La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Las ferias de la memoria


Cada año por estas fechas me vuelvo un cascarrabias insoportable. Supongo que la inminente vuelta al trabajo tiene parte de culpa, pero he descubierto que el factor que desencadena mi transformación es la proximidad de la Feria. Las aglomeraciones, el estruendo, los altavoces gigantescos aullando los éxitos del verano que agoniza, los feriantes de las tómbolas que vocean sus atroces premios (¿qué odioso monigote hará furor este año?), el saludo de Feria del señor alcalde —que se repite año tras año con mínimas variaciones, dejándonos en la duda de si el paso del tiempo no será en realidad una ilusión—, el olor a fritanga, la repugnante sensación de estar caminando sobre restos de crustáceos devorados y luego escupidos, los bocadillos de morcilla o de guarra, que siempre acaban pasando factura, los empachos de almendras garrapiñadas, esos váteres inmundos a los que se accede tras guardar colas kilométricas, la suciedad, la vulgaridad, los niños, que exigen con machacona insistencia un juguete en absoluto educativo, las hordas de adolescentes beodos que deambulan sin control, el olor acre de las berenjenas en vinagre asaltando nuestro olfato en mitad del Paseo y ese dolor insoportable en los pies, que parecen a punto de estallarnos dentro de los zapatos, todo eso es lo que nos aguarda un año más, tan cierto e ineludible como la liviandad de nuestros bolsillos al cabo de los diez días de festejos. Con todo, algunas veces comprendo que no siempre ha sido así, que ha habido otras ferias, o que al menos yo las he contemplado con ojos bien distintos. Esto suele ocurrirme cuando camino por el paseo con mi hijo de la mano, envueltos ambos en ese ambiente espeso de ruido y olores, entre esa multitud que a veces se nos antoja inverosímil en una ciudad de las modestas dimensiones de la nuestra. Entonces contemplo de soslayo los ojos del niño, redondos de asombro, y me doy cuenta de que su asombro también una vez fue el mío.

Hubo otras ferias, sí. Algunas tan remotas que sólo hemos alcanzado a conocerlas por los relatos de nuestros padres. Aquellas ferias de las verbenas en Los Jardinillos y las familias endomingadas escuchando a la banda de música en el Círculo Interior (las señoras provistas de mantón, mantilla y abanico, los señores de bastón y sombrero, las señoritas de faldas huecas y bien almidonadas), ferias del carnero de tres cabezas y las apuestas en el ratonódromo y el caracolódromo, de los puestos de camarones («con barba y bigote, como los hombres») y las procaces vedettes del Teatro Chino. Ferias de la posguerra que hoy imaginamos en ajado blanco y negro, como las imágenes del no-do, ferias en las que la familia del pueblo acudía en tropel abarrotando la tartana, y se quedaba los diez días a mesa y mantel a cambio de tres gallinas y dos conejos, en las que mi tío Miguel vendía sus mulas en La Cuerda, con su garrota y su fajo de billetes bien atado con una goma.

Y después vienen las ferias de la infancia, ya vividas, pero así y todo teñidas de irrealidad, casi oníricas. Recuerdo que el Ayuntamiento cortaba al tráfico la Calle de la Feria, donde todavía estaba la casa de mis abuelos, y mis primos y yo la tomábamos al asalto, a petardazo limpio, como buenos filibusteros, con la felicidad renovada de haber reconquistado un territorio que nos pertenecía por derecho. Por entonces la Feria tenía mucho de exhibición de fenómenos, como esas ferias ambulantes de los relatos de Ray Bradbury. ¿Se acuerdan de las inmensas hermanas Colombinas? ¿Y de aquellas enanitas que no superaban los sesenta centímetros de altura? También hacían furor el Empastre y el Bombero-Torero. ¿Y qué me dicen de los falsos prodigios por los que tan alegremente nos dejábamos embaucar? La mujer-serpiente, que a veces, con una ligera variación en la puesta en escena, se convertía en la mujer sin cuerpo, el hombre que se transformaba en gorila a la vista del público, y el escalofriante Monstruo de Guatemala, cuya asiduidad en nuestra feria era de tal que debió ser recompensada con el título de hijo adoptivo de la Villa. La megafonía proclamaba que se trataba de una criatura extraordinaria hallada en una grieta tras el célebre terremoto, pero lo cierto es que tenía el cuerpecillo de un mono de peluche, y que su cara mostraba un parecido notable con el del tipo granujiento que acababa de vendernos las entradas en la taquilla. También estaban las catacumbas, el látigo y los coches de choque, gracias a los cuales muchos comprobamos por primera vez los efectos de la adrenalina, y aquel tan borgiano laberinto de los espejos, y el bocadillo de jamón que nuestros padres nos compraban para cenar, cuyo sabor era, sin lugar a dudas, el más delicioso del mundo.

Las imágenes se vuelven más nítidas al alcanzar las inmediaciones de la adolescencia y de la primera juventud, cuando ya contábamos con un salvoconducto en el bolsillo en forma de billetes de banco, y abordábamos la noche con la sensación de que no iba a acabarse nunca. Estas eran las ferias del rock and roll y la intoxicación etílica. Recuerdo bien los conciertos de Leño y de Topo, de Asfalto y Barón Rojo, y, algunos años después, un memorable concierto de Los Enemigos en Los Ejidos que llenó la noche de ruido y de furia. Y un no menos memorable concierto de Los Buenos, creo que el mismo año (qué bien tocaste el bajo, Fernando, muchachote). Cómo olvidar las ingestas masivas de alcohol en el MC, entre pósters del Che y banderas republicanas, con aquel pesado del pc marxista-leninista empeñado en convencernos de que en Albania se vivía mejor. Y aquella vez que nos compramos entre todos una caja de preservativos y nos la repartimos, por si acaso.

Hubo sin duda otras muchas ferias, cuyos fantasmas se han ido sedimentando año tras año en ese paseo que dentro de unos días volveremos a surcar con la escrupulosa observancia de los ritos o de los sacramentos. No teman practicar esta suerte de arqueología mental en la que yo he incurrido hoy, aunque caigan con ello en las manifestaciones más deplorables de la nostalgia, pues pocos recuerdos hay tan arraigados en nuestra memoria colectiva como los de la Feria para esta ciudad. Son las experiencias compartidas como ésta las que conforman nuestra identidad común, las que todos atesoramos, junto con los recuerdos más queridos, en un lugar privilegiado de nuestra memoria. Así pues, a despecho del cascarrabias en que me he convertido, bienvenida sea la Feria un año más.

Publicado en La Verdad de Albacete el 8 de septiembre del 2000

3 comentarios:

Sap. dijo...

¡Las Hermanas Colombinas! ¡La Mujer Serpiente... a la que mi padre le preguntó que qué comía y ella, circunspecta y hastiada del juego de espejos que la hacían prisionera diez horas al día, le contestó "Yo como de todo, caballero"...
¡Y el Monstruo de Guatemala! Existió, ¿verdad que sí? ¿verdad que mis hijos no tienen razón para dudar de la veracidad de lo que les cuenta su papá?
Encantador texto.

Eloy M. Cebrián dijo...

Gracias, Sap. Pues claro que existió el Monstruo de Guatemala. EL MONSTRUOO DE GUATEMALAAAA. EL MOOONSTRUOOOOO DE GUATEMAAAALAAAAAA. Y había también un tipo que se transformaba en gorila o en hombre invisible, según cómo anduviera de ocupado el que se ponía el disfraz de gorila. Eran tiempos más ingenuos. Eran tiempos mejores.

Suso dijo...

A Vigo llegó el Monstruo de Guatemala sobre 1978. El año anterior la misma compañía trajo a la Mujer Araña, y después de nuestro amigo centroamericano vinieron (todos bajo el toldo de la Mujer Araña) el Hombre Salvaje (colgado de las trenzas) y el hombre tortuga, con pelo aceitoso Carbonell a dos aguas, nariz aguileña y bigotito ralo, que asomaba la cabeza por un caparazón de carey varnizado y respondía a las preguntas de cuántos hermanos eran y quiénes eran sus padres de esta guisa: "Miruhté, zemo cinco hemmano, mi padre era un hombre y mi mare una tot-tuga".