domingo 15 de noviembre de 2009

"¿QUIÉN NECESITA A CLEOPATRA?" UNA NOVELA DE STEVE REDWOOD






Steve Redwood
Trad. Elena Clemente
Grupo AJEC, 2009
ISBN: 978-84-96013-76-6
256 páginas

¿Qué libro escribiría Tom Sharpe si le diera por emular a H. G. Wells? Sería probablemente una historia sobre viajes en el tiempo, pero también una novela delirante, barroca, iconoclasta, irreverente, escatológica y a ratos incluso un poco obscena. Y, sobre todo, desternillante hasta la última carcajada. Con
¿Quién necesita a Cleopatra? Steve Redwood se revela como digno epígono de dos largas y brillantes tradiciones de la narrativa británica, la sátira humorística y la ciencia-ficción, y nos ofrece exactamente esa hipotética novela que acabamos de describir. El libro se publicó en el Reino Unido en el 2006 y ahora llega a nuestras librerías merced al sello del Grupo Editorial AJEC y con una cuidada traducción de Elena Clemente.

«N», inventor de un artefacto capaz de viajar hacia atrás en el tiempo, recibe en su mansión de Bristol la visita de tres exuberantes mujeres del futuro, «las damas de negro». A pesar de su aspecto peligroso, las visitantes se presentan como historiadoras y afirman que están aprovechando unas vacaciones para reunir información sobre los viajes temporales de N y de su compañero Bertie, que en el futuro distante del que ellas proceden se ha convertido en una leyenda. La parte central de la novela es la narración que N realiza de sus aventuras en una sucesión de épocas y lugares más o menos históricos, intercaladas con las inquietantes reacciones de las «damas» ante dichos relatos. Los viajes, que fueron financiados por una empresa llamada Chronotech, buscaban respuestas a una serie de enigmas históricos y pretendían reunir material para una serie de televisión. ¿Cuál fue la auténtica identidad de la Mona Lisa? ¿Qué extrañas circunstancias rodearon el asesinato del monje Rasputín? ¿De dónde salió la mujer con la que Caín perpetuó la raza humana? ¿Quién era en realidad el ángel que visitó a Joseph Smith, fundador de la religión mormona? ¿Qué provocó la crucifixión de Jesús? ¿Qué ocurrió verdaderamente en Roswell? Son aventuras que siempre encierran más de una sorpresa y que suelen tener finales aciagos, sobre todo para el desventurado Bertie, quien a menudo regresa con diferentes grados de quebranto físico, desde la simple mutilación hasta el total aplastamiento. Menos mal que el padre de Bertie, millonario y presidente de Chronotech, puede costear los tratamientos de resucitación y reconstrucción celular que le permiten su atolondrado hijo emprender una nueva aventura. ¿Y qué hay de la Cleopatra del título, auténtico mito sexual del «inventor» N? Mejor descúbranlo ustedes mismos. No me perdonaría el estropearles ese placer.

La pregunta que asalta al posible lector es si un género tan codificado como la ciencia-ficción, tan sujeto a las exigencias de sus fans, es capaz de incorporar el componente humorístico con buenos resultados. Podríamos invocar los conocidos ejemplos de Terry Pratchett (
Mundodisco) o de Harry Harryson (Bill, héroe galáctico) para contestar afirmativamente. Pero me voy a remontar un poco más atrás, hasta nombres tan ilustres como Isaac Asimov y Fredric Brown, quienes no eludían en absoluto la comicidad en algunas de sus novelas y relatos más conocidos. Otra cuestión es si ¿Quién necesita a Cleopatra? se justifica como novela o no es más que una colección de situaciones cómicas, piezas de una broma monumental que el autor ha decidido encajarles a sus lectores. Aquí tengo que confesar algunos temores. Temo que Steve Redwood fuese capaz de venderle su alma al demonio por un buen chiste. Y bien pudiera ser que ya hubiera cerrado el trato, como venimos sospechando desde su anterior novela, El pescador de demonios (ed. El Tercer Nombre, 2008), cuyo protagonista no es otro que el mismísimo Lucifer embarcado en una desternillante versión alternativa de El paraíso perdido de John Milton. Con todo, cualquier duda se esfuma al cabo de los primeros minutos de lectura, cuando comprobamos que ¿Quién necesita a Cleopatra? es mucho más que un juguete cómico (aunque muy, muy cómico). Nos encontramos ante una historia bien construida que progresa con un ritmo trepidante y secuestra la atención del lector desde las primeras páginas, una historia habitada por un puñado de personajes absolutamente inolvidables: el taimado y oportunista N, con un sinfín de cosas que ocultar, el infeliz de Bertie, siempre al borde de la catástrofe y aquejado de un terrible problema de olor corporal, las misteriosas Shimmer, Shade y Shalom, sensuales y peligrosas como panteras prestas a saltar sobre su presa, Winnie, Mabel, María, el enigmático Moroni y su sorprendente participación en el incidente de Roswell, Leonardo, Rasputín y el mismísimo Jesús, que nos revelan aspectos insospechados de su personalidad, o la defensora galáctica Boudica Sunsinger, más tarde conocida como «La Abominátrix», que cobra pleno protagonismo en el fabuloso y desopilante desenlace. Éstos son los personajes principales de esta deliciosa farsa con envoltorio de novela de ciencia-ficción.

Volviendo al desenlace, echamos tal vez en falta que el autor se demore algo más en los capítulos finales del libro, donde (como en toda buena novela de viajes en el tiempo) se atan los cabos sueltos y se resuelven las paradojas. De hecho, los acontecimientos finales suponen un atractivo giro argumental que arroja luz sobre lo narrado anteriormente, pero a la vez introducen personajes y elementos nuevos de los que querríamos no tener que despedirnos de un modo tan abrupto. Este precipitado desenlace posee la virtud de cerrar la novela en un punto álgido, pero deja al lector con la miel en los labios. Nos queda la sospecha de si Redwood no estará urdiendo una continuación de las aventuras temporales de N y Bertie, y por ello ha decidido dejar a sus lectores con ganas de más. Tal vez la única criatura más maquiavélica que un novelista sea un novelista inglés.

En cualquier caso, la maestría de Steve Redwood como narrador es indiscutible, así como su talento para crear situaciones rebosantes de ingenio y comicidad. Pero no menos importante es que su experiencia en el oficio le haya enseñado la lección primordial de cualquier novelista, que no hay pecado mayor que el de aburrir a los lectores.
¿Quién necesita a Cleopatra? es entretenimiento en estado puro, pero también una pequeña obra maestra que no defraudará a los incondicionales de la ciencia-ficción, y que a buen seguro logrará que más de uno se incorpore a las filas de un género tan variado y fecundo como menospreciado en nuestro país.

¿Quién necesita a Pratchett cuando tenemos a Redwood?

martes 20 de octubre de 2009

LA LEY DE MURPHY YA ES UN LIBRO



Muchos de los artículos de "La Ley de Murphy", aparecidos como columnas de prensa y, posteriormente como entradas en este blog, pueden adquirirse ya en forma de libro.
http://www.eloymcebrian.com/yorick/murphy.html

miércoles 16 de septiembre de 2009

Las ferias de la memoria


Cada año por estas fechas me vuelvo un cascarrabias insoportable. Supongo que la inminente vuelta al trabajo tiene parte de culpa, pero he descubierto que el factor que desencadena mi transformación es la proximidad de la Feria. Las aglomeraciones, el estruendo, los altavoces gigantescos aullando los éxitos del verano que agoniza, los feriantes de las tómbolas que vocean sus atroces premios (¿qué odioso monigote hará furor este año?), el saludo de Feria del señor alcalde —que se repite año tras año con mínimas variaciones, dejándonos en la duda de si el paso del tiempo no será en realidad una ilusión—, el olor a fritanga, la repugnante sensación de estar caminando sobre restos de crustáceos devorados y luego escupidos, los bocadillos de morcilla o de guarra, que siempre acaban pasando factura, los empachos de almendras garrapiñadas, esos váteres inmundos a los que se accede tras guardar colas kilométricas, la suciedad, la vulgaridad, los niños, que exigen con machacona insistencia un juguete en absoluto educativo, las hordas de adolescentes beodos que deambulan sin control, el olor acre de las berenjenas en vinagre asaltando nuestro olfato en mitad del Paseo y ese dolor insoportable en los pies, que parecen a punto de estallarnos dentro de los zapatos, todo eso es lo que nos aguarda un año más, tan cierto e ineludible como la liviandad de nuestros bolsillos al cabo de los diez días de festejos. Con todo, algunas veces comprendo que no siempre ha sido así, que ha habido otras ferias, o que al menos yo las he contemplado con ojos bien distintos. Esto suele ocurrirme cuando camino por el paseo con mi hijo de la mano, envueltos ambos en ese ambiente espeso de ruido y olores, entre esa multitud que a veces se nos antoja inverosímil en una ciudad de las modestas dimensiones de la nuestra. Entonces contemplo de soslayo los ojos del niño, redondos de asombro, y me doy cuenta de que su asombro también una vez fue el mío.

Hubo otras ferias, sí. Algunas tan remotas que sólo hemos alcanzado a conocerlas por los relatos de nuestros padres. Aquellas ferias de las verbenas en Los Jardinillos y las familias endomingadas escuchando a la banda de música en el Círculo Interior (las señoras provistas de mantón, mantilla y abanico, los señores de bastón y sombrero, las señoritas de faldas huecas y bien almidonadas), ferias del carnero de tres cabezas y las apuestas en el ratonódromo y el caracolódromo, de los puestos de camarones («con barba y bigote, como los hombres») y las procaces vedettes del Teatro Chino. Ferias de la posguerra que hoy imaginamos en ajado blanco y negro, como las imágenes del no-do, ferias en las que la familia del pueblo acudía en tropel abarrotando la tartana, y se quedaba los diez días a mesa y mantel a cambio de tres gallinas y dos conejos, en las que mi tío Miguel vendía sus mulas en La Cuerda, con su garrota y su fajo de billetes bien atado con una goma.

Y después vienen las ferias de la infancia, ya vividas, pero así y todo teñidas de irrealidad, casi oníricas. Recuerdo que el Ayuntamiento cortaba al tráfico la Calle de la Feria, donde todavía estaba la casa de mis abuelos, y mis primos y yo la tomábamos al asalto, a petardazo limpio, como buenos filibusteros, con la felicidad renovada de haber reconquistado un territorio que nos pertenecía por derecho. Por entonces la Feria tenía mucho de exhibición de fenómenos, como esas ferias ambulantes de los relatos de Ray Bradbury. ¿Se acuerdan de las inmensas hermanas Colombinas? ¿Y de aquellas enanitas que no superaban los sesenta centímetros de altura? También hacían furor el Empastre y el Bombero-Torero. ¿Y qué me dicen de los falsos prodigios por los que tan alegremente nos dejábamos embaucar? La mujer-serpiente, que a veces, con una ligera variación en la puesta en escena, se convertía en la mujer sin cuerpo, el hombre que se transformaba en gorila a la vista del público, y el escalofriante Monstruo de Guatemala, cuya asiduidad en nuestra feria era de tal que debió ser recompensada con el título de hijo adoptivo de la Villa. La megafonía proclamaba que se trataba de una criatura extraordinaria hallada en una grieta tras el célebre terremoto, pero lo cierto es que tenía el cuerpecillo de un mono de peluche, y que su cara mostraba un parecido notable con el del tipo granujiento que acababa de vendernos las entradas en la taquilla. También estaban las catacumbas, el látigo y los coches de choque, gracias a los cuales muchos comprobamos por primera vez los efectos de la adrenalina, y aquel tan borgiano laberinto de los espejos, y el bocadillo de jamón que nuestros padres nos compraban para cenar, cuyo sabor era, sin lugar a dudas, el más delicioso del mundo.

Las imágenes se vuelven más nítidas al alcanzar las inmediaciones de la adolescencia y de la primera juventud, cuando ya contábamos con un salvoconducto en el bolsillo en forma de billetes de banco, y abordábamos la noche con la sensación de que no iba a acabarse nunca. Estas eran las ferias del rock and roll y la intoxicación etílica. Recuerdo bien los conciertos de Leño y de Topo, de Asfalto y Barón Rojo, y, algunos años después, un memorable concierto de Los Enemigos en Los Ejidos que llenó la noche de ruido y de furia. Y un no menos memorable concierto de Los Buenos, creo que el mismo año (qué bien tocaste el bajo, Fernando, muchachote). Cómo olvidar las ingestas masivas de alcohol en el MC, entre pósters del Che y banderas republicanas, con aquel pesado del pc marxista-leninista empeñado en convencernos de que en Albania se vivía mejor. Y aquella vez que nos compramos entre todos una caja de preservativos y nos la repartimos, por si acaso.

Hubo sin duda otras muchas ferias, cuyos fantasmas se han ido sedimentando año tras año en ese paseo que dentro de unos días volveremos a surcar con la escrupulosa observancia de los ritos o de los sacramentos. No teman practicar esta suerte de arqueología mental en la que yo he incurrido hoy, aunque caigan con ello en las manifestaciones más deplorables de la nostalgia, pues pocos recuerdos hay tan arraigados en nuestra memoria colectiva como los de la Feria para esta ciudad. Son las experiencias compartidas como ésta las que conforman nuestra identidad común, las que todos atesoramos, junto con los recuerdos más queridos, en un lugar privilegiado de nuestra memoria. Así pues, a despecho del cascarrabias en que me he convertido, bienvenida sea la Feria un año más.

Publicado en La Verdad de Albacete el 8 de septiembre del 2000

domingo 23 de agosto de 2009

Bruce


Hace unas semanas estuve en Benidorm para asistir a uno de los cinco conciertos que Bruce Springsteen ha dado en España. Fue una experiencia intensa que también me atrevería a calificar de agridulce. No era la primera vez que asistía a un concierto de una megaestrella del rock, aunque sí la primera que veía actuar a un músico por el que siento una admiración tan profunda. Empecé a escuchar a Bruce cuando ambos éramos ya talluditos. Yo estaría terminando mi carrera, y él ya había dejado atrás sus discos más legendarios (Born to Run, The River, Born in the USA), y se asomaba a la madurez con una serie de álbumes menores que adolecían de ciertas concesiones al éxito y a la comercialidad. De todos modos, mi puerta de acceso al universo del Boss fue un estuche de cinco LPs que se publicó en 1986. Estaba grabado en directo y venía a representar un resumen de su carrera hasta el momento, algo así como un borrón y cuenta nueva (aunque en vano, porque su público nunca le permitiría olvidarse de las viejas canciones).
El primer corte era una hermosa versión acústica de la monumental Thunder Road, interpretada con el único acompañamiento de piano y armónica. Como tantas otras composiciones de Springsteen, la canción está concebida en forma narrativa. La historia que cuenta es la de un muchacho que vive en una ciudad pequeña, donde sus únicas perspectivas son la mediocridad, el tedio y el fracaso. Pero hoy ha decidido romper con todo y escapar, y por ello se ha plantado con su coche ante la casa de Mary, su novia, a la que anima a unírsele en la fuga. Sé que todo esto suena a tema recurrente en la música rock (coches, chicas, la huida en busca de nuevas experiencias). Pero con el rock ocurre lo mismo que con la literatura: la diferencia no está en la originalidad de los temas, que suelen ser limitados, sino en el modo de abordarlos, de interpretarlos. La interpretación de Springsteen rebosa fuerza y sinceridad. Nuestra imaginación traza carreteras solitarias que se pierden en el horizonte, más allá del cual las oportunidades son infinitas. Aunque es necesario armarse de coraje para emprender el viaje, porque su precio es alto. Sin embargo, la recompensa merece la pena, como Bruce nos canta con su voz cálida y algo ajada, una voz que suena a muchas noches de humo y rock and roll en los garitos de la costa de Nueva Jersey: ¿Qué nos queda por hacer, excepto bajar la ventanilla y dejar que el viento alborote tu pelo? Mira la noche abierta de par en par y estos dos carriles que llevan a todas partes. Tenemos una última oportunidad para hacerlo real, para cambiar nuestras alas por cuatro neumáticos. Súbete, Mary. El cielo nos aguarda en las carreteras.
Desde aquel iniciático Thunder Road no he dejado de escuchar y seguir a Bruce Springsteen. He vibrado con sus cantos a la libertad y la esperanza, realzados por ráfagas de guitarra eléctrica y por explosivos solos de saxofón. Disfruto con el Springsteen roquero, con la vitalidad de himnos como Born to Run o Jungleland, relucientes como los cromados de esos coches veloces cuyos motores rugen en la madrugada. Pero si tuviera que elegir me quedaría con el Springsteen más íntimo, el que les canta a los que han perdido, a los forajidos y los outsiders, o sencillamente a aquellos que han visto sus ilusiones de juventud hechas trizas.
Hace pocos meses, en una de las noches más frías del pasado invierno, encendí fuego en la chimenea y me dispuse a escuchar Nebraska con un gin-tonic en la mano y en completa soledad. Se trata de un álbum que Bruce grabó también a solas, con su guitarra y su armónica como única instrumentación. Todavía lo conservo en vinilo, y tengo la suerte de que mi tocadiscos siga funcionando. Fue como charlar durante casi una hora con un buen amigo, y creo que nunca me he sentido tan cerca de él como aquella noche.
El pasado 30 de julio, en cambio, había otras 30.000 personas gritando, dando palmas y coreando los temas. A lo lejos, sobre el brillante escenario, pululaban unas diminutas figuras, tan distantes que apenas era posible distinguir a Springsteen de su saxofonista Clarence Clemons, aunque éste sea negro y mida cerca de dos metros. Las enormes pantallas mostraban a un Bruce de casi sesenta años, pero todavía entregado y lleno de vitalidad, saltando, sudando, aceptando peticiones, estrechando la mano a los espectadores y dejándose tocar por ellos (a diferencia de otros artistas, Bruce confía lo bastante en su público para permitirle estar junto a él). Desde mi asiento de grada, comprendí que nunca había estado tan cerca del Boss. Pero al mismo tiempo me sentía a un mundo de distancia. El concierto me pareció fabuloso. Sin embargo, no pude reprimir cierta sensación de tristeza cuando terminó.
No me va a quedar más remedio que esperar a que llegue el próximo invierno para encender la chimenea y desempolvar de nuevo los viejos vinilos. Esta vez prepararé también un gin-tonic para él. Charlaremos y beberemos. Bruce y yo. Y le pediré que cante sus viejos temas, en especial aquel que dice que ahora los jóvenes rostros se han vuelto viejos y tristes, y los corazones de fuego se han enfriado. Pero aquella noche de invierno juramos ser hermanos de sangre, como soldados con una promesa que cumplir: nunca retroceder, nunca rendirnos.
No retreat, Bruce, no surrender.

sábado 8 de agosto de 2009

Yo nunca estuve en Abbey Road


Hoy, 8 de agosto de 2009, se cumplen 40 años desde que los Beatles cruzaran el famoso paso de cebra ante la cámara del fotógrafo Iain MacMillan, dando lugar con ello a una de las leyendas más perdurables de la historia de la música popular. El otro día, precisamente, me entretuve mirando la web de un fan noruego de los Beatles (huelga decir que su título era Norwegian Wood). Lamento no entender el noruego, porque se trataba de un trabajo verdaderamente monumental. Me tuve que conformar con la sección en inglés. En ella encontré, por ejemplo, cumplida información sobre la sesión fotográfica de la que surgió la portada de Abbey Road, el último disco de la banda (el último en ser grabado, porque Let It Be se grabó antes pero se publicó después). Para muchos seguidores de los Beatles se trata de su mejor álbum, y yo me adhiero a esa opinión. Mientras escribo estas líneas refresco mi memoria con las 17 pistas de aquel álbum, que poseí por primera vez grabado en una cassette, luego en deslumbrante vinilo, y por último en este CD, sin duda mucho más prosaico, pero con el poder suficiente para retener toda la fuerza y el talento que se derrochó en la grabación de aquel disco. Me sorprende comprobar que todavía recuerdo las letras casi de memoria (de acuerdo, invento alguna cosilla que otra, pero eso lo hacemos todos). Aún soy capaz anticiparme a cada solo, cada acorde y cada redoble de batería. Me emociona la frescura con la que está sonando Come Together, ese misterio en forma de canción con la firma de John Lennon. Sobre este tema han pasado la friolera cuatro décadas y seguimos sin entender un carajo de lo que dice. Pero qué majestuosamente hace retumbar los altavoces de mi PC.

Lo de los Beatles siempre tuvo algo de comunión, de rito compartido. Recuerdo que una tarde los amigos nos reunimos en una casa despejada de padres. Teníamos abundante bebida y un monumental equipo hi-fi. Abbey Road y Sgt Pepper sonaron de principio a fin, y de principio a fin coreamos cada una de las canciones, un auténtico coro de borrachos. Jóvenes y felices borrachos. La felicidad en estado puro, tan sólo interrumpida por los segundos necesarios para darle la vuelta al disco. Ahora veo la web de este fan noruego a quien no conozco ni conoceré jamás, y me siento hermanado con él. En una sección relata cómo se gestó la portada del paso de cebra. Los Beatles no se ponían de acuerdo sobre qué mostrar en ella. Cada álbum había roto con la estética del anterior y había supuesto una pequeña revolución. Al parecer contemplaron la idea de darle a éste, que todos sabían que sería el último, el título de Everest (no por la montaña, sino por una marca de cigarrillos que fumaban), e irse Nepal para hacerse una foto al pie del famoso peñasco. Desde luego, la idea era delirante, principalmente porque por aquellos días los Beatles no habrían ido juntos ni a comprar tabaco. Al final, alguien propuso cortar por lo sano, bajar a la calle y hacerse algunas fotos cruzando el paso de cebra que había frente a los estudios de EMI, en St John's Wood, Londres. Lennon llamó a un fotógrafo amigo suyo y el resto es historia. Y éste es el tipo de tontería de la que están hechos los mitos.

Mi amigo noruego (déjenme considerarlo un amigo) cuenta que en su adolescencia viajó a Londres con Interrail, y que lo primero que hizo al llegar a la ciudad, sin preocuparse por comer o buscar alojamiento, fue tomar la línea de metro Jubilee, bajarse en la estación de St John's Wood, y acudir en peregrinación al famoso paso de cebra para emborracharse del espíritu beatle que, sin duda, inunda aquel lugar. Y de paso hacerse algunas fotos. Después ha estado allí otra media docena de veces. Cuenta que ha cruzado la calle andando, corriendo, caminando hacia atrás y a la pata coja, y que ahora se entrena para hacerlo andando sobre las manos. Y les aseguro que yo lo comprendo.

Lo que me frustra de todo esto es que también yo fui a Londres en mi adolescencia y juventud, varias veces. Pero nunca se me ocurrió acudir en peregrinación a Abbey Road. Recientemente he estado en Liverpool, sí. Me he tomado unas pintas en un sucedáneo de The Cavern que hay allí. Incluso me compré una camiseta con la leyenda Mersey Beat! (por cierto, me costó horrores encontrarla de de mi talla). Pero ahora me doy cuenta de que, al no cruzar en su momento el puñetero paso de cebra, me perdí algo esencial. Nada menos que la posibilidad de contarlo ahora. Aún podría ir, por supuesto, pero sospecho que ya es demasiado tarde. Me daría vergüenza perpetrar el numerito del cruce y la foto con todos esos turistas mirando. Igual que me da vergüenza reconocer, 29 años después del asesinato de Lennon, que yo siempre preferí a McCartney.

sábado 1 de agosto de 2009

Un pequeño homenaje al Boss

Ojalá la hubieras tocado la otra noche en Benidorm. Pero te perdonamos por todas las que sí tocaste. Gracias por alimentar todavía nuestros sueños.


Carretera del Trueno
Bruce Springsteen
Trad. Eloy M. Cebrián


La puerta bate en el porche
El viento mece el vestido de Mary
Como en una visión ella baila ante la casa
Mientras suena la radio
Roy Orbison canta para los solitarios
Y aquí me tienes, he venido a buscarte
No me cierres la puerta de nuevo
No soporto la idea de verme otra vez solo
Y no corras a esconderte
Cariño, sabes muy bien qué me trae aquí
Estás asustada y piensas
Que a lo mejor no somos ya tan jóvenes
Pero ten un poco de fe, hay magia en la noche
Aunque no seas una belleza, no estás nada mal
Y con eso a mí me vale

Puedes esconderte bajo las sábanas
Y estudiar tu dolor
Pasar lista a tus amantes
Arrojar rosas a la lluvia
Malgastar tu verano suspirando
Que un salvador te saque de estas calles
Ya sé que no soy un héroe
Eso está claro
Toda la redención que yo puedo ofrecerte
Está bajo este sucio capó
Pero nos queda una oportunidad para hacerlo bien
Qué otra cosa queda por hacer
Sino bajar la ventanilla
Y dejar que el viento alborote tu pelo
Mira la noche abierta de par en par
Y estos dos carriles que llevan a todas partes
Nos queda una oportunidad para hacerlo real
Para cambiar nuestras alas por cuatro neumáticos
Sube, el cielo nos aguarda en las carreteras

Ven, dame la mano
Esta noche saldremos para allanar la tierra prometida
Carretera del Trueno, Carretera del Trueno
Tumbada ahí fuera como un asesino al sol
Sé muy bien que es tarde pero podemos llegar si corremos
Oh, Carretara del Trueno,
Toma asiento, agárrate bien,
Carretera del Trueno.

Tengo esta guitarra
Y he aprendido a hacerla hablar
Y mi coche está ahí fuera
Si estás lista para emprender el largo camino
Que hay entre tu porche y mi asiento delantero
La puerta está abierta, pero el viaje no es gratis
Y sé que está sola
Y que hay palabras que no he dicho
Pero esta noche seremos libres
Y romperemos todas las promesas

Vi fantasmas en los ojos
De todos los muchachos que rechazaste
Recorren las polvorientas carreteras de la costa
Al volante de Chevrolets quemados hasta las cenizas
Tu toga de graduación yace hecha jirones a sus pies
Y en el solitario frío que precede al amanecer
Oyes el rugido de sus motores
Pero cuando te asomas al porche ya se han ido
Con el viento
Así que, Mary, súbete,
Esta ciudad está llena de perdedores
Y yo me largo de aquí para ganar



sábado 6 de junio de 2009

Se acabó Murphy

Después de 16 meses sin faltar una sola semana, La Ley de Murphy llega a su fin. Como ven, la crisis puede con todo, hasta con esta columna que ha resultado mucho menos longeva de lo que yo preveía. Ha sido una decisión en buena medida voluntaria, aunque tengo que reconocer que ayer, el primer día que el periódico apareció sin mi colaboración, no puede reprimir un ligero arrebato de nostalgia. Pero ha sido una estupenda experiencia de la que han resultado algunas páginas que tal vez merezcan la pena. Ahora, al menos durante un tiempo, prefiero abandonar la columna semanal y dedicarme a otros proyectos, en concreto a una nueva novela. Tengo también algún otro material que podría ver la luz en los próximos meses. Todo ello lo iré anunciando en este blog, aunque me temo que a partir de este momento su actividad va a quedar muy restringida. Mi intención es publicar una colección de los artículos más aprovechables que han aparecido aquí en forma de libro, que vería la luz en el último trimestre de este año. Hasta entonces, un abrazo y muchas gracias por dejaros caer por aquí.