La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

lunes, 18 de abril de 2016

De niños y móviles





He observado un curioso fenómeno en las últimas presentaciones literarias a las que he asistido. Me refiero al número creciente de personas que olvidan apagar sus móviles. Lo de que las presentaciones y otros eventos sean amenizados por auténticas serenatas de tonos de llamada se ha vuelto tan habitual que, más que indignación, tiende a provocarnos indulgencia. No hay más que observar el apuro del propietario del dispositivo mientras se afana por dar con la combinación de teclas adecuada para silenciar la musiquilla. Con todo, sigo pensando que dar lugar a semejante situación constituye una gran falta de respeto y de urbanidad que debería castigarse de algún modo, por ejemplo con una lluvia de collejas administrada por las personas que rodean al culpable de la transgresión, con el toque final de un suave insulto pronunciado por el orador (con un «imbécil» o un «gilipollas» bastaría). Mucho más compleja y difícil de abordar es la tesitura de quien se hace acompañar de niños a las presentaciones, y luego permite que los infantes prorrumpan en toda suerte de sonidos inarticulados, exclamaciones y llantinas. En dichas circunstancias uno no puede dejar de invocar a Herodes, aunque por lo bajini, porque ya se sabe que los niños son sacrosantos, y su inviolabilidad se extiende a los adultos que los acompañan y les permiten hacer de las suyas. Es cierto que, a diferencia de un dispositivo móvil, el niño no posee un botón que permita desconectarlo. Sin embargo, puesto que hoy mismo presento mi nueva novela, aprovecho la ocasión para recordarles a los papis la posibilidad de dejarse al pequeñín en casa o, en el peor de los casos, de tomarlo en brazos al primer amago de llanto y largarse con él a tomar por saco.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 15/4/2016

sábado, 9 de abril de 2016

Señales


El mes de abril comenzó con una bola de fuego que cruzó los cielos de madrugada. Quienes la vieron afirman que, al estallar, convirtió la noche en día. En la antigüedad estos fenómenos celestes se tomaban muy en serio. Jamás ocurría nada de importancia sin el preludio de algún eclipse o cometa. Hoy esas cosas nos dan igual. Por un lado, la ciencia tiene explicaciones para todo. Por otro, nos hemos acostumbrados a vivir ajenos a la bóveda celeste. El alumbrado público ha abolido la oscuridad, y al mismo tiempo los cielos estrellados, que para nuestros antepasados estaban repletos de presagios y de historias. Hoy nos contentamos con las historias y los presagios que nos cuentan en los telediarios. Sin embargo, a los urbanitas todavía nos sobrecoge salir al campo por la noche y ver todas esas luces centelleando allá arriba. Sentimos vértigo, pero también la cálida emoción de sabernos hermanados con nuestros ancestros, quienes a buen seguro experimentaron cosas parecidas bajo el mismo cielo nocturno. En cuanto a esa bola de fuego que surcó nuestros cielos en la madrugada del 31 de marzo, ¿qué anunciaba? Por desgracia, los sacerdotes modernos han perdido la capacidad de interpretar este tipo de cosas, por lo que habrá que esperar acontecimientos. Entretanto, seamos positivos y pensemos que las cosas pueden ir a mejor. Y también que el breve tránsito de ese visitante celeste no deja de ser una buena noticia en sí mismo. Nos dicen que se trataba de un meteorito, de un simple trozo de roca escindido de un cometa. Pero el hecho de que eligiera nuestros cielos para dejar su estela de luz no deja de ser un acontecimiento prodigioso, casi un milagro. Quizás los afortunados que lo observaron tuvieron la fugaz certeza de que detrás de este caos en el que vivimos existe algún propósito. Quizás.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 8/4/2016





sábado, 2 de abril de 2016

Entre rejas


Pasan los días y el alcalde sigue haciendo oídos sordos a la petición ciudadana, canalizada a través de la plataforma Change.org, para devolver a su emplazamiento original las rejas del edificio de la calle Concepción. Se trata, como seguramente sabrán, del hermoso edificio que ocupa el número 11, el que hace esquina con Marqués de Molins, proyectado en 1926 por el arquitecto Julio Carrilero. Según explica el historiador Luis Guillermo García-Saúco, impulsor de la petición, dicha rejería fue forjada por el artesano José Tejados, quien realizó su aprendizaje en Barcelona en el ámbito de Gaudí, y ha lucido en su emplazamiento original durante los últimos 90 años, es decir, hasta que recientemente una clínica dental adquirió el local de la planta baja. No parece que una clínica dental precise de escaparates. Aun así, a estos odontólogos les sobran las históricas rejas, que quizás ocultarían sus vinilos de bocas sanas y sonrisas profidén. De lo que no anda sobrada esta ciudad es de patrimonio arquitectónico. No sé si han tenido ocasión de ver el edificio en su estado actual, pero la impresión es que la fachada ha sido despojada de algo esencial, al igual que todos los ciudadanos de Albacete, que crecimos con ese elemento como parte del nuestro paisaje urbano. Javier Cuenca se escuda en pretextos de tipo técnico y se muestra muy ufano porque ha conseguido salvar las rejas (según él) para el disfrute de todos los ciudadanos. Sin embargo, pensamos que el disfrute sería mucho mayor si las rejas volvieran a su lugar de origen. Esta restitución sería, además, un modo de mostrar cierta sensibilidad y algún respeto con el patrimonio común del pueblo de Albacete, en lugar de enarbolar la piqueta al estilo de aquellos ayuntamientos franquistas responsables del expolio arquitectónico de nuestra ciudad.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 1/4/2016

domingo, 27 de marzo de 2016

El moranco y el leopardo



Puesto que la Semana Santa es, de antiguo, época de sacrificios, a algún que otro famosete le ha dado por inmolarse en esa gran pira que son las redes sociales. Me refiero, en concreto, a César Cadaval, componente del dúo «cómico» Los Morancos. No contento con practicar el humor más chabacano y casposo del momento, a Cadaval no se le ha ocurrido nada mejor que difundir una foto suya en la que aparece muy sonriente, con un fusil en la mano y un leopardo abatido a sus pies. Salvando las distancias de rango del cazador y volumen de la pieza cobrada, la imagen recuerda mucho a aquella que supuso el principio de la caída en picado del rey emérito, la famosa foto del elefante. De hecho, parece que la imagen del rey y la de Cadaval fueron tomadas en el mismo lugar, un coto de Botsuana donde los ricos españoles acuden a dar rienda suelta a sus instintos de matarife a costa de la fauna africana salvaje. El monarca elefanticida ya recibió estopa en su momento, pero el comediante sevillano tampoco se ha ido de rositas, ya que le han dado hasta en el deneí vía Twitter y otros mentideros. Y yo que me alegro del castigo público recibido por este energúmeno que disfruta acribillando grandes felinos, y encima exhibe sus bárbaras hazañas sin el menor pudor, pensando tal vez que alguien le va a reír la gracia. Creo que Cadaval todavía no se ha atrevido a dar la cara, pero supongo que su coartada será la misma que suelen esgrimir los cazadores, aquello de que ellos son los auténticos amantes de la naturaleza, y no los ecologistas esos. Parece que el concepto del amor que tienen algunos es liarse a tiros con todo lo que se mueve. 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 25/3/2016

viernes, 18 de marzo de 2016

'Old Nick"


El profesor Nicholas Goddard, titular de la cátedra de ingeniería química de la Universidad de Manchester, ha saltado a los medios porque uno de sus alumnos lo descubrió actuando en una película porno. Ahora se ha sabido que no es una, sino varias docenas, las cintas de este género que Goddard, a sus vigorosos 61 años, ha protagonizado bajo el pseudónimo de ‘Old Nick’. Si se mira el asunto sin prejuicios morales, uno no puede evitar admirarse del estupendo trabajo de fin de semana que el buen señor se había buscado para completar su sueldo de la universidad. Pero las cosas nunca son tan fáciles, y las autoridades académicas han castigado a Goddard por su doble vida apartándolo de su puesto. En cuanto a sus alumnas, algunas han declarado que no volverán a asistir a ninguna clase que él imparta. El caso recuerda un poco al de ese profesor de química de ficción llamado Walter White que protagonizaba la serie Breaking Bad. Diagnosticado de cáncer, White decidía asegurar el futuro de su familia usando sus habilidades como químico para fabricar metanfetamina. Goddard, en cambio, decidió rentabilizar sus cualidades amatorias, no sabemos si por motivos económicos, por ocio o por una combinación de ambas cosas. La diferencia es que la fabricación de drogas es ilegal y el fornicio no lo es, siempre y cuando se practique con consentimiento mutuo y entre mayores de edad (la presencia de la cámara es opcional). Lo que me extraña es la ingenuidad del profesor Goddard al pensar que su pluriempleo no iba a conocerse antes o después, con el escándalo consiguiente. ¿Es que no ha oído hablar este señor de Spiderman o de Batman? ¿Cuándo se ha visto que un superhéroe como Dios manda prescinda de la máscara? 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 18/3/2016

George Martin


El miércoles pasado nos desayunamos con la noticia de la muerte de George Martin. Y siendo uno (permítaseme el palabro) biteliano hasta la médula, el óbito no podía dejarme indiferente. Me vinieron a la memoria las imágenes de esos documentales (la mayoría de ellos en blanco y negro) en los que la banda de Liverpool realizaba alguna de sus legendarias grabaciones. En estas imágenes casi siempre está presente un señor muy pulido y repeinado, cuyo aspecto de alto ejecutivo no pega ni con cola con el de los jóvenes músicos, cada vez más greñudos y excéntricos. George Martin suele permanecer en la cabina de grabación, separada del estudio por una ventana de cristal, como un zoólogo que estudia a una familia de primates en cautividad. Mientras los Beatles bromean, conversan y prueban distintos arreglos, Martin maneja los controles de una primitiva mesa de grabación y hace algunas observaciones a través del micrófono con su educado acento de gentleman de clase alta. Al final de la sesión, el productor se reúne con los músicos para comprobar el resultado. Y (¡magia!) ahí están Nowhere Man, o Eleanor Rigby, o A Day in the Life. En definitiva, la magia de los Beatles que todos conocemos. Y ocurre que el quinto mago no nació en Liverpool, sino en Londres, y murió el miércoles pasado con noventa años cumplidos. Paul McCartney evoca su figura en la cuenta de Facebook del grupo. Recuerda aquel día que llegó a los estudios de Abbey Road con una nueva canción que pensaba grabar con un simple acompañamiento de guitarra. «Podemos añadir un cuarteto de cuerda», propuso Martin, a lo que Paul se negó recordándole que ellos eran una banda de rock. «Bien, probemos de todos modos. Siempre estamos a tiempo para no usarlo». Al día siguiente grabaron Yesterday. Se nos ha muerto el quinto Beatle. Ya solo nos quedan dos.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 11/3/2016

viernes, 4 de marzo de 2016

Leonardo y el oso


Leonardo DiCaprio se compra una escopeta y se va al bosque a cazar osos. Cuando lleva un buen rato deambulando entre los árboles con el arma en ristre, nota unos golpecitos en el hombro. Al darse la vuelta se encuentra con un enorme oso grizzly que lo mira con ojos tiernos, y a continuación lo viola salvajemente (recordemos que se trata de un oso). Dolido física y moralmente, Leonardo se compra un fusil de asalto AK-47 y vuelve al bosque para tomar venganza. Durante horas busca al oso en vano, hasta que de repente le dan unos golpecitos en el hombro y, al girarse, se da de bruces con el oso, que lo empotra violentamente contra un pino y consuma de nuevo el ignominioso acto. Furioso y humillado, Leonardo DiCaprio contacta con un traficante de armas que le suministra un bazuka anticarro con el que se adentra de nuevo en la espesura en busca del oso. Pero el plantígrado no solamente vuelve a sorprenderlo y abusar de él, sino que llama a un amigo para que se ponga también las botas a costa del pobre Leonardo. Al oscarizado actor ya no le interesan los galardones ni los guiones escritos especialmente para él ni las llamadas de Scorsese. Lo único que quiere es hacer pedazos ese condenado oso que se sirve de él como un juguete erótico. Así pues, contacta de nuevo con el traficante y esta vez le compra un cañón antiaéreo de 40 mm. Empujando como puede el pesado armatoste, se interna una vez más en el bosque. De pronto (cómo no) nota unos golpecitos en el hombro. «¡Hombre, Leonardo! —le dice el oso muy risueño—. ¡Tú por aquí!» DiCaprio se ha quedado mudo por la sorpresa, y entonces el oso añade: «Por cierto, me parece que tú no vienes al bosque para cazar».

Publicado en La Tribuna de Albacete el 4/3/2016