La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 11 de noviembre de 2016

Un dolor repentino


El miércoles pasado, al despertar, noté un dolor muy agudo en salva sea la parte. Equipado con un pequeño espejo y al cabo de varias posturas y contorsiones cuya descripción voy a ahorrarles, logré obtener una visión clara de la zona inflamada. En ese momento el espejo cayó al suelo y se hizo añicos, pues acababa de descubrir que no se trataba de una hemorroide ni de un furúnculo. Lo que me había salido era una cabeza humana. La cabeza de un tipo rubio de peinado extravagante y rostro abotargado y colérico. Además, la cabeza estaba provista de una boca muy grande que parecía incapaz de cerrar. Escuché con atención pensando que aquel insólito fenómeno podía ser un mensaje de la Providencia, y alcancé a oír una vocecilla que se expresaba en inglés, lengua que más o menos comprendo. «No importa lo que cuenten sobre ti los medios —decía— siempre y cuando tengas a tu lado a una maciza con un buen pedazo de culo». «Voy a construir un muro —decía—, y os aseguro que nadie construye muros como yo». «Cuando México nos manda a su gente —decía— no nos mandan a los mejores. Nos mandan a  los camellos, a los criminales, a los violadores. Aunque supongo que alguno habrá bueno». «Mi belleza —decía—. Consiste en que soy muy rico». Me apliqué una pomada antibiótica y corrí hacia el ordenador. Tal y como pensaba, acababa de recibir un email de un buen amigo norteamericano. «Eloy —decía mi amigo—, esto nadie lo entiende. Todos mis vecinos son personas sensatas. ¿Qué es lo que ha pasado?» «Tranquilo—le respondí—. Quizás quienes nos consideramos sensatos seamos demasiado complicados para un mundo demasiado simple, o quizás seamos demasiado simples para habitar este mundo tan complicado». Seguiré pensando en ello y aplicándome la pomada.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 11/11/2016