La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 18 de octubre de 2013

Una moneda de plata


Mañana me caso. ¿Quién me iba a decir que iba a volver a vestirme de novio con mi casi medio siglo a la espalda? Pero la vida no deja de sorprenderle a uno. Y algunas de esas sorpresas son incluso felices. En general, los preparativos de esta boda han resultado agradables. No ha habido nervios ni discrepancias ni interferencias familiares ni tensiones de ningún género. Hemos elegido el Ayuntamiento de Chinchilla para celebrar el acto, porque de ese modo añadiremos al enlace el placer de que nos case Arturo Tendero, gran poeta, mejor amigo y encima alcalde. Y resulta que mi regalo para los invitados será una recopilación de estos artículos que voy publicando semana tras semana. Ya se habrán dado cuenta de que lo que suelo contar en ellos son historias extraídas de mi propia vida. A poco que me hayan seguido, también habrán comprobado la presencia recurrente de un segundo personaje al que yo he dado en llamar «mi amiga». La conocieron cuando les conté que había dejado caer su flamante smartphone por la taza del váter, lo que a mis ojos le hizo ganar muchos puntos en belleza y encanto (y eso que ya andaba sobrada de ambas cosas). También supieron de su manía por embarcarme en imposibles trabajos de bricolaje, trabajos que casi siempre acaban en catástrofe. Les conté que se las ingenió para hacerme participar dos años consecutivos en la cabalgata de Feria ataviado de manchegazo de pies a cabeza. E incluso para emprender una inolvidable excursión al parque Warner en compañía de sus dos gemelas y de mi hijo post-adolescente, que todavía no me lo ha perdonado. Creo que la última noticia que tuvieron de ella fue la de su peculiar mudanza a base de empujar carritos de supermercado por esas calles de Dios. Ya les dije que había participado activamente en esa mudanza. Lo que omití fue que esa mudanza era también la mía.
Creo que ya habrán adivinado que «mi amiga» es en realidad mi novia, la mujer con la que me caso mañana en Chinchilla. Sé que no es este el lugar adecuado para contar intimidades (aunque seguramente ya me habré saltado ese principio unas cuantas veces). Pero no me resisto a la tentación de contarles una nueva historia sobre esta amiga que dentro de unas horas se convertirá en mi esposa. Empieza hace casi catorce años, con un relato que escribí inspirándome en una historia que Jorge Luis Borges esboza en su libro Atlas. En ella conocemos a un soldado que recupera la conciencia tras ser herido en una batalla. Al despertar, se da cuenta de que no es capaz de recordar quién es ni cómo ha llegado hasta allí. Su memoria está tan vacía como la de un niño recién nacido. Penosamente, se arrastra hasta un riachuelo para saciar su sed y lavar sus heridas. A continuación emprende un vagabundeo a través de un desierto sin fin. Cuando está muy cerca de rendirse y dejarse morir, es recogido por unos extraños mercaderes de ojos oblicuos que montan dromedarios. Ellos lo llevan hasta una tierra vastísima que se halla al oriente del oriente. Allí, fiel a su destino guerrero, vende su espada como mercenario. Estas eran las últimas líneas del relato:
«En esta mi historia —acaso en todas las historias de los hombres— tan solo el principio y el final importan, ya que el resto se reduce a un brevísimo intervalo en el vacío. Baste, pues, con decir que sobreviví a muchas otras batallas y que numerosas fueron las ocasiones en que mis armas se tiñeron de sangre y de gloria. El inevitable desenlace no ocurrió hasta muchos años después, cuando, tras regresar victorioso de una expedición contra un reino enemigo, recibí con mi parte del botín una bolsa llena de monedas. Entre ellas había una extraña pieza de plata, una moneda extranjera de la cual no pude apartar la vista. En su anverso, vi representado a un hombre joven de rizados cabellos; dos cuernos de carnero brotaban de sus sienes. Al cabo, noté el calor de las lágrimas sobre mi rostro.
—¿Qué te ocurre? —preguntó mi capitán—. ¿Te atormenta alguna antigua herida?
Negué con la cabeza y le mostré mi hallazgo.
—Contempla esta moneda —repuse con la voz rota por el llanto—. Es un tetradracma de plata que yo mismo ordené acuñar para celebrar mi victoria sobre el rey de Persia en Gaugamela, cuando todavía era Alejandro de Macedonia y el Asia entera se estremecía al oír mi nombre.»
Y ahora se estarán preguntando qué tiene que ver toda esta literatura con mi novia y con mi boda. Pues bien, ocurre que moneda de plata con la efigie de Alejandro Magno, la que encontré por vez primera en un libro del maestro Borges y evoqué en el cuento que les acabo de resumir, volvió a aparecer en mi vida. Inevitablemente, colgaba del cuello de la mujer que iba a cambiarlo todo, la mujer con la que contraigo matrimonio mañana. Algunas veces da la impresión de que la vida tenga sentido, de que si prestamos atención a las señales, acabaremos por encontrar el camino correcto.
Mañana brindaré por ustedes.


La Tribuna de Albacete, 18/10/2013

2 comentarios:

0limpia dijo...

Que la ilusión no os abandone nunca. Es más importante que el aire.

Ricardo Lopez dijo...

Muchas felicidades por partida doble, puesto que además me consta que los emparejamientos formalizados en la madurez son los que mejor funcionan, (aunque ¿quién soy yo para estandarizar que la "madurez" comienza a partir de los 50?, ni que fuéramos melones).

Curiosamente, la mujer con la que comparto mi vida desde hace años también dejó en su día caer su smartphone por la taza del retrete. Desde entonces nuestra vida no ha sido la misma (como imagino que también le habrá pasado al smartphone).