La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 7 de febrero de 2020

Cataplines


El nuevo reto viral de internet consiste en introducir los testículos en un recipiente lleno de salsa de soja. Al parecer, el individuo que alumbró tan insólita idea descubrió que era capaz de captar el sabor salado de la soja a través de la fina piel del escroto, experiencia culinaria digna sin duda de MasterChef. Personalmente, no he hecho la prueba todavía, pero el asunto me ha recordado una moda parecida de la que un amigo me habló hace unos años. Se trataba del «nutscaping», consistente en tomar fotos de hermosos paisajes interponiendo los testículos del fotógrafo delante del objetivo de la cámara. A mi amigo la idea le pareció divertida y decidió ponerla en práctica, lo que hizo con buenos resultados. Llegó incluso a usar una de las fotos para conseguir que lo expulsaran de un grupo de whatsapp muy latoso que no se decidía a abandonar por no ser tildado de antipático.  La fotografía mostraba de fondo un paisaje de La Manchuela y, en primer término, los consabidos testículos. En honor a la verdad, los cataplines podrían haber sido cualquier otra cosa, desde un nubarrón hasta un dedo delante del objetivo, por lo que mi amigo tuvo que tomarme la molestia de explicar la naturaleza de aquella sombra espesa y lanuda.  Huelga decir que fue expulsado de inmediato. Cuando me contó la historia, me causó cierto alivio la idea de que los atributos masculinos todavía sirvieran para algo al margen de su función reproductiva. Lo que antaño se invocaba con orgullo y se exhibía con arrogancia (al menos su relieve bajo el pantalón) se relaciona ahora con el machismo más casposo y con el patriarcado opresor, por lo que tiende a ocultarse. Pero yo me alegro de que haya gente en internet empeñada en encontrarles nuevas utilidades a los testículos, tan cargados de simbolismo antes, tan denostados ahora. De hecho, al paso que vamos, no tardarán en atrofiarse para siempre.  

Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/2/2020

jueves, 6 de febrero de 2020

Taller



En el taller de escritura que imparto les he propuesto a los alumnos un ejercicio narrativo. Se trata de escribir un relato que tenga lugar en sus propios armarios y cajones, una historia bélica en la que los contendientes sean sus propias prendas. Podría ser la ropa de invierno contra la ropa de verano, la ropa de su pareja contra la suya, injustamente arrinconada, las prendas de varias temporadas anteriores contra las que usan ahora, varias tallas más grandes… Los detalles argumentales y los relativos a los personajes se los dejo a ellos, pero me gustaría que en la narración que elaboren aflore el conflicto, pues dicen los manuales que no hay buena historia sin conflicto. El problema de los conflictos es que a veces no es fácil reconocerlos. Suelen empezar con un hecho trivial, crecen en la oscuridad durante años, alimentándose de sí mismos y provocando desencuentros de intensidad creciente y, cierto día, nos revientan en plena cara con un estallido de sangre y vísceras, como el monstruito de la película ‘Alien’. Algo así ha ocurrido, sin ir más lejos, en el cajón donde guardo los calcetines. Cierto día, hace años de esto, un calcetín no encontró el camino de regreso desde la lavadora o el tendedero. Su pareja, dolido en lo más íntimo, decidió encontrar consuelo en el amor mercenario, y sedujo a un calcetín que pertenecía a otro par, cuyo cónyuge, movido por el rencor y el despecho, reclutó a su vez a tres amantes, rompiendo de ese modo la armonía de otras tantas parejas. Hubo vendettas y violencia, los episodios cruentos se encadenaron, y ahora mismo mis calcetines yacen revueltos en un amasijo de resentimiento y concupiscencia cuya víctima principal soy yo. ¿Por qué? Sencillamente, porque me he convertido en el tipo que siempre sale de su casa con calcetines de distintos colores. A ver si mis alumnos del taller pueden mejorarlo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 30/1/2020.

El PIN docente



Demasiado se ha hablado esta semana sobre ese «PIN» (o «veto» o «censura») parental que Vox ha colado en las recientes instrucciones que han recibido los colegios murcianos. La medida confiere a los padres la autoridad de decidir si sus retoños deben participar o no en determinadas actividades escolares, sobre todo aquellas que puedan atentar contra sus ideales religiosos, su moral sexual o su pensamiento político. Es decir, se trata de impedir cualquier intento de adoctrinar o de corromper a los menores, algo que, según los líderes de Vox, ocurre con frecuencia en los centros públicos. Y, mirada desde esta óptica, la cosa no carece de lógica, pues ningún padre ni madre de bien concibe mandar al colegio a un niño machote, católico y de derechas y que le devuelvan a un sarasa ateo y comunista. O que la niña, pura, recatada y obediente como ella sola, vuelva convertida en una activista en favor del aborto, de esas que enseñan las domingas en los actos de las feministas radicales. Yo mismo, como padre y profesor que soy, entiendo la inquietud de estas familias, pues sospecho que algunos de mis compañeros son en realidad agentes del caos, lobos con piel de cordero infiltrados en los centros educativos con aviesas intenciones. Así pues, no me parece mal la implantación del PIN parental en todo el territorio. Ahora bien, en justa correspondencia, exigiría que se implantara también un «PIN docente» que permitiera a los profesores vetar a determinados alumnos, en concreto a esas bestezuelas pardas que boicotean nuestras clases con su falta de educación, de interés y de civismo. Ya puestos, extendería también el veto a esos padres que se dedican a insultar y desautorizar a los profesores de sus hijos, exigiendo que en los colegios se haga el trabajo que ellos han sido incapaces de hacer en su propia casa.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 24/1/2020

Alcohol



Esta semana supimos de la peripecia de un ciudadano leonés que pasó la noche encerrado en un bar. El hombre fue al servicio a aliviarse y se quedó dormido, con la mala suerte de que al despertar, horas más tarde, el bar estaba cerrado y lo habían dejado dentro. Sin perder la sangre fría, el buen señor aprovechó la circunstancia para servirse una cañita matutina. Solo entonces se puso en contacto con la guardia civil para informar del incidente y solicitar su liberación. Una historia curiosa, aunque no un caso aislado. Una amiga me contó que algo parecido le ocurrió una noche de Feria. La chica había ligado, pero no llevaba consigo preservativos ni dinero para comprarlos. Así pues, le pidió a su reciente conquista que la acompañara a un cajero automático. Horas después despertó en el suelo del cajero y descubrió que el tipo se había largado. Yo mismo me quedé una vez dormido en el suelo de un cuarto de baño, y no el de mi casa. Fue tras una comida navideña, cuando todavía estudiaba en el instituto. Un amigo me propuso ir un rato a su casa a escuchar música. Recuerdo que me senté y todo me daba vueltas. «Voy un momento al servicio», le dije a mi amigo. Un buen rato después, desperté y oí cómo su madre lo interrogaba sobre el joven beodo que estaba roncando sobre el suelo del baño. He contado esta historia muchas veces como una anécdota jocosa, igual que mi amiga me contó su despertar en el cajero. A buen seguro, el ciudadano leonés también les habrá contado a sus amigotes la noche que pasó dormido en ese bar de donde tuvo que rescatarlo la guardia civil, y todos habrán reído a carcajadas. Estas historias, que en realidad deberían avergonzarnos, se convierten en cuentos divertidos, en chistes para animar la fiesta. Tal es la peculiar relación que mantenemos con el alcohol en este país.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 17/1/2020

El agujero negro



Uno de los logros científicos más destacados del año que nos acaba de dejar es la famosa foto del agujero negro. Todos hemos oído hablar de los agujeros negros, y hasta los hemos visto en varias películas. Lo que no podíamos imaginar es que un agujero negro tendría el aspecto de un agujero. Pero resulta que es así. El agujero negro supermasivo de la galaxia M87 es como un dónut con su orificio en el centro. Al menos según la foto que nos han enseñado en la prensa y los telediarios. Una foto, por cierto, bastante desenfocada. ¿Habría sido mucho pedir que, ya puestos, enfocaran mejor? Aunque probablemente esté diciendo un disparate, porque ¿qué sabe uno de logros científicos habiendo sido estudiante de letras? Además, una cosa es hacerle una foto a tu gato y otra muy distinta hacérsela a algo que genera un campo gravitatorio tan bestia que ninguna partícula material, ni siquiera la luz, puede escapar de él. Lo que me lleva a pensar que a lo mejor la foto no es del agujero negro en sí, porque sin luz no hay foto que valga, ni siquiera con flash. Puede que la imagen será de las inmediaciones del agujero negro, con lo que en podemos concluir que la foto, además de estar desenfocada, es un fiasco. Como una vez que mi tía nos retrató a mi hermano y a mí dándoles de comer a las palomas. Al revelar el carrete, apareció una oronda señora que pasaba por allí, perfectamente encuadrada, eso sí, aunque a mi hermano y a mí no se nos veía por ningún sitio. Ni a las palomas. Al igual que me tía, los científicos del agujero negro no eran grandes fotógrafos. Lo único que puede decirse en su favor es que, por lo menos, cayeron en no tapar con el dedo el objetivo de la cámara.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 10/1/2020

sábado, 4 de enero de 2020

El cachorro



Hace seis años, por estas mismas fechas, mi mujer y yo nos trasladamos a Murcia para recoger un perrito que habíamos decidido adoptar. Era un bichón maltés, y nos aseguraron que había cumplido ya dos meses, pero el cachorro nos pareció tan diminuto de tamaño y de aspecto que dudamos que estuviera siquiera destetado. De hecho, nos planteamos seriamente dar media vuelta y regresar sin él, pues temíamos que no sobreviviera sin su madre. Finalmente nos trajimos al cachorrillo a casa envuelto en una manta y aquí está todavía. Pese a que su tamaño sigue siendo pequeño (nunca ha superado los cuatro kilos), Frankie ha sabido ganarse su derecho a ser uno más de la familia. Si me apuran, se podría decir que él es el corazón de la familia, una especie de imán que atrae el afecto de todos. Como ocurre en todas las agrupaciones de mamíferos, cualquier de nosotros puede ver su estatus cuestionado. Es decir, cualquiera excepto Frankie, cuya posición en lo más alto es permanente e incontestable, y ello con independencia de su conducta. No importa que aúlle a las cuatro de la mañana, que le ladre a cualquiera que ose acercarse a nuestra puerta, que nos obligue a lanzarle la pelota durante horas y que, con cierta frecuencia, orine sobre los edredones. Frankie es el jefe y lo sabe. Pero no me malinterpreten. El perrillo es casi siempre afectuoso, aunque confieso que con la entrada en la mediana edad a veces se muestra un poco colérico. Ahora tiende a gruñirnos y ladrarnos si no lo complacemos de inmediato. Es más, se muestra agresivo con los niños que tratan de jugar con él por la calle. Esto me da mucha vergüenza y me obliga a deshacerme en excusas con las mamás, aunque yo no tengo la culpa de que no le gusten los niños. Me pregunto de quién lo habrá aprendido.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/1/2020

viernes, 27 de diciembre de 2019

Nochebuena



Abrí los ojos al mundo en una Nochebuena, aunque no al filo de las 12 (como la tradición afirma que hizo mi ilustre predecesor) sino a eso de las seis de la mañana, hora intempestiva donde las haya que no he vuelto a frecuentar desde entonces, al menos despierto. Cuando eres niño los cumpleaños siempre son una fiesta. Al cumplir los cincuenta y muuuuuchos, como es mi caso, son más bien una ocasión para el duelo. Así lo ha sido, y de forma muy especial, este último cumpleaños mío que, de forma inexorable, ha coincidido con la Nochebuena. La culpa la han tenido, quizás, los turnos de mi mujer, que tuvo que irse a trabajar a las nueve de la noche, con lo que nos vimos obligados a sustituir la tradicional cena doméstica por una comida de restaurante, y el apagado de velas fue más público de lo habitual, con aplausos desde las otras mesas incluidos. Hasta ahí, nada que objetar. Lo malo es que por la noche me encontré solo en casa en plena Navidad, como un Macaulay Culkin cincuentón, vestido con un pijama y un batín que llevaban estampada la palabra «melancolía». No contento con ello, se me ocurrió ver una nueva versión del «Cuento de Navidad» de Dickens que ofrecían en HBO. Como era previsible, los fantasmas no tardaron en aparecérseme. Aunque esta vez no fueron los de las Navidades, sino los de las personas queridas que se han ido marchando durante los meses anteriores. El primero de ellos fue, por supuesto, el de mi padre. Tenía buen aspecto, menos cansado que aquella noche de julio en que cerró los ojos. Me recomendó prudencia y moderación, y he decidido hacerle caso y dejar de fumar. También tomé otras resoluciones que no conviene hacer públicas. En la próxima Nochebuena, cuando me vuelva a tocar rendir cuentas con el tiempo, veremos cuántas de ellas se han hecho realidad.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 27/12/2019

jueves, 26 de diciembre de 2019

Stan & Ollie



Acabo de ver la interesante película “Stan & Ollie”, que narra la gira teatral que realizaron los cómicos Stan Laurel y Oliver Hardy en 1953 por teatros de Gran Bretaña e Irlanda. Formados en el los espectáculos de variedades y en el vodevil a principios del siglo XX, llegaron a formar pareja cómica en los años 20, lo que ocurrió por decisión de los todopoderosos estudios de aquella época. Fue entonces cuando comenzó la leyenda de Laurel y Hardy (el Gordo y el Flaco, como se les conocía en España), que demostraron ser unos auténticos supervivientes. Pasaron de las películas de un rollo (10-15 minutos) a las películas de dos rollos y, de ahí, a los largometrajes de cuatro y cinco rollos, que ya contaban con argumento y numerosos secundarios. Sobrevivieron a la gran purga del advenimiento del cine sonoro, en la que numerosos actores de las “silent movies” vieron fenecer sus carreras. Es más, el hecho de que uno de ellos fuera norteamericano (Hardy, el Gordo) y el otro británico (Laurel, el Flaco) les permitió jugar con sus acentos y acentuar la comicidad de sus escuetos diálogos. Incluso les dio tiempo a embarcarse en la aventura del cine en color y de la televisión. Sufrieron los problemas de cualquier matrimonio de larga duración en forma de enfrentamientos contractuales y creativos, pero lograron superarlos y supieron mantener su fidelidad hasta el final, cuando las preferencias del público ya los había convertido en reliquias de otra época. Con el tiempo, la Academia de Hollywood los ha coronado como geniales pioneros, junto a Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd y los Hermanos Marx. Los “baby boomers” todavía los recordamos y los disfrutamos con alborozo infantil. Lo que me pregunto es qué será de las nuevas generaciones, ahora que no ya pasan películas de los astros del cine cómico por televisión. Supongo que tendrán que conformarse con Jim Carrey y con Ben Stiller. Pero, ¿qué quieren que les diga?, no es lo mismo.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 20/12/2019

Chinches



Mis alumnos han vuelto de su viaje de estudios con unas bonitas fotos de Italia. La más curiosa muestra una sábana del hotel de Roma donde pernoctaron. Al ampliar la imagen, se distingue un bichito marrón que ellos afirman que es una chinche. Les he preguntado cómo lo supieron y me han dicho que Google les ayudó a catalogar el ejemplar. Pero la mente de los jóvenes es inquisitiva por naturaleza y, lejos de conformarse con la evidencia gráfica, decidieron realizar un experimento del que cualquier profesor de Biología se habría sentido orgulloso. Para ello buscaron un individuo especialmente orondo (no les fue difícil localizarlo) y procedieron a aplastarlo sobre una hoja de papel. El resultado fue un charquito de sangre roja, inequívocamente humana, lo que les confirmó que se hallaban ante un ejemplar de Cimex lecturalius, es decir, de una chinche. ¿No les parece inquietante? Supongo que todos hemos encontrado alguna cucaracha en un bar, en un restaurante o incluso en una habitación de hotel. Pero damos por hecho que aquellos diminutos vampiros que hasta hace unas décadas atormentaban a los durmientes eran una especie extinta. Sin embargo, parece que el ajetreo de viajeros que caracteriza los tiempos modernos las ha vuelto a traer con nosotros, hasta el punto de que se han convertido en la pesadilla de los empresarios de hostelería de media Europa. Y uno no puede evitar pensar que los ejemplares actuales deben de ser mucho más lozanos y saludables que aquellos que les amargaban la vida a nuestros abuelos, puesto que medran a base de turistas jóvenes y bien alimentados. Puede que hasta Greta Thunberg haya sufrido alguna picadura de chinche durante sus viajes. Espero que la joven activista haya sido coherente y no se haya liado a zapatillazos con esos bichitos que, al fin y al cabo, no dejan de formar su propio ecosistema.   
Publicado en La Tribuna de Albacete el 13/12/2019

Evaluación



Estos días es frecuente toparse por los pasillos de los institutos a alumnos llorosos y compungidos. Resulta paradójico si pensamos en que las vacaciones navideñas están a la vuelta de la esquina, pero las fechas coinciden también con las de la primera evaluación, el momento de rendir cuentas al final del trimestre. Estas desdichas juveniles le preocupan mucho a la administración, que no concibe que un adolescente concluya su jornada escolar con lágrimas. Aunque la interpretación podría ser distinta. Tal vez lo que no les guste a quienes legislan sea que los alumnos suspendan. Las tendencias pedagógicas modernas equiparan suspenso a frustración y fracaso, y el fracaso de un número considerable de alumnos equivale al fracaso de las políticas educativas en vigor, lo que para un político representa el riesgo de perder sus prerrogativas y su despacho. Llevamos ya casi tres décadas de LOGSE, ley precursora del Disney Channel y de Hanna Montana. No en vano la idea subyacente era reducir al mínimo el fracaso escolar eliminando del sistema educativo ideas como el esfuerzo y el mérito, y sustituirlas por un magma de conceptos vagos (y con frecuencia inútiles) cuyo propósito final no era otro que convertir el suspenso en un problema, no para el alumno o su familia, sino para el profesor, cuya figura ha sufrido un proceso progresivo de estigmatización. Las sucesivas reformas de la LOGSE han tenido más que ver con la cosmética que con la voluntad de resolver el problema, hasta que los docentes hemos llegado a comprender que suspender a nuestros alumnos es una forma segura de complicarnos la vida. Aun así, la resistencia es espartana, y la mayoría de los profesores siguen haciendo su trabajo basándose en el sentido común y la utilidad de sus enseñanzas para la vida adulta. Y ello a pesar de tener que lidiar con informes interminables, llamadas de atención de la administración educativa y la indignación perenne de los alumnos y de sus familias.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 6/12/2019

domingo, 22 de diciembre de 2019

Superman



Una de las experiencias más surrealistas que recuerdo ocurrió durante el viaje de novios de mis segundas nupcias. Fuimos a la costa este de los Estados Unidos y rematamos el recorrido en Los Ángeles. El último día visitamos Hollywood Boulevard, donde debes andarte con cuidado para no pisar las estrellas que hay en el suelo. Y puedo asegurar que no es fácil, porque la muchedumbre es tal que al menor descuido recibes un empujón y acabas pisoteando el nombre de Michael Jackson o de Humprey Bogart, todo un trauma para cualquier mitómano que se precie Además, aquel día había tomado unas cervezas de más y me resultaba difícil esquivar a la hueste de turistas, en especial ante el Teatro Chino de Grauman, donde se plantan los tipos disfrazados de Yoda y de Buzz Lightyear, de Marilyn y Freddie Kruger. Aquellas docenas de metros que recorrí algo ebrio y asediado por tristes remedos de los mitos de Hollywood tenían la textura de los sueños o de las pesadillas. Pero el colmo fue toparme con Superman, un Superman demacrado y cincuentón con dos grandes cercos de sudor tatuados en los sobacos. El aspecto del tipo era tan pintoresco que quise retratarme con él, aunque mi mujer me hizo cambiar de idea de un codazo. Ahora lamento no haber insistido. Hace unos días supe que aquel Superman de pacotilla se llamaba Christopher Dennis, que en su juventud fue aspirante a actor y que el infortunio lo convirtió en aquel desdichado que mendigaba unos dólares a cambio de una fotografía. El aspirante a Hombre de Acero apenas llegó a Hombre de Hojalata. También supe que hace poco encontraron su cadáver en un contenedor de basura. Christopher Dennis quiso ser Christopher Reeve, pero tuvo que conformarse con compartir su trágico destino. Sin embargo, para mí siempre será una leyenda.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 29/11/2019

Silencio



El lunes pasado noté algo extraño al llegar a clase. Mis alumnos estaban abrazándose en la puerta. Lo hacen a menudo, pero estos abrazos eran distintos. Eran abrazos de consuelo. Algunos incluso lloraban. Ya en el aula, la sensación no podía ser más desoladora: caras tristes, ojos enrojecidos y, lo más escalofriante de todo, un silencio absoluto. Los profesores no estamos acostumbrados al silencio. A veces lo reclamamos, incluso lo exigimos, pero cuando uno se planta delante de treinta adolescentes desencajados y mudos es que algo terrible ha ocurrido. Pregunté discretamente y me respondieron con evasivas. Pensé que era preferible seguir con la clase y dejar las preguntas para otro momento. Y así transcurrió la hora, con las emociones a flor de piel, aplastados bajo un silencio que era como una espesa capa de tristeza que nos cubría a todos. Más tarde lo supe. El viernes anterior había muerto un antiguo compañero suyo, un chico que estuvo en el instituto hasta hace un par de años. Un accidente de tráfico en la avenida de España. Dos muchachos en una motocicleta. Un choque contra otro vehículo. Nada se pudo hacer por el joven que conducía la moto. Uno de mis alumnos los seguía montado en una bici y vio morir a su amigo. Apenas puedo imaginar lo que pasó por la cabeza de este chico tras el accidente. Quizás que la vida es arbitraria y cruel, y que la muerte nos alcanza a todos, incluso a los más jóvenes, a quienes menos la esperan. Lo lamentable es que seguramente tenga razón. Los adultos sabemos que el aprendizaje del duelo forma parte del proceso de madurar. Por desgracia, se trata de una lección que no se puede aprender en el instituto y, de todos modos, ellos son demasiado jóvenes para recibirla. Nada se puede hacer, salvo enviar un fuerte abrazo a los padres de ese muchacho de dieciséis años que el lunes pasado dejó su pupitre vacío.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 22/11/2019


El gallego y la gallina



Pronto se cumplirán treinta años desde que supimos de la desventura del gallego que encontró la muerte mientras practicaba sexo con una gallina. Aquella fue una de las primeras noticias a las que puede colgárseles el marchamo de «virales», y eso que ocurrió más de una década antes de la irrupción de Internet. De hecho, reunía todos los componentes para convertirse en pasto de comentarios y bromas de la noche a la mañana. Un señor que desfoga sus ardores sexuales con una gallina, una roca que se desprende, una fotografía que muestra al individuo aplastado bajo el pedrusco con el ave, también fallecida, todavía adosada a sus partes. El incidente resultaba ridículo y trágico a partes iguales, amén de lo morboso, como testimonia la imagen que lo hizo popular. En suma, una noticia viral en toda regla que data de principios de los 90. Sin embargo, el tiempo transcurrido nos permite contemplar los hechos desde otra perspectiva: la de la compasión. No me cabe duda de que las organizaciones animalistas se limitarían a compadecerse de la gallina, tildando al gallego de violador de animales inocentes que se había llevado su merecido. Yo no puedo evitar sentir lástima por el gallego, y no solo por haber fallecido tan joven (no había cumplido los 40), sino por el hecho de que la muerte lo sorprendiera en semejante trance y que ahora, casi 30 años después, nos sigamos acordando. En este país, tan dado a la mala leche y a los chascarrillos, lo peor que le puede pasar a uno no ya es morir, sino hacerlo de una manera ridícula, como le ocurrió al desdichado gallego. Puede que el protagonista de esta historia fuera un esposo y padre ejemplar, un pilar de su comunidad, pero eso a nadie le importa, y todo porque un día, en un momento de debilidad, al pobre hombre se le ocurrió cepillarse a una gallina.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 15/11/2019

El cuervo



La semana pasada, por aquello de Halloween, un antiguo alumno afirmaba en una red social que la festividad le resultaba «en parte desagradable», amén de ajena a nuestras tradiciones. También culpaba de la implantación de este festejo foráneo a los profesores de inglés y, puesto que soy uno de los acusados, no pude evitar entrar al trapo. Le repliqué que jamás he organizado ni participado en concurso alguno de disfraces terroríficos, dulces o calabazas. Todo esto lo hice constar al pie del mensaje de mi exalumno, junto con el ruego de que no generalizara al verter sus acusaciones. Sin embargo, a renglón seguido, él me respondió que me fallaba la memoria, porque en una ocasión (hará más de quince años de esto) se me ocurrió pedirles a él y sus compañeros que aprendieran las primeras estrofas del poema El cuervo, de Edgar Allan Poe, y fue precisamente con ocasión de Halloween. Sé por experiencia que con los antiguos alumnos conviene no discutir, pues suelen tener muy buena memoria, en especial para esas cosas que los profesores preferimos olvidar. No era el caso. Me enorgullece recordar que en otros tiempos empleé poemas de autores ingleses y norteamericanos para impartir mi asignatura. Es más, hubo una época en que usaba casi a diario los sketches de los Monty Python en mis clases de inglés. Para mí, la poesía y los Monty Python eran como una piedra de toque. Cualquier alumno que se conmoviera recitando a Poe o se carcajeara viendo el sketch del loro muerto era muy digno de tener en cuenta. Hoy no me atrevería a hacer esos alardes. Me conformo con proyectar algún largometraje de Pixar y comentar con ellos lo emocionante que es la escena final de Toy Story 3, con todos los juguetes cogidos de la mano porque piensan que están a punto de morir. Son, en fin, otros tiempos. Aunque dudo que mejores.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 8/11/2019

Colchones



El ayuntamiento de Torrevieja tuvo que retirar de las calles más de 9.000 colchones entre los meses de julio y agosto. La noticia encierra su punto de misterio, porque los responsables de medio ambiente no han sido capaces de explicar este repentino desapego de los torrevejenses por sus viejos colchones, ni siquiera apelando al aumento de población en época estival. Hace un par de años supimos que en la localidad también alicantina de Villena habían abandonado un ataúd vacío junto a un contenedor. Aquello pudo ser una broma macabra, pero lo de los colchones de Torrevieja da que pensar. Por regla general, los españoles usamos un solo ataúd a lo largo de nuestra vida (y perdone el lector la inexactitud de la frase). Incluso el dictador Franco, en su reciente viaje aéreo, ha tenido que conformarse con el mismo féretro en el que fuera inhumado en 1975. Los colchones, en cambio, sufren mucho más desgaste y hay que sustituirlos de forma periódica. De niño, en casa de mis abuelos, yo dormía en colchones de lana. Luego vendrían los de muelles (A mí, plin, yo duermo en Pikolín). Por último, en fechas más recientes, los viscoelásticos. He dormido en colchones de todo tipo, pero nunca he sido tan incívico como para abandonar un colchón en medio de la calle. Dudo que Torrevieja haya sido azotada por una plaga de chinches, por lo que habrá que echar mano de la imaginación para buscar las causas. Quizás hayan sufrido una epidemia de pesadillas o una pesadilla colectiva, y los pobres colchones hayan pagado el pato. O mejor aún, tal vez se hayan intercambiado los sueños, como les ocurría a los habitantes de Macondo en la novela de García Márquez. Soñar los sueños de otro puede ser fascinante, pero la idea de que el vecino esté soñando los tuyos debe de dar una vergüenza horrible. Aun así, los colchones no tenían la culpa.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 1/11/2019

Onicofagia



De todos los vicios que profeso, creo que es el más inofensivo es el de morderme las uñas. Reconozco que la actividad no mejora la estética de mis manos, rematadas por diez apéndices romos que tienen algo de muñones. Reconozco también que mi onicofagia me ha causado alguna incomodidad menor. Y me refiero a incomodidades de tipo sanitario, porque cuando las uñas se acaban no tengo más remedio que completar mi dieta mordisqueando padrastros y pellejos, lo que convierte la punta de mis dedos en una zona bélica donde las bacterias dan rienda suelta a su furia microscópica. No niego que el asunto tiene algo de vergonzante y que procuro reservarlo para la intimidad doméstica. Pero las dentelladas no dejan de ser un acto reflejo, como respirar o rascarme la entrepierna, y no siempre consigo detenerme a tiempo. Una vez andaba yo por la calle devorando la punta de mi dedo índice cuando unas chicas me increparon desde un autobús: «¿Están buenas?» Y ni siquiera tuve tiempo de responderles a aquellas frescas como se merecían, porque entonces el autobús arrancó y ellas me gritaron: «¡Que aproveche!» A pesar de todo, sigo pensando que esta modalidad de antropofagia autoinfligida es un hábito aceptable, amén de económico e inocuo para el prójimo, y que si se administra con mesura puede procurar horas y horas de solaz y de sosiego. La bendita Wikipedia cataloga el hábito entre los trastornos compulsivos y advierte que puede provocar daños estructurales permanentes. También recomienda que los pacientes más recalcitrantes acudan un profesional en busca de ayuda. No sé si el profesional más adecuado sería un psicólogo o un especialista en trastornos alimenticios. Lo que recuerdo muy bien es que es mis tías trataron de curarme el vicio untándome las uñas con un líquido amargo, y que lo único que consiguieron fue predisponerme al consumo de bebidas amargas, en especial de la cerveza. Pero de eso hablaremos otro día.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 25/10/2019

Matemáticas



En mis años escolares no se me daban bien las matemáticas. Sin embargo, procuraba disimularlo para que mis compañeros no me vieran como un zoquete. En tercero de BUP llegué hasta el extremo de elegir matemáticas como asignatura optativa, yo, un estudiante de letras al cien por cien. Pero la hombrada acarreó su propio castigo, como descubrí el primer día que don Francisco Pérez asomó por mi clase. Abandoné la disciplina en COU con un enorme suspiro de alivio. Y ahora, con los años, soy yo mismo quien me veo como un zoquete, porque he descubierto que mi ignorancia de los números irracionales y de las ecuaciones siempre será para mí una barrera infranqueable. Debí verlo venir cuando devoraba la serie “Cosmos” y se me caía la baba oyendo a Carl Sagan hablar de Galileo y de Newton, de cuásares y agujeros negros, de relatividad y espacios multidimensionales. Lo cierto es que, no importa cuán curioso sea uno, antes o después se topará con una pregunta cuya respuesta solo puede comprenderse en lenguaje matemático. Desde los secretos tejemanejes de nuestro ADN hasta la voracidad de un virus merendándose una bacteria, desde la minuciosa geometría de los cristales hasta la vasta coreografía de los planetas, desde los caprichos aparentes del viento hasta las andanzas vertiginosas de un rayo de luz, todo el universo está escrito en lenguaje matemático. Incluso la música, que se nos figura una creación exclusivamente humana, obedece los dictados de las matemáticas. Detrás del “Yesterday” de los Beatles, detrás de la Novena de Beethoven, las matemáticas determinan las leyes de la armonía, sin las cuales no existe música, tan solo ruido. En fin, que no me extrañaría que, cuando Dios dictó el Génesis, lo hiciera en código binario. Y que cuando se emplea la estadística para hacer sondeos electorales, lo que estemos oyendo sea la risa del diablo.    
Publicado en La Tribuna de Albacete el 18/10/2019

El mando


El mando a distancia del televisor supuso el principio del fin de la armonía familiar. En el pasado remoto (es decir, cuando yo era niño) no los había, ni puñetera falta que hacían. Se rumoreaba que los madrileños disfrutaban de una segunda cadena, pero para los habitantes de esa España que con el tiempo llegaría a estar vacía, el UHF no era más que un mito, unas siglas misteriosas en el panel de mandos de aquellos televisores primitivos. Yo a veces accionaba el UHF, pero lo único que se veía era una especie de tempestad de nieve que no auguraba nada bueno. Supongo que, si en alguna ocasión mis experimentos infantiles hubieran invocado alguna imagen reconocible, me habría desmayado del susto, como si Locomotoro hubiera atravesado de repente la pantalla y se hubiera materializado en el salón de mi casa. En el fondo, creo que aquella cadena única era una bendición, porque garantizaba el orden social y familiar con más eficacia que el mismísimo Fuero de los españoles. Y, si lo pienso, tampoco la incorporación de la Segunda Cadena a la parrilla local supuso una grave perturbación, pues, acostumbrados como estábamos a prescindir de ella, nadie la veía. Ahora bien, cuando llegaron los televisores en color y las cadenas privadas, fue como si se desatara el Apocalipsis. Entonces el mando a distancia se convirtió en el utensilio más anhelado de la casa, un auténtico objeto de poder que enfrentó a quienes vivían bajo el mismo techo, con el consiguiente descalabro para el modelo de familia nuclear. El armisticio llegó con la multiplicación de los televisores en las distintas estancias y, sobre todo, con la irrupción de las nuevas tecnologías. Ahora cada miembro de la familia ve lo que quiere y puede obviar lo que no le interesa, es decir, a sus padres, a sus hijos y a sus hermanos.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 11/10/2019

El sentido de la vida



La semana pasada una alumna de tercero de la ESO me hizo la pregunta más difícil a la que me he enfrentado en toda mi carrera docente: «Profe, ¿cuál es para ti el sentido de la vida?» No soy profesor de filosofía, sino de inglés. De hecho, mi clase de aquel día consistía en enseñarles a hacer preguntas tales como Please, can I have some toilet paper? No creo que el asunto del papel higiénico le hiciera pensar a la muchacha en la ambivalencia del término «escatología» en nuestro idioma, que igual hace referencia a las realidades últimas que a los excrementos y la suciedad. Mientras me rascaba la cabeza para ganar tiempo, recordé un artículo en el que mi amigo Antonio Cabrera afirmaba que la vida es una novela con el peor de los finales posibles, porque el protagonista muere, pero pensé que era una judería soltarle eso a una chiquilla de quince años. Por suerte, me vino la inspiración cuando estaba a punto de largarme pretextando alguna urgencia escatológica. «Tú y yo estamos aquí ahora, ¿verdad?», le dije a la muchacha. Y cuando ella respondió afirmativamente, continué: «Pues piensa en todas las personas que han tenido que nacer y morir para que hoy estés aquí y hayas podido hacerme esa pregunta. ¿Piensas que todo esto es pura casualidad?». Me sentí como un cura durante unos ejercicios espirituales, pero a ella debió de calarle hondo, porque me miró con ojos relucientes mientras sus compañeros charlaban de sus cosas. Y durante ese insólito momento de intimidad se me ocurrió que a veces mi trabajo no está tan mal, después de todo. A continuación, con un suspiro, les escribí en la pizarra la frase «¿Puede usted darme un billete de ida y vuelta a Birmingham?», ciudad donde que nunca he estado y a la que no tengo la menor intención de ir.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 4/10/2019

viernes, 20 de diciembre de 2019

Transgresión



Lo más parecido a ser un delincuente sin llegar a quebrantar la ley es ser fumador. El lunes pasado, precisamente, una asociación contra el cáncer colocó un stand informativo en la misma puerta del instituto donde trabajo. Y dio la casualidad de que, antes de que los alumnos salieran en tromba, quien asomó por la puerta fui yo, y en pleno ataque agudo de tabaquismo tras varias horas de clase privado de nicotina. Me apresuraba a encender un pitillo con manos temblorosas cuando de pronto me sentí traspasado por media docena de miradas de censura, las de las señoras a cargo de la campaña. Creo que su reacción no habría sido más expresiva si, en lugar de encender un cigarrillo, me hubiera abierto la gabardina para hacer exhibición pública de mis genitales. A todo esto, tengo que decirles que voy a volver a dejar de fumar muy pronto, por supuesto que sí. Voy a hacerlo por mi salud, por mi comodidad y por mi economía. Pero no puedo evitar que, en situaciones como la que he descrito, me aflore la vena subversiva. Y en esto creo que coincido con muchos ciudadanos medianamente cívicos, pero hasta las narices de tanta censura y tanto pensamiento recto. Ante la imposibilidad de abrir la boca para expresar cualquier opinión de las que hoy se consideran inaceptables (y la lista de temas prohibidos aumenta cada día) empiezo a plantearme la escritura de una serie de artículos en los que dar rienda suelta a todos los demonios que me rondan por la cabeza, que son numerosos. Naturalmente, nadie leería jamás esos artículos, pues publicarlos por cualquier medio supondría un suicidio social, amén de posibles consecuencias penales. Pero el mero hecho de escribirlos ya sería un alivio, como orinar en plena calle de madrugada cuando uno ya no aguanta más o fumarse un cigarrillo delante del stand de una asociación contra el cáncer.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 27/9/2019