La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

jueves, 3 de julio de 2008

Gracias, profesor



A mediados de los 70 llegó al instituto Bachiller Sabuco de Albacete un nuevo catedrático de Lengua y Literatura. Aunque serio en apariencia, era un profesor joven y progre, y me imagino que debió de llevarse un chasco notable al cruzar por vez primera el umbral catedralicio de aquella santa casa. Por aquellos tiempos el instituto todavía no había vivido su particular transición, y aún conservaba intacta la caspa y las telarañas de la rancia institución que siempre fue. Existía la costumbre, por ejemplo, de que el catedrático de Literatura impartiera una conferencia sobre el Quijote para conmemorar el Día del Libro. Aquel año la conferencia versó sobre Mortadelo y Filemón. El catedrático de Literatura se llamaba Francisco Mendoza Díaz-Maroto.
Han pasado más de treinta años y Paco Mendoza acaba de jubilarse. Yo lo conocí siendo alumno. De su mano me adentré en El Quijote, del que mi profesor resultó ser un especialista. Él me presentó a Lope y Calderón, y me enseñó a desentrañar a Góngora y a Quevedo, sin rehuir los aspectos más turbios de la relación entre ambos («Yo te untaré mis versos con tocino / porque no me los muerdas, Gongorilla»). Recuerdo que también leíamos La Celestina en clase y que a mí me tocó el papel de Sempronio, el deslenguado criado de Calisto. Conforme yo leía, crecían el rumor y las risitas en el aula. «Cebrián, ¿me deja ver su libro?», me dijo el profesor Mendoza. «¡Claaaaro!», exclamó nada más ver la cubierta. Y a renglón seguido me hizo notar que, en mi candidez, me había comprado la edición de Clásicos Ebro, «expurgada de sus pasajes más escabrosos», es decir, de los mejores. Del profesor Mendoza recibí mi primera lección de crítica biblio-textual. Él me enseñó que no es lo mismo una edición que otra, que los clásicos viven o mueren según quién los edite y quién los anote.
Los clásicos vivían cuando Paco Mendoza nos los explicaba. Vivían y vibraban. Al leer con él uno se sentía como un lector del siglo XVI o XVII. También nos enseñó que hay un gigantesco corpus literario fuera de los libros. Existe una literatura de la memoria compuesta por romances que se transmiten por tradición oral, y que es necesario buscar en los recuerdos de los más ancianos. Él nos animó a recoger testimonios de esta literatura popular de los labios de nuestros mayores. Con él aprendí realizar mi primera «investigación de campo». También fue mi primer profesor agnóstico, republicano y librepensador. Y francófilo, comme il faut.
A principios de los 80 me marché del instituto para estudiar Filología en Valencia. Regresé diez años después, ahora como profesor, y allí seguía Francisco Mendoza (aunque pronto supe que, entretanto, se había expatriado unos años para enseñar literatura en París). Había perdido la barba junto con el hábito de fumar, y ganado algunos kilos. Ahora llevaba lentillas y apenas usaba ya esa corbata de pajarita que era una de sus más célebres excentricidades. Sin embargo, había adquirido el inexplicable hábito de ponerse camisas hawaianas cuando llegaba el buen tiempo. Al principio de nuestra relación como compañeros, me acercaba a él con cierta reverencia. Ahora que esa relación profesional toca a su fin, mi trato con Francisco Mendoza es mucho más cercano, pero la reverencia nunca se ha extinguido del todo. Durante estos casi veinte años en que lo he disfrutado como compañero y como amigo, Francisco Mendoza ha seguido siendo mi profesor, pues ni un solo momento ha dejado de enseñarme. Él leyó mis primeros intentos literarios y me guió con su consejo. Él me siguió contagiando su inmenso amor por la literatura y por los libros, el soporte imprescindible de la palabra escrita. De hecho, muy pronto supe que mi antiguo profesor era también una reconocida autoridad en el campo de la bibliofilia y de la literatura popular tradicional, y que su biblioteca de ejemplares raros e incunables competía con la que tenía don Alonso Quijano antes de que el cura y el barbero hicieran de las suyas. En una enseñanza media en la que cada vez se fomenta más la mediocridad, Paco Mendoza es un auténtico sabio, uno de esos profesores que iluminan a cualquier alumno con dos dedos de frente para escucharlo. En una enseñanza media degradada, trivializada e infantilizada, él es un ejemplo de dignidad, un bastión contra la barbarie. Como compañero es muchas otras cosas. Un tipo amable, divertido, socarrón. Mordaz como un bisturí, chispeante en su conversación, imprescindible en sus opiniones, siempre un poco transgresor, como aquella vez que dictó su conferencia sobre Mortadelo y Filemón ante los asombrados catedráticos de toda la vida.
El día de su jubilación, nos dijo que debíamos tenerle envidia, porque se disponía a cumplir el ideal humano de vivir sin trabajar. Yo le tengo envidia por eso y por mucho más. Ya por la tarde, un poco achispado, se lo confesé: «Paco, tú representas todo lo que yo quiero ser de mayor». Escribo estas líneas completamente sobrio, pero sigo pensando lo mismo.
Gracias, profesor.
Aparecido en el diario La Tribuna de Albacete el 4/7/2008

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Eso sí es un buen profesor, y no lo que suele rondar el Bachiller Sabuco, o como lo llamo yo, el cementerio de elefantes. Aunque, claro está, hay muchas excepciones ;)

Antes de leer tu entrada, conocía a este hombre como "el hermano gemelo de Carmelo el de biología"

Un saludo.

C.

Jose Castells Archanco dijo...

Un día tuve la suerte de que cayera en mis manos el libro "La pasión por los libros" su autor un tal Francisco Mendoza Diaz-Maroto.Mi afición a los libros viejos me hizo elegirlo entre los libros de la afamada librería El Parnasillo,de Pamplona.Lo lleve a casa y lo coloque en su sitio,o sea ,la parte de mi biblioteca que ocupan los libros de tema bibliofílico.Uno mas,pensé.Al cabo de tres o cuatro meses le hinqué el diente y no me duró ni cuatro días entre las manos.Lo devoré.Me gustó tanto que me puse a buscar al autor:quería ser su amigo.Por medio de la librería Antonio Mateo,de Málaga,que cita en la obra y de la que soy cliente,conseguí su teléfono y le llamé.Desde el primer momento me di cuenta de que no iba a resultar difícil hacerme amigo de ese tipo.
Le llamaba alguien que no conocía de nada y su trato fue desde la primera frase cordial ,sencillo y sincero.A esa conversación le han seguido muchas (y las que quedan)y correos etereos,y cartas y trueuqes y me ha distinguido con el privilegio de ser de las pocas personas de España que reciben la Biblioteca del Fragmento y es qué para recibirla uno no se suscribe en el kiosko sino en el corazón de Paco.
Por fín un día nos conocimos en persona,fué,como no podía ser de otra manera,en la Nacional.Alli nos encontramos,previa cita, en noviembre de 2006.Me permitió acompañarle durante toda la mañana mientras se tomaba su pulga de atún y su Martini Rojo,para pasar despues a investigar sobre Melchor de Macanaz para su último trabajo que ya enriquece mi libreria gracias a su generosidad.
Sé de su reciente jubilación y la celebro como si fuese mía por que sé que le va a sacar chispas y por que de está manera le queda mas tiempo para atender a los amigos y por ahí algo me tocará ya qué mi deseo de conseguir su amistad creo que se ha cumplido.
Solo me resta elevar mis preces a Santa Wiborada para que le conceda largos años en los que siga frecuentando a Sibaris y siga dando largos paseos por el jardín de Epicuro.Y entre Sibaris y Epicuro nos siga alegrando la vida a los demás.Salud y libros.

Jose Castells Archanco.Pamplona.

Anónimo dijo...

Desde que leí "Pasión por los libros" soy un incondicional admirador y amigo de Francisco Mendoza, él me honra con el preciado don de su amistad y yo le honro como puedo, digamos que empieza a ser uno de mis personajes preferidos. ¡Quién hubiera tenido la suerte de ser su alumno!

Javier Casis

Biblioaprenent dijo...

Un poco tarde, pero me adhiero a la que habéis puesto.
La Pasión por los libros me introdujo en la Bibliofilia, donde ahora estoy metido, pero me voy hacia la Bibliología porque deben aprenderse muchas cosas relacionadas con el libro.
En mi vlok ha aparecido alguna vez el sr. Mendoza y segura que aparecerá muchas más veces, es imprescindible.
Hasta otra.