La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

lunes, 26 de noviembre de 2012

Pequeñas venganzas



Frente a los moralistas que predican que el ansia de venganza es un sentimiento innoble, y la venganza en sí un acto reprobable y degradante, yo opino que una pequeña ración de venganza administrada en el momento oportuno puede resultar muy saludable. Y no me refiero a nada tan dramático como liarse a tiros ni a cuchilladas, sino a pequeñas acciones cotidianas que tienen tanto de venganza como de rebeldía. Bien es cierto que estas mínimas transgresiones no aportan mucho en el plano espiritual, pero sí pueden resultar útiles como desahogo, y poseen además la virtud de distinguirnos del rebaño de los biempensantes, que no es poco. Yo suelo recurrir a una de estas acciones cuando, por ejemplo, recibo la llamada de un teleoperador a la hora de la siesta. Entonces adopto un tono de voz que refleja bastante bien el de un perturbado mental y comienzo a vociferar que yo no quería hacerlo, que fueron las voces las que me obligaron. Otra variedad consiste en fingir un estado de gran excitación sexual y preguntarle a la teleoperadora (funciona mejor con mujeres) si lleva bragas. Cuelgan al instante. Mano de santo.
La de «la pastelería» es una variedad de venganza indirecta, es decir, no va dirigida contra la persona concreta que te ha chinchado, sino contra alguien de la misma calaña. Veamos en qué consiste. Supongamos que me encuentro en una pastelería, quizás con la única pretensión de comprar una barra de pan o una lata de refresco. Y entonces detecto que la clienta que viene detrás de mí es una de esas señoras insoportables a las que he tenido que sufrir tantas veces mientras se demoraban una eternidad en comprar pastelitos («ponme dos cañas y un miguelito, no, no, mejor uno de esos espolvoreados de coco, ¿no tienes para diabéticos?). Entonces le hago probar su propia medicina, y aunque mi intención original fuese comprar un solitario bollo de mosto, empleo los siguientes quince minutos en pedirle a la dependienta que me confeccione una bandeja de pasteles, cambiando de idea varias veces y pidiendo explicaciones sobres las distintas clases. Los resoplidos de impaciencia de la señora insoportable me suenan a música celestial. Igual que los de las abuelitas en la cola del supermercado, cuando extraigo un mi monedero y me dedico al laborioso cómputo de diez euros en monedas de uno, dos y cinco céntimos.
En la cola del banco, cuando compruebo que detrás de mí viene algún jubilado de los que solo conocen la prisa cuando son ellos los que tienen que esperar, acribillo al cajero a preguntas sobre todos los pormenores de mi cuenta corriente, y luego me intereso por la salud de su esposa, por las notas de sus hijos y por sus últimas vacaciones. Cuando me dispongo a abandonar un aparcamiento y alguien me toca el pito para que abrevie la maniobra, saco un periódico que siempre guardo en el coche para estas ocasiones y me entretengo haciendo el sudoku o el crucigrama. Para las próximas vacaciones, tengo preparado un CD en el que he grabado ruidos de taladradora, ladridos, trifulcas familiares y los últimos éxitos latinos de Europa FM. Usaré un temporizador para que mis vecinos lo oigan a todo volumen mientras yo disfruto del mar o del campo.
Pero existe una obra maestra de estas venganzas en miniatura, la venganza definitiva, la que todavía no me he atrevido a perpetrar. ¿Adivinan en qué consiste? Pues sí, en seguir hasta la puerta de su domicilio a uno de estos individuos que sacan a defecar a su perrito en la vía pública y no recogen los excrementos. Excuso decirles lo que tengo pensado hacer a continuación.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 26/11/2012

domingo, 18 de noviembre de 2012

"Madrid, 1605"



Mi amigo Erasmo López de Mendoza, que antes fue profesor mío de literatura, tiene una de las colecciones de libros antiguos más impresionantes que conozco. Con los libros antiguos ocurre algo curioso. Uno los imagina como mamotretos apolillados, pero con frecuencia su estado de conservación es mejor que el de ediciones que salieron a la calle hace apenas diez años. Y eso por no hablar del tacto del papel, de la belleza de los grabados, de la elegancia de los tipos usados en su composición, de su misma fragancia…  Todo ello tiene que ver con el arte del antiguo oficio de impresor (ahora casi perdido) y con la calidad del papel, que antaño se confeccionaba con trapos, sin ácidos ni química. Pero me estoy desviando del asunto de este artículo. Les hablaba de Erasmo López de Mendoza, un enamorado de los libros con pedigrí, y también un tipo un tanto peculiar, excéntrico. Él afirma que el auténtico coleccionista es capaz de prostituir a su santa madre o de vender su alma inmortal con tal de conseguir el ejemplar ansiado. No me consta que sea así en su caso, aunque no me sorprendería.
En nuestro último encuentro, precisamente, me habló de una de esas «piezas» que son el sueño de cualquier bibliófilo. Me confió que se trataba de una crónica manuscrita que él mismo había hallado por azar en una librería de viejo de Madrid. «Una librería de la calle Mayor», me dijo, «a un tiro de piedra del lugar donde tenía su negocio Francisco de Robles, el librero-editor del Quijote». Y con el Quijote, precisamente, tenía que ver el asunto. «Es algo increíble», continuó. «La crónica la firma un tal Gonzalo de Córdoba que era aprendiz del librero Robles a principios del siglo XVII, por los años en que se publicó El ingenioso hidalgo. Apenas sabemos nada de lo acontecido antes de que tan notable libro viera la luz, pero el autor de esta crónica relata, con pelos y señales, una historia que tiene como protagonistas, aparte de a él mismo, a su amo el librero Robles, a un viejo soldado llamado Miguel de Cervantes, a las hermanas, la esposa y la hija de este y a un tal Lope de Vega, comediógrafo que ya hacía furor por aquellos días. Y tras ellos, toda una legión de actores secundarios: pícaros, espadachines, pordioseros, clérigos, venteros, tahúres, desolladores, putas, buscavidas… Toda la chusma que pululaba por el Madrid de los Austrias en nuestro Siglo de Oro».
«¿Dices que has encontrado la crónica de alguien que fue testigo de la publicación del Quijote?», pregunté convencido de que mi viejo profesor me estaba tomando el pelo. «Así es», respondió él, «de su publicación y también de su escritura. Y algunas de las cosas que cuenta el amigo Gonzalo son tan increíbles que nadie habría podido imaginarlas. ¿Sabes que el manuscrito del Quijote fue robado y anduvo desaparecido durante un tiempo? No puedes ni figurarte las andanzas que el pobre Cervantes vivió cuando se embarcó en su búsqueda, ni quién estaba detrás del asunto». En este punto la voz de Erasmo se convirtió en un susurro. «Y lo que es más increíble. ¿Te imaginas que dicho manuscrito no se hubiera perdido y que la crónica de este Gonzalo de Córdoba fuera ser la llave para encontrarlo? ¿Comprendes el incalculable valor de un tesoro semejante?». En ese momento ya no me cupo la menor duda de que Erasmo se estaba riendo de mí. «Así que el manuscrito del Quijote», bufé. «¡Lo que me estás contando es una novela!».
Él sonrió taimadamente. «Tal vez sí, tal vez no. Pero si lo fuera, ¿no merecería la pena leerla?». 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 19/11/2012

lunes, 12 de noviembre de 2012

Detectives



En 1841 Edgar Allan Poe le encomendó a Auguste Dupin, el primer detective moderno de ficción, la resolución del brutal asesinato de una madre y su hija. Esto ocurría en un relato titulado Los crímenes de la calle Morgue. Desde entonces hemos conocido a infinidad de detectives, desde el inmortal Sherlock Holmes (del que siguen apareciendo aventuras apócrifas que no suelen ser ni muy inspiradas ni muy necesarias), hasta Robert Langdom, ese profesor de Harvard que se embarca en la búsqueda del grial en la novela de Dan Brown. Precisamente de esta última variedad detectivesca podemos constatar una auténtica avalancha en las mesas de novedades de las librerías. Y me refiero al prototipo del intelectual que es también hombre de acción (al estilo de Indiana Jones), inmerso en la búsqueda de reliquias del cristianismo, entre templarios, sectas herméticas y demás parafernalia pseudo-mística. Son novelas que suelen pecar de fantasiosas y poco imaginativas, y que sufren sus carencias literarias a base de acumular datos históricos traídos por los pelos, de inventar otros y de tergiversar aquellos que no cuadran con la trama. Sus autores, sin embargo, olvidan que todo género tiene sus códigos, y que los de la novela detectivesca ya los expuso con gran acierto el autor norteamericano S. S. Van Dine a finales de la década de los veinte del pasado siglo. Veamos:
1. El lector debe tener las mismas oportunidades que el detective para resolver el misterio, y por tanto están prohibidos los trucos y los engaños deliberados. No vale que la muerte resulte ser por accidente o por suicidio.
2. Quedan asimismo prohibidas las tramas amorosas. Se trata de llevar a un criminal ante la justicia, y no a una novia al altar.
3. El detective no puede ser el culpable. Tampoco un criado o mayordomo o cualquiera que no haya desempeñado un papel relevante en la trama.
4. Al culpable se ha de llegar a través de la deducción lógica, y no por accidente, por coincidencia o por una confesión inmotivada.
5.  En una novela detectivesca debe haber un detective, y un detective no es tal a menos que «detecte». Su labor es reunir las pistas que finalmente conducirán a la persona que cometió el crimen en el primer capítulo. Si el detective no alcanza sus conclusiones a través del análisis de las pruebas, no habrá resulto el problema mejor que el escolar que aprueba un examen copiando o contestando al azar.
6. En toda ficción detectivesca debe haber al menos un cadáver, y cuanto más muerto esté, mejor. No bastará con ningún crimen de menor gravedad que el asesinato. Trescientas páginas son demasiadas para un delito que no sea el máximo. A fin de cuentas, las molestias que se toma el lector y su gasto de energía deben ser recompensados.
7. No se admiten sociedades secretas ni camorras ni mafias ni conspiraciones de ningún tipo.
8. Una historia detectivesca debe prescindir de pasajes descriptivos o «atmosféricos». Quedan prohibidas asimismo las tramas secundarias y los análisis psicológicos de los personajes, por sutiles que sean.
Y así hasta completar una veintena de reglas que todos esos clones de Dan Brown (y también el propio Dan Brown) no harían mal en observar. Y dicho esto, confesaré que dentro de poco voy a publicar mi propia novela de género detectivesco, y que en ella no he respetado ni uno solo de estos mandamientos. Pero ¿para qué están las reglas sino es para saltárselas? Pues eso, que les deseo muchas y felices lecturas.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 12/11/2012

martes, 6 de noviembre de 2012

La educación en los tiempos del PP



Cuando no estoy escribiendo estas columnas y algunas otras cosillas (es decir, casi siempre), enseño inglés en un instituto de Albacete. No sé si se me puede considerar un profesor vocacional, aunque lo cierto es que jamás consideré la posibilidad de hacer otra cosa. Salí del instituto para ir a la facultad, y cinco años más tarde salí de la facultad para volver al instituto, donde todavía estoy. Y me sigue gustando lo que hago. Trabajar con personas en lugar de con papeles o con máquinas encierra un factor de emoción que hace la tarea interesante. Si estas personas son niños o adolescentes, la emoción se multiplica debido a la inestabilidad de la materia prima. No importa cuánto se prepare una clase, siempre habrá un margen amplio para lo inesperado que el profesor habrá de resolver con su experiencia, con sus recursos o encomendándose a la Divina Providencia, que es lo que yo hago cada vez que traspongo el umbral del aula. Un trabajo interesante, vaya. Un trabajo que rechaza el tedio y la rutina. Y eso está bien.
Empecé en esto hace 25 años (o bien un cuarto de siglo, que suena más contundente) y desde entonces he visto muchos cambios, y no todos negativos. En mis primeros días en las aulas, los grupos con los que trabajaba eran muy numerosos, de no menos de cuarenta alumnos. Después este número se recortó de forma considerable, lo que demuestra que no siempre los recortes son malos. Los cambios a peor también llegaron, como la calamitosa reforma educativa impulsada por los gobiernos socialistas, y las no menos calamitosas mini reformas que, a modo de parches, impulsaron los gobiernos posteriores. Sin embargo, lo fuimos encajando todo sin excesivos traumas. Es lo que tiene ser funcionario. La estabilidad en el trabajo permite mirar las cosas en perspectiva, lo mejor para ganar en paciencia y aguante.
Lo que está ocurriendo últimamente, sin embargo, ya no resulta tan fácil de encajar, por muchas habilidades de púgil fajador uno que haya desarrollado. Me imagino que al lector en general, al que la crisis también habrá castigado lo suyo, le hará poca mella que se le hable del aumento de horas lectivas, de los recortes salariales, de todos esos profesores interinos en paro, de la inestabilidad que sufrimos los que todavía trabajamos… Muchos de mis compañeros se manifiestan cada semana provistos de pancartas y camisetas verdes, y no parece que estas protestas cosechen otra cosa que indiferencia entre los ciudadanos. Y me parece lógico, porque quien más quien menos, todo el mundo anda con el agua al cuello y no tiene ganas de preocuparse de los problemas ajenos, máxime si son los de un colectivo que siempre ha desprendido cierto tufo a casta privilegiada, como es el caso del mío.
Lo que me sorprende es que la ciudadanía no reaccione al saber que el instituto o el colegio donde estudian sus hijos carece de medios para afrontar los gastos más esenciales, como la electricidad o la calefacción. Porque yo no he dejado de pagar los impuestos con los que se supone que se costean estas cosas, y me imagino que ustedes tampoco. También me asombra que las delegaciones de educación (ahora llamadas «servicios periféricos») no reciban más visitas de padres indignados porque las clases de sus hijos sean mucho más numerosas que las del curso pasado, o porque los chicos sigan sin profesor de esta o aquella asignatura cuando el profesor titular lleva ya semanas de baja.
La semana pasada, sin ir más lejos, una madre me comunicaba su angustia, pues su hijo lleva más de un mes sin profesor de inglés, siendo esta la única asignatura que le queda para terminar su bachillerato. Me habría gustado tranquilizarla, darle alguna garantía de que todo se arreglará, pero no pude hacerlo. Porque la enseñanza pública ya no es lo que era. Es más, me pregunto si seguirá existiendo la enseñanza pública cuando los individuos que nos gobiernan regresen a sus cavernas.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 5/11/2012 

domingo, 28 de octubre de 2012

Negativos



Toda ruptura comporta una pérdida. Una parte de nuestras vidas se desvanece, y el naufragio arrastra consigo muchos de los objetos acumulados durante ese tiempo. Nos consolamos repitiéndonos que siempre es posible reemplazar las cosas. Pero enseguida comprendemos la falacia que contiene ese pensamiento, y lo poco eficaz que resulta como consuelo. Porque hay objetos que, más que poseerlos, nos poseen, como aquel reloj del cuento de Cortázar. Un sillón, un cuadro, un libro o hasta una humilde taza pueden contener partes de nosotros. Durante años incorporamos esos objetos a nuestras vidas, y al hacerlo los dejamos impregnados de recuerdos, de sensaciones y de sentimientos, como si nuestro yo más íntimo se expandiera y ramificara a través de la materia inerte de las cosas que nos rodean. Vivir es coleccionar y es perder, y todo coleccionista conoce bien el dolor de la pérdida. Es fácil reemplazar un libro. Es fácil reemplazar un disco. Pero nunca serán el mismo libro ni el mismo disco. No es el contenido lo que importa, sino el soporte en sí, el objeto. En el libro viejo, el que se han llevado, estaba yo. No así en el nuevo.
Todo esto cobra especial dimensión en el caso de los álbumes de fotos. Hubo un tiempo en que casi no nos retrataban. Una fotografía era algo extraordinario que se reservaba para las ocasiones especiales. El bebé posaba para el fotógrafo con su culete al aire. Unos años más tarde, el mismo niño volvía a posar endomingado de primera comunión. Y entre una imagen y otra, con suerte, habría media docena más, todas ellas en blanco y negro, todas con ocasión de algo, como piedras miliarias a lo largo del camino. Luego nuestros padres se compraron la Kodak Instamatic y la cosa cambió. Pero nadie disparaba fotos a capricho, al buen tuntún. El revelado era caro y se procuraba que cada disparo mereciera la pena. Mis fotos de la infancia aumentan a partir de mi séptimo cumpleaños, pero su cantidad permanece dentro de márgenes modestos. Ahora ya no es así. La fotografía digital ha multiplicado las imágenes, quizás de forma innecesaria. Tan solo en sus primeros días de existencia, cualquier niño es fotografiado cuatro, seis, diez veces más que un ciudadano del pasado siglo durante toda su vida. Aunque, como siempre ocurre, existe una generación-puente, y me refiero a la de los chicos que rondan ahora los dieciocho años, y cuya primera infancia transcurrió aún en la época de la fotografía analógica y el revelado químico.
Mi hijo pertenece a esa generación. Los primeros compases de su vida, sus primeros años, se registraron con cámaras analógicas. Sus imágenes de la infancia, con ser mucho más numerosas que las mías, no alcanzan ni por asomo el diluvio de tomas que sufre cualquier infante de ahora mismo. Bastaban tres o cuatro álbumes para contenerlas a todas. Y parte de esos álbumes desaparecieron con mi reciente ruptura. Di esas fotos por perdidas para siempre y traté de consolarme pensando que eran solamente eso, fotos, imágenes inertes de un pasado que había quedado atrás. Pero muchas veces me venía a la memoria esa foto tomada en el paseo de la Feria una primavera, con el niño en brazos, yo con una cazadora vaquera que ahora no me vendría, él con un niqui a rayas y unos pantaloncitos de color crema, y sus rizos de bebé, y los ojos muy brillantes, abiertos de par en par. Recordaba esa imagen y muchas otras con la melancolía de lo perdido para siempre. Y lamentaba la pérdida por grande y por irreparable, porque no se trataba únicamente de fotos, sino de pedazos latentes de mis recuerdos y de mis afectos.
Pero ahora estoy de enhorabuena. He descubierto que existe un ingenio llamado escáner de negativos, y gracias a él estoy recuperando poco a poco todas esas imágenes perdidas, y muchas otras que nunca llegué a ver, porque en el laboratorio no las consideraron dignas de la bendición del positivado. El escáner de negativos es mi versión de la máquina del tiempo, mi modo empírico de demostrar que existe un núcleo intacto de afecto entre aquel bebé que yo sostenía en mis brazos y este adolescente malhumorado con quien, una vez más, he discutido esta mañana.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 29/10/2012

domingo, 21 de octubre de 2012

El rey del jazz



Malik Yaqub era un jazzman callejero. Y digo «era» porque acaba de fallecer de un enfisema pulmonar. Yaqub tocaba el saxofón en la madrileña plaza de Callao. Ganaba apenas lo suficiente para pagarse la pensión y no ambicionaba mucho más. Según él mismo contaba, una señora de la vecindad lo denunció porque tocaba justo en el lugar donde ella llevaba a mear a su perro. Frío y lluvia, caras anónimas que pasan sin detenerse, ruido de cláxones y motores en la Gran Vía. Y en una esquina de este cuadro pintado en ocres y grises y humo y confusión, una gota de belleza: un saxofonista negro que desgrana, con dedos expertos, una versión jazzy de Stormy Weather. La típica vida de todo músico callejero. ¿O acaso no fue así?
De Malik Yaqub he sabido por la noticia aparecida en la edición del jueves de El País, y reproducida por un contertulio mío de Facebook. Pero él no siempre fue Malik Yaqub. En su Kansas City natal lo bautizaron como Mack Spears, y dicen que con menos de veinte años disfrutaba ya de la admiración de músicos como Miles Davis y John Coltrane. Eso dicen y yo me lo creo. Se trasladó a San Francisco, y luego a los clubes de jazz de Nueva York. Y allí se metió en líos y en drogas, hasta que encontró paz y dignidad en la Nación del Islam, como tantos afroamericanos de su generación. Pero sus creencias lo llevaron también a la cárcel por negarse a ir a Vietnam. Y dicen que jamás se ha oído una big band como la que Yaqub y otros músicos reclusos formaron en el presidio de Sandstone, del que salió para abandonar de inmediato el país. Como un personaje bíblico, anduvo errante por Egipto y por Etiopía, donde el negus Haile Selassie lo coronó «rey del jazz». Y por fin vino a España y decidió tocar en la calle porque no se entendía con los dueños de los clubes. Quisieron expulsarlo, pero una campaña de los medios especializados logró que le dejaran quedarse. Recibió homenajes y tocó en varias ciudades de nuestro país. Pero Stormy Weather siguió oyéndose en plaza de Callao por encima de los ruidos del tráfico y de la indiferencia de los peatones. Hasta que un día de la semana pasada al saxo de Malik Yaqub se le rompió su pieza más importante.
«Una vida digna de un biopic», fue el encabezado que le puse en Facebook a esta noticia. Y entonces, por esas cosas del azar y de la casualidad, apareció mi amigo León Molina para contar lo siguiente: Hace un buen montón de años lo traje a los conciertos que organizábamos en el desaparecido El Nilo. Inolvidable el momento en que, en medio del silencio tras un tema, de pronto gritó a voz en cuello «yabadabadúúúú» y se lanzó a tocar el conocido tema de Los Picapiedra. Ni el grupo lo sabía, y tuvo que tirarse a los instrumentos para seguirle como podían. Tocó el tema a mil por hora, y lo fue retorciendo y transformando hasta acabar en un delirio freejazzero entre el regocijo del público, que nos pusimos a tope. El final del tema fue un clamor y un desbarre de locura, con Malik haciendo amago de seguir, la gente chillando, los músicos dejando los instrumentos con cara de risa y sorpresa y de «a este tío no hay quien lo siga»; momentos mágicos que están en la esencia y la leyenda del jazz. Descanse en paz Malik, un outsider entregado a una pasión, leyenda casi anónima en las mismas tripas de las leyendas del jazz.
Gracias por este recuerdo, León. Y gracias a Malik Yaqub, rey del jazz, príncipe del swing, sumo sacerdote del templo del soul, por el regalo de tu vida y de tu talento.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 22/10/2012

domingo, 14 de octubre de 2012

Muerte en el garaje




El otro día telefoneé a un amigo escritor que reside en un pueblo cercano a Valencia. Era una de estas llamadas que uno hace sin otro motivo que el de charlar un rato y mantener el contacto. Sin embargo, me quedé de piedra cuando, tras un rato de conversación intrascendente, mi amigo me reveló que había estado a punto de morir ahogado dentro de su propio coche. Los usos sociales no nos adiestran para situaciones como esta, de modo que rompí a reír con la esperanza de que me estuviera tomando el pelo. Por desgracia, no era así, aunque él también estalló en carcajadas. Y siguió riendo mientras me relataba una de las historias de la vida real más espeluznantes que he oído en los últimos tiempos.
Me dijo que el día de autos le habían entregado su nuevo coche, un modelo flamante que descansaba en su garaje junto al pequeño utilitario que el matrimonio emplea para los desplazamientos cortos. Era viernes, aquel viernes de hace un par de semanas en que llovió tantísimo. Pero en Valencia fue mucho peor. Allí las precipitaciones fueron de tal magnitud que el alcantarillado no daba abasto para evacuar tanta agua. Su esposa y él empezaron a preocuparse al comprobar que su chalet se había convertido en una especie de navío varado, y que su jardín había quedado sumergido bajo una riada de proporciones bíblicas. Fue entonces cuando acordaron calzarse unas botas de agua y bajar al garaje para tratar de poner a salvo ambos coches (recordemos que uno de ellos lo habían recogido apenas unas horas antes). Mala idea, porque la situación empeoraba a tal velocidad que más les habría valido usar un equipo de buceo. La esposa de mi amigo, no obstante, logró subir por la rampa con el utilitario pequeño, aunque se vio obligada a sortear varios contenedores de basura que bajaban arrastrados por la embravecida corriente. Él no tuvo tanta suerte. La puerta del garaje se quedó bloqueada, el agua entraba ya dentro del coche y el motor estaba muerto. Desde el exterior, su esposa le hacía gestos frenéticos para que saliera de allí. Pero, ay, la presión del agua era tan grande que no había forma de abrir la puerta del vehículo. Era como si una mano gigantesca la empujara desde fuera. A todo esto, el agua superaba ya el nivel de las ventanillas, y él comenzaba a sentirse como Leonardo DiCrapio en la última media hora de la película Titanic. «¡Saaal, por Dioooos!», gritaba ella, y mi amigo juzgó que su esposa era demasiado joven para convertirla en viuda prematura, de modo que reunió todas sus fuerzas en un último y desesperado empellón que logró desbloquear la puerta del coche unos centímetros. El agua penetró en tromba dentro del habitáculo (junto con otros objetos, como botellas vacías y una especie de engrudo que al principió no identificó). Sin embargo la presión se había igualado en ambos lados y ya era posible abrir la puerta por completo y salir de aquella trampa acuática. Conforme se ponía a salvo nadando, mi amigo comprobó que lo que había bloqueado la puerta no era solo el agua, sino también los doscientos últimos ejemplares de cierta novela suya que la editorial había decidido descatalogar, y que aguardaban un mejor destino guardados en cajas dentro de su garaje. Ahora esos cientos de kilos de papel flotaban libremente, convertidos en una masa gelatinosa y tumefacta. Nadie que yo conozca ha estado tan cerca de morir a causa de la literatura.
«Imagínate mi artículo en la Wikipedia», dijo mi amigo para concluir. «Sin salir de su propio garaje, el autor pereció aplastado por los ejemplares liquidados de su segunda novela y ahogado como una rata». No pude contestarle. Apenas tuve tiempo para salir corriendo hacia el baño, porque, con tanta agua y tanta risa, estaba a punto de perder el control de mi vejiga. Luego me vino a la mente un pensamiento filosófico, aunque poco consolador: «Por la mañana te levantas y tienes coche nuevo. Por la tarde estás muerto». Qué extraña es la vida.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 15/10/2012

Nota: El consejo de los expertos es que, en caso de hundirte en el agua dentro de un coche, intentes salir lo antes que puedes, sin esperar a que las presiones se igualen, porque si no probablemente te encontrarás esperando el día del Juicio Final. Dejo un vídeo ilustrativo de la serie británica "Top Gear".