viernes, 17 de mayo de 2013

Viagra y bromuro




Curioseando por internet recalo en la página www.naukas.com, una web de divulgación tecnológica y científica con su punto de humor. Allí leo un excelente artículo firmado por José Ramón Alonso cuyo título es «El ácido nítrico, la viagra y la charla más famosa de la historia». La charla a la que se hace referencia la impartió el neurofisiólogo británico James Bridley en el 78º Congreso de la Asociación de Urólogos Americanos, que se celebró en Las Vegas en 1983. Versaba sobre «la terapia vasoactiva en la disfunción eréctil». No se sabe muy bien si la intención del profesor Bridley era llamar la atención de sus colegas a toda costa o si el hecho de que el congreso tuviera lugar en Las Vegas (capital del desmadre por excelencia) tuvo algo que ver. Lo cierto es que en aquella ocasión no se cumplió el famoso dicho de que «lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas». El hombre se presentó a dar la charla en chándal, lo que ya resultaba llamativo de por sí. Luego, mientras glosaba las propiedades de ciertas sustancias como remedio para la impotencia, fue mostrando diapositivas de penes en distintos grados de erección. Pero lo que acaparó de inmediato la atención de sus colegas fue la revelación de que, en realidad, se trataba de imágenes del su propio apéndice, ya que él mismo se había usado como conejillo de indias. «Claro que estas fotos podrían haber sido tomadas en estado de excitación erótica», reconoció Bridley. Y continuó: «Teniendo en cuenta que nada hay menos erótico que el hecho de estar hablando ante ustedes, les ruego se sirvan comprobar con sus propios ojos la eficacia del compuesto que me he inyectado poco antes de venir aquí». Y procedió entonces a bajarse los pantalones del chándal hasta los tobillos. «Observen, observen el grado de tumescencia que he alcanzado», proclamó mientras descendía del escenario y paseaba su miembro desnudo y rígido ante las narices de sus distinguidos colegas y de algunas de sus esposas. Y así, entre gritos de horror y expresiones de pasmo, fue como concluyó la célebre ponencia.
Trece años después sería la multinacional farmacéutica Pfizer la que se llevaría el gato al agua al patentar el sildenafilo, el primer remedio efectivo y práctico para la disfunción eréctil, que se comercializaría con el nombre de Viagra. A diferencia del compuesto de Bridley, la Viagra se administra por vía oral, lo que resulta mucho menos engorroso que ponerse una inyección en el pene. De hecho, creo que muchos varones optarían por la castidad antes que someterse a semejante trance. Pero fueron los pioneros como James Bradley los que abrieron el camino que conduciría al sexo «postpitopáusico», mejorando de ese modo la calidad de vida de muchas parejas crepusculares y el ego de más de un donjuán venidos a menos.
Conviene recordar, no obstante, que a veces el resultado apetecido es el contrario. Es decir, la investigación farmacológica se ha ocupado también de buscar compuestos «anafrodisiacos», que son aquellos que inhiben el apetito sexual del varón en lugar de estimularlo. La idea es recurrir a métodos inocuos y reversibles, nada que ver con la cirugía barbera que se usaba con aquellos célebres castrati del Barroco. Ni siquiera con el dichoso bromuro que, según la creencia popular, se administraba a mansalva en seminarios y cuarteles.
El hecho es que han trascendido ciertos documentos clasificados en los que se hace referencia a un proyecto denominado «Urano» (el dios griego que fue castrado por su propio hijo). El proyecto «Urano» parece involucrar a altas instancias de los ministerios de Trabajo, Salud y de Educación, con el objetivo final de lograr que disminuya el impulso sexual de los jóvenes españoles, tanto entre los estudiantes como entre aquellos que buscan su primer empleo. Las cifras de fracaso escolar y de desempleo juvenil son aplastantes y reveladoras, y existen estudios que demuestran la incidencia de los bajos instintos en todo ello. No en vano los jóvenes españoles parecen dedicar mucho más tiempo y esfuerzo a satisfacer sus urgencias eróticas que al estudio o a la búsqueda tenaz de empleo. Las chicas, por su parte, también saldrían beneficiadas al librarse del acoso constante de tanto moscón revoloteando a su alrededor. Como saludable efecto colateral, el apaciguamiento de los machos jóvenes supondría un freno notable a los embarazos no deseados y a las ETS (enfermedades de transmisión sexual). No existe constancia de que el Opus Dei y la Conferencia Episcopal anden implicados en el asunto, aunque no se descarta tal extremo.
E se non è vero, è ben trovato, qué caramba.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 17/5/2013

viernes, 10 de mayo de 2013

El tiempo y John Harrison



Una de las historias más fascinantes que he oído es la del relojero inglés John Harrison, que vivió allá por el siglo XVIII. Supe de este personaje durante una visita al Observatorio Real de Greenwich, a las afueras de Londres, un lugar emblemático por la trascendencia de los hallazgos astronómicos y geográficos que allí se realizaron. En una de sus salas se conserva una colección de relojes antiguos que no suelen despertar la curiosidad del visitante. En otras circunstancias seguramente no me habría quedado a escuchar las explicaciones del guía. Pero hacía un día de perros en Londres, con viento y nieve, y el observatorio se me figuraba más un refugio que un museo. Así fue como supe de los logros de míster Harrison, quien viene a ser a la medición del tiempo lo que su contemporáneo Newton es a la física. Veamos por qué.
John Harrison vivió en una época de exploradores y navegantes. El comercio con Oriente y con Las Indias movía fortunas inmensas, y la flota de Su Majestad necesitaba métodos de navegación más fiables que el sextante y la observación del sol y los astros. Los marinos tenían que conocer su posición en cada momento. De otro modo no era posible asegurar la seguridad de las tripulaciones y mercancías ni trazar cartas de navegación precisas. Para los navegantes de la época era sencillo calcular la latitud. Pero para determinar la posición de un navío son necesarias dos coordenadas, y el cálculo de la longitud representaba un grave problema. Recordemos que la longitud es la distancia al meridiano de Greenwich, una línea imaginaria que se trazó en el Real Observatorio, como no podía ser de otro modo. El globo terráqueo se comporta como un reloj que emplea 24 horas en completar un giro. Una hora de menos (hacia el oeste) o de más (hacia el este) significa que se han recorrido 15 grados de la circunferencia de la Tierra. Si se contaba con un reloj preciso, un reloj capaz de marcar al segundo la hora de Londres, era posible establecer la longitud a partir de la diferencia horaria en cada lugar de globo. El Parlamento ofreció una recompensa de 20.000 libras (unos 3 millones de euros de la actualidad) a quien fuera capaz de inventar dicho instrumento para la Corona. Fue entonces cuando John Harrison decidió dejar su oficio de toda la vida, el de carpintero, y dedicarse a fabricar relojes.
Los relojes más precisos que existían en la época eran los de péndulo. Sin embargo, la oscilación de un péndulo varía en función de los cambios de temperatura. El cabeceo de los barcos también afectaba al movimiento del péndulo impidiendo su regularidad. El primer reloj de Harrison (el H-1) incorporaba un mecanismo de balanceo por contrapesos que sustituía al péndulo y no se veía afectado por el movimiento del buque en alta mar. El problema de la dilatación y la contracción lo solucionó alternando varillas hechas de distintos metales. Los siguientes prototipos de Harrison sustituyeron el péndulo por un resorte en espiral parecido al de los relojes modernos. El problema de los cambios de temperatura se solventó con un dispositivo que de hecho constituye el primer termostato de la historia.
Harrison dedicó cuarenta años de su vida a perfeccionar su reloj marítimo. El H-5 llegó a funcionar con una exactitud de un cuarto de segundo al día. Por desgracia, murió sin que su invento llegara a ser usado por los navegantes. El tamaño del último cronómetro de Harrison no era mayor que el de un platillo de café, pero el precio de su fabricación lo hacía prohibitivo. Durante un tiempo se siguieron usando los sextantes y las cartas astronómicas. Pero cuando el capitán Cook cartografió la costa norte de Australia, su buque ya contaba con una réplica del H-5.
¿Llegó Harrison a cobrar la recompensa del Parlamento? Sí lo hizo, aunque a regañadientes, y para ello tuvo que intervenir el mismísimo rey Jorge III. Conforme se acercaba a la solución final del problema, sus enemigos se multiplicaban. Ya lo dijo su contemporáneo Jonathan Swift: «Cuando aparece un auténtico genio en el mundo, podéis reconocerlo por este signo: todos los necios se confabulan contra él».
Y esta fue la historia que oí en la voz quebradiza de un anciano guía, en el Observatorio Real de Greenwich. Doscientos cincuenta años después, los relojes del carpintero John Harrison persistían en sus tictacs y oscilaciones, marcando con precisión la hora del siglo XVIII. Afuera, la nieve se depositaba quedamente, como si el tiempo se hubiera detenido en su memoria.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 10/5/2013

viernes, 3 de mayo de 2013

Saltos



Ahora triunfa cierto programa en el que unos famosos practican el salto de trampolín. Tan de moda está que juraría que lo he visto en dos versiones distintas de dos cadenas rivales. Me resulta difícil comprender la predilección del espectador medio por tan deplorable espectáculo. Ni siquiera conozco al espectador medio, pero debe de tratarse de una persona de notable influencia, porque él solito se las compone para convertir un simple bodrio en un éxito masivo. Si quienes saltaran desde el trampolín fuesen campeones olímpicos el asunto sería más fácil de comprender. Pero mucho me temo que los motivos que empujan al dichoso espectador a ver determinados programas e ignorar otros no tienen mucho que ver con la razón ni con el sentido común. Si hacemos un poco de memoria televisiva, no es difícil recordar programas que han utilizado una fórmula parecida. El primero fue quizás aquel especial que hacían en Nochebuena en el que las estrellas de la tele aparecían cantando y bailando, o simplemente haciendo el indio. Luego comenzamos a ver a los famosos como concursantes, a veces formando pareja con un ciudadano anónimo, y con frecuencia haciendo el ridículo. Pero el antecedente más directo de esta cosa del trampolín quizás sea aquel reality en el que una serie de personajes populares eran abandonados en una isla tropical y tenían que buscarse allí la vida. Se trataba de una especie de Gran Hermano del famoseo más cutre y casposo. Baste con decir que uno de los momentos culminantes del show fue la retransmisión de un ataque de ácido úrico del infame Paquirrín. En la misma tónica, lo que menos importa en el programa de los saltos de trampolín son los saltos en sí, sino todo lo que precede al salto. Me refiero al aparente calvario que los concursantes han de pasar antes de lograr algo parecido a un salto decente. De hecho, el grueso del programa está compuesto por imágenes de los entrenamientos en las que vemos al famoso en sus momentos más comprometidos y humillantes, aquellos que normalmente una persona normal trataría de esconder a toda costa. Los vemos muertos de miedo. Los vemos ejecutar saltos grotescos que culminan en costaladas absolutamente vergonzantes. Asistimos a sus ataques de ansiedad, a sus lesiones y a sus sesiones de fisioterapia. Por último, el presentador (con una pluma de aquí te espero) presenta el salto propiamente dicho. Ese es el momento culminante del espectáculo, el momento en que el televidente ruega para que el famoso haga el ridículo o se meta el castañazo del siglo.
Una vez analizados todos estos componentes, he llegado a la conclusión de que el éxito del programa estriba precisamente en eso, en la esperanza de ver al famoso vejado, humillado o aplastado contra el agua tras una caída de varios metros. Si los concursantes fueran ciudadanos anónimos, la cosa no tendría la menor gracia. Pero al tratarse de rostros familiares, de personas conocidas, el morbo está servido. De algún modo, es como si quien se precipita al vacío fuera ese vecino a quien tanta manía le tenemos, el que aparca su Audi junto a nuestro modesto utilitario y nunca saluda en el ascensor, o el cuñado que nos amarga las cenas navideñas contándonos lo bien que le van las cosas, o el compañero de trabajo que todas las vacaciones viaja a algún destino exótico y luego nos da la tabarra con las fotos y las anécdotas de sus aventuras. La gente disfruta viendo cómo esos famosos se despeñan porque cumplen la función de chivos expiatorios. Cuando los vemos sufrir y lesionarse, percibimos armonía y orden en el universo, pues lo justo es que todo idiota reciba su castigo. Claro está que cobran sus buenos billetes por ello, pero hacen su papel.
Y ya puestos, lo que revolucionaría completamente el género de los reality sería que el famoso lanzado desde el trampolín no perteneciera al mundo del espectáculo, sino al ámbito de la política. ¿Se imaginan el inenarrable placer de ver a Rajoy, a de Guindos o a Montoro tratando de hacer el salto del ángel desde la palanca de diez metros? Qué estimulante y perturbador resultaría ver a la señora de Cospedal pegarse el gran batacazo con sus turgentes carnes embutidas en un bañador de licra. ¿Y qué tal una versión local del show en la que los saltadores fuesen la señora alcaldesa y su equipo de gobierno? La ex concejala de Los Yébenes, convertida en famosa por su vídeo onanista, ya ha tomado la delantera. Dejo la idea sobre la mesa por si algún productor avispado quiere aprovecharla. Como no soy partidario de los excesos, espero que no se les ocurra suprimir el agua de la piscina.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/5/2013

viernes, 26 de abril de 2013

El lector del viernes



Como sabrán ustedes, algunos colaboradores del diario La Verdad se han incorporado a La Tribuna, lo que conlleva ciertas consecuencias muy gratas y otras que quizás no lo sean tanto. Entre las primeras figura el hecho de que, desde esta semana, este diario puede ufanarse de contar con firmas como las de Arturo Tendero y Domingo Henares. Las menos gratas las tienen delante, y me refiero a que, por aquello de la reorganización de las columnas de opinión, el sufrido lector se ve obligado a soportarme dos veces en la misma semana. Ya lo ven. Doy un brinco temporal de cuatro días y paso del lunes al viernes. Mejor dicho, regreso al viernes. La Ley de Murphy original se publicaba cada viernes en la parte superior de la página cuatro. Luego, después de un parón voluntario, reaparecería los lunes en el tercio inferior de la misma página (en el «faldón», como se conoce en argot periodístico). Ahora regresa a su día y emplazamiento originales, lo que me da pie para algunas reflexiones un tanto ociosas. La primera es el cambio de vecinos. Durante más de un año he tenido a Antonio García Muñoz como vecino de arriba. Ahora, tras esta mudanza, ocupo de nuevo el piso que hay sobre el de José Juan Morcillo. Ninguna queja al respecto. Al contrario. Cambio a un excelente columnista y amigo por otro excelente columnista y amigo. Tan solo espero seguir estando a la altura de tan distinguidos compañeros de página. Lo que de verdad me preocupa es el cambio de lectores. ¿Que usted y muchos otros leen este diario tanto los lunes como los viernes? ¿Que vienen a ser los mismos lectores en ambos días? ¿Están seguros?
La culpa es de esa manía de fraccionar el tiempo que tenemos los seres humanos. Absorbemos el tiempo en dosis más o menos grandes, quizás por miedo a que se nos indigeste. No recuerdo ahora quién inventó la semana. Quizás fueran los romanos, o tal vez los judíos, por aquello de santificar el sabbath. Lo que sí creo recordar es que fue en la Inglaterra de la Revolución industrial donde se alumbró el concepto de fin de semana. Seis días para matarse en la mina o en la fábrica y un séptimo para rematarse a base de ginebra y cerveza en la taberna de la esquina. Luego la semana laboral se redujo a cinco días para muchos ciudadanos, entre los que tengo la fortuna de encontrarme. La semana laboral y el fin de semana se nos figuran lo más natural del mundo, como la sucesión del día y la noche, las estaciones o los ciclos lunares. Nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro estado de ánimo responden al hecho de que sea lunes o jueves o sábado de un modo más acusado que a los cambios estacionales. Y ello pese a que se trata de un ciclo arbitrario, ideado por el hombre.
¿Pero quién puede afirmar que es el mismo el lunes que el viernes? Y no voy a recurrir al tópico de que empezamos la semana deprimidos porque es lunes y la culminamos animados por la inminencia del fin de semana. Pienso que lo que en realidad ocurre es todo lo contrario. La mañana del lunes es una mañana de esperanza, un momento lleno de posibilidades. Quedan cinco días por delante para que ocurra algo, para que algo cambie. El viernes finiquita esa esperanza con la certeza de que todo sigue igual, o quizás un poco peor. El lector del lunes es un lector fácil, complaciente, ilusionado. El del viernes no pasa de ser un lector resignado, y eso en el mejor de los casos.
En estos momentos siento sobre mí la responsabilidad que supone dirigirme a ti, lector del viernes. Comparto tu fatiga y tu frustración. Conozco en mis propias carnes la pereza enorme que produce enfrentarse al fin de semana. Sé que echaré de menos la mirada limpia y el buen ánimo del lector del lunes (del lector que fuiste y volverás a ser), pero la reorganización de las columnas de opinión de este diario ha hecho de mí un columnista de viernes y no me queda más remedio que resignarme y aceptarlo. Con todo, haré cuanto esté en mi mano para que este espacio te resulte amable y llevadero. Y sobre todo liviano. Prometo hablarte de actualidad lo menos que pueda. Ni siquiera tengo intención de abundar mucho en la realidad. A fin de cuentas, la realidad se agota cuando llega el fin de semana, y ya casi estamos en él. 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 26/4/2013

lunes, 22 de abril de 2013

Gira, gira



El garaje donde mi amiga guarda su coche es un pasaje del terror. Cuando menos es lo más parecido a un pasaje del terror que yo haya visto fuera de un parque de atracciones. Hay dos niveles a los que se accede mediante sendas rampas en espiral. Las rampas son tan estrechas y sinuosas que uno no sabe si las ha diseñado un arquitecto o el propietario de un taller de chapa y pintura. No me tengo por un tipo especialmente pusilánime, pero cada vez que mi amiga se dispone a encerrar su coche o a salir con él, me invade una sensación de pánico que solo he sentido en mis días de colegio, cuando mi maestro de tercero de EGB nos preguntaba la tabla de multiplicar. Son apenas dos minutos los que mi amiga tarda en sortear los vericuetos y obstáculos de ese pequeño infierno subterráneo, y lo cierto es que lo hace con admirable destreza. Pero a mí se me figura una eternidad. Es más, termino con los músculos doloridos por la tensión que experimento. Cada giro y revuelta se me figura un salto al vacío. Y hasta los dientes me duelen por la fuerza con que los aprieto. He probado a cerrar los ojos y no funciona. Hasta me estoy planteando consultar esta fobia con un psicólogo, aunque, claro, me da un poco de vergüenza. A fin de cuentas ni siquiera es mi garaje ni mi coche. Mientras maniobra, mi amiga observa de soslayo mi expresión demudada, mi palidez y mis extremidades agarrotadas. Más de una vez se ha burlado dulcemente de mí. Hasta ha llegado a ofrecerme que pruebe a meter yo mismo el coche para superar de ese modo mi pánico. Me he negado, por supuesto. Preferiría que me sacasen una muela.
Todo esto me recuerda un relato de ciencia ficción que leí hace tiempo. Se titulaba «Gira, gira» (casi como el tango), y su autor era el español Domingo Santos. La acción se situaba en una megalópolis del futuro donde encontrar un aparcamiento libre se había convertido en una empresa casi imposible. Como ocurre hoy en día, las autoridades municipales se llevaban los coches mal aparcados con una grúa. Sin embargo, no bastaba con pagar una multa para recuperar los vehículos, ya que todo ellos eran retirados de la circulación por el procedimiento de reducirlos a chatarra en un desguace. Un incauto de provincias se desplaza a la capital para unos trámites y comete el error de hacerlo en su propio coche. Al cabo de varios días de dar vueltas sin rumbo, al borde ya del colapso por agotamiento, encuentra un lugar libre y aparca su vehículo. Después se aleja a pie con la firme intención de no volver a recogerlo jamás. Creo recordar que al final el hombre tiene que ser ingresado en un hospital psiquiátrico.
El relato tendrá sus buenos treinta años, pero creo que la fábula está más vigente que nunca. Hemos convertido el automóvil en un símbolo de libertad y de estatus social, pero la pura verdad es que al comprar un coche, lo que uno adquiere son deudas y servidumbres. Un coche no es un símbolo de nada, sino más bien un hijo tonto. Es mucho más libre quien no tiene coche ni ha de preocuparse por buscar un lugar para guardarlo. Si el garaje de mi amiga fuera el mío, creo que no lo usaría. Alquilaría la plaza a alguien con más temple que yo y buscaría otra más practicable, un lugar para aparcar que no fuese una pesadilla. O quizás hiciera algo parecido a lo que hace el protagonista del cuento. Es decir, usaría el garaje una sola vez. Luego dejaría mi coche encerrado allí para siempre, me olvidaría de él y tomaría el transporte público.  

Publicado en La Tribuna de Albacete el 22/4/2013

martes, 16 de abril de 2013

Noches de vino y rosas



El viernes pasado vi por primera vez al señor que vende plantitas en la Plaza Mayor, un hecho en apariencia trivial que para mí, sin embargo, viene a representar la consagración de la primavera. Por desgracia, a la vez presencié otra cosa que me agradó mucho menos. Eran las ocho de la mañana y yo me dirigía hacia el instituto donde trabajo. El señor de las plantitas había colocado sus matas de pimientos y calabacines frente al colegio de Villacerrada, como viene haciendo año tras año desde hace más de cuatro lustros. Mientras tanto, en la otra acera se congregaba una turba de jóvenes claramente beodos. Insisto, eran las ocho de la mañana de un día laborable de abril. No estoy hablando de la Feria ni de la Nochevieja ni del fin de semana. Los jóvenes acababan de salir de un local nocturno de las inmediaciones, aunque el adjetivo nocturno quizás no sea del todo aplicable en este caso, puesto que era ya de día. A la hora en que muchos adultos y chavales pasábamos por allí camino del trabajo o de clase, aquella alegre pandilla se disponía a dar por concluida la juerga, no sin antes despedirse con gritos, cánticos y otras demostraciones de embriaguez. Unos metros más adelante, en la calle Carnicerías, un parroquiano vomitaba copiosamente sobre la acera ante el jolgorio de sus colegas. Y no es la primera vez que veo escenas parecidas. De hecho, se repiten con frecuencia año tras año, siempre ante el mismo local, que parece capaz de renacer de sus cenizas cual ave fénix. En una ocasión asistí a una violenta reyerta. Otra vez oí cómo un individuo le aseguraba a otro que lo iba a matar. Este es el espectáculo al que se enfrentan los ciudadanos de Albacete (chavales incluidos) cualquier viernes por la mañana en un lugar tan céntrico como la Plaza Mayor.
No estoy muy al tanto de las ordenanzas municipales en materia de establecimientos de hostelería, pero juraría que no está permitido que un local nocturno permanezca abierto hasta las ocho de la mañana, ya sea con la persiana subida o bajada. Pero sobre esto saben mucho más los vecinos de las calles Concepción, Tejares y Gaona (vamos, de «La Zona»). Recientemente he descubierto un blog llamado «Zona Desprotegida» (zonadesprotegidaalbacete. blogspot. com) cuyo contenido es digno de una película de terror. Les invito a visitarlo. Allí comprobarán con pruebas documentales y gráficas lo que todos sabemos: que ciertos locales se saltan a la torera todas las normas existentes con respecto al ruido, la ocupación de la acera, los horarios de apertura y cierre, las horas de carga y descarga y demás.
Hasta hace unos meses seguíamos hablando del botellón, un problema que amenazaba con convertirse en endémico hasta que llegó un equipo de gobierno dispuesto a coger el toro por los cuernos. Después de años de tonterías, ineficacia y paños calientes, el botellón se ha resuelto a base de aplicar sanciones administrativas. A los chicos que hacen botellón se les ponen multas y el botellón queda erradicado en cuestión de semanas, mire usted por dónde. Sin embargo, queda un problema no menos importante por resolver: el de los bares de copas y terrazas que ignoran la normativa de forma sistemática y generan molestias sin fin para los vecinos, quienes denuncian y denuncian sin que su pesadilla tenga visos de terminar. ¿Por qué no se les aplica a los dueños de estos locales la misma receta que a los chicos botelloneros? ¿Acaso porque unos son simples chavales y los otros empresarios con influencia? Dejo esas preguntas en el aire con la esperanza de que quienes deciden sobre estas cosas recojan el guante. Hasta ahora se han mostrado eficaces poniendo límites al desmadre nocturno. Pues que sigan en el empeño.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 15/4/2013

lunes, 8 de abril de 2013

Líneas



Recibo el email de un amigo que está a punto de celebrar su quincuagésimo cumpleaños. Hace cinco años o más que no nos vemos. Durante un tiempo estuvimos muy próximos, tanto que ocupábamos habitaciones contiguas de la misma casa, en un pueblo de la provincia de Alicante donde ambos estábamos desterrados por los azares del concurso de traslados. Tuvimos una relación excelente. Dábamos clase en el bachillerato nocturno, y rara era la noche en que no nos daban las tantas en algún pub de la localidad. Al día siguiente mi amigo se las veía canutas para sacarme de la cama cuando era a mí a quien le tocaba hacer la compra o la comida. Me ponía discos a todo volumen y yo ni me inmutaba. Pero eso no enturbió nuestra relación. Y tampoco el hecho de que él se empeñara en hablarme siempre en valenciano, aunque sabía que yo estaba pez en esa lengua. Con el tiempo, sin embargo, llegó a gustarme, y ahora siempre que oigo hablar en valenciano me siento transportado a la juventud, cómo son las cosas. Pero volvamos al email de mi amigo, en el que me comunica que está a punto de cumplir cincuenta años. Reflexiona en su carta que las personas somos como líneas, que cada cual sigue su curso. A veces dos líneas se juntan y discurren en paralelo un tramo más o menos largo. Luego se separan y se cruzan con otras líneas. Y en eso consiste la vida, en líneas que convergen y se alejan. Cincuenta años, cincuenta rotundos años en los que la vida de mi amigo se ha cruzado con otras vidas, entre ellas con la mía. La línea de su vida y de la mía se acercaron mucho y permanecieron unidas un curso completo. Luego él se trasladó a Valencia y yo volví a mi tierra, pero durante un tiempo nos esforzamos para que ambas líneas se aproximaran de forma periódica. Luego los encuentros se volvieron más esporádicos hasta que cesaron por completo. Los griegos y romanos creían que cada vida es un hilo, y que todas juntas forman un tapiz que tres diosas se encargan de tejer. Con una visión más sombría, Ernesto Sábato concibió nuestras vidas como túneles: a veces las paredes de nuestro túnel se vuelven transparentes y somos capaces de distinguir a quienes avanzan por los túneles contiguos. Así llegamos a alimentar la ilusión de que no estamos solos, de que es posible compartir el túnel de la vida con otros. Pero antes o después esas paredes de cristal se vuelven otra vez opacas. Líneas, hilos, túneles… Metáforas en suma, y tras ellas la certeza de que estamos aquí de paso, de que la línea o el túnel acabará, de que el hilo será cortado. En su email mi amigo propone un encuentro con todas las personas cuyas vidas se han cruzado con la suya y han discurrido en paralelo durante un buen trecho. Él es un gran caminante (una vez se fue a la China por tierra, lo juro), de modo que propone una excursión, una caminata que en este caso estará cargada de significado. Dice que todos los que hemos recibido su mensaje hemos sido importantes para él en algún momento y hemos contribuido a hacerlo como es. Se define como una persona feliz y realizada a sus casi cincuenta años. Yo también cumpliré cincuenta años dentro de unos meses, y creo que me gustará andar con él un trecho más. Una de las pocas certezas que uno adquiere con el tiempo es la enorme importancia de que la línea de nuestra vida se cruce con otras, de que el hilo se enlace con otros hilos para formar una hebra resistente, un sólido cordel capaz de sostenernos cuando las cosas vayan mal. 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 8/4/2013