La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

martes, 18 de septiembre de 2018

Escribir



Además de la satisfacción de ver unos cuantos libros publicados, los años que llevo escribiendo me han proporcionado algunas experiencias interesantes. Algunas han sido buenas. Luego estarían las inclasificables, como aquella vez en que tuve el honor de cenar en la misma mesa que Francisco Umbral. Fue durante la fiesta de entrega del premio que lleva su nombre. En las palabras que nos dirigió, Umbral se refirió a mí como “un chico con gafas y mofletes, y cara de empollón”, y no supe muy bien si dar las gracias porque tan eximio genio de nuestras letras se estuviera cachondeando de mí o simplemente levantarme y largarme de allí. Opté por quedarme porque todavía no me habían dado el cheque, pero siempre he tenido esa espinita clavada en mi currículo literario. En cuanto a las malas experiencias, lo cierto es que han sido numerosas. Voy a pasar por alto todas esas cartas en las que me rechazaban manuscritos, con las que casi podría empapelar el pasillo de mi casa, los royalties que me escamotearon, las docenas de premios que no he ganado, las traducciones que jamás cobré y los libros cuya publicación se frustró en el último momento. Lo que me viene a la memoria es aquella vez en que mandé el manuscrito de una novela a unas diez editoriales de forma simultánea, en todos los casos acompañado de la misma carta de presentación: “Soy un gran admirador de su línea editorial. Leo con devoción todos los libros que publican, etc.” Nunca olvidaré el bochorno que me produjo la carta de respuesta de la editorial madrileña Páginas de Espuma: “Si fuera usted tan devoto de esta casa como afirma, sabría que nosotros no publicamos novelas, solamente relatos”. Al menos el incidente me sirvió para ir algo menos despistado por la vida.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/9/2018

Ladridos



A mi perrete le ha dado por ladrarles a todos los chavales negros con los que nos cruzamos por la calle. En el momento en que los ve venir, se pone hecho una auténtica fiera. Aclaro que Frankie es un bichón maltés de apenas cuatro kilos de peso, por lo que la situación no entraña riesgo físico para nadie. Los chicos se ríen cuando lo ven tan enfadado y yo les devuelvo la sonrisa, encogiéndome de hombros a modo de disculpa. Porque una cosa son los riesgos físicos y otra los riesgos morales, que para mí son elevados. En esos momentos querría que me tragara la tierra. Al igual que todos nuestros hijos, Frankie ha sido educado en la igualdad y en la no discriminación por motivos de sexo, raza, credo o condición sexual. Hasta hace poco tiempo era un animal muy cariñoso con todo el mundo. Y de hecho lo sigue siendo, salvo con los subsaharianos. No tengo ni idea del motivo de esta irritante costumbre, y me temo que los psicólogos caninos (de haberlos) están fuera de mis posibilidades. Sin embargo, quiero pensar bien de él, porque siempre se ha comportado con dulzura y devoción hacia nosotros y el resto del género humano. Frankie nació en Murcia, pero ha crecido y se ha educado en Albacete. Quizás haya adquirido ese gen manchego que nos lleva a mirar con extrañeza y curiosidad a todo o que nos parece forastero, y no por racismo ni xenofobia, sino por falta de costumbre. Y recuerdo ahora a ese personaje de Amanece que no es poco que llevaba toda la vida conviviendo con un negro en casa (era su sobrino, me parece) y que, aun así, cada vez que se lo cruzaba por la escalera exclamaba «¡coño! ¡el negro!» y echaba a correr en dirección contraria.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/9/2018

jueves, 30 de agosto de 2018

Hereditary


Entre los aficionados a lo fantástico, y más concretamente al cine de terror, existe una queja muy extendida: las películas de terror de ahora ya no dan miedo, lo que en general es verdad. Los amantes del terror acudimos al cine resignados a que la película que nos disponemos a ver va a ser una gran decepción. Sabemos que, en el mejor de los casos, podemos esperar algunos sustos más o menos predecibles, porque el auténtico miedo, aquel que sentíamos al ver El exorcista con quince años, parece haber desertado del género. La mayoría de las películas de terror de hoy en día dan asco, tanto en sentido figurado como en la literalidad del término. Los zombis “devoracerebros”, la sangre a borbotones y la casquería fina pueden revolvernos el estómago, pero el auténtico miedo es otra cosa. Hay un componente recalcitrante entre los aficionados al terror, una especie de “síndrome de Peter Pan” que nos hace mantener viva la esperanza de experimentar de nuevo, en nuestra madurez, las mismas sensaciones que vivíamos en la infancia y en la adolescencia. Nos negamos a admitir que esto es imposible. Las películas no han cambiado, pero nosotros sí, y mucho. Los vómitos de puré de guisantes de El exorcista ya ni siquiera nos dan asco, más bien nos hacen gracia. Lo que nos da miedo no es que Freddie Kruger venga por nosotros si nos quedamos dormidos. Lo que nos aterroriza es la enfermedad y la muerte, tanto la propia como la de las personas que amamos. Creo que en eso, en saber conjugar los miedo de la vida real con lo sobrenatural, radica la excelencia de Hereditary, una película de terror estrenada a principios del verano. No se la pierdan si de verdad quieren pasar miedo. Porque para sustos ya está el recibo de la luz.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 31/8/2017

El final del verano



Estos últimos días de agosto tienen algo de tierra de nadie, de tiempo fuera del tiempo. La sensación de desubicación es tan intensa que no se doblega a los remedios habituales. Las redes sociales han enmudecido. Nadie cuelga álbumes vacacionales con fotos playeras, visitas a países lejanos e instantáneas de comilonas. Nadie se retrata las piernas tostándose al sol ni nos muestra el daikiri que acaban de servirle, adornado con sombrillitas. Nuestros amigos virtuales parecen haberse evaporado sin dejar rastro. Sin embargo, sospechamos que están escondidos en sus domicilios, con las persianas bajadas, al amparo del aire acondicionado, y tal vez avergonzados por no tener nada interesante que mostrar en sus perfiles de Facebook y de Instagram. Muchos ni siquiera contestan el teléfono, pues nada es tan humillante en época veraniega como reconocer que uno está en su casa, consumiendo Netflix y sin el menor atisbo de plan en perspectiva. Sabemos que este marasmo tiene los días contados. Apenas queda una semana para ingresar de nuevo en la realidad. Volveremos pertrechados con fotos de viajes y vivencias emocionantes, tratando de convencer a compañeros y amigos de que no somos los mismos que les dijimos adiós hace apenas unas semanas, sino una versión perfeccionada, más viajados, todavía morenos, con la piel más tersa y perfumada de cremas solares. Por fortuna, esta ilusión se desvanece con la misma rapidez que los bronceados playeros, y lo que queda son los mismos seres mustios de siempre, resignados a arrostrar otros otoños, otros inviernos, nuevos reveses y decepciones. Mejor sería aprovechar estos días de soledad de finales de agosto para hacernos a la idea de que nada ha cambiado, de que, por más que nos empeñemos, no hay forma de tomarse unas vacaciones de uno mismo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 24/8/2018

Benidorm



Esta semana hemos sabido del caso de una octogenaria británica que vino a pasar sus vacaciones a Benidorm, y que a su regreso se sintió tan defraudada que reclamó a la agencia de viajes para que le reembolsaran su dinero. La buena señora se quejaba de las cuestas del lugar y de las muchas escaleras que encontró en el hotel, pero sobre todo le pareció fatal que el establecimiento estuviera lleno de españoles. «¿Es que no pueden ir a pasar sus vacaciones a otro sitio?», se preguntaba muy airada. Este asunto ha provocado cierta hilaridad en su Inglaterra natal y no poca indignación por estas latitudes. Se ha hablado de la mala educación de los turistas británicos, que cuando no están partiéndose la crisma saltando desde los balcones o ejerciendo de chusma infame en los garitos de playa, se dedican a pasearse por el mundo con ese aire de superioridad imperialista de quienes creen ser mejores, no solo que sus vecinos (lo que tendría cierta justificación) sino que el resto del género humano. Todo esto es cierto. Sin embargo, opino que las reflexiones de la abuelita inglesa encierran no poco sentido común, aunque sea por accidente. Con este país grande, hermoso y diverso que nos ha tocado en suerte, ¿quién puede ser tan insensato como para ir a pasar sus vacaciones en un sitio tan inmundo como Benidorm? ¿Acaso no sería mucho más razonable dejarles esa franja de la costa levantina a los británicos y buscar el descanso en entornos más agradables, sin tanto cemento, sin aglomeraciones y, sobre todo, sin ingleses? Por supuesto, necesitamos del turismo para equilibrar nuestra balanza de pagos. Pero la triste verdad es que el turismo extranjero no necesita de nosotros, salvo en forma de taxistas, camareros y animadores de hotel.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 17/8/2018

Multa



Acabo de ser desvirgado. Hasta esta misma mañana llevaba 32 años conduciendo sin una sola sanción. Hace un rato me ha parado la policía local en el paseo de la Cuba y me han multado por exceso de velocidad. Mientras le entregaba al agente el carné de conducir, me he sentido como un auténtico delincuente y él ha debido de notarlo. “Está usted en el tramo inferior de la infracción”, me ha dicho para consolarme. “No hay pérdida de puntos y, si paga usted en menos de 20 días, son solo 50 euros”. Buen chaval el agente. “¿Y esto cómo se paga?” le he preguntado con expresión de cordero degollado. Y he añadido: “Verá, es que es la primera vez en la vida que me multan.” Me lo ha explicado con la paciencia y la suavidad de una maestra de párvulos enseñándoles las vocales a sus pupilos. Luego me ha extendido el tique para que lo firmara. He aquí un momento trascendental en mi existencia, la alternativa de elegir entre ser un ciudadano sumiso o mostrar un último vestigio de rebeldía contra la autoridad. “¿Pasa algo si no firmo?” “Pues no, lo va a tener que pagar igual”. Me ha mirado fijamente. Ha reparado en un tatuaje que me hice en el brazo hace un par de semanas. En mi camiseta negra de Don Vito Corleone. Allí se mascaba el drama. “Entonces no firmo”, le he espetado con mi mejor cara de malote. Durante unos segundos ambos hemos estado a solas en medio de la jungla. “Bueno, como quiera. Ya puede continuar”. Me he alejado con la sensación de haber cosechado una victoria pírrica. Ahora bien, en ningún momento he apartado la vista del salpicadero para comprobar que no superaba el límite de velocidad.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 10/8/2018

Bruxismo



Padezco un trastorno conocido como bruxismo. A grandes rasgos, el bruxismo consiste en apretar y rechinar los dientes de forma involuntaria, lo que provoca un desgaste galopante de la dentadura que acarrea infinidad de problemas odondontológicos, amén de dolores mandibulares permanentes. Los dentistas suelen atribuirlo al estrés, aunque mis síntomas se desencadenan en cualquier época del año, con independencia de la carga de trabajo o el estado nervioso. Uno llega a sentirse como un perro incapaz de dejar de roer el hueso que le han arrojado. Sin embargo, en este caso el hueso es el propio, como si algún factor extraño hubiese desencadenado en mí un proceso de autocanibalismo. Más de una vez me he preguntado el porqué de este hábito tan destructivo. Quizás no haya que recurrir al consabido estrés. Al fin y al cabo, los seres humanos apretamos los dientes cuando sentimos ira o dolor, y no es difícil interpretar la existencia como una combinación de ambos. Ira, dolor y fantasmas, que también los veo y los oigo. Los médicos no los llaman fantasmas, sino miodesopsias y acúfenos. Pero el nombre científico es lo de menos. Las primeras son sombras de objetos inexistentes que flotan en mi campo visual como peces espectrales en una pecera. Los segundos, zumbidos de intensidad variable que también me acosan constantemente. Aunque no guardan relación, yo he llegado a vincular las miodesopsias con los acúfenos, y ambos con alguna culpa pasada. Sombras y voces empeñadas en atormentarme, como las furias que acosaban a los antiguos cuando cometían un sacrilegio. Un castigo por algún pecado imperdonable para el que no existe redención. Ante este panorama, no queda más consuelo que rechinar los dientes. O puede que comprarse un bozal.        


Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/8/2018