La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

domingo, 11 de mayo de 2014

Oportunidades


Durante cierta tarde ociosa se me ocurrió volver la vista atrás hasta mis días escolares y elaborar una lista de las cosas que recuerdo de las materias que cursé entonces. Lenguas aparte (al fin y al cabo me dedico a ellas profesionalmente), la triste realidad es que de las matemáticas apenas recuerdo nada, salvo la mirada de acero de don Francisco Pérez. En el apartado de literatura compruebo que puedo recitar las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio (rey, monarquía, administración de justicia…) gracias a cierta regla mnemotécnica que ideé a los catorce años y que ha sobrevivido a los vaivenes de la memoria, pero solo recuerdo las obras de aquellos autores que he leído, y muchos de ellos no han aparecido ni aparecerán nunca en un libro de texto. De historia y geografía algo sé, aunque más bien por lecturas posteriores y por reportajes de La 2. Recuerdo que un día supe también algo de latín, pero de aquello me han quedado algunas citas de poca aplicación en mi devenir cotidiano, como aquella de que vinieron dos legiones en defensa de los forrajeadores (pabulatoribus praesidio legiones duae veniebant) lo que sin duda para los forrajeadores estuvo bien, pero a mí me resultado de escaso provecho. Con la física y la química, que abandoné en 2º de BUP, tres cuartas partes de lo mismo. He sido un devoto lector de divulgación y ficción científica, pero me resultaría imposible resolver ni el más sencillo problema de velocidades. Las ciencias naturales me enseñaron que una seta no es una planta, y pare usted de contar. En fin, que en cuanto a bagaje de conocimientos se refiere, es muy posible que hasta el alumno más gandulillo de tercero de la ESO pudiera darme sopas con onda. Y, sin embargo, creo que poca gente me tendría por una persona inculta. Pero ¿a cuento de qué todo esto?
Estudiamos, aprendemos, olvidamos… La vida es un largo descenso en el olvido. ¿Para qué tanto esfuerzo?, nos preguntábamos en su día como estudiantes y se siguen preguntando los estudiantes de ahora. ¿De qué servirán las horas de sueño que hoy pierdo si comenzaré a olvidar todo esto desde el momento en que ponga el punto final en el examen? Todo eso es cierto. Pero olvidar no es lo mismo que desaprender. Y lo que se olvida no deja exactamente un vacío, sino un espacio estructurado donde lo que se guarda crea inmediatamente relaciones con todo lo demás. No es lo mismo sembrar en un trozo de tierra agreste que sobre un campo arado y preparado para el cultivo. Así es como funciona la educación. Educar y educarse no significa llenar la memoria de datos y confiar en que se queden allí, sino establecer las condiciones para que cada persona pueda llegar hasta donde su capacidad le permita, un límite que no marcan los tests de inteligencia, sino el esfuerzo y las oportunidades. La educación siembra nuestra vida de oportunidades, lo que la convierte en el más valioso de los patrimonios.
Hablando de oportunidades, esta semana se ha abierto el plazo de solicitudes para estudiar Bachillerato Internacional en el IES Bachiller Sabuco, plazo que permanecerá abierto hasta el día 2 de junio. Se trata de un proyecto educativo que arrancó en el curso 2001-2002. Así pues, la del próximo curso será la 14ª promoción de jóvenes de Albacete que se embarca en esta aventura. Si ahora mismo les preguntan a los chicos que han cursado el BI y que, a la sazón, están realizando sus exámenes finales, seguramente les dirán que el esfuerzo ha sido grande y que no ven muy claros los resultados. A fin de cuentas, los compañeros que optaron por el bachillerato normal no han tenido tantas horas de clase, ni han tenido que realizar tantos trabajos ni prácticas de laboratorio, ni han cursado un currículum ampliado que engloba más materia y a un nivel superior al de los estudios convencionales. Y todo ello con la esperanza de obtener un diploma al que no le ven una utilidad inmediata. Pero si la preguntan se la formulan a los estudiantes de promociones anteriores, a los que ahora están en la universidad o a los que llevan años ganándose la vida como médicos, ingenieros, abogados o profesores, seguramente la respuesta que reciban sea muy distinta. Y no solamente porque hayan salido del instituto con una mejor formación que les ha permitido abordar con confianza los retos que les esperaban, sino por el tipo de personas que el Bachillerato Internacional les ha ayudado a ser: jóvenes cultos, habituados al esfuerzo, con sólidos fundamentos éticos y voluntad de servicio, personas conscientes del mundo que les rodea, críticas y difíciles de manipular. En una palabra, ciudadanos.
Trece promociones quedan atrás, un río de rostros, de recuerdos y de experiencias compartidas. Y un año más veremos ir a los alumnos que concluyen el Bachillerato Internacional con la esperanza de haberlos ayudado a poner los cimientos de una vida plena y satisfactoria. Y también con tristeza de que se van para siempre, aunque ya esperamos ilusionados a los que pronto llegarán para ocupar su puesto.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 9/5/2014

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