La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

domingo, 23 de agosto de 2009

Bruce


Hace unas semanas estuve en Benidorm para asistir a uno de los cinco conciertos que Bruce Springsteen ha dado en España. Fue una experiencia intensa que también me atrevería a calificar de agridulce. No era la primera vez que asistía a un concierto de una megaestrella del rock, aunque sí la primera que veía actuar a un músico por el que siento una admiración tan profunda. Empecé a escuchar a Bruce cuando ambos éramos ya talluditos. Yo estaría terminando mi carrera, y él ya había dejado atrás sus discos más legendarios (Born to Run, The River, Born in the USA), y se asomaba a la madurez con una serie de álbumes menores que adolecían de ciertas concesiones al éxito y a la comercialidad. De todos modos, mi puerta de acceso al universo del Boss fue un estuche de cinco LPs que se publicó en 1986. Estaba grabado en directo y venía a representar un resumen de su carrera hasta el momento, algo así como un borrón y cuenta nueva (aunque en vano, porque su público nunca le permitiría olvidarse de las viejas canciones).
El primer corte era una hermosa versión acústica de la monumental Thunder Road, interpretada con el único acompañamiento de piano y armónica. Como tantas otras composiciones de Springsteen, la canción está concebida en forma narrativa. La historia que cuenta es la de un muchacho que vive en una ciudad pequeña, donde sus únicas perspectivas son la mediocridad, el tedio y el fracaso. Pero hoy ha decidido romper con todo y escapar, y por ello se ha plantado con su coche ante la casa de Mary, su novia, a la que anima a unírsele en la fuga. Sé que todo esto suena a tema recurrente en la música rock (coches, chicas, la huida en busca de nuevas experiencias). Pero con el rock ocurre lo mismo que con la literatura: la diferencia no está en la originalidad de los temas, que suelen ser limitados, sino en el modo de abordarlos, de interpretarlos. La interpretación de Springsteen rebosa fuerza y sinceridad. Nuestra imaginación traza carreteras solitarias que se pierden en el horizonte, más allá del cual las oportunidades son infinitas. Aunque es necesario armarse de coraje para emprender el viaje, porque su precio es alto. Sin embargo, la recompensa merece la pena, como Bruce nos canta con su voz cálida y algo ajada, una voz que suena a muchas noches de humo y rock and roll en los garitos de la costa de Nueva Jersey: ¿Qué nos queda por hacer, excepto bajar la ventanilla y dejar que el viento alborote tu pelo? Mira la noche abierta de par en par y estos dos carriles que llevan a todas partes. Tenemos una última oportunidad para hacerlo real, para cambiar nuestras alas por cuatro neumáticos. Súbete, Mary. El cielo nos aguarda en las carreteras.
Desde aquel iniciático Thunder Road no he dejado de escuchar y seguir a Bruce Springsteen. He vibrado con sus cantos a la libertad y la esperanza, realzados por ráfagas de guitarra eléctrica y por explosivos solos de saxofón. Disfruto con el Springsteen roquero, con la vitalidad de himnos como Born to Run o Jungleland, relucientes como los cromados de esos coches veloces cuyos motores rugen en la madrugada. Pero si tuviera que elegir me quedaría con el Springsteen más íntimo, el que les canta a los que han perdido, a los forajidos y los outsiders, o sencillamente a aquellos que han visto sus ilusiones de juventud hechas trizas.
Hace pocos meses, en una de las noches más frías del pasado invierno, encendí fuego en la chimenea y me dispuse a escuchar Nebraska con un gin-tonic en la mano y en completa soledad. Se trata de un álbum que Bruce grabó también a solas, con su guitarra y su armónica como única instrumentación. Todavía lo conservo en vinilo, y tengo la suerte de que mi tocadiscos siga funcionando. Fue como charlar durante casi una hora con un buen amigo, y creo que nunca me he sentido tan cerca de él como aquella noche.
El pasado 30 de julio, en cambio, había otras 30.000 personas gritando, dando palmas y coreando los temas. A lo lejos, sobre el brillante escenario, pululaban unas diminutas figuras, tan distantes que apenas era posible distinguir a Springsteen de su saxofonista Clarence Clemons, aunque éste sea negro y mida cerca de dos metros. Las enormes pantallas mostraban a un Bruce de casi sesenta años, pero todavía entregado y lleno de vitalidad, saltando, sudando, aceptando peticiones, estrechando la mano a los espectadores y dejándose tocar por ellos (a diferencia de otros artistas, Bruce confía lo bastante en su público para permitirle estar junto a él). Desde mi asiento de grada, comprendí que nunca había estado tan cerca del Boss. Pero al mismo tiempo me sentía a un mundo de distancia. El concierto me pareció fabuloso. Sin embargo, no pude reprimir cierta sensación de tristeza cuando terminó.
No me va a quedar más remedio que esperar a que llegue el próximo invierno para encender la chimenea y desempolvar de nuevo los viejos vinilos. Esta vez prepararé también un gin-tonic para él. Charlaremos y beberemos. Bruce y yo. Y le pediré que cante sus viejos temas, en especial aquel que dice que ahora los jóvenes rostros se han vuelto viejos y tristes, y los corazones de fuego se han enfriado. Pero aquella noche de invierno juramos ser hermanos de sangre, como soldados con una promesa que cumplir: nunca retroceder, nunca rendirnos.
No retreat, Bruce, no surrender.

sábado, 8 de agosto de 2009

Yo nunca estuve en Abbey Road


Hoy, 8 de agosto de 2009, se cumplen 40 años desde que los Beatles cruzaran el famoso paso de cebra ante la cámara del fotógrafo Ian MacMillan, dando lugar con ello a una de las leyendas más perdurables de la historia de la música popular. El otro día, precisamente, me entretuve mirando la web de un fan noruego de los Beatles (huelga decir que su título era Norwegian Wood). Lamento no entender el noruego, porque se trataba de un trabajo verdaderamente monumental. Me tuve que conformar con la sección en inglés. En ella encontré, por ejemplo, cumplida información sobre la sesión fotográfica de la que surgió la portada de Abbey Road, el último disco de la banda (el último en ser grabado, porque Let It Be se grabó antes pero se publicó después). Para muchos seguidores de los Beatles se trata de su mejor álbum, y yo me adhiero a esa opinión. Mientras escribo estas líneas refresco mi memoria con las 17 pistas de aquel álbum, que poseí por primera vez grabado en una cassette, luego en deslumbrante vinilo, y por último en este CD, sin duda mucho más prosaico, pero con el poder suficiente para retener toda la fuerza y el talento que se derrochó en la grabación de aquel disco. Me sorprende comprobar que todavía recuerdo las letras casi de memoria (de acuerdo, invento alguna cosilla que otra, pero eso lo hacemos todos). Aún soy capaz anticiparme a cada solo, cada acorde y cada redoble de batería. Me emociona la frescura con la que está sonando Come Together, ese misterio en forma de canción con la firma de John Lennon. Sobre este tema han pasado la friolera cuatro décadas y seguimos sin entender un carajo de lo que dice. Pero qué majestuosamente hace retumbar los altavoces de mi PC.

Lo de los Beatles siempre tuvo algo de comunión, de rito compartido. Recuerdo que una tarde los amigos nos reunimos en una casa despejada de padres. Teníamos abundante bebida y un monumental equipo hi-fi. Abbey Road y Sgt Pepper sonaron de principio a fin, y de principio a fin coreamos cada una de las canciones, un auténtico coro de borrachos. Jóvenes y felices borrachos. La felicidad en estado puro, tan sólo interrumpida por los segundos necesarios para darle la vuelta al disco. Ahora veo la web de este fan noruego a quien no conozco ni conoceré jamás, y me siento hermanado con él. En una sección relata cómo se gestó la portada del paso de cebra. Los Beatles no se ponían de acuerdo sobre qué mostrar en ella. Cada álbum había roto con la estética del anterior y había supuesto una pequeña revolución. Al parecer contemplaron la idea de darle a éste, que todos sabían que sería el último, el título de Everest (no por la montaña, sino por una marca de cigarrillos que fumaban), e irse Nepal para hacerse una foto al pie del famoso peñasco. Desde luego, la idea era delirante, principalmente porque por aquellos días los Beatles no habrían ido juntos ni a comprar tabaco. Al final, alguien propuso cortar por lo sano, bajar a la calle y hacerse algunas fotos cruzando el paso de cebra que había frente a los estudios de EMI, en St John's Wood, Londres. Lennon llamó a un fotógrafo amigo suyo y el resto es historia. Y éste es el tipo de tontería de la que están hechos los mitos.

Mi amigo noruego (déjenme considerarlo un amigo) cuenta que en su adolescencia viajó a Londres con Interrail, y que lo primero que hizo al llegar a la ciudad, sin preocuparse por comer o buscar alojamiento, fue tomar la línea de metro Jubilee, bajarse en la estación de St John's Wood, y acudir en peregrinación al famoso paso de cebra para emborracharse del espíritu beatle que, sin duda, inunda aquel lugar. Y de paso hacerse algunas fotos. Después ha estado allí otra media docena de veces. Cuenta que ha cruzado la calle andando, corriendo, caminando hacia atrás y a la pata coja, y que ahora se entrena para hacerlo andando sobre las manos. Y les aseguro que yo lo comprendo.

Lo que me frustra de todo esto es que también yo fui a Londres en mi adolescencia y juventud, varias veces. Pero nunca se me ocurrió acudir en peregrinación a Abbey Road. Recientemente he estado en Liverpool, sí. Me he tomado unas pintas en un sucedáneo de The Cavern que hay allí. Incluso me compré una camiseta con la leyenda Mersey Beat! (por cierto, me costó horrores encontrarla de de mi talla). Pero ahora me doy cuenta de que, al no cruzar en su momento el puñetero paso de cebra, me perdí algo esencial. Nada menos que la posibilidad de contarlo ahora. Aún podría ir, por supuesto, pero sospecho que ya es demasiado tarde. Me daría vergüenza perpetrar el numerito del cruce y la foto con todos esos turistas mirando. Igual que me da vergüenza reconocer, 29 años después del asesinato de Lennon, que yo siempre preferí a McCartney.

sábado, 1 de agosto de 2009

Un pequeño homenaje al Boss

Ojalá la hubieras tocado la otra noche en Benidorm. Pero te perdonamos por todas las que sí tocaste. Gracias por alimentar todavía nuestros sueños.


Carretera del Trueno
Bruce Springsteen
Trad. Eloy M. Cebrián


La puerta bate en el porche
El viento mece el vestido de Mary
Como en una visión ella baila ante la casa
Mientras suena la radio
Roy Orbison canta para los solitarios
Y aquí me tienes, he venido a buscarte
No me cierres la puerta de nuevo
No soporto la idea de verme otra vez solo
Y no corras a esconderte
Cariño, sabes muy bien qué me trae aquí
Estás asustada y piensas
Que a lo mejor no somos ya tan jóvenes
Pero ten un poco de fe, hay magia en la noche
Aunque no seas una belleza, no estás nada mal
Y con eso a mí me vale

Puedes esconderte bajo las sábanas
Y estudiar tu dolor
Pasar lista a tus amantes
Arrojar rosas a la lluvia
Malgastar tu verano suspirando
Que un salvador te saque de estas calles
Ya sé que no soy un héroe
Eso está claro
Toda la redención que yo puedo ofrecerte
Está bajo este sucio capó
Pero nos queda una oportunidad para hacerlo bien
Qué otra cosa queda por hacer
Sino bajar la ventanilla
Y dejar que el viento alborote tu pelo
Mira la noche abierta de par en par
Y estos dos carriles que llevan a todas partes
Nos queda una oportunidad para hacerlo real
Para cambiar nuestras alas por cuatro neumáticos
Sube, el cielo nos aguarda en las carreteras

Ven, dame la mano
Esta noche saldremos para allanar la tierra prometida
Carretera del Trueno, Carretera del Trueno
Tumbada ahí fuera como un asesino al sol
Sé muy bien que es tarde pero podemos llegar si corremos
Oh, Carretara del Trueno,
Toma asiento, agárrate bien,
Carretera del Trueno.

Tengo esta guitarra
Y he aprendido a hacerla hablar
Y mi coche está ahí fuera
Si estás lista para emprender el largo camino
Que hay entre tu porche y mi asiento delantero
La puerta está abierta, pero el viaje no es gratis
Y sé que está sola
Y que hay palabras que no he dicho
Pero esta noche seremos libres
Y romperemos todas las promesas

Vi fantasmas en los ojos
De todos los muchachos que rechazaste
Recorren las polvorientas carreteras de la costa
Al volante de Chevrolets quemados hasta las cenizas
Tu toga de graduación yace hecha jirones a sus pies
Y en el solitario frío que precede al amanecer
Oyes el rugido de sus motores
Pero cuando te asomas al porche ya se han ido
Con el viento
Así que, Mary, súbete,
Esta ciudad está llena de perdedores
Y yo me largo de aquí para ganar



sábado, 6 de junio de 2009

Se acabó Murphy

Después de 16 meses sin faltar una sola semana, La Ley de Murphy llega a su fin. Como ven, la crisis puede con todo, hasta con esta columna que ha resultado mucho menos longeva de lo que yo preveía. Ha sido una decisión en buena medida voluntaria, aunque tengo que reconocer que ayer, el primer día que el periódico apareció sin mi colaboración, no puede reprimir un ligero arrebato de nostalgia. Pero ha sido una estupenda experiencia de la que han resultado algunas páginas que tal vez merezcan la pena. Ahora, al menos durante un tiempo, prefiero abandonar la columna semanal y dedicarme a otros proyectos, en concreto a una nueva novela. Tengo también algún otro material que podría ver la luz en los próximos meses. Todo ello lo iré anunciando en este blog, aunque me temo que a partir de este momento su actividad va a quedar muy restringida. Mi intención es publicar una colección de los artículos más aprovechables que han aparecido aquí en forma de libro, que vería la luz en el último trimestre de este año. Hasta entonces, un abrazo y muchas gracias por dejaros caer por aquí.

jueves, 28 de mayo de 2009

The Matrix has you

A Neo, el héroe de la película Matrix, le aparece en la pantalla de su ordenador aquello de The Matrix has you («Matrix te tiene»). Luego se da cuenta de que la realidad no es más que un simulacro creado por un súper programa informático. Y resulta que todos vivimos dentro de ese simulacro, formamos parte de él. La alegoría es apasionante porque tiene mucho de real. Google has you. Me imagino que todos ustedes han probado a buscarse en internet. Hay quien, sin confesarlo, lo hace varias veces al día. Una antigua alumna me dijo que desconfía de todo aquel que no esté en Google, pues le parece que tiene algo que ocultar. Yo no iría tan lejos, porque, a diferencia de esta chica, he vivido la mayor parte de mi vida sin ordenadores y sin internet. Pero tiene razón en que casi todos habitamos en los bancos de memoria del famoso buscador, y ello sin necesidad de ser personas públicas o conocidas. Basta con que figuremos en el directorio de nuestro lugar de trabajo, o sencillamente con que nuestro nombre aparezca en algún documento público. Probé con el nombre de mi abuelo, que murió hace más de 40 años, y lo encontré en la web de la Diputación a propósito una cuestión de lindes entre fincas. Los sabuesos de Google (cuyo nombre técnico es «arañas») llegan a todos sitios, nadie escapa. Son como los agentes de Matrix, esos tipos con trajes oscuros y gafas de sol que en realidad no eran otra cosa que programas de ordenador, aunque con muy mala leche.

Tengo un viejo amigo que vive y trabaja en Valencia. No nos vemos mucho, pero seguimos en contacto gracias al correo electrónico. Hace poco se nos ocurrió un juego que tiene mucho que ver con lo que estoy contando. Puesto que ambos estuvimos en el mismo colegio mayor, acordamos competir para ver quién era capaz de cazar a un número mayor de antiguos condiscípulos. Se trataba de localizarlos en internet, claro, con puntos extra si además encontrábamos una foto actualizada del compañero en cuestión. Él se anotó el primer tanto al dar con Mariano, al que yo recordaba como un muchacho bastante bruto que cantaba jotas y se dirigía a todos como «maño». Había cambiado lo suyo: ahora lucía perilla y tenía un aspecto tirando a sofisticado, un poco a lo psicoanalista argentino. De hecho, se había convertido en profesor de una facultad de psicología. Yo contraataqué con el inesperado hallazgo de un compañero al que llamábamos «el Pajas», célebre por medir más de dos metros y practicar con asiduidad en vicio de Onán. No había transcurrido ni una hora cuando mi amigo dio con un tipo de Villajoyosa apodado «el Animal» por su aspecto de licántropo y sus hábitos poco higiénicos. Y con esta jugada se anotó dos puntos, pues no sólo había encontrado su foto, sino todo un vídeo en el que el antiguo «animal», ahora calvo y hecho un pincel, les mostraba a Felipe y Letizia la importante empresa chocolatera de su familia, de la que ahora es director general. Absorto como estaba en el juego, no cejé hasta dar con «el Guanche», que además de canario era feísimo por un problema agudo de prognatismo facial. Y lo sorprendente es que se había operado la mandíbula y estaba hasta guapo. Mi amigo envidó a grande con Pedro Saura, y lo tuvo fácil, porque el susodicho se ha convertido en un capitoste del PSOE y lo complicado era no encontrárselo. Había un montón de vídeos en los que hablaba y hablaba, y curiosamente sin apenas trazas de su antiguo acento murciano. Inasequible al desaliento, revolví los infinitos desvanes de Google hasta que di con Arturo Blasco, un muchacho de Castellón que por entonces estudiaba arquitectura. Pero fue un hallazgo teñido de misterio, pues todas las páginas en las que se le mencionaba estaban escritas en rumano.

No voy a revelar quién de los dos resultó vencedor en el juego, aunque sí diré que hace poco he sido yo el cazado. No hará más de dos días que recibí un e-mail de Mario Hernández, un compañero mexicano que el curso 81-82 hacía un máster en la Universidad Politécnica de Valencia. Mario y yo nos hicimos muy amigos. Llegó a pasar algún fin de semana en Albacete, y conservo algún vago recuerdo de él pegándose un filete monumental con una chica de mi pandilla (a principios de los 80 un latinoamericano todavía resultaba exótico, y las rojillas de la época se pirraban por ellos). Al cabo de 28 años sin noticias de Mario recibo este mensaje suyo, como una botella arrojada al océano de internet. Me cuenta que vive en Monterrey, que es visitador médico y que tiene esposa, tres hijos y una cotorra que se llama Ricky. También me dice que ya peina canas. Yo le contesto que estoy exactamente igual que entonces, puede que incluso algo más estilizado. El problema es que hay unas cuantas fotos mías en la red, así que dudo que se lo haya tragado.

Qué previsibles resultamos los seres humanos. Contamos con una tecnología con la que no podíamos soñar hasta hace pocos años, una auténtica tecnología del futuro, y la usamos sobre todo para bucear en nuestro pasado. The Matrix has you. Cuídense.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 29/5/2009

viernes, 22 de mayo de 2009

Habierto hasta el amanezer


Gianluca es uno de los dos jóvenes italianos que regentan la cafetería Athik, en la calle Teodoro Camino. Acudo allí casi a diario al reclamo de su excelente café y de la cordialidad de sus propietarios. ¿No les parece que uno acaba desarrollando una complicidad especial con quien le sirve el café día tras día? Se empieza hablando del tiempo y se termina hablando de casi todo, hasta que descubres que quien está al otro lado de la barra ya no es sólo un camarero, sino un verdadero amigo. No quiero omitir que Gianluca es un tipo encantador, y eso que con su metro noventa y pico de estatura, su cráneo pelado y sus aros en las orejas resultaría perfecto para representar el papel de chico malo de la película.

De películas va precisamente este artículo. Ocurre que, además de italiano y buen mozo, Gianluca es también cinéfilo, por lo que asiste con frecuencia a las proyecciones de la Filmoteca. Hace poco me contaba que le molesta encontrar tantos errores en los folletos que la Filmoteca distribuye para anunciar su programación. Se refería, en concreto, a la abundancia de erratas en los títulos originales de las películas y en sus repartos. Como ejemplo, mencionaba la película Abierto hasta el amanecer, de Robert Rodríguez, recientemente proyectada. En el folleto, su título original aparecía como From Dusk Till Down, cuando lo correcto no sería «down» sino «dawn». Roma città aperta aparecía como Roma citta aperta, sin la tilde preceptiva en italiano, igual que Non è giusto, que figuraba como Non e giusto. A Elisabetta Rocchetti la habían rebautizado como Elissabetta Rochetti, y a la pobre Margherita Buy le habían cambiado el nombre por lo menos dos veces. Yo mismo certifiqué los gazapos observados por Gianluca en la página web de la Filmoteca, con algunos hallazgos más de mi propia cosecha, como la película El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders, que aparece como Der Himmel uber Berlin, sin la diéresis (o umlaut) en la preposición über.

Todo esto puede parecer pecatta minutta, pero no me resulta difícil ponerme en el lugar de Gianluca e imaginarme residiendo en una ciudad italiana donde se ha programado un ciclo de cine español en el que se anuncia las películas Mar adrentro, de Alexandro Amenavar, y Mugieres al borde de un ataqe de nerbios, de Piedro Aldomovar, con Carmen Miura de protagonista. Me imagino que no me sentaría muy bien leer semejantes dislates, y que mi primera idea sería que los programadores de esa hipotética filmoteca italiana no estaban demostrando un gran aprecio por mi idioma y mi cultura. Y así es exactamente como mi amigo se sentía, a pesar de que su devoción por nuestra filmoteca local. Finalmente resolvió escribirle un e-mail a la institución señalando todo esto, y sugiriendo una base de datos de internet donde se puede consultar la ficha técnica de cualquier película con todo rigor.

Pero lo verdaderamente sorprendente de este asunto es el e-mail que recibió en respuesta, una notita rezumante de chulería y mala baba en la que le agradecían su celo, aunque le mostraban su sorpresa por el hecho de que dedicara tanta atención a algo tan «desechable» como un folleto, para a continuación señalarle que en su carta usaba la palabra «error» cuando lo correcto habría sido decir «errata». Todo esto ya lo ha contado el propio Gianluca en una carta al director aparecida en este mismo diario. Con todo, como ciudadano de Albacete y persona vinculada a su mundillo cultural, no quiero dejar de sumarme al malestar de mi amigo por lo que considero un auténtico despropósito. Y he dicho malestar cuando lo adecuado sería decir cabreo, pues nada me cabrea tanto como que una institución dedicada a la cultura (una institución, recordémoslo, que todos pagamos) responda a las críticas de los ciudadanos de un modo tan cateto, con desplantes en lugar de disculpas, con la petulancia de quien no quiere reconocer los errores (que no erratas) y se presume por encima de toda crítica.

Quiero pensar que quien respondió al e-mail de Gianluca no hablaba en nombre de la Filmoteca. Prefiero imaginar que se trataba de alguien con un mal día que pasaba por allí y abrió el correo electrónico por casualidad. Porque si es así como se las gastan, les rogaría que me dieran de baja de ese eslogan de «la filmoteca de todos» que usaron en el correo de respuesta al de mi amigo. Por otro lado, es una verdadera lástima que incidentes de este tipo empañen la labor de una institución que ha trabajado mucho y bien por la cultura de Albacete, con una programación amplia, variada y de excelente calidad. En eso estamos de acuerdo Gianluca y yo, así como los miles de ciudadanos que desfilan cada temporada por el antiguo cine Capitol, y que consideran un auténtico lujo poder disfrutar de una filmoteca de semejante nivel en esta época de multisalas, deuvedés y palomitas, cuando el centro de la ciudad ha sido despojado de sus viejos y añorados cines de siempre. Confiemos en que la institución se mantenga fiel a su tradición de rigor y calidad y procure que sus folletos informativos sean en el futuro algo menos «desechables». Aunque acabo de mirar su web oficial y la película de Robert Rodríguez sigue titulándose From Dusk Till Down, que viene a ser lo mismo que Habierto hasta el amanezer. En fin, Gianluca, un macchiato, por favor.

sábado, 16 de mayo de 2009

A cañonazos no, por favor

Hace unos días comparecieron ante la prensa los concejales Sotos y Gualda, el primero en calidad de Concejal de Sostenibilidad y Medio Ambiente, y la segunda no sabemos en calidad de qué, porque de lo que venían a hablar era de ruido. Pero seamos bienpensados y supongamos que, puesto que el ruido no deja de ser una cuestión de educación y de cultura, el asunto tenía que ver con el área de la concejala de IU. En cualquier caso, venían a anunciar que nuestra ciudad va a contar con un «mapa del ruido» a partir del año que viene, y que para ello se van a destinar 85.000 euros de las arcas públicas. Lástima no haber sabido antes que esto de la cartografía acústica era tan lucrativo, pues de buena gana habría cambiado mis estudios de filología por una profesión con tanto futuro.

En un reciente artículo, observa mi amigo Gregorio Salvador que la elaboración de semejante mapa, además de cara, le parece superflua, ya que bastaría con escuchar las quejas de los vecinos para trazar de forma muy precisa la geografía del ruido en nuestra ciudad. Por desgracia, a los problemas de ruido se suma el grave problema de sordera que aqueja desde siempre a nuestro ayuntamiento. Después de tantos años de hacer la vista gorda ante tantos desmanes, no podemos evitar que el anuncio de Sotos y de Gualda nos suene a coartada, cuando no sencillamente a burla. Con todo, tras husmear un rato por internet descubro que una directiva europea obliga a la elaboración de estos estudios de contaminación sonora o «mapas de ruido». Junio de 2007 era el plazo para los municipios de más de 250.000 habitantes. En las ciudades más pequeñas cabe suponer que el alboroto sea algo más tolerable, por cuanto la ley marca un plazo más amplio, en concreto hasta el 2012. No sé si estoy de acuerdo con eso de que a ciudad más pequeña, menor cantidad de ruido. La nuestra, sin ir más lejos, es una población de modesto tamaño, pero con una infinita capacidad para producir decibelios. Con el agravante de que somos menos los habitantes para repartirlos.

Escribo estas líneas un domingo por la mañana. Ahora mismo la calle permanece silenciosa, mis vecinos parecen haberse marchado en pos de alguna actividad dominguera, y mi hijo ha decidido darles tregua a la consola y la televisión. De lunes a viernes, sin embargo, el despacho donde escribo esta columna sufre un asedio inmisericorde y brutal, el del vecino conservatorio Tomás de Torrejón y Velasco, cuya fachada prácticamente linda con la mía. Lo he denunciado antes y no quiero parecer pesado, pero imaginen que todos los hijos de sus vecinos son estudiantes de música y se ejercitan sin descanso con sus instrumentos (pianos, trompetas, timbales, xilófonos, clarinetes, violines), y así de la mañana a la noche. Supongan también que las habitaciones de estos estudiantes cuentan con aislamiento acústico y dobles ventanas, pero que los chiquillos están aquejados de claustrofobia y les resulta imposible ensayar sus partituras sin abrir las ventanas de par en par. Y ello ante la pasividad de los padres de las criaturas (léase profesores y equipo directivo), que han decidido que la ingente cantidad de ruido provocada por los chicos no es algo que les concierna. Y ahora imaginen a un desgraciado que trata de leer o de escribir o de vivir en medio de semejante estruendo. Pues bien, ese desgraciado es quien esto firma. A su pesar, un auténtico experto en ruidos.

Tanto es así que estoy por ofrecerme para elaborar ese conflictivo mapa a un precio mucho más ventajoso que los 85.000 euros presupuestados. Y si me paro a pensarlo, la idea me resulta hasta poética. Sería algo parecido a esas cartas que usaban los navegantes antiguos, con dibujos de leviatanes y monstruos fabulosos, y costas trazadas de forma incierta que a veces llevaban el rótulo de Terra Incognita. Por lo que respecta a nuestros responsables municipales, los territorios del ruido son una auténtica tierra desconocida, pues de otro modo no se explica que un problema tan serio se aborde con semejante indolencia e ineptitud. Otra posibilidad sería trazar el mapa del ruido a semejanza de un mapa topográfico (¿o acaso los ingenieros de sonido no hablan también de «crestas» y de «valles»?). En ese caso sería llamativa la diferencia entre el mapa físico de nuestra ciudad, tan moderada en relieves y parca en desniveles, y su mapa sonoro, que se parecería de forma muy llamativa a un mapa del Himalaya, con «La Zona» y otras zonas de terrazas, obras, botellones y tráfico constante señaladas con los tonos oscuros de los «ochomiles», y todo un laberinto de riscos, gargantas, macizos y despeñaderos donde han fijado sus bastiones los señores del ruido, de la bulla y de la mala educación. Puestos a darle una utilidad, que ese mapa se use del mismo modo que los planos militares, que quienes tienen autoridad para ello asuman el papel de generales y borren del mapa sonoro a todos esos ruidosos desaprensivos, enemigos declarados de nuestra calidad de vida. Pero que no sea a cañonazos, por favor.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 15/5/2009