La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

domingo, 24 de septiembre de 2017

La bandera


Si la memoria no me falla, creo que es hoy cuando se iza esa gran bandera nacional en la plaza de Gabriel Lodares, como resultado de una moción que presentó el grupo municipal de Ciudadanos hace unos días. Sin ánimo de denostar los símbolos patrios (y menos aquellos que sanciona la Constitución), eso de poner una bandera en la punta del parque me parece una cuestión frívola que, además, despide un cierto tufo a ranciedad. Entiendo las banderas en las fachadas de los edificios oficiales. En la subdelegación de Defensa, a pocos metros, hay una. Otras dos penden un poco más allá, en las fachadas del instituto y de la subdelegación del gobierno, respectivamente. Esa bandera aislada y solitaria que plantan hoy, sin embargo, me recuerda al árbol de Navidad que coloca El Corte Inglés todos los años más o menos en el mismo sitio: mera decoración y poca enjundia. ¿Qué pretenden estos concejales de Ciudadanos con semejante brindis al sol? ¿Tal vez recordarnos que somos españoles? Si es así, estimo que el recordatorio está de más. Por suerte o por desgracia, nuestra españolidad es una cuestión que todos tenemos asumida por estas latitudes. ¿Se trata de un acto de reafirmación patriótica, tal vez? Tampoco me convence, pues creo que el patriotismo bien entendido no se confecciona con materiales textiles. Sin entrar en cuestiones freudianas, quizás el propósito de ese mástil enhiesto sea hacerles una higa a los separatistas catalanes, que son también muy dados a hacer idioteces con banderas. Mi última hipótesis (Dios no lo quiera) es que a los concejales de Ciudadanos se les está contagiando la forma de hacer política del concejal no adscrito (que antes estuvo adscrito a ellos), consistente en llamar la atención a base de acciones y declaraciones puramente ornamentales. Uno querría que nuestros representantes dejaran de mirar hacia lo alto, donde ondean las banderas, y miren más hacia el suelo, que es donde discurren los problemas de verdad.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 15/9/2017

sábado, 16 de septiembre de 2017

Septiembre


Los profes de la comunidad hemos recibido una carta del consejero de educación. Nos dice el señor Felpeto que van a pedir centros voluntarios para realizar un «pilotaje». Al margen del pintoresco uso del término (uno ya no sabe si se va limitar a dar clase o si le van a hacer participar en las 500 Millas de Indianápolis), se trata de trasladar los exámenes de septiembre a finales de junio, porque así se espera «mejorar los resultados académicos y evitar el abandono educativo temprano». Pero si le echamos un vistazo al calendario de este curso académico, resulta que el final de las clases está previsto para el 26 de junio. Lo más probable es que las evaluaciones finales se realicen, como máximo, la semana anterior. Parece que el señor Felpeto y sus asesores confían en que los alumnos suspensos hagan en el transcurso de menos de una semana lo que no han hecho durante todo el año. La cuestión daría risa si no fuera porque el asunto es muy serio. La denominada «prueba de suficiencia» se eliminó hace unos cuantos cursos por motivos que no recuerdo, quizás porque no servía para mejorar los resultados académicos ni evitar el abandono educativo temprano. Ahora se recupera aquello que se descartó, pero con el agravante de que se eliminan las pruebas de septiembre, que sí les brindan a los alumnos un plazo razonable para ponerse al día y mejorar en aquello que fracasaron. Una de dos, o bien lo que se pretende es librar a las familias del incordio de los cates estivales o, sencillamente, quieren que los profesores acabemos aprobando a los chicos por puro agotamiento. Así no mejoramos el nivel de educativo de los alumnos, señor Felpeto. Como mucho, mejoraremos las estadísticas de cara a la galería. ¡Ah, perdón! Ahora recuerdo que es usted un político, y que la política y la educación tienen poco, muy poco que ver.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 8/9/2017

lunes, 4 de septiembre de 2017

Eufemismos


En un magnífico artículo de su columna El dardo en la palabra, el filólogo Fernando Lázaro Carreter se lamentaba de la pobreza de recursos de la lengua castellana cuando de usar eufemismos se trata. Creo recordar que el ejemplo que usaba era la voz inglesa romance, imposible de traducir de un modo preciso al castellano. «Lío», «asuntillo», «asunto de faldas», «fornicación» y «adulterio» eran algunas de las posibilidades que barajaba, pero ninguna de ellas le parecía satisfactoria. A la postre, el sabio aragonés llegaba a la conclusión de que nuestro idioma es pobre en sutileza y abundante en brutalidad, y que poco podemos hacer al respecto. Por ello, abogaba por conformarse con el anglicismo «romance» y a otra cosa. En una reciente conversación con mi padre, hospitalizado desde hace un mes, se nos planteó un problema parecido. Se trataba de encontrar la forma más adecuada de informar al médico sobre el funcionamiento de sus intestinos. Él se empeñaba en usar el verbo «ensuciar», como lleva haciendo desde la infancia. Yo le sugerí que pensara en otra solución, porque en este caso el eufemismo es más guarro incluso que el vocablo cuya crudeza pretende rebajar. «¿Qué tal ir al baño?» La objeción caía por su propio peso: uno puede ir al baño por muchos motivos distintos de vaciar las tripas, desde una simple micción hasta proceder a lavarse los dientes. La discusión se prolongó y fuimos descartando distintas locuciones y vocablos que resultaría ocioso reflejar aquí. Al final, decidimos que el denostado término «cagar» era el que mejor reflejaba el genio de nuestro idioma. Es breve, rotundo, comprensible a ambos lados del Atlántico y, por si fuera poco, de noble estirpe latina. El gran Catulo ya acusó a su contemporáneo Volusio de escribir cacata carta («una mierda de poemas»). ¿Y quiénes somos nosotros, humildes herederos de la áurea lengua de los romanos, para llevarle la contraria a Catulo?

Publicado en La Tribuna de Albacete el 4/9/2017

miércoles, 30 de agosto de 2017

Perplejidad


Con la masacre de Barcelona todavía fresca en la memoria, resulta difícil impedir que los sentimientos se desborden. Primero, el dolor. Acto seguido, inevitablemente, la ira. Pero la capacidad de someter la ira a los dictados de la razón y de la compasión es la principal diferencia entre la gente decente y los asesinos. Por ello, en lo que considero un ejercicio de prudencia, voy a acallar mis sentimientos. Lo que importa ahora es apoyar a las víctimas y a sus familias. También dejar que la policía trabaje sin más presiones que las que ya está sufriendo. Pero hay algo en lo que no dejo de pensar, y me refiero al origen de los asesinos, un grupo de muchachos que han nacido o crecido en este país, que han pasado por el sistema educativo español, que han recibido los mismos beneficios sociales que cualquier ciudadano de origen catalán. Una pandilla de descerebrados, sin duda, pero tal vez ni más ni menos que muchos de sus coetáneos. No hablamos de jóvenes en situaciones límite de marginación. No se trata de un grupo de muyahidines recién llegados de Siria o de Afganistán, enloquecidos por la guerra y por los trituradores de cerebros del Daésh o de Al Qaeda. Son (eran) únicamente una pandilla de jóvenes que durante unos meses cayeron bajo la influencia de un lunático, ese imán de Ripoll que ya está gozando de los favores de sus 70 huríes (una por cada pedacito de imán que ha llegado al Paraíso). Pues bien, esos pocos meses en manos de un fanático han podido mucho más que todos los años vividos en un país occidental y democrático, en un régimen de libertades que trata de acoger a quienes acuden a ganarse la vida entre nosotros. Unos pocos meses y esos jóvenes, supuestamente normales, se convierten en una banda de asesinos sanguinarios. Y la pregunta que surge es inevitable: ¿Qué estamos haciendo mal? 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 25/8/2017

sábado, 19 de agosto de 2017

Fantasmas


Este Albacete semidesierto y cerrado por vacaciones recuerda mucho a Comala, la ciudad fantasmal de Pedro Páramo. Para redondear el parecido, tan solo faltan los perros famélicos y los coyotes merodeando por las calles, y quizás alguno de esos arbustos que el viento del desierto arrastra por los caminos. Los que sí están presenten son los imprescindibles enterradores, trabajando a destajo para cavar las zanjas donde hallarán descanso los cuerpos de las almas en pena de los que hemos quedado atrás. Todo esto baña la ciudad de una belleza melancólica, acentuada por los atardeceres interminables de agosto, algunos días también por el perfume de la lluvia tras el chaparrón veraniego. Se queja un amigo de Facebook, sin embargo, de que vivimos en una ciudad muy fea. En términos objetivos, seguramente tiene razón. A todos nos gustaría disfrutar de algo parecido a un casco antiguo. Querríamos pasear entre muros de piedra, en lugar de entre ladrillos y cemento. Nos conformaríamos incluso con que los últimos ayuntamientos franquistas, allá a finales de los 70, no hubieran consentido la destrucción de muchos bellos edificios en la calle Ancha, que fue nuestra pequeña Gran Vía, y de la que no queda sino un pálido reflejo de su modesta majestuosidad de antaño. Pero a veces los tópicos aciertan, también con respecto a la belleza, que no reside en las cosas ni en los lugares, sino en los ojos de quienes observan. Y en estos días de canícula, atardeceres y tormentas no queda más remedio que amar esta ciudad tan fea como acogedora. Esta ciudad adormecida y desierta, apenas un cadáver secándose bajo el sol. Esta ciudad que a buen seguro añoraremos dentro de unas semanas, cuando el otoño nos retorne a esa vida estridente y tediosa que llamamos realidad.           

Publicado en La Tribuna de Albacete el 18/8/2017

sábado, 12 de agosto de 2017

Turismofobia


El odio al turista siempre ha existido. Hace veintitantos siglos, cuando los griegos veían a algún extranjero paseándose por su polis, lo denostaban y lo llamaban bárbaro (bar-bar era la onomatopeya que usaban para mofarse de las lenguas que no comprendían). Los vecinos de la Zona seguramente odien con toda su alma a los jóvenes turistas de otros barrios que perturban su paz y su descanso nocturno. Por no hablar de los grupos de las despedidas de soltero. El odio al turista no es sino una manifestación más del miedo a lo diferente. Ni siquiera existe solidaridad entre los propios turistas, que se odian y desprecian mutuamente cuando se ven obligados a guardar largas colas para visitar un monumento o a esperar turno en el comedor del hotel. Cuando somos turistas, nos convertimos en criaturas repletas de odio. Un compacto grupo de japoneses nos bloquea el paso en El Prado y nuestra respuesta no es otra que el odio. Un norteamericano se nos cuela en el selfi que nos estamos tomando en la Fontana de Trevi y se convierte en el objeto de nuestra ira. ¿Cómo no odiar a la familia numerosa que acaba de plantar su sombrilla a un metro escaso de nuestra toalla? Las acciones violentas de Arran son únicamente la exacerbación de un sentimiento compartido. A los vecinos de Barcelona que sufren los apartamentos turísticos los consume la rabia y la impotencia. Magaluf es un polvorín que cualquier día se convertirá en un nuevo Puerto Hurraco. Me imagino que los primeros homo sapiens odiaban a los neandertales, y viceversa. Que yo sepa, solamente existe un país que haya encontrado una solución eficaz para este problema. Se trata de Corea del Norte, pero dudo que sea un modelo digno de imitar.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 12/8/2017

jueves, 10 de agosto de 2017

La playa


Un amigo de Facebook acaba de publicar un comentario jocoso sobre lo traumático que le resulta ir a la playa: «Tanto cuerpo amorfo —dice textualmente— retozando en arena, gente horrenda y tíos rascándose el aparato reproductor, me he hecho un esguince en las córneas». Al margen del sarcasmo (que algunas personas pueden encontrar hiriente), y de que mi amigo tampoco es precisamente un Adonis, creo que el comentario es atinado. Si me paro a pensarlo, los únicos lugares donde las taras y miserias humanas se exponen de un modo más abierto son los mortuorios de los hospitales y las morgues de los institutos forenses. Sin embargo, en esas macabras instalaciones tienen el detalle de cubrir con sábanas los tristes despojos que dejamos una vez concluido nuestro tránsito por el mundo, incluso de guardarlos en cámaras frigoríficas herméticamente selladas. En la playa, sin embargo, casi todo está a la vista y brilla en su esplendor o su fealdad, con claro predominio de la segunda. Yo mismo tuve ocasión de elevar el nivel de fealdad de cierta playa levantina el pasado fin de semana, al exponer al sol las lorzas que he acumulado desde que mi dietista me dejó por imposible, que son muchas y lustrosísimas. Como todo tiende a guardar un equilibrio, la escasa belleza que yo añadía al entorno quedaba compensada por los jóvenes de ambos sexos que recorrían el litoral luciendo su palmito. Una cosa por la otra. Además, lo de exponer la propia desnudez al escrutinio ajeno encierra un valor terapéutico, pues previamente es necesario aprender a aceptarse como uno es, dejando atrás esos pudores y complejos que tanto nos complican la vida. Con todo, siempre he pensado que las playas son lugares tristes, quizás tan solo superados por el recinto más deprimente que ha sido capaz de idear el ser humano, que no es el cementerio, sino el gimnasio.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 29/7/2017

martes, 8 de agosto de 2017

Noventa años


Mi padre cumple 90 años a principios de septiembre. En estos momentos yace en una cama del hospital. Su estado es grave. La edad avanzada es un estado grave en sí mismo, y ni siquiera la lógica fatal del paso del tiempo sirve para hallar consuelo. Su habitación está en la sexta planta. A la edad de siete años, mi hijo estuvo ingresado en el extremo opuesto del pasillo. Es mucho más sencillo aceptar la enfermedad en un anciano que en un niño, pero resulta curiosa esta simetría entre los principios y los finales, ambos hermanados por una verdad que a todos nos une: la vida es un milagro, y los milagros son raros, frágiles y, con frecuencia, efímeros. Ayer, durante un momento de especial abatimiento, mi padre me dijo que no iba a vivir mucho más. Tristemente, puede que tenga razón. Pero quise consolarlo, y traté de usar argumentos que no menoscabaran su dignidad de hombre anciano, pero en absoluto senil. Le pedí que pensara en el año de su nacimiento. Fue en 1927, en plena dictadura de Primo de Rivera, cuando las portadas de los periódicos venían llenas de noticias sobre la guerra de Marruecos. Apenas tres meses después, en diciembre, tenía lugar la legendaria reunión de los miembros de la Generación del 27. Le pedí que pensara en la guerra y en la alegría de ver salir a su padre de la cárcel sano y salvo. En sus años felices en el magisterio. En mi madre y en nosotros, sus hijos, que hemos hecho lo que hemos podido por no complicarle demasiado la existencia. En los incontables libros que ha leído. En los recuerdos. «Has tenido una vida larga y buena». Sonrió. Él sabe que cada instante es un regalo, y que no va a irse de este mundo con las manos vacías. Ojalá podamos celebrar su 90º cumpleaños.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 4/8/2017


La playa


Un amigo de Facebook acaba de publicar un comentario jocoso sobre lo traumático que le resulta ir a la playa: «Tanto cuerpo amorfo —dice textualmente— retozando en arena, gente horrenda y tíos rascándose el aparato reproductor, me he hecho un esguince en las córneas». Al margen del sarcasmo (que algunas personas pueden encontrar hiriente), y de que mi amigo tampoco es precisamente un Adonis, creo que el comentario es atinado. Si me paro a pensarlo, los únicos lugares donde las taras y miserias humanas se exponen de un modo más abierto son los mortuorios de los hospitales y las morgues de los institutos forenses. Sin embargo, en esas macabras instalaciones tienen el detalle de cubrir con sábanas los tristes despojos que dejamos una vez concluido nuestro tránsito por el mundo, incluso de guardarlos en cámaras frigoríficas herméticamente selladas. En la playa, sin embargo, casi todo está a la vista y brilla en su esplendor o su fealdad, con claro predominio de la segunda. Yo mismo tuve ocasión de elevar el nivel de fealdad de cierta playa levantina el pasado fin de semana, al exponer al sol las lorzas que he acumulado desde que mi dietista me dejó por imposible, que son muchas y lustrosísimas. Como todo tiende a guardar un equilibrio, la escasa belleza que yo añadía al entorno quedaba compensada por los jóvenes de ambos sexos que recorrían el litoral luciendo su palmito. Una cosa por la otra. Además, lo de exponer la propia desnudez al escrutinio ajeno encierra un valor terapéutico, pues previamente es necesario aprender a aceptarse como uno es, dejando atrás esos pudores y complejos que tanto nos complican la vida. Con todo, siempre he pensado que las playas son lugares tristes, quizás tan solo superados por el recinto más deprimente que ha sido capaz de idear el ser humano, que no es el cementerio, sino el gimnasio.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 29/7/2017

miércoles, 26 de julio de 2017

Fracturas


Oímos hablar con frecuencia de «fractura social», pero uno no es del todo consciente de lo que implica el término hasta que se integra en una comunidad pequeña. Los pueblos vienen a ser modelos a escala de las grandes urbes. Lo que se cuece en ellos es más o menos lo mismo que en los núcleos urbanos (las mismas tensiones, problemas similares, idéntica mala leche) pero el reducido tamaño conlleva que todo aflore con más facilidad, y por lo tanto sea más sencillo de observar. La propiedad es la principal fuente de problemas. Los asuntos de lindes, borrosas en los registros y en la memoria, provoca enfrentamientos que se enquistan a lo largo de generaciones. La política, en su versión más atávica y guerracivilista, divide a los vecinos y los enfrenta con los ayuntamientos cuando estos no son de su cuerda. Luego está el fútbol, por supuesto, cuyas rivalidades condenan a los seguidores del Barça (en franca minoría por estas latitudes) a recibir el poco amable marchamo de «catalinos». Y todo ello agravado por el hecho de que en las ciudades se tiende a ignorar a los vecinos, mientras que en las zonas rurales la costumbre es observarlos minuciosamente, en tanto que constituyen un jugoso e inagotable tema de conversación. Incluso los residentes temporales sufrimos estas fracturas durante nuestro tránsito veraniego por el pueblo. Si hemos frecuentado un bar o tienda y decidimos decantarnos por la competencia, no cabe esperar otra cosa que silencios hostiles, cuando no miradas furibundas, por parte del empresario despechado. Hasta el simple hecho de cambiar de señora de la limpieza provocará rumores y conjeturas, te granjeará detractores y te abocará a unos más que probables cien años de rencor. El Far West está más cerca de lo que creemos. Para que luego hablen de las bondades del turismo rural.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 21/7/2017

miércoles, 19 de julio de 2017

El arco del triunfo


Dicen que las opiniones son tan diversas como cierta parte del cuerpo. Yo no estoy tan seguro. Pienso más bien que las opiniones van por modas y por épocas, que los grupos dominantes sientan doctrina a su conveniencia, y que para ello se valen de la necesidad del ciudadano medio de expresar criterios sobre cualquier asunto, ya sean criterios propios o tomados al dictado. Vivimos sumergidos en un caldo mediático, y basta con abrir la boca (en realidad, los oídos) para pertrecharnos de esos argumentos que luego repetiremos en las charlas del café, los que nos servirán para hundir en la miseria al cuñado casposo o cultureta en la próxima cena de Nochebuena. Uno de estos juicios predominantes (no son tantos, si lo piensan) se refiere precisamente a las mismas opiniones. Afirma que todas sin excepción son respetables, y suele invocarse cuando uno anda escaso de ideas y argumentos: «Bueno, todas las opiniones son respetables». Fin de la conversación. Pues verán, yo disiento. No todas las opiniones son respetables. Las hay sólidas y las hay endebles, las hay útiles y dañinas, las hay dignas y deleznables. Es más, creo que la disensión es uno de los motores del progreso, y que oponerse al pensamiento predominante es lo que nos convierte en ciudadanos como Dios manda. Conviene, por supuesto, separar a las personas de sus opiniones, por muy difícil que resulte a veces. En general coincidimos en que todas las personas son respetables, aunque algunos poco se esfuerzan por ganarse ese respeto. Y a casi todos nos gusta vivir en una sociedad en la que uno puede abrir la boca sin que le corten la cabeza. Pero no todas las opiniones valen lo mismo. Tampoco la mía, por mucho que aparezca impresa en una columna de prensa. De hecho, son ustedes muy libres de pasársela por el arco del triunfo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/7/2017

domingo, 9 de julio de 2017

Este es mi cuerpo


Siempre he comulgado con la idea de que cada cual es dueño de su cuerpo, lo que me ha llevado a defender derechos como el aborto, el derecho a una muerte digna y el de las personas con disforia de género a elegir el sexo que les dicta su cabeza, y no sus genitales. Así pensaba yo hasta hace unos años, pero estaba equivocado. Y no porque ahora me oponga a los derechos que antes defendía. Mi error estaba en el fondo del asunto, aunque tuve que ir cumpliendo años y achaques para darme cuenta. No somos los dueños de nuestros cuerpos. Son nuestros cuerpos quienes nos poseen, quienes están al mando, quienes dictan las reglas. Si yo no me esfuerzo por complacerlo, él se vengará. En estos momentos me está castigando con un ataque agudo de gota en el pie derecho. A mí me encantan las chuletas y los gin-tonics. Él quiere verduritas y agua. Yo abogo por el sedentarismo, él exige acción y ejercicio. Cuando me rebelo, el muy canalla me atormenta con dolores y triglicéridos. Él es sin duda el jefe y, como todos los jefes, es un idiota. No nos llevamos bien, pero a la postre siempre descubro que es mi cuerpo quien lleva la sartén por el mango. Esta idea encierra cierto consuelo, porque me brinda el recurso de echarle la culpa al otro, al tirano, a ese que no soy yo. Aunque reconozco que puedo estar equivocado, y que mi único propósito sea sacudirme la responsabilidad. En el fondo sé que mi cuerpo y yo somos la misma cosa. En esta pareja indisoluble no hay un culpable y un inocente, un tirano y un rebelde. Hay solamente un idiota. Y lleva mi nombre.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/7/2017

domingo, 2 de julio de 2017

Cincinato


Repaso los comentarios que se han vertido en las redes sociales sobre la dimisión de Javier Cuenca y me sorprende comprobar su tono laudatorio. No parece que nos hallemos ante un político al uso, sino ante una nueva versión del romano Cincinato. Javier Cuenca explica que no se encuentra bien de salud, y lo único que se me ocurre al respecto es el deseo de un pronto restablecimiento (prefiero no hacer cábalas sobre asuntos que ignoro). Lo que me sorprende es que alguien dimita de un cargo político y la gente aplauda la nobleza e integridad del gesto. Y hasta me da por pensar que la salud de nuestra democracia es todavía peor que la del exalcalde. No creo que Cuenca, en sus dos años de alcaldía, haya hecho nada memorable. Yo lo tenía catalogado más bien como un gestor poco eficaz, un ejemplo más de esa tradición de alcaldes más complacientes con los dictados de sus superiores que con las necesidades de sus conciudadanos. Ahora el alcalde dimite y muchos se deshacen en elogios y expresiones de gratitud. Francamente, no creo que sea para tanto. Y más teniendo en cuenta que se trata de un funcionario de carrera en comisión de servicios, lo que le permite regresar a su puesto anterior y aquí paz y después gloria. Mucho más mérito tendría si el dimitido fuera uno de esos paniaguados que hacen toda su carrera al amparo de su partido, sin más oficio ni beneficio que el carné de afiliado en el bolsillo, sin más mérito que la habilidad de quitarse de en medio a quienes se han cruzado en su camino. Debería resultaron normal, y hasta saludable, que un político dimitiera. Lo anormal es que dicha dimisión nos parezca el único gesto digno de encomio en quienes se dedican a cuidar de los asuntos públicos.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 30/6/2017

lunes, 26 de junio de 2017

Audiencias


Para explicar la supervivencia de un programa de televisión se suele invocar aquello de «la tiranía de las audiencias», término muy adecuado, creo, porque si algo caracteriza las tiranías es que quienes las ejercen son muy pocos y quienes las sufren una vasta mayoría. En el caso de las audiencias televisivas, los tiranos son el contado número de televidentes que tienen un «audímetro» instalado en su sala de estar. Esto comporta el inconveniente de tener que informar al aparato de cuántos miembros de la familia, y de qué edades, están sentados delante de la tele en cada momento, lo que viene a ser como soportar la presencia constante de un pariente pesado o un vecino fisgón. Las ventajas que estos pocos privilegiados obtienen a cambio son, sin embargo, inmensas. Y no me refiero ya a los incentivos económicos o en especie que puedan recibir, sino a la posibilidad increíble de atormentar a un país entero a capricho, con la enorme sensación de poder que eso tiene que suponer. De hecho, yo creo que casi todos los miembros de esa élite de la audiencia deben presentar algún tipo de patología que les hace experimentar placer con el sufrimiento ajeno. O eso o son todos unos guasones impenitentes, porque solo así se explica que tengamos que soportar engendros como Hora Punta, ese pseudoprograma que perpetra, a la hora de máxima audiencia, el «periodista» Javier Cárdenas, un sujeto que obtuvo su fama burlándose de ciertos pobres desgraciados (recordemos a Carlos Jesús o al «Pozí»), y que ahora sigue haciendo exactamente lo mismo, con la diferencia de que los pobres desgraciados han pasado a ser los millones de televidentes que cada noche han de sufrir las mamarrachadas de este fulano, aunque sea solamente en forma de ráfaga de estupidez mientras practican el zapping.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 23/6/2017

miércoles, 21 de junio de 2017

La hormiga de la eternidad


Como todo aquel que haya padecido una educación religiosa, a uno le cuesta desprenderse de ciertos traumas y complejos cuyo origen es posible rastrear hasta la infancia, una infancia la mía poblada de sotanas, al menos durante cierta época sobre la que prefiero no extenderme. La cuestión es que, a veces, como si de una enfermedad crónica se tratara, todavía siento terror al pensar en la posibilidad de ir al infierno. Lo de ir al cielo, en cambio, ni me lo planteo, quizás porque lo veo demasiado lejos de mis posibilidades, como jubilarme con 60 años o llegar a comprarme un apartamento en la playa. Pero la idea del infierno sí que me atenaza durante algunas madrugadas de insomnio, seguramente porque me la inculcaron con gran lujo de detalles y a una edad demasiado vulnerable. Mi amigo Paco Mendoza dedicó un poema al famoso ejemplo de la hormiga. Imaginemos que a una hormiguita le da por recorrer la Tierra siguiendo la línea del Ecuador. Este insecto, en su lento y leve caminar, iría dejando un imperceptible surco al desgastar la corteza terrestre bajo sus patitas. Pensemos en la cantidad incalculable de tiempo que le costaría a la hormiga completar un giro, y luego en los siglos, milenios y eones que tardaría en partir nuestro planeta por la mitad. Pues bien, ese lapso de tiempo no sería nada comparado con la duración del infierno, que es eterno, y por lo tanto no se puede comparar con cualquier cantidad de tiempo finito, por inconmensurable que sea. Creo recordar que, en su poema, mi amigo Paco se ensañaba con la hormiga, que a mí no me parece sino un bichito inocente. Cada vez que sufro de terrores nocturnos, yo me acuerdo más bien del sádico con sotana que se la inventó. De él y de su santa madre.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 16/6/2017

Despatarre


El ayuntamiento de Madrid ha lanzado una campaña de reeducación dirigida a esos hombres que se despatarran en los transportes públicos. Esto puede parecer frívolo y hasta chistoso, pero lo cierto es que no es ni una cosa ni la otra. Hace años ya se hizo una campaña parecida en el metro de Nueva York, lo que demuestra que la idiosincrasia nacional no es tan exclusiva como nos gusta pensar. Para bien o para mal, parece que los madrileños (y todos los españoles, por extensión) son igual de gañanes que los ciudadanos de la capital más cosmopolita del mundo. Otra cosa son las lecturas que se quieran hacer del asunto en clave feminista. No en vano parece que quienes se despatarran son exclusivamente varones (en inglés la postura se denomina manspreading, lo que no deja lugar a dudas), y tienden a hacerlo cuando la compañera de asiento es una mujer, a la que acoquinan y arrinconan en un acto de reafirmación de la superioridad masculina, una forma más de violencia de género. Es más, en muchas ocasiones la indecorosa postura se subraya con el aún más indecoroso acto de depositar la mano sobre los genitales propios, una reminiscencia de lo que el macho alfa de la tribu de gorilas hace en su rincón de jungla congoleña. Todo esto ocurre, a qué negarlo. De lo que no estoy tan seguro es de que se trate de una manifestación del sexismo latente en la sociedad. Para mí, al menos, no es sino una muestra más de la mala educación, lo que sí constituye una lacra endémica, tan poco disculpable como hablar a voz en grito en lugares públicos, como dejar basura tirada por la calle o como no lavarse el sobaco cuando el calor aprieta. Y si hay algo que hermana de verdad a ambos sexos es precisamente la mala educación, un defecto que todos (hombres, mujeres y géneros intermedios) compartimos de forma solidaria.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 9/6/2017


lunes, 5 de junio de 2017

Ministéricos


Acaba de regresar a las pantallas la serie El Ministerio del Tiempo, creada por los hermanos Pablo y Javier Olivares, los Wachowski de la televisión patria. La renovación de la serie para una tercera temporada ha sido un proceso agónico que se ha demorado mucho más de lo que los «ministéricos» hubiéramos deseado. Incluso se ha rumoreado que podía saltar a otra cadena, lo que habría hundido a nuestra televisión pública en un ridículo difícil de digerir. Y con esto queda claro que soy un fan declarado de la serie, uno entre muchos cientos de miles. Es más, creo que es lo mejor que se ha visto en la televisión de este país desde que se murió Chanquete. El Ministerio del Tiempo no es una serie de la HBO, aunque merecería serlo. Su éxito no se basa en grandes presupuestos y efectos especiales, sino en la imaginación y el talento de sus guionistas, en el trabajo y el carisma de sus actores, en el valor de huir de la consabida comedia de costumbres y ofrecernos algo que nunca habíamos visto. En sus capítulos hemos visto a soldados de la Alemania nazi recorriendo las calles de Madrid. Hemos visto a un caballero español del Siglo de Oro tratando de adaptarse a la vida en el mundo moderno. A Federico García Lorca observando cómo los ciudadanos de hoy en día hacen footing vestidos con «pijamas de colores». Hemos cenado con Napoleón y rescatado a Lope de Vega de una muerte segura. En una pirueta de absoluta genialidad, incluso hemos presenciado cómo Felipe II se proclamaba «emperador del tiempo» y extendía su monarquía a todas las épocas, con discurso televisivo de Nochebuena incluido. Una serie así no podía terminarse sin más. Y si lo hiciera, habría que buscar la puerta que nos llevara de nuevo al estreno del primer episodio, para poder disfrutarla otra vez de cabo a rabo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 2/6/2017


viernes, 26 de mayo de 2017

Bartleby en las aulas


«Preferiría no hacerlo». Así contesta Bartlebly, el escribiente de un prestigioso abogado de Wall Street, cada vez que su jefe le encarga una tarea. «Preferiría no hacerlo» se ha convertido en una cita emblemática en la historia de la literatura. Herman Melville publicó este relato en 1853, y su influencia no ha hecho más que agigantarse con el tiempo. Se dice que Bartlebly es el precedente directo de esos personajes de corte existencialista que abundan en la literatura del siglo XX: Kafka, Camus, Sartre… Bartleby pasa todo el día de brazos cruzados contemplando una pared de ladrillo a través de la ventana. Es el escribiente que no escribe, el hombre que ha optado por la inacción. Su presencia en la oficina es constante, pero no supone ninguna diferencia. No ayuda, no estorba. Sencillamente está ahí, y a la vez no está. No puedo evitar acordarme de este personaje cada vez que entro en un aula de secundaria (e incluso de bachillerato). El censo de los Bartlebys que pueblan nuestras aulas arrojaría cifras sorprendentes. Acabo de salir de una clase de cuarto de la ESO. Son apenas veinte alumnos. Se podría trabajar tantas cosas con ellos. Se les podría enseñar tanto. Sin embargo, al menos cinco de ellos son Bartlebys consumados. Prefieren no obrar. Han optado por no hacer nada. Tienen una ventaja sobre el escribiente de Melville, sin embargo. Ellos disponen de un hogar con todas las comodidades al que regresarán cuando termine el horario lectivo, y allí seguirán perseverando en la incuria y la apatía. Además, en el caso de mi instituto, ni siquiera tienen que mirar una aburrida pared de ladrillo, pues a través de las ventanas de las aulas pueden contemplar las verdes copas de los árboles del parque. El sistema permite que los Bartlebys prosperen en nuestras aulas. Algunos incluso aprobarán y pasarán de curso. ¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad! 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 26/5/2017

martes, 23 de mayo de 2017

El gallo de Manel


Pido disculpas por insistir en un asunto que a estas alturas ya resulta manido, pero quiero dejar constancia pública de que yo no culpo a Manel Navarro por el gallo que soltó el sábado pasado. No soy de esos que dicen que el festival de Eurovisión es un evento trivial y hortera que solo interesa a catetos, frikis y gente de poca cultura en general. A mí Eurovisión me ha gustado desde que me alcanza la memoria. Recuerdo que de niño lo esperaba como agua de mayo. Me acuerdo perfectamente de la actuación de ABBA en el 74. Me acuerdo de Karina y de Mocedades. Y con un pequeño esfuerzo extra incluso me acuerdo de Cliff Richard cantando Congratulations. Puede que en mis años juveniles mi interés decayera un poco, pues había que guardar las apariencias y tal. Pero a estas alturas las apariencias ya me dan lo mismo, y vuelvo a disfrutar del entrañable concurso, más robusto que nunca gracias a todos esos países incorporados tras la caída del muro de Berlín, amén de Australia. Con todo y con eso, no le guardo ningún rencor a Manel Navarro por su gallo. Incluso me inspira ternura. Hace por los menos tres lustros yo solté un gallo en un karaoke y todavía me muero de vergüenza al acordarme. Pobre muchacho. Aunque hay una cosa que sí le reprocho. Llevo una semana que no me puedo quitar de la cabeza el pegajoso estribillo ese de «do it for your lover», y al final creo que me voy a volver loco. Tal vez tenga que recurrir a la psiquiatría. O a lo mejor no me queda más remedio que oírme cincuenta veces la canción de Rodolfo Chikilicuatre a ver si así consigo cambiar el dichoso «do it for your lover» por el breikindance, el crusaito y el maikelyakson de toda la vida. ¡Perrea, perrea!

Publicado en La Tribuna de Albacete el 19/5/2016

sábado, 13 de mayo de 2017

Así en la vida como en el cine


Miguel, mi hijo de tres años, se niega a dormir la siesta sin antes ver durante un rato Toy Story, su película favorita. Hace unos días, me disponía yo a poner en marcha el vídeo cuando me dijo lo siguiente: «Papá, ponlo para que Buzz no se rompa.» Tuve que hacérselo repetir media docena de veces antes de comprender las palabras, aunque el significado oculto tras ellas seguía desafiando mis entendederas (¿no creen que los niños deben tenernos por cenutrios sin solución?). En fin, tras dedicar un buen rato a rascarme la cabeza perplejo, me encogí de hombros y puse en marcha el vídeo sin más. Pero ¡ah fatalidad! ocurrió que en, determinado momento, Buzz Lightyear se cayó por el hueco de las escaleras y se rompió, precisamente lo que Miguel me había rogado que no ocurriera. El llanto desconsolado del niño me hizo comprender que allí había algo más que una simple rabieta. Al principio me dije que mi hijo acababa de sufrir su primera crisis de fe, la que sobreviene cuando descubrimos que papá no es más que un simple mortal incapaz, por tanto, de subvertir el orden natural del universo. Después caí en la cuenta de que los orígenes de su llanto eran de otra índole: mi hijo no concebía una película del mismo modo que los adultos lo hacemos, como una narración en la que los acontecimientos se suceden siempre del mismo modo. Para él, tenía que resultar posible modificar la trama a voluntad, optar por una línea argumental en la que los personajes hicieran cosas distintas a las que nos tienen acostumbrados.
Las sugestivas implicaciones de aquella idea me dejaron pensativo. ¿Se imaginan qué apasionantes horizontes se abrirían para el cine si el espectador pudiera alterar la trama de la película a capricho? Yo siempre he detestado, por ejemplo, que el personaje de Ingrid Bergman deje a Rick en el desenlace de Casablanca. ¿No sería preferible hacer que Ilsa, siquiera de vez en cuando, se quedara con Bogart en lugar de marcharse con el cretino de su marido, tan idealista y perfecto él? Por otro lado, no es que tenga nada en contra del desenlace de Psicosis, pero ¿no resulta monótono saber desde el principio lo de la esquizofrenia homicida de Norman Bates? Aunque sigo disfrutando de la película cada vez que la veo, me fastidia la ausencia de incertidumbre, la resignada certeza de que Anthony Perkins acabará por hacer el numerito del cuchillo vestido con la bata de su madre, y así una y otra vez. Si las películas fueran como mi hijo cree, cada vez que la viéramos el final sería nuevo y sorprendente.
Pero hay algo que me inquieta en todo esto. Tal vez Miguel —quién sabe si todos los niños pequeños— piense que también en la vida cualquier alternativa es posible con sólo desearla. Quizá el mundo para ellos sea como un descomunal videojuego en el que existe la opción de «salvar la partida». De ese modo, siempre cabría la posibilidad de regresar al momento anterior a aquel en que las cosas comenzaron a torcerse y procurar hacerlo todo bien esta vez. Si llego a saberlo... repetimos a menudo. ¿No es cierto que bajo esta tan trillada frase se esconde la angustia de sabernos juguetes del azar? Sin embargo, puede que para los niños pequeños si llego a saberlo sea mucho más que una forma de expresar contrariedad. Sospecho que en su concepción del mundo, aún no contaminada por el dolor, basta con cerrar los ojos y volver a abrirlos para que errores y desgracias nunca hayan ocurrido. Para ellos, vivir debe de resultar tan sencillo como rebobinar una cinta de vídeo y volver a usarla. Los adultos, en cambio, sabemos que en la vida sólo es posible navegar aguas abajo. Nos queda, eso sí, el refugio de los sueños. Lástima que, como sabe muy bien el protagonista de la última película de Alejandro Amenábar, éstos tengan esa maldita tendencia a convertirse en pesadillas. Me cuesta imaginar un momento más atroz que aquel en que un niño «despierta» a la certeza de que el mundo es en realidad un lugar despiadado. Imagino que es entonces cuando nuestra memoria se vacía y arrancan los recuerdos que conservaremos en el futuro. ¿Acaso podríamos seguir viviendo si no fuera así?
También llegará para Miguel el momento de despertar, pero les aseguro que no seré yo quien lo saque de su error, quien le explique que en el mundo real, este feo mundo que hemos inventado con nuestras feas mentes de adulto, los errores casi siempre se pagan, que la vida rara vez nos concede una segunda oportunidad.

La Verdad de Albacete,  12 de febrero de 1998

viernes, 12 de mayo de 2017

Atuendos


Conforme la primavera avanza, la juventud va aligerando su atuendo, lo que, en general, está muy bien. Nada que objetar. El problema es cuando el mismo fenómeno (prendas cada vez más escasas y más exiguas) se traslada a las aulas. El calor aprieta y uno ya no sabe si se halla en un centro de enseñanza o en el paseo de Benidorm durante el mes de agosto. Algunos compañeros entienden que ciertos modos de vestirse (o de no vestirse) no son adecuados para acudir a un centro educativo. Los alumnos razonan que no hay nada estipulado al respecto, y que por lo tanto no se les puede reprehender, y mucho menos sancionar, por incumplir una regla que no está escrita en ningún sitio. Ayer intenté que un grupo de chicos y chicas de 15-16 años reflexionaran sobre el problema. «Las personas nos comunicamos de muchos modos —les dije tratando de sonar lo menos casposo posible—. El vestuario que elegimos para mostrarnos en público no deja de ser un mensaje que les transmitimos a los demás. A veces incluso una declaración de principios. Vosotros no les habláis igual a vuestros amigos que a un profesor. Del mismo modo, no podéis vestiros igual para venir al instituto que para salir de fiesta el fin de semana. Y luego debéis recordar que venís aquí para educaros, y que la educación es el puente hacia la vida adulta. ¿Pensáis que cuando estéis trabajando en una oficina, en un hospital, en un juzgado o en unos grandes almacenes podréis vestiros como os dé la gana?» Reflexionaron gravemente durante unos segundos, hasta que una espigada muchachota de la segunda fila levantó la mano. «Profe, yo he pensado que voy a venir a clase en bañador». Me quedé mirándola. «Muy bien, hija mía —le dije al fin—. No seré yo quien te lo impida».

Publicado en La Tribuna de Albacete el 12/5/2017

viernes, 5 de mayo de 2017

El ataúd


Hace unos días, en la ciudad de Villena apareció un ataúd en plena calle. Los vecinos de la parte alta se lo encontraron junto a unos contenedores de residuos. Así tal cual, un ataúd un poco ajado pero perfectamente utilizable, con su tapa y su cruz. He rastreado varias versiones de la noticia, que enseguida hizo furor en los mentideros de internet. En unos sitios dice que fueron los operarios de una carpintería cercana quienes lo dejaron allí para que los servicios de reciclaje lo retiraran. Más veraz parece la versión según la cual se trató de una simple broma. Lo que en ningún sitio se aclara es por qué alguien había tenido guardado semejante trasto. Si el origen del féretro hubiera sido el castillo de la localidad, esa preciosa fortaleza que todos hemos visto desde la autovía, el asunto habría dado para una apasionante historia de vampiros. Más interesante incluso me parece la posibilidad de que el macabro objeto procediera de un domicilio particular, la vivienda de un alicantino especialmente precavido que en su día se hizo con la caja a precio de saldo, y desde entonces la había tenido guardada en la certeza de que podría darle utilidad antes o después. Debía de tratarse, además, de una persona proclive al ahorro que decidió librarse de pagar el entierro por el procedimiento de que lo dejaran junto al contenedor de vidrio. Pero todo esto no son más que conjeturas, pues no me ha quedado claro si el ataúd estaba vacío o si escondía un fiambre en su interior. También tengo curiosidad por saber cuánto tiempo transcurrió entre el hallazgo y el momento en que algún vecino se aventuró a levantar la tapa, y quién fue el valiente que se encargó de hacerlo. Igual se lo jugaron a los chinos.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 5/5/2017

sábado, 29 de abril de 2017

Gregorio


La semana pasada se nos fue Gregorio Salvador, compañero de muchos en varios diarios e institutos de enseñanza secundaria. Amigo de no pocos. Incluso amigo de quien esto escribe, que no se prodiga precisamente en amistades. Y eso que querer a Gregorio no siempre resultaba sencillo. A veces te hablaba con una sinceridad que te dejaba desarmado, y uno no sabía muy bien si darle las gracias o mandarlo a hacer puñetas. Lúcido como pocos, era uno de esos tipos que casi siempre dan en el clavo, aunque a veces el clavo haga daño. Y charlar con él era como habitar una isla de sentido común en medio de un océano de inanidad. Fue un maestro de la opinión certera y contundente, el primero en alzar la voz cuando el emperador salía a pasear desnudo por las calles. Con el tiempo, las personas como él logran conquistar ese bien tan escaso y tan caro que es la libertad. Para algunos resultan incómodas, pero eso no las hace menos necesarias. Y cuando uno se acostumbraba a su incapacidad para la hipocresía, a su acerada inteligencia y a ese aspecto tan peculiar de antihéroe o de músico de rock en decadencia, resultaba imposible prescindir de él. Gregorio era un hombre calmado, un hombre que nunca tenía prisa. Por eso a quienes lo apreciábamos nos resulta raro que haya decidido irse de un modo tan repentino, sin darnos la oportunidad de tener una última charla para ponernos sentimentales y decirle cuánto lo vamos a echar de menos. Aunque a él eso no le habría gustado y nos habría soltado alguna de las suyas. Como aquella vez en que me lo encontré en pleno mes de agosto, con un calor que asaba las piedras, y le pregunté por qué llevaba chaqueta. «Para tener bolsillos y no tener que llevar mariconera, como tú», me contestó. Descansa en paz, amigo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 28/4/2017


sábado, 22 de abril de 2017

Volar


Como seguramente recordarán, a un pasajero de la compañía aérea United lo sacaron a rastras de un avión aquejado de overbooking. Hace un par de días se ha sabido de un escándalo similar que ha afectado a la misma aerolínea. Esta vez se trataba de un hombre de negocios que había comprado un billete en clase business por la friolera de mil dólares. El buen señor fue invitado a cederle su asiento a otro pasajero que la compañía consideraba prioritario, y a abandonar la aeronave, cosa que hizo cuando lo amenazaron con esposarlo y entregarlo a las autoridades. Desde que cayeron las Torres Gemelas, los ciudadanos de este mundo postapocalíptico nos hemos habituado a tolerarlo casi todo, para empezar a que ni siquiera se nos trate como a ciudadanos. Esta sensación de ser un paria despojado de cualquier derecho se acentúa cuando uno decide emprender un viaje aéreo. Conforme nos acercamos a facturar y a obtener las tarjetas de embarque, empezamos a encomendarnos al santo de nuestra devoción para que nos dejen embarcar sin cobrarnos tasas abusivas por exceso de equipaje. Al llegar al control de seguridad, comprendemos que ni siquiera van a tratarnos como a seres humanos, y que corremos el riesgo de que nos mangoneen, nos escaneen, nos cacheen, nos desnuden, nos interroguen y nos humillen de todas las formas posibles. Tampoco podemos relajarnos una vez abordo, porque cabe la posibilidad de que vengan dos gorilas y nos echen a patadas. Todo esto debe complacer mucho a quienes disfrutan con el rollo sadomaso. A los que no nos pone el asunto de recibir latigazos y lamer suelas de zapatos, más bien nos da miedo. De hecho, en el aeropuerto de Roma tienen una especie de cabinas para fumadores que yo decidí no usar, aunque me moría por encender un pitillo. Vaya usted a saber si no habrán decidido copiar a los nazis y sus cámaras de gas.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 21/4/2017

lunes, 17 de abril de 2017

Contorsionismo


En una entrevista reciente para el diario La Vanguardia, el escritor Quim Monzó habla sobre gastronomía y restaurantes, aunque le da un giro inesperado al tema al abordar qué ocurre cuando llega el momento de pagar la cuenta. Corre cierta leyenda según la cual los españoles somos aficionados a montar grandes trifulcas, e incluso a llegar a las manos, si de dárnoslas de rumbosos se trata. Creo que se trata de un mito más, aunque Monzó lo deja sentenciado al hablar de su experiencia con sus editores: «Jamás pagan —dice—. Se llevan la mano a la cartera cuando llega la cuenta, eso sí, pero no es para pagar, aunque lo parezca, sino para asegurarse de que no salga la cartera en ese momento. Una vez fui a comer con tres y acabé pagando yo después de una sesión de contorsionismo». Yo creo que he sido afortunado en este aspecto. Que recuerde, cuando he quedado a comer con algún editor siempre han sido ellos quienes han insistido en responsabilizarse de «la dolorosa» (aunque aclarando que pagaba la empresa, lo que le restaba generosidad al gesto). Cuando el ágape ha tenido lugar en mi terreno (noblesse oblige) el que ha insistido en pagar he sido yo, pues uno, a pesar de su insultante juventud, en el fondo es un poco chapado a la antigua. Muy distinta ha sido la situación, en cambio, con ciertos compañeros de trabajo de estos con quienes te ves obligado a compartir café a diario. Recuerdo un profesor de matemáticas que convirtió en un arte la técnica del escaqueo, arreglándoselas para no pagar un solo café en todo el curso. También a un antiguo compañero de religión (hace mucho tiempo de esto) que hizo lo propio, con lo que al final de curso descubrí que lo mismo me habría dado seleccionar la casilla de la iglesia católica en la declaración de la renta.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/4/2017

miércoles, 12 de abril de 2017

Sepelios


Hace un par de días, a alguna hora intempestiva (todas lo son en estos casos) recibí la llamada de una compañía de seguros. A lo largo de los años mis reacciones se han modificado a la hora de responder a este tipo de llamadas comerciales. Al principio colgaba sin más miramientos. Luego comprobé que el sistema no funcionaba, ya que la llamada siempre se repetía hasta que el operador, inasequible al desaliento, lograba arrancarme algún tipo de respuesta. Durante una temporada me dio por responder de forma airada, reprochándoles a los inoportunos interlocutores lo poco cívico de interrumpir mi comida o mi siesta. Tampoco esto daba resultado, y mis reflexiones sobre la inmoralidad de su proceder pronto se convirtieron en simples súplicas del tipo «¡Por Dios, déjenme en paz!». Finalmente me dio por tomármelo con humor, y comencé a responder que el titular de la línea era mi padre, a quien por desgracia habíamos enterrado ese mismo día. Seguía un silencio compungido y, a renglón seguido, casi siempre murmuraban una disculpa y colgaban. Pues bien, a la larga, lo único que he conseguido con este ardid es que las compañías de seguros de sepelio les tomen el relevo a las empresas de telefonía. Como decía al principio, ayer mismo recibí la última de estas llamadas. Esta vez decidí seguir mi vocación docente y ser didáctico. «Verá usted, señorita —respondí—, no me interesa un seguro de sepelio. Y le voy a explicar el motivo. Creo que lo menos que pueden hacer mis familiares más cercanos, a quienes tanto he cuidado y por quienes tantos desvelos he sufrido, es darme un entierro decente. Si no lo hacen, siempre pesará sobre sus conciencias, y de todos modos a mí me dará igual. ¿Me comprende?» La chica se rio, me dio las buenas tardes e interrumpió la llamada. Para una vez que a uno le da por hablar en serio…

Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/4/2017

martes, 4 de abril de 2017

Yogures


Una de las formas más eficaces de evitar el estrés consiste en hacer siempre la compra en el mismo supermercado. Entre mis peores pesadillas de la vida real, una que figura en un lugar destacado es la de deambular como un alma en pena por los pasillos de un supermercado desconocido con una larga lista de la compra en las manos. Confieso que me da vergüenza preguntar a los empleados dónde está esto o aquello, y más si son empleadas. Puedo hacerlo una vez, como máximo dos. A partir de ese momento me pongo en manos del azar. Trato de recorrer los pasillos siguiendo un orden sistemático e introduzco en el carrito los productos que me voy encontrando. Pero siempre dejo pasillos sin recorrer. Siempre hay productos colocados en sitios absurdos. Y al final descubro que ha transcurrido una hora entera y que la mitad de mi lista sigue virgen. Y entonces es cuando me sobreviene lo que denomino la «parálisis del supermercado», una situación de angustia y saturación que me impide dar un paso más. Y allí me quedo, congelado en alguna de las infinitas encrucijadas, esperando que mi cerebro reaccione o que algún empleado bondadoso venga a rescatarme. Es más, hay veces en que, incluso teniendo un producto más o menos localizado, me siento incapaz de encontrar la variedad correcta. La semana pasada me ocurrió con los yogures. En mi lista (confeccionada por mi mujer, claro) había dos variedades: los griegos de stracciatella y los naturales con azúcar de caña. Miré, remiré y contemplé docenas de variedades de yogur hasta que todas me parecieron iguales. Transcurrió el tiempo y un golpecito en la espalda me sacó de mi estupor. Era un antiguo alumno que se había acercado a saludar. «¿Me puedes ayudar, por favor? —le supliqué con gesto de ancianito indefenso—. No encuentro estos yogures.» Me sonrió con indulgencia y dio con los malditos yogures en cuestión de segundos. En idioteces como esta consiste el hacerse mayor.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/3/2017

viernes, 24 de marzo de 2017

La casa de los sordos


A mediados de los años 90, el novelista y profesor norteamericano Lamar Herrin dirigía un programa de estancias en España para estudiantes de la universidad de Cornell, a cuyo departamento de Literatura él pertenecía. Una bomba de ETA explotó cerca de su domicilio, junto a un cuartel de la Guardia Civil. Entre las víctimas de aquel atentado hubo un ciudadano extranjero, un norteamericano. El novelista se preguntó qué habría ocurrido si aquel norteamericano hubiera sido uno de los estudiantes de los que él era responsable. Yendo un paso más allá, imaginó que la víctima hubiera sido su propia hija. Entonces nació Ben Williamson, el protagonista de la novela La casa de los sordos, que se publicó en EE UU en el año 2005, y que ahora acaba de aparecer en castellano gracias a Chamán Ediciones. Me precio de conocer bien al autor de este libro. De hecho, se puede decir que nuestra amistad se afianzó gracias a esta novela, que tuve el privilegio de traducir. Más allá del apasionante reto que supuso verter al castellano la escritura minuciosa de Herrin, siento un afecto especial por esta novela y por sus personajes. Ben Williamson trata de ponerles cara a los asesinos de su hija Michelle en una España que le es extraña, y que a nosotros nos resulta fascinante al observarla a través de los ojos de un extranjero. Annie Williamson, la hija superviviente, acude para rescatar a su padre de ese “laberinto español” en el que se ha extraviado, al tiempo que trata de reconciliarse con la memoria de su hermana muerta. Esta es una historia sobre la pérdida y la venganza, pero también sobre la búsqueda y la reconciliación. Un libro que nos devuelve a los años más duros del terrorismo vasco. Un libro sobre el duelo que compartimos todos los habitantes de esta “casa de los sordos”, este país múltiple y a veces paradójico donde nos ha tocado vivir.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 24/3/2017

El infierno


He descubierto que el infierno existe. Y se encuentra en Albacete. O por lo menos una de sus sucursales. La encontrarán al lado de Imaginalia y su aspecto es engañosamente inofensivo, al menos desde el exterior. Pero no se fíen. Porque una vez se ha cometido el error de entrar, te das cuenta de que estás perdido. Me explico. El infierno es un lugar gigantesco y laberíntico cuyos intrincados corredores están formados por altísimas estanterías repletas de herramientas y materiales de bricolaje. Cuando uno comienza a deambular por allí se siente tranquilo y curiosea sin prisa entre los nuevos modelos de taladros con percutor, las estanterías desmontables, las tarimas flotantes, los elementos decorativos, los insondables secretos de los anclajes y la tornillería. Paulatinamente notas que la tristeza y la ansiedad van creciendo dentro de ti. Comprendes que tu casa es un lugar deplorable que mejoraría muchísimo con ese nuevo modelo de lavabo o de ducha, con esas perchas o esa estantería. Y qué maravilla poder disponer de una de esas casetas de resina para la terraza. Y entonces sucumbes. Y compras el taladro y la estantería y el lavabo y la caseta. Y al salir te das cuenta de que has desperdiciado toda la tarde del sábado dando vueltas por los corredores infernales, y encima tu tarjeta de crédito ha quedado considerablemente aligerada. Pero lo peor está por llegar, porque es bien sabido que el infierno es eterno. Es para siempre. Por eso, tras el penoso trance del sábado, llega la mañana del domingo, cuando toca desembalar y montar todos esos trastos inútiles que has comprado. Y te das cuenta de que no sabes hacerlo y nunca lo lograrás. Y ese es el auténtico castigo. El saberse un inútil y un torpe que además ha desperdiciado todo su fin de semana. Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis.

Publicado en la Tribuna de Albacete el 17/3/2017

Querer creer


Se ha hablado mucho esta semana de lo que pasó el lunes en el programa de Risto Mejide, cuando Mercedes Milá rebatió las explicaciones de un doctor en bioquímica con el argumento «tienes que adelgazar porque estás gordo». Siempre es de agradecer el hecho de que una impresentable se inmole delante de millones de espectadores, pues así uno se ahorra la molestia de criticar y censurar, que siempre son actividades desagradables. Lo que importa aquí, en realidad, no es la conducta incalificable de esa señora. Mucho más preocupante es que, al defender la pseudociencia y la charlatanería (representadas, en este caso, por el libro La enzima prodigiosa, obra de cabecera de la Milá) no hace sino poner de manifiesto una tendencia que se ha convertido en avalancha en los últimos tiempos. No hay ni un solo científico serio que no se haya cansado de afirmar que las afirmaciones y recomendaciones de ese libro son meras patrañas, y que su inexistente fundamentación científica la podría refutar cualquier alumno medianamente aplicado de tercero de la ESO. El problema es que a millones de personas la ciencia y el sentido común se la trae al pairo. Ellos quieren creer que existe el bálsamo de Fierabrás, que si no beben leche y se abstienen de comer pollo evitarán el cáncer de colon y vivirán muchos más años. Que si cambian de sitio los muebles de su casa se sentirán más sanos y felices. Que el reiki funciona mejor que la penicilina. Que el remedio homeopático que acaban de comprar a precio de oro les curará el cáncer. La gente, en definitiva, quiere creer porque necesita esperanza y la religión ya no les sirve. Pero ahí están los sinvergüenzas dispuestos a tomar el relevo y sacar provecho de los bobos, que siempre fueron legión. Y a esos gurús nunca les faltan acólitos y voceros, como la señora (otrora periodista) Mercedes Milá.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 10/3/2017

El autobús



El lunes pasado viajé a Madrid, ¿y a que no adivinan lo primero que me encontré al salir de la estación de Atocha? Exacto. El autobús de marras. El de los niños tienen pene y la niñas tienen vulva. Y si naces hombre, seguirás siéndolo. Y si eres mujer, ídem de ídem. Les juro que me tuve que frotar los ojos. Se me ocurrió que debía de ser algún tipo de campaña publicitaria de esas que recurren al humor o al escándalo. Algo similar a aquel videoclip de «Amo a Laura, pero esperaré hasta el matrimonio» que resultó ser un anuncio de la MTV. Cuando reaccioné intenté hacerle una foto, aunque no llegué a tiempo. Y maldije en arameo, porque pensé que sin foto nadie iba a creerme cuando lo contará a mi regreso. Por suerte, el autobús de la discordia ha sido el más fotografiado desde que los Beatles rodaron Magical Mystery Tour. Por suerte o por desgracia. En Dublín hay una atracción turística llamada «el autobús del terror». Un autobús de dos pisos pintado de negro recorre las calles de la ciudad anunciando (con letras de sangre) que quien se atreva a abordarlo vivirá la experiencia más terrorífica de su vida. Este autobús de los niños y las niñas, de los penes y la vulvas, debe de ser algo parecido, aunque mucho menos divertido que la atracción dublinesa. Porque es fácil imaginarse qué tipo de monstruos acechan tras las ventanas opacas del vehículo. Los peores. Los de la vida real. El monstruo de la intolerancia. El de la intransigencia. El del pensamiento único. El del odio a todo lo diferente. Esos monstruos que creíamos bien muertos y enterrados, todos con su correspondientes estacas en el corazón, y que de vez en cuando reviven para recordarnos que nunca debemos bajar la guardia.


Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/2/2017

Acoso


Esta semana ha empezado a emitirse Proyecto Bullying, el nuevo programa de Mediaset presentado por Jesús Vázquez. Supongo que sabrán que el asunto ha traído cola, como todo aquello que atañe a los menores de edad, ese grupo social que recibe una protección tal que ya la quisiera para sí el lince ibérico. En un principio el proyecto fue frenado por varias fiscalías de menores, pues incluía la emisión de imágenes tomadas con cámara oculta, y tanto las caras como las voces de los protagonistas (agresores y víctimas) han sido cuidadosamente camufladas para no dar pistas sobre su identidad. De hecho, la distorsión llega hasta tal punto que uno no puede evitar sentir escalofríos al oír esas voces de adolescentes que suenan como la de la niña de El exorcista. Pero no conviene frivolizar sobre asuntos de esta enjundia y gravedad, máxime cuando uno se dedica a la enseñanza. Soy muy consciente de que el problema existe y de que el calvario puede ser terrible. No dispongo de cámara oculta para demostrarlo pero, créanme, lo veo a diario. Quizás no en sus aspectos más mediáticos y sensacionalistas, los que trascienden a los telediarios y a la prensa: los insultos, las vejaciones, las palizas, la humillación, el terror… Todo eso ocurre fuera de la vista de los docentes y equipos directivos, y a veces no aflora hasta que ya es demasiado tarde. Pero no hay más que observar cuidadosamente las dinámicas que laten dentro de un aula para darse cuenta de que la enseñanza está dominada por matones, y de que una mayoría de alumnos que desean obtener provecho de las clases son rehenes de una minoría de saboteadores profesionales, auténticos expertos en el desorden y la burla, y muchas veces también en la violencia. Tengo que reconocer que yo mismo, como profesor, me siento a veces un mero rehén de esos indeseables. 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 24/2/2017