (hombres, mujeres y géneros intermedios) compartimos de forma solidaria.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 9/6/2017


lunes, 5 de junio de 2017

Ministéricos


Acaba de regresar a las pantallas la serie El Ministerio del Tiempo, creada por los hermanos Pablo y Javier Olivares, los Wachowski de la televisión patria. La renovación de la serie para una tercera temporada ha sido un proceso agónico que se ha demorado mucho más de lo que los «ministéricos» hubiéramos deseado. Incluso se ha rumoreado que podía saltar a otra cadena, lo que habría hundido a nuestra televisión pública en un ridículo difícil de digerir. Y con esto queda claro que soy un fan declarado de la serie, uno entre muchos cientos de miles. Es más, creo que es lo mejor que se ha visto en la televisión de este país desde que se murió Chanquete. El Ministerio del Tiempo no es una serie de la HBO, aunque merecería serlo. Su éxito no se basa en grandes presupuestos y efectos especiales, sino en la imaginación y el talento de sus guionistas, en el trabajo y el carisma de sus actores, en el valor de huir de la consabida comedia de costumbres y ofrecernos algo que nunca habíamos visto. En sus capítulos hemos visto a soldados de la Alemania nazi recorriendo las calles de Madrid. Hemos visto a un caballero español del Siglo de Oro tratando de adaptarse a la vida en el mundo moderno. A Federico García Lorca observando cómo los ciudadanos de hoy en día hacen footing vestidos con «pijamas de colores». Hemos cenado con Napoleón y rescatado a Lope de Vega de una muerte segura. En una pirueta de absoluta genialidad, incluso hemos presenciado cómo Felipe II se proclamaba «emperador del tiempo» y extendía su monarquía a todas las épocas, con discurso televisivo de Nochebuena incluido. Una serie así no podía terminarse sin más. Y si lo hiciera, habría que buscar la puerta que nos llevara de nuevo al estreno del primer episodio, para poder disfrutarla otra vez de cabo a rabo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 2/6/2017


viernes, 26 de mayo de 2017

Bartleby en las aulas


«Preferiría no hacerlo». Así contesta Bartlebly, el escribiente de un prestigioso abogado de Wall Street, cada vez que su jefe le encarga una tarea. «Preferiría no hacerlo» se ha convertido en una cita emblemática en la historia de la literatura. Herman Melville publicó este relato en 1853, y su influencia no ha hecho más que agigantarse con el tiempo. Se dice que Bartlebly es el precedente directo de esos personajes de corte existencialista que abundan en la literatura del siglo XX: Kafka, Camus, Sartre… Bartleby pasa todo el día de brazos cruzados contemplando una pared de ladrillo a través de la ventana. Es el escribiente que no escribe, el hombre que ha optado por la inacción. Su presencia en la oficina es constante, pero no supone ninguna diferencia. No ayuda, no estorba. Sencillamente está ahí, y a la vez no está. No puedo evitar acordarme de este personaje cada vez que entro en un aula de secundaria (e incluso de bachillerato). El censo de los Bartlebys que pueblan nuestras aulas arrojaría cifras sorprendentes. Acabo de salir de una clase de cuarto de la ESO. Son apenas veinte alumnos. Se podría trabajar tantas cosas con ellos. Se les podría enseñar tanto. Sin embargo, al menos cinco de ellos son Bartlebys consumados. Prefieren no obrar. Han optado por no hacer nada. Tienen una ventaja sobre el escribiente de Melville, sin embargo. Ellos disponen de un hogar con todas las comodidades al que regresarán cuando termine el horario lectivo, y allí seguirán perseverando en la incuria y la apatía. Además, en el caso de mi instituto, ni siquiera tienen que mirar una aburrida pared de ladrillo, pues a través de las ventanas de las aulas pueden contemplar las verdes copas de los árboles del parque. El sistema permite que los Bartlebys prosperen en nuestras aulas. Algunos incluso aprobarán y pasarán de curso. ¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad! 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 26/5/2017

martes, 23 de mayo de 2017

El gallo de Manel


Pido disculpas por insistir en un asunto que a estas alturas ya resulta manido, pero quiero dejar constancia pública de que yo no culpo a Manel Navarro por el gallo que soltó el sábado pasado. No soy de esos que dicen que el festival de Eurovisión es un evento trivial y hortera que solo interesa a catetos, frikis y gente de poca cultura en general. A mí Eurovisión me ha gustado desde que me alcanza la memoria. Recuerdo que de niño lo esperaba como agua de mayo. Me acuerdo perfectamente de la actuación de ABBA en el 74. Me acuerdo de Karina y de Mocedades. Y con un pequeño esfuerzo extra incluso me acuerdo de Cliff Richard cantando Congratulations. Puede que en mis años juveniles mi interés decayera un poco, pues había que guardar las apariencias y tal. Pero a estas alturas las apariencias ya me dan lo mismo, y vuelvo a disfrutar del entrañable concurso, más robusto que nunca gracias a todos esos países incorporados tras la caída del muro de Berlín, amén de Australia. Con todo y con eso, no le guardo ningún rencor a Manel Navarro por su gallo. Incluso me inspira ternura. Hace por los menos tres lustros yo solté un gallo en un karaoke y todavía me muero de vergüenza al acordarme. Pobre muchacho. Aunque hay una cosa que sí le reprocho. Llevo una semana que no me puedo quitar de la cabeza el pegajoso estribillo ese de «do it for your lover», y al final creo que me voy a volver loco. Tal vez tenga que recurrir a la psiquiatría. O a lo mejor no me queda más remedio que oírme cincuenta veces la canción de Rodolfo Chikilicuatre a ver si así consigo cambiar el dichoso «do it for your lover» por el breikindance, el crusaito y el maikelyakson de toda la vida. ¡Perrea, perrea!

Publicado en La Tribuna de Albacete el 19/5/2016

sábado, 13 de mayo de 2017

Así en la vida como en el cine


Miguel, mi hijo de tres años, se niega a dormir la siesta sin antes ver durante un rato Toy Story, su película favorita. Hace unos días, me disponía yo a poner en marcha el vídeo cuando me dijo lo siguiente: «Papá, ponlo para que Buzz no se rompa.» Tuve que hacérselo repetir media docena de veces antes de comprender las palabras, aunque el significado oculto tras ellas seguía desafiando mis entendederas (¿no creen que los niños deben tenernos por cenutrios sin solución?). En fin, tras dedicar un buen rato a rascarme la cabeza perplejo, me encogí de hombros y puse en marcha el vídeo sin más. Pero ¡ah fatalidad! ocurrió que en, determinado momento, Buzz Lightyear se cayó por el hueco de las escaleras y se rompió, precisamente lo que Miguel me había rogado que no ocurriera. El llanto desconsolado del niño me hizo comprender que allí había algo más que una simple rabieta. Al principio me dije que mi hijo acababa de sufrir su primera crisis de fe, la que sobreviene cuando descubrimos que papá no es más que un simple mortal incapaz, por tanto, de subvertir el orden natural del universo. Después caí en la cuenta de que los orígenes de su llanto eran de otra índole: mi hijo no concebía una película del mismo modo que los adultos lo hacemos, como una narración en la que los acontecimientos se suceden siempre del mismo modo. Para él, tenía que resultar posible modificar la trama a voluntad, optar por una línea argumental en la que los personajes hicieran cosas distintas a las que nos tienen acostumbrados.
Las sugestivas implicaciones de aquella idea me dejaron pensativo. ¿Se imaginan qué apasionantes horizontes se abrirían para el cine si el espectador pudiera alterar la trama de la película a capricho? Yo siempre he detestado, por ejemplo, que el personaje de Ingrid Bergman deje a Rick en el desenlace de Casablanca. ¿No sería preferible hacer que Ilsa, siquiera de vez en cuando, se quedara con Bogart en lugar de marcharse con el cretino de su marido, tan idealista y perfecto él? Por otro lado, no es que tenga nada en contra del desenlace de Psicosis, pero ¿no resulta monótono saber desde el principio lo de la esquizofrenia homicida de Norman Bates? Aunque sigo disfrutando de la película cada vez que la veo, me fastidia la ausencia de incertidumbre, la resignada certeza de que Anthony Perkins acabará por hacer el numerito del cuchillo vestido con la bata de su madre, y así una y otra vez. Si las películas fueran como mi hijo cree, cada vez que la viéramos el final sería nuevo y sorprendente.
Pero hay algo que me inquieta en todo esto. Tal vez Miguel —quién sabe si todos los niños pequeños— piense que también en la vida cualquier alternativa es posible con sólo desearla. Quizá el mundo para ellos sea como un descomunal videojuego en el que existe la opción de «salvar la partida». De ese modo, siempre cabría la posibilidad de regresar al momento anterior a aquel en que las cosas comenzaron a torcerse y procurar hacerlo todo bien esta vez. Si llego a saberlo... repetimos a menudo. ¿No es cierto que bajo esta tan trillada frase se esconde la angustia de sabernos juguetes del azar? Sin embargo, puede que para los niños pequeños si llego a saberlo sea mucho más que una forma de expresar contrariedad. Sospecho que en su concepción del mundo, aún no contaminada por el dolor, basta con cerrar los ojos y volver a abrirlos para que errores y desgracias nunca hayan ocurrido. Para ellos, vivir debe de resultar tan sencillo como rebobinar una cinta de vídeo y volver a usarla. Los adultos, en cambio, sabemos que en la vida sólo es posible navegar aguas abajo. Nos queda, eso sí, el refugio de los sueños. Lástima que, como sabe muy bien el protagonista de la última película de Alejandro Amenábar, éstos tengan esa maldita tendencia a convertirse en pesadillas. Me cuesta imaginar un momento más atroz que aquel en que un niño «despierta» a la certeza de que el mundo es en realidad un lugar despiadado. Imagino que es entonces cuando nuestra memoria se vacía y arrancan los recuerdos que conservaremos en el futuro. ¿Acaso podríamos seguir viviendo si no fuera así?
También llegará para Miguel el momento de despertar, pero les aseguro que no seré yo quien lo saque de su error, quien le explique que en el mundo real, este feo mundo que hemos inventado con nuestras feas mentes de adulto, los errores casi siempre se pagan, que la vida rara vez nos concede una segunda oportunidad.

La Verdad de Albacete,  12 de febrero de 1998

viernes, 12 de mayo de 2017

Atuendos


Conforme la primavera avanza, la juventud va aligerando su atuendo, lo que, en general, está muy bien. Nada que objetar. El problema es cuando el mismo fenómeno (prendas cada vez más escasas y más exiguas) se traslada a las aulas. El calor aprieta y uno ya no sabe si se halla en un centro de enseñanza o en el paseo de Benidorm durante el mes de agosto. Algunos compañeros entienden que ciertos modos de vestirse (o de no vestirse) no son adecuados para acudir a un centro educativo. Los alumnos razonan que no hay nada estipulado al respecto, y que por lo tanto no se les puede reprehender, y mucho menos sancionar, por incumplir una regla que no está escrita en ningún sitio. Ayer intenté que un grupo de chicos y chicas de 15-16 años reflexionaran sobre el problema. «Las personas nos comunicamos de muchos modos —les dije tratando de sonar lo menos casposo posible—. El vestuario que elegimos para mostrarnos en público no deja de ser un mensaje que les transmitimos a los demás. A veces incluso una declaración de principios. Vosotros no les habláis igual a vuestros amigos que a un profesor. Del mismo modo, no podéis vestiros igual para venir al instituto que para salir de fiesta el fin de semana. Y luego debéis recordar que venís aquí para educaros, y que la educación es el puente hacia la vida adulta. ¿Pensáis que cuando estéis trabajando en una oficina, en un hospital, en un juzgado o en unos grandes almacenes podréis vestiros como os dé la gana?» Reflexionaron gravemente durante unos segundos, hasta que una espigada muchachota de la segunda fila levantó la mano. «Profe, yo he pensado que voy a venir a clase en bañador». Me quedé mirándola. «Muy bien, hija mía —le dije al fin—. No seré yo quien te lo impida».

Publicado en La Tribuna de Albacete el 12/5/2017

viernes, 5 de mayo de 2017

El ataúd


Hace unos días, en la ciudad de Villena apareció un ataúd en plena calle. Los vecinos de la parte alta se lo encontraron junto a unos contenedores de residuos. Así tal cual, un ataúd un poco ajado pero perfectamente utilizable, con su tapa y su cruz. He rastreado varias versiones de la noticia, que enseguida hizo furor en los mentideros de internet. En unos sitios dice que fueron los operarios de una carpintería cercana quienes lo dejaron allí para que los servicios de reciclaje lo retiraran. Más veraz parece la versión según la cual se trató de una simple broma. Lo que en ningún sitio se aclara es por qué alguien había tenido guardado semejante trasto. Si el origen del féretro hubiera sido el castillo de la localidad, esa preciosa fortaleza que todos hemos visto desde la autovía, el asunto habría dado para una apasionante historia de vampiros. Más interesante incluso me parece la posibilidad de que el macabro objeto procediera de un domicilio particular, la vivienda de un alicantino especialmente precavido que en su día se hizo con la caja a precio de saldo, y desde entonces la había tenido guardada en la certeza de que podría darle utilidad antes o después. Debía de tratarse, además, de una persona proclive al ahorro que decidió librarse de pagar el entierro por el procedimiento de que lo dejaran junto al contenedor de vidrio. Pero todo esto no son más que conjeturas, pues no me ha quedado claro si el ataúd estaba vacío o si escondía un fiambre en su interior. También tengo curiosidad por saber cuánto tiempo transcurrió entre el hallazgo y el momento en que algún vecino se aventuró a levantar la tapa, y quién fue el valiente que se encargó de hacerlo. Igual se lo jugaron a los chinos.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 5/5/2017

sábado, 29 de abril de 2017

Gregorio


La semana pasada se nos fue Gregorio Salvador, compañero de muchos en varios diarios e institutos de enseñanza secundaria. Amigo de no pocos. Incluso amigo de quien esto escribe, que no se prodiga precisamente en amistades. Y eso que querer a Gregorio no siempre resultaba sencillo. A veces te hablaba con una sinceridad que te dejaba desarmado, y uno no sabía muy bien si darle las gracias o mandarlo a hacer puñetas. Lúcido como pocos, era uno de esos tipos que casi siempre dan en el clavo, aunque a veces el clavo haga daño. Y charlar con él era como habitar una isla de sentido común en medio de un océano de inanidad. Fue un maestro de la opinión certera y contundente, el primero en alzar la voz cuando el emperador salía a pasear desnudo por las calles. Con el tiempo, las personas como él logran conquistar ese bien tan escaso y tan caro que es la libertad. Para algunos resultan incómodas, pero eso no las hace menos necesarias. Y cuando uno se acostumbraba a su incapacidad para la hipocresía, a su acerada inteligencia y a ese aspecto tan peculiar de antihéroe o de músico de rock en decadencia, resultaba imposible prescindir de él. Gregorio era un hombre calmado, un hombre que nunca tenía prisa. Por eso a quienes lo apreciábamos nos resulta raro que haya decidido irse de un modo tan repentino, sin darnos la oportunidad de tener una última charla para ponernos sentimentales y decirle cuánto lo vamos a echar de menos. Aunque a él eso no le habría gustado y nos habría soltado alguna de las suyas. Como aquella vez en que me lo encontré en pleno mes de agosto, con un calor que asaba las piedras, y le pregunté por qué llevaba chaqueta. «Para tener bolsillos y no tener que llevar mariconera, como tú», me contestó. Descansa en paz, amigo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 28/4/2017


sábado, 22 de abril de 2017

Volar


Como seguramente recordarán, a un pasajero de la compañía aérea United lo sacaron a rastras de un avión aquejado de overbooking. Hace un par de días se ha sabido de un escándalo similar que ha afectado a la misma aerolínea. Esta vez se trataba de un hombre de negocios que había comprado un billete en clase business por la friolera de mil dólares. El buen señor fue invitado a cederle su asiento a otro pasajero que la compañía consideraba prioritario, y a abandonar la aeronave, cosa que hizo cuando lo amenazaron con esposarlo y entregarlo a las autoridades. Desde que cayeron las Torres Gemelas, los ciudadanos de este mundo postapocalíptico nos hemos habituado a tolerarlo casi todo, para empezar a que ni siquiera se nos trate como a ciudadanos. Esta sensación de ser un paria despojado de cualquier derecho se acentúa cuando uno decide emprender un viaje aéreo. Conforme nos acercamos a facturar y a obtener las tarjetas de embarque, empezamos a encomendarnos al santo de nuestra devoción para que nos dejen embarcar sin cobrarnos tasas abusivas por exceso de equipaje. Al llegar al control de seguridad, comprendemos que ni siquiera van a tratarnos como a seres humanos, y que corremos el riesgo de que nos mangoneen, nos escaneen, nos cacheen, nos desnuden, nos interroguen y nos humillen de todas las formas posibles. Tampoco podemos relajarnos una vez abordo, porque cabe la posibilidad de que vengan dos gorilas y nos echen a patadas. Todo esto debe complacer mucho a quienes disfrutan con el rollo sadomaso. A los que no nos pone el asunto de recibir latigazos y lamer suelas de zapatos, más bien nos da miedo. De hecho, en el aeropuerto de Roma tienen una especie de cabinas para fumadores que yo decidí no usar, aunque me moría por encender un pitillo. Vaya usted a saber si no habrán decidido copiar a los nazis y sus cámaras de gas.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 21/4/2017

lunes, 17 de abril de 2017

Contorsionismo


En una entrevista reciente para el diario La Vanguardia, el escritor Quim Monzó habla sobre gastronomía y restaurantes, aunque le da un giro inesperado al tema al abordar qué ocurre cuando llega el momento de pagar la cuenta. Corre cierta leyenda según la cual los españoles somos aficionados a montar grandes trifulcas, e incluso a llegar a las manos, si de dárnoslas de rumbosos se trata. Creo que se trata de un mito más, aunque Monzó lo deja sentenciado al hablar de su experiencia con sus editores: «Jamás pagan —dice—. Se llevan la mano a la cartera cuando llega la cuenta, eso sí, pero no es para pagar, aunque lo parezca, sino para asegurarse de que no salga la cartera en ese momento. Una vez fui a comer con tres y acabé pagando yo después de una sesión de contorsionismo». Yo creo que he sido afortunado en este aspecto. Que recuerde, cuando he quedado a comer con algún editor siempre han sido ellos quienes han insistido en responsabilizarse de «la dolorosa» (aunque aclarando que pagaba la empresa, lo que le restaba generosidad al gesto). Cuando el ágape ha tenido lugar en mi terreno (noblesse oblige) el que ha insistido en pagar he sido yo, pues uno, a pesar de su insultante juventud, en el fondo es un poco chapado a la antigua. Muy distinta ha sido la situación, en cambio, con ciertos compañeros de trabajo de estos con quienes te ves obligado a compartir café a diario. Recuerdo un profesor de matemáticas que convirtió en un arte la técnica del escaqueo, arreglándoselas para no pagar un solo café en todo el curso. También a un antiguo compañero de religión (hace mucho tiempo de esto) que hizo lo propio, con lo que al final de curso descubrí que lo mismo me habría dado seleccionar la casilla de la iglesia católica en la declaración de la renta.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/4/2017

miércoles, 12 de abril de 2017

Sepelios


Hace un par de días, a alguna hora intempestiva (todas lo son en estos casos) recibí la llamada de una compañía de seguros. A lo largo de los años mis reacciones se han modificado a la hora de responder a este tipo de llamadas comerciales. Al principio colgaba sin más miramientos. Luego comprobé que el sistema no funcionaba, ya que la llamada siempre se repetía hasta que el operador, inasequible al desaliento, lograba arrancarme algún tipo de respuesta. Durante una temporada me dio por responder de forma airada, reprochándoles a los inoportunos interlocutores lo poco cívico de interrumpir mi comida o mi siesta. Tampoco esto daba resultado, y mis reflexiones sobre la inmoralidad de su proceder pronto se convirtieron en simples súplicas del tipo «¡Por Dios, déjenme en paz!». Finalmente me dio por tomármelo con humor, y comencé a responder que el titular de la línea era mi padre, a quien por desgracia habíamos enterrado ese mismo día. Seguía un silencio compungido y, a renglón seguido, casi siempre murmuraban una disculpa y colgaban. Pues bien, a la larga, lo único que he conseguido con este ardid es que las compañías de seguros de sepelio les tomen el relevo a las empresas de telefonía. Como decía al principio, ayer mismo recibí la última de estas llamadas. Esta vez decidí seguir mi vocación docente y ser didáctico. «Verá usted, señorita —respondí—, no me interesa un seguro de sepelio. Y le voy a explicar el motivo. Creo que lo menos que pueden hacer mis familiares más cercanos, a quienes tanto he cuidado y por quienes tantos desvelos he sufrido, es darme un entierro decente. Si no lo hacen, siempre pesará sobre sus conciencias, y de todos modos a mí me dará igual. ¿Me comprende?» La chica se rio, me dio las buenas tardes e interrumpió la llamada. Para una vez que a uno le da por hablar en serio…

Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/4/2017

martes, 4 de abril de 2017

Yogures


Una de las formas más eficaces de evitar el estrés consiste en hacer siempre la compra en el mismo supermercado. Entre mis peores pesadillas de la vida real, una que figura en un lugar destacado es la de deambular como un alma en pena por los pasillos de un supermercado desconocido con una larga lista de la compra en las manos. Confieso que me da vergüenza preguntar a los empleados dónde está esto o aquello, y más si son empleadas. Puedo hacerlo una vez, como máximo dos. A partir de ese momento me pongo en manos del azar. Trato de recorrer los pasillos siguiendo un orden sistemático e introduzco en el carrito los productos que me voy encontrando. Pero siempre dejo pasillos sin recorrer. Siempre hay productos colocados en sitios absurdos. Y al final descubro que ha transcurrido una hora entera y que la mitad de mi lista sigue virgen. Y entonces es cuando me sobreviene lo que denomino la «parálisis del supermercado», una situación de angustia y saturación que me impide dar un paso más. Y allí me quedo, congelado en alguna de las infinitas encrucijadas, esperando que mi cerebro reaccione o que algún empleado bondadoso venga a rescatarme. Es más, hay veces en que, incluso teniendo un producto más o menos localizado, me siento incapaz de encontrar la variedad correcta. La semana pasada me ocurrió con los yogures. En mi lista (confeccionada por mi mujer, claro) había dos variedades: los griegos de stracciatella y los naturales con azúcar de caña. Miré, remiré y contemplé docenas de variedades de yogur hasta que todas me parecieron iguales. Transcurrió el tiempo y un golpecito en la espalda me sacó de mi estupor. Era un antiguo alumno que se había acercado a saludar. «¿Me puedes ayudar, por favor? —le supliqué con gesto de ancianito indefenso—. No encuentro estos yogures.» Me sonrió con indulgencia y dio con los malditos yogures en cuestión de segundos. En idioteces como esta consiste el hacerse mayor.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/3/2017

viernes, 24 de marzo de 2017

La casa de los sordos


A mediados de los años 90, el novelista y profesor norteamericano Lamar Herrin dirigía un programa de estancias en España para estudiantes de la universidad de Cornell, a cuyo departamento de Literatura él pertenecía. Una bomba de ETA explotó cerca de su domicilio, junto a un cuartel de la Guardia Civil. Entre las víctimas de aquel atentado hubo un ciudadano extranjero, un norteamericano. El novelista se preguntó qué habría ocurrido si aquel norteamericano hubiera sido uno de los estudiantes de los que él era responsable. Yendo un paso más allá, imaginó que la víctima hubiera sido su propia hija. Entonces nació Ben Williamson, el protagonista de la novela La casa de los sordos, que se publicó en EE UU en el año 2005, y que ahora acaba de aparecer en castellano gracias a Chamán Ediciones. Me precio de conocer bien al autor de este libro. De hecho, se puede decir que nuestra amistad se afianzó gracias a esta novela, que tuve el privilegio de traducir. Más allá del apasionante reto que supuso verter al castellano la escritura minuciosa de Herrin, siento un afecto especial por esta novela y por sus personajes. Ben Williamson trata de ponerles cara a los asesinos de su hija Michelle en una España que le es extraña, y que a nosotros nos resulta fascinante al observarla a través de los ojos de un extranjero. Annie Williamson, la hija superviviente, acude para rescatar a su padre de ese “laberinto español” en el que se ha extraviado, al tiempo que trata de reconciliarse con la memoria de su hermana muerta. Esta es una historia sobre la pérdida y la venganza, pero también sobre la búsqueda y la reconciliación. Un libro que nos devuelve a los años más duros del terrorismo vasco. Un libro sobre el duelo que compartimos todos los habitantes de esta “casa de los sordos”, este país múltiple y a veces paradójico donde nos ha tocado vivir.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 24/3/2017

El infierno


He descubierto que el infierno existe. Y se encuentra en Albacete. O por lo menos una de sus sucursales. La encontrarán al lado de Imaginalia y su aspecto es engañosamente inofensivo, al menos desde el exterior. Pero no se fíen. Porque una vez se ha cometido el error de entrar, te das cuenta de que estás perdido. Me explico. El infierno es un lugar gigantesco y laberíntico cuyos intrincados corredores están formados por altísimas estanterías repletas de herramientas y materiales de bricolaje. Cuando uno comienza a deambular por allí se siente tranquilo y curiosea sin prisa entre los nuevos modelos de taladros con percutor, las estanterías desmontables, las tarimas flotantes, los elementos decorativos, los insondables secretos de los anclajes y la tornillería. Paulatinamente notas que la tristeza y la ansiedad van creciendo dentro de ti. Comprendes que tu casa es un lugar deplorable que mejoraría muchísimo con ese nuevo modelo de lavabo o de ducha, con esas perchas o esa estantería. Y qué maravilla poder disponer de una de esas casetas de resina para la terraza. Y entonces sucumbes. Y compras el taladro y la estantería y el lavabo y la caseta. Y al salir te das cuenta de que has desperdiciado toda la tarde del sábado dando vueltas por los corredores infernales, y encima tu tarjeta de crédito ha quedado considerablemente aligerada. Pero lo peor está por llegar, porque es bien sabido que el infierno es eterno. Es para siempre. Por eso, tras el penoso trance del sábado, llega la mañana del domingo, cuando toca desembalar y montar todos esos trastos inútiles que has comprado. Y te das cuenta de que no sabes hacerlo y nunca lo lograrás. Y ese es el auténtico castigo. El saberse un inútil y un torpe que además ha desperdiciado todo su fin de semana. Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis.

Publicado en la Tribuna de Albacete el 17/3/2017

Querer creer


Se ha hablado mucho esta semana de lo que pasó el lunes en el programa de Risto Mejide, cuando Mercedes Milá rebatió las explicaciones de un doctor en bioquímica con el argumento «tienes que adelgazar porque estás gordo». Siempre es de agradecer el hecho de que una impresentable se inmole delante de millones de espectadores, pues así uno se ahorra la molestia de criticar y censurar, que siempre son actividades desagradables. Lo que importa aquí, en realidad, no es la conducta incalificable de esa señora. Mucho más preocupante es que, al defender la pseudociencia y la charlatanería (representadas, en este caso, por el libro La enzima prodigiosa, obra de cabecera de la Milá) no hace sino poner de manifiesto una tendencia que se ha convertido en avalancha en los últimos tiempos. No hay ni un solo científico serio que no se haya cansado de afirmar que las afirmaciones y recomendaciones de ese libro son meras patrañas, y que su inexistente fundamentación científica la podría refutar cualquier alumno medianamente aplicado de tercero de la ESO. El problema es que a millones de personas la ciencia y el sentido común se la trae al pairo. Ellos quieren creer que existe el bálsamo de Fierabrás, que si no beben leche y se abstienen de comer pollo evitarán el cáncer de colon y vivirán muchos más años. Que si cambian de sitio los muebles de su casa se sentirán más sanos y felices. Que el reiki funciona mejor que la penicilina. Que el remedio homeopático que acaban de comprar a precio de oro les curará el cáncer. La gente, en definitiva, quiere creer porque necesita esperanza y la religión ya no les sirve. Pero ahí están los sinvergüenzas dispuestos a tomar el relevo y sacar provecho de los bobos, que siempre fueron legión. Y a esos gurús nunca les faltan acólitos y voceros, como la señora (otrora periodista) Mercedes Milá.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 10/3/2017

El autobús



El lunes pasado viajé a Madrid, ¿y a que no adivinan lo primero que me encontré al salir de la estación de Atocha? Exacto. El autobús de marras. El de los niños tienen pene y la niñas tienen vulva. Y si naces hombre, seguirás siéndolo. Y si eres mujer, ídem de ídem. Les juro que me tuve que frotar los ojos. Se me ocurrió que debía de ser algún tipo de campaña publicitaria de esas que recurren al humor o al escándalo. Algo similar a aquel videoclip de «Amo a Laura, pero esperaré hasta el matrimonio» que resultó ser un anuncio de la MTV. Cuando reaccioné intenté hacerle una foto, aunque no llegué a tiempo. Y maldije en arameo, porque pensé que sin foto nadie iba a creerme cuando lo contará a mi regreso. Por suerte, el autobús de la discordia ha sido el más fotografiado desde que los Beatles rodaron Magical Mystery Tour. Por suerte o por desgracia. En Dublín hay una atracción turística llamada «el autobús del terror». Un autobús de dos pisos pintado de negro recorre las calles de la ciudad anunciando (con letras de sangre) que quien se atreva a abordarlo vivirá la experiencia más terrorífica de su vida. Este autobús de los niños y las niñas, de los penes y la vulvas, debe de ser algo parecido, aunque mucho menos divertido que la atracción dublinesa. Porque es fácil imaginarse qué tipo de monstruos acechan tras las ventanas opacas del vehículo. Los peores. Los de la vida real. El monstruo de la intolerancia. El de la intransigencia. El del pensamiento único. El del odio a todo lo diferente. Esos monstruos que creíamos bien muertos y enterrados, todos con su correspondientes estacas en el corazón, y que de vez en cuando reviven para recordarnos que nunca debemos bajar la guardia.


Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/2/2017

Acoso


Esta semana ha empezado a emitirse Proyecto Bullying, el nuevo programa de Mediaset presentado por Jesús Vázquez. Supongo que sabrán que el asunto ha traído cola, como todo aquello que atañe a los menores de edad, ese grupo social que recibe una protección tal que ya la quisiera para sí el lince ibérico. En un principio el proyecto fue frenado por varias fiscalías de menores, pues incluía la emisión de imágenes tomadas con cámara oculta, y tanto las caras como las voces de los protagonistas (agresores y víctimas) han sido cuidadosamente camufladas para no dar pistas sobre su identidad. De hecho, la distorsión llega hasta tal punto que uno no puede evitar sentir escalofríos al oír esas voces de adolescentes que suenan como la de la niña de El exorcista. Pero no conviene frivolizar sobre asuntos de esta enjundia y gravedad, máxime cuando uno se dedica a la enseñanza. Soy muy consciente de que el problema existe y de que el calvario puede ser terrible. No dispongo de cámara oculta para demostrarlo pero, créanme, lo veo a diario. Quizás no en sus aspectos más mediáticos y sensacionalistas, los que trascienden a los telediarios y a la prensa: los insultos, las vejaciones, las palizas, la humillación, el terror… Todo eso ocurre fuera de la vista de los docentes y equipos directivos, y a veces no aflora hasta que ya es demasiado tarde. Pero no hay más que observar cuidadosamente las dinámicas que laten dentro de un aula para darse cuenta de que la enseñanza está dominada por matones, y de que una mayoría de alumnos que desean obtener provecho de las clases son rehenes de una minoría de saboteadores profesionales, auténticos expertos en el desorden y la burla, y muchas veces también en la violencia. Tengo que reconocer que yo mismo, como profesor, me siento a veces un mero rehén de esos indeseables. 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 24/2/2017

Oír la radio


Esta semana se ha celebrado el Día Mundial de la Radio, tema socorrido donde los haya para escribir un artículo para salir del paso. Pero les doy mi palabra de que para mí la radio es importante. Es cierto que apenas oigo otra cadena que RNE (Radio 1, en concreto). No soporto esas cadenas de locutores anfetamínicos y éxitos latinos encadenados. Ni siquiera disfruto de las emisoras que emiten temas clásicos de rock. Me gustan Dire Straits y los Stones como al que más, pero prefiero oírlos cuando a mí me apetece, a mi aire y en mis tiempos. Para mí la radio es fundamentalmente palabra. Una voz en la soledad. Empecé a escucharla en la época en que me encontré solo por primera vez. La oía en la cocina, sobre todo. Me acostumbré a enterarme de la actualidad por lo que entonces se llamaba todavía el Dario hablado. Sin darme cuenta les puse caras a los locutores y era como si se sentaran conmigo cada día a la mesa. Por las noches, durante la cena, me dio por escuchar Radiogaceta de los deportes, aunque jamás me gustó el fútbol y sigue sin interesarme. Pero me fascinaba la emoción con la que aquellos profesionales (me acuerdo muy bien de Juan Manuel Gozalo) trasmitían la actualidad deportiva. Luego nació mi hijo, y mientras le daba de cenar sentado en su trona, ambos oíamos El ojo crítico, con cuya sintonía llegué a inventar una extravagante coreografía que hacía que el crío se partiera de risa. En las mañanas de los fines de semana me acostumbre a oír No es un día cualquiera, y me declaro un fan absoluto de Pepa Fernández y de sus magníficos colaboradores. No, no es verdad aquello de que el vídeo mató a la estrella de la radio. Las cosas mejores de la vida se resisten a desaparecer.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 17/2/2017

Ring, ring


El chascarrillo de la semana ha sido sin duda la llamada entre Trump y Rajoy del martes pasado (“Riiiiing.” “¿Diga?” “¿Marianou Rahoy?” “Sí.” “Here Donald J. Trump, the president of the United States.” “Estoy contento con Movistar, graciash”). Lo cierto es que no sabemos quién llamó a quién, pero yo no me creo la versión del chiste. Resulta dudoso que Trump sienta el menor interés por conversar con el presidente de una nación que seguramente es incapaz de situar en el mapa. Como muchos de sus compatriotas, para Trump España debe de ocupar un territorio impreciso entre México y Argentina, tal vez tirando hacia la parte del Caribe. Un disparate absoluto desde un punto de vista geográfico que no lo es tanto desde la Historia y la cultura. Nos dicen en las noticias que Trump y Rajoy hablaron de las relaciones bilaterales, de seguridad y de economía. Y también que nuestro presidente se ofreció como mediador, aunque todavía no me he enterado muy bien entre quiénes, porque las versiones no coinciden. La conversación, sin duda de gran calado, duró unos quince minutos, de los que debemos descontar el tiempo necesario para que los intérpretes hicieran su trabajo, pues es sabido que ninguno de los dos mandatarios es un gran conocedor de la lengua del otro. Parece, en fin, que la famosa llamada debió de tener su gracia, y es una pena que Manuel Gila nos abandonara hace años, pues sin duda le habría sacado punta al asunto. Lo que seguramente Rajoy olvidó recordarle a su colega es que, a pesar de nuestra situación transatlántica con respecto a los EE UU, este país se encuentra al otro lado de ese dichoso muro que Trump pretende levantar a semejanza del que los nazis construyeron en torno al gueto de Varsovia. Ese es nuestro lugar natural. A él nos debemos. Y de ahí deberían partir nuestras relaciones bilaterales a partir de ahora.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 10/2/2017

domingo, 5 de febrero de 2017

'Blurbs'


Hay quien considera que las reseñas de libros son un género literario en sí mismas. A esto yo añadiría que se trata de un género de ficción. En cuanto a esas mini-reseñas promocionales que aparecen en las fajas de las novedades, creo que habría que encuadrarlas dentro del género pornográfico. En el mundo anglosajón, dichos elogios —a menudo extravagantes de puro encomiásticos— se denominan blurbs, y se consideran esenciales en el proceso de promoción de un nuevo título. Lo normal es que cuando el libro está próximo a editarse, el editor le recuerde al autor que tiene que conseguir blurbs de firmas conocidas al precio que sea, bien haciendo uso de la amistad o mendigando favores, porque esto de la creación literaria siempre tuvo algo de actividad mendicante, al menos en sus aspectos editoriales. Los elogios deben ser breves, de modo que quepan varios de ellos en las fajas y las contracubiertas, incluso si están impresos en un tipo de letra enorme. Naturalmente, también deben expresar un entusiasmo desmedido por el libro en cuestión. Un entusiasmo obsceno, diría yo, y de ahí mi identificación con el género pornográfico. «¡Imprescindible!», «¡El libro del año!», «¡La novela que Raymond Carver hubiera querido escribir!», cosas así. También en nuestro mercado editorial ha cundido el ejemplo, hasta el punto que las fajas de elogios son tan grandes que cubren buena parte de la cubierta y en algunos casos incluso el título o el nombre del autor. A uno le parece estar oyendo a los protagonistas de una película porno (no es que yo las vea, sino que me lo han contado) exclamando «¡Sí, sí! ¡Dios mío! ¡Dámela entera!» El problema es que, una vez adquirido el libro, para poder leerlo con comodidad es necesario retirar la faja. Y entonces es cuando uno se da cuenta de que el blurb era en realidad un bluff, y lo que tiene entre las manos no es más que otro lamentable episodio de gatillazo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/2/2017

sábado, 28 de enero de 2017

Las cosas que fueron


El fin de semana pasado asistí a un espectáculo en el que se versionaban viejos éxitos de Queen. Me cuentan que los artistas y grupos con repertorio propio lo tienen cada vez más difícil para conseguir «bolos», al contrario que las llamadas «bandas tributo», cuyas actuaciones consisten en imitar con la mayor fidelidad posible a los grupos legendarios del pasado. Hay varios «tributos» de Pink Floyd y de los Beatles de gira por España, y ninguno de ellos tiene problemas para conseguir contratos y llenar locales. No hay nada más moderno que oír música en discos de vinilo, que según afirman los conoisseurs suenan mucho mejor que los CD y los MP3, dónde va a parar. En las cadenas de televisión cunden las reposiciones, de modo que es difícil embarcarse en una sesión de zapping sin toparse con Grease o E.T. La moda de lo retro o lo vintage se extiende a todo, desde la ropa a los relojes de pulsera. En las librerías triunfan títulos que no basan su éxito en la novedad, sino en la nostalgia. La colección Yo fui a EGB ya va por la cuarta entrega a base de pastelitos Tigretón y de Frigodedos , de McGyver y de El Coche Fantástico. Los héroes del cine son aquellos mismos superhéroes de los cómics que leíamos de niños. La gente se apunta a Facebook para localizar a los amigos del colegio y del instituto, a los que no ve desde hace décadas. ¿Qué está ocurriendo? ¿Acaso nos hemos empeñado en abolir el presente? ¿Tan intolerable nos resulta vivir en el año 2017 que preferimos alimentar la ficción de que seguimos en los 70 o los 80? O quizás el presente no exista (como el futuro) y lo único que nos permite anclarnos en el mundo sea la memoria imperfecta de las cosas que fueron, y que nos parecen infinitamente más reales y sólidas que las que nos rodean.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 28/1/2017

jueves, 26 de enero de 2017

Lecturas y relecturas


Recuerdo que cuando era un crío leía los mismos libros una y otra vez. Los de Los Tres Investigadores me los sabía casi de memoria. También aquella preciosa edición ilustrada de Viaje al centro de la Tierra que todavía debe andar por algún rincón olvidado de la casa paterna. En aquellos días, el placer de la relectura era para mí muy superior al de la mera lectura. Cuestiones como la emoción de desconocer el desenlace o lo imprevisto de los giros argumentales me daban igual. Lo que me resultaba placentero de verdad era el regreso a esos parajes ya recorridos (en ocasiones muchas veces), el reencuentro con aquellos personajes a los que había llegado a considerar gente de mi propia familia. Algo de esto perduró durante mi primera juventud. Tantas veces leí las novelas de la serie de las Fundaciones, de Isaac Asimov, que las recuerdo mucho mejor que las páginas leídas anoche, justo antes de apagar la lámpara de la mesilla. Una parte sustancial de mí sigue todavía extraviada por Macondo, cuyas calles recorrí tantas veces que los Aurelianos y José Arcadios eran para mí como tíos emigrados a América. Ya en la cincuentena, sin embargo, leo con cierta sensación de pérdida anticipada, porque sé que jamás volveré a esas páginas que ahora recorro. Los libros se suceden como una avalancha, y basta con decidirse a embarcarse en uno de ellos para que otros títulos empiecen a aporrear la puerta. Me he convertido, quizás, en un lector-consumidor, un lector impulsado por la urgencia y el apremio, demasiado consciente, tal vez, de aquello de que el arte es largo, pero la vida demasiado breve. Quizás mi auténtico patrimonio como lector, las páginas que de verdad me acompañarán hasta el final, sean las de aquellos libros leídos de niño y de adolescente. Aquellos libros a los que siempre regresaba, a los que siempre regresaré.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 20/1/2017

sábado, 14 de enero de 2017

ADN


El concejal no adscrito del ayuntamiento de Albacete tiene un plan. Aunque quizás antes convenga recordar que dicho concejal no adscrito lo es porque su partido (Ciudadanos) decidió expulsarlo después de las elecciones. A lo que íbamos: el concejal no adscrito del ayuntamiento de Albacete tiene un plan. Consiste en crear un fichero genético que contenga los ADN de todos los perros del municipio. De ese modo, cuando alguien falte al deber de recoger los excrementos de su mascota, bastará con realizar un análisis que inculpará de modo inequívoco al dueño infractor. Parece que el concejal no adscrito se aburre mucho en ese limbo de los no adscritos en el que ingresó a los pocos días de recibir su acta. Quizás únicamente quiera llamar la atención. O quizás el concejal no adscrito sea en realidad un incomprendido y su idea no carezca de ingenio. Obviemos el hecho del alto precio de las pruebas de ADN, y de lo que supondría obligar a todos los propietarios de canes a trazar el perfil genético del suyo. Obviemos la imagen un tanto grotesca de unos técnicos municipales ataviados como los policías de la serie CSI, agachados en torno a un zurullo callejero para obtener la muestra pertinente. La medida en sí misma no carece de utilidad, siempre y cuando se aplique a los políticos en lugar de a los perros. Si trazamos el perfil genético de todas las personas que se dedican a la política en este país, sería muy sencillo identificar y castigar a los culpables de hacer sus necesidades sobre las cosas públicas que, como la calle y sus aceras, nos pertenecen a todos. De ese modo, con una base de datos que permitiera relacionar el excremento con su propietario, tal vez los políticos se lo pensarían dos veces antes de ensuciar y envilecer nuestras instituciones, práctica frecuente donde las haya, como sabe muy bien el concejal no adscrito.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 13/1/2017

El palo del 'selfi'


En un reciente viaje a Roma he realizado un descubrimiento capital: la realidad ya no le importa a nadie; lo único que cuenta ahora son los reflejos de esa realidad captados con la cámara del móvil, siempre y cuando el careto del propietario del dispositivo figure en primer término. De ahí que apenas sea posible visitar los monumentos de la Ciudad Eterna, pues todos ellos quedan ocultos tras un bosque de palos de «selfi», que como sabrán se usan para alejar la cámara del sujeto que la sostiene con la intención de inmortalizarse con el fondo de una postal célebre. Así las cosas, he vuelto sin estar muy seguro de haber visitado la Fontana de Trevi, las ruinas del Foro o la Plaza de San Pedro, toda vez que sus columnas y esculturas apenas eran visibles tras las bayonetas de esos fanáticos del autorretrato. Forofo que es uno de la precisión semántica, terminé por acuñar una definición para tan infame objeto: «Un palo de ‘selfi’ es un utensilio alargado (véase palo) con un teléfono móvil en un extremo y un imbécil en el otro». Aunque quizás el imbécil sea yo, embarcado en el anacrónico empeño de tomar fotografías en las que solo aparezcan edificios y estatuas, con exclusión (tarea imposible donde las haya) de cualquier figura humana. Los avispados vendedores callejeros, en cambio, han sabido sintonizar mucho mejor con lo que Hegel habría denominado el Zeitgeist. No en vano resulta imposible quitarse de encima ese enjambre de tipos granujientos que te ofrecen palos de ‘selfi’ a precios muy competitivos, incapaces de comprender que no vayas equipados ya con uno. Al final me vi obligado a usar el traductor de Google para tratar de espetarles lo siguiente: «Amigo, te puedes meter el palo por donde más te duela, a ser posible hasta el mango». Lástima, no me entendieron.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 6/1/2017

Epifanía


Cada mañana, camino del trabajo, tengo mi momento de epifanía. Me ocurre a la altura de cierta casa, una modesta vivienda de una sola planta que se encuentra en una de las calles más céntricas y ajetreadas de la ciudad. Una verja la separa de la acera. Tras ella, un jardín que, a pesar de su diminuto tamaño, alberga un par de arbolitos y una espesa enredadera. A veces hay también algunos juguetes (un triciclo, una pelota), aunque jamás he visto a ningún niño jugando allí. La fachada de la vivienda en sí es tan escueta como la de una casa de muñecas, tan sencilla como esas casitas que dibujan los niños en el parvulario. Una puerta estrecha de madera y una lámpara sobre ella, dos ventanas estrechas tras las que se adivinan visillos y el nombre de la dueña en letras de azulejo. En su momento la fachada se pintó de color amarillo, pero el tiempo y los elementos han dejado su impronta. Ahora recuerda la cara de un anciano que se apaga lentamente mientras ve desfilar la vida desde su ventana. Dije que nunca había visto niños en el jardín. La verdad es que jamás he visto un alma entrar ni salir de esa casa. A veces me pregunto si se trata de una vivienda real o de un espejismo, como si en ese punto del centro de la ciudad existiera un agujero temporal que nos permite asomarnos a otra época. Entre edificios modernos (altos, feos, ceñudos) un rincón que pertenece al pasado nos invita a evocar un modo de vivir distinto, más sencillo, más pausado, más pegado a la tierra. Algunas ramas cuelgan al otro lado de la verja y es fácil tropezar con las hojas al pasar. A veces me detengo y las acaricio. Quiero llevarme conmigo algo de su perfume, el perfume de un tiempo que quedó atrás.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 30/12/2016