La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

lunes, 20 de enero de 2014

Tinta electrónica (y tres)



      El libro, junto con la rueda y el papel higiénico, es uno de los adelantos tecnológicos más perdurables de la historia de la humanidad. Está con nosotros desde el siglo I de nuestra era, aunque durante varios cientos de años convivió con el formato anterior, que consistía en un número de hojas de pergamino o papiro cosidas y enrollarlas en torno a una varilla. Para leer uno de estos libros-rollo (nada que ver con el contenido) era necesario desenrollar por un lado y enrollar por otro, como las películas en celuloide o las cintas de casete. Es fácil imaginar lo engorroso del proceso y la comodidad que representaba formar pliegos con las hojas, coserlos y protegerlos con unas cubiertas. El invento se denominó códice, y persiste hasta el día de hoy prácticamente sin modificaciones, lo que representa una aplicación práctica del refrán anglosajón que reza «si funciona, no lo arregles». Muchos lectores consideran que el placer de sostener un libro de papel entre las manos y pasar sus hojas es incomparablemente superior al de pulsar los botones de un eReader para que los fríos bloques de texto se vayan sucediendo. Muchos lectores de toda la vida aplican (y con razón) aquella hermosa cita del Kempis que termina «in angulo cum libro», y cuya traducción sería, más o menos: «Busqué la paz en todas partes y solamente la hallé en un rincón con un libro en las manos». Para muchos (también para mí) la biblioteca personal ha sido un refugio contra el ruido y la furia del mundo, lo que les hace abominar del libro electrónico como de un invento del maligno. ¿Pero realmente merece la pena acumular libros en casa?
      Un auténtico coleccionista, un bibliófilo, respondería que depende del libro en cuestión. Los que compramos hoy en día son un producto industrial y no tienen apenas valor intrínseco. Es más, el tratamiento por el que se obtiene y blanquea el papel usa productos químicos muy contaminantes, y el papel obtenido por esos medios pierde su albura y flexibilidad en pocos años. Las colas que se emplean en muchas encuadernaciones baratas acaban secándose y perdiendo su poder adhesivo. Algunos libros de mis tiempos de universitario (y tampoco me estoy refiriendo al Pleistoceno) se han convertido en una especie de mazo de cartas compuesto por hojas sueltas de color pardo que dejan un desagradable picor en las manos. ¿Qué es lo que hace valioso un ejemplar? Según me ha explicado mi amigo Paco Mendoza, existen varios criterios. El fundamental es su rareza o escasez. Después, su antigüedad (factor que suele estar asociado al primero). La existencia de grabados, el arte del encuadernador y el hecho de que el ejemplar sobreviva en su integridad y en buen estado son también factores determinantes para calcular el valor de un libro. Por último (aunque no menos importante) la trascendencia de la obra y el prestigio de su autor. Un ejemplar que cumpliría todas estas exigencias a rajatabla sería el de los Diez Mandamientos que Moisés recibió en el Sinaí, autografiado del puño y letra de Yahveh. En su defecto, un beato o un ejemplar de la Biblia de Gutenberg tampoco estarían mal. En cuanto a los libros modernos, tal vez las ediciones ilustradas con grabados de un artista de renombre o los ejemplares dedicados podrían merecer el calificativo de «libro valioso». No así la infinidad de libros que acumulamos en casa pensando que guardamos un tesoro. Y no me refiero al valor sentimental (allá cada cual con sus sentimientos) sino al económico. Algunas personas que se obligadas a desprenderse de su biblioteca se han llevado la amarga desilusión de que esos cientos de libros coleccionados con mimo y esmero no valían nada o casi nada. Es más, en ocasiones las bibliotecas privadas pueden tener un valor negativo, pues hay traperos que exigen una compensación económica por retirar los molestos mamotretos de la circulación.
      Ahora ya no me cabe duda de que el libro en papel tiene los días contados. Las ventajas del libro electrónico son tantas que acabará barriendo al libro tradicional del mismo modo que el códice acabó con el rollo y el rollo con las tablillas, aunque en este caso el proceso será mucho más rápido. ¿Qué será entonces de la industria editorial tal y como la conocemos hasta ahora? ¿Qué será de las editoriales y de las librerías? La respuesta es la de siempre: renovarse o morir. Los libros electrónicos tendrán que abaratar su precio de forma considerable para que el lector habituado al pirateo deje de delinquir. Supongo que la tecnología de la tinta electrónica mejorará hasta que las pantallas nos ofrezcan una resolución y una sensación de lectura muy parecidas a las del libro tradicional. También llegará un momento en que se podrá reproducir ilustraciones y fotos con colores y fidelidad casi idénticas a los de la página impresa. Al margen de las distribuidoras, condenadas a la extinción, temo que los mayores perjudicados en todo este proceso serán los libreros. El libro de consumo desaparecerá de las librerías y será sustituido por el libro de lujo, que en muchas ocasiones se adquirirá como regalo. Será vital también el regreso del librero de antes, el librero-lector que conoce a sus clientes y sabe aconsejarles. Se valorará mucho más que ahora el servicio pre y posventa, el trato personal, el que cada lector se sienta singular y especial. Adiós, por tanto, al librero-dependiente, al lector de solapas que solo sabe recomendar el último premio Planeta. Creo que no lo echaremos de menos.
 
Publicado en La Tribuna de Albacete el 17/1/2014

3 comentarios:

Francisco Manuel Espinosa Carrasco dijo...

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No sé yo si esa figura del librero, aun como tú la planteas, durará mucho, estimado Eloy...

Creo que sucederá algo más sencillo: el propio escritor venderá sus libros y entre autor y lector no habrá intermediarios. El librero será sustituido por una especie de webmaster si es que acaso el escritor anda muy ocupado o es una patata en cuestiones de venta por internet.

:-)

Paco Mendoza dijo...

Agradezco mucho a Eloy que me cite, y además bien. Estoy en contra de la piratería en todas sus formas, pero me encantaría que alguien inventara la manera de bajarse de internet los diamantes, para ver cómo se arruinaban los judíos de Amsterdam y Nueva York. Entonces seguro que se tomaban medidas para combatir la piratería.
Paco Mendoza

Ricardo Lopez dijo...

La experiencia personal me dice que la incidencia de la piratería es mucho mayor en España que en otros muchos países, como EEUU.

Tengo amigos allí que perciben la piratería como un robo, cosa que no parece ocurrir aquí, donde incluso en foros "autorizados" se defiende la información de la red como algo público y a internet como una especie de puerto franco. Incluso hay escritores y músicos que respaldan la descarga gratuita.

Puede que me equivoque, pero insisto en que es un tema de valores sociales y principios morales más que otra cosa.

En cuanto al librero-referencia, parece que ese papel también empiezan a cubrirlo blogs de referencia, (que ya los hay, y muy buenos). Coincido en que no sé si será una figura con mucho futuro. Quizá sea más viable un modelo de librería estilo Barnes & Noble, con grupos de lectura, foros de debate, zonas de lectura, cafetería, etc. Pero para eso hace falta una infraestructura que aquí no se puede permitir prácticamente nadie.