La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

domingo, 10 de marzo de 2013

Calcetines



He hecho un descubrimiento sorprendente, perturbador: los cajones de nuestros hogares cobijan una forma de vida alienígena, una inteligencia que no se limita a observarnos, sino que interactúa con nosotros e influye en nuestras vidas, a menudo de forma perniciosa. Me refiero a los calcetines. Coincido con ustedes en que nadie ha visto jamás un calcetín moviéndose por sí mismo, pero el argumento no me sirve. Tampoco somos capaces de apreciar el crecimiento de un árbol y sin embargo nadie les niega la condición de seres vivos. A esto se une el hecho de que los calcetines han perfeccionado su estrategia durante muchos años (quizás siglos) y saben que su éxito depende de su capacidad para camuflarse como simples prendas de vestir, objetos inanimados cuyo único propósito es el de calentarnos los pies. Pero no se dejen engañar. Basta con que se fijen en algunos detalles que vengo observando desde hace un tiempo. Para empezar, ¿existe algo más difícil que emparejar calcetines usados que se han lavado varias veces? Ellos siempre llegan unidos en pares por un hilito o una grapa, a veces también por una etiqueta adhesiva. Los compramos en la tienda o en el mercadillo, o nos llegan como regalo de nuestras madres o compañeras. Su aspecto es tan humilde e inocente que nadie en su sano juicio sospecharía nada extraño. Entonces comenzamos a usarlos, los más pulcros durante un único día, quienes no lo son tanto durante un tiempo indefinido. Pero siempre, antes o después, el par de calcetines acaba en el cesto de la ropa sucia. Desde allí va a la lavadora y a la cuerda de tender o la secadora. Por último, regresa al cajón de donde salió en primer lugar. Este es el ciclo natural de un par de calcetines, ciclo que se repite tantas veces como las prendas aguanten: cajón, pies, cesto, lavadora, tendedero, cajón de nuevo… y así sucesivamente. De acuerdo, entonces ¿cómo es posible que al cabo de unas pocas semanas de uso nadie sea capaz emparejar calcetines que en su origen eran perfectamente idénticos? ¿Por qué cuando intentamos encontrar parejas en un montón de calcetines recién lavados, descubrimos que son todos distintos, a veces de un modo sutil, pero inequívoco? ¿En qué momento ocurre el fenómeno de la mutación? ¿Es en la oscuridad del cesto de la ropa sucia, cuando se saben al amparo de otras prendas que esperan ser lavadas? ¿Durante el fragor acuático de la colada? ¿A la intemperie, durante sus largas vigilias en la cuerda de tender? ¿O es sencillamente cuando los llevamos puestos, como si el contacto con nuestros pies los empujara a ese enloquecido ciclo de cambios de color, de tamaño y textura? La verdad es que lo ignoro. Me limito a constatar el fenómeno, aunque confieso que no he sido capaz de ahondar en su naturaleza más profunda. ¿Qué? ¿Siguen incrédulos?  Entonces prueben a buscarle una explicación racional al siguiente hecho: uno se cambia escrupulosamente de calcetines porque sabe que tendrá que descalzarse, ya sea en el podólogo o al probarse un par de zapatos nuevos. Los calcetines están flamantes al salir de casa, pero cuando llega el momento de mostrarlos en público… ¡Horror! ¡Un agujero! ¡Un humillante tomate por el que nos asoma todo el dedo gordo! ¿No reconocen una voluntad perversa, un oscuro designio detrás de todo esto? La pregunta es cuál es el propósito que persiguen estos hábitos mutantes, estas conductas kamikazes y autolesivas. A ciencia cierta no lo sé, pero sospecho un designio oscuro, un afán por sembrar la sociedad humana de caos y de desconcierto. Por ello les insto a espiar a sus calcetines, a tratar de adelantarse a sus jugarretas. No se dejen engañar. Prescindan de ellos aunque sus pies suden o se congelen, aunque los zapatos les torturen. Condenen a esos pequeños monstruos al fuego purificador. Piensen que nuestra forma de vida está en juego.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 11/3/2013

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