La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

lunes, 31 de marzo de 2014

Un país de noctámbulos


Presumimos los españoles de que la siesta es nuestro auténtico deporte nacional, una broma tan arraigada que por ahí afuera se la han tomado en serio. Lo que los guiris no entienden es que para nosotros la siesta dista de ser una prueba de pereza o molicie. Somos un país de currantes y, cuando las cifras del paro nos lo permiten, damos el callo como el que más. Pero también somos un país de noctámbulos, los que más tarde nos vamos a la cama y menos horas permanecemos en ella. Si no fuera por la siesta, sencillamente no aguantaríamos hasta el final de la jornada.
Nuestra discrepancia con el reloj y con el sentido común arranca de la España franquista, como tantas lacras que aún sufrimos. La sintonía ideológica de nuestro dictador enano con el Führer era tal que decidió adoptar el mismo horario que en Berlín, aunque por nuestra situación geográfica nos correspondería una hora menos. Dicho con propiedad, nuestra zona horaria debería ser UTC+0, al igual que en Portugal, el Reino Unido o Marruecos (no en vano el meridiano de Greenwich pasa también por Castellón de la Plana). Y no contentos con eso, los españoles hemos emprendido el siglo XXI con unos horarios propios del país agrícola y rural que fuimos, muy distintos de los que se estilan en esos países que denominamos «de nuestro entorno» con cierto iberocentrismo no exento de envidia. Los horarios españoles son tan dispares con respecto a los que se estilan por ahí que no hay extranjero que no los encuentre disparatados.
En Gran Bretaña, Francia y Alemania la jornada laboral empieza más o menos a la misma hora que aquí (en torno a las ocho) y se prolonga hasta las tres o las cuatro de la tarde con una interrupción de apenas una hora para almorzar. Naturalmente, la gente no regresa a su domicilio a mediodía (entendiendo mediodía en su sentido real de las doce, no en el que aquí solemos darle). Trabajadores y estudiantes toman un almuerzo ligero que se llevan de casa o compran en las cafeterías de los lugares de trabajo y los colegios. A la hora en que aquí dormimos la siesta, nuestros vecinos han salido del trabajo y emprenden el regreso a casa. Hay un margen para que la gente haga sus compras, pero en torno a las seis de la tarde las familias se hallan en casa reunidas, y seguramente ya estén cenando o preparándose para la cena, que es la comida principal del día. A continuación empieza una velada que para los adultos suele concluir a las diez o, como máximo, a las once de la noche, hora a la que todos los programas de máxima audiencia han concluido. Y a dormir. En suma, se trata de una jornada que hace posible el ocio y el tiempo libre, que facilita la comunicación y la vida familiar y que permite a la gente dormir un número razonable de horas por la noche.
Frente a ello, tenemos la jornada típica española, que se interrumpe a mediodía (entendiendo, aquí sí, «mediodía» en su sentido autóctono y cañí de las dos de la tarde) durante dos o tres horas y se prolonga hasta las ocho de la tarde o más. Lo más probable es que la familia no se reúna para cenar hasta pasadas las nueve de la noche. Conscientes de ello, las cadenas de televisión programan sus espacios de máxima audiencia para después de las diez. La gran mayoría de españoles a quienes les gusta ver un rato de televisión tendrán que esperar hasta las doce o la una para poder irse a la cama. Y lo que es más grave, algunos programas dirigidos también al público infantil se emiten a horas de máxima audiencia (ya saben, en prime time). Me refiero a series como Aída, Águila Roja y Con el culo al aire. Una serie tan popular como Cuéntame…, cuyos episodios duran entre una hora y 90 minutos, se emite a las 22:30, y eso en la televisión pública. Lo mismo sucede con programas-concurso como Mira quién baila, Tú sí que vales y La voz, que son seguidos masivamente por niños y adolescentes. ¿Y qué me dicen de La voz kids, un programa pensado para niños que, sin embargo, se emite a las diez de la noche y perfectamente puede concluir de madrugada?
La falta de sueño y de descanso, la escasez de tiempo para el ocio y para disfrutar de nuestra familia, los horarios disparatados que sufrimos nos han convertido en un país de noctámbulos y de ojerosos matutinos, espectros malhumorados que pasan las mañanas bostezando y suspirando por un cafelito, y que no ven el momento de llegar a casa para poder echarse la siesta. Los niños y adolescentes se levantan agotados y sin apenas tiempo para tomar un desayuno en condiciones, con la merma consiguiente para su salud y para su rendimiento escolar. No se comprende que ningún gobierno se atreva con la descomunal pero imprescindible tarea de racionalizar nuestros horarios, lo que haría de nosotros un pueblo más descansado y más feliz. O quizás sea ese precisamente el temor de nuestros gobernantes, porque un ciudadano que duerme las horas necesarias y disfruta de algo de tiempo libre puede acabar ejercitando su sentido crítico y decir «¡basta!», y eso no es conveniente. Mejor mantenernos sumidos en nuestro estupor de trasnochadores. Mejor que sigamos durmiendo la siesta.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 28/3/2014

viernes, 21 de marzo de 2014

"Frankie"


Mi amiga se ha comprado un perrito. Ella pretexta que lo ha comprado para sus hijas, porque llevaban tiempo pidiéndolo y es un modo de desarrollar en ellas el sentido de la responsabilidad. Pero lo que yo observo deja claro que la titularidad del perrito no es de las hijas, sino de la madre, y también mía como responsable civil subsidiario. No es que las niñas no se preocupen por el bienestar del animalillo. Por desgracia, se trata más bien de una preocupación teórica que, en lugar de en acciones concretas, suele materializarse en recomendaciones para su madre y para mí. Por mi parte, tengo la sensación de que es el perrito el que nos ha comprado a nosotros y no al contrario. Mi idea era que el perro era de algún modo un subordinado del ser humano. Pero esta posmodernidad interminable que vivimos ha supuesto, entre otras cosas, la perversión de los modelos de relación tradicionales, incluso de aquellos que organizaban la convivencia entre los animales y las personas. A resultas de ello, en mi casa hay un cachorro de bichón maltés que vive entre lujos propios de un maharajá, y dos adultos humanos entregados completamente a su servicio.
Aclaremos en primer lugar que el perrito es muy mono. De hecho, es monísimo. Incluso me atrevería a afirmar que su monería es de tal magnitud que llega alcanzar extremos insoportables. Nos lo entregaron con apenas un mes y medio de vida. Por aquel entonces conservaba aún claros vestigios de su etapa fetal. Era tan pequeño y tan torpe que uno se sorprendía de que no llevara el cordón umbilical arrastrando por ahí. Mi amiga lo acomodaba en su muelle seno y lo alimentaba con sus propias manos a base de gránulos especiales para mini-cachorros. Alguien le había dicho que a edades tan tempranas los cachorros son muy proclives a las hipoglucemias. Por ello, antes de irse a dormir, ella mojaba su dedo índice en azúcar para que el perrito lo lamiera. De ese modo su glucemia quedaba restablecida a niveles seguros. Pero a mí tanta dulzura alimenticia me parecía más bien un simulacro de amamantamiento, y sigo teniendo dudas de si la cosa no llegó a mayores cuando yo no estaba presente. Quizás resulte innecesario revelar que el perrito durmió las primeras noches junto a nosotros. Nunca hubiera sospechado yo que un cachorro no humano fuera capaz de emitir un rango tan variado de ruidos molestos a lo largo de la noche. La sensación era muy parecida a la de haber vuelto a ser padre a mis cincuenta tacos. «Tengo que hablar seriamente con este animal», me dije tras pasar una noche de claro en claro y un día de turbio en turbio. «Es necesario que comprenda que no es un bebé humano y que, por tanto, puedo eliminarlo en cualquier momento sin consecuencias penales».
Pero no lo hice, entre otras cosas por afán de autoconservación, pues no puedo ni imaginar qué hubiera sido de mí si le hubiera tocado a Frankie uno solo de los blancos y sedosos pelillos que recubren su cuerpecito (ya lo ven, se llama Frankie, como el mafioso de una película de Scorsese). Desde que llegó ha triplicado su peso y su tamaño, consecuencia lógica de la cuidada alimentación y de la vida regalada que lleva. No sé si es un instinto natural o el fruto de una inteligencia precoz, pero en estas pocas semanas que lleva con nosotros se las ha arreglado para convertirse en el centro del universo doméstico. Me atrevería a decir que en nuestra casa se ha instaurado un culto al perrito, y que el condenado animal es muy consciente de ese poder que ejerce sobre nosotros. En un intento por revertir la situación, y movido también por mi vocación pedagógica, he tomado a Frankie bajo mi tutela para tratar de inculcarle quién tiene en realidad la sartén por el mango. Ya he conseguido que comprenda dos de mis órdenes: «¡Frankie, sentado!» y «¡Frankie, dame la patita!». Él me obedece con gran presteza y aplomo, y yo le respondo con exageradas muestras de entusiasmo. Entonces Frankie agita el rabo y ladra, y los dos nos sentimos muy felices. En este punto debo confesar que con frecuencia yo también ladro en respuesta, y no me importaría agitar el rabo si no fuera por la falta de decoro que supondría semejante acto. Con el propósito de que no me lleve completamente a su terreno, también mantengo largas conversaciones con él, conversaciones que suelen ahondar en el complejo mundo de las relaciones entre los perros y sus amos. «Frankie», le espeté ayer mismo. «Tú todavía no te has dado cuenta de que eres un perro, ¿verdad?» Me respondió sentándose e inclinando la cabecita. Y luego me dedicó una mirada tan intensa que por un escalofriante momento me pareció que se disponía a hablarme. Por último ladró y me ofreció la patita, que yo estreché, sellando así el acuerdo tácito de no volver a hacerle preguntas tan comprometidas. Luego dediqué un buen rato a limpiar algunas cacas y algunos pipís que el bueno de Frankie había repartido por toda la casa.
Se me quedó otra pregunta el tintero, una cuestión que me ronda por la cabeza desde hace días, y que tal vez esta misma tarde me atreva a trasladarle al perrito de mi amiga: «Frankie, sé sincero. ¿Soy yo el que te adiestra a ti o eres tú el que me estás educando a mí?»

Publicado en La Tribuna de Albacete el 21/3/2014

viernes, 14 de marzo de 2014

Facebook dixit


Un estudio realizado en la universidad de Sheffield (Gran Bretaña) ha probado que la voz de la mujer provoca agotamiento el cerebro masculino. Parece que la riqueza de tonos y matices que posee la voz femenina resulta difícil de descodificar para los varones, mientras que lo contrario, al parecer, no ocurre. Una mujer puede escuchar la voz de un hombre sin experimentar el menor problema ni molestia. Es más, le suele quedar capacidad cerebral de sobra para construir varias teorías sobre lo que acaba de oír, por inocente que sea. Por ejemplo, cuando un hombre dice «cariño, al salir del trabajo me voy a quedar a tomar una cerveza con mis compañeros», el escueto mensaje generará un alud de hipótesis y cábalas en el cerebro femenino, y ello de forma casi instantánea. En cambio, cuando es la esposa la que intenta comunicarse con su marido (digamos, por ejemplo, sobre los planes para las próximas vacaciones) existen muchas posibilidades de que el hombre deje de escuchar pasados aproximadamente veinte segundos. Según Michael Hunter, profesor en Sheffield, esto no ocurre porque exista una diferencia significativa en inteligencia o capacidad de atención entre un sexo y el otro, sino a causa de la especial estructura neurológica del varón, quien no es capaz de escuchar la voz femenina sin sufrir severas sobrecargas y cefaleas. Por lo tanto, no es que los hombres no quieran escuchar, sino que se ven forzados a no hacerlo a causa de un mecanismo natural de protección. Facebook dixit.
Por otro lado, resulta interesante la política del restaurante de comida rápida Burguer Off  (Reino Unido), que se vanagloria de ofrecer a sus clientes la hamburguesa más picante del mundo. Esta hamburguesa está aderezada con una salsa a base de chilis y jalapeños que ha llegado a provocarles trastornos graves a algunos comensales, desde shocks anafilácticos a perforaciones intestinales. Por ese motivo, todo aquel que desee probar el producto debe firmar previamente un documento («disclaimer») en el que exime al restaurante de cualquier responsabilidad. Facebook dixit. (Un inciso: todo esto me recuerda cierta anécdota con un amigo mexicano del colegio mayor, Mario, que hoy en día me honra aún con su amistad y a menudo lee esta columna. Este amigo insistía en la falta de arrojo de nosotros, los españoles, a los que con frecuencia se refería como «maricones». Para probarlo, un día nos desafío a consumir jalapeños enlatados de origen mexicano que había comprado de estraperlo. El producto resultó tener curiosas propiedades, porque pronto comprobamos que sus efectos no disminuían con la digestión. Es decir, los malditos pimientos picaban lo mismo al salir que al entrar).
Siguiendo con el tema gastronómico, resulta curiosa la reclamación que un joven de Vigo ha cursado contra una conocida cadena de reparto de pizzas a domicilio. Según el joven, su intento de mantener relaciones sexuales consentidas con la pizza que acababa de recibir le provocó quemaduras de segundo grado en el pene. Facebook dixit.
Pero quizás lo más fascinante de la semana sea lo ocurrido en la localidad gaditana de San Roque, donde un vecino ha denunciado al ayuntamiento porque un burro de propiedad municipal ha tratado de abusar sexualmente de una vaca que le pertenece. Parece que el asno fue adquirido por el ayuntamiento con ocasión de las últimas fiestas navideñas como parte de un  belén viviente. Una vez terminadas las Navidades, nadie en el consistorio gaditano sabía muy bien qué hacer con el burro, que se dedicó a campar a sus anchas por el término municipal y acabó colándose en la finca del denunciante. Allí fue donde tuvo lugar el intento de agresión sexual a la vaca de marras, que el concejal José Lara justifica con el argumento de que fue la vaca la que provocó al asno. «Se trata de un burro joven, con mucha fuerza», ha declarado el edil. «Y claro, al salir la vaca completamente desnuda, con las tetas al aire, pues igual el animal se salió de madre y embistió». Se rumorea que las activistas de Femen han renunciado a manifestarse en San Roque. Facebook dixit.
Han pasado otras cosas por ahí, en Ucrania, en los tribunales, en el parlamento… Pero mejor no entrar en ellas, porque siempre hay quien se ofende al leer las opiniones ajenas, y no es cuestión de ir ofendiendo a lo tonto.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/3/2014

jueves, 6 de marzo de 2014

Cospedal o la nada


Me dan mucha pena los pobres parlamentarios regionales, que por culpa de Cospedal se van a quedar sin sueldo y reducidos a la mitad. Ya dijimos en una ocasión que, llegados a ciertos extremos, más vale disolver completamente el parlamento regional y gobernar el cortijo… ejem… la región por decreto. Mejor eso que hacer el ridículo con un simulacro de cámara habitada por enanitos paupérrimos, parlamentarios miniaturizados a la mitad de su tamaño anterior y vestidos de harapos porque Cospedal los ha dejado sin su medio de subsistencia. Una vez concluidos los plenos y las comisiones, me los imagino arrodillados en mitad de la acera delante de las Cortes de Castilla-La Mancha, con una cesta para recoger limosnas y un cartel que rece «es triste pedir, pero peor es robar». Cospedal justifica el recorte diciendo que la mitad de un parlamentario hace la misma función que un parlamentario entero (lo cual, tristemente, es cierto). También afirma (y esto resulta más polémico) que de este modo quienes formen parte del parlamento regional lo harán por verdadera vocación de servicio y, una vez concluidas sus tareas políticas, se quitarán el traje para ponerse el mono y regresarán a sus bancales, a sus rebaños o a sus fábricas, como aquel patricio romano llamado Cincinato, al que el senado nombró dictador para hacer frente a una crisis. Una vez pasado el peligro y restaurada la paz, Cincinato dijo «ahí os quedáis» y volvió a su finca para reanudar sus tareas de labranza.
Verdaderamente es una pena que la Historia haya extraviado el nombre del caballo de Atila, porque nos vendría de perlas para referirnos a Cospedal y a su campaña feroz de adelgazamiento (o jibarización) de la realidad castellanomanchega. La semana pasada, sin ir más lejos, Cospedal vino a esta su ciudad para acompañar a la princesa Letizia. Me cuentan que ambas se personaron en la Universidad Laboral para visitar las instalaciones del ciclo de FP de hostelería, y que a Cospedal le gritaron de todo menos guapa. Cierto amigo que trabaja en la Uni comentó en una red social que le pareció un espectáculo bochornoso, una demostración pública de grosería y falta de urbanidad. Comprendo y comparto lo que dice mi amigo, pero no sé qué esperaba la señora Cospedal al presentarse en un centro educativo público sin más ni más. Salvando las distancias, viene a ser como si a Hitler le hubiera dado por presentarse en Auschwitz para hacer una visita de cortesía y para preguntar a los internos si se les trataba bien y si les gustaba la comida.
Por mi parte, y aunque me duela confesarlo, encuentro fascinante el tesón de esta mujer y de sus contables, que están logrando el equilibrio presupuestario a base de recortar o suprimir allá donde el gasto es más necesario. Que no se me malinterprete. No me refiero ahora a las Cortes Regionales, que me importan un bledo, sino a la sanidad, a la enseñanza, a la protección social, al apoyo a las personas dependientes y a las políticas de creación de empleo. Y, si me apuran, hasta a la cultura, que no solo de televisión vive el ser humano. Me parece detestable la falta de conciencia social de quienes nos gobiernan desde Toledo y desde Madrid, que viene a ser lo mismo. Con todo, repito, me fascina la férrea voluntad con la que esta señora blande la tijera para lograr lo imposible, es decir, que empecemos a echar de menos a Bono y a Barreda.
En el fondo, creo que Cospedal está procediendo de un modo muy coherente con la realidad y la vocación de esta región, que no es otra que la inexistencia. El modelo de Estado de la Transición ha fracasado. El «café para todos» ha resultado absurdo, caro e ineficaz. Hay una España que funciona y una España que parasita, y nosotros pertenecemos a la segunda. ¿Qué mejor forma de terminar con el problema de esta autonomía que ir limándola poco a poco hasta que no quede nada de ella? Muerto el perro, se acabó la rabia. ¿Qué tal una campaña de evacuación de esa población rural, tan diseminada y envejecida, hacia los núcleos urbanos? Ya puestos, ¿por qué no nos vamos todos a vivir a Madrid y a Valencia, donde casi no molestaríamos, apagamos la luz y echamos la llave? De este modo, el territorio de la región podría aprovecharse como parque temático cervantino o como gigantesco coto de caza para que los señoritos del PP se solacen durante el finde. Porque, seamos sinceros, ¿a quién le importa esta región cuyos parlamentarios no cobran un sueldo digno y además son señores pequeñitos? ¿A quién puede importarle una región donde ocurren cosas como el suceso acaecido en Villarrobledo el martes pasado? Me refiero, claro está, a ese vecino que embistió el coche del cobrador del frac con un pequeño tractor que en la prensa han denominado (no sin cierta retranca) «toro mecánico». Como suele ocurrirnos en estos casos, la noticia ya ha saltado a los medios nacionales, y quién sabe si también a los internacionales, lo que nos ha sumido en el ridículo habitual. Uno no puede evitar sentir bochorno ante el proceder de semejante energúmeno. Pero ¿quién no ha deseado alguna decir aquello de «¡Cuidado conmigo, María Dolores! Tengo un toro mecánico y sé cómo usarlo»?

6/3/2014

viernes, 28 de febrero de 2014

El bazar chino


El lunes pasado acudí al bazar chino que hay enfrente de mi casa para comprar una botellita de típex. «Típex, corrector», le dije al dependiente, quien me respondió con una sonrisa tan generosa en dientes como parca en entendimiento. Traté de explicárselo por mímica, pero él perseveró en su sonrisa chinesca sin brindarme la menor indicación. Finalmente, cuando ya estaba a punto de desistir, el risueño joven trazó un vago además en dirección al fondo del local. Justo antes de alejarme hacia donde él me señalaba, creí sorprender en su semblante un gesto avieso al estilo de Fumanchú, pero lo atribuí a mis prejuicios y a la incapacidad de los occidentales para descifrar la gestualidad asiática.
Al fondo del local había una puerta que quedaba oculta entre colgadores y estanterías, puerta que daba acceso a otra dependencia de la tienda, más grande todavía que la primera. Un rápido vistazo me reveló que toda aquella sección estaba dedicada a los envases, botellas y recipientes de todo género. De hecho, me topé con un estante que soportaba un gran variedad de lo que solo podían ser urnas funerarias, aunque me abstuve de abrirlas o incluso de tocarlas, no fuera a tratarse de un altar religioso dedicado a honrar la memoria de los antepasados. Lo que no vi fue ni el típex que buscaba ni nada que pareciera material de papelería, y tampoco a ningún dependiente que me indicara por dónde reanudar mi búsqueda. Había dos umbrales enfrentados al fondo de la estancia. Elegí el de la derecha notando que mi ánimo empezaba a flaquear.
Toda aquella sección estaba dedicada a la venta de esos gatos de la suerte que mueven la pata izquierda como intentando atraer la fortuna para su dueño. «Maneki-neko», rezaban varios rótulos repartidos por las estanterías. Los había de todos los tamaños y colores. Algunos eran más grandes que un gato adulto y bien alimentado. Otros apenas superaban los tres centímetros. Pero lo sorprendente era que todos movían la pata en perfecta sincronía, lo que creaba una especie de efecto hipnótico que me obligó a sacudir la cabeza para despejarme. Casi oculta en un rincón, encontré a una diminuta chica oriental que parecía salida de un tebeo manga. «¡Típex, típex!», grazné. Ella me respondió con una mirada perdida en el vacío y movió su brazo izquierdo siguiendo el ritmo que marcaban los gatos. Por último, susurró «Maneki-neko». Y eso fue todo.
En la sección siguiente la sensación de realidad se acentuó hasta un extremo casi delirante. De pronto me encontré en una especie de tienda de antigüedades orientales. Entre la penumbra y las nubes de incienso, distinguí grandes jarrones decorados con lotos y sauces, biombos, budas dorados, figuras de tigres y dragones… Tras el mostrador, un anciano ataviado con túnica fumaba parsimoniosamente de una larga pipa. Ante él había un cofre del que vi asomar una criatura peluda de grandes ojos y orejas puntiagudas. «Mo-wai», me informó el anciano con una mirada inmóvil y sin vida, como la de una figura de jade.
Las siguientes estancias resultaron más convencionales, y los objetos a la venta eran la quincalla habitual de este tipo de establecimientos. Lo extraño era la ausencia total de clientes y de personal y, sobre todo, las dimensiones desmesuradas de aquel comercio, que parecía prolongarse hasta el infinito sección tras sección. «¿Es que acaso he penetrado en algún tipo de universo paralelo made in China?», me pregunté. «¿Quizás todos los bazares chinos del mundo estén comunicados entre sí formando un único y endiablado laberinto?» Pero la gran sorpresa fue encontrarme de repente en una especie de gran comedor decorado con motivos orientales. Todas las mesas estaban abarrotadas de comensales que devoraban arroz y cerdo agridulce a gran velocidad. Sus trinos y gorjeos inundaban el comedor como una especie de sinfonía atonal. Por supuesto, todos ellos eran orientales, como la anciana que se acercó hasta mí con una bandeja. «¡Típex, típex!», le supliqué. Pero ella me señaló el contenido de la bandeja, que no era otro que esas galletitas en forma de lazo que al romperse revelan un mensaje. Tomé una de ellas y la partí. El mensaje estaba escrito en chino y me resultó indescifrable, lo cual me reconfortó. «¿Cómo se sale de aquí, buena señora?», le espeté a la anciana, quien no dio muestras de entenderme. Entonces tuve la ocurrencia de usar el traductor de mi smartphone. «Dang ni likai zheli?», pronuncié trabajosamente. Ella sonrió, depositó la bandeja sobre una mesa y chasqueó los dedos.

De repente me encontré ante la puerta de un bazar chino, pero no el mismo al que había entrado al principio, sino otro que se encuentra en el otro extremo de la ciudad. Tuve la sensación de que habían transcurrido muchas horas desde el comienzo de mi pesadilla oriental, pero un vistazo al reloj me reveló que solo habían pasado cinco minutos. Entonces, ¿por qué tenía tanta hambre? Me debatí con esta y otras preguntas mientras masticaba los trozos de una galleta de la fortuna que encontré en el bolsillo. Compré el típex de regreso a casa en una anodina papelería occidental. Sé que algún día volveré a aventurarme en el bazar chino. Pero todavía no estoy preparado.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 28/2/2014

viernes, 21 de febrero de 2014

WTF


En los mentideros de internet se ha acuñado la expresión WTF movies. WTF son las iniciales de “what the fuck!”, que es lo que los angloparlantes no muy refinados exclaman cuando el significado o propósito de algo se les escapa por completo. De este modo, las WTF movies serían aquellas películas que nadie o que casi nadie entiende. Partamos de la base de que no toda obra (ya sea literaria, plástica o musical) tiene por qué ser necesariamente accesible a todo el mundo. El lenguaje del arte se aprende poco a poco, y nadie que consuma únicamente cine comercial puede aspirar a disfrutar con una película de Bergman (mientras que lo contrario sí que es posible). Con todo, sigue existiendo una categoría de películas a las que ni el más avezado cinéfilo es capaz de hincarles el diente, salvo que la pedantería o el miedo a hacer el ridículo lo lleven a mentir como un bellaco. Estas serían las WTF, de las que me dispongo a realizar mi propia y particularísima lista.
En el número uno, la que para mí siempre será la WTF por antonomasia: el clásico de Stanley Kubrick 2001, una odisea del espacio, especialmente su tramo final. Muy pocos de los que vieron la película en su momento (ni los propios actores) entendieron qué demonios era el monolito ni qué perseguía la misión de la Discovery. Pero cuando el astronauta Bowman abandonó la cápsula y empezó a ver luces psicodélicas por doquier, la historia adquirió unos tintes más propios de un concierto de los primeros Pink Floyd que de una cinta de ciencia ficción. Como curiosidad, sepan que la historia está basada en un relato de Arthur C. Clarke titulado El centinela. Clarke y Kubrick trabajaron simultáneamente en el guión de la película y en la novelización de ese guión, lo que resulta muy lógico en vista de los resultados. Todo lo que en la película tiene de oscuro, ambiguo y simbólico, la novela lo explica a la perfección, por lo que la segunda no deja de ser el manual de instrucciones para comprender la primera, la guía imprescindible para cualquier espectador curioso.
De hecho, no estaría nada mal que en algunas películas, junto con la entrada, se entregara una guía o esquema que permitiera al espectador una comprensión cabal. Mucho mejor eso que tener al lado a un listillo que se pasa toda la proyección explicándole la película a su novia. A mí esto me habría venido muy bien para comprender la trama de Origen, de Christopher Nolan, en la que me quedé a dos velas a partir del minuto 20 de metraje. Comprendí que la historia relataba una misión en la que una especie de hackers del universo onírico se introducían en los sueños de un magnate para obligarlo a tomar cierta decisión financiera. Por desgracia, la cosa no quedaba ahí, porque una vez dentro del sueño se iban zambullendo en otros sueños, cada vez en un nivel más profundo. Alertado como estaba, y ante la insistencia de mi amiga de ver la cinta en DVD, dediqué un largo rato a descifrar el argumento gracias a la amplia sinopsis que se puede leer en la Wikipedia. Ni que decir tiene que quedé a la misma altura que el listillo antes mencionado, el que le explica la película a su novia.
Christopher Nolan es también el responsable de Memento, una de las películas de argumento más endiablado de la historia del cine. El protagonista es un tipo cuya esposa ha sido asesinada. Él mismo ha sufrido una lesión cerebral que le ha provocado un curioso tipo de amnesia: le resulta imposible almacenar nuevos recuerdos. Mientras avanza en la investigación que le conducirá al asesino de su mujer, el protagonista se ve obligado a tatuarse los hechos que va descubriendo antes de que se le olviden. Para complicar todavía más la trama, la historia está contada al revés, y se va remontando desde su desenlace hasta sus primeros compases. Dudo que nadie haya sido capaz de entender semejante galimatías sin sufrir, al igual que el protagonista, un daño cerebral severo
Pero sin duda hay un rey del género WTF, que no es otro que el norteamericano David Lynch, cuyos guiones para cintas como Mulholland Drive o Carretera perdida son dignos de una pesadilla kafkiana. Cabeza borradora, primer largometraje de Lynch, entraría más en la categoría de alucinación filmada que en la de película propiamente dicha. La sombra de Buñuel es alargada.
Aunque tal vez el error esté precisamente en aspirar a comprenderlo todo. En sus consejos a los actores, Hamlet les advierte que su arte debe consistir en sostener un espejo ante la naturaleza, con lo que no hace sino repetir el precepto aristotélico de mímesis. El arte debe reflejar la naturaleza, y la naturaleza es caos, sobre todo nuestra naturaleza interior, el contenido de nuestra mente y de nuestros sueños. Aquello que resulta demasiado fácil de comprender, lo que no exige el esfuerzo del que lee o del que mira, tal vez peque de evidente y, por tanto, de trivial. En cambio, las zonas de penumbra bullen de misterio y de significados. Quizás debamos estarles agradecidos a todos estos cineastas por no exponer a la luz todos sus misterios. Excepto a Julio Médem, a quien solo le debemos gratitud por no haber realizado ninguna película durante todo el año pasado, como nuestro paisano Ernesto Sevilla recordó en la última gala de los premios Goya.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 21/2/2014

lunes, 17 de febrero de 2014

Así nos va


El lunes pasado saltó a los medios la noticia de que Vodafone estaba interesada en hacerse con ONO. Al final, parece que ONO rechaza la oferta y mantiene su salida a Bolsa, aunque tal vez esto no sea más que una treta para hacerse querer y aumentar los beneficios de la operación. A mí todo esto me recuerda al argumento de una película de terror. Igual que ocurre en Pesadilla en Elm Street, de pronto uno descubre que no hay lugar donde esconderse, porque Freddie Krueger te acabará pillando vayas donde vayas. Como tantos otros, yo he cambiado un par de veces de compañía, pero las implacables multinacionales no desisten de volver a atraparme en sus redes. Parafraseando el famoso chiste, “hijo mío, date por jodido”.
Cualquier ciudadano que haya intentado darse de baja de una operadora de telefonía, conoce bien el significado de las palabras “desesperación” e “impotencia”. Mi amiga, sin ir más lejos, pasó por ese trance hace unos pocos meses, lo que me dio ocasión de asistir al proceso como testigo privilegiado. Fueron sesiones interminables al teléfono en las que se vio obligada a gritar como una posesa para navegar por el menú de voz, que solo parecía entender las opciones si se pronunciaban con acento del barrio de Salamanca y con un volumen por encima de los ochenta decibelios. Luego vinieron las musiquitas y las locuciones. Y por fin un paseo virtual por toda América Latina gracias a las cantarinas voces de los teleoperadores, que no concebían siquiera la posibilidad de que alguien fuera tan insensato como para abandonar los servicios de su compañía. Por cierto, todo esto ocurrió como resultado de un cambio de domicilio que precisaba un traslado de la línea fija y del ADSL. Le dieron para ello un plazo mínimo de tres semanas, cuando darse de alta en el mismo servicio suele realizarse de un día para otro. Pero las empresas de telefonía vienen a ser una alegoría moderna del infierno, y siempre resulta mucho más fácil entrar en ellas que abandonarlas, incluso si no se ha contratado permanencia (Lasciate ogni speranza…). Tras un vía crucis de teleoperadoras sordas y de instrucciones contradictorias, vino la parte del soborno, en la que a mi amiga le ofrecieron los mismos servicios que estaba disfrutando hasta ahora, pero por la mitad de precio, lo que naturalmente le suscitó la pregunta de si hasta ese momento no la habían estado timando. Ante sus reiteradas negativas a quedarse, parecieron desistir y le explicaron el modo de obtener la ansiada baja del servicio: un fax que debía ser enviado en una determinada fecha y no en otra, lo que sin duda constituye todo un alarde de flexibilidad y servicio al cliente. Pero no terminaron aquí sus zozobras, porque a pesar de que el fax se envió en la fecha exigida, la compañía le sigue reclamando un recibo y amenaza con incluirla en una lista de morosos. Como se decía antes, “la bolsa o la vida”.
Obstruccionismo, opacidad, soborno y coacción. Estos son los pilares del filibusterismo comercial que se gastan las grandes operadoras de telefonía en nuestro país. Tal es así que uno no puede evitar sentirse como esos abuelitos fachas que sienten nostalgia del franquismo, y recuerda con agrado aquellos tiempos en que solo existía Telefónica y todos los teléfonos descansaban sobre una mesa o estaban atornillados a la pared. Las reclamaciones se amontonan en las organizaciones de consumidores, pero las operadoras ni se inmutan, y así viene ocurriendo desde hace años sin que los gobiernos parezcan capaces de crear una legislación que ampare a los ciudadanos contra tanto abuso. Pero ¿por qué?
En este punto solo caben conjeturas, y yo he desarrollado una teoría que puede ser tan buena como cualquier otra. Se basa en el mito infantil del “Coco”, pero también podríamos denominarla “la teoría del chivo expiatorio”. Un país entero se siente saqueado, traicionado, abandonado a su suerte. Las leyes favorecen a quienes menos lo necesitan y dejan desprotegidos a los más débiles. La población se enfada. Por eso hacen falta cocos y espantajos como las operadoras de telefonía móvil y las eléctricas, a las que se les permite campar a sus anchas, como señoritos en su cortijo. Busquemos villanos para que los auténticos villanos queden en segundo plano. Sigamos jurando en arameo cuando nos llegue el recibo del móvil, sigamos ladrándole a la teleoperadora cuando se nos ocurra cambiar de compañía. Sigamos despotricando sobre los que nos roban de forma tan descarada. A ellos les da igual, porque saben que su posición es segura y que no tendrán que rendir cuentas. Pero la auténtica puñada, la que nos dejará secos, siempre vendrá por otro sitio. Lo comprenderemos al pagar los impuestos, al tratar de crear una empresa, cuando enfermemos y necesitemos un tratamiento costoso o una operación, cuando perdamos nuestro empleo, cuando nuestros hijos lleven un mes sin clase de una asignatura porque su profesor está enfermo, cuando el banco ejecute nuestra hipoteca y nos deje en la calle, cuando comprobemos que hemos perdido libertades y derechos que ya creíamos consolidados. Pero hasta entonces nos preocupa mucho más que el ADSL no nos dé ni la mitad de las megas que nos habían prometido. Así nos va.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/2/2014