La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

domingo, 28 de octubre de 2012

Negativos



Toda ruptura comporta una pérdida. Una parte de nuestras vidas se desvanece, y el naufragio arrastra consigo muchos de los objetos acumulados durante ese tiempo. Nos consolamos repitiéndonos que siempre es posible reemplazar las cosas. Pero enseguida comprendemos la falacia que contiene ese pensamiento, y lo poco eficaz que resulta como consuelo. Porque hay objetos que, más que poseerlos, nos poseen, como aquel reloj del cuento de Cortázar. Un sillón, un cuadro, un libro o hasta una humilde taza pueden contener partes de nosotros. Durante años incorporamos esos objetos a nuestras vidas, y al hacerlo los dejamos impregnados de recuerdos, de sensaciones y de sentimientos, como si nuestro yo más íntimo se expandiera y ramificara a través de la materia inerte de las cosas que nos rodean. Vivir es coleccionar y es perder, y todo coleccionista conoce bien el dolor de la pérdida. Es fácil reemplazar un libro. Es fácil reemplazar un disco. Pero nunca serán el mismo libro ni el mismo disco. No es el contenido lo que importa, sino el soporte en sí, el objeto. En el libro viejo, el que se han llevado, estaba yo. No así en el nuevo.
Todo esto cobra especial dimensión en el caso de los álbumes de fotos. Hubo un tiempo en que casi no nos retrataban. Una fotografía era algo extraordinario que se reservaba para las ocasiones especiales. El bebé posaba para el fotógrafo con su culete al aire. Unos años más tarde, el mismo niño volvía a posar endomingado de primera comunión. Y entre una imagen y otra, con suerte, habría media docena más, todas ellas en blanco y negro, todas con ocasión de algo, como piedras miliarias a lo largo del camino. Luego nuestros padres se compraron la Kodak Instamatic y la cosa cambió. Pero nadie disparaba fotos a capricho, al buen tuntún. El revelado era caro y se procuraba que cada disparo mereciera la pena. Mis fotos de la infancia aumentan a partir de mi séptimo cumpleaños, pero su cantidad permanece dentro de márgenes modestos. Ahora ya no es así. La fotografía digital ha multiplicado las imágenes, quizás de forma innecesaria. Tan solo en sus primeros días de existencia, cualquier niño es fotografiado cuatro, seis, diez veces más que un ciudadano del pasado siglo durante toda su vida. Aunque, como siempre ocurre, existe una generación-puente, y me refiero a la de los chicos que rondan ahora los dieciocho años, y cuya primera infancia transcurrió aún en la época de la fotografía analógica y el revelado químico.
Mi hijo pertenece a esa generación. Los primeros compases de su vida, sus primeros años, se registraron con cámaras analógicas. Sus imágenes de la infancia, con ser mucho más numerosas que las mías, no alcanzan ni por asomo el diluvio de tomas que sufre cualquier infante de ahora mismo. Bastaban tres o cuatro álbumes para contenerlas a todas. Y parte de esos álbumes desaparecieron con mi reciente ruptura. Di esas fotos por perdidas para siempre y traté de consolarme pensando que eran solamente eso, fotos, imágenes inertes de un pasado que había quedado atrás. Pero muchas veces me venía a la memoria esa foto tomada en el paseo de la Feria una primavera, con el niño en brazos, yo con una cazadora vaquera que ahora no me vendría, él con un niqui a rayas y unos pantaloncitos de color crema, y sus rizos de bebé, y los ojos muy brillantes, abiertos de par en par. Recordaba esa imagen y muchas otras con la melancolía de lo perdido para siempre. Y lamentaba la pérdida por grande y por irreparable, porque no se trataba únicamente de fotos, sino de pedazos latentes de mis recuerdos y de mis afectos.
Pero ahora estoy de enhorabuena. He descubierto que existe un ingenio llamado escáner de negativos, y gracias a él estoy recuperando poco a poco todas esas imágenes perdidas, y muchas otras que nunca llegué a ver, porque en el laboratorio no las consideraron dignas de la bendición del positivado. El escáner de negativos es mi versión de la máquina del tiempo, mi modo empírico de demostrar que existe un núcleo intacto de afecto entre aquel bebé que yo sostenía en mis brazos y este adolescente malhumorado con quien, una vez más, he discutido esta mañana.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 29/10/2012

domingo, 21 de octubre de 2012

El rey del jazz



Malik Yaqub era un jazzman callejero. Y digo «era» porque acaba de fallecer de un enfisema pulmonar. Yaqub tocaba el saxofón en la madrileña plaza de Callao. Ganaba apenas lo suficiente para pagarse la pensión y no ambicionaba mucho más. Según él mismo contaba, una señora de la vecindad lo denunció porque tocaba justo en el lugar donde ella llevaba a mear a su perro. Frío y lluvia, caras anónimas que pasan sin detenerse, ruido de cláxones y motores en la Gran Vía. Y en una esquina de este cuadro pintado en ocres y grises y humo y confusión, una gota de belleza: un saxofonista negro que desgrana, con dedos expertos, una versión jazzy de Stormy Weather. La típica vida de todo músico callejero. ¿O acaso no fue así?
De Malik Yaqub he sabido por la noticia aparecida en la edición del jueves de El País, y reproducida por un contertulio mío de Facebook. Pero él no siempre fue Malik Yaqub. En su Kansas City natal lo bautizaron como Mack Spears, y dicen que con menos de veinte años disfrutaba ya de la admiración de músicos como Miles Davis y John Coltrane. Eso dicen y yo me lo creo. Se trasladó a San Francisco, y luego a los clubes de jazz de Nueva York. Y allí se metió en líos y en drogas, hasta que encontró paz y dignidad en la Nación del Islam, como tantos afroamericanos de su generación. Pero sus creencias lo llevaron también a la cárcel por negarse a ir a Vietnam. Y dicen que jamás se ha oído una big band como la que Yaqub y otros músicos reclusos formaron en el presidio de Sandstone, del que salió para abandonar de inmediato el país. Como un personaje bíblico, anduvo errante por Egipto y por Etiopía, donde el negus Haile Selassie lo coronó «rey del jazz». Y por fin vino a España y decidió tocar en la calle porque no se entendía con los dueños de los clubes. Quisieron expulsarlo, pero una campaña de los medios especializados logró que le dejaran quedarse. Recibió homenajes y tocó en varias ciudades de nuestro país. Pero Stormy Weather siguió oyéndose en plaza de Callao por encima de los ruidos del tráfico y de la indiferencia de los peatones. Hasta que un día de la semana pasada al saxo de Malik Yaqub se le rompió su pieza más importante.
«Una vida digna de un biopic», fue el encabezado que le puse en Facebook a esta noticia. Y entonces, por esas cosas del azar y de la casualidad, apareció mi amigo León Molina para contar lo siguiente: Hace un buen montón de años lo traje a los conciertos que organizábamos en el desaparecido El Nilo. Inolvidable el momento en que, en medio del silencio tras un tema, de pronto gritó a voz en cuello «yabadabadúúúú» y se lanzó a tocar el conocido tema de Los Picapiedra. Ni el grupo lo sabía, y tuvo que tirarse a los instrumentos para seguirle como podían. Tocó el tema a mil por hora, y lo fue retorciendo y transformando hasta acabar en un delirio freejazzero entre el regocijo del público, que nos pusimos a tope. El final del tema fue un clamor y un desbarre de locura, con Malik haciendo amago de seguir, la gente chillando, los músicos dejando los instrumentos con cara de risa y sorpresa y de «a este tío no hay quien lo siga»; momentos mágicos que están en la esencia y la leyenda del jazz. Descanse en paz Malik, un outsider entregado a una pasión, leyenda casi anónima en las mismas tripas de las leyendas del jazz.
Gracias por este recuerdo, León. Y gracias a Malik Yaqub, rey del jazz, príncipe del swing, sumo sacerdote del templo del soul, por el regalo de tu vida y de tu talento.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 22/10/2012

domingo, 14 de octubre de 2012

Muerte en el garaje




El otro día telefoneé a un amigo escritor que reside en un pueblo cercano a Valencia. Era una de estas llamadas que uno hace sin otro motivo que el de charlar un rato y mantener el contacto. Sin embargo, me quedé de piedra cuando, tras un rato de conversación intrascendente, mi amigo me reveló que había estado a punto de morir ahogado dentro de su propio coche. Los usos sociales no nos adiestran para situaciones como esta, de modo que rompí a reír con la esperanza de que me estuviera tomando el pelo. Por desgracia, no era así, aunque él también estalló en carcajadas. Y siguió riendo mientras me relataba una de las historias de la vida real más espeluznantes que he oído en los últimos tiempos.
Me dijo que el día de autos le habían entregado su nuevo coche, un modelo flamante que descansaba en su garaje junto al pequeño utilitario que el matrimonio emplea para los desplazamientos cortos. Era viernes, aquel viernes de hace un par de semanas en que llovió tantísimo. Pero en Valencia fue mucho peor. Allí las precipitaciones fueron de tal magnitud que el alcantarillado no daba abasto para evacuar tanta agua. Su esposa y él empezaron a preocuparse al comprobar que su chalet se había convertido en una especie de navío varado, y que su jardín había quedado sumergido bajo una riada de proporciones bíblicas. Fue entonces cuando acordaron calzarse unas botas de agua y bajar al garaje para tratar de poner a salvo ambos coches (recordemos que uno de ellos lo habían recogido apenas unas horas antes). Mala idea, porque la situación empeoraba a tal velocidad que más les habría valido usar un equipo de buceo. La esposa de mi amigo, no obstante, logró subir por la rampa con el utilitario pequeño, aunque se vio obligada a sortear varios contenedores de basura que bajaban arrastrados por la embravecida corriente. Él no tuvo tanta suerte. La puerta del garaje se quedó bloqueada, el agua entraba ya dentro del coche y el motor estaba muerto. Desde el exterior, su esposa le hacía gestos frenéticos para que saliera de allí. Pero, ay, la presión del agua era tan grande que no había forma de abrir la puerta del vehículo. Era como si una mano gigantesca la empujara desde fuera. A todo esto, el agua superaba ya el nivel de las ventanillas, y él comenzaba a sentirse como Leonardo DiCrapio en la última media hora de la película Titanic. «¡Saaal, por Dioooos!», gritaba ella, y mi amigo juzgó que su esposa era demasiado joven para convertirla en viuda prematura, de modo que reunió todas sus fuerzas en un último y desesperado empellón que logró desbloquear la puerta del coche unos centímetros. El agua penetró en tromba dentro del habitáculo (junto con otros objetos, como botellas vacías y una especie de engrudo que al principió no identificó). Sin embargo la presión se había igualado en ambos lados y ya era posible abrir la puerta por completo y salir de aquella trampa acuática. Conforme se ponía a salvo nadando, mi amigo comprobó que lo que había bloqueado la puerta no era solo el agua, sino también los doscientos últimos ejemplares de cierta novela suya que la editorial había decidido descatalogar, y que aguardaban un mejor destino guardados en cajas dentro de su garaje. Ahora esos cientos de kilos de papel flotaban libremente, convertidos en una masa gelatinosa y tumefacta. Nadie que yo conozca ha estado tan cerca de morir a causa de la literatura.
«Imagínate mi artículo en la Wikipedia», dijo mi amigo para concluir. «Sin salir de su propio garaje, el autor pereció aplastado por los ejemplares liquidados de su segunda novela y ahogado como una rata». No pude contestarle. Apenas tuve tiempo para salir corriendo hacia el baño, porque, con tanta agua y tanta risa, estaba a punto de perder el control de mi vejiga. Luego me vino a la mente un pensamiento filosófico, aunque poco consolador: «Por la mañana te levantas y tienes coche nuevo. Por la tarde estás muerto». Qué extraña es la vida.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 15/10/2012

Nota: El consejo de los expertos es que, en caso de hundirte en el agua dentro de un coche, intentes salir lo antes que puedes, sin esperar a que las presiones se igualen, porque si no probablemente te encontrarás esperando el día del Juicio Final. Dejo un vídeo ilustrativo de la serie británica "Top Gear".




domingo, 7 de octubre de 2012

Ubicuidad



Me declaro un entusiasta de Google Street View. Doy por hecho que la mayoría de los lectores saben de qué estoy hablando. Por si no fuera así, aclaro que me refiero a un servicio ofrecido por el celebérrimo motor de búsqueda, una especie de telescopio mundial que permite ver, palmo a palmo, las calles de las principales ciudades del mundo, y también las de aquellas que no son tan principales, como por ejemplo la nuestra. Antes teníamos que contentarnos con los mapas. Ahora, internet nos permite introducirnos dentro del plano y echar un vistazo, o incluso darnos un garbeo virtual, ya sea por la Quinta Avenida o por la calle Tesifonte Gallego. Claro que se trata solamente de fotografías. Lo que vemos es una imagen congelada (aunque muy realista) del momento en que el coche de Google pasó por allí para registrar la calle en cuestión. Aun así, el invento no deja de desprender un cierto aroma a magia y maravilla, al menos para los que aún seguimos encandilados con esa herramienta infinita que es la red. Yo lo uso con frecuencia. Rara es la vez en que, a la hora de planear un viaje, no eche mano del Street View para saber cómo son las calles que tendré que atravesar, más allá del esquematismo bidimensional de los mapas. Me fijo en la densidad del tráfico, en la disposición de las señales, en los comercios que tomaré como referencia para doblar por esta o aquella esquina… Incluso les echo un vistazo a los viandantes, aunque Google, con laboriosidad de himenóptero, se encarga de emborronar las caras de la gente y las matrículas de los vehículos, no vaya a caerles una demanda de las de ocho cifras. Concluyendo, casi diría que realizo un ensayo general del viaje antes de ponerme al volante. Sé que con esto hace mi vida mucho más previsible y le resta emoción. Pero para mí lo inesperado siempre ha sido sinónimo de peligro, por lo que no me importa sacrificar la emoción en aras de la seguridad, sobre todo cuando estoy al volante. Cosas de hacerse mayor.
Hasta aquí creo que todo es normal, y sé que muchos se sentirán identificados. Lo que puede que no sea tan convencional es el uso que he empezado a darle al Street View de un tiempo a esta parte. Ahora ya no me conformo con echar un vistazo antes del viaje, sino que también me demoro en regresar virtualmente a los lugares ya recorridos, calle por calle, plaza por plaza, cada parque, cada fachada y cada portal, cada comercio, y hasta cada árbol, banco o papelera. Y así, una vez concluido el viaje, emprendo un segundo viaje sin abandonar el estudio donde está mi ordenador, un viaje ensimismado y solitario, pero tanto o más placentero que el original. Con frecuencia este viaje de mentira restituye a mi memoria el otro, el de verdad, y con un grado de detalle y realismo al que son ajenos las fotografías y los vídeos que pueda haber traído conmigo. Google me permite avanzar y retroceder, alzar la vista y mirar a los lados, y tengo la sensación de que soy capaz de oler las calles, de oír las voces y los rumores de esas ciudades lejanas que ya solo existían como retazos en mi memoria. Les pongo caras reales a esos rostros emborronados con los que me cruzo a cada clic de ratón. La ciudad vuelve a mí y yo vuelvo a la ciudad, a todas las ciudades cuyas calles he medido con mis pasos, ya sea hace un par de meses o hace treinta años. Y allí estoy de nuevo, pero esta vez ubicuo y omnipotente, como si mi vista abarcara el mundo entero. Soy el poseedor de las botas de siete leguas del cuento infantil, o mejor aún, de ese aleph del relato de Borges, un punto del espacio desde el cual son visibles todos los lugares del universo, con absoluto detalle y vertiginosa simultaneidad. El aleph de Borges se hallaba en el sótano de un edificio de la calle Garay, en Buenos Aires. El mío está aquí mismo, sobre mi escritorio. Lo estoy mirando ahora. 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 8/10/2012


lunes, 1 de octubre de 2012

Diseño inteligente



Tengo observado que la mayoría de las noticias tontas y estrambóticas nos llegan desde los Estados Unidos. No sé si aquella nación (tan admirable por otro lado) es especialmente proclive a la tontería o si el problema es, más bien, la magnitud de aquel país y la fuerza de sus mass media. La cuestión es que cualquier sandez que en otro sitio pasaría desapercibida allí adquiere de inmediato el rango de noticia internacional, como si resultase amplificada por una descomunal caja de resonancia. Un ejemplo es esa doctrina denominada «creacionismo», que refuta a Darwin en virtud de supuestos hallazgos incontrovertibles, por ejemplo las huellas de un dinosaurio y de un ser humano en el mismo estrato geológico, lo que viene a tener tanto rigor científico como un episodio de Los Picapiedra.  Un desarrollo algo menos cateto de esta doctrina es el denominado «diseño inteligente», según el cual la complejidad y la perfecta arquitectura del universo excluye el azar y demuestra la existencia de una voluntad superior, un plan divino. Tomemos, por ejemplo, la perfección del ojo humano, en el que no se observa redundancia alguna, en el que la alteración de cualquiera de las partes destruye la funcionalidad del conjunto. Sin negar la existencia de la evolución, el diseño inteligente propugna la necesidad de un Gran Ingeniero que ordene y dé sentido el proceso, más allá del ciego azar que representa la selección natural.
Para la inmensa mayoría de los investigadores serios, esto no es más que cháchara pseudocientífica. Por cada ejemplo de diseño funcional, cualquier médico o biólogo podría ofrecer diez contraejemplos mucho más concluyentes, y eso sin necesidad de abandonar el ámbito del cuerpo humano: el apéndice, un órgano vestigial y sin función conocida, salvo la de poner en peligro nuestra salud cuando menos lo esperamos, los errores y albures en la transmisión de nuestro código genético, que tantas enfermedades y malformaciones provocan, la imperfección de nuestra estructura ósea y las dolencias asociadas a nuestra posición erguida, o incluso un defecto de diseño tan elemental como el hecho de que, en las hembras humanas, el aparato reproductor y el aparato excretor se encuentren a apenas cuatro centímetros de distancia (calculado a ojo, no he usado regla), lo que supone un riesgo de infección grande y permanente.
Sin necesidad de ser biólogo, a mí también se me ocurren varias mejoras sencillas que harían nuestra vida mucho más fácil y placentera, mejoras en las que el Gran Ingeniero no parece haber reparado. Sería estupendo, por ejemplo, que pudiéramos desconectar nuestros sentidos a voluntad, igual que desconectamos un micrófono o una cámara de vídeo. La cantidad de olores nauseabundos, de imágenes desagradables y de molestias que nos ahorraríamos de ese modo. Cualquier profesor sueña con poder desconectar su sentido del oído de vez en cuando, en tanto que ello supondría una fuente inagotable de paz y de bienestar. Yo, en concreto, podría volver a dormir la siesta, lo que me resulta imposible desde que las hijas de mis vecinos han elegido esa franja horaria para escuchar insoportables éxitos latinos a todo volumen (maldito error, maldita luna, que me desangra y me tortura).
Aunque, bien mirado, casi prefiero conservar este defecto de diseño y no ser capaz de desconectar mis sentidos a capricho. Tal y como están las cosas, la tentación sería demasiado grande, y me pasaría el día sin querer ver ni oír nada, y de ese modo no tendría nada que decir, como los tres monos de la tradición japonesa que tantas veces hemos visto reproducidos en ilustraciones y figuras. Así nos querrían ver nuestros gobernantes, como los monitos de marras, incapaces de ver ni oír, y perfectamente silenciosos ante tanto desmán, tanta injusticia y tanta manipulación. Por suerte, no parece que eso vaya a ocurrir, toda vez que estamos condenados a observar, a escuchar y a extraer conclusiones, y cada vez menos dispuestos a sufrir en silencio.
Por una vez el diseño inteligente no me parece una completa estupidez, miren por dónde.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 1/10/2012

lunes, 24 de septiembre de 2012

La otra feria




La enfermedad de un familiar cercano me ha obligado a quedarme varios días en el hospital. Pero no es de eso de lo que trata este artículo. Ni siquiera del buen hacer y la dedicación de nuestro personal sanitario, aunque no por ello quiero dejar de expresar aquí mi gratitud. De lo que deseo hablar es de las visitas que reciben los pacientes hospitalizados. ¿Quién habría imaginado que el hospital recibiera tantos visitantes como el círculo interior durante un fin de semana de Feria? (De acuerdo, tal vez exagere un poco, pero la analogía me parece válida).
La cosa empezó durante la angustiosa espera en urgencias. Aunque puede que esta sea la parte más previsible y lógica de la historia. Un servicio de urgencias siempre posee cierta atmósfera de bullicio y desorden que recuerda a la de las películas bélicas. Y todos estarán familiarizados con la expresión «allí había más gente que en la guerra», lo que ha cobrado un nuevo sentido desde que nuestros gobernantes empezaron a blandir la tijera. En fin, que allí había más gente que en la guerra. Y todos hablaban a gritos, bien entre ellos o a sus teléfonos móviles. Algunos hasta reían y bromeaban mientras media docena de niños correteaban entre la multitud. Y hasta tuve el privilegio de asistir al desgarrador soliloquio de una anciana que esperaba sentada en una silla de ruedas. La buena mujer acusaba a sus hijos de querer deshacerse de ella para quedarse «con sus perras», y de otras muchas crueldades que prefiero silenciar. Mientras tanto una de las hijas, la que la había acompañado, asentía entre triste y resignada. Hasta aquí todo normal.
Lo que considero menos aceptable es lo que encontré cuando a mi familiar lo trasladaron por fin a planta. Tengo entendido que en los hospitales anglosajones no se permite que los familiares permanezcan con los pacientes fuera del horario de visitas. En nuestro país, sin embargo, se da por sentado que los enfermos gozarán de la ayuda y la vigilancia permanente de alguna persona cercana. Nuestra idiosincrasia no lo concebiría de otra manera, y el sistema sanitario cuenta con ello para su funcionamiento cotidiano. ¿Pero en qué ayudan esas manadas de visitantes que empiezan a llenar los hospitales desde buena mañana y se quedan hasta bien entrada la noche?
Mi familiar compartía habitación con otros dos enfermos, cada uno de ellos con su correspondiente cuidador. Tenemos, por tanto, un aforo fijo de seis personas. Pues bien, hubo momentos en que llegué a contar hasta dieciocho personas en la habitación, visitantes sin duda bienintencionados, pero cuya ruidosa presencia perturbaba el descanso y la intimidad de los pacientes y, sobre todo, dificultaba el trabajo del personal sanitario. Como profesor, trato de imaginar lo que ocurriría si cualquiera pudiera entrar a mis clases como Perico por su casa. Sin embargo, los médicos, enfermeras y celadores se ven obligados a sortear auténticas multitudes para poder prestar los cuidados necesarios a los enfermos. En ocasiones, tienen que pedirles a las visitas que abandonen la habitación, pues no resulta ni decoroso ni aséptico hacer una cura o colocar una sonda mientras una caterva de visitantes observa el procedimiento. Entonces, los parientes y amigos trasladan la reunión a los pasillos, donde siempre reina un bullicio completamente incompatible con el propósito primordial de cualquier centro sanitario. En las terrazas, la gente toma el fresco y disfruta de un pitillo. Y los ubicuos niños corretean y juegan tirados en el suelo ante la mirada risueña de sus padres, que parecen ignorar que un hospital es un lugar repleto de gérmenes, y que los pequeños son mucho más vulnerables a las infecciones que los adultos.
No quiero parecer un cascarrabias pero ¿no habría manera de limitar las visitas en nuestros hospitales, como parecen aconsejar la buena práctica médica, la eficacia y el sentido común? Todos sabemos que el nuestro es un pueblo sociable y amante de la jarana, pero un centro sanitario no es un lugar de esparcimiento. Para eso está la Feria, oigan. 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 24/9/2012

viernes, 21 de septiembre de 2012

La Feria y el tiempo



A mí la Feria, verán, ni fu ni fa. Desde que no soy capaz de permitirme los excesos de la juventud, casi prefiero evitarla. Más bien me incomoda el gigantesco caos que cada año sacude el recinto ferial y salpica al resto de la población de ruido y suciedad. Desde que el final de la Feria se solapa con el principio del curso escolar, me deprime ir al instituto por las mañanas y encontrarme con las manadas de jóvenes beodos que empiezan a recogerse a esas horas. Y, sin embargo, este año he participado en la cabalgata, en la batalla de flores y hasta en la ofrenda. Y lo he hecho vestido de manchego, para más inri. Lo de vestirme de manchego para mí era tan inconcebible como ponerme un traje de lagarterana. Pero mucha gente que me conoce puede dar fe de que el día siete hice todo el recorrido, desde el parque hasta el pincho, detrás de la carroza número 29, la de la peña de Los Manchegos. Es más, en algunos momentos incluso ensayé algunos pasos de una improvisada danza regional (no sé si una manchega o una jota, porque no comprendo muy bien la diferencia). Vaya si lo hice. La pregunta es, ¿por qué? Pero no tengo respuesta. Sencillamente lo hice.
Lo hice y disfruté (aunque acabara con los pies destrozados por culpa de las malditas alpargatas). Y en algunos momentos mi memoria se llenó de imágenes de aquellas ferias de la infancia, especialmente del día de la apertura, que para mí era incluso más anhelado que el día de Reyes, cuando se abrían de par en par los balcones de la casa de mis abuelos, que se asomaban a la calle de la Feria, frente al cine Cervantes, y nos invadía una multitud de parientes y conocidos a quienes no les veíamos el pelo durante el resto del año, aunque no por ello dejaban de acudir a la cita de la apertura con su ofrenda de la bandejita de pasteles, y allí estaba yo, con siete u ocho años, ejerciendo de anfitrión con todos aquellos adultos a los que apenas conocía, dejándome embriagar por ese aire que olía a anticipación y a fiesta, contemplando cómo la muchedumbre se adensaba en las aceras, preguntando la hora cada dos minutos, hasta que la música y los tambores empezaban a barruntarse a los lejos, tal vez a la altura de la catedral, y luego el rugido de las motocicletas de los policías municipales que abrían el desfile, y la figura alienígena de los gigantes y los cabezudos, y por fin sucumbiendo a la feliz locura de la cabalgata, al clamor y los aplausos de la gente, a la lluvia de confeti y de serpentinas, y luego la batalla de petardos y los juegos y las carreras con mis primos una vez pasada la cabalgata, cuando la calle de la Feria quedaba cerrada al tráfico y los barrenderos no habían venido aún para retirar el papel de colores, y un ejército de familias, de parejas, de grupos de amigos ponía rumbo hacia el paseo y el recinto ferial, lo que constituía casi un rito de tránsito para cualquier albaceteño, algo mucho más esencial y lleno de significado que las doce uvas del Año Nuevo.
Luego vendrían todos esos años en que la Feria ni fu ni fa. Pero este año, sin embargo, me ha dado por vestirme de manchego y participar en la cabalgata, en la batalla de flores y hasta en la ofrenda, y eso que soy agnóstico hasta las trancas. Y ha sido extraño, gozosamente extraño, como un encuentro imposible entre el niño que esperaba impaciente la llegada de la cabalgata y este hombre que cuarenta años después teclea estas líneas, ambos mirándonos a los ojos a través de la cortina del tiempo, como si esta se hubiera convertido de pronto en un tenue visillo, y todo por obra de este milagro tumultuoso y recurrente que en Albacete llamamos nuestra Feria

Publicado en La Tribuna de Albacete el 17/9/2012