El
mundo de los significados es elusivo. Las palabras, por ejemplo, mutan sus
significados constantemente, o se nutren de acepciones nuevas que antes no
poseían. Originalmente, la palabra «avión» designaba al pájaro que comúnmente
se conoce como «vencejo», y una «azafata» era una mujer noble que servía a la
reina. El lenguaje, como todos los asuntos humanos, es una sustancia volátil,
por mucho que la Real Academia se esfuerce en fijarlo y limpiarlo de impurezas.
Con los símbolos pasa algo parecido, y las banderas son buen ejemplo de ello.
Los mismos colores que a unos les inspiran reverencia, a otros les pueden provocar
desprecio o miedo. Y ello pese a lo que digan las leyes, porque legislar sobre
símbolos es tan inútil como hacerlo sobre el significado de las palabras. En
Cataluña, las banderas se han convertido en el símbolo de la crispación y la
brecha social que allí se sufre. La Constitución sanciona que la bandera roja y
gualda es uno de los símbolos del Estado, y por lo tanto nos representa a
todos, pero muchos ciudadanos de este país no lo sienten así. Hay muchos
motivos para este rechazo. Algunos son de índole histórica. Otros, no hay que
ir a buscarlos tan lejos. La derecha más rancia ha convertido la bandera
nacional en la punta de lanza de sus mítines y manifestaciones, y lo que para
unos es un emblema venerable, para otros se ha convertido en representación de
la España más caduca y carpetovetónica. Eso los políticos lo saben muy bien.
Por ello algunos no comprendemos ese acto excesivo y gratuito de colocar una
bandera gigantesca en la punta del parque, a muy pocos metros de organismos
oficiales donde ya cuelgan banderas porque así lo ordena la ley. Puede que
quienes presidieron el acto lo único que izaran fueron sus propios intereses
partidistas, y una visión de España que, desde luego, no es la mía.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/12/2018
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