La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 12 de agosto de 2016

Ruido blanco


El ruido blanco se define como aquel sonido aleatorio que posee la misma densidad espectral de potencia a lo largo de toda la banda de frecuencias. Para entendernos, son ruidos blancos el rumor de las olas, el del agua de un arroyo, el crepitar del fuego o el de una radio que no recibe ninguna emisora. Yo descubrí sus propiedades cuando vivía en la calle Zapateros y mis ventanas distaban apenas diez metros de las del conservatorio. En jornadas continuas de mañana y tarde, los benditos estudiantes de música aporreaban teclados y tambores, tañían cuerdas y soplaban con toda la energía de sus jóvenes pulmones en instrumentos de viento que recordaban a las trompetas de Jericó, todo ello con las ventanas de sus aulas abiertas de par en par. El clamor resultante era de tal intensidad que me impedía cualquier actividad que requiriese un mínimo de concentración. Finalmente, al borde ya de la locura, descubrí que era posible enmascarar el estruendo que brotaba del edificio de enfrente usando un generador de ruido blanco. Con esto y unos auriculares, lograba sustituir aquella sinfonía demoníaca por una especie de rumor de parásitos radiofónicos que resultaba bastante sedante, y que me permitía concentrarme y trabajar sin problemas. Hoy en día, con la proliferación de los smartphones, es posible descargarse aplicaciones que reemplazan cualquier ruido exterior por los sonidos de la jungla, de la playa o de una hoguera. Considero que estas aplicaciones son de especial utilidad durante estas perezosas tardes estivales, cuando la tele del vecino se cuela en nuestros hogares, jorobándonos la siesta con alguno de esos comentaristas deportivos que vociferan emocionados, o con el discurso de algún político anunciando que su partido se dispone a hacer lo contrario de lo que habían afirmado que haría. Les animo a probar el ruido blanco para librarse de esos pesados. Mano de santo, oiga.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 12/8/2016