La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

domingo, 15 de noviembre de 2009

"¿QUIÉN NECESITA A CLEOPATRA?" UNA NOVELA DE STEVE REDWOOD






Steve Redwood
Trad. Elena Clemente
Grupo AJEC, 2009
ISBN: 978-84-96013-76-6
256 páginas

¿Qué libro escribiría Tom Sharpe si le diera por emular a H. G. Wells? Sería probablemente una historia sobre viajes en el tiempo, pero también una novela delirante, barroca, iconoclasta, irreverente, escatológica y a ratos incluso un poco obscena. Y, sobre todo, desternillante hasta la última carcajada. Con
¿Quién necesita a Cleopatra? Steve Redwood se revela como digno epígono de dos largas y brillantes tradiciones de la narrativa británica, la sátira humorística y la ciencia-ficción, y nos ofrece exactamente esa hipotética novela que acabamos de describir. El libro se publicó en el Reino Unido en el 2006 y ahora llega a nuestras librerías merced al sello del Grupo Editorial AJEC y con una cuidada traducción de Elena Clemente.

«N», inventor de un artefacto capaz de viajar hacia atrás en el tiempo, recibe en su mansión de Bristol la visita de tres exuberantes mujeres del futuro, «las damas de negro». A pesar de su aspecto peligroso, las visitantes se presentan como historiadoras y afirman que están aprovechando unas vacaciones para reunir información sobre los viajes temporales de N y de su compañero Bertie, que en el futuro distante del que ellas proceden se ha convertido en una leyenda. La parte central de la novela es la narración que N realiza de sus aventuras en una sucesión de épocas y lugares más o menos históricos, intercaladas con las inquietantes reacciones de las «damas» ante dichos relatos. Los viajes, que fueron financiados por una empresa llamada Chronotech, buscaban respuestas a una serie de enigmas históricos y pretendían reunir material para una serie de televisión. ¿Cuál fue la auténtica identidad de la Mona Lisa? ¿Qué extrañas circunstancias rodearon el asesinato del monje Rasputín? ¿De dónde salió la mujer con la que Caín perpetuó la raza humana? ¿Quién era en realidad el ángel que visitó a Joseph Smith, fundador de la religión mormona? ¿Qué provocó la crucifixión de Jesús? ¿Qué ocurrió verdaderamente en Roswell? Son aventuras que siempre encierran más de una sorpresa y que suelen tener finales aciagos, sobre todo para el desventurado Bertie, quien a menudo regresa con diferentes grados de quebranto físico, desde la simple mutilación hasta el total aplastamiento. Menos mal que el padre de Bertie, millonario y presidente de Chronotech, puede costear los tratamientos de resucitación y reconstrucción celular que le permiten su atolondrado hijo emprender una nueva aventura. ¿Y qué hay de la Cleopatra del título, auténtico mito sexual del «inventor» N? Mejor descúbranlo ustedes mismos. No me perdonaría el estropearles ese placer.

La pregunta que asalta al posible lector es si un género tan codificado como la ciencia-ficción, tan sujeto a las exigencias de sus fans, es capaz de incorporar el componente humorístico con buenos resultados. Podríamos invocar los conocidos ejemplos de Terry Pratchett (
Mundodisco) o de Harry Harryson (Bill, héroe galáctico) para contestar afirmativamente. Pero me voy a remontar un poco más atrás, hasta nombres tan ilustres como Isaac Asimov y Fredric Brown, quienes no eludían en absoluto la comicidad en algunas de sus novelas y relatos más conocidos. Otra cuestión es si ¿Quién necesita a Cleopatra? se justifica como novela o no es más que una colección de situaciones cómicas, piezas de una broma monumental que el autor ha decidido encajarles a sus lectores. Aquí tengo que confesar algunos temores. Temo que Steve Redwood fuese capaz de venderle su alma al demonio por un buen chiste. Y bien pudiera ser que ya hubiera cerrado el trato, como venimos sospechando desde su anterior novela, El pescador de demonios (ed. El Tercer Nombre, 2008), cuyo protagonista no es otro que el mismísimo Lucifer embarcado en una desternillante versión alternativa de El paraíso perdido de John Milton. Con todo, cualquier duda se esfuma al cabo de los primeros minutos de lectura, cuando comprobamos que ¿Quién necesita a Cleopatra? es mucho más que un juguete cómico (aunque muy, muy cómico). Nos encontramos ante una historia bien construida que progresa con un ritmo trepidante y secuestra la atención del lector desde las primeras páginas, una historia habitada por un puñado de personajes absolutamente inolvidables: el taimado y oportunista N, con un sinfín de cosas que ocultar, el infeliz de Bertie, siempre al borde de la catástrofe y aquejado de un terrible problema de olor corporal, las misteriosas Shimmer, Shade y Shalom, sensuales y peligrosas como panteras prestas a saltar sobre su presa, Winnie, Mabel, María, el enigmático Moroni y su sorprendente participación en el incidente de Roswell, Leonardo, Rasputín y el mismísimo Jesús, que nos revelan aspectos insospechados de su personalidad, o la defensora galáctica Boudica Sunsinger, más tarde conocida como «La Abominátrix», que cobra pleno protagonismo en el fabuloso y desopilante desenlace. Éstos son los personajes principales de esta deliciosa farsa con envoltorio de novela de ciencia-ficción.

Volviendo al desenlace, echamos tal vez en falta que el autor se demore algo más en los capítulos finales del libro, donde (como en toda buena novela de viajes en el tiempo) se atan los cabos sueltos y se resuelven las paradojas. De hecho, los acontecimientos finales suponen un atractivo giro argumental que arroja luz sobre lo narrado anteriormente, pero a la vez introducen personajes y elementos nuevos de los que querríamos no tener que despedirnos de un modo tan abrupto. Este precipitado desenlace posee la virtud de cerrar la novela en un punto álgido, pero deja al lector con la miel en los labios. Nos queda la sospecha de si Redwood no estará urdiendo una continuación de las aventuras temporales de N y Bertie, y por ello ha decidido dejar a sus lectores con ganas de más. Tal vez la única criatura más maquiavélica que un novelista sea un novelista inglés.

En cualquier caso, la maestría de Steve Redwood como narrador es indiscutible, así como su talento para crear situaciones rebosantes de ingenio y comicidad. Pero no menos importante es que su experiencia en el oficio le haya enseñado la lección primordial de cualquier novelista, que no hay pecado mayor que el de aburrir a los lectores.
¿Quién necesita a Cleopatra? es entretenimiento en estado puro, pero también una pequeña obra maestra que no defraudará a los incondicionales de la ciencia-ficción, y que a buen seguro logrará que más de uno se incorpore a las filas de un género tan variado y fecundo como menospreciado en nuestro país.

¿Quién necesita a Pratchett cuando tenemos a Redwood?

martes, 20 de octubre de 2009

LA LEY DE MURPHY YA ES UN LIBRO



Muchos de los artículos de "La Ley de Murphy", aparecidos como columnas de prensa y, posteriormente como entradas en este blog, pueden adquirirse ya en forma de libro.
http://www.eloymcebrian.com/yorick/murphy.html

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Las ferias de la memoria


Cada año por estas fechas me vuelvo un cascarrabias insoportable. Supongo que la inminente vuelta al trabajo tiene parte de culpa, pero he descubierto que el factor que desencadena mi transformación es la proximidad de la Feria. Las aglomeraciones, el estruendo, los altavoces gigantescos aullando los éxitos del verano que agoniza, los feriantes de las tómbolas que vocean sus atroces premios (¿qué odioso monigote hará furor este año?), el saludo de Feria del señor alcalde —que se repite año tras año con mínimas variaciones, dejándonos en la duda de si el paso del tiempo no será en realidad una ilusión—, el olor a fritanga, la repugnante sensación de estar caminando sobre restos de crustáceos devorados y luego escupidos, los bocadillos de morcilla o de guarra, que siempre acaban pasando factura, los empachos de almendras garrapiñadas, esos váteres inmundos a los que se accede tras guardar colas kilométricas, la suciedad, la vulgaridad, los niños, que exigen con machacona insistencia un juguete en absoluto educativo, las hordas de adolescentes beodos que deambulan sin control, el olor acre de las berenjenas en vinagre asaltando nuestro olfato en mitad del Paseo y ese dolor insoportable en los pies, que parecen a punto de estallarnos dentro de los zapatos, todo eso es lo que nos aguarda un año más, tan cierto e ineludible como la liviandad de nuestros bolsillos al cabo de los diez días de festejos. Con todo, algunas veces comprendo que no siempre ha sido así, que ha habido otras ferias, o que al menos yo las he contemplado con ojos bien distintos. Esto suele ocurrirme cuando camino por el paseo con mi hijo de la mano, envueltos ambos en ese ambiente espeso de ruido y olores, entre esa multitud que a veces se nos antoja inverosímil en una ciudad de las modestas dimensiones de la nuestra. Entonces contemplo de soslayo los ojos del niño, redondos de asombro, y me doy cuenta de que su asombro también una vez fue el mío.

Hubo otras ferias, sí. Algunas tan remotas que sólo hemos alcanzado a conocerlas por los relatos de nuestros padres. Aquellas ferias de las verbenas en Los Jardinillos y las familias endomingadas escuchando a la banda de música en el Círculo Interior (las señoras provistas de mantón, mantilla y abanico, los señores de bastón y sombrero, las señoritas de faldas huecas y bien almidonadas), ferias del carnero de tres cabezas y las apuestas en el ratonódromo y el caracolódromo, de los puestos de camarones («con barba y bigote, como los hombres») y las procaces vedettes del Teatro Chino. Ferias de la posguerra que hoy imaginamos en ajado blanco y negro, como las imágenes del no-do, ferias en las que la familia del pueblo acudía en tropel abarrotando la tartana, y se quedaba los diez días a mesa y mantel a cambio de tres gallinas y dos conejos, en las que mi tío Miguel vendía sus mulas en La Cuerda, con su garrota y su fajo de billetes bien atado con una goma.

Y después vienen las ferias de la infancia, ya vividas, pero así y todo teñidas de irrealidad, casi oníricas. Recuerdo que el Ayuntamiento cortaba al tráfico la Calle de la Feria, donde todavía estaba la casa de mis abuelos, y mis primos y yo la tomábamos al asalto, a petardazo limpio, como buenos filibusteros, con la felicidad renovada de haber reconquistado un territorio que nos pertenecía por derecho. Por entonces la Feria tenía mucho de exhibición de fenómenos, como esas ferias ambulantes de los relatos de Ray Bradbury. ¿Se acuerdan de las inmensas hermanas Colombinas? ¿Y de aquellas enanitas que no superaban los sesenta centímetros de altura? También hacían furor el Empastre y el Bombero-Torero. ¿Y qué me dicen de los falsos prodigios por los que tan alegremente nos dejábamos embaucar? La mujer-serpiente, que a veces, con una ligera variación en la puesta en escena, se convertía en la mujer sin cuerpo, el hombre que se transformaba en gorila a la vista del público, y el escalofriante Monstruo de Guatemala, cuya asiduidad en nuestra feria era de tal que debió ser recompensada con el título de hijo adoptivo de la Villa. La megafonía proclamaba que se trataba de una criatura extraordinaria hallada en una grieta tras el célebre terremoto, pero lo cierto es que tenía el cuerpecillo de un mono de peluche, y que su cara mostraba un parecido notable con el del tipo granujiento que acababa de vendernos las entradas en la taquilla. También estaban las catacumbas, el látigo y los coches de choque, gracias a los cuales muchos comprobamos por primera vez los efectos de la adrenalina, y aquel tan borgiano laberinto de los espejos, y el bocadillo de jamón que nuestros padres nos compraban para cenar, cuyo sabor era, sin lugar a dudas, el más delicioso del mundo.

Las imágenes se vuelven más nítidas al alcanzar las inmediaciones de la adolescencia y de la primera juventud, cuando ya contábamos con un salvoconducto en el bolsillo en forma de billetes de banco, y abordábamos la noche con la sensación de que no iba a acabarse nunca. Estas eran las ferias del rock and roll y la intoxicación etílica. Recuerdo bien los conciertos de Leño y de Topo, de Asfalto y Barón Rojo, y, algunos años después, un memorable concierto de Los Enemigos en Los Ejidos que llenó la noche de ruido y de furia. Y un no menos memorable concierto de Los Buenos, creo que el mismo año (qué bien tocaste el bajo, Fernando, muchachote). Cómo olvidar las ingestas masivas de alcohol en el MC, entre pósters del Che y banderas republicanas, con aquel pesado del pc marxista-leninista empeñado en convencernos de que en Albania se vivía mejor. Y aquella vez que nos compramos entre todos una caja de preservativos y nos la repartimos, por si acaso.

Hubo sin duda otras muchas ferias, cuyos fantasmas se han ido sedimentando año tras año en ese paseo que dentro de unos días volveremos a surcar con la escrupulosa observancia de los ritos o de los sacramentos. No teman practicar esta suerte de arqueología mental en la que yo he incurrido hoy, aunque caigan con ello en las manifestaciones más deplorables de la nostalgia, pues pocos recuerdos hay tan arraigados en nuestra memoria colectiva como los de la Feria para esta ciudad. Son las experiencias compartidas como ésta las que conforman nuestra identidad común, las que todos atesoramos, junto con los recuerdos más queridos, en un lugar privilegiado de nuestra memoria. Así pues, a despecho del cascarrabias en que me he convertido, bienvenida sea la Feria un año más.

Publicado en La Verdad de Albacete el 8 de septiembre del 2000

domingo, 23 de agosto de 2009

Bruce


Hace unas semanas estuve en Benidorm para asistir a uno de los cinco conciertos que Bruce Springsteen ha dado en España. Fue una experiencia intensa que también me atrevería a calificar de agridulce. No era la primera vez que asistía a un concierto de una megaestrella del rock, aunque sí la primera que veía actuar a un músico por el que siento una admiración tan profunda. Empecé a escuchar a Bruce cuando ambos éramos ya talluditos. Yo estaría terminando mi carrera, y él ya había dejado atrás sus discos más legendarios (Born to Run, The River, Born in the USA), y se asomaba a la madurez con una serie de álbumes menores que adolecían de ciertas concesiones al éxito y a la comercialidad. De todos modos, mi puerta de acceso al universo del Boss fue un estuche de cinco LPs que se publicó en 1986. Estaba grabado en directo y venía a representar un resumen de su carrera hasta el momento, algo así como un borrón y cuenta nueva (aunque en vano, porque su público nunca le permitiría olvidarse de las viejas canciones).
El primer corte era una hermosa versión acústica de la monumental Thunder Road, interpretada con el único acompañamiento de piano y armónica. Como tantas otras composiciones de Springsteen, la canción está concebida en forma narrativa. La historia que cuenta es la de un muchacho que vive en una ciudad pequeña, donde sus únicas perspectivas son la mediocridad, el tedio y el fracaso. Pero hoy ha decidido romper con todo y escapar, y por ello se ha plantado con su coche ante la casa de Mary, su novia, a la que anima a unírsele en la fuga. Sé que todo esto suena a tema recurrente en la música rock (coches, chicas, la huida en busca de nuevas experiencias). Pero con el rock ocurre lo mismo que con la literatura: la diferencia no está en la originalidad de los temas, que suelen ser limitados, sino en el modo de abordarlos, de interpretarlos. La interpretación de Springsteen rebosa fuerza y sinceridad. Nuestra imaginación traza carreteras solitarias que se pierden en el horizonte, más allá del cual las oportunidades son infinitas. Aunque es necesario armarse de coraje para emprender el viaje, porque su precio es alto. Sin embargo, la recompensa merece la pena, como Bruce nos canta con su voz cálida y algo ajada, una voz que suena a muchas noches de humo y rock and roll en los garitos de la costa de Nueva Jersey: ¿Qué nos queda por hacer, excepto bajar la ventanilla y dejar que el viento alborote tu pelo? Mira la noche abierta de par en par y estos dos carriles que llevan a todas partes. Tenemos una última oportunidad para hacerlo real, para cambiar nuestras alas por cuatro neumáticos. Súbete, Mary. El cielo nos aguarda en las carreteras.
Desde aquel iniciático Thunder Road no he dejado de escuchar y seguir a Bruce Springsteen. He vibrado con sus cantos a la libertad y la esperanza, realzados por ráfagas de guitarra eléctrica y por explosivos solos de saxofón. Disfruto con el Springsteen roquero, con la vitalidad de himnos como Born to Run o Jungleland, relucientes como los cromados de esos coches veloces cuyos motores rugen en la madrugada. Pero si tuviera que elegir me quedaría con el Springsteen más íntimo, el que les canta a los que han perdido, a los forajidos y los outsiders, o sencillamente a aquellos que han visto sus ilusiones de juventud hechas trizas.
Hace pocos meses, en una de las noches más frías del pasado invierno, encendí fuego en la chimenea y me dispuse a escuchar Nebraska con un gin-tonic en la mano y en completa soledad. Se trata de un álbum que Bruce grabó también a solas, con su guitarra y su armónica como única instrumentación. Todavía lo conservo en vinilo, y tengo la suerte de que mi tocadiscos siga funcionando. Fue como charlar durante casi una hora con un buen amigo, y creo que nunca me he sentido tan cerca de él como aquella noche.
El pasado 30 de julio, en cambio, había otras 30.000 personas gritando, dando palmas y coreando los temas. A lo lejos, sobre el brillante escenario, pululaban unas diminutas figuras, tan distantes que apenas era posible distinguir a Springsteen de su saxofonista Clarence Clemons, aunque éste sea negro y mida cerca de dos metros. Las enormes pantallas mostraban a un Bruce de casi sesenta años, pero todavía entregado y lleno de vitalidad, saltando, sudando, aceptando peticiones, estrechando la mano a los espectadores y dejándose tocar por ellos (a diferencia de otros artistas, Bruce confía lo bastante en su público para permitirle estar junto a él). Desde mi asiento de grada, comprendí que nunca había estado tan cerca del Boss. Pero al mismo tiempo me sentía a un mundo de distancia. El concierto me pareció fabuloso. Sin embargo, no pude reprimir cierta sensación de tristeza cuando terminó.
No me va a quedar más remedio que esperar a que llegue el próximo invierno para encender la chimenea y desempolvar de nuevo los viejos vinilos. Esta vez prepararé también un gin-tonic para él. Charlaremos y beberemos. Bruce y yo. Y le pediré que cante sus viejos temas, en especial aquel que dice que ahora los jóvenes rostros se han vuelto viejos y tristes, y los corazones de fuego se han enfriado. Pero aquella noche de invierno juramos ser hermanos de sangre, como soldados con una promesa que cumplir: nunca retroceder, nunca rendirnos.
No retreat, Bruce, no surrender.

sábado, 8 de agosto de 2009

Yo nunca estuve en Abbey Road


Hoy, 8 de agosto de 2009, se cumplen 40 años desde que los Beatles cruzaran el famoso paso de cebra ante la cámara del fotógrafo Ian MacMillan, dando lugar con ello a una de las leyendas más perdurables de la historia de la música popular. El otro día, precisamente, me entretuve mirando la web de un fan noruego de los Beatles (huelga decir que su título era Norwegian Wood). Lamento no entender el noruego, porque se trataba de un trabajo verdaderamente monumental. Me tuve que conformar con la sección en inglés. En ella encontré, por ejemplo, cumplida información sobre la sesión fotográfica de la que surgió la portada de Abbey Road, el último disco de la banda (el último en ser grabado, porque Let It Be se grabó antes pero se publicó después). Para muchos seguidores de los Beatles se trata de su mejor álbum, y yo me adhiero a esa opinión. Mientras escribo estas líneas refresco mi memoria con las 17 pistas de aquel álbum, que poseí por primera vez grabado en una cassette, luego en deslumbrante vinilo, y por último en este CD, sin duda mucho más prosaico, pero con el poder suficiente para retener toda la fuerza y el talento que se derrochó en la grabación de aquel disco. Me sorprende comprobar que todavía recuerdo las letras casi de memoria (de acuerdo, invento alguna cosilla que otra, pero eso lo hacemos todos). Aún soy capaz anticiparme a cada solo, cada acorde y cada redoble de batería. Me emociona la frescura con la que está sonando Come Together, ese misterio en forma de canción con la firma de John Lennon. Sobre este tema han pasado la friolera cuatro décadas y seguimos sin entender un carajo de lo que dice. Pero qué majestuosamente hace retumbar los altavoces de mi PC.

Lo de los Beatles siempre tuvo algo de comunión, de rito compartido. Recuerdo que una tarde los amigos nos reunimos en una casa despejada de padres. Teníamos abundante bebida y un monumental equipo hi-fi. Abbey Road y Sgt Pepper sonaron de principio a fin, y de principio a fin coreamos cada una de las canciones, un auténtico coro de borrachos. Jóvenes y felices borrachos. La felicidad en estado puro, tan sólo interrumpida por los segundos necesarios para darle la vuelta al disco. Ahora veo la web de este fan noruego a quien no conozco ni conoceré jamás, y me siento hermanado con él. En una sección relata cómo se gestó la portada del paso de cebra. Los Beatles no se ponían de acuerdo sobre qué mostrar en ella. Cada álbum había roto con la estética del anterior y había supuesto una pequeña revolución. Al parecer contemplaron la idea de darle a éste, que todos sabían que sería el último, el título de Everest (no por la montaña, sino por una marca de cigarrillos que fumaban), e irse Nepal para hacerse una foto al pie del famoso peñasco. Desde luego, la idea era delirante, principalmente porque por aquellos días los Beatles no habrían ido juntos ni a comprar tabaco. Al final, alguien propuso cortar por lo sano, bajar a la calle y hacerse algunas fotos cruzando el paso de cebra que había frente a los estudios de EMI, en St John's Wood, Londres. Lennon llamó a un fotógrafo amigo suyo y el resto es historia. Y éste es el tipo de tontería de la que están hechos los mitos.

Mi amigo noruego (déjenme considerarlo un amigo) cuenta que en su adolescencia viajó a Londres con Interrail, y que lo primero que hizo al llegar a la ciudad, sin preocuparse por comer o buscar alojamiento, fue tomar la línea de metro Jubilee, bajarse en la estación de St John's Wood, y acudir en peregrinación al famoso paso de cebra para emborracharse del espíritu beatle que, sin duda, inunda aquel lugar. Y de paso hacerse algunas fotos. Después ha estado allí otra media docena de veces. Cuenta que ha cruzado la calle andando, corriendo, caminando hacia atrás y a la pata coja, y que ahora se entrena para hacerlo andando sobre las manos. Y les aseguro que yo lo comprendo.

Lo que me frustra de todo esto es que también yo fui a Londres en mi adolescencia y juventud, varias veces. Pero nunca se me ocurrió acudir en peregrinación a Abbey Road. Recientemente he estado en Liverpool, sí. Me he tomado unas pintas en un sucedáneo de The Cavern que hay allí. Incluso me compré una camiseta con la leyenda Mersey Beat! (por cierto, me costó horrores encontrarla de de mi talla). Pero ahora me doy cuenta de que, al no cruzar en su momento el puñetero paso de cebra, me perdí algo esencial. Nada menos que la posibilidad de contarlo ahora. Aún podría ir, por supuesto, pero sospecho que ya es demasiado tarde. Me daría vergüenza perpetrar el numerito del cruce y la foto con todos esos turistas mirando. Igual que me da vergüenza reconocer, 29 años después del asesinato de Lennon, que yo siempre preferí a McCartney.

sábado, 1 de agosto de 2009

Un pequeño homenaje al Boss

Ojalá la hubieras tocado la otra noche en Benidorm. Pero te perdonamos por todas las que sí tocaste. Gracias por alimentar todavía nuestros sueños.


Carretera del Trueno
Bruce Springsteen
Trad. Eloy M. Cebrián


La puerta bate en el porche
El viento mece el vestido de Mary
Como en una visión ella baila ante la casa
Mientras suena la radio
Roy Orbison canta para los solitarios
Y aquí me tienes, he venido a buscarte
No me cierres la puerta de nuevo
No soporto la idea de verme otra vez solo
Y no corras a esconderte
Cariño, sabes muy bien qué me trae aquí
Estás asustada y piensas
Que a lo mejor no somos ya tan jóvenes
Pero ten un poco de fe, hay magia en la noche
Aunque no seas una belleza, no estás nada mal
Y con eso a mí me vale

Puedes esconderte bajo las sábanas
Y estudiar tu dolor
Pasar lista a tus amantes
Arrojar rosas a la lluvia
Malgastar tu verano suspirando
Que un salvador te saque de estas calles
Ya sé que no soy un héroe
Eso está claro
Toda la redención que yo puedo ofrecerte
Está bajo este sucio capó
Pero nos queda una oportunidad para hacerlo bien
Qué otra cosa queda por hacer
Sino bajar la ventanilla
Y dejar que el viento alborote tu pelo
Mira la noche abierta de par en par
Y estos dos carriles que llevan a todas partes
Nos queda una oportunidad para hacerlo real
Para cambiar nuestras alas por cuatro neumáticos
Sube, el cielo nos aguarda en las carreteras

Ven, dame la mano
Esta noche saldremos para allanar la tierra prometida
Carretera del Trueno, Carretera del Trueno
Tumbada ahí fuera como un asesino al sol
Sé muy bien que es tarde pero podemos llegar si corremos
Oh, Carretara del Trueno,
Toma asiento, agárrate bien,
Carretera del Trueno.

Tengo esta guitarra
Y he aprendido a hacerla hablar
Y mi coche está ahí fuera
Si estás lista para emprender el largo camino
Que hay entre tu porche y mi asiento delantero
La puerta está abierta, pero el viaje no es gratis
Y sé que está sola
Y que hay palabras que no he dicho
Pero esta noche seremos libres
Y romperemos todas las promesas

Vi fantasmas en los ojos
De todos los muchachos que rechazaste
Recorren las polvorientas carreteras de la costa
Al volante de Chevrolets quemados hasta las cenizas
Tu toga de graduación yace hecha jirones a sus pies
Y en el solitario frío que precede al amanecer
Oyes el rugido de sus motores
Pero cuando te asomas al porche ya se han ido
Con el viento
Así que, Mary, súbete,
Esta ciudad está llena de perdedores
Y yo me largo de aquí para ganar



sábado, 6 de junio de 2009

Se acabó Murphy

Después de 16 meses sin faltar una sola semana, La Ley de Murphy llega a su fin. Como ven, la crisis puede con todo, hasta con esta columna que ha resultado mucho menos longeva de lo que yo preveía. Ha sido una decisión en buena medida voluntaria, aunque tengo que reconocer que ayer, el primer día que el periódico apareció sin mi colaboración, no puede reprimir un ligero arrebato de nostalgia. Pero ha sido una estupenda experiencia de la que han resultado algunas páginas que tal vez merezcan la pena. Ahora, al menos durante un tiempo, prefiero abandonar la columna semanal y dedicarme a otros proyectos, en concreto a una nueva novela. Tengo también algún otro material que podría ver la luz en los próximos meses. Todo ello lo iré anunciando en este blog, aunque me temo que a partir de este momento su actividad va a quedar muy restringida. Mi intención es publicar una colección de los artículos más aprovechables que han aparecido aquí en forma de libro, que vería la luz en el último trimestre de este año. Hasta entonces, un abrazo y muchas gracias por dejaros caer por aquí.

jueves, 28 de mayo de 2009

The Matrix has you

A Neo, el héroe de la película Matrix, le aparece en la pantalla de su ordenador aquello de The Matrix has you («Matrix te tiene»). Luego se da cuenta de que la realidad no es más que un simulacro creado por un súper programa informático. Y resulta que todos vivimos dentro de ese simulacro, formamos parte de él. La alegoría es apasionante porque tiene mucho de real. Google has you. Me imagino que todos ustedes han probado a buscarse en internet. Hay quien, sin confesarlo, lo hace varias veces al día. Una antigua alumna me dijo que desconfía de todo aquel que no esté en Google, pues le parece que tiene algo que ocultar. Yo no iría tan lejos, porque, a diferencia de esta chica, he vivido la mayor parte de mi vida sin ordenadores y sin internet. Pero tiene razón en que casi todos habitamos en los bancos de memoria del famoso buscador, y ello sin necesidad de ser personas públicas o conocidas. Basta con que figuremos en el directorio de nuestro lugar de trabajo, o sencillamente con que nuestro nombre aparezca en algún documento público. Probé con el nombre de mi abuelo, que murió hace más de 40 años, y lo encontré en la web de la Diputación a propósito una cuestión de lindes entre fincas. Los sabuesos de Google (cuyo nombre técnico es «arañas») llegan a todos sitios, nadie escapa. Son como los agentes de Matrix, esos tipos con trajes oscuros y gafas de sol que en realidad no eran otra cosa que programas de ordenador, aunque con muy mala leche.

Tengo un viejo amigo que vive y trabaja en Valencia. No nos vemos mucho, pero seguimos en contacto gracias al correo electrónico. Hace poco se nos ocurrió un juego que tiene mucho que ver con lo que estoy contando. Puesto que ambos estuvimos en el mismo colegio mayor, acordamos competir para ver quién era capaz de cazar a un número mayor de antiguos condiscípulos. Se trataba de localizarlos en internet, claro, con puntos extra si además encontrábamos una foto actualizada del compañero en cuestión. Él se anotó el primer tanto al dar con Mariano, al que yo recordaba como un muchacho bastante bruto que cantaba jotas y se dirigía a todos como «maño». Había cambiado lo suyo: ahora lucía perilla y tenía un aspecto tirando a sofisticado, un poco a lo psicoanalista argentino. De hecho, se había convertido en profesor de una facultad de psicología. Yo contraataqué con el inesperado hallazgo de un compañero al que llamábamos «el Pajas», célebre por medir más de dos metros y practicar con asiduidad en vicio de Onán. No había transcurrido ni una hora cuando mi amigo dio con un tipo de Villajoyosa apodado «el Animal» por su aspecto de licántropo y sus hábitos poco higiénicos. Y con esta jugada se anotó dos puntos, pues no sólo había encontrado su foto, sino todo un vídeo en el que el antiguo «animal», ahora calvo y hecho un pincel, les mostraba a Felipe y Letizia la importante empresa chocolatera de su familia, de la que ahora es director general. Absorto como estaba en el juego, no cejé hasta dar con «el Guanche», que además de canario era feísimo por un problema agudo de prognatismo facial. Y lo sorprendente es que se había operado la mandíbula y estaba hasta guapo. Mi amigo envidó a grande con Pedro Saura, y lo tuvo fácil, porque el susodicho se ha convertido en un capitoste del PSOE y lo complicado era no encontrárselo. Había un montón de vídeos en los que hablaba y hablaba, y curiosamente sin apenas trazas de su antiguo acento murciano. Inasequible al desaliento, revolví los infinitos desvanes de Google hasta que di con Arturo Blasco, un muchacho de Castellón que por entonces estudiaba arquitectura. Pero fue un hallazgo teñido de misterio, pues todas las páginas en las que se le mencionaba estaban escritas en rumano.

No voy a revelar quién de los dos resultó vencedor en el juego, aunque sí diré que hace poco he sido yo el cazado. No hará más de dos días que recibí un e-mail de Mario Hernández, un compañero mexicano que el curso 81-82 hacía un máster en la Universidad Politécnica de Valencia. Mario y yo nos hicimos muy amigos. Llegó a pasar algún fin de semana en Albacete, y conservo algún vago recuerdo de él pegándose un filete monumental con una chica de mi pandilla (a principios de los 80 un latinoamericano todavía resultaba exótico, y las rojillas de la época se pirraban por ellos). Al cabo de 28 años sin noticias de Mario recibo este mensaje suyo, como una botella arrojada al océano de internet. Me cuenta que vive en Monterrey, que es visitador médico y que tiene esposa, tres hijos y una cotorra que se llama Ricky. También me dice que ya peina canas. Yo le contesto que estoy exactamente igual que entonces, puede que incluso algo más estilizado. El problema es que hay unas cuantas fotos mías en la red, así que dudo que se lo haya tragado.

Qué previsibles resultamos los seres humanos. Contamos con una tecnología con la que no podíamos soñar hasta hace pocos años, una auténtica tecnología del futuro, y la usamos sobre todo para bucear en nuestro pasado. The Matrix has you. Cuídense.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 29/5/2009

viernes, 22 de mayo de 2009

Habierto hasta el amanezer


Gianluca es uno de los dos jóvenes italianos que regentan la cafetería Athik, en la calle Teodoro Camino. Acudo allí casi a diario al reclamo de su excelente café y de la cordialidad de sus propietarios. ¿No les parece que uno acaba desarrollando una complicidad especial con quien le sirve el café día tras día? Se empieza hablando del tiempo y se termina hablando de casi todo, hasta que descubres que quien está al otro lado de la barra ya no es sólo un camarero, sino un verdadero amigo. No quiero omitir que Gianluca es un tipo encantador, y eso que con su metro noventa y pico de estatura, su cráneo pelado y sus aros en las orejas resultaría perfecto para representar el papel de chico malo de la película.

De películas va precisamente este artículo. Ocurre que, además de italiano y buen mozo, Gianluca es también cinéfilo, por lo que asiste con frecuencia a las proyecciones de la Filmoteca. Hace poco me contaba que le molesta encontrar tantos errores en los folletos que la Filmoteca distribuye para anunciar su programación. Se refería, en concreto, a la abundancia de erratas en los títulos originales de las películas y en sus repartos. Como ejemplo, mencionaba la película Abierto hasta el amanecer, de Robert Rodríguez, recientemente proyectada. En el folleto, su título original aparecía como From Dusk Till Down, cuando lo correcto no sería «down» sino «dawn». Roma città aperta aparecía como Roma citta aperta, sin la tilde preceptiva en italiano, igual que Non è giusto, que figuraba como Non e giusto. A Elisabetta Rocchetti la habían rebautizado como Elissabetta Rochetti, y a la pobre Margherita Buy le habían cambiado el nombre por lo menos dos veces. Yo mismo certifiqué los gazapos observados por Gianluca en la página web de la Filmoteca, con algunos hallazgos más de mi propia cosecha, como la película El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders, que aparece como Der Himmel uber Berlin, sin la diéresis (o umlaut) en la preposición über.

Todo esto puede parecer pecatta minutta, pero no me resulta difícil ponerme en el lugar de Gianluca e imaginarme residiendo en una ciudad italiana donde se ha programado un ciclo de cine español en el que se anuncia las películas Mar adrentro, de Alexandro Amenavar, y Mugieres al borde de un ataqe de nerbios, de Piedro Aldomovar, con Carmen Miura de protagonista. Me imagino que no me sentaría muy bien leer semejantes dislates, y que mi primera idea sería que los programadores de esa hipotética filmoteca italiana no estaban demostrando un gran aprecio por mi idioma y mi cultura. Y así es exactamente como mi amigo se sentía, a pesar de que su devoción por nuestra filmoteca local. Finalmente resolvió escribirle un e-mail a la institución señalando todo esto, y sugiriendo una base de datos de internet donde se puede consultar la ficha técnica de cualquier película con todo rigor.

Pero lo verdaderamente sorprendente de este asunto es el e-mail que recibió en respuesta, una notita rezumante de chulería y mala baba en la que le agradecían su celo, aunque le mostraban su sorpresa por el hecho de que dedicara tanta atención a algo tan «desechable» como un folleto, para a continuación señalarle que en su carta usaba la palabra «error» cuando lo correcto habría sido decir «errata». Todo esto ya lo ha contado el propio Gianluca en una carta al director aparecida en este mismo diario. Con todo, como ciudadano de Albacete y persona vinculada a su mundillo cultural, no quiero dejar de sumarme al malestar de mi amigo por lo que considero un auténtico despropósito. Y he dicho malestar cuando lo adecuado sería decir cabreo, pues nada me cabrea tanto como que una institución dedicada a la cultura (una institución, recordémoslo, que todos pagamos) responda a las críticas de los ciudadanos de un modo tan cateto, con desplantes en lugar de disculpas, con la petulancia de quien no quiere reconocer los errores (que no erratas) y se presume por encima de toda crítica.

Quiero pensar que quien respondió al e-mail de Gianluca no hablaba en nombre de la Filmoteca. Prefiero imaginar que se trataba de alguien con un mal día que pasaba por allí y abrió el correo electrónico por casualidad. Porque si es así como se las gastan, les rogaría que me dieran de baja de ese eslogan de «la filmoteca de todos» que usaron en el correo de respuesta al de mi amigo. Por otro lado, es una verdadera lástima que incidentes de este tipo empañen la labor de una institución que ha trabajado mucho y bien por la cultura de Albacete, con una programación amplia, variada y de excelente calidad. En eso estamos de acuerdo Gianluca y yo, así como los miles de ciudadanos que desfilan cada temporada por el antiguo cine Capitol, y que consideran un auténtico lujo poder disfrutar de una filmoteca de semejante nivel en esta época de multisalas, deuvedés y palomitas, cuando el centro de la ciudad ha sido despojado de sus viejos y añorados cines de siempre. Confiemos en que la institución se mantenga fiel a su tradición de rigor y calidad y procure que sus folletos informativos sean en el futuro algo menos «desechables». Aunque acabo de mirar su web oficial y la película de Robert Rodríguez sigue titulándose From Dusk Till Down, que viene a ser lo mismo que Habierto hasta el amanezer. En fin, Gianluca, un macchiato, por favor.

sábado, 16 de mayo de 2009

A cañonazos no, por favor

Hace unos días comparecieron ante la prensa los concejales Sotos y Gualda, el primero en calidad de Concejal de Sostenibilidad y Medio Ambiente, y la segunda no sabemos en calidad de qué, porque de lo que venían a hablar era de ruido. Pero seamos bienpensados y supongamos que, puesto que el ruido no deja de ser una cuestión de educación y de cultura, el asunto tenía que ver con el área de la concejala de IU. En cualquier caso, venían a anunciar que nuestra ciudad va a contar con un «mapa del ruido» a partir del año que viene, y que para ello se van a destinar 85.000 euros de las arcas públicas. Lástima no haber sabido antes que esto de la cartografía acústica era tan lucrativo, pues de buena gana habría cambiado mis estudios de filología por una profesión con tanto futuro.

En un reciente artículo, observa mi amigo Gregorio Salvador que la elaboración de semejante mapa, además de cara, le parece superflua, ya que bastaría con escuchar las quejas de los vecinos para trazar de forma muy precisa la geografía del ruido en nuestra ciudad. Por desgracia, a los problemas de ruido se suma el grave problema de sordera que aqueja desde siempre a nuestro ayuntamiento. Después de tantos años de hacer la vista gorda ante tantos desmanes, no podemos evitar que el anuncio de Sotos y de Gualda nos suene a coartada, cuando no sencillamente a burla. Con todo, tras husmear un rato por internet descubro que una directiva europea obliga a la elaboración de estos estudios de contaminación sonora o «mapas de ruido». Junio de 2007 era el plazo para los municipios de más de 250.000 habitantes. En las ciudades más pequeñas cabe suponer que el alboroto sea algo más tolerable, por cuanto la ley marca un plazo más amplio, en concreto hasta el 2012. No sé si estoy de acuerdo con eso de que a ciudad más pequeña, menor cantidad de ruido. La nuestra, sin ir más lejos, es una población de modesto tamaño, pero con una infinita capacidad para producir decibelios. Con el agravante de que somos menos los habitantes para repartirlos.

Escribo estas líneas un domingo por la mañana. Ahora mismo la calle permanece silenciosa, mis vecinos parecen haberse marchado en pos de alguna actividad dominguera, y mi hijo ha decidido darles tregua a la consola y la televisión. De lunes a viernes, sin embargo, el despacho donde escribo esta columna sufre un asedio inmisericorde y brutal, el del vecino conservatorio Tomás de Torrejón y Velasco, cuya fachada prácticamente linda con la mía. Lo he denunciado antes y no quiero parecer pesado, pero imaginen que todos los hijos de sus vecinos son estudiantes de música y se ejercitan sin descanso con sus instrumentos (pianos, trompetas, timbales, xilófonos, clarinetes, violines), y así de la mañana a la noche. Supongan también que las habitaciones de estos estudiantes cuentan con aislamiento acústico y dobles ventanas, pero que los chiquillos están aquejados de claustrofobia y les resulta imposible ensayar sus partituras sin abrir las ventanas de par en par. Y ello ante la pasividad de los padres de las criaturas (léase profesores y equipo directivo), que han decidido que la ingente cantidad de ruido provocada por los chicos no es algo que les concierna. Y ahora imaginen a un desgraciado que trata de leer o de escribir o de vivir en medio de semejante estruendo. Pues bien, ese desgraciado es quien esto firma. A su pesar, un auténtico experto en ruidos.

Tanto es así que estoy por ofrecerme para elaborar ese conflictivo mapa a un precio mucho más ventajoso que los 85.000 euros presupuestados. Y si me paro a pensarlo, la idea me resulta hasta poética. Sería algo parecido a esas cartas que usaban los navegantes antiguos, con dibujos de leviatanes y monstruos fabulosos, y costas trazadas de forma incierta que a veces llevaban el rótulo de Terra Incognita. Por lo que respecta a nuestros responsables municipales, los territorios del ruido son una auténtica tierra desconocida, pues de otro modo no se explica que un problema tan serio se aborde con semejante indolencia e ineptitud. Otra posibilidad sería trazar el mapa del ruido a semejanza de un mapa topográfico (¿o acaso los ingenieros de sonido no hablan también de «crestas» y de «valles»?). En ese caso sería llamativa la diferencia entre el mapa físico de nuestra ciudad, tan moderada en relieves y parca en desniveles, y su mapa sonoro, que se parecería de forma muy llamativa a un mapa del Himalaya, con «La Zona» y otras zonas de terrazas, obras, botellones y tráfico constante señaladas con los tonos oscuros de los «ochomiles», y todo un laberinto de riscos, gargantas, macizos y despeñaderos donde han fijado sus bastiones los señores del ruido, de la bulla y de la mala educación. Puestos a darle una utilidad, que ese mapa se use del mismo modo que los planos militares, que quienes tienen autoridad para ello asuman el papel de generales y borren del mapa sonoro a todos esos ruidosos desaprensivos, enemigos declarados de nuestra calidad de vida. Pero que no sea a cañonazos, por favor.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 15/5/2009

viernes, 8 de mayo de 2009

Miedo

Vivo en un piso tirando a pequeño, en la zona centro de la ciudad. En mi casa no andamos sobrados de espacio, si bien cada una de las viviendas disfruta del uso de un cuarto trastero. Es cómodo esto de tener trastero. O debería serlo. Con los tiempos que corren, un trastero podría incluso considerarse un modesto lujo. Pero el mío ha terminado por convertirse en una pesadilla. Trato de pensar en el trastero lo menos posible. Me gustaría eliminarlo de mi mente como el recuerdo de una experiencia traumática. Pero no basta con desearlo. Y allí sigue, a pocos metros sobre mi cabeza, reventando de objetos inútiles que son como fantasmas de vidas anteriores. Debería subir y vaciarlo por completo. Sacar todos esos trastos de allí y llevarlos a un centro de reciclaje, o al vertedero, o tirarlos al mar. Estoy seguro de que mis vecinos lo hacen. Es verdad que uno no va por ahí enseñando su trastero, igual que no enseña su cesto de la ropa sucia. Pero estoy convencido de que los trasteros de mis vecinos no se parecen en nada al mío. Los imagino como almacenes en miniatura, luminosos y diáfanos, con espacio de sobra para moverse dentro de ellos, y todos los objetos dispuestos conforme a un orden lógico que los hace localizables al instante. Los trasteros de mis vecinos no son sino otra habitación de su vivienda, nada de lo que avergonzarse. El mío, en cambio, es un territorio caótico, peligroso. Un diminuto reino de la confusión que podría estar en una zona de guerra, o en la jungla, o en otro planeta.

Mi trastero me da miedo. Muchas veces lo oigo susurrarme con su voz oscura de caverna. Me tapo los oídos y de nada sirve. «Nunca te desharás de mí», me dice. «Soy tu mala conciencia», me dice. «Me has alimentado durante años con cientos de objetos que fueron para ti valiosos o necesarios, pero de los que luego decidiste olvidarte. Y nunca tuviste el valor de deshacerte de ellos. Tu ropa vieja: abrigos pasados de moda, pantalones agujereados, camisas que ya no podrías abrocharte, zapatos de suelas despegadas con los que caminó un muchacho que se parecía lejanamente a ti. Tus ordenadores obsoletos con disqueteras de cinco y cuarto, discos duros raquíticos y procesadores a 20 megahercios. La mesita de metacrilato que en su momento te parecía moderna y elegante. Los juguetes de cuando tu hijo era pequeño. Un cochecito de bebé que nunca más recorrerá las calles. Un patinete roto. Una tabla para hacer abdominales de cuando aún creías que volverías a tener abdominales. Borradores de libros ya publicados y olvidados, y de otros que nunca vas a publicar. Cuadros y fotos enmarcadas que un día colgaron de tus paredes, hasta que empezaron a parecerte absurdas o de mal gusto. Un extintor descargado que ya no apagará ningún fuego. Un abeto de plástico cubierto por una fina nevada de polvo, y junto a él una cesta llena de bolas de colores y espumillón, espíritus tristes de navidades pasadas. Dos cajas repletas de las casettes que escuchabas cuando estabas en la universidad, en las que puede que todavía esté grabada tu voz de entonces. Estos son mis poderes. Estos mis músculos y mis vísceras: los objetos de los que decidiste olvidarte pero nunca te atreviste a tirar». Así me habla mi trastero. Lo oigo en pleno día, mientras leo o corrijo exámenes. Pero es por las noches cuando su voz se vuelve más poderosa, mientras estoy acostado y me deslizo lentamente hacia el sueño. Entonces el susurro se convierte en un rugido, y siento mi trastero como una bestia agazapada dispuesta a saltar sobre mí y arrastrarme hasta sus dominios, el país de las cosas olvidadas, el ámbito desdibujado e inerte del pasado. Y no debo permitir que eso ocurra. Pero voy a necesitar un plan.

Veamos. Tal vez este domingo por la mañana. Sí, la mañana del domingo es propicia para perpetrar crímenes a plena luz. Las calles están casi vacías. Si acaso podría verme uno de esos señores en chándal con un enorme fardo de periódicos y suplementos bajo el brazo, pero dudo que reparase en mí con su mirada sonámbula de quien ha madrugado sin necesidad. Mis vecinos seguramente estarán dormidos, y yo podré aparcar el coche junto a la puerta y llenarlo con todo el contenido del trastero. Hay muchos vertederos de escombros alrededor de la ciudad. Cuatro viajes serían suficientes. Y una vez tuviera todos los cachivaches amontonados a la intemperie, en un lugar discreto, sería hermoso prenderles fuego y ver cómo el humo y las cenizas ascienden hacia el cielo. ¿Pero para qué engañarse? Sé que ni siquiera seré capaz de acercarme a la puerta del trastero, y mucho menos de adentrarme en el estómago de la bestia, con el riesgo de quedar sepultado bajo un alud de cajas, maletas y detritus acumulados durante tantos años. Lo más sensato sería traer a un albañil para tapiar esa puerta y tratar de olvidarme del cubículo tenebroso que acecha detrás. De vez en cuando seguiría oyendo su voz airada, sus reproches, pero esa voz sonaría más apagada cada día. Y en el futuro hasta podría vender mi casa y mudarme a otro piso. Un piso nuevo con un trastero enorme, soleado y vacío. ¿Quién no ha soñado alguna vez con empezar de nuevo?

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 8/5/2009

domingo, 3 de mayo de 2009

Libros y olvido

Escribo esta columna dos días después del Día del Libro, y ustedes la leen a más de una semana de distancia de esa fecha. Esto me ratifica en mi papel de columnista con poco apego a la actualidad, aunque por otro lado resulta adecuado hablar del Día del Libro cuando nadie se acuerda de él. ¿O es que alguien se acuerda del libro salvo ese día, y muchas veces ni siquiera entonces?

Uno de los libros más interesantes que han pasado últimamente por mis manos (nótese que no uso el verbo «leer») es un ensayo titulado Cómo hablar de los libros que no se han leído, del profesor francés Pierre Bayard (Anagrama). A pesar de que el título suena a coña marinera, lo cierto es que sus páginas reflexionan de un modo muy serio sobre el acto que denominamos lectura, y que en realidad se parece más a la no-lectura. Nadie puede aspirar a leer una parte significativa de lo que se publica, ni siquiera de la pequeña parcela de libros que merecen la pena. Pero es que además todo lector, incluso los más voraces, tiene una lista personal de lecturas pendientes que no sólo es mucho más larga que la de las ya realizadas, sino que además crece de día en día. Y a esto se une la fragilidad de la memoria humana. Si repaso mi biblioteca, no es raro que encuentre en ella libros que me acompañan desde hace muchos años, tantos que ya no puedo estar seguro de si los he leído o al menos hojeado, o si sencillamente fueron comprados y depositados en la estantería en espera de un momento propicio que jamás llegó. Al igual que todas las bibliotecas personales, la mía es un pozo sin fondo que se ahonda a mucha más velocidad de la que soy capaz de llenarlo.

Afirma Pierre Bayard que un auténtico experto en libros (profesores, críticos, bibliotecarios) rara vez se caracteriza por lo extenso de sus lecturas. Y hasta es posible que un exceso de lecturas resulte contraproducente. Puede ocurrir que los árboles no dejen ver el bosque; en otras palabras, que el hecho de prestar demasiada atención a libros individuales impida tener una visión del conjunto. Un profesor universitario puede pasarse horas enteras pontificando sobre En busca del tiempo perdido o el Ulises sin haber leído jamás esas obras, si acaso por resúmenes o extractos. No es raro que un crítico recomiende o proscriba un título que sólo conoce por una breve incursión que tal vez no haya ido más allá de sus solapas. Otra cosa es que lo reconozcan.

Volviendo a la cuestión del Día del Libro, creo que las ideas de Bayard sobre la no-lectura y el olvido son extrapolables al mundo de la política cultural. Desde hace unos años procuro tomar un antiácido el día 23 por la mañana, pero aun así siempre consiguen que acabe la jornada con cierto malestar gástrico. Ya sabemos que la cultura es el pariente pobre de la política, un área propicia para el gesto vacuo, la frase altisonante y las promesas que a nada comprometen. Todo el mundo protesta si tiene socavones en su calle, pero a nadie le importa un comino que en su ciudad o su región se practique una política cultural inane. ¿Saben que todavía pululan por los institutos ejemplares de aquella edición de El Quijote que el presidente Barreda nos regaló hace tres años, y que tuvo la gentileza de prologar en persona? No sé cuántos cientos de miles de ejemplares se imprimieron ni a qué coste. Lo que sí tengo comprobada es su utilidad para calzar el obsoleto mobiliario de muchas dependencias escolares. Pintoresca también la campaña institucional de animación a la lectura de este año. Me refiero a esos anuncios en los que se ve a Iniesta, Joaquín Reyes y otros castellano manchegos de éxito con un libro en las manos. «Mira, mira» parecen decirte. «No hace falta ser un desgraciado para que te guste leer».

En cuanto a la política municipal en relación al libro, no me han pasado por alto esos carteles con citas literarias que han aparecido en los autobuses urbanos, imagino que con el único propósito de que la alcaldesa y la concejala de cultura pudieran hacerse su foto para la prensa («porque yo lo valgo»). También está esa verbena del Altozano, con sus cuentacuentos, sus mimos y sus saltimbanquis, que tanto contribuyen a la causa del libro y de la cultura en general. No deja de ser curioso que una ciudad como Cuenca, más modesta que la nuestra en muchos aspectos, celebre una excelente feria del libro, con presencia de librerías de toda la región, de editoriales y de autores conocidos, mientras que nosotros hemos de contentarnos con la feria del libro usado, amén de la ya referida verbena del 23 de abril y sus simpáticos cuentacuentos. Claro, que tenemos la Casa de Cultura José Saramago, tan periférica que ni siquiera el propio Saramago fue capaz de encontrarla el día de su inauguración. También tuvimos un pequeño premio de novela, el «Rodrigo Rubio», pero se le dejó morir de puro abandono hace ya varios años. Y mientras tanto el servicio de publicaciones de la Diputación, que tanto hizo en su día por apoyar la creación literaria, sigue imprimiendo calendarios y folletos, y relegando a los nuevos autores de Albacete, tan necesitados de un espaldarazo, al ninguneo y al olvido.

Libros y olvido. Qué bien han entendido nuestros responsables políticos este concepto.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 1/5/2009

martes, 28 de abril de 2009

Cartas desde la cárcel



Han pasado algunos años desde la aparición de mi novela Bajo la fría luz de octubre, ambientada en Albacete en los días de la república, la guerra civil y la primera posguerra. No es la única novela que he publicado, pero sí aquella con la que mantengo una relación más estrecha. De hecho, la familia republicana que la protagoniza es mi propia familia: mis abuelos, mis tíos, mi padre... Sus vivencias eran una parte de mi historia familiar, muy parecida a tantas otras historias y vidas malogradas por el conflicto. Así pues, el libro se convirtió en mi oportunidad de aprender acerca de aquellos hechos que determinaron el destino de mis mayores de un modo tan aciago, en una ventana abierta al pasado por la que atisbar lo que hasta el momento había permanecido oculto. Y también en un humilde intento de dar voz a quienes habían sido silenciados durante tantos años. La narradora que desgranaba sus recuerdos no era otra que mi tía Maruja, la mayor de las hermanas de mi padre. Fue ella quien, a lo largo de una serie de entrevistas, me narró sus recuerdos de aquellos días. Al final de la novela, la muchacha que entonces era se asoma al balcón y observa el regreso de su padre tras varios años de cautiverio. Y tiene que hacer un esfuerzo para reconocerlo, pues el que regresa es un hombre cansado y vencido que se parece muy poco al que ella recuerda. La derrota de su padre es la derrota de una idea de España, y Maruja siente lástima por él, por su familia y ella misma, por todos los vencidos: «Sentí lástima por todos los que habíamos tenido que crecer en aquel tiempo oscuro de miedo y violencia. Mientras tanto, mi padre me había visto en el balcón y agitaba la mano hacia mí con los ojos llenos de lágrimas. Pero yo seguí allí, quieta bajo la fría luz de octubre, incapaz de responderle o de gritar para que todos supieran que nuestro padre estaba otra vez en casa. Porque la enorme tristeza que vi en su rostro, avejentado por las privaciones y el sufrimiento, me hizo comprender algo que tiñó de amargura la alegría de su regreso. En un instante supe que la guerra no había acabado ni podría acabarse nunca, y que el terror de aquellos días seguiría contaminando para siempre nuestra existencia. Porque tantos muertos, tantas juventudes malogradas, tanto dolor y tanto odio no iban a borrarse de nuestra memoria como un simple mal sueño. Porque el mundo era ahora un lugar más inhóspito de lo que había sido antes de que se desatara aquel horror.»


Ésta era precisamente la idea con la que se cerraba la novela, la de que la guerra no constituye un hecho cerrado, sino un desgarro permanente en el tejido de nuestra memoria como nación, un eco de dolor y de pérdida que todavía reverbera en el interior de muchos españoles. Entonces comprendí que no cabe contemplar nuestra guerra civil como un período pretérito de nuestra historia, simple materia de libros y de eruditos, sino como algo todavía vivo y sangrante. Lo que estaba lejos de sospechar cuando terminé mi novela era el alcance real de la tragedia, el modo en que las ondas sísmicas del conflicto han alcanzado a varias generaciones a muchos años de distancia, no sólo a las personas que conservan recuerdos de aquellos años, sino también a sus descendientes. Gracias al modesto éxito cosechado por el libro, he tenido ocasión de entrar en contacto con algunas de estas personas. Durante encuentros con lectores y presentaciones literarias, ellos han tomado la palabra para contar su historia. En numerosos casos se trataba de hombres y mujeres jóvenes, nacidos en los sesenta o los setenta. Aun así, ellos todavía sienten sus vidas lastradas por la ignominia cometida con sus abuelos. Ahí estaba el dolor intacto de las heridas jamás cicatrizadas. Ahí estaba la amargura de tantos años de vergüenza y silencio. Y con sus testimonios crecía mi convicción de que el olvido no es una receta válida para reparar las injusticias ni para restituir la dignidad perdida. Para esas personas, silencio y olvido no han sido en modo alguno un bálsamo, sino la misma sal de sus heridas.
A despecho de quienes predican que es necesario olvidar y pasar página, muchos insistimos ahora en hablar de «memoria histórica», pues la memoria es el único remedio para curar las heridas del recuerdo. Memoria histórica y dignidad. Una sepultura digna para todos esos españoles que yacen en fosas anónimas. Y una justicia nueva para reparar las viejas injusticias. Pero la memoria necesita nutrirse. Mi tía alimentó la mía con sus palabras y murió apenas un mes después de que se publicara mi novela, que para ella no fue sino un homenaje a la figura de su padre. ¿Qué habría pasado si yo nunca hubiera decidido escribir ese libro? ¿Adónde habría ido a parar el testimonio de mi abuelo, de sus años de prisión injusta, del sufrimiento de su familia? Me pregunto cuántas de estas historias de la guerra se han perdido de modo irreparable. Como parte esencial de mi legado familiar, hoy conservo la sentencia de mi abuelo, emitida por el juzgado militar de Albacete por el procedimiento sumarísimo de urgencia y fechada el 2 de septiembre de 1939, «Año de la Victoria». En virtud de esta sentencia, Eloy Cebrián, natural de Bonete y vecino de Albacete, es hallado culpable de un delito consumado de auxilio a la rebelión militar y condenado a doce años y un día de prisión.


Mi abuelo sobrevivió y en mi familia se ha conservado vivo el recuerdo de la injusticia cometida con él, que ha llegado hasta mí en forma de palabras y de un documento, la copia al carbón de una sentencia que constituye un auténtico antídoto contra el olvido. Otras familias no tuvieron la misma suerte. En un artículo que publiqué hace unos meses, expuse el caso de una persona con la que trabé conocimiento, y más tarde amistad, a raíz de la aparición de mi novela. Mi amigo nació en Albacete en 1938, cuando la ciudad vivía los meses más terribles de la guerra. Su padre, que era ferroviario y socialista, fue apresado recién terminada la contienda. Lo ejecutaron en el 42, casi al mismo tiempo que a su esposa la enviaban a la prisión de Barcelona. Con apenas tres años, a mi amigo se lo llevaron a Cataluña para que estuviera más cerca de su madre, y es allí donde ha vivido desde entonces. Hoy es un hombre respetado que disfruta de su jubilación rodeado de sus hijos y de sus nietos. Pero él se ha negado a olvidar a aquel niño de cuatro años, con un padre fusilado por rojo y una madre presa en la cárcel de Barcelona.


Cuando se puso en contacto conmigo, mi amigo buscaba consejo para emprender una búsqueda. Pensaba equivocadamente que yo era un especialista en el tema de la guerra civil en nuestra provincia, por lo que me pedía ayuda para localizar algunos documentos relativos a su familia, en concreto las sentencias condenatorias de sus padres. Tuve que explicarle que en modo alguno era un experto, y que para escribir mi novela me había basado sobre todo en el testimonio oral de mis mayores, pero me ofrecí a realizar alguna consulta en su nombre. Eso fue en septiembre de 2007, y desde entonces mi amigo ha tenido que afrontar un descomunal despropósito burocrático, una peregrinación por más de una docena de archivos subdirecciones e instituciones penitenciarias que, a fecha de hoy, no ha rendido el menor fruto. Todo ello con el único propósito de obtener copia de unos documentos que expliquen por qué sus padres tuvieron que morir e ir a prisión hace setenta años. Y sin obtener más que excusas y vaguedades como respuesta: «no consta la existencia de dichos documentos», «las personas referidas carecen de antecedentes», «no figuran en estos archivos», «pregunte en otro sitio». De modo que la carpeta de mi amigo crece con esas muestras de la confusión y la negligencia administrativa. Pero él ya ha demostrado que no es de los que se rinden, y tampoco va a hacerlo en este empeño. Como tantos otros hijos y nietos de este país, su único propósito es limpiar el recuerdo de sus mayores, ensuciado hace setenta años por la injusticia y la violencia, y extraviado ahora en algún recoveco de la desmemoria administrativa.


Los documentos son esenciales cuando la verdad y la justicia han sido pisoteadas. Lo saben muy bien los dictadores. Tan pronto como comprende que su régimen se extingue, la principal preocupación de todo buen tirano es enterrar las pruebas de su arbitrariedad y su barbarie. Los documentos son botellas arrojadas al mar del tiempo. Y a veces los mensajes que contienen logran alcanzar las playas de la memoria. Dos de estos mensajes, dos voces desesperadas, han llegado recientemente a mis manos gracias a Antonio Selva, director del Instituto de Estudios Albacetenses y codirector de esta publicación. Son las últimas y estremecedoras palabras de dos personas ejecutadas por la dictadura. Ocultemos sus nombres. Digamos tan sólo que se trataba de un matrimonio de Albacete, y que ambos fueron apresados y juzgados de acuerdo con aquella funesta ley de responsabilidades políticas de 9 de febrero de 1939, el instrumento del que se valió el régimen para aplastar cualquier resto de sedición. Él, zapatero de profesión, fue ajusticiado el 28 de octubre del mismo «Año de la Victoria». La carta que ha llegado a mis manos fue escrita de su puño y letra. Va dirigida a sus «hijas, hijos, madre, cuñados, cuñadas y demás familia», y está fechada el 27 de octubre, es decir, el día anterior a la ejecución de su sentencia. Conforme avanzamos en su lectura, comprendemos que, aunque tan sólo lo separan unas horas del pelotón de fusilamiento, el hombre todavía ignora qué va a ser de él: «Madre, el motivo de no haber escrito antes obedece a que, como fuimos juzgados pidiendo el ministerio fiscal a los dos penas de muerte (se refiere a él y a su esposa), yo esperaba el fallo del consejo para habérselo comunicado, pero hasta la hora presente no sabemos qué suerte será la que Dios nos tenga designada [...]. Por lo pronto pedimos nuestra libertad, sea lo que Dios y los hombres quieran». Corroborando nuestra sospecha de que es ajeno a su inminente suerte, a reglón seguido el hombre hace referencia a próximas visitas, que nunca tendrán lugar, y realiza algunas recomendaciones con respecto a su vivienda confiscada y sus escasas pertenencias: «El día que comunicasteis conmigo, con tanto escándalo que se mueve en la comunicación, no os pude decir que si os es posible os llevéis al nene, y que hagáis porque os levanten la clausura de la casa, y que recojáis los cuatro chismes que nos quedaron, porque aunque malos y viejos, por lo menos servirán las camas para que esas desgraciadas criaturas puedan utilizarlas. Asimismo, debéis deshacer el taller (su taller de zapatero) y tomar la determinación que mejor creáis. También os digo que si alguna vez podéis venir, procurar venir para estar aquí los jueves por la tarde y así podéis comunicar el jueves conmigo, y el viernes con… (aquí menciona el nombre de su esposa). Solicitándolo, se dan comunicaciones especiales por las mañanas, pero éstas creo que son de pago y en ellas ya se entiende mejor la comunicación ». Por los testimonios que recogí de mi propia familia, sé que en la prisión provincial las visitas tenían lugar en un locutorio atestado donde reclusos y familiares, separados por un ancho pasillo, se veían obligados a desgañitarse para hacerse oír. Lo que ignoraba era la existencia de esas «comunicaciones de pago», aunque no resulta sorprendente que, como en tantas otras ocasiones, se montara un negocio en torno a la desgracia ajena. En cualquier caso, nos sorprende esta preocupación por asuntos tales como muebles y enseres en alguien que se encuentra en semejante trance, aunque tal vez el gesto de preocuparse por lo cotidiano fuera sólo un modo de sobrellevar el miedo y aferrarse a la vida. A continuación, el hombre se dirige a sus hijos mayores: «Procurar ayudar con vuestro mayor esfuerzo a vuestras tías y tíos, y no olvidéis asistir con todo vuestro cariño y esfuerzo a vuestros cinco hermanitos pequeños». Por último, pide perdón por su mala letra: «No os extrañéis de la letra, que no tengo los lentes y estoy al mismo tiempo muy emocionado, y no puedo continuar escribiendo más».


También a nosotros, a varias décadas de distancia, nos resulta difícil contener la emoción al leer las últimas palabras de aquel padre de siete hijos a punto de ser ajusticiado. ¿Qué saben de heridas abiertas quienes quieren enterrar en el olvido a este hombre y a tantos hombres y mujeres como él? ¿Qué pueden saber del dolor de aquella familia rota, de esos siete huérfanos que crecieron separados y marcados con el estigma de unos padres rojos y fusilados? Parece que algunos de ellos fueron recogidos por familiares, mientras que otros acabaron en el orfanato conocido como la Casa Cuna. Con todo, ignoramos qué fue exactamente de ellos, aunque nos gustaría pensar que pudieron reconstruir sus vidas y alcanzar algo de la felicidad que les fue arrebatada en la infancia. En cambio, aunque de forma indirecta, sí nos ha llegado el testimonio de una de las nietas. Se trata de la mujer que custodia las cartas, profesora universitaria en la actualidad. Según ella, su familia sufre todavía las consecuencias de aquellas muertes injustas. La ejecución de los abuelos abrió una herida en el tejido mismo del tiempo. Dos generaciones y setenta años después, la vieja herida todavía sangra.


Pero si doloroso es el testimonio del marido, aún resulta más sobrecogedora es la breve nota de despedida de la esposa, que sus familiares recibieron el día 11 de abril de 1940, nueve días después de ejecutarse su sentencia de muerte. Se trata de una pequeña tarjeta postal escrita por una mano que no era la de la reclusa, tal vez la de un funcionario o un sacerdote. Su letra solamente aparece en la firma, temblorosa y humilde letra de ama de casa a quien los estudios, probablemente, sólo le alcanzaban para estampar su firma: «Queridísimos madre, hijos y hermanos. A la hora de escribir estas líneas me encuentro en capilla y dentro de poco dejaré de existir. Mi último encargo a todos es que vivan unidos y se ayuden mutuamente. Usted, madre mía, compensando a mis hijos la pérdida de sus padres; vosotros, mis queridísimos hijos, obedeciendo y queriendo a la abuela como a mí me habéis querido y respetado. No lloréis, yo voy a reunirme con vuestro padre, y desde allí os bendeciremos. Para todos, mi cariño y mi último abrazo».


Dos botellas arrojadas al mar del tiempo. Dos gritos de desesperación que nos llegan desde la orilla más remota. Dos muertes injustas entre otras muchas. Se nos encoge el alma al pensar en ese matrimonio que se encuentra a tan sólo un paso de la muerte, ejecutados ambos con tan sólo unos meses de diferencia. Desde el horror y la impotencia, asistimos sobrecogidos a su drama: las débiles esperanzas del hombre, la resignación de ella, preparada para reunirse con su marido. Y no podemos evitar pensar en cómo sería su último instante, infinito y atroz, ante el pelotón de fusilamiento. Querríamos que todo esto hubiera ocurrido muy lejos de aquí, a un mundo de distancia, pero sabemos que no fue así, y que la reparación de aquellas injusticias es nuestra responsabilidad. Se dice que el silencio es una forma de honrar a los muertos. Pero ellos ya han recibido demasiado silencio. Dejemos que sus voces se oigan por fin. Por la dignidad. Por la justicia. Por la memoria.

Publicado en el nº 14 de la revista "Cultural Albacete", de abril de 2009

viernes, 24 de abril de 2009

Taller

Ando estos días ocupado con un taller literario que imparto para un grupo de adolescentes. No estoy seguro de que se pueda enseñar a otros a escribir (aunque a algunos autores muy reputados no les vendrían mal unas clases de gramática y redacción). En mi descargo diré que el taller no fue idea mía, sino de mi amiga Aurora Miñambres. Ella trabaja también en la enseñanza, y es uno de esos raros casos de profesores que conservan intacto el entusiasmo del primer día que entraron en un aula. No contenta con impartir sus clases de filosofía, a Aurora todavía le quedan ganas de dirigir un club de lectura con un grupo de sus alumnos del instituto Amparo Sanz. Me los había encontrado alguna vez en las librerías de Albacete, pues su profesora, como buena lectora que es, se ha encargado de inculcarles el amor por las librerías y el placer de hojear un libro en busca de ese algo especial que nos arrastra de una página a otra. Estos chicos, lectores voraces y por tanto escritores en potencia, son los alumnos del taller.

Siempre he dicho que uno de los principales problemas de dedicarse a escribir es el poco tiempo que esta actividad deja para leer. Ahora añadiré que el contacto continuado con el mundo editorial termina por empañar nuestra mirada como lectores. Nadie tan escéptico como un escritor a la hora de enjuiciar el fenómeno literario, tal vez porque todo escritor tiene que sufrir los mecanismos que rigen hoy en día el mercado del libro y sabe, por tanto, que éstos tienen más que ver con los gustos del mercado que con el mérito y la calidad. Conozco a un agente que ha decidido representar solamente a autores de novela histórica, pues según él es casi imposible interesar a las editoriales en otro tipo de producto (así lo llama él, «producto»). Podríamos agregar al lote de lo que hoy triunfa los libros de autoayuda, los de intrigas vaticanas y aquellos que llevan la firma de algún famosete mediático. Y pare usted de contar. Con honrosas excepciones, los libreros son reacios a aceptar libros que tal vez no tengan una salida fácil. Los distribuidores imponen márgenes abusivos y banalizan el mercado inundándolo de bazofia. En cuanto a las editoriales, hace tiempo que pasó a la historia aquella figura del editor al estilo Mario Muchnick, personas de vastísima cultura, enamorados de su oficio, auténticos buscadores de oro. El editor actual se parece más bien a un ejecutivo, y sabe mucho más de marketing que de metáforas.

Con semejantes premisas, resulta complicado enfrentarse a un grupo de jóvenes para hablar de libros, cuando uno empieza a tener la sensación de que apenas merece la pena leerlos, y mucho menos escribirlos. Pero han resultado ser un grupo de chicos y chicas muy especiales. Tanto que me están enseñando algo quizás más valioso de lo que yo les estoy enseñando a ellos. En concreto, me están recordando que debemos contemplar el libro con una mirada limpia y libre de cinismo, con la misma mirada que yo tuve hace muchos años, cuando leí por primera vez a Borges o a Lovecraft o a H. G. Wells y comprendí que, para bien o para mal, había entrado en un laberinto del que ya nunca podría salir.

¿Pero qué hay en los libros?

Impartimos el taller literario en el semisótano del instituto Bachiller Sabuco, ya saben, el hermoso edificio de la Avenida de España. A pocos metros del aula que nos han prestado para este fin está la «habitación cerrada» del instituto. Todo esto se lo conté el día que empezamos el taller. Se trata de un espacio de unos setenta metros cuadrados. Para que se orienten, queda debajo de la gran escalera central de mármol blanco. «¿Y qué tiene de especial esa habitación?», me preguntaron los chicos. Pues bien, lo que la hace singular es que no hay modo de entrar en ella. Sabemos que está ahí porque figura en los planos, y porque es posible medir los tabiques de las aulas adyacentes y ver que nos han escamoteado parte del instituto. Sin embargo, no tiene puertas ni ventanas ni trampillas. No se puede acceder a ella por ningún sitio. «¿Como la cámara de los horrores de Harry Potter?». Así es, más o menos, salvando las distancias entre Hogwarts y nuestro viejo y querido instituto. «¿Y nunca habéis probado a entrar? ¿Y si esconde algún secreto? ¿Y si está llena de explosivos o de cadáveres?» «O de fantasmas», apostillo, y acto seguido, con un golpe de inspiración: «La verdad es que da miedo quedarse por las noches en este instituto. Se siente uno como vigilado. En las aulas que hay junto a la habitación cerrada ocurren cosas muy raras. Unas formas fosforescentes se mueven en las pantallas de los ordenadores apagados. A veces hay cambios bruscos de temperatura, olores extraños…»

Observo las expresiones fascinadas de los jóvenes del taller. Mi hijo está en la primera fila. Tiene 14 años, pero en su cara veo el mismo asombro de cuando era un niño pequeño y le leía cuentos antes de dormir, o los inventaba para él. Esto es lo que hay en los libros. Como dijo Lope de Vega, «quien lo probó lo sabe». Lope hablaba del amor, pero viene a ser lo mismo.

A vosotros, los chicos y chicas del taller de los miércoles, y a las profesoras que os acompañan, está dedicado este artículo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 24/4/2009