La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 1 de noviembre de 2013

Amanecismo


Se cumplen 25 años del rodaje de Amanece, que no es poco y volvemos a encontrarnos la película de Cuerda hasta en la sopa, igual que ocurrió en su 20 aniversario. Creo recordar que por entonces Abycine la proyectó en su gala de clausura, a la que asistí. No estoy seguro de si se había anunciado así o se trató solamente de un rumor, pero todo el mundo daba por hecho que vendrían el director de la cinta y los chicos de Muchachada Nui, que no tienen nada que ver con la película, pero de cuyo humor surrealista y manchego se declaran deudores. Al final ni Cuerda ni los chanantes se dejaron caer. Sencillamente se proyectó la película (en vídeo, por cierto) y a casa. Esa fue la segunda vez que yo la vi después de su estreno. Y me gustó aún menos que en la primera ocasión. Y conste que asumo el riesgo de expresar semejante opinión pese a su más que probable impopularidad. Pero esto, amigos, es una columna de opinión, y así es como funcionan estas cosas.
Sin entrar a fondo en las causas, la realidad es que Amanece, que no es poco se ha convertido en una seña de nuestra identidad regional (como muy certeramente han olfateado algunos políticos). Es más, se ha convertido en una película de culto. Y eso quiere decir que cuenta con devotos que se citan para proyectarla en sesiones colectivas a las que asisten tocados con una gorra de motorista o con un tricornio de la guardia civil, que la citan constantemente, que intercambian anécdotas sobre su realización y que incluso acuden en peregrinación a los pueblos de nuestra sierra donde fue rodada. Este «frikismo» no es en esencia muy distinto del que provocan filmes como Star Wars o El Señor de los Anillos, y posee incluso su propia denominación: «amanecismo». Para un «amanecista» de pro, la película de Cuerda es mucho más que una cinta de humor. Es una Biblia en celuloide que encierra una filosofía y una visión del mundo. Y si me apuran hasta una religión. Para muchos, Frodo, Gandalf y Darth Vader son mucho más que personajes del cine de aventuras. Son arquetipos en los que podemos encontrar explicaciones a las preguntas más profundas que se formula la humanidad. Pues algo parecido ocurre con el sargento Gutiérrez, con el suicida, con el negro Ngué Ndomo («¡coño, el negro!) y con el señor que le pedía a su hijo que lo respetara, porque «un hombre en la cama es un hombre en la cama».
En su momento, acudí al estreno con la misma expectación que cualquier otro albaceteño. O puede que con algo más. No en vano me crié en Aýna, donde mi padre era maestro (aunque no cantaba), y algunos de los secundarios de la película habían sido actores principales en los lejanos días de mi infancia. Sin embargo, la película me decepcionó terriblemente. La encontré pretenciosa y poco inspirada. Me pareció que su guión consistía en una mera sucesión de viñetas o sketches que no conducía a ningún sitio, y que su humor absurdo, del que tanto se ha hablado después, no tenía demasiada gracia. En esencia, no era muy distinta de astracanadas falleras como Con el culo al aire, película dirigida por Carles Mira cinco años antes que, si me apuran, tenía más gracia que la de Cuerda. Y no es que tenga nada en contra del director de Albacete. Algunas películas suyas me han parecido excelentes, y me refiero concretamente a El bosque animado y La Marrana, en las que sí que encontré una historia y un poso lírico del que (siempre en mi opinión) carece Amanece que no es poco. En conjunto, lo considero un creador sólido y culto que sabe ser gamberro cuando toca. En Amanece…, sin embargo, no vi otra cosa que una broma excesivamente prolongada, una sucesión de humoradas que ni siquiera me resultaba novedosa, pues ya había visto la mayoría en aquel mediometraje titulado Total que Cuerda había realizado para la televisión unos años antes, y que encontré mucho más original y divertido que la película posterior.
Pero pasaron los años y asistí a la elevación de Amanece… a los altares de la cinefilia y de la alta cultura y, como suele ocurrirme en estos casos, comencé a dudar de si la culpa no sería mía. A lo mejor el problema era mi falta de sensibilidad para captar los matices y significados ocultos de la película, cuyos diálogos comenzaban a citarse como si fueran El Quijote («¡Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario!», «¡De orden del señor cura, se hace saber que Dios es uno y trinoooo»). Así pues, volví a intentarlo en esa proyección conmemorativa de Abycine, pero con idéntico resultado. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué seguía ciego para la grandeza de aquella película, que me pareció igual de insípida y aburrida que la primera vez que la vi? El caso es que, después de mucho cavilar, he desarrollado una hipótesis que me atrevo a aventurar aquí: el secreto de Amanece, que no es poco radica en que se parece mucho a la vida. Igual que la vida, la película de Cuerda es absurda y tiene poca gracia, y tan solo adquiere significado y valor después, es decir, cuando se cuenta.


Publicado en La Tribuna de Albacete el 1/11/2013

1 comentario:

Ricardo Lopez dijo...

Mas no deberíamos minusvalorar el carácter divulgativo de Amanece:

Gracias a ella no pocos albaceteños saben hoy quién es Faulkner...