La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

sábado, 21 de septiembre de 2013

La feria interminable



Una de las cosas que más me molestan de nuestra ciudad es la falta de holgura y la rigidez de nuestros horarios comerciales. Da la impresión de que fueran los clientes los que hubieran de adaptarse a las necesidades de los comerciantes y no al contrario. Esto no reza por los supermercados y grandes superficies, por supuesto. Alcampo, Mercadona y El Corte Inglés saben que muchos ciudadanos no tienen más remedio que hacer sus compras a las tres de la tarde o a las nueve de la noche. Sin embargo, cuando voy a trabajar por las mañanas todas las tiendas que encuentro en mi camino están cerradas, y cuando salgo de trabajar vuelvo a encontrarlas cerradas. Por las tardes, me veo obligado a esperar hasta las cinco o las cinco y media si quiero hacer la más sencilla compra. Salvo si estamos en feria, claro. Entonces más vale dejarlo correr. Mucho se habla de la crisis del pequeño y mediano comercio, pero nadie parece dispuesto a coger el toro por los cuernos. Gran parte de la culpa de que el público esté desertando de las tiendas del centro a favor de las grandes superficies es de los irracionales horarios que sufrimos. Pretendemos ser una ciudad moderna, pero seguimos sometidos a horarios comerciales del siglo pasado.
La tarde del lunes, sin ir más lejos, salí con intención de hacer unas pequeñas compras. Siempre he preferido el comercio de mi barrio a las grandes superficies, por lo que me encaminé hacia una tienda de electricidad cercana para comprar una bombilla. Estaba cerrada. Algo mosqueado, me dirigí hacia la papelería, donde pensaba adquirir algunos útiles para el comienzo de curso. Cerrada también. Entonces caí en la cuenta de que, a pesar de que estábamos ya a mediados de septiembre, la Feria todavía tronaba en la distancia, y seguramente habría incluso corrida (ya se sabe que sin toros no hay Feria). Recuerdo que hace tiempo cerraban el comercio todas las tardes de Feria, pero pensaba que esa costumbre ya había pasado a la historia por rancia y absurda. Sin embargo, eran las seis de la tarde y casi todas las tiendas ante las que pasé estaban cerradas. Entonces hice de tripas corazón, tomé el coche y me fui a Imaginalia.
Muchas veces me he declarado partidario de la Feria, aunque solamente sea por una cuestión de nostalgia. Pero no deja de ser un fastidio, incluso si uno no sufre directamente sus ruidos, sus aglomeraciones y sus botellones. Concluye el desértico agosto, en el que apenas es posible realizar el trámite más simple o encontrar a alguien dispuesto a arreglarte un grifo que gotea. Llega el 1 de septiembre y durante unos pocos días parece que la vida renace y que el mundo vuelve a la normalidad. Y entonces empieza la Feria y vuelta a empezar. La frase «para después de Feria» se ha convertido en un tópico de nuestra ciudad. La Feria lo pospone todo. La vida se paraliza hasta que la Feria queda desmantelada. Mientras en el resto de país se retoma el pulso de lo cotidiano, nosotros tenemos la Feria, los comercios cierran y todos devoramos miguelitos. Desde hace unos años, además, la Feria se solapa con el comienzo del curso escolar, lo que resulta extraño y bastante confuso. Ya hemos oído a la alcaldesa afirmando que, a tres días del cierre de la Puerta de Hierro, habían visitado la Feria más de dos millones de personas. No sabemos si tan desmesurada afirmación fue fruto del entusiasmo patriótico de la regidora (alimentado quizás por su devoción mariana) o si tal vez le pusieron alguna sustancia en el vaso de sidra. Lo que algunos pensamos es que esta multitudinaria máquina de diversión no debería distorsionar de un modo tan drástico los ritmos de una ciudad que aspira a ser moderna.

Albacete necesita su pequeño y mediano comercio. Se ha repetido hasta la saciedad y no dejaremos de hacerlo. Nuestras tiendas y nuestros comerciantes son el entramado sobre el que se sustenta nuestro tejido social. Pero una ciudad de servicios, como es la nuestra, debe esforzarse para que los servicios que se prestan en ella sean de la mejor calidad posible, y los absurdos horarios comerciales que soportamos no contribuyen a ello. Existe una asociación llamada ARHOE que propugna una racionalización de los horarios en nuestro país. Afirman que nuestros horarios deberían parecerse a los del resto de Europa, lo que nos proporcionaría más tiempo para disfrutar de la familia y del ocio, más tiempo para el descanso. Pienso que nuestra ciudad proporciona uno de los ejemplos más execrables de aquello contra lo que lucha esta asociación. Nuestros horarios comerciales son desfasados y en absoluto prácticos. La apertura del comercio a las 10 y las cuatro horas que permanece cerrado a mediodía no facilitan precisamente la vida de los ciudadanos de Albacete. Más bien nos anclan en el pasado y en el provincianismo, y le hacen el juego a las grandes superficies. Nos gustan nuestras tiendas. Nos gusta la Feria. ¿Por qué no nos lo ponen un poco más fácil?

Publicado en La Tribuna de Albacete el 20/9/2013

2 comentarios:

Ricardo Lopez dijo...

¿Desde hace unos años? Yo calzo 45 y de toda la vida recuerdo que el final de la Feria coincidía, al menos un par de días, con el inicio del cole.

Al margen de eso, mi experiencia con lo de las tiendas es exactamente igual: IM-PO-SI-BLE hacer una compra en AB un día de Feria por la tarde!.

Eloy M. Cebrian dijo...

Hola, Ricardo. Me refería a la Secundaria. No te puedo precisar exactamente desde cuándo, pero hasta hace unos diez años el curso en secundaria empezaba en octubre. Saludos.