La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

domingo, 23 de marzo de 2008

Desmemoria histórica

Al amigo que protagoniza este artículo lo conocí el verano pasado, aunque llevábamos algunos meses escribiéndonos e intercambiando llamadas telefónicas. Él había leído «Bajo la fría luz de octubre», una novela en la que traté de reconstruir los acontecimientos vividos por mi familia durante los años de la república, la guerra civil y la primera posguerra. Con este libro no pretendía convertirme en cronista de una época. Sólo quise poner en forma de relato unos recuerdos que me han sido legados como parte de mi patrimonio familiar. Pero todas las historias de aquellos días se parecen, ya se vivieran en un bando o en el otro, por lo que era inevitable que mi amigo hallara en mi novela ecos de su propia infancia.

Él prefiere que no mencione su nombre, aunque me autoriza a relatar su historia. Mi amigo nació en Albacete en 1938, cuando la ciudad vivía los meses más terribles de la guerra civil. Su padre, que era ferroviario y socialista, fue apresado recién terminada la contienda. Lo ejecutaron en el 42, casi al mismo tiempo que a su esposa la enviaban a la prisión de Barcelona. Con apenas tres años, a mi amigo se lo llevaron a Cataluña para que estuviera más cerca de su madre, y en Cataluña es donde ha vivido desde entonces. Allí creció, estudió Comercio y entró a trabajar en una importante empresa de la que llegaría a ser gerente y accionista. Con el tiempo se convirtió en un empresario de éxito y un hombre muy respetado. Se casó y tuvo cuatro hijos. Fue presidente de una importante institución de su ciudad, recibió infinidad de honores y distinciones, y ahora, a sus setenta años, está a punto de recibir otro cargo de relevancia que él se niega a calificar como político (una de las cosas que le prometió a su madre fue que nunca se metería en política). El talento, la honradez y una vida entera de trabajo lo han conducido hasta donde hoy se encuentra. Pero él se ha negado a olvidar a aquel niño de cuatro años, con un padre fusilado por rojo y una madre presa en la cárcel de Barcelona.

Cuando se puso en contacto conmigo, hará algo más de una año, mi amigo pedía consejo para emprender una búsqueda. Pensaba equivocadamente que yo era un especialista en el tema de la guerra civil en nuestra ciudad, por lo que me pedía ayuda para localizar algunos documentos relativos a su familia, en concreto las sentencias condenatorias de sus padres. Tuve que explicarle que había escrito mi novela sin recurrir a más archivos que la memoria de mis mayores, pero me ofrecí a consultar en su nombre con un auténtico experto. Por suerte, yo conocía desde la juventud a Manuel Ortiz Heras, profesor de la facultad de Humanidades, y estaba al corriente de su impresionante labor de investigación sobre el doloroso tema de la represión política en nuestra provincia. Con gran sensibilidad y gentileza, Manolo orientó a mi amigo en el comienzo de su búsqueda. Le dijo que los documentos que perseguía debían de haber estado en la prisión provincial, pero que las pésimas condiciones de aquel lugar habían obligado a trasladarlos al Archivo Militar de Guadalajara. Y allí fue donde mi amigo cursó su primera solicitud. Eso fue en septiembre del año pasado. Lo que no podía imaginar era que aquel iba a ser el primer episodio de un despropósito burocrático que, al cabo de un sinfín de peticiones, escritos y oficios, sigue sin dar el menor fruto. Durante este tiempo, y además de al mencionado archivo, mi amigo se ha dirigido a la prisión provincial de Albacete, a la Dirección General de Instituciones Penitenciarias, al Ministerio de Defensa, a la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas, a la Subdirección General de Recursos e Información Administrativa, al Archivo General Militar de Ávila, al Tribunal Militar Primero de Madrid y al Juzgado Togado Militar nº 13 de Valencia. Todo esto en apenas seis meses y con el único propósito de obtener copia de unos documentos que expliquen por qué sus padres tuvieron que morir e ir a prisión hace casi setenta años. Y sin obtener más que excusas y vaguedades como respuesta: «no consta la existencia de dichos documentos», «las personas referidas carecen de antecedentes», «no figuran en estos archivos», «pregunte en otro sitio»... En fin, el clásico y tan castizo «vuelva usted mañana», como si aquellas muertes y aquel dolor nunca hubieran existido. De modo que la carpeta de mi amigo crece con esas muestras de la confusión y la negligencia administrativa. Pero él ya ha demostrado que no es de los que se rinden, y tampoco va a hacerlo en este empeño. Como tantos otros hijos y nietos de este país, su único propósito es limpiar el recuerdo de sus mayores, ensuciado hace setenta años por la injusticia y la barbarie, y extraviado ahora en algún recoveco de la desmemoria administrativa.

El Gobierno ha promulgado una Ley de Memoria Histórica, pero las leyes que no sirven para ayudar a la gente son papel mojado. Y el caso de mi amigo demuestra de forma elocuente que la Administración sigue siendo torpe, lenta e insensible a las demandas de los ciudadanos, incluso cuando éstas responden al principio más elemental del civismo, la justicia y la dignidad: el de honrar la memoria de los muertos.


Aparecido en La Tribuna de Albacete el 14/3/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

lunes, 17 de marzo de 2008

Dimas vs. Zerolos


Escribo este artículo el 29 de febrero, cuando faltan ocho días para las elecciones, y no sé si podré aguantar cuerdo hasta el final de la campaña. Y no será por falta de voluntad, porque juro que hago lo que puedo por permanecer ajeno a todo este circo. Pero confieso mi impotencia. Por mucho que trate de aislarme, los insidiosos mensajes electorales se cuelan y acaban pinchándome la burbuja. Y entonces siento hastío, agotamiento, náusea. Unas ganas terribles de que esto acabe, de que quien tenga que llevarse el gato al agua lo haga de una vez y me dejen por fin en paz.

Mi apatía es tan inmensa que temo pecar de falta de originalidad. Pero hasta en el aburrimiento se puede ser militante. Por ello, en un acto testimonial de la magnitud de mi indiferencia, he decidido no dar este artículo a la prensa hasta transcurridos varios días de la consulta, cuando todo haya terminado y las elecciones no sean más que un mal recuerdo. Aunque esta campaña ha tenido una singularidad que la ha hecho algo más amena. Y ahora que ha terminado todo no me resisto a comentarla. Me refiero al culebrón protagonizado por Dimas Cuevas y sus famosos artículos «homófobos».

A Dimas lo conozco desde el instituto. Ahora tiene menos pelo y lleva barba. Por lo demás no ha cambiado mucho. En el BUP parecía ya un senador del PP, y creo que sus años como periodista han sido sólo un paréntesis hasta que ha reencontrado su auténtica vocación. Él siempre ha sido atento conmigo. En su día me abrió las puertas de este diario y se lo agradezco de corazón. No hemos tenido mucho trato. De hecho, apenas hemos hablado. Pero tiendo a sentir respeto por la gente de la que recibo respeto. No puedo evitarlo.

Por lo demás, no podría estar más en desacuerdo con sus ideas sobre la familia y la moral sexual. En eso Dimas y yo somos el yin y el yang, el Madrid y el Barça, el Gordo y el Flaco (bueno, ahí andamos a la par). Él piensa de forma muy distinta a mí, pero sus opiniones le pertenecen y yo no tengo nada que objetar. En cuanto a aquel artículo de la discordia, el de los plátanos y las tortillas, recuerdo que lo leí en su momento y me dio un poco de vergüenza ajena. Pero nada más. Otros artículos de Dimas me han gustado y me han hecho reír. Aquellos chascarrillos me parecieron un tanto burdos y no me hicieron gracia. Ahora bien, no monté en cólera ni vi la necesidad de exigir la cabeza del autor. Ni yo ni nadie. Como saben, el escándalo ha estallado recientemente, en período pre-electoral. Ha sido ahora cuando «Dimas se ha quitado la careta y todos sabemos ya quién es», y cito unas esclarecedoras declaraciones de la concejala de IU.

Tengo que reconocer que el asunto me ha parecido entretenido. Aunque por otro lado me ha irritado bastante, pues creo en este escándalo prefabricado no subyace una cuestión de moral sexual o de concepciones antagónicas de la sociedad, sino de política y de poder. También de estupidez y mala leche. Y no por parte de Dimas. Me explico. La cuestión es que me preocupa vivir en un país donde alguien se dedica a guardar recortes de prensa para poder usarlos como arma cuando sea conveniente. Cada cual es responsable de sus actos y sus escritos. Si uno quiere hacerse el gracioso y al cabo de un tiempo le crecen los enanos, pues mala suerte. Pero quien consagra sus esfuerzos a mirar con lupa a sus adversarios para ver por dónde pueden clavarles la daga, me inspira muy poca simpatía. Más bien me da miedo. Tanto miedo como los que han decidido ser más bienpensantes que los bienpensantes y, enarbolando el estandarte de la mordaza y la majadería, han establecido que existen temas tabú y grupos intocables. Esos adalides de la progresía y el pensamiento recto son mucho peores que los de antes. Ejercen la censura, dictan lo que es admisible y están siempre prestos a colgar etiquetas. Usan el principio de la libertad de expresión a su antojo y conveniencia. Esos, los que crean «observatorios» para taparles la boca a los demás, los que deciden quién es «homófobo», quién es «machista» y quién un «reaccionario», quién puede presentarse a las elecciones y quién no. Esos progres de boquilla, y caciques en la práctica, son los que me dan miedo de verdad.

En lo ideológico, me encuentro en las antípodas de los Dimas Cuevas. Pero los Zerolos me parecen peores, y mucho más peligrosos, porque encima son los que ahora mandan. Además, a Dimas hay que reconocerle un mérito. Pues no me negarán que tiene su mérito levantarse un día de la cama y encontrase a nuestra pequeña y soñolienta ciudad en la portada de El País y en los informativos de la SER. Ayer no existíamos, y hoy nos hemos convertido en el campo de batalla de las fuerzas de la progresía y de la reacción. Las dos Españas se citan en Albacete. Todo un lujo. De paso, el sainete protagonizado por Dimas (imagino que muy a su pesar) nos ha brindado un tema jugoso de conversación en medio de esta plúmbea y estéril campaña electoral.

Bien por el senador.

www.eloymcebrian.com

domingo, 9 de marzo de 2008

Alegorías

Los medievales, que eran mucho más sofisticados de lo que tendemos a creer, utilizaban la alegoría como un modo de comprender este mundo y el venidero. Para los pocos que sabían leer había poemas y tratados. Para el vulgo ignorante estaban los pórticos, los capiteles y las pinturas de las iglesias y catedrales. Allí, explicadas en intrincados relieves y frescos, estaban todas las claves que necesitaba un hombre del siglo XII o XIII para integrarse en el orden social y asegurarse la salvación tras culminar su tránsito por este valle de lágrimas.

Nosotros, que nos creemos mucho más listos que nuestros antepasados, nos podríamos dar con un canto en los dientes si entendiéramos algo de lo que pasa aquí (el más allá se lo dejamos a la Conferencia Episcopal y a Iker Jiménez). Pero nos hemos acostumbrado a aceptar las cosas porque sí. Miramos la televisión, repasamos la prensa, nos dejamos bombardear por una infinidad de mensajes que a menudo son contradictorios. Y nuestra única conclusión es que de este guirigay no hay quien saque nada en claro, y que lo mejor es pegar la nariz al suelo y preocuparnos exclusivamente de nuestros asuntos. Siempre habrá quien se encargue de resolver «los grandes temas». Para eso pagamos impuestos. Para que nos gobiernen y nos dejen en paz. Con esta mentalidad, es muy probable que los señores feudales del medioevo tuvieran más problemas con sus siervos que nuestros gobernantes tienen con nosotros. Han perdido el derecho de pernada (o eso creo), pero en todo lo demás han salido ganando.

Con todo, lo cierto es que la tarea de entender el mundo (o de empezar a entenderlo) se ha convertido en un gigantesco desafío. Vivimos en un laberinto de espejos, con la salvedad de que un espejo que funciona correctamente devuelve un reflejo fiel de lo que hay ante él, mientras que los que nos rodean nos muestran sólo lo que les conviene a quienes los manejan. Nuestra realidad se halla tan fragmentada como esos montajes de los artistas conceptuales: cientos de monitores de televisión dispuestos en círculo, cada uno emitiendo sus propias imágenes y sonidos. Y en medio de este infierno visual y auditivo, el indefenso ciudadano aprieta los párpados y se tapa los oídos, abrumado por una realidad demasiado cambiante y compleja para intentar abarcarla.

Hoy quiero mirar hacia atrás y reivindicar la validez de la alegoría como herramienta para enfrentarse al mundo. Las de los medievales ya no nos sirven, por mucho que sigamos admirando la belleza de sus catedrales de piedra y de palabras. Hartos de contemplar infiernos de este mundo por la televisión, el infierno de Dante nos asusta lo mismo que un parque temático. Necesitamos encontrar alegorías a nuestra medida, modelos a escala de la realidad que nos permitan abarcar el conjunto sin perdernos en los detalles. La que propongo hoy es la obra de un novelista francés llamado Michel Houellebecq.

Alguien con un apellido tan difícil tiene que ser por fuerza un tipo retorcido (más retorcido que la firma de un loco, como diría cierto amigo mío con gran facilidad para las comparaciones ingeniosas). Y ciertamente Houellebecq lo es. Añadiré que es un grandísimo mala leche. Pero la suya no es una de esas malas leches castizas de carajillo y partida de dominó, sino una mala leche de envergadura cósmica. Si a eso le sumamos una inteligencia incisiva como un bisturí y una gran facilidad para fabular, habremos encontrado al perfecto artífice de alegorías.

El «campo de batalla» en el que transcurren las amargas ficciones de Houellebecq, ese lugar desolado por donde transitan sus personajes, es el mundo que habitamos, superpoblado de seres solitarios que se ven obligados a huir de sí mismos mediante el hedonismo, el sexo o las drogas. Se trata, sin embargo, de fugas sin esperanza, pues la realidad excluye los paraísos. La codicia, la satisfacción inmediata, el sexo despojado de afecto, los mensajes embrutecedores e incesantes de los medios de comunicación... Nada mejor cabe esperar. Los nuevos gurús hablan de formas de vida alternativas. Las religiones atontan a los seres humanos con falsas promesas. Algunas incluso los transforman en armas listas para ser disparadas en cualquier momento. Pero la única realidad es que estamos solos. Y además de soportar el peso intolerable de nuestra soledad, debemos enfrentarnos al horror de nuestra decadencia física, tal vez la única certeza en este mundo de espejismos. De todo esto, y de algunas cosas más, tratan libros como Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, Plataforma o La posibilidad de una isla. No son libros aptos para depresivos, pero cada uno de ellos constituye una demoledora alegoría contemporánea.

Necesitamos a los creadores de alegorías mucho más que otras cosas que se nos antojan imprescindibles. Necesitamos sus lecciones, aunque nos duelan.

Es preciso que nos abran los ojos.

jueves, 28 de febrero de 2008

Los peligros del 'gym'



Cada mes de enero me hago análisis. Quiero decir que acudo a mi médico y me quejo de esto y de aquello. Y él, como profesional escrupuloso que es, me prescribe «una analítica», esa palabra solemne que sólo un título de medicina colgado en la pared da derecho a usar.

Hace poco le oí decir al cocinero Juan Mari Arzak que él nunca se hace análisis sin haber pasado antes por el balneario. Dos o tres semanas de dieta, ejercicio y aguas termales y los análisis le salen como los de un chaval. Con eso se queda el hombre tan feliz para todo el año. Tal vez luego las cosas empeoren, pero eso no figura en ningún sitio, y al chef le basta con el subidón de optimismo que le proporcionan sus análisis «a la carta».

Lo mío, masoquista que es uno, es más bien al contrario. Me voy a hacerme los análisis en plena cuesta de enero, con la mala conciencia de las Navidades encima, sabiendo que he engordado tres o cuatro kilos y que los turrones, las comilonas y las copitas de más van a quedar reflejadas con cifras de fuego en las hojas de mi analítica. El resultado es siempre la reprimenda del galeno, el propósito de reformarme y la promesa de no volver a pecar. Y después, salvo gripes o indisposiciones esporádicas, mi médico no me vuelve a ver el pelo hasta el año siguiente. He aquí el perverso ciclo de mi vida adulta.

Pero este año... ay... este año ha sido peor. Mis análisis de este año eran dignos del cerdito Porky. Y a las altas cifras de colesterol, triglicéridos y ácido úrico se han añadido algunas otras cosas cuya existencia ni siquiera sospechaba. Este año mi médico se ha puesto serio de verdad. En su gesto he visto tristeza y desaliento. Y por un momento temí que fuera a dejarme por imposible. «Anda, chaval, lárgate con viento fresco, haz lo que quieras, suicídate si así te quedas más a gusto». Juro que pensé que me lo diría. Pero él es un profesional como la copa de un pino, y lo que hizo fue darme los mismos consejos que los años anteriores (dieta, ejercicio, moderación). Ahora bien, esta vez lo hizo con expresión de empleado de funeraria. Logró acojonarme de verdad. Hasta el extremo de que, conforme salía de su consulta, corrí a apuntarme a un gimnasio.

Y con esto entramos en la parte tragicómica de este artículo.

Lo primero que hice fue comprarme un chándal nuevo. Tengo varios en casa, pero los uso para empresas tales como ir a comprar el periódico o ponerme cómodo, y casi todos están gastados por la parte de tumbarse en el sofá, además de convenientemente historiados de lamparones. De paso, y aprovechando las rebajas, me compré también unas zapatillas. Equipado con mi flamante ropa deportiva, me armé de valor y me presenté en el «gym».

¿Han tratado alguna vez de imaginar el infierno? Yo lo concibo como un lugar cerrado y sofocante, hormigueante de cuerpos castigados, sudorosos, sometidos a los suplicios más terribles. Exactamente como un gimnasio. Y además está el estruendo y el olor. Y unos tipos cachas unidos a máquinas diabólicas que se contemplan en espejos y elogian mutuamente sus bíceps y sus abdominales.

«¿Qué hago?», le pregunté tímidamente al instructor. «¿Te atreves con el spinning?». «Mmmm... el spinning... el spinning». Dios mío, qué vergüenza. Cualquiera le confiesa a éste, siendo profesor de inglés, que no tengo ni idea de lo que es el «spinning». Por miedo al ridículo (aunque sin gran convicción) que le respondí que sí, que haría eso que me decía. Y me tranquilicé un poco al ver que se trataba de una simple bicicleta estática. Había como treinta de ellas, cada una con su ocupante, y la cosa no parecía demasiado terrible. Pero entonces llegó el monitor y se subió en la suya (que estaba iluminada por debajo como la pista de una discoteca rural). Luego conectó un espantoso chumba-chumba a todo volumen y empezó la sesión de «spinning». Y resultó que aquella maldita bicicleta estaba durísima, que el sillín lo tenía de adorno (había que mantener el culo despegado de él) y que, además de pedalear, se nos pedía que hiciéramos flexiones y todo tipo de movimientos difíciles y agotadores, cosas que a nadie se le ocurriría hacer encima de una bicicleta. Acabé la sesión de «spinning» como pude y descubrí que las piernas no me sostenían. Luego me arrastré hasta mi casa y me fui a acostarme.

Al día siguiente me dolían músculos que ni siquiera sabía que tenía. Mis piernas eran dos troncos rígidos y doloridos. Mi espalda me hacía gemir con cada movimiento. Después tuve síntomas todavía peores. Consulté en internet, ese paraíso del hipocondríaco, y llegué a pensar que había reventado.

Hoy ya me encuentro mejor, muchas gracias. He ido a ver a mi médico para contarle esta misma batallita y me ha pedido (Dios le bendiga) que me lo tome con más calma.

Por una vez, Carlos, voy a hacerte caso.


Aparecido en La Tribuna de Albacete el 22/2/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

sábado, 16 de febrero de 2008

La música del azar


Hoy he decidido contar una historia con la esperanza de que los lectores la hallen, cuando menos, curiosa. Trata de un cuento que leí hace muchos años, y de cómo los ecos del pasado a veces reverberan con fuerza en el presente. (El título se lo he birlado a Paul Auster. Y no es la primera vez).

Vamos a exponer los hechos por orden. En 1984 yo estudiaba cuarto de Filología en Valencia. Mi profesor de inglés de aquel año, uno de los mejores profesores que tuve y que tendré, se llamaba Enrique y era especialista en literatura norteamericana. Un día Enrique nos propuso un ejercicio distinto. Consistía en leer un relato, analizarlo y luego tratar de escribir un texto original inspirándonos en él. Para ello repartió fotocopias de un cuento aparecido el año anterior en la conocida revista norteamericana Harper’s Magazine. Su título era Last Respects (algo así como «Homenaje póstumo»). Su autor se llamaba Lamar Herrin.

El relato, hermosísimo, hablaba de la muerte, de la memoria, de saldar las cuentas con el pasado. Un matrimonio del Medio Oeste celebra una segunda luna de miel haciendo el proverbial viaje «de costa a costa», con destino final en California. Mientras conduce por las carreteras de Oklahoma, el marido rompe a llorar. La mujer lo acosa hasta que él confiesa que, al cruzar Oklahoma, se ha acordado de una novia que tuvo en la universidad, una chica de allí. La joven regresó a su casa para una breve visita y poco después él supo que había fallecido. Eso ocurrió más de veinte años atrás. Desde entonces, esa novia muerta había permanecido en un compartimiento estanco de su memoria, un lugar cerrado donde no pudiera causarle dolor. Pero hoy, al atravesar su estado, el recuerdo ha renacido con fuerza devastadora. De pronto se han borrado los años de convivencia con su esposa, sus proyectos comunes, sus hijos. Sólo estaba esa novia muerta. Y las lágrimas han brotado desde un lugar muy profundo donde ese dolor antiguo seguía latente. Él no quiere darle mayor importancia, pero su mujer decide que no se irán de Oklahoma sin encontrar la tumba de esa chica. De ese modo su esposo podrá ponerle flores, rezar una oración, reconciliarse con un pasado que nunca pudo dejar atrás.

La historia de aquella pareja que recorría la América profunda en busca de una tumba supuso una gran conmoción para mí, y no creo exagerar si digo que tuvo mucho que ver con en el nacimiento de mi vocación literaria. Tengo numerosos motivos para recordar a Enrique García Díez, mi profesor, con gratitud y admiración, y el regalo de este cuento no es el menos importante. Poco después de que yo obtuviera mi licenciatura supe que Enrique había fallecido, cuando era ya catedrático del primer departamento de literatura norteamericana creado en una universidad española. Tenía algo más de cuarenta años, la edad que yo tengo ahora.

Recientemente, mientras trataba de poner orden en mis cosas, las fotocopias amarillentas de aquel cuento cayeron de entre un montón de papeles viejos. Fue uno de esos momentos en que el pasado nos visita de repente. Pero, más allá del arrebato de nostalgia, sentí la necesidad de difundir aquella historia en mi país. Recurrí a ese grandísimo fisgón que es Google, donde averigüé que Lamar Herrin, el autor del cuento, era profesor de literatura y escritura creativa en la universidad de Cornell, estado de Nueva York. Y de paso obtuve una dirección de correo electrónico gracias a la cual pude contactar con él.

Lamar Herrin es un novelista de gran prestigio en su país, y espero que pronto también en el nuestro. El profesor Herrin, gran conocedor de nuestro idioma, tuvo la amabilidad de guiarme en la apasionante tarea de traducir su relato, cuya versión española aparecerá muy pronto, junto con el original inglés, en el próximo número de la revista de creación Barcarola, en su sección de «traducciones inéditas». Creo que hasta aquí la historia ya reúne bastantes elementos de interés. Pero cuando esa «música del azar» sonó de verdad fue cuando Lamar me dijo que su mujer, igual que la mía, es valenciana, y que ambos estarían en Valencia entre los meses de febrero y mayo.

Hace unos días estuve en su casa y compartí con él y con Amparo, su esposa, unas horas inolvidables. Recordamos a Enrique García, que había sido amigo de Lamar. Le rendimos un homenaje póstumo al amigo y al profesor. Hablamos de muchas cosas. Por supuesto, hablamos de literatura. Y me asombró saber que ha conocido bien a algunos escritores que para mí son monstruos sagrados, como al mismísimo Raymond Carver (a quien él llama Ray).

Dentro de muy poco Lamar será mi invitado.

Hace más de veinte años leí un relato que nunca olvidé. Hoy puedo llamar amigo a su autor. Cuesta creer que esto haya ocurrido por casualidad. Si ha sido así, el azar ha interpretado para mí una de sus melodías más hermosas.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 15/2/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

domingo, 10 de febrero de 2008

Un portátil para el profe


Hace un par de semanas nos honró con su presencia el presidente Barreda. Fue con motivo del Día del Maestro, y sobre la enseñanza versó su discurso en el Palacio de Congresos. Las prédicas de Barreda suelen estar tan vacías de contenido como una redacción escolar. Con todo, siempre hay una frase de efecto que se pronuncia entre pausas dramáticas y que provoca el frenesí de sus acólitos. Esta vez fue la promesa de que, antes de que termine el próximo curso, cada profesor de la región recibirá un flamante ordenador portátil a cargo de la Junta.

En un ranking de medidas demagógicas, de cosas que no solucionan nada pero que ejercen su efecto como propaganda, esto del portátil ocuparía uno de los puestos de honor. Naturalmente, fue esta la frase que al día siguiente que se abrió camino hasta los titulares de todos los periódicos. Era lo previsto, pura estrategia política, como si el resto del discurso fuera un simple envoltorio para el regalo del portátil. ¿Quién sabe? A lo mejor el presidente esperaba que los profes nos pusiéramos a dar saltos, felices como pequeñuelos en la mañana del Día de Reyes. Pero no ha sido así, al menos en mi caso. Aunque el portátil con el que tecleo estas líneas tenga la tapa sujeta con esparadrapo, prometo que mi única reacción fue ese vago cabreo que experimento cada vez que alguien quiere tomarme el pelo.

A lo mejor, lo que el presidente no sabe es que el sueldo de un profesor, sin ser generoso en exceso, nos permite comprarnos un portátil, e incluso un frigorífico o una televisión en color, y que somos muchos los que ya tenemos los deberes hechos en ese campo. ¿Acaso no fue el de los docentes uno de los primeros gremios en sentir la fascinación de las nuevas tecnologías? La informática, y más tarde internet, ha facilitado y enriquecido nuestro trabajo de un modo que no podíamos imaginar. Mientras la administración nos martirizaba con aquellos funestos cursillos sobre la reforma educativa, los profesores nos preocupamos por aprender a manejar una herramienta que sí iba a significar una auténtica reforma, incluso una revolución.

Aunque claro, no todos. Los hubo que se mantuvieron fieles a la tiza. Pero «cada maestrillo tiene su librillo», dicho sea con todo cariño y respeto. Y, a golpe de tiza y folio amarillento, muchos de estos clásicos siguieron siendo magníficos profesores, maestros en la plena acepción del término, aunque lo del Powerpoint les sonara a marca de lavadoras. Me pregunto qué podrían hacer algunos de mis compañeros de más edad con el portátil de Barreda, salvo prestárselo a sus nietos para que jueguen y chateen.

Pero lo que de verdad me irrita es que el señuelo del portátil esté funcionando, y que muchos ciudadanos hayan creído de buena fe que esa gente de Toledo sabe lo que se trae entre manos. Desde hace veinte años, no ha habido un solo gobierno, nacional o autonómico, que no haya puesto su granito de arena en el empeño de cargarse la educación en nuestro país. No necesito acudir al informe Pisa. En calidad de docente sufro a diario la tiranía de esos pequeños bárbaros que se han apoderado impunemente de las aulas (y que me perdonen los buenos alumnos, que los hay, y con lo de «buenos» no me refiero sólo a lo académico). Y ello ante la pasividad de la autoridad educativa, que se limita a sacarse de la manga «observatorios para la convivencia» que de nada sirven, o a maquillar la cruda realidad con estadísticas que tratan de refutar lo que a cualquiera le resulta evidente.

Que no se engañe el señor Barreda. No son ordenadores portátiles lo que los profesores necesitamos. Nuestro trabajo se puede realizar sin wi-fi, sin cañones y sin Powerpoint. Cualquier ayuda de la tecnología es buena, pero con chismes no se ataja la raíz del problema, por útiles que sean. Y sospecho que el Barreda lo sabe. En mi humilde opinión, la promesa del presidente es sólo un modo de desviar la atención de lo esencial, como si a los bomberos les compran GPS para que encuentren la casa en llamas y luego les niegan las mangueras y los coches cisterna. Lo urgente (y lo costoso) es emplear a más profesores, y en condiciones más dignas, para que la tarea de enseñar pueda realizarse con eficacia. Lo fundamental es legislar para resolver problemas, y no para la galería. Lo importante, y también lo menos popular, es devolverle al profesor su dignidad profesional, lo que supone tomar medidas para que en las aulas queden restauradas la autoridad, la disciplina y el respeto. Se trata de conceptos poco rentables para un político. Desde luego, es mucho más sencillo prometer portátiles.

Ahora que lo pienso, puede que acabe de quedarme sin el mío.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 8/2/2008

Columna: "La Ley de Murphy"


miércoles, 6 de febrero de 2008

Las vidas ajenas


Hace unos años (lo conté en su momento) tuve que renovarme el DNI y me dieron un carné con la foto de otro fulano. Cuando señalé el error el funcionario no salía de su asombro. Nos miraba alternativamente a mi y al carné, como si la anomalía fuera yo y no el documento erróneo. Al final, en un alarde de puro surrealismo, me preguntó si yo conocía al tío de la foto. En ese momento se me encendió la luz de alarma, pues llegué a pensar que lo que el funcionario pretendía era que el de la foto y yo intercambiáramos nuestras vidas junto con nuestros carnés. Por suerte las cosas no llegaron tan lejos.

Al cabo de un par de años volvió a ocurrirme algo muy extraño, esta vez con Hacienda. Un día recibí en mi casa un requerimiento en el que se me reprochaba el no haber presentado cierta declaración de IVA. Es fácil imaginar mi estupor, dado que soy trabajador por cuenta ajena y cobro por nómina. Pero eso no fue nada cuando en Hacienda me revelaron que el IVA que tenía que declarar era el de cierto conocido restaurante de nuestra ciudad, establecimiento con el que no me vinculaba más relación que el hecho de haber comido allí un par de veces. Protesté airadamente, pero me miraron como si yo hubiera perdido el juicio. «El estrés del empresario de hostelería», debieron de pensar. Lo que siguió fue un aturdido peregrinar por instancias oficiales y despachos, un auténtico periplo kafkiano en el que llegué a cuestionarme si yo era yo o si era el dueño de ese restaurante soñando con ser yo. Mi pregunta era muy sencilla: «¿Cómo puedo demostrar yo que no poseo lo que no poseo y que ustedes se lo crean?». Al final una compasiva funcionaria se dignó separar el trasero de su silla, subir al archivo y rescatar de sus polvorientas estanterías el expediente original. Entonces quedó patente el error. Alguien se había equivocado al consignar un NIF en el ordenador. Dos números bailaron y el NIF que figuraba era el mío, con lo que yo acababa de convertirme, de humilde profesor de inglés, en empresario y restaurador. Me prometieron que lo arreglarían, lo que me arrancó tal suspiro de alivio que todos se me quedaron mirando. Unos meses después, recibí una nueva citación por no haber pagado el impuesto de sociedades de la misma empresa. Jamás nadie adquirió un restaurante con más facilidad ni encontró tantas dificultades para desprenderse de él.


Creo que todos estos problemas me han dejado trastornado, un pelín paranoico. Me ha dado por pensar que la Administración ha urdido algún tipo de complot contra mi persona, que alguien en las altas esferas burocráticas se ha empeñado en que yo deje de ser quien soy, como en esos programas de protección de testigos que salen en las películas, pero a la fuerza y sin previo aviso. Ahora me levanto angustiado todas las mañanas. Me da miedo ir al instituto y que no me dejen entrar a dar mis clases, porque he dejado de ser profesor y me he convertido en el señor que vende pipas en punta del parque. Me da miedo ir al banco y descubrir que mi cuenta ya no es mi cuenta y que, en cambio, soy titular de una hipoteca monstruosa por una vivienda en la que nunca he estado. Me da miedo que mi mujer y mi madre le hagan carantoñas a otro tipo más delgado y con más pelo que yo. Me da miedo volver a casa y encontrar a otro comiendo en mi mesa, ayudando a mi hijo con sus deberes, durmiendo en mi cama, etc.


Claro que, por otro lado, la intención podría ser buena. Hace poco leí que en la televisión norteamericana hacen un reality en el que dos familias intercambian al padre y esposo, que suelen ser dos personalidades muy antagónicas (por ejemplo, un motero y un devoto anabaptista). Cada hombre pasa una temporada en casa del otro, conviviendo con su familia y sujetándose a sus reglas. El motero se ve obligado a rezar antes de las comidas y beber zumo de naranja. El anabaptista se hincha a cerveza y escucha a AC/DC. Al principio todo les parece ridículo y desagradable, pero poco a poco van descubriendo las bondades de las vidas ajenas. La moraleja del asunto es que ambos aprenden a valorar lo que antes despreciaban, con lo que se convierten en hombres más dulces y tolerantes.


¿Quién sabe? A lo mejor la Administración ha pensado poner en marcha un programa parecido para perfeccionarnos como personas y ciudadanos, especialmente a los más correosos y recalcitrantes. Tal vez nos hayan tomado a algunos como experiencias piloto, y lo que yo considero errores burocráticos sean en realidad los primeros tanteos para someterme a un cambio drástico de identidad. No descarto, pues, despertarme mañana en casa de alguno de los lectores de este artículo (y él a su vez en la mía) y verme convertido en padre de familia numerosa, devoto creyente y manifestante asiduo contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía.

Dios mío, qué pesadilla.


Aparecido en La Tribuna de Albacete el 1/2/2008


Columna: "La Ley de Murphy"