La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

domingo, 17 de mayo de 2015

La bicicleta


No he podido evitar fijarme en el cartel electoral de Ganemos Albacete para las elecciones municipales. La imagen es poco frecuente en este tipo de propaganda, que suele mostrarnos a los candidatos en solitario (generalmente a los cabezas de lista), trajeados, photoshopeados y con esa sonrisilla que parece toda una invitación a meterles un guantazo. En el cartel de Ganemos, sin embargo, los vemos en grupo, de cuerpo entero y caminando animosamente por el paseo central del parque. Supongo que el ver a los candidatos a pie de calle y en movimiento esconde todo un mensaje político, aunque uno no puede evitar descreer de mensajes como este. Mi sensación es que, por mucho que todos caminen en la misma dirección, sus intenciones y objetivos son muy diversos. Pero eso no deja de ser un prejuicio mío de ciudadano escamado con la política, y tal vez estos candidatos sí que sean distintos. Ahí tenemos, por ejemplo, al número dos de la lista, Álvaro Peñarrubia, un joven procedente del activismo medioambiental y del movimiento ciudadano del 15-M. Álvaro es el único de los candidatos de la foto que lleva su bicicleta (aunque por el manillar, para no adelantarse a los demás). De hecho, lo he visto más de una vez pedaleando por las calles con un carrito de remolque, paseando sus carteles como una caravana electoral de un solo hombre, el do-it-yourself aplicado a la política. Sería ilustrativo que otros siguieran este precedente y se retrataran con sus medios de transporte habituales. De este modo comprobaríamos que hay candidatos que jamás han hecho nada útil fuera del ámbito político (y a menudo tampoco dentro) y sin embargo se gastan Audis, Mercedes y BMW. Personalmente, y pese a mi contencioso personal con ciertos ciclistas urbanos que siembran el pánico por aceras y zonas peatonales, me quedo con Peñarrubia y su bicicleta.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 8/5/2015

viernes, 8 de mayo de 2015

Cuéntalo


Al escribir sobre ciertas cosas parece necesario pedir perdón de antemano. Vivimos en la era del pensamiento único y dirigido, y todos sabemos que hay asuntos sagrados, temas intocables. El tabú en boga es el que blinda las políticas de igualdad de género y las campañas contra la violencia machista. Pues vaya por delante mi disculpa, porque a mí la nueva campaña del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad me da grima. Una adolescente le cuenta a su amiga que su novio la maltrata. Es celoso, la controla por el móvil, la humilla, la aísla de sus amistades. «Rompe con él, hay salida, si tu chico te da miedo, cuéntalo». «¡Pisotea a ese cerdo machista!», les falta decir. No es mi intención negar que tales cosas ocurren, incluso con demasiada frecuencia. Sin embargo, parece que el pensamiento dominante ha decidido que todos los muchachos son agresores en potencia y, por lo tanto, es necesario prevenir a sus víctimas, es decir, a las chicas. ¿Qué política de igualdad es esta que estigmatiza a los varones como los únicos capaces de infligir sufrimiento en una relación, los únicos culpables de ejercer el control, la manipulación y el miedo? En mi ingenuidad (cuántas veces repito esa frase en estos artículos) tiendo a pensar que los hombres y mujeres no parecemos cada día más, y que lo que nos une es mucho más que lo que nos distingue. ¿No es posible diseñar una campaña que ponga a chicos y chicas en pie de igualdad, sin pretender hacer de ellos los villanos de la película?  Dudo que haya un varón adulto en este país que no esté ya un poco traumatizado por el sentimiento la culpa. Si nuestros hijos han de estarlo también, dejémoslos al menos inventar sus propios pecados sin necesidad de heredar los nuestros.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/5/2015


domingo, 3 de mayo de 2015

La ventana


El jueves de la semana pasada, Día del Libro, andaba yo por el Altozano cuando se acercó una chica para pedirme una firma. La reconocí enseguida como una de mis antiguas condiscípulas del instituto, extremo que ella me confirmó al tiempo que me recordaba que se llamaba Chelo (mi memoria retiene cada vez menos cosas, y aun estas las más inservibles). Pero lo que me puso delante no fue una de mis novelas, sino unas fotocopias cosidas con una grapa, de aspecto algo ajado y tono amarillento. Apenas pude dar crédito a mis ojos cuando reconocí aquel texto como el relato con el que me dieron el premio literario del instituto el año que hacía COU. Nada había de memorable en aquel cuento. Es más, yo diría que el hecho de haya permanecido extraviado durante más de tres décadas ha sido una suerte. Pero no es de literatura de lo que estoy hablando. «En mi baúl también ha aparecido esto», anunció Chelo poniéndome delante una vieja fotografía. Un muchacho con una chaqueta roja sobre los hombros tocaba la guitarra en el parque para sus compañeros de clase. Tenía 30 años menos que yo, y seguramente pesaba 30 kilos menos. Parecía un figurante de la serie Cuéntame cómo pasó. Pero sin duda yo fui ese chico. Lo que no puedo asegurar es que aún lo sea. Puede que la esencia de aquel muchacho se quedara enganchada en algún obstáculo del camino, junto con tantas cosas perdidas y nunca recuperadas. Pero no quiero abandonarme a mi vena filosófica (como mucho, a la de la nostalgia, que es pecado menor donde los haya). Lo cierto es que Consuelo Rodríguez, mi antigua compañera, abrió para mí una ventana por la que se coló todo aquel aire fragante de nuestros días de juventud. Muy ingrato sería si no le diera las gracias por ello.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 1/5/2015

La venda


A todos nos dura la conmoción por lo que pasó el lunes en ese instituto Joan Fuster de Barcelona. Han transcurrido unos días, se han guardado los correspondientes minutos de silencio y los comentaristas ya han tenido tiempo de despacharse a gusto. Que si en el centro no se había detectado nada, que si el chico veía The Walking Dead… Pero lo único cierto es que ocurren cosas terribles a diario, y muchas ocurren porque sí, porque el azar es el principio rector del mundo y nunca podemos saber dónde va a descargar el próximo golpe. Un chaval enfermo con un brote psicótico, un profesor que se cruza en su camino y el resto ya lo conocen. Hace unas semanas, el azar puso a 150 personas en el avión de otro desequilibrado con resultados aún peores. El azar, que a veces se disfraza de piloto suicida y otras de chaval de la ESO armado con una ballesta y un machete. O de conductor ebrio. O de una diminuta célula que sufre una mutación en las profundidades de uno de nuestros órganos. Es el precio de estar vivos. Y ante estas feas muecas que la vida nos hace no caben más respuestas que el dolor y la solidaridad. Ahora bien, puestos a rasgarse las vestiduras, más vale hacerlo por ese pesquero que se hundió el domingo pasado ante las costas de Libia, 800 personas embarcadas en un viaje suicida de las que apenas 30 han podido contarlo. Lo que ha pasado en el instituto de Barcelona nos duele y nos conmueve, pero no exige otra respuesta más allá de la compasión. La tragedia cotidiana de la pobreza y la desesperación es algo muy distinto. Eso no es por casualidad, sino porque nos hemos empeñado en no querer ver lo que tenemos ante nuestras propias narices. ¿No va siendo hora de quitarse la venda?

Publicado en La Tribuna de Albacete el 24/4/2015

miércoles, 22 de abril de 2015

Historias


El sábado pasado visitamos Chinchilla invitados por Arturo Tendero, que ha sido alcalde y concejal de cultura, y presume de chinchillano de adopción cada domingo desde estas páginas. Fuimos más de cincuenta los que empleamos toda la mañana y buena parte de la tarde en deambular por ese túnel del tiempo que es Chinchilla, que viene a ser el barrio antiguo del que Albacete carece, el centro histórico de una ciudad que prácticamente carece de historia. El hecho de que se encuentre a 15 km de esta capital, que en realidad nació a su sombra, ha sido al mismo tiempo su bendición y su condena. Chinchilla ha mantenido sus esencias, pero los albures del tiempo y la cercanía de Albacete precipitaron su declive. Hemos leído sobre la historia de Chinchilla, pero una cosa es la historia y otra las historias, e historias fueron las que Arturo nos contó durante el recorrido. La de César Borgia, prisionero en la fortaleza que hoy vemos desmochada, que muy cerca estuvo de precipitar al alcaide desde lo alto de la torre del homenaje. La de esa sima de la Plaza Mayor que se tragó cinco camiones de tierra y escombro sin inmutarse. La de aquel intrigante corregidor de Albacete que impidió que Fernando VII pernoctara en Chinchilla, pero no pudo evitar que el monarca Borbón la proclamara villa fidelísima. Historias y más historias. Precisamente la semana entrante celebramos el Día del Libro. La sustancia del mundo es amorfa hasta que la moldea un narrador. Como el magnífico escritor que es, Arturo lo sabe muy bien. Sus relatos convirtieron una reunión de amigos en una jornada para el asombro y el recuerdo. Puede que Chinchilla esté a punto de perder un buen concejal y alcalde. Sin embargo, mi ingenuidad me hace pensar que el mundo necesita más escritores y menos políticos.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 17/4/2015

viernes, 10 de abril de 2015

Chats


¿Quién no está hoy en día en algún grupo de whatsapp? El problema es que dichos grupos casi siempre degeneran. Los de padres de alumnos, por ejemplo, suelen convertirse en patios de vecinos donde se pone a bajar de un burro a maestros y profesores. Esta semana hemos sabido que los maestros de cierto colegio madrileño tenían un chat privado en el que se dedicaban a poner verdes a los niños y a sus padres. Alguien ha hecho una selección de los comentarios más vejatorios y los ha buzoneado por el pueblo, y ahora a los profes los quieren linchar. Esto me recuerda una ocasión en la que unos amigos y yo tomábamos café al tiempo que rajábamos apaciblemente contra unos individuos que perpetraban cierta web literaria. A los pocos días, en dicha web se citaban fragmentos de nuestra conversación aderezados con un surtido de insultos hacia nosotros. Algunas veces yo también critico y oigo criticar a mis alumnos, con frecuencia en términos poco edificantes. Incluso los padres y las madres merecen más de un comentario que en otro contexto podría considerarse ofensivo. Sé de buena tinta que los alumnos hacen lo mismo con nosotros, entre ellos y con sus familias. Me imagino que, al acabar la jornada, el policía municipal comenta con sus compañeros lo que le ha pasado con ese idiota al que quiso multar y lo cubrió de insultos. Hasta puede que los jueces y médicos despotriquen lo suyo en sus círculos de amigos (siempre sin quebrantar el secreto profesional o el secreto de sumario). Conviene separar el ámbito público del privado. A nadie se le debe negar el derecho de desahogarse en privado, entre gente de su confianza. Lo demás son cazas de brujas. Y, puestos a linchar a alguien, yo siempre me decantaría por el soplón.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 10/4/2015

viernes, 3 de abril de 2015

Vacaciones


Aunque para muchos la Semana Santa hace tiempo que perdió su santidad, diría que estas fechas conservan algo de su carácter sagrado. Supongo que la cosa tendrá que ver con el tránsito del invierno a la primavera, un cataclismo de tal magnitud que uno se ve arrastrado por él aunque no quiera: floraciones desaforadas, alergias, bichos, picores, tardes interminables y ese rito funerario de enterrar la ropa de invierno en las profundidades del armario y salir a la calle, victorioso y resucitado, a disfrutar del sol. En estos mismos instantes, mientras le doy a la tecla sentado a la sombra, me arrulla el zumbido de unas veinte abejas que se afanan en torno a un cerezo en flor que tengo plantado en mitad del patio. Son seres pacíficos y laboriosos a los que las fuerzas ciegas de la evolución les regalaron el don de la utilidad, y sin duda un lugar de preferencia en el orden secreto de las cosas. Apenas se cuelan otros ruidos en mi patio. Si acaso algunos trinos de pájaros, residentes habituales de este sitio que llamo mío pero en el que apenas soy un intruso. Y también los bostezos de mi pequeño bichón maltés, al que por algún motivo le gusta observarme mientras escribo, y en cuyos ojillos negros e insondables encuentro un consuelo mayor que el que me depararía cualquier rito religioso de los que hoy se celebran. Sin embargo, por fuerza tiene que ser santa esta semana que nos brinda la oportunidad de reencontrarnos como seres humanos, de dejar atrás los fantasmas de nosotros mismos que hemos sido durante esos meses de frío y de oscuridad. Es el momento del sosiego, de tomar aliento y prepararse para las calamidades que se avecinan, y me refiero a las próximas campañas electorales, esos interludios de ruido y de furia en los que unos señores que viven mucho mejor que sus vecinos nos pedirán a gritos nuestro apoyo para que todo siga igual.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/4/2015