La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 6 de febrero de 2015

Mickey Mouse


Acabo de comprarme un reloj de Mickey Mouse. Es un reloj pequeño que parece de juguete. Tiene una correa de plástico de colores, y en la esfera la imagen del famoso ratón señalando las horas con sus brazos. Lo he comprado por eBay, al igual que muchas otras baratijas que me envían casi cada semana desde distintos puntos de esta aldea global. El reloj me ha llegado de Iowa y he pagado por él apenas 25 dólares, gastos de envío incluidos. Quizás suene un poco frívolo, pero a mí me parece un vicio inofensivo que me proporciona pequeñas dosis de felicidad por un precio muy razonable. La pregunta inevitable es, ¿por qué un reloj de Mickey Mouse? Mi hijo me la formuló ayer después de asegurarme que no pega mucho con la imagen respetable que trato de proyectar. Me sorprendí al ser capaz de darle una respuesta. En septiembre de 1986 murió un amigo mío. Se llamaba Juan Pedro y era un par de años más joven que yo, que por entonces era un mozalbete con la carrera recién terminada. Se nos murió de repente, sin previo aviso, de muerte natural, aunque tan inesperada que nos pareció cualquier cosa menos natural. Cierto día, de pronto, ya no estaba. Fue la tarjeta de presentación de esa visitante que con el tiempo se vuelve tan asidua. Han pasado casi treinta años, pero aún no he podido comprenderlo del todo. Tal vez por eso, y porque a veces uno se extravía sin querer por esos vericuetos infinitos de la memoria, me he comprado este reloj idéntico a uno que  él llevaba y que a todos nos hacía mucha gracia. Mi hijo está a punto de cumplir la edad que Juan Pedro tenía cuando se fue. Inexplicablemente, es como si el tiempo me hubiera convertido también en el padre de mi amigo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 6/2/2015

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