La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

martes, 29 de octubre de 2013

Leaving Las Vegas

      
Las Vegas es la ciudad a la que nunca se regresa. Y la Interestatal 15 la única autopista del mundo que no conduce a ningún sitio. Porque (es un secreto a voces) Las Vegas es solo un espejismo en medio del desierto. Hace dos días aterricé en un aeropuerto nocturno, un no lugar dentro de un no lugar. Era una terminal enorme y desnuda de viajeros. Pero había máquinas tragaperras por todas partes, y algunos jugadores que parecían congelados ante ellas. ¿Qué hacían allí en mitad de la noche, incongruentes como las imágenes de un sueño? Pero enseguida descubrí que Las Vegas es el reino de los sueños y de las incongruencias. Dicen que en los hoteles más lujosos hay habitaciones que tienen cascadas en su interior. Y anoche yo mismo vi un gran acuario infestado de tiburones dentro del cual había un tobogán de plástico por el que los bañistas se deslizaban hasta la piscina. Aunque ahora no estoy seguro de si lo vi o lo soñé. Porque todo en Las Vegas parece teñido de irrealidad, como esos jugadores solitarios del aeropuerto, o los individuos que me salen al paso en las atestadas aceras de la avenida que llaman “The Strip”. Son tipos granujientos que reparten cromos de mujeres desnudas que resultan ser anuncios de prostitutas. Hasta las putas son irreales en Las Vegas, aunque sus emisarios me aseguran que las fotos son reales, y que incluso puedo examinar su certificado médico.
      He aquí una ciudad de sueños y de pesadillas. “Soy demasiado feo para prostituirme”, reza el cartel de un joven mendigo. Más allá veo a un Elvis zarrapastroso que se fotografía con los turistas. Junto a él, dos chicas de aspecto adolescente que se cubren únicamente con plumas y lentejuelas, y que seguramente anuncian algún espectáculo o casino. En el hotel donde duermo todos los ascensores y las escaleras mecánicas terminan en el casino. Si quiero desayunar o comprar un souvenir me veo obligado a cruzar el casino, porque todo aquí está más allá del casino, laberinto de luces parpadeantes y música estridente del que nunca se logra salir. Un joven alto y trajeado me coloca una pulsera de papel y me asegura que puedo beber todo lo que quiera con tal de que apueste mi dinero mientras lo hago. Para mí estás máquinas son como un jeroglífico egipcio, pero veo la foto de una mujer con aspecto de ama de casa que obtuvo un jackpot de cuatro millones de dólares que exhibe en forma de cheque gigantesco. Otro sueño de Las Vegas. Y yo sigo sin cenar, porque no logro encontrar la salida del laberinto, y me detengo ante las mesas de póquer, de black jack y de ruleta, donde crupiers exhiben sus pechos brillantes y siliconados ante las narices de los jugadores, y las pole dancers ejecutan acrobacias encaramadas a sus barras plateadas. Yo miro con disimulo y sigo hambriento, y sé que nunca lograré encontrar la salida de este laberinto de aire acondicionado y neón.

      Ante una capilla donde se celebran bodas exhiben un descapotable de color rosa. Por unos cientos de dólares pueden casarte sentado en el Cadillac de Elvis, o si lo deseas en tu propio coche, sin necesidad de bajarte, como en el “drive-thru” de un McDonald’s. Asisto a la erupción de un volcán en el jardín de un hotel. Paseo por una calle de la antigua Roma bajo un techo pintado de nubes. Luego contemplo a las parejas navegando en góndola por los canales de una falsa Venecia escondida en las tripas de un hotel. Las Vegas sueña con el viejo mundo, pero su sueño es estridente y desmesurado. Huele a especulación inmobiliaria, a corrupción y a dinero fácil. Es el sueño de un gángster, del que por fin despierto para encontrarme en un autobús que cruza el desierto. Viajo hacia el oeste, camino de California, donde quizás los sueños sean más tangibles. A mi espalda, la ciudad de los casinos y los neones se desvanece bajo el sol de la mañana. Y sé que nunca regresaré a Las Vegas.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 25/10/2013

viernes, 18 de octubre de 2013

Una moneda de plata


Mañana me caso. ¿Quién me iba a decir que iba a volver a vestirme de novio con mi casi medio siglo a la espalda? Pero la vida no deja de sorprenderle a uno. Y algunas de esas sorpresas son incluso felices. En general, los preparativos de esta boda han resultado agradables. No ha habido nervios ni discrepancias ni interferencias familiares ni tensiones de ningún género. Hemos elegido el Ayuntamiento de Chinchilla para celebrar el acto, porque de ese modo añadiremos al enlace el placer de que nos case Arturo Tendero, gran poeta, mejor amigo y encima alcalde. Y resulta que mi regalo para los invitados será una recopilación de estos artículos que voy publicando semana tras semana. Ya se habrán dado cuenta de que lo que suelo contar en ellos son historias extraídas de mi propia vida. A poco que me hayan seguido, también habrán comprobado la presencia recurrente de un segundo personaje al que yo he dado en llamar «mi amiga». La conocieron cuando les conté que había dejado caer su flamante smartphone por la taza del váter, lo que a mis ojos le hizo ganar muchos puntos en belleza y encanto (y eso que ya andaba sobrada de ambas cosas). También supieron de su manía por embarcarme en imposibles trabajos de bricolaje, trabajos que casi siempre acaban en catástrofe. Les conté que se las ingenió para hacerme participar dos años consecutivos en la cabalgata de Feria ataviado de manchegazo de pies a cabeza. E incluso para emprender una inolvidable excursión al parque Warner en compañía de sus dos gemelas y de mi hijo post-adolescente, que todavía no me lo ha perdonado. Creo que la última noticia que tuvieron de ella fue la de su peculiar mudanza a base de empujar carritos de supermercado por esas calles de Dios. Ya les dije que había participado activamente en esa mudanza. Lo que omití fue que esa mudanza era también la mía.
Creo que ya habrán adivinado que «mi amiga» es en realidad mi novia, la mujer con la que me caso mañana en Chinchilla. Sé que no es este el lugar adecuado para contar intimidades (aunque seguramente ya me habré saltado ese principio unas cuantas veces). Pero no me resisto a la tentación de contarles una nueva historia sobre esta amiga que dentro de unas horas se convertirá en mi esposa. Empieza hace casi catorce años, con un relato que escribí inspirándome en una historia que Jorge Luis Borges esboza en su libro Atlas. En ella conocemos a un soldado que recupera la conciencia tras ser herido en una batalla. Al despertar, se da cuenta de que no es capaz de recordar quién es ni cómo ha llegado hasta allí. Su memoria está tan vacía como la de un niño recién nacido. Penosamente, se arrastra hasta un riachuelo para saciar su sed y lavar sus heridas. A continuación emprende un vagabundeo a través de un desierto sin fin. Cuando está muy cerca de rendirse y dejarse morir, es recogido por unos extraños mercaderes de ojos oblicuos que montan dromedarios. Ellos lo llevan hasta una tierra vastísima que se halla al oriente del oriente. Allí, fiel a su destino guerrero, vende su espada como mercenario. Estas eran las últimas líneas del relato:
«En esta mi historia —acaso en todas las historias de los hombres— tan solo el principio y el final importan, ya que el resto se reduce a un brevísimo intervalo en el vacío. Baste, pues, con decir que sobreviví a muchas otras batallas y que numerosas fueron las ocasiones en que mis armas se tiñeron de sangre y de gloria. El inevitable desenlace no ocurrió hasta muchos años después, cuando, tras regresar victorioso de una expedición contra un reino enemigo, recibí con mi parte del botín una bolsa llena de monedas. Entre ellas había una extraña pieza de plata, una moneda extranjera de la cual no pude apartar la vista. En su anverso, vi representado a un hombre joven de rizados cabellos; dos cuernos de carnero brotaban de sus sienes. Al cabo, noté el calor de las lágrimas sobre mi rostro.
—¿Qué te ocurre? —preguntó mi capitán—. ¿Te atormenta alguna antigua herida?
Negué con la cabeza y le mostré mi hallazgo.
—Contempla esta moneda —repuse con la voz rota por el llanto—. Es un tetradracma de plata que yo mismo ordené acuñar para celebrar mi victoria sobre el rey de Persia en Gaugamela, cuando todavía era Alejandro de Macedonia y el Asia entera se estremecía al oír mi nombre.»
Y ahora se estarán preguntando qué tiene que ver toda esta literatura con mi novia y con mi boda. Pues bien, ocurre que moneda de plata con la efigie de Alejandro Magno, la que encontré por vez primera en un libro del maestro Borges y evoqué en el cuento que les acabo de resumir, volvió a aparecer en mi vida. Inevitablemente, colgaba del cuello de la mujer que iba a cambiarlo todo, la mujer con la que contraigo matrimonio mañana. Algunas veces da la impresión de que la vida tenga sentido, de que si prestamos atención a las señales, acabaremos por encontrar el camino correcto.
Mañana brindaré por ustedes.


La Tribuna de Albacete, 18/10/2013

lunes, 14 de octubre de 2013

Simulacros

 

Recuerdo que en mis años de facultad estaba muy de moda cierto ensayo titulado Cultura y simulacro, del filósofo francés Jean Baudrillard. Simplificando mucho, lo que Baudrillard venía a decir era que en la sociedad posmoderna se tiende a sustituir lo real por simulaciones o simulacros de la realidad. Para ilustrar su tesis, el autor echaba mano de un célebre relato de Borges titulado Del rigor en la ciencia, en el que se evoca un país donde la ciencia de la cartografía ha alcanzado tal grado de exactitud que los mapas son del mismo tamaño que los territorios que retratan. Así pues, resulta imposible distinguir el mapa del territorio, el objeto real del simulacro. La idea es sugestiva y aplicable a casi todos los aspectos de esta realidad que cada vez lleva más camino de convertirse en «hiperrealidad». Con todo, dudo que al publicar su libro Baudillard tuviera siquiera un atisbo del alcance que su teoría llegaría a cobrar en esta posmodernidad de la posmodernidad que ahora vivimos.
La realidad nos inquieta, nos da miedo, incluso asco. Cada vez nos sentimos más limitados en el mundo tangible y más cómodos en el mundo de los simulacros. Encerrados en sus casas, los niños pasan los fines de semana jugando con sus consolas. La que más les gusta es la wii, porque simula los juegos y deportes que antes se practicaban al aire libre, cuando las calles no eran todavía peligrosas. Mientras tanto, sus padres imaginan que tienen una vida social a través del Facebook, donde las relaciones son fáciles y agradables, sin los riesgos del grosero cara a cara. Algunos incluso han sustituido el sexo por un simulacro de sexo a través de la web. Baudillard nunca imaginó la dimensión que su teoría llegaría a alcanzar gracias a la popularización de la informática doméstica. El mundo se ha convertido en un laberinto de simulacros. La realidad queda en segundo plano, se desdibuja, desaparece. Casi todas las cartas son ahora e-mails, el ligoteo en bares y discotecas ha dado paso al e-dating, el libro de papel se ha convertido en e-book. Y ahora el cigarrillo de toda la vida se ha trasmutado en e-cigarette.
Las tiendas de cigarrillos electrónicos han surgido de un modo misterioso, casi de la noche a la mañana, como si de una confabulación se tratase. Al lado del instituto donde trabajo han abierto uno de estos extraños establecimientos, dos esquinas más allá hay otro, y me informan de la existencia de varios más diseminados por toda la ciudad. «¿Fumas o vapeas?», nos preguntan misteriosamente en los carteles publicitarios de los escaparates. Y aunque uno no haga ni una cosa ni la otra, el curioso neologismo le empuja a contemplar el género. Lo que venden es una mezcla entre boquilla y pluma estilográfica, junto con unas botellitas adornadas con dibujos de frutas. Nos informamos en el interior y resulta que las boquillas esconden una diminuta fuente de energía que se carga mediante una conexión USB, y que sirve para convertir en vapor el contenido de las botellitas. Así pues, uno puede aspirar vapor aromatizado dondequiera que se le antoje. Viene a ser como una cachimba portátil, pero sin cachimba. Pero lo más curioso es lo que las botellitas del mejunje fumable contienen nicotina en distintas concentraciones. Y entonces es cuando comprendemos que estamos ante el invento del siglo: nuestra legislación no prohíbe la inhalación y exhalación de vapor en locales públicos, de modo que los fumadores pueden ponerse ciegos a nicotina sin infringir ley alguna ni pasar frío en la puerta. Y luego está el aspecto terapéutico: podemos comprar el mejunje (que por cierto se denomina e-líquido) con concentraciones decrecientes de nicotina, hasta que llegue un día en que el contenido de nicotina sea cero y el vapeo se vuelva completamente inocuo. Por si fuera poco, podemos incluso comprarlo con sabor a tabaco, lo que viene a ser como tomarse una cocacola light sin cafeína (otro buen ejemplo de simulacro, por cierto).
Dejé de fumar hace catorce años. Mi hábito era compulsivo y mi adicción muy fuerte. Lo conseguí a la tercera y me costó horrores. En su momento, saludé la ley antitabaco como un progreso de nuestra sociedad. Ahora me vienen con esto del vapeo y no puedo dejar de imaginar los bares y restaurantes inundados por espesas nubes de vapor de aromas frutales, algo así como grandes baños turcos perfumados. Y ya no sé lo que es peor. Porque los efectos nocivos del consumo de tabaco (activo y pasivo) ya los conocemos bien. Todos hemos visto en las cajetillas las fotos de dientes negros y bronquios arrasados. Los efectos del vapeo, sin embargo, todavía no se han estudiado a fondo, aunque creo que el principal es muy evidente: uno debe de sentirse muy gilipollas chupando ese artilugio en público.

Por cierto, al lado de la tienda de cigarrillos de vapor han abierto otra en la que venden complementos dietéticos para culturistas, es decir, simulacros de auténtica comida. Menos mal que al otro lado hay una tienda de bicicletas de las de verdad.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 11/10/2013

viernes, 4 de octubre de 2013

La vida en sordina


Por aquello de que existe un día de casi todo, el sábado pasado tocó celebrar el día internacional de las personas sordas, lo que queda mucho más fino que decir «el día internacional de los sordos», y más corto que «día internacional de los sordos y las sordas». Y nada más lejos de mi ánimo que ironizar sobre ello, porque de vez en cuando es necesario poner bajo el foco de la actualidad los problemas de un colectivo humano, sobre todo cuando uno se libra de las clásicas señoras haciendo la cuestación por la calle, imagen tan propia del Régimen que aún me sorprende que sobreviva en determinadas fechas. Pero volvamos a las personas sordas. ¿Qué se entiende por sordo? ¿Son sordos solamente aquellos que nacen privados del sentido del oído y tienen, por tanto, graves problemas para adquirir el lenguaje? ¿Qué hay de los míos, los que siempre hemos oído mal y cada vez oímos peor? ¿Entramos nosotros también en la categoría de «personas sordas» o deberíamos reclamar el día internacional de las personas duras de oído?
Hay una novela del humorista británico David Lodge que debería leer todo aquel que quiera comprender el mundo de los sordos parciales. Se titula La vida en sordina, y su protagonista es el profesor universitario Desmond Bates, que disfruta de una jubilación anticipada pero sufre de una sordera progresiva que cada vez le complica más la existencia. Una de las cosas que más fastidian a Bates es el hecho de que todo el mundo se compadece de un ciego, de un parapléjico o de alguien que sufre una discapacidad visible. Sin embargo, el sordo (o el medio sordo) se ha considerado tradicionalmente una figura cómica, el candidato ideal para protagonizar un chiste. Mi abuela ya me contaba aquello de «¿Esta leche es leche buena? Sí, y mañana Navidad.» Y nadie de mis años ha olvidado al abuelo de la familia Cebolleta, el que contaba batallitas, llevaba el pie vendado por la gota y gastaba trompetilla. La gran tragedia del medio sordo (o «teniente») es que su limitación a menudo se confunde con idiotez. La mayoría de la gente corre a ayudar a un ciego con problemas para cruzar la calle. Pero si alguien nos pide que le repitamos lo que acabamos de decir, nos impacientamos y lo tildamos de torpe en nuestro fuero interno.
Mi padre está totalmente sordo del oído derecho por culpa de una enfermedad infantil. Cuando conducía, resultaba inútil hablarle, incluso peligroso, porque podía sobresaltarse si se le levantaba la voz. Con los años sus problemas se han acentuado de forma considerable. Confieso que muchas veces me he impacientado hablando con él. «¿Qué, qué?» «No, nada, nada». Y cuando llamo por teléfono, pregunto directamente por mi madre. Habituado a este trato discriminatorio, creo que mi padre ha acabado por sacar ventaja de la situación, pues se libra de muchas conversaciones idiotas y se refugia en la tranquilidad de sus libros (entre ellos La vida en sordina, que le regalé hace años). Sin embargo, ahora comprendo lo injusto y desconsiderado de mi actitud.
Pero parece que existe una justicia cósmica, porque a mis casi cincuenta años, también yo me encuentro aquejado de una pérdida acústica galopante, y empiezo a sufrir en carne propia los problemas de mi padre y de otros hipoacúsicos parciales. Cuando me hablan en ambientes ruidosos, soy incapaz de entender prácticamente nada. En situaciones sociales me he convertido en una auténtica nulidad, pues prefiero asentir y sonreír antes que pedirles a mis interlocutores que me repitan sus frases dos o tres veces (ya saben, el miedo del sordo a quedar como un idiota). Con frecuencia pierdo el hilo de las conversaciones y trato de recuperarlo a la desesperada captando palabras sueltas aquí y allá, estrategia que casi nunca funciona. La televisión atruena por las noches en mi casa, pues de otro modo no consigo seguir los diálogos. Y para mí el cine es siempre subtitulado, pues me veo obligado a usar los subtítulos de los DVD si no quiero perderme a mitad del argumento.
Pero la peor parte es la que corresponde a mi vida profesional. Una sordera incipiente es un problema en cualquier actividad, pero para un profesor de idiomas, como es mi caso, puede ser trágico. No entiendo a mis alumnos cuando me hablan en inglés. No sé si lo que dicen es correcto o no y, lo que es peor, nunca puedo estar seguro de si la culpa es suya o mía. A principios de curso siempre les pido que me hablen fuerte y claro, pero enseguida lo olvidan. Y no hay ambiente con más contaminación acústica que un aula, donde el runrún de las animadas conversaciones de los alumnos es el incesante fondo sonoro en el que se desarrolla nuestro trabajo. Casi siempre tengo que pedirles que me repitan lo que acaban de decir. Uno de ellos se dirige a mí, los demás hablan con sus compañeros y yo no entiendo nada de nada.

Y este es el drama de quienes vivimos nuestras vidas en sordina, de quienes somos aspirantes a abuelos Cebolleta, de quienes nunca sabemos si nos están llamando sordos o gordos, de quienes, en fin, jamás disfrutaremos de un día internacional para nosotros solos.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/10/2013

lunes, 30 de septiembre de 2013

Mai biutiful jom taun


Hace unas semanas sufrimos la decepción (para algunos) del fracaso de la candidatura olímpica de Madrid. A cambio, nos reímos mucho con el discurso en inglés de la alcaldesa Botella, chascarrillo del año donde los haya. Y no porque el inglés que empleó fuese malo en términos gramaticales. El problema es que una lengua no es solo gramática, sino fundamentalmente sonido. Y de los labios de la señora Botella no salió un sonido que no fuera castizo cien por cien. La estulticia del contenido y los gestos de vedette cómica con que acompañó sus palabras son otra cuestión en la que no deseo entrar. En los chiringuitos sociales de internet ya se ha fatigado bastante la «relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor». Lo que a mí que me desazonó en lo más profundo fue esa pronunciación chusca propia de alguien que no conoce la lengua inglesa ni por el forro, y se ha aprendido de memoria lo de «let mi tel llu a litel moooor abaut mai biutiful jom taun». Me recordó bastante a unas palabras que el dictador Franco leyó para un noticiario cinematográfico inglés. Aunque aquello fue en plena guerra civil y desde entonces se supone que algo hemos avanzado. Existe también una versión de In the Ghetto, de Elvis Presley, que el artista folclórico conocido como el Príncipe Gitano perpetró hace años, no sabemos si por una apuesta o en serio. Y también está la famosa versión de Aquarius de Raphael. Pero incluso eso se puede perdonar. Lo de la alcaldesa Botella, en cambio, me llegó al alma. Y no porque sea ella la culpable de la derrota de la candidatura olímpica Madrid 2020, asunto que me la trae al pairo. Lo que me dolió de verdad fue que el «guonder of espanis colchor» de la Botella puso en evidencia el fracaso de los profesores de idiomas de este país. Mi propio fracaso.
Aunque no me propongo entonar aquí el mea culpa. En realidad, la ignorancia en lenguas extranjeras que caracteriza a este país no es un problema de la ineptitud de los profesores de idiomas, sino una cuestión que hunde sus raíces en el pasado. Durante los años eternos del franquismo se practicó una política de Santiago y cierra España. Todo lo que oliera a extranjero era peligroso en tanto que podía llenar la cabeza de los sumisos españoles de la posguerra de ideas subversivas. Las películas que la censura dejaba pasar se doblaban sin excepción, y a veces el propio doblaje servía para aplicarle un último toque de censura a la cinta. Es famoso el caso de Mogambo, de John Ford, en la que el doblaje convirtió a una pareja casada en hermanos, y todo para hacer desaparecer el adulterio que Grace Kelly comete con Clark Gable. El problema es que aquella pareja de hermanos tan acaramelados despedía un inequívoco tufillo incestuoso.
Pasaron los años y se popularizó la televisión. Vinieron Los intocables, Embrujada y Los invasores, y los teleespectadores españoles siguieron sin conocer las voces originales de los actores, porque todo se doblaba al castellano o venía ya doblado de América Latina. Y así fue como se hundió en la ignorancia lingüística a varias generaciones de ciudadanos de este país. Por regla general, en España se rechazan las películas o series en versión original subtitulada. Estamos acostumbrados a que los movimientos de la boca no coincidan con lo que oímos, y no nos parece que un señor prestándole su voz a otro falsee en modo alguno la interpretación del actor original. Es más, quienes insisten en ver cine en su lengua original son tachados de pedantes y culturetas. La gran tragedia es que los chavales de hoy en día han heredado esa actitud de sus padres, con los catastróficos efectos que cualquier profesor de idiomas podría detallar.
En mi instituto realizamos un intercambio con un instituto de Noruega, y no hay año en que deje de sorprenderme el nivel de inglés de los chavales que nos visitan. No son ni más cultos ni más educados que los nuestros, pero usan la lengua inglesa casi con la misma facilidad que su lengua materna. Sin embargo, no resulta fácil encontrar a un alumno español de bachillerato capaz de leer un texto en inglés de forma inteligible. Por descartado, los que pueden mantener una conversación fluida y coherente en otro idioma son una exigua minoría. ¿Cómo lo hacéis?, les pregunto año tras año a los chicos noruegos. ¿Es el clima? ¿La alimentación? ¿Os mandan a Inglaterra todos los veranos? Ellos siempre responden que es gracias a la televisión. No hay nada que les guste tanto a los niños y adolescentes como la tele. En Noruega no se doblan las series norteamericanas, sino que se subtitulan. A los chavales noruegos el inglés les entra por la vena catódica. Así de fácil
Y tampoco viene mal abrir los ojos y la mente al mundo, y tratar de tener una actitud más receptiva y menos provinciana que la que por aquí se estila. Nos guste o no, el inglés es la lingua franca. El francés y el alemán también ayudan lo suyo a abrirse camino en la vida. Ningún joven debe terminar sus estudios sin dominar un par de idiomas. Hasta Ana Botella lo sabe. Por eso se arriesgó a hacer el idiota y a hundir en el ridículo a su «biutiful jom taun», para darnos ejemplo. Yeah.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 27/9/2013

sábado, 21 de septiembre de 2013

La feria interminable



Una de las cosas que más me molestan de nuestra ciudad es la falta de holgura y la rigidez de nuestros horarios comerciales. Da la impresión de que fueran los clientes los que hubieran de adaptarse a las necesidades de los comerciantes y no al contrario. Esto no reza por los supermercados y grandes superficies, por supuesto. Alcampo, Mercadona y El Corte Inglés saben que muchos ciudadanos no tienen más remedio que hacer sus compras a las tres de la tarde o a las nueve de la noche. Sin embargo, cuando voy a trabajar por las mañanas todas las tiendas que encuentro en mi camino están cerradas, y cuando salgo de trabajar vuelvo a encontrarlas cerradas. Por las tardes, me veo obligado a esperar hasta las cinco o las cinco y media si quiero hacer la más sencilla compra. Salvo si estamos en feria, claro. Entonces más vale dejarlo correr. Mucho se habla de la crisis del pequeño y mediano comercio, pero nadie parece dispuesto a coger el toro por los cuernos. Gran parte de la culpa de que el público esté desertando de las tiendas del centro a favor de las grandes superficies es de los irracionales horarios que sufrimos. Pretendemos ser una ciudad moderna, pero seguimos sometidos a horarios comerciales del siglo pasado.
La tarde del lunes, sin ir más lejos, salí con intención de hacer unas pequeñas compras. Siempre he preferido el comercio de mi barrio a las grandes superficies, por lo que me encaminé hacia una tienda de electricidad cercana para comprar una bombilla. Estaba cerrada. Algo mosqueado, me dirigí hacia la papelería, donde pensaba adquirir algunos útiles para el comienzo de curso. Cerrada también. Entonces caí en la cuenta de que, a pesar de que estábamos ya a mediados de septiembre, la Feria todavía tronaba en la distancia, y seguramente habría incluso corrida (ya se sabe que sin toros no hay Feria). Recuerdo que hace tiempo cerraban el comercio todas las tardes de Feria, pero pensaba que esa costumbre ya había pasado a la historia por rancia y absurda. Sin embargo, eran las seis de la tarde y casi todas las tiendas ante las que pasé estaban cerradas. Entonces hice de tripas corazón, tomé el coche y me fui a Imaginalia.
Muchas veces me he declarado partidario de la Feria, aunque solamente sea por una cuestión de nostalgia. Pero no deja de ser un fastidio, incluso si uno no sufre directamente sus ruidos, sus aglomeraciones y sus botellones. Concluye el desértico agosto, en el que apenas es posible realizar el trámite más simple o encontrar a alguien dispuesto a arreglarte un grifo que gotea. Llega el 1 de septiembre y durante unos pocos días parece que la vida renace y que el mundo vuelve a la normalidad. Y entonces empieza la Feria y vuelta a empezar. La frase «para después de Feria» se ha convertido en un tópico de nuestra ciudad. La Feria lo pospone todo. La vida se paraliza hasta que la Feria queda desmantelada. Mientras en el resto de país se retoma el pulso de lo cotidiano, nosotros tenemos la Feria, los comercios cierran y todos devoramos miguelitos. Desde hace unos años, además, la Feria se solapa con el comienzo del curso escolar, lo que resulta extraño y bastante confuso. Ya hemos oído a la alcaldesa afirmando que, a tres días del cierre de la Puerta de Hierro, habían visitado la Feria más de dos millones de personas. No sabemos si tan desmesurada afirmación fue fruto del entusiasmo patriótico de la regidora (alimentado quizás por su devoción mariana) o si tal vez le pusieron alguna sustancia en el vaso de sidra. Lo que algunos pensamos es que esta multitudinaria máquina de diversión no debería distorsionar de un modo tan drástico los ritmos de una ciudad que aspira a ser moderna.

Albacete necesita su pequeño y mediano comercio. Se ha repetido hasta la saciedad y no dejaremos de hacerlo. Nuestras tiendas y nuestros comerciantes son el entramado sobre el que se sustenta nuestro tejido social. Pero una ciudad de servicios, como es la nuestra, debe esforzarse para que los servicios que se prestan en ella sean de la mejor calidad posible, y los absurdos horarios comerciales que soportamos no contribuyen a ello. Existe una asociación llamada ARHOE que propugna una racionalización de los horarios en nuestro país. Afirman que nuestros horarios deberían parecerse a los del resto de Europa, lo que nos proporcionaría más tiempo para disfrutar de la familia y del ocio, más tiempo para el descanso. Pienso que nuestra ciudad proporciona uno de los ejemplos más execrables de aquello contra lo que lucha esta asociación. Nuestros horarios comerciales son desfasados y en absoluto prácticos. La apertura del comercio a las 10 y las cuatro horas que permanece cerrado a mediodía no facilitan precisamente la vida de los ciudadanos de Albacete. Más bien nos anclan en el pasado y en el provincianismo, y le hacen el juego a las grandes superficies. Nos gustan nuestras tiendas. Nos gusta la Feria. ¿Por qué no nos lo ponen un poco más fácil?

Publicado en La Tribuna de Albacete el 20/9/2013

lunes, 16 de septiembre de 2013

El armario


Llevo 23 años enseñando en el instituto Bachiller Sabuco. Literalmente más de media vida, si le sumo a ese tiempo los cuatro años que pasé allí como alumno. Un cuarto de siglo en el instituto y sigo sin disfrutar de un armario. En honor a la verdad, sí que tengo una taquilla, un pequeño cubículo en un mueble de madera contrachapada que hay en mi departamento. Allí es donde voy amontonando mis papeles hasta que resulta imposible cerrarlo. Entonces lo vacío y vuelvo a empezar. Pero armario, lo que se dice armario, no tengo. Los armarios son exactamente veinte. Se trata de muebles fabricados en una solemne madera oscura, cada uno con su número labrado en la parte superior. Están dispuestos uno junto al otro, y recuerdan mucho a una sillería catedralicia. Originalmente estaban colocados en la sala de profesores. Luego los sacaron al pasillo, a la vista de los alumnos, aunque jamás he visto a un alumno acercarse a ellos. Creo que les tienen miedo.
En la actualidad el instituto ronda los 80 profesores, lo que significa que solo una cuarta parte de mis compañeros posee un armario. Las reglas por las que uno llega adquirir semejante privilegio darían para una tesis doctoral en psicología social. No tienen que ver con la veteranía, pues si así fuera yo ya sería el orgulloso propietario de uno de ellos. Es algo relacionado más bien con las leyes de la herencia y las afinidades. Lo primero que hay que tener claro es que para llegar a poseer un armario hay que desearlo de verdad, porque los sacrificios son numerosos y el proceso complejo. En primer lugar, hay que elegir bien el objetivo. El poseedor del armario que deseamos heredar ha de ser un compañero de edad avanzada, cercana a la jubilación, o bien alguien de salud precaria. Entonces es preciso granjearse su simpatía por todos los medios a nuestro alcance, ya sea invitándolo a café o riéndole las gracias. El problema es que todo poseedor de un armario es consciente de su estatus y nos verá venir desde lejos. En vista de la escasez y valor de la pieza, no es raro que varios pretendientes cortejen al mismo poseedor, y que este se deje querer y los obligue a competir por sus favores. Un profesor que posee un armario codiciado por varios aspirantes sabe que el café le saldrá gratis mientras permanezca vivo y en activo. También sabe que sus chistes y anécdotas se celebrarán con grandes carcajadas, y que sus opiniones serán siempre recibidas con vivas muestras de adhesión. Hay quien juega limpio y lega su armario al aspirante de más mérito. Pero también se da el caso de que todos los pretendientes reciban calabazas y el codiciado premio acabe en manos de alguien que maquinaba en la sombra. Tras muchos años observando este fenómeno y reflexionando sobre él, he llegado a la conclusión de que los armarios oscuros son la auténtica fuente de poder en mi instituto, algo así como el cetro de los monarcas o los anillos de la trilogía de Tolkien. Quien aspire a ser alguien en el Sabuco, ha de hacerse con un armario cueste lo que cueste. Tendrá que pagar cafés y aguantar infinidad de chistes malos. Pero el premio lo merece.
En cuanto al contenido de los armarios, confieso que sobre esto solo cabe hacer conjeturas, pues sus propietarios se cuidan mucho de revelarlo de forma abierta. Aunque, ahora que lo pienso, en una ocasión sí que logré asomarme brevemente a uno de ellos, quizás debido a la falta de reflejos de su dueña. Se trataba de una profesora cuasiseptuagenaria que ya era veterana cuando yo me paseaba por el mundo con flequillo y pantaloncito corto. Pertenecía al departamento de Historia, y corría el rumor de que llevaba más de cuarenta años dictando los mismos apuntes, y que en sus clases se hablaba mucho más del imperio Austro-húngaro que de la guerra de los Balcanes. Yo pensaba que se trataba de una burda exageración hasta que, aprovechando un despiste de la dama, asomé la cabeza al interior de su sanctasanctórum. Y nunca olvidaré lo que vi. Había una pila gigantesca de folios que llenaba completamente el interior, con una altura superior a la de un hombre medio. Pero lo más increíble era que se podían distinguir perfectamente los cambios de coloración del papel, de un tono pardo en la parte inferior que se iba aclarando conforme la pila ascendía. Hasta es posible que los primeros estratos fueran de pergamino o papiro. Un auténtico corte geológico en la historia de la enseñanza en España.

¿Qué esconde el resto de los armarios? Tan solo sus propietarios lo saben. No excluyo la posibilidad de que en alguno de ellos esté el disco duro del ordenador de Bárcenas. Quizás otro sirva de escondite al profesor de inglés de Ana Botella. Que yo sepa, ninguno de mis colegas ha llegado a salir del armario, aunque podría ser que más de uno, sobre todo en el pasado, decidiera convertirlo en su última morada, es decir, usarlo a modo de sarcófago. A mí, sin embargo, esa posibilidad me está vedada, porque mi robusta anatomía no encajaría en un espacio tan estrecho salvo en forma de urna de cenizas, y la perspectiva no resulta muy halagüeña. Lo único que sé con certeza es que si alguna vez consigo un armario, sabré que habré llegado a la cúspide de mi carrera docente, y que a partir de ese momento podré descansar en paz.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 13/9/2013