La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

martes, 2 de septiembre de 2008

Gracias, profesor



(Nota: Por algún motivo que se me escapa, este artículo, aparecido en este blog el 4 de julio de 2008, no figura en el índice del blog. Así pues, vuelvo a publicarlo, con mis disculpas para los lectores que enviaron comentarios que ahora me es imposible recuperar.)

A mediados de los 70 llegó al instituto Bachiller Sabuco de Albacete un nuevo catedrático de Lengua y Literatura. Aunque serio en apariencia, era un profesor joven y progre, y me imagino que debió de llevarse un chasco notable al cruzar por vez primera el umbral catedralicio de aquella santa casa. Por aquellos tiempos el instituto todavía no había vivido su particular transición, y aún conservaba intacta la caspa y las telarañas de la rancia institución que siempre fue. Existía la costumbre, por ejemplo, de que el catedrático de Literatura impartiera una conferencia sobre el Quijote para conmemorar el Día del Libro. Aquel año la conferencia versó sobre Mortadelo y Filemón. El catedrático de Literatura se llamaba Francisco Mendoza Díaz-Maroto.

Han pasado más de treinta años y Paco Mendoza acaba de jubilarse. Yo lo conocí siendo alumno. De su mano me adentré en El Quijote, del que mi profesor resultó ser un especialista. Él me presentó a Lope y Calderón, y me enseñó a desentrañar a Góngora y a Quevedo, sin rehuir los aspectos más turbios de la relación entre ambos («Yo te untaré mis versos con tocino / porque no me los muerdas, Gongorilla»). Recuerdo que también leíamos La Celestina en clase y que a mí me tocó el papel de Sempronio, el deslenguado criado de Calisto. Conforme yo leía, crecían el rumor y las risitas en el aula. «Cebrián, ¿me deja ver su libro?», me dijo el profesor Mendoza. «¡Claaaaro!», exclamó nada más ver la cubierta. Y a reglón seguido me hizo notar que, en mi candidez, me había comprado la edición de Clásicos Ebro, «expurgada de sus pasajes más escabrosos», es decir, de los mejores. Del profesor Mendoza recibí mi primera lección de crítica biblio-textual. Él me enseñó que no es lo mismo una edición que otra, que los clásicos viven o mueren según quién los edite y quién los anote.

Los clásicos vivían cuando Paco Mendoza nos los explicaba. Vivían y vibraban. Al leer con él uno se sentía como un lector del siglo XVI o XVII. También nos enseñó que hay un gigantesco corpus literario fuera de los libros. Existe una literatura de la memoria compuesta por romances que se transmiten por tradición oral, y que es necesario buscar en los recuerdos de los más ancianos. Él nos animó a recoger testimonios de esta literatura popular de los labios de nuestros mayores. Con él aprendí realizar mi primera «investigación de campo». También fue mi primer profesor agnóstico, republicano y librepensador. Y francófilo, comme il faut.

A principios de los 80 me marché del instituto para estudiar Filología en Valencia. Regresé diez años después, ahora como profesor, y allí seguía Francisco Mendoza (aunque pronto supe que, entretanto, se había expatriado unos años para enseñar literatura en París). Había perdido la barba junto con el hábito de fumar, y ganado algunos kilos. Ahora llevaba lentillas y apenas usaba ya esa corbata de pajarita que era una de sus más célebres excentricidades. Sin embargo, había adquirido el inexplicable hábito de ponerse camisas hawaianas cuando llegaba el buen tiempo. Al principio de nuestra relación como compañeros, me acercaba a él con cierta reverencia. Ahora que esa relación profesional toca a su fin, mi trato con Francisco Mendoza es mucho más cercano, pero la reverencia nunca se ha extinguido del todo. Durante estos casi veinte años en que lo he disfrutado como compañero y como amigo, Francisco Mendoza ha seguido siendo mi profesor, pues ni un solo momento ha dejado de enseñarme. Él leyó mis primeros intentos literarios y me guió con su consejo. Él me siguió contagiando su inmenso amor por la literatura y por los libros, el soporte imprescindible de la palabra escrita. De hecho, muy pronto supe que mi antiguo profesor era también una reconocida autoridad en el campo de la bibliofilia y de la literatura popular tradicional, y que su biblioteca de ejemplares raros e incunables competía con la que tenía don Alonso Quijano antes de que el cura y el barbero hicieran de las suyas. En una enseñanza media en la que cada vez se fomenta más la mediocridad, Paco Mendoza es un auténtico sabio, uno de esos profesores que iluminan a cualquier alumno con dos dedos de frente para escucharlo. En una enseñanza media degradada, trivializada e infantilizada, él es un ejemplo de dignidad, un bastión contra la barbarie. Como compañero es muchas otras cosas. Un tipo amable, divertido, socarrón. Mordaz como un bisturí, chispeante en su conversación, imprescindible en sus opiniones, siempre un poco transgresor, como aquella vez que dictó su conferencia sobre Mortadelo y Filemón ante los asombrados catedráticos de toda la vida.

El día de su jubilación, nos dijo que debíamos tenerle envidia, porque se disponía a cumplir el ideal humano de vivir sin trabajar. Yo le tengo envidia por eso y por mucho más. Ya por la tarde, un poco achispado, se lo confesé: «Paco, tú representas todo lo que yo quiero ser de mayor». Escribo estas líneas completamente sobrio, pero sigo pensando lo mismo.

Gracias, profesor.

Aparecido en el diario La Tribuna de Albacete el 4/7/2008

2 comentarios:

Gabriela dijo...

Desde hace tiempo he seguido la obra de Francisco Mendoza Diaz-Maroto, y como yo trabajo sobre libros antiguos, me gustaría mucho contactarlo. Hay algún correo o teléfono de contacto disponible? No sé por qué otra via hacerlo...

Muchas gracias.

Gabriela

Eloy M. Cebrián dijo...

Hola, Gabriela. Si me envía una dirección de correo a eloymcebrian(arroba)gmail.com , yo mismo se la haré llegar a Francisco Mendoza con mucho gusto. De todos modos, puede obtener también su número telefónico en las páginas de información de Telefónica.