La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

jueves, 12 de febrero de 2009

El lenguaje secreto de las estatuas



Desde mi atalaya aérea disfruto de un puesto de observación inmejorable. Me pusieron aquí hace casi 50 años, como remate del que entonces era el edificio más alto de la ciudad. Dicen que hay otros como yo, pero podría ser un rumor, porque yo nunca me he cruzado con ninguno de ellos. Aunque he de aclarar que tampoco me he movido jamás de donde estoy. Es cierto que voy a lomos de un ave fénix, pero me temo que mi montura nunca logrará levantar el vuelo, pues tanto ella como yo estamos hechos de bronce. Un fénix y un muchacho con el brazo en alto, toda una inspiración para quienes sepan apreciar la belleza de los símbolos, aunque correspondan a algo tan prosaico como una compañía de seguros.

Mi atalaya domina la plaza principal. Aquí arriba, con la única compañía de este pájaro mitológico, no es difícil sentirse el amo de la ciudad. O al menos su vigía. A mi izquierda se yergue el antiguo edificio del Banco de España. Ahora dicen que quieren convertirlo en un museo del circo, pero eso nunca he acabado de creérmelo. También el ayuntamiento viejo, que ahora apenas se usa para otra cosa que para celebrar bodas civiles. Al fondo está el palacio de justicia, un feo edificio adonde nadie acude de buen grado. Hay dos cafeterías muy frecuentadas y un par de hoteles, uno de ellos grande y elegante, el otro más modesto. Incluso ha sobrevivido un cine. Pero la historia que me dispongo a relatar no tiene lugar en ninguno de estos lugares, sino en el jardincito que ocupa el centro de la plaza.

Ella llegó antes que ninguno de nosotros. Cuando a mí me colocaron aquí arriba, ella ya estaba en su lugar, en mitad del jardincito, ante la fuente. Desde la primera vez que la vi me pareció extraña, incluso enigmática. Igual que mi fénix, tenía también algo de animal mitológico, con su cuerpo de toro y su cabeza de hombre barbado. Traté de entablar contacto con ella, pero fue en vano. La saludé en la lengua secreta de las estatuas sin obtener respuesta. Se limitó a permanecer inmóvil sobre su pedestal, en actitud desdeñosa. Ni siquiera volvió la cabeza hacia mí una sola vez. A veces yo lograba captar retazos de sus pensamientos, si bien nunca logré entenderlos, porque me llegaban en una lengua áspera y antigua que debe de ser el idioma de las esfinges. Y así transcurrieron muchos años, yo en las alturas y la esfinge en el suelo, ella enfrascada en sus indescifrables cavilaciones, y yo observando la actividad frenética de los habitantes de la ciudad, poco más que hormigas desde mi puesto de observación.

Más tarde trajeron a la dama. Tenía aspecto de deidad pagana, pero al final resultó ser una cabeza de chorlito. Parecía no preocuparle nada más que el aspecto que ofrecía allí erguida, con su tocado y sus collares. Pero se le bajaron los humos cuando se dio cuenta de que el lugar donde la habían puesto era tan poco destacado que apenas llamaba la atención. La gente se detenía delante de la esfinge y leía la placa de su pedestal, y nunca faltaba quien elevara la vista para admirarnos al fénix y a mí. A la dama, sin embargo, casi todos la pasaban por alto. Sólo entonces trató de entablar conversación con la esfinge y conmigo. Ella, fiel a su vocación, la ignoró por completo. Yo le contestaba por pura cortesía, aunque su charla siempre me pareció bastante insulsa. A pesar de los humos que se daba, la pobre dama no era más que una muchacha de pueblo.

El hombre del bigote, el último en llegar, fue el que lo revolucionó todo. No tenía nada de particular, ni mitología ni historia ni la menor chispa de misterio. Era sólo la figura en tamaño natural de un tipo rechoncho, con una gorra y una especie de faltriquera sobre la panza. Tenía la mano derecha levantada y parecía estar ofreciendo algo a los viandantes, un objeto pequeño que no fui capaz de identificar desde mi posición elevada. En general, resultaba de lo más vulgar. Sin embargo, tan pronto como lo colocaron en el jardín comenzó a acaparar la atención de cuantos pasaban por allí. Nadie dejaba de detenerse para contemplarlo, lo miraban y sonreían, y muchos se hacían fotos con él. De la noche a la mañana, fue como si la esfinge, la dama y yo nos hubiéramos vuelto invisibles. Nunca he sido vanidoso, de modo que seguí disfrutando de mi puesto de observación y del aire diáfano de las alturas. La dama, en cambio, no paraba de lamentarse de lo injusto que le parecía todo aquello, y eso que ella ya había quedado relegada al papel de segundona. «¿Cómo es posible que todos admiren a ese tipo gordo y me ignoren a mí, que fui sacerdotisa principal en tiempos de los iberos?» Así se quejaba sin parar la muy estúpida, hasta que tuve que pedirle que se callara, porque al fénix y a mí ya nos dolía la cabeza.

Pero la reacción más inesperada fue la de la esfinge, a quien yo siempre había considerado ajena a sentimientos tan mundanos como el rencor o la envidia. Hasta que una noche, la más cruda del invierno, cuando la plaza estaba vacía y en silencio, la vi incorporarse y flexionar sus articulaciones de metal. Luego, con movimientos lentos y majestuosos, descendió de su pedestal y surcó la plaza hasta alcanzar la estatua del intruso. Y una vez allí, levantó el rabo y clank, clank, clank, depositó tres enormes boñigas de bronce justo a los pies del bigotudo personaje.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 13/2/2009

2 comentarios:

Anónimo Garcial dijo...

Ea, a cargarse símbolos patrios, como la feria. No, la "feria" no: la FERIA. Si ya le decía yo a usted que ni es manchego ni es na de na. A ver: ¿qué le ha hecho a usted ese icono (casi me atrevería a decir ícono, con lo que de terruñero y gañán implica) de nuestra industriosa y serena ciudad? ¿No le parece figura más patética la gorda del Paseo de la Libertad o el descerebrado (literal) de la Punta'l Parque. ¡No, no! Ha de cargar contra lo propio, contra lo nuestro, lo que nos enorgullece y une, porque aquí, y usted también, todos llevamos un navajero dentro. ¡Sépalo!

(Por cierto, no me gusta el cacho que dice "a lomos sobre un ave")

Eloy M. Cebrián dijo...

Tiene usted mucha razón en lo de "a lomos sobre un ave", señor Garcial. Es lo que pasa cuando uno abusa de los carajillos. Ya está corregido. Por lo demás, sepa que los símbolos patrios me columpian la entrepierna. Salve.