La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

sábado, 5 de mayo de 2018

El ascensor


Una revista norteamericana pidió a un grupo de ciudadanos anónimos que narraran una experiencia en la que se hubieran sentido a las puertas de la muerte. Casi todos ellos relataron enfermedades graves o accidentes de tráfico. Un par refirieron asaltos callejeros en los que les amenazaron con navajas o armas de fuego. Por último, una señora contó un viaje en avión con un motor incendiado que provocó un aterrizaje forzoso. Me dio por preguntarme qué contestaría yo si fuera uno de los entrevistados, y descubrí que carecía de una experiencia similar que relatar. Aunque la perspectiva de sufrir un trance semejante no seduce a nadie, pensé que verle las orejas al lobo, al menos una vez en la vida, no deja de tener utilidad, pues sirve para establecer prioridades y contemplar la existencia con cierta perspectiva. Y entonces recordé un episodio de mi infancia en el que sí estuve convencido de que mi corta vida había llegado a su fin. Debía de tener seis o siete años y bajaba solo en un ascensor. El aparato sufrió algún tipo de avería que le hizo hundirse unos veinte centímetros, lo que me impedía abrir la puerta. Dicen que los críos viven en un presente eterno, y yo lo puedo aseverar a raíz de aquella experiencia. Toqué el timbre de alarma, pedí auxilio a gritos, y nadie acudió. Nadie acudió de momento, quiero decir, pues no creo que tardaran más de un cuarto de hora en liberarme. Pero durante esos minutos, que a mí me parecieron días, estuve completamente convencido de que iba a morir allí dentro de hambre y de sed. Y ahora comprendo que, tal vez, el curso posterior de mi vida quedara prefigurado por aquel trance. A mis 54 años, puede que no sea otra cosa que un niño que grita aterrado dentro de un ascensor.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 4/5/2018

El maldito artículo


La semana pasada olvidé escribir el maldito artículo sobre el Día del Libro. Ahora comprendo que la omisión no fue tan grave. A fin de cuentas, como nos enseñó Wittgenstein, sobre aquello que no se puede hablar, lo mejor es callarse. Y me dirán que no es verdad, que sobre el libro sí se puede hablar, que todo el mundo lo hace (sobre todo los políticos, al menos una vez al año). Pero los auténticos protagonistas del mundo editorial, cuando hablan sobre el libro, es solo para quejarse, y la gente que siempre se queja acaba aburriendo. Los editores se quejan de los lectores porque no compran los libros que publican, de los autores, que escriben mamotretos que a nadie le interesan, y de las distribuidoras. Los autores acusan a los editores de no publicar Sus Obras, a los lectores de no leerlos y a los libreros por no ponerlos en sus escaparates. Los libreros se quejan de las voraces distribuidoras, de los lectores, que prefieren gastar su dinero en cañas y se bajan los libros gratis de internet, del gobierno, de la ley de autónomos, del precio de la luz, de Amazon y del sursuncorda, si se tercia. Este coro de plañideras profesionales genera tal confusión que al final perdemos de vista lo que verdaderamente importa. El libro sí que tiene motivos para quejarse. Y lo haría si tuviera boca, estoy seguro, pues nunca estuvo peor. Siempre han existido los géneros populares. En el Siglo de Oro, la novela popular nos regaló El Quijote y el Lazarillo. En el XIX, nos brindó a Galdós, a Dumas y a Dickens. En el XX, a Patricia Highsmith y a Ray Bradbury. En lo que llevamos del siglo XXI, las cimas de la novela popular son Dan Brown y las Cincuenta sombras de Grey. Y eso sí que es un motivo para lamentarse.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 27/4/2018

Obediencia


Una de las películas más perturbadoras que he visto es la cinta independiente Compliance (2012), del director norteamericano Craig Zobel. La trama se cuenta prácticamente en tiempo real, sin elipsis ni juegos de montaje, y tiene lugar en un restaurante de comida rápida de una ciudad pequeña. La encargada recibe la llamada de alguien que afirma ser oficial de policía. Una cliente ha presentado una denuncia por un robo ocurrido durante su estancia en el establecimiento. Todas las circunstancias apuntan a una joven empleada como culpable, pero el policía afirma no poder acudir de momento para esclarecer las responsabilidades, por lo que pide la colaboración de la encargada. Ella se muestra conforme y comienza a obedecer todas las instrucciones que recibe del desconocido, presunto policía, a través de la línea telefónica. La primera es que registre el bolso y la taquilla de la empleada en busca de los objetos robados. A continuación, debe obligarla a desnudarse para comprobar que no los lleva consigo. Lo que sigue es una serie de vejaciones, a cuál más absurda y humillante, que la encargada lleva a efecto sin pensárselo dos veces, y la empleada encaja con absoluta docilidad. Finalmente, sabemos que el policía no era tal, sino un impostor que satisfacía su deseo hallando víctimas que obedecieran sus órdenes. «Sonaba tan convincente, tan seguro de sí mismo», declara la encargada a las auténticas autoridades. Las vidas de varias personas, ciudadanos obedientes y respetuosos de la ley, han quedado destrozadas cuando la «broma» concluye. Lo más sorprendente es que la película se basa en una serie de incidentes reales ocurridos en la población norteamericana de Mount Washington (Kentucky). Una alegoría escalofriante, sin duda, de cómo los ciudadanos nos sometemos al poder establecido, por arbitrario e injusto que sea. Someterse siempre resulta más sencillo que rebelarse. Las conciencias se acallan cuando pensamos que alguien está al mando. Preferimos cerrar los ojos y obedecer.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 20/4/2018

Graduación


Oímos con frecuencia el término “inflación académica”, fenómeno relacionado con la llegada masiva de alumnos a la universidad y la degradación del mercado laboral. Cuando yo terminé estudios, una licenciatura garantizaba un puesto de trabajo de calidad. En estos tiempos, sin embargo, los diplomas universitarios se han convertido en láminas decorativas para colgar en la pared. Los nuevos licenciados se ven obligados a permanecer en la universidad para engordar su currículum a base de títulos de postgrado de utilidad también incierta. Paradójicamente, esta devaluación de los estudios ha venido acompañada de una necesidad compulsiva de celebrar cada etapa de un modo más y más pomposo. Mi hijo tuvo su primera fiesta de graduación (con diploma, orla y birrete) cuando terminó el parvulario. Luego, conforme completaba nuevos ciclos, vendrían otras ceremonias, cada vez más exageradas y solemnes. Y, por fin, la madre de todas las fiestas, la ceremonia de graduación, precisamente lo que trae de cabeza a los alumnos de segundo de bachillerato por estas fechas. Quien tenga un hijo de diecisiete o dieciocho años en el instituto lo sabe muy bien. En lugar de preocuparse por culminar con éxito sus estudios, los chicos y chicas se angustian pensando en el modelito que van a lucir en la fiesta de graduación y en el restaurante donde tendrá lugar el desmadre posterior. La presión es tan fuerte que los estudiantes se sienten obligados a embarcarse en esta combinación de pase de modelos y bacanal que son las fiestas de graduación, y que a menudo se convierten en fuente de conflictos, de frustración y de más de una urgencia por intoxicación etílica. Sensatez. Sensatez y mesura, por favor.


Publicado en La Tribuna de Albacete el 13/4/2018

Lonely hearts


Hace unos años sufrí un accidente de graves consecuencias. Acababa de terminar mi casa del pueblo y me encontraba en pleno proceso de acomodarla a mis gustos. Por entonces no se había producido todavía el revival de los discos en vinilo, pero yo aún conservaba una modesta colección que databa de mi adolescencia y de mi primera juventud. En un arrebato de nostalgia, decidí comprar un nuevo plato de tocadiscos con el que pensaba reavivar el recuerdo de aquellos años perdidos. Los discos los coloqué en una estantería de obra que tengo junto a la chimenea. Ese fue el desencadenante del drama. Una noche especialmente fría, la chimenea ardió durante horas, y el intenso calor se transmitió a la estantería adyacente, donde mis queridos vinilos se cocieron a fuego lento. A la mañana siguiente, descubrí con horror que algunos de los más amados habían quedado inservibles. Dire Straits, Led Zeppelin y Pink Floyd parecían haber sufrido las consecuencias de un ataque termonuclear. Pero el más dañado de todos fue el que más me dolió. Se trataba del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el legendario álbum de los Beatles que cambió para siempre la música pop y también cambió el curso mi vida. Recuerdo un sábado en que nos refugiamos en casa de unos amigos cuyos padres había cometido la imprudencia de irse de viaje. Lo escuchamos tres veces seguidas mientras las botellas se vaciaban sobre la mesa. Durante la última audición, todos cantamos las canciones a coro, ebrios de alcohol y de felicidad, sin una sola preocupación en la vida. Treinta años después, el fuego había destruido aquel momento por completo. La superficie del disco era como la de un planeta arrasado, ni siquiera se distinguían los surcos. Ese día comprendí que hasta los recuerdos más hermosos tienen fecha de caducidad.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 6/4/2018

Últimas voluntades


Ando preocupado con la cuestión de la privacidad en Facebook. Los rumores son inquietantes. Insisten en que la red social almacena mucha más información nuestra de lo que podamos imaginar, y utiliza esa información para su beneficio, sin el menor miramiento por nuestra voluntad y nuestros derechos ciudadanos. He estado trasteando con la configuración de privacidad de la página en un intento de frustrar los oscuros designios del amigo Zuckerberg. No es que la información que he vertido en Facebook sea gran cosa. Tampoco creo que le vaya a interesar a nadie. Pero, a fin de cuentas, se trata de información personal, es decir, mía, y siempre he sido muy escrupuloso con mi propiedad. De este modo he descubierto una opción insólita cuya existencia desconocía. Facebook tiene prevista la contingencia, más que cierta, de nuestro tránsito a mejor vida, y nos invita a designar a un deudo que se ocupe de nuestro perfil social una vez hayamos abandonado este valle de lágrimas. No sé si han oído hablar de los «fantasmas cibernéticos», pero lo cierto es que existen infinidad de perfiles y cuentas de correo que pertenecen a personas fallecidas que se han llevado sus contraseñas a la tumba. He estado pensando mucho en el asunto. Desde luego, no me parece agradable seguir atado a este mundo tras la muerte, aunque se únicamente en forma de electrones rebotando caprichosamente por los recovecos de la red. Por otro lado, se me ha ocurrido que la posibilidad de nombrar un albacea para este fin exclusivo posee ventajas añadidas. Procuraría que se tratase de una persona de toda confianza, y le confiaría un archivo con todas las cosas que me gustaría hacer públicas tras mi muerte, esas cosas que ahora no me atrevo a decir por miedo a las consecuencias. Una especie de pataleo póstumo con el que no pienso dejar títere con cabeza.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 30/3/2018

Ética


No, no me refiero a la asignatura que sustituyó a la denostada Educación para la Ciudadanía, sino a un modo de transitar por la vida que, por desgracia, está cayendo en desuso. Lo comprueba a diario en el instituto donde trabajo. Durante el primer trimestre, cuatro alumnos de primero de bachillerato me entregaron trabajos copiados literalmente de internet. Lo más curioso es que todos ellos cursan un programa de excelencia al que, en teoría, solo acceden los alumnos más capacitados. Cuando les reprendí por su acción, alguno lo negó, lo que puso de manifiesto el pobre concepto que tienen de sus profesores, a los que nos deben considerar tipos indolentes y despistados. Hubo otro que ni siquiera fue capaz de comprender la gravedad de lo que había hecho. Y lo más curioso es que un par de mis compañeros tampoco quisieron darle importancia al asunto. Dijeron que, al fin y al cabo, se trataba de «niños» (son alumnos de bachillerato de 16 o 17 años), que el problema se había limitado a mi asignatura y que no convenía sacar las cosas de quicio. Los resultados de tanta condescendencia se han visto en el segundo trimestre, al constatar que un grupo todavía más numeroso había copiado en los exámenes de varias asignaturas con la ayuda de sus móviles. Pero la campeona de la trampa y pillería ha sido una alumna de 4º de la ESO que usó su teléfono para fotografiar un examen de Física y Química y enviárselo a su profesor de la academia, quien acto seguido le transmitió las respuestas correctas. Quizás la asignatura de Valores Éticos no esté dando los frutos apetecidos. Mejor sustituirla por ideas tan en desuso como la disciplina, la responsabilidad y la necesidad de sancionar estos comportamientos. Esas cosas, hoy innombrables, que antes se consideraban parte esencial de la tarea de educar.


Publicado en La Tribuna de Albacete el 2/3/2018