La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

sábado, 14 de enero de 2017

El palo del 'selfi'


En un reciente viaje a Roma he realizado un descubrimiento capital: la realidad ya no le importa a nadie; lo único que cuenta ahora son los reflejos de esa realidad captados con la cámara del móvil, siempre y cuando el careto del propietario del dispositivo figure en primer término. De ahí que apenas sea posible visitar los monumentos de la Ciudad Eterna, pues todos ellos quedan ocultos tras un bosque de palos de «selfi», que como sabrán se usan para alejar la cámara del sujeto que la sostiene con la intención de inmortalizarse con el fondo de una postal célebre. Así las cosas, he vuelto sin estar muy seguro de haber visitado la Fontana de Trevi, las ruinas del Foro o la Plaza de San Pedro, toda vez que sus columnas y esculturas apenas eran visibles tras las bayonetas de esos fanáticos del autorretrato. Forofo que es uno de la precisión semántica, terminé por acuñar una definición para tan infame objeto: «Un palo de ‘selfi’ es un utensilio alargado (véase palo) con un teléfono móvil en un extremo y un imbécil en el otro». Aunque quizás el imbécil sea yo, embarcado en el anacrónico empeño de tomar fotografías en las que solo aparezcan edificios y estatuas, con exclusión (tarea imposible donde las haya) de cualquier figura humana. Los avispados vendedores callejeros, en cambio, han sabido sintonizar mucho mejor con lo que Hegel habría denominado el Zeitgeist. No en vano resulta imposible quitarse de encima ese enjambre de tipos granujientos que te ofrecen palos de ‘selfi’ a precios muy competitivos, incapaces de comprender que no vayas equipados ya con uno. Al final me vi obligado a usar el traductor de Google para tratar de espetarles lo siguiente: «Amigo, te puedes meter el palo por donde más te duela, a ser posible hasta el mango». Lástima, no me entendieron.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 6/1/2017