La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 5 de diciembre de 2014

Libros

La semana pasada se celebró el día de las librerías, si bien la palabra “celebrar” se me figura inoportuna en este caso. El sector sigue registrando una caída en picado que nadie parece capaz de atajar, ni las editoriales ni los gremios de libreros ni, por supuesto, el gobierno del Partido Popular, cuya política cultural guarda grandes similitudes con la de Atila, rey de los hunos. Se invocan el fantasma de la crisis y las descargas ilegales de ebooks como las causas principales de la espantada de los lectores, pero la cuestión de fondo es si en este país hay lectores suficientes para mantener esta industria, tan necesaria como decadente. Las editoriales y librerías parecen pensar que no, como demuestra la avalancha de esos títulos escritos por personas que no son escritores para un público de no lectores (tomo prestada la idea del excelente artículo de David Torres titulado “Mamá, quiero ser novelista”). Así las cosas, es muy probable que las próximas Navidades volvamos a ver la irrupción de Mariló Montero en los primeros puestos de las listas de ventas, y esta vez ni siquiera se trata de un libro de cocina.
     Yo soy de los que piensan que para mantener en funcionamiento las imprentas primero es necesario formar lectores, tarea que compete a padres y a profesores, desde luego, pero en la que las editoriales de libros juveniles no están exentas de responsabilidad. La receta actual consiste en comprar derechos de novelas que ya han triunfado fuera, y luego seguir ordeñando la vaca con variaciones ad nauseam de lo mismo, productos clónicos que no aportan nada a las sagas originales excepto mediocridad y hastío, pero que los adolescentes consumen con la misma avidez que las palomitas en el cine. El problema es que así no se crean lectores, tan solo consumidores de ficción facilona que, con el tiempo, volverán la vista hacia otros productos que aún les cueste menos digerir. O como mucho leerán a Mariló Montero.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 5/12/2014

domingo, 30 de noviembre de 2014

Black Friday


Hoy es el «Black Friday», es decir, el «viernes negro». Supongo que el nombre le viene porque en los EE UU, tal día como hoy, se produce el pistoletazo de salida de las compras navideñas, con lo que ello supone de penuria y ruina económica para los tiempos venideros, en claro paralelismo con el «martes negro» con el quedó inaugurada la Gran Depresión del 29. El viernes negro se caracteriza porque es posible encontrar chollos en las tiendas, sobre todo en las grandes superficies y en internet, un anzuelo que muchos tragan y no sueltan hasta el final de las fiestas o hasta quedarse pelados por completo, lo que venga primero. Lo que yo querría es que este viernes negro fuera posible adquirir otras cosas aparte de ropa y cachivaches electrónicos. Quisiera que se pusiera en venta un repelente eficaz para tramposos y embaucadores, y que se vendiera muy rebajado para que todos pudiéramos comprarlo. Que los escaparates se vaciaran de sinvergüenzas, y que los televisores en oferta no mostraran una sola imagen del pequeño Nicolás ni de ningún otro fantasmón de los que acaparan los horarios de máxima audiencia. Quisiera ver una oferta masiva de puestos de trabajo, de viviendas dignas a precios asequibles, de justicia y de fraternidad (ese concepto que todos se empeñan en llamar «solidaridad», como si nunca hubiera habido una revolución en Francia). En la mejor tradición de los buenos deseos navideños, me gustaría que en este país empezaran a ser baratas la honradez y la decencia, porque así todo el mundo tendría su ración de ambas, y que a los tramposos y los mentirosos y los canallas en general les salieran muy caros sus chanchullos. Tal vez peque de ingenuo, pero estoy convencido que todas estas cosas tendrían aún más compradores que los décimos del sorteo de Navidad. ¿Para cuándo un «Black Friday» de todo lo que realmente nos hace falta?

Publicado en La Tribuna de Albacete el 28/11/2014

viernes, 21 de noviembre de 2014

Interstellar


Me siento todavía aturdido tras ver «Interstellar», la última película de Christopher Nolan, y eso que ha transcurrido ya casi una semana desde entonces. La mitad de la película la pasé tan mareado como los astronautas, pero el peor momento llegó al final, cuando el protagonista se pasa un buen rato flotando por un cubo teórico donde el tiempo no es más que otra dimensión del espacio. No estoy seguro de si fue a causa de la sensación de vértigo lograda mediante los efectos especiales o más bien fue culpa del bombardeo de datos científicos (la física relativista, los agujeros de gusano, el horizonte de sucesos y la intemerata cuántica), pero hubo un terrible instante en que a punto estuve de salir disparado hacia el baño para echar la papilla, lo que me habría privado del desenlace de tan notable cinta. Y por una vez no estoy siendo irónico. Verán, los aficionados a la ciencia-ficción vivimos un drama permanente: procuramos ver todo o casi todo lo que se estrena en este género, pero lo hacemos con la seguridad de que estamos a punto de llevarnos otra decepción. Pero la última película de Nolan es otra cosa. Más allá de los alien asesinos y de las guerras galácticas, el director británico se atreve a narrar los albores de la colonización humana de otros mundos una vez que el nuestro haya quedado dañado y esquilmado sin remedio, horizonte más que probable al paso que vamos. La película tiene el tono épico de toda buena historia de pioneros. Y además llega en el momento más oportuno posible, casi a la vez que un artefacto fabricado en la Tierra se posa sobre la superficie de un cometa. Al salir del cine, uno no puede evitar elevar la vista y sentir la remota esperanza de que algún día será posible empezar de nuevo allá arriba, y a lo mejor esta vez no lo hacemos tan mal.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 21/11/2014 

viernes, 14 de noviembre de 2014

El farol de Diógenes


El filósofo Diógenes recorría el ágora portando un farol en pleno día. Según él, estaba buscando a un hombre honrado. En este país Diógenes necesitaría un reflector de los que se usan en la iluminación de los estadios. Pensemos si no en los muchos vuelos a Canarias que todos hemos sufragado para satisfacer la libido desaforada de Monago. Y ya puestos a evocar otros niveles de asco y de vergüenza, recordemos a los Granados, a los Bárcenas, a los Matas y al resto de esa fauna sin escrúpulos que ha convertido el escenario político español en un estercolero. Pablo Iglesias fue tajante en su reciente entrevista con Jordi Évole: «los padres de Podemos son el PP y el PSOE», una confesión que para mí constituye todo un alarde de honradez, pues no deja muy bien parados a las caras visibles de este movimiento que parece dispuesto a arrasar toda la podredumbre como un fuego purificador caído del cielo. Del mismo modo que los terroristas del 11-M fueron los artífices de la victoria electoral de Zapatero, los abusos de los políticos se han convertido en la fuerza vital de ese atractivo monstruo de Frankenstein que es Podemos. Y subrayo lo de «atractivo» porque a mí no dejan de seducirme la idea y sus posibilidades. La política de este país reclama savia nueva. Demasiados lobos alimentados desde cachorros en el muelle seno de los partidos. Demasiados golfos faltos de oficio y sobrados de beneficio. Pero qué gran pena sería que el sitio de los golfos y los oportunistas lo ocupasen otros de la misma calaña. La desilusión y el ansia de revancha son sentimientos muy humanos, pero mejor pensárselo dos veces antes de votar por impulsos irracionales. Estoy convencido de que hay gente honrada y capaz haciendo política. Si le pedimos prestado su farol a Diógenes, seguro que los acabaremos encontrando.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/11/2014

viernes, 7 de noviembre de 2014

Historia


Desde que el IES Bachiller Sabuco ha sido declarado instituto histórico tengo la sensación de que me ha crecido en la chepa un caparazón en forma de sarcófago egipcio. Qué no daría yo por ser capaz de revertir el calendario y verme de nuevo hecho un pimpollo, virgen en las aulas y casi en la vida, aunque en lugar de ejercer en un instituto histórico mi plaza estuviera en uno de esos centros periféricos donde el hormigón todavía huele a fresco y todo está por hacer. Pero uno ya no tiene edad para ensoñaciones inútiles. Es cierto que trabajar en un instituto como el mío imprime cierta vetustez en el ánimo. Pero qué gran privilegio el de transitar a diario por ese espacio amplio y noble que algo tiene de catedralicio, el de oír cómo los altos techos hacen reverberar las voces de los alumnos (que en esencia han sido las mismas durante las ocho décadas que el instituto lleva en pie), el de asomarse por los altos ventanales y contemplar las copas de los pinos del Parque, que eran apenas bonsáis cuando la gran verja de hierro se abrió para acoger a las primeras promociones, de las que formó parte mi propio padre y tantos padres y madres y abuelos y bisabuelos de esta ciudad. Qué gran privilegio el de sentirse eslabón de esta cadena de voces y de rostros, heredero de esta ilustre tradición de vidas consagradas a la enseñanza (como la de mi compañero Ismael González Roldán, que tristemente se apagó la semana pasada). Qué suerte, en fin, que al edifico donde uno se ha dejado la juventud le hayan reconocido la condición de histórico, lo que conlleva privilegios tales como ser enterrado en la cripta del sótano para pasarse la eternidad en compañía de las hordas de la ESO. ¿O no era eso?
Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/11/2014

viernes, 31 de octubre de 2014

Un librero


Cumplidos los cincuenta, uno ya no sabe si va o si viene. Juan Valero, sin embargo, ha decidido ahorrarse la incertidumbre y decirnos adiós una semana antes de su quincuagésimo cumpleaños, que habríamos celebrado ayer. Las emociones tienen cauces de expresión mucho más adecuados que las páginas de un diario. Tras llorar al amigo en privado, hoy queremos honrar la memoria de ese librero que, en el mundo de Amazon y de los ebook, era un auténtico bicho raro. Para mí Juan era uno de los últimos representantes de la noble estirpe de los libreros, profesión que nada tiene que ver con la de dependiente en una librería. «Un día les prenderemos fuego tú y yo», me decía con esa sonrisa suya de crío travieso. Y luego señalaba disimuladamente hacia la mesa donde se apilan todos los libros que nunca debieron existir (las memorias del titiritero mediático de turno, la último pseudonovela de Paulo Coelho…). Aunque yo sabía que eso era un farol, porque nadie amó los libros como él, y por extensión la librería que lo vio crecer y casi morir. De hecho, muchos clientes pensaban que él era el dueño de la Popular, me imagino que con el beneplácito de Ángel Collado, quien hasta el último día fue para él un amigo y casi un padre. Más de treinta años, toda una vida al servicio de ese concepto abstracto y un tanto equívoco que llamamos «la cultura de Albacete». Sin embargo, al pensar en Juan el asunto no admite duda. Trabajar por la cultura de Albacete era lo que él hacía desde el mostrador de su librería, una tarea colosal que debería obtener ahora su reconocimiento. Y con una única mancha en su expediente: él fue quien me vendió mi primer ebook. Pero no te preocupes, Juan. Hoy purgaremos ese pecadillo comprando un libro de los de verdad, de los que a ti te gustaban.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 31/10/2014

viernes, 24 de octubre de 2014

Turismo


El tiempo, que anda un poco caprichoso este otoño, ha decidido que gocemos de algunos fines de semana estivales que seguramente nos birlará del próximo verano. Este último lo he aprovechado para darme una vuelta por la pintoresca ciudad de Granada, donde he realizado algunas observaciones que me apresuro a trasladarles. La primera es que el viaje a Granada tiene algo de migración, y una vez completado casi resulta inverosímil la idea de que vengamos de una provincia limítrofe. Lo que en realidad nos separa no es tanto la distancia como la orografía confabulada con la red de carreteras. Y una vez allí todo es raro, desde el acento de la gente hasta esas montañas nevadas que parecen estar ahí mismo, y que a mí se me antojaron casi un espejismo. Lo que comprobé a continuación es lo mucho que este país ha avanzado en todos los sentidos, porque cada vez es más difícil distinguir a un turista nacional de un guiri. Yo mismo ejercí un poco de guiri durante el resto del fin de semana, arrastrando mi sobrealimentada anatomía por los lugares turísticos al uso, sudoroso, achicharrado, con los pies destrozados por tanta cuesta y tanta joya arquitectónica nazarí, ojo avizor en busca de un sitio donde comprar agua o donde hacer aguas, ensimismado ante los menús que hay a la puerta de restaurantes, resignado a que saldría de allí mal comido pero bien cobrado, prisionero dentro de un tablao flamenco donde, si les soy sincero, pasé un poco de miedo. Al final, la única diferencia entre el turista de aquí y el de fuera es que el segundo habla raro, y en el caso de ciertos nacionales ni siquiera ese dato resulta significativo. Y para colmo de males no existe la solidaridad entre los turistas, que probablemente sean los seres que más desprecien a sus semejantes. En fin, que siempre resulta un alivio volver a casa y no cruzarse con un solo visitante. Y saber que, para bien o para mal, aquí solo nos tenemos los unos a los otros.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 24/10/2014