La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

domingo, 15 de diciembre de 2019

ITV



Tengo que pasar la ITV. Trato de no pensar en ello, pero la idea se revuelve en mi inconsciente como un bicho con colmillos y garras que de vez en cuando asoma su feo hocico. En mi mejor estilo de procrastinador, dejo que los días de agosto transcurran lentos y perezosos, pero el tiempo es obstinado y el plazo se aproxima. Se aproxima tanto que ya está aquí. Para mí, la ITV viene a ser como los exámenes de septiembre para los malos estudiantes. Es cierto que de momento he pasado la prueba sin problemas, pero la idea de tener que presentarme me angustia en extremo. He reflexionado sobre el motivo y solo encuentro una respuesta: mis deficientes niveles de testosterona. En otras palabras, mi falta de masculinidad. El mundo del motor es un mundo de machotes: aguerridos taxistas, viriles camioneros, mecánicos sudorosos con el taller forrado de chicas en pelotas. Al lado de estos machos alfa, no soy más que un mindundi sin agallas. Cuando piso un taller mecánico y me veo rodeado de monos azules, mi voz se aflauta y mis testículos se encogen. Sus voces roncas restallan en mis oídos como latigazos y siento el impulso incontenible de salir corriendo. Cada vez que afronto el viacrucis de la ITV y los técnicos me ladran sus consignas, descubro de repente que no soy capaz de distinguir el embrague del freno, que ignoro cómo se activan las luces largas y los limpiaparabrisas. Incluso me aturullo cuando me piden que toque el claxon. Necesito con urgencia un tipo bragado que me pase la ITV. Yo no soy lo bastante hombre. Creo que ni siquiera debería tener coche.


Artículo publicado en La Tribuna de Albacete el 16/8/2019

La frasca


Regresábamos al pueblo un amigo y yo tras una caminata campestre. Era cerca del mediodía, hora adecuada para abordar el almuerzo, por lo que, sin mucha discusión, tomamos asiento en el primer bar que encontramos. Consultamos al camarero acerca de las opciones culinarias. Mi amigo se decantó por medio bocadillo de jamón y yo opté por otro medio de lomo. Para ayudar a bajarlos, el pidió un vaso de vino y yo un botellín de cerveza. El camarero torció el gesto. «Es que con el almuerzo va incluida la frasca», nos explicó. Decididos a respetar las costumbres locales, acatamos la sugerencia del muchacho. Llegaron los «medios bocadillos», cuya longitud rebasaba los treinta centímetros. Y llegó la frasca anunciada, una botella de base cuadrangular, como las que se usaban en las tabernas de antaño. Tendría una capacidad de un litro y venía rellena de vino hasta el gollete. «¿Me pones también una botella de Casera?», supliqué con voz plañidera. Mi amigo, natural de Jumilla, me lanzó una mirada cargada de desprecio. La pasé por alto y acometimos sin más el desafío de la frasca y de los mastodónticos bocadillos. Estábamos sentados a la sombra, en una terraza arbolada, y la mañana era fresca y apacible. Charlamos sobre nuestras cosas durante la primera media hora. Luego los recuerdos se vuelven borrosos y ya no me acuerdo de casi nada. Puede que entonáramos algunos cánticos. Incluso puede que pidiéramos otra frasca y unos carajillos. No estoy seguro. Lo siguiente que recuerdo es que el sol ya caía y estábamos repantingados en mi patio, observando los saltamontes y las lagartijas. Por algún motivo, se nos ocurrió que sería divertido bautizar a cada bicho. Yo les di nombres de estrellas del rock (Bruce, Elvis, Elton…). Él prefirió ceñirse a los autores españoles del Siglo de Oro. Mi perro nos observaba asombrado. Escribo esta columna a la mañana siguiente. Lamento tanta trivialidad. La frasca no perdona.
Artículo publicado en La Tribuna de Albacete el 9/8/2019

viernes, 2 de agosto de 2019

La luna



Ya han transcurrido un par de semanas desde el aniversario del primer alunizaje. Me imagino que cada cual lo conmemoró a su manera. En mi caso, en lugar de ver los documentales por televisión, preferí salir al patio para contemplar nuestro satélite cara a cara. Aunque me llevé un chasco, porque la luna no había asomado todavía. Apenas se distinguían tres o cuatro estrellas, las más brillantes. Pero el cielo nocturno esconde sorpresas, sobre todo en las zonas poco habitadas, y bastaron un par de minutos para que mi visión se habituara a la oscuridad y comenzaran a distinguirse las constelaciones y, tras ellas, un polvillo plateado que salpicaba mi pequeño rectángulo de cielo. En ese momento, inevitablemente, pensé en mi padre. Lo evoqué como era hace cincuenta años, en su etapa de maestro rural, cuando seguramente permaneció despierto con sus compañeros para presenciar la hazaña del Apolo 11. Pensé en mi padre con casi 92 años, una semana antes del aniversario del alunizaje, mientras mi hermano y yo velábamos su cuerpo inerte. Y ese cielo nocturno que yo contemplaba se me reveló como un vínculo inesperado que mi padre y yo compartiríamos para siempre, un vínculo mucho más duradero que el de la memoria de quienes lo amamos en vida y ahora arrostramos su pérdida. Esta cadena de cuerpos, de vidas, adquirió de repente sentido para mí. Oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno… Los materiales que componían el cuerpo de mi padre se cocieron hace millones de años en el corazón de alguna estrella. Ahora mi padre se desintegra para volver a formar parte de un todo, como antes o después me ocurrirá a mí, a todos nosotros. No creo en la promesa de una vida tras la muerte. El auténtico milagro es la noble chispa de conciencia que durante décadas animó ese cuerpo que ahora ha emprendido el regreso al origen. Mi padre, su cuerpo marchito. Tan insignificante, tan inmenso.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 2/8/2019

jueves, 18 de abril de 2019

Luna de abril


Un año más nos encontramos con un segundo trimestre exageradamente largo y un tercer trimestre reducido a la mínima expresión. Hace unos días le pregunté a mi compañero de Religión del instituto el motivo por el que las fechas de la Semana Santa varían tanto de un año para otro. Armándose de paciencia, me explicó que la cosa data del siglo VI de nuestra era. Según el cálculo realizado por el monje y erudito Dionisio el Exiguo, únicamente hay que echar mano del calendario astronómico y tomar como referencia la primera luna llena que siga al equinoccio de primavera. El Domingo de Resurrección será el primer domingo posterior a esta luna llena. Es decir, las vacaciones de Semana Santa tanto pueden caer en marzo como en abril, con más de un mes de diferencia, dependiendo de los ciclos lunares. A pesar de los trastornos que todo este lío pueda suponer, creo que en el fondo esta incertidumbre resulta saludable, pues nos vacuna contra el aburrimiento y la rutina. De hecho, creo que se debería extender a todas las facetas de la vida que dependan del cómputo del tiempo. Propongo, por ejemplo, que usemos despertadores cuyas alarmas no se puedan poner a horas exactas, sino con al menos treinta minutos de margen. Así podríamos disfrutar de mañanas tranquilas mientras que otros días tendríamos que saltar de la cama y abandonar nuestro domicilio por el procedimiento de urgencia. Nuestro horario laboral también variaría de forma caprichosa con apenas unos minutos de aviso. Y las vacaciones, que se podrían asignar aleatoriamente y sin tiempo para planear nada. Si me apuran, incluso las Navidades podrían establecerse conforme a un sorteo que las situaría entre los meses de septiembre y mayo, evitando la aburrida cantinela anual de la lotería cada 22 de diciembre. Que nadie acuse a la iglesia católica de aferrarse a tradiciones medievales. ¡Viva Dionisio el Exiguo! ¡Viva la incertidumbre!

Publicado en La Tribuna de Albacete el 12/4/2019

Idiotas


Ya se las han apañado los biempensantes para crear un nuevo mártir de la libertad de expresión. Esta vez se trata de un poeta-tuitero segoviano llamado Camilo de Ory, y su ofensa consiste en haber hecho chistes a costa de Julen, el pobre niño que se cayó en un pozo. A este paso, dentro de poco la sagrada causa de la libertad de expresión y pensamiento contará con su propio santoral, a semejanza de lo que ocurrió en los primeros tiempos del cristianismo. Este tal Camilo, desde luego, se ha ganado un lugar destacado en el Elíseo de los “bocachanclas” donde el periodista Arcadi Espada ocupa el lugar de honor. La cosa tendría su gracia si no fuera por su reverso oscuro, pues lo cierto es que en este país se ha vuelto difícil abrir la boca sin que alguien se ofenda y te denuncie. Y en los casos más célebres, cuando el chiste o ataque verbal tiene como objeto las instituciones del Estado o las víctimas del terrorismo, la querella puede proceder directamente de la fiscalía, que acojona mucho más. Se debate sobre los límites del humor y de la libertad de expresión, y a mí me parece que tenemos un doble problema. En primer lugar, la dolorosa constatación de que vivimos en una especie de teocracia donde el hecho de apartarse del pensamiento recto y mayoritario te puede llevar a la cárcel o al ostracismo. Luego, la pereza que siente uno al verse obligado a defender a tanto botarate en aras de la libertad de expresión. Creo que, en lugar de tanta denuncia y tanto escándalo, sería preferible instaurar una especie de carné por puntos para poder usar las redes sociales. A la séptima patochada, te vas a tuitear al váter del bar de la esquina, idiota.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 5/4/2019

Ofendidos


Gabriel Rufián ha mencionado Albacete y se ha armado la gorda en Albacete, e incluso en Toledo. Fue a propósito de la ratificación de la sentencia de esos energúmenos que apalearon a dos guardias civiles. “Todo el mundo sabe que si esos siete chavales, en lugar de ser de Alsasua, fueran de Albacete, no estarían en la cárcel”, dijo. Y faltó tiempo para que el alcalde de Albacete y el presidente García-Page montaran en cólera (Page incluso declaró sentirse humillado). Entiendo que cada cual tiene derecho a ofenderse con lo que quiera. De hecho, hoy en día el sentirse ofendido es la seña de identidad de numerosos colectivos e individuos. Pero de los políticos se espera más cintura y menos gestos cosméticos. Puestos a sentirnos ofendidos, deberíamos ofendernos en primer lugar con Cervantes, que escribió aquello de “En lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”. No es a Cervantes le fallara la memoria, es sencillamente que no quería acordarse de una tierra que seguramente le traía malos recuerdos. Imaginemos lo que el cosmopolita Cervantes debía de sentir al verse obligado a arrastrase entre un poblacho manchego y otro. La famosa cita de Cervantes sobre el “lugar de La Mancha” es humorística, como el resto del Quijote, y viene a significar “En un sitio cualquiera del culo del mundo”. Hace unos años visité algunos colegios de la zona metropolitana de Barcelona. Cuando les dije a los chicos que era de Albacete, me miraron con la misma cara que si les hubiera dicho que venía de Marte. “Entre Madrid y Valencia”, les aclaré. Pero dio lo mismo. Para aquellos alumnos de bachillerato catalanes, entre Madrid y Valencia no había nada. Si atendemos a la peculiar distribución demográfica de este país, lo triste es que seguramente tenían razón. Casi deberíamos darle las gracias a Rufián por acordarse de que Albacete existe.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 29/3/2019

Fiesta y resaca


¿Quién no está harto de esa frasecita según la cual las elecciones son “la fiesta de la democracia”? Como todos los tópicos, este ha acabado por cansar a fuerza de repetirse. Igual que las propias elecciones, vaya. Además, las fiestas excesivamente largas terminan aburriendo. Poco más de un mes después de que Pedro Sánchez convocara las elecciones, muchos empezamos a sentir un hastío profundo, y eso que todavía estamos a varias semanas del comienzo de la campaña electoral (de la primera, porque luego vendrá otra). Tanta retórica pedestre, tanta estratagema burda y tanta mentira descarada comienzan a pasar factura. Lo único medianamente entretenido son las noticias sobre las maniobras de los partidos para “cerrar sus listas”: quiénes entran, quiénes permanecen y quiénes se quedan para vestir santos. Dudo que alguien se crea todavía aquello de que en democracia el pueblo elige a sus representantes. En realidad, detrás de la poética de las urnas, se oculta la grosera (y a menudo cruenta) realidad de la confección de las listas electorales. En esas cloacas de la democracia se viven durante estas fechas episodios de gran dramatismo, porque son muchos los que se enfrentan a la alternativa de seguir viviendo del cuento o de tener que buscarse un trabajo honrado, posibilidad sin duda aterradora para buena parte de la clase política profesional. No hay temporada mejor, por tanto, para disfrutar de la política, de la satisfacción que produce contemplar la cara de tonto que se les queda a algunos cuando comprenden que se les ha acabado el chollo. Luego, todos los partidos presumirán de unidad conforme se aproxime la “fiesta de la democracia”. Prietas las filas, los candidatos avanzarán hacia la conquista o la conservación de sus privilegios. A los ciudadanos de a pie, en cambio, solo nos quedará la larga y resignada resaca.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 22/3/2019