La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

sábado, 28 de noviembre de 2015

De patios y azoteas


Hay una ciudad secreta. Las calles que recorremos a diario no son más que su piel. Pero bajo esa epidermis late el auténtico corazón urbano, un corazón hecho de vidas privadas, de coladas secándose en las cuerdas de tender, de patios húmedos donde se entremezclan los olores de las cocinas, de trastos arrumbados y olvidados como viejos pecados de juventud. Es también el reino de los tejados y de las azoteas, el ecosistema aéreo donde los pájaros trazan sus acrobacias y las lagartijas buscan el beso vivificante de la luz, allá arriba, donde las antenas de televisión parecen apuntalar la bóveda del cielo y el horizonte es algo más que un rumor. Cualquier habitante de la ciudad tiene acceso a una parte de ese mundo ignorado. Ciertas ventanas de nuestras viviendas nos revelan atisbos de sus extraños paisajes. Nuestros patios interiores son como cajas de resonancia que nos traen ecos fragmentarios de vidas ajenas. A veces, las terrazas los edificios que habitamos nos revelan mensajes en las formas de las nubes, dejándonos jugar a ser dioses durante un rato. Nunca pierdo la ocasión de asomarme a algún nuevo barrio de la ciudad secreta. Aprovecho las invitaciones de los amigos, las visitas al médico, al notario, a clínicas y hospitales. Busco una ventana trasera y me entretengo contemplando el paisaje desconocido que me revela. Y nunca dejo de admirarme al comprobar las dimensiones de esta ciudad invisible y la gran cantidad de sorpresas que encierra. Luego, mientras regreso a mi casa, me invade la sensación de que las calles que recorro son irreales, poco más que un decorado que nos oculta la vista de la ciudad real, el mundo rumoroso y húmedo de los patios interiores, el universo aéreo de las azoteas.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 27/11/2015

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