La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 3 de enero de 2014

Tinta electrónica


Estas Navidades mi amiga me ha regalado mi segundo lector de libros electrónicos. ¿Que por qué un segundo lector cuando el primero todavía funciona perfectamente? No se trata de que yo sea un consumidor compulsivo de tecnología. El portátil con el que tecleo estas líneas va a cumplir pronto la media década y ni se me pasa por la cabeza reemplazarlo hasta que exhale su último estertor. En cuanto a la tablet, ni siquiera me he planteado adquirirla, porque para mí no es más que un teléfono móvil hipertrofiado, y mi android todavía me sirve fielmente en todos los menesteres que le encomiendo. El caso del lector electrónico, en cambio, es distinto. En los tres años que han pasado desde que compré el primero, la tecnología de estos aparatos ha adelantado una barbaridad, al mismo ritmo que los precios se abarataban. Este nuevo dispositivo tiene mucha mejor resolución de pantalla que el primero y responde con mayor prontitud a mis pulsaciones, pero la principal diferencia es que el fondo sobre el que se materializan las líneas del texto es mucho más blanco y los caracteres mucho más negros, por lo que la lectura se asemeja aún más a la de un libro convencional (con la diferencia de que puedo agrandar la letra todo lo que mi presbicia me exija). Por si fuera poco, se trata de un libro cuyas páginas emiten luz, lo que me permite leer a oscuras, en sitios mal iluminados o de noche, en la cama, sin encender la lámpara de la mesilla y sin necesidad de molestar a nadie. Cómo me habría gustado disponer de algo parecido cuando era un crío y tenía que interrumpir la lectura para apagar la luz, porque mis padres me reñían.
En cuanto al viejo lector, mi amiga lo ha recibido a cambio del nuevo, y me da la impresión de que ya le va tomando afición, como todo aquel que lo prueba y comprende las ventajas de este artilugio que ya ha empezado a revolucionar el modo en que nos relacionamos con los libros y con la lectura. Aunque por supuesto no le faltan detractores. He perdido la cuenta de las veces que me he topado con los defensores del libro tradicional, quienes de viva voz o por escrito no cansan de denostar la pantalla de tinta electrónica y ensalzar el papel y la tinta de toda la vida. Los argumentos son casi siempre de índole sentimental: el placer de lo tangible, el aroma del papel, la mística del objeto, las dedicatorias, las flores secas escondidas entre las páginas, las anotaciones, aquel billete de metro que guardamos en él el día que acudíamos a nuestra primera cita con quien se convertiría en el amor de nuestra vida, etc. Todo esto está muy bien, pero no deja de parecerme una actitud excesivamente idealista para enfrentarse a un hecho tan cotidiano como es la lectura. Y hay quien carga las tintas de tal modo que sus opiniones sobre el libro tradicional suenan casi a fetichismo. Como ha escrito mi amigo Paco Mendoza, bibliófilo de prestigio y gran coleccionista, entre las páginas de un libro se puede encontrar casi de todo, incluyendo fluidos corporales. Sin ir más lejos, tengo en mi biblioteca una edición de Sexus de Henry Miller que data de mis tiempos de estudiante y que podría proporcionarle materia de estudio a un laboratorio de análisis genético durante varias semanas. De hecho, cuando yo era usuario de las bibliotecas públicas, recuerdo que me daba un poco de asco encontrarme ciertas sospechosas manchas que aparecían en las manoseadas páginas, y cuya coloración iba desde el rojo intenso (chorizo del bocata) hasta el pardo oscuro (seguramente café), pasando por todos la gama intermedia de amarillos y ocres sobre cuya naturaleza prefiero no especular. Me sale un sarpullido con solo pensarlo, vamos.

Dicen también los detractores del libro electrónico que su popularización va a significar el final de la industria editorial, igual que el MP3 ha representado el colapso de la industria discográfica. Se refieren a la piratería, claro. Y es muy cierto (lo sé de primera mano) que hasta los autores más comerciales han visto muy mermadas sus ventan, y si hace diez años Pérez-Reverte vendía medio millón de ejemplares sin despeinarse, ahora sus editores se las ven canutas para colocar cincuenta mil. Dicen que esto va a suponer el final de la literatura (como si literatura e industria editorial fuesen sinónimos), porque nadie va a poder comer de lo que escribe. Lo que yo pienso y la experiencia me enseña es que casi nadie come de la escritura, porque unos pocos se lo comen todo. El libro electrónico, con todos sus problemas, representa una oportunidad para autores poco conocidos o noveles, la posibilidad de que sean los lectores y no los editores y distribuidores quienes decidan, lo que puede traer un saludable soplo de aire fresco al mercado editorial. Hasta el mismísimo Stephen King lo ha dicho, y eso que no hay autor más pirateado en el mundo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/1/2014

2 comentarios:

miguelangelortega dijo...

Supongo que es cuestión de gustos. Conozco a gente que con el libro electrónico ha aumentado el tiempo que le dedica a la lectura sin que se sepa muy bien por qué, descontando lo que diré más adelante.
Personalmente no me termino de hacer con él. Tengo uno, claro, y leo. Pero no termina de entusiasmarme. Y si ninguna mística. Simplemente no me termina de gustar.
Sobre el pirateo, conozco a gente que se ufana de tener almacenados tantos libros que ni ellos ni toda su estirpe, hasta que se extinga, tendrá tiempo de leer. Somos así. Lo que también es cierto es que esos libros en papel nunca iban a ser comprados, así que, en realidad, no hay "lucro cesante"
También conozco a gente, entre la que he dicho que ahora lee más, que lo hace en parte porque ahora no les cuesta dinero. Si esto se generalizase, habría que pensar en un mundo futuro en el que los escritores fueran funcionarios que proporcionasen a la ciudadanía experiencias lectoras gratuitas, como los maetros les proporcionan educación.

Unknown dijo...

Una buena biblioteca siempre será una buena biblioteca, pero como dice Muñoz Molina, esos (grandes) espacios quedarán reservados a ejemplares que por alguna razón sea apetecible guardar.

Las desventajas del libro electrónica son muchas y obvias, pero hay una ventaja que es inapelable: el espacio. Mi pronóstico personal es que progresivamente el papel irá sirviendo a la bibliofilia y la electrónica a la bibliofagia.

Y la cosa irá a peor con las generaciones futuras. Es casi seguro que, llegado el momento, mi hija no entienderá la razón por la cual mantener en formato papel todos esos libros que ocupan varias habitaciones en diferentes casas y que hoy día caben en un par de discos duros.