La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 27 de diciembre de 2019

Nochebuena



Abrí los ojos al mundo en una Nochebuena, aunque no al filo de las 12 (como la tradición afirma que hizo mi ilustre predecesor) sino a eso de las seis de la mañana, hora intempestiva donde las haya que no he vuelto a frecuentar desde entonces, al menos despierto. Cuando eres niño los cumpleaños siempre son una fiesta. Al cumplir los cincuenta y muuuuuchos, como es mi caso, son más bien una ocasión para el duelo. Así lo ha sido, y de forma muy especial, este último cumpleaños mío que, de forma inexorable, ha coincidido con la Nochebuena. La culpa la han tenido, quizás, los turnos de mi mujer, que tuvo que irse a trabajar a las nueve de la noche, con lo que nos vimos obligados a sustituir la tradicional cena doméstica por una comida de restaurante, y el apagado de velas fue más público de lo habitual, con aplausos desde las otras mesas incluidos. Hasta ahí, nada que objetar. Lo malo es que por la noche me encontré solo en casa en plena Navidad, como un Macaulay Culkin cincuentón, vestido con un pijama y un batín que llevaban estampada la palabra «melancolía». No contento con ello, se me ocurrió ver una nueva versión del «Cuento de Navidad» de Dickens que ofrecían en HBO. Como era previsible, los fantasmas no tardaron en aparecérseme. Aunque esta vez no fueron los de las Navidades, sino los de las personas queridas que se han ido marchando durante los meses anteriores. El primero de ellos fue, por supuesto, el de mi padre. Tenía buen aspecto, menos cansado que aquella noche de julio en que cerró los ojos. Me recomendó prudencia y moderación, y he decidido hacerle caso y dejar de fumar. También tomé otras resoluciones que no conviene hacer públicas. En la próxima Nochebuena, cuando me vuelva a tocar rendir cuentas con el tiempo, veremos cuántas de ellas se han hecho realidad.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 27/12/2019

jueves, 26 de diciembre de 2019

Stan & Ollie



Acabo de ver la interesante película “Stan & Ollie”, que narra la gira teatral que realizaron los cómicos Stan Laurel y Oliver Hardy en 1953 por teatros de Gran Bretaña e Irlanda. Formados en el los espectáculos de variedades y en el vodevil a principios del siglo XX, llegaron a formar pareja cómica en los años 20, lo que ocurrió por decisión de los todopoderosos estudios de aquella época. Fue entonces cuando comenzó la leyenda de Laurel y Hardy (el Gordo y el Flaco, como se les conocía en España), que demostraron ser unos auténticos supervivientes. Pasaron de las películas de un rollo (10-15 minutos) a las películas de dos rollos y, de ahí, a los largometrajes de cuatro y cinco rollos, que ya contaban con argumento y numerosos secundarios. Sobrevivieron a la gran purga del advenimiento del cine sonoro, en la que numerosos actores de las “silent movies” vieron fenecer sus carreras. Es más, el hecho de que uno de ellos fuera norteamericano (Hardy, el Gordo) y el otro británico (Laurel, el Flaco) les permitió jugar con sus acentos y acentuar la comicidad de sus escuetos diálogos. Incluso les dio tiempo a embarcarse en la aventura del cine en color y de la televisión. Sufrieron los problemas de cualquier matrimonio de larga duración en forma de enfrentamientos contractuales y creativos, pero lograron superarlos y supieron mantener su fidelidad hasta el final, cuando las preferencias del público ya los había convertido en reliquias de otra época. Con el tiempo, la Academia de Hollywood los ha coronado como geniales pioneros, junto a Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd y los Hermanos Marx. Los “baby boomers” todavía los recordamos y los disfrutamos con alborozo infantil. Lo que me pregunto es qué será de las nuevas generaciones, ahora que no ya pasan películas de los astros del cine cómico por televisión. Supongo que tendrán que conformarse con Jim Carrey y con Ben Stiller. Pero, ¿qué quieren que les diga?, no es lo mismo.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 20/12/2019

Chinches



Mis alumnos han vuelto de su viaje de estudios con unas bonitas fotos de Italia. La más curiosa muestra una sábana del hotel de Roma donde pernoctaron. Al ampliar la imagen, se distingue un bichito marrón que ellos afirman que es una chinche. Les he preguntado cómo lo supieron y me han dicho que Google les ayudó a catalogar el ejemplar. Pero la mente de los jóvenes es inquisitiva por naturaleza y, lejos de conformarse con la evidencia gráfica, decidieron realizar un experimento del que cualquier profesor de Biología se habría sentido orgulloso. Para ello buscaron un individuo especialmente orondo (no les fue difícil localizarlo) y procedieron a aplastarlo sobre una hoja de papel. El resultado fue un charquito de sangre roja, inequívocamente humana, lo que les confirmó que se hallaban ante un ejemplar de Cimex lecturalius, es decir, de una chinche. ¿No les parece inquietante? Supongo que todos hemos encontrado alguna cucaracha en un bar, en un restaurante o incluso en una habitación de hotel. Pero damos por hecho que aquellos diminutos vampiros que hasta hace unas décadas atormentaban a los durmientes eran una especie extinta. Sin embargo, parece que el ajetreo de viajeros que caracteriza los tiempos modernos las ha vuelto a traer con nosotros, hasta el punto de que se han convertido en la pesadilla de los empresarios de hostelería de media Europa. Y uno no puede evitar pensar que los ejemplares actuales deben de ser mucho más lozanos y saludables que aquellos que les amargaban la vida a nuestros abuelos, puesto que medran a base de turistas jóvenes y bien alimentados. Puede que hasta Greta Thunberg haya sufrido alguna picadura de chinche durante sus viajes. Espero que la joven activista haya sido coherente y no se haya liado a zapatillazos con esos bichitos que, al fin y al cabo, no dejan de formar su propio ecosistema.   
Publicado en La Tribuna de Albacete el 13/12/2019

Evaluación



Estos días es frecuente toparse por los pasillos de los institutos a alumnos llorosos y compungidos. Resulta paradójico si pensamos en que las vacaciones navideñas están a la vuelta de la esquina, pero las fechas coinciden también con las de la primera evaluación, el momento de rendir cuentas al final del trimestre. Estas desdichas juveniles le preocupan mucho a la administración, que no concibe que un adolescente concluya su jornada escolar con lágrimas. Aunque la interpretación podría ser distinta. Tal vez lo que no les guste a quienes legislan sea que los alumnos suspendan. Las tendencias pedagógicas modernas equiparan suspenso a frustración y fracaso, y el fracaso de un número considerable de alumnos equivale al fracaso de las políticas educativas en vigor, lo que para un político representa el riesgo de perder sus prerrogativas y su despacho. Llevamos ya casi tres décadas de LOGSE, ley precursora del Disney Channel y de Hanna Montana. No en vano la idea subyacente era reducir al mínimo el fracaso escolar eliminando del sistema educativo ideas como el esfuerzo y el mérito, y sustituirlas por un magma de conceptos vagos (y con frecuencia inútiles) cuyo propósito final no era otro que convertir el suspenso en un problema, no para el alumno o su familia, sino para el profesor, cuya figura ha sufrido un proceso progresivo de estigmatización. Las sucesivas reformas de la LOGSE han tenido más que ver con la cosmética que con la voluntad de resolver el problema, hasta que los docentes hemos llegado a comprender que suspender a nuestros alumnos es una forma segura de complicarnos la vida. Aun así, la resistencia es espartana, y la mayoría de los profesores siguen haciendo su trabajo basándose en el sentido común y la utilidad de sus enseñanzas para la vida adulta. Y ello a pesar de tener que lidiar con informes interminables, llamadas de atención de la administración educativa y la indignación perenne de los alumnos y de sus familias.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 6/12/2019

domingo, 22 de diciembre de 2019

Superman



Una de las experiencias más surrealistas que recuerdo ocurrió durante el viaje de novios de mis segundas nupcias. Fuimos a la costa este de los Estados Unidos y rematamos el recorrido en Los Ángeles. El último día visitamos Hollywood Boulevard, donde debes andarte con cuidado para no pisar las estrellas que hay en el suelo. Y puedo asegurar que no es fácil, porque la muchedumbre es tal que al menor descuido recibes un empujón y acabas pisoteando el nombre de Michael Jackson o de Humprey Bogart, todo un trauma para cualquier mitómano que se precie Además, aquel día había tomado unas cervezas de más y me resultaba difícil esquivar a la hueste de turistas, en especial ante el Teatro Chino de Grauman, donde se plantan los tipos disfrazados de Yoda y de Buzz Lightyear, de Marilyn y Freddie Kruger. Aquellas docenas de metros que recorrí algo ebrio y asediado por tristes remedos de los mitos de Hollywood tenían la textura de los sueños o de las pesadillas. Pero el colmo fue toparme con Superman, un Superman demacrado y cincuentón con dos grandes cercos de sudor tatuados en los sobacos. El aspecto del tipo era tan pintoresco que quise retratarme con él, aunque mi mujer me hizo cambiar de idea de un codazo. Ahora lamento no haber insistido. Hace unos días supe que aquel Superman de pacotilla se llamaba Christopher Dennis, que en su juventud fue aspirante a actor y que el infortunio lo convirtió en aquel desdichado que mendigaba unos dólares a cambio de una fotografía. El aspirante a Hombre de Acero apenas llegó a Hombre de Hojalata. También supe que hace poco encontraron su cadáver en un contenedor de basura. Christopher Dennis quiso ser Christopher Reeve, pero tuvo que conformarse con compartir su trágico destino. Sin embargo, para mí siempre será una leyenda.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 29/11/2019

Silencio



El lunes pasado noté algo extraño al llegar a clase. Mis alumnos estaban abrazándose en la puerta. Lo hacen a menudo, pero estos abrazos eran distintos. Eran abrazos de consuelo. Algunos incluso lloraban. Ya en el aula, la sensación no podía ser más desoladora: caras tristes, ojos enrojecidos y, lo más escalofriante de todo, un silencio absoluto. Los profesores no estamos acostumbrados al silencio. A veces lo reclamamos, incluso lo exigimos, pero cuando uno se planta delante de treinta adolescentes desencajados y mudos es que algo terrible ha ocurrido. Pregunté discretamente y me respondieron con evasivas. Pensé que era preferible seguir con la clase y dejar las preguntas para otro momento. Y así transcurrió la hora, con las emociones a flor de piel, aplastados bajo un silencio que era como una espesa capa de tristeza que nos cubría a todos. Más tarde lo supe. El viernes anterior había muerto un antiguo compañero suyo, un chico que estuvo en el instituto hasta hace un par de años. Un accidente de tráfico en la avenida de España. Dos muchachos en una motocicleta. Un choque contra otro vehículo. Nada se pudo hacer por el joven que conducía la moto. Uno de mis alumnos los seguía montado en una bici y vio morir a su amigo. Apenas puedo imaginar lo que pasó por la cabeza de este chico tras el accidente. Quizás que la vida es arbitraria y cruel, y que la muerte nos alcanza a todos, incluso a los más jóvenes, a quienes menos la esperan. Lo lamentable es que seguramente tenga razón. Los adultos sabemos que el aprendizaje del duelo forma parte del proceso de madurar. Por desgracia, se trata de una lección que no se puede aprender en el instituto y, de todos modos, ellos son demasiado jóvenes para recibirla. Nada se puede hacer, salvo enviar un fuerte abrazo a los padres de ese muchacho de dieciséis años que el lunes pasado dejó su pupitre vacío.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 22/11/2019


El gallego y la gallina



Pronto se cumplirán treinta años desde que supimos de la desventura del gallego que encontró la muerte mientras practicaba sexo con una gallina. Aquella fue una de las primeras noticias a las que puede colgárseles el marchamo de «virales», y eso que ocurrió más de una década antes de la irrupción de Internet. De hecho, reunía todos los componentes para convertirse en pasto de comentarios y bromas de la noche a la mañana. Un señor que desfoga sus ardores sexuales con una gallina, una roca que se desprende, una fotografía que muestra al individuo aplastado bajo el pedrusco con el ave, también fallecida, todavía adosada a sus partes. El incidente resultaba ridículo y trágico a partes iguales, amén de lo morboso, como testimonia la imagen que lo hizo popular. En suma, una noticia viral en toda regla que data de principios de los 90. Sin embargo, el tiempo transcurrido nos permite contemplar los hechos desde otra perspectiva: la de la compasión. No me cabe duda de que las organizaciones animalistas se limitarían a compadecerse de la gallina, tildando al gallego de violador de animales inocentes que se había llevado su merecido. Yo no puedo evitar sentir lástima por el gallego, y no solo por haber fallecido tan joven (no había cumplido los 40), sino por el hecho de que la muerte lo sorprendiera en semejante trance y que ahora, casi 30 años después, nos sigamos acordando. En este país, tan dado a la mala leche y a los chascarrillos, lo peor que le puede pasar a uno no ya es morir, sino hacerlo de una manera ridícula, como le ocurrió al desdichado gallego. Puede que el protagonista de esta historia fuera un esposo y padre ejemplar, un pilar de su comunidad, pero eso a nadie le importa, y todo porque un día, en un momento de debilidad, al pobre hombre se le ocurrió cepillarse a una gallina.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 15/11/2019