La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 20 de junio de 2008

De googles, wikipedias y pinganillos


En las aulas donde se celebran los exámenes de selectividad conectaron el inhibidor de frecuencia, y a los estudiantes tramposos se les apagaron los plomos, es decir, los pinganillos. A esos Bill Gates del copieteo debió de resultarles aterrador el momento en que se encontraron incomunicados, encerrados a solas en el cuarto oscuro de su propia ignorancia. Los profesores sabemos muy bien que los chicos nos copian con ayuda de las nuevas tecnologías. No tengo la menor idea de cuánto vale un inhibidor de frecuencia, pero dudo que el presupuesto de los colegios e institutos dé para tanto. Si acaso, podríamos pedirle al señor Barreda que nos incluya algunos de oferta en ese lote de portátiles que va a regalarnos el curso próximo. Lo único que me da apuro es que tanta onda hertziana yendo y viniendo por las aulas acabe por freírnos el cerebro a profesores y alumnos, y en el próximo informe Pisa nos hayamos salido de las gráficas, pero por la parte de abajo.

Esto del móvil, el pinganillo y el amiguete actuando como apuntador tendría su gracia si no fuera porque posee una lectura trágica. Vivimos instalados en el todo vale y el esfuerzo cero. Igual que nuestros congeladores están llenos de alimentos precocinados, nuestras cabezas rebosan de ideas precocinadas. Y digo «ideas» a falta de una palabra mejor para esas sandeces que nos asaltan desde pantallas y monitores. Nosotros nos embrutecemos con la tele y la «cultura» de consumo, y nuestros hijos hacen lo propio con el messenger y los fotologs. Echarles un vistazo a las conversaciones que los adolescentes se cruzan vía internet es asomarse al abismo. El lenguaje se simplifica y se adelgaza al mismo ritmo que las ideas que transmite. Un sms no será nunca un poema, un epigrama o una greguería. Un episodio de una serie de televisión nunca sustituirá a un buen libro (ni siquiera un capítulo de House, aunque me pese reconocerlo). Pero qué cómodo resulta desconectar la inteligencia y ver desfilar las imágenes. En este contexto digno de una novela de George Orwell, lo de copiar con pinganillo es sólo un paso más. ¿Para qué molestarse en estudiar cuando todo el conocimiento está al alcance de una pulsación de tecla?

Cualquier profesor mínimamente informado sabe quiénes son sus principales enemigos: Google, la Wikipedia y El Rincón del Vago. Ya no es posible inculcarles a los alumnos la importancia de frecuentar bibliotecas, consultar volúmenes, identificar fuentes, redactar listas bibliográficas... Igual que la música que se descargan gratis para sus mp3, los chicos entienden que el conocimiento es de todos, que está ahí, al alcance de la mano, para que cualquiera puede tomarlo gratis. Cuando les pedimos un trabajo escrito, nos resignamos al hecho de que los alumnos lo resolverán con un rápido copia-pega, sin molestarse siquiera en comprobar si las webs que han saqueado ofrecen una mínima garantía o rigor. «Voy a tener suerte», les dice Google con un guiño. Y ellos han acabado por creérselo. «Haz clic y te llevo adonde quieres ir, sin pena y sin esfuerzo». Lo terrible es que esas webs en las que nuestros estudiantes recalan probablemente no sean más que copias de copias de copias, lo que acaba enfrentándonos a una terrible posibilidad: tal vez ya nadie escriba libros ni investigue, tal vez ya no se esté generando conocimiento. Quizás desde que internet se convirtió en nuestra conciencia global (en nuestra mala conciencia global) todo lo que se publica no sea más que una copia de material original generado en la era pre-internet, pre-wikipedia, pre-estupidez. Vivimos en la wiki-cultura, somos google-ciudadanos, y quien esté libre de pecado que tire el primer pinganillo.

Con este panorama, a lo mejor lo de impedirles a los chicos que copien a gusto no es más que una monumental hipocresía. ¿Acaso hoy no copia todo el mundo? Nos hemos acostumbrado de tal modo a esta vida del «voy a tener suerte» que hasta hemos elevado a Google a los altares de la cultura. Hace diez años, dos melenudos recién graduados de Stanford aporreaban sus teclados en un garaje. Hoy se llevan el premio Príncipe de Asturias de Comunicación. Hoy nuestros chicos tratan de copiar en sus exámenes de P.A.A.U. con el pinganillo incrustado en la oreja. Dentro de diez años… ¿quién sabe? A lo mejor siguen siendo igual de burros, pero no se puede descartar que les den el premio Príncipe de Asturias. O que los nombren ministros o ministras, aunque sea de Igualdad.

Pero en mi ingenuidad prefiero pensar que no todos los estudiantes son así. Estoy casi convencido de que sigue habiendo algunos partidarios del esfuerzo, del café y de las noches en vela. Y hasta creo que he identificado al menos a media docena de ellos en las aulas donde doy mis clases. No sé si la sociedad los considerará alguna vez triunfadores. ¿Para qué tanto esfuerzo cuando hay vías mucho más sencillas y rápidas? Sin embargo, creo que la existencia de uno solo de estos chicos dignifica y llena de sentido nuestro trabajo de profesores. Al fin y al cabo, serán ellos quienes lleven la antorcha.

Publicado en el diario La Tribuna de Albacete el 20/6/2008

sábado, 14 de junio de 2008

Es... ¡el circo volante de Monty Python!


Un encuentro entre Miguel Ángel y el Papa:

—Buenas tardes, Miguel Ángel. Quería hacerte algunas observaciones sobre ese cuadro tuyo de «La última cena». No estoy muy satisfecho con él.

—Vaya por Dios, pues me costó horas terminarlo.

—No estoy satisfecho en absoluto.

—¿Ah, no? En fin. ¿Y qué es lo que no le gusta? ¿El canguro?

—¿Qué canguro?

—Está por el fondo. Pero no pasa nada. Lo puedo convertir en un apostol.

—Ajá. Ese es exactamente el problema. Los apóstoles. Los 28 apóstoles que has pintado.

—¿Demasiados?

—¡Pues claro que son demasiados!

—Bueno, sí. Pero es que quería dar la impresión de una última cena de verdad. No una cena normal y corriente o una última merienda-cena. Quería que aquello pareciera la madre de todas las cenas. ¿Me comprende?

—Había sólo doce apóstoles en la última cena.

—Bueno, a lo mejor los otros llegaron después.

—¡Doce en total!

—O a lo mejor se llevaron amigos.

—En la última cena sólo estaban los doce apóstoles y Nuestro Señor. La Biblia lo dice claramente.

—¿Y los camareros?

—No había camareros.

—¿Algún número de variedades?

—¡No!

—¡Ya lo tengo! Podemos titular el cuadro «La penúltima cena».

—¿Qué?

—Pues eso, que para que hubiera una última cena, tuvo que haber una penúltima cena. Y en la Biblia no se dice cuánta gente había en esa cena, ¿no?

—No, pero…

—Pues problema resuelto.

—Vamos a ver. La última cena fue un acontecimiento significativo en la vida de Nuestro Señor. Y la penúltima cena, no. Aunque llevaran a un prestidigitador y a una banda de mariachi. Además, lo que te encargué fue una última cena ¡Con doce apóstoles y un Jesucristo!

—¿Uno?

—¡Sí, uno! Y ahora, por el amor de Dios, ¿me puedes explicar cómo se te ocurrió pintar a tres Jesucristos en el cuadro?

—Pues porque funciona, tío.

—¿Cómo que funciona?

—Claro que sí. Los dos flacos equilibran al gordo.

—¡Hubo sólo un Redentor!

—Ya, eso lo sabe todo el mundo. ¿Pero qué me dice de la licencia artística?

—¡Quiero un Mesías y solamente uno!

—Le voy a decir lo que usted quiere, tío. Lo que usted quiere es un fotógrafo, en lugar de un artista creativo que le haga la puñeta…

—¡Te voy a decir lo que quiero! ¡Quiero una última cena con un Jesucristo, doce discípulos, cero canguros, cero saltimbanquis, y para el jueves al mediodía, o no te pago!

—¡Maldito fascista!

—¡No, lo que soy es el maldito Papa. Y a lo mejor no sé mucho de arte, pero sé muy bien que me gusta!

* * *

Ahí lo tienen. Monty Python en estado puro. Con John Cleese en el papel del Papa y Eric Idle como un peculiar Miguel Ángel que se ha tomado un exceso de libertad creativa. Un perfecto antídoto contra el muermo y la estupidez. Me gustaría volver muy pronto sobre esta genial compañía de cómicos británicos. De momento, vaya por delante este botón de muestra. Ah. Y, por si no se habían dado cuenta, los Monty Python tiene unos dignísimos epígonos en nuestro país. Se llaman Muchachada Nui y varios de ellos son de Albacete. ¿Acaso seremos los británicos de Castilla-La Mancha?

Publicado en La Tribuna de Albacete el 13/6/2007

viernes, 6 de junio de 2008

La invención de Burrows



Drew Burrows, estudiante de la Universidad de Nueva York, ha inventado una novia virtual con la que compartir la cama. Lo leí en la prensa e indagué en Google, donde averigüé, entre otras cosas, que Burrows ha bautizado su invento con el descriptivo nombre de «InBed» («EnLaCama»). El dispositivo consiste en una cama de matrimonio colocada en una habitación oscura. Sobre este lecho se proyecta la imagen de una chica dormida e inmóvil. La sorpresa empieza cuando alguien corpóreo se acuesta junto a la imagen de la joven. Entonces se activa un sensor infrarrojo que detecta los movimientos del sujeto, y la chica empieza a interactuar conforme a ellos, acurrucándose a su lado, respondiendo a sus caricias, incluso dándose la vuelta cuando el tipo se pone pesado. Visto en la página del autor, resulta bastante convincente, incluso tierno. El problema es que el vídeo que se nos muestra está tomado con una cámara cenital. Pero ¿cuál será el efecto de la bidimensional durmiente a los ojos de quien se tumba junto a ella? Supongo que entonces la ilusión se malogra, que el ansioso compañero de cama no verá mucho más que una mancha oscura, un decepcionante borrón en movimiento.
Todo esto me trae a la memoria el mito de Eros y Psique, tan socorrido en la psicología moderna desde Freud. Cuenta la historia que el dios Eros, enamorado de la princesa Psique, visita a la muchacha cada noche, y cada noche la ama en la oscuridad de su alcoba. Pero las entrometidas hermanas le dicen a la muchacha que tal vez su visitante nocturno sea un hombre monstruoso, y de ahí su insistencia en que los encuentros tengan lugar a oscuras. Finalmente, la convencen de que encienda una lámpara que revele su auténtica naturaleza. Cuando lo hace, Psique comprueba que quien la visitaba no era otro que el hijo de Afrodita, el mismísimo dios del amor. Pero el hecho de sucumbir a la tentación de desvelar a su amante comporta también su pérdida definitiva, pues al verse traicionado Eros se enfurece y la abandona para siempre. La «novia virtual» de Burrows tal vez represente un problema parecido. Vista desde arriba, es una hermosa muchacha. Pero en el momento en que nos acercamos para recostarnos junto a ella se convierte en una mancha, en nada. La realidad siempre se impone al deseo.
Lo que todavía ignoramos es la utilidad que Burrows piensa darle a su invento. De momento no es más que una instalación en una galería de arte contemporáneo. Con el tiempo, no nos extrañaría que el avispado estudiante tratara de explotarlo comercialmente como sucedáneo de una relación de pareja para personas solitarias. Podría fabricarse en ambos sexos y en una amplia gama de modelos. Usando técnicas de diseño por ordenador, podríamos tener incluso la ilusión de que quien duerme en nuestra cama es una estrella del cine, un ídolo de la música o un político famoso (no, qué horror, borren eso último). Hasta se me ocurre que las viudas y viudos podrían recuperar cada noche la imagen del cónyuge perdido. Aunque para eso la técnica debe avanzar mucho todavía. Pero no resulta descabellado un futuro en que la tecnología 3D permita que las proyecciones sean completamente realistas, imposibles de distinguir de la gente de carne y hueso. Se les podrían añadir las sensaciones de peso y de calor. Naturalmente, también se les podría dotar de sonido, aunque con la posibilidad de desconectarlo a gusto del usuario, lo que sería un gigantesco avance para las pobres señoras obligadas a aguantar en vida el suplicio de un marido roncador.
En última instancia nos es dado imaginar, no ya un compañero de cama, sino toda una familia virtual compuesta de proyecciones de gente real, personas con las que dormimos, con las que tomamos el desayuno, con las que vemos la televisión. Hijos virtuales que nos piden 20 euros virtuales cuando nos los cruzamos en el pasillo, parejas de mentira que nos profesan un amor virtual, un convincente y satisfactorio afecto en 3D. El escritor argentino Adolfo Bioy Casares, amigo íntimo de Borges, ya imaginó algo parecido en su famosa novela «La invención de Morel», publicada en 1940. Un refugiado que se oculta en una isla recibe la inesperada visita de un grupo de turistas. Los observa a escondidas temeroso de que puedan delatarlo. Incluso llega a enamorarse de una hermosa mujer que cada tarde, en la playa, contempla la puesta de sol. La muchacha lo ignora cuando intenta abordarla. Para su turbación, todos actúan como si no existiera, hasta que el hombre descubre que no son personas reales, sino imágenes proyectadas por una fabulosa máquina, filmaciones que se repiten una y otra vez. A la invención de Morel le faltaba un elemento clave: la posibilidad de interactuar con las imágenes, que en cambio sí se ha incluido en el diseño de la invención de Burrows. La pregunta es si nos gustaría habitar un mundo poblado por presencias fantasmagóricas que no nos ofrecen afecto ni compañía reales, sino únicamente simulacros de esos sentimientos.
¿O es que acaso ya vivimos en ese mundo?
Publicado en el diario La Tribuna de Albacete el 6/7/2008

viernes, 30 de mayo de 2008

Education for citizenship



Hay ocasiones en que uno cree haber alcanzado el colmo del absurdo en su vida o en su profesión y luego resulta que no, que siempre hay un paso más allá. Eso es lo que les está ocurriendo a mis colegas de la Comunidad Valenciana, que vienen a tener los mismos problemas que nos aquejan a los docentes de aquí, pero con el agravante de un gobierno regional aficionado a las bromas pesadas. Un amigo de Valencia me ha contado esta historia y juro que no doy crédito. Sigo pensando que todo esto no puede ser más que un chiste. Estoy seguro de que cualquier día recibirán una carta del señor Camps o de su Conseller de Educación, el señor Font de Mora, en la que les dirán algo así como «ja, ja, ja, innocents, innocents». Y ahí habrá acabado todo. Sin embargo, me preocupa el haber encontrado en internet una orden de la Conselleria de Educació, fechada el 16 de mayo, que parece ratificar lo que mi amigo me cuenta. Pero vamos a entrar en harina.

Todo viene a raíz de la implantación de la asignatura de «Educación para la ciudadanía» a partir del próximo curso, esa cuestión sin la cual los que escribimos columnas de prensa no sabríamos de qué hablar, y los demagogos tampoco. Y vaya por delante mi opinión de que en el fondo del asunto no hay más que un colosal error, una metedura de pata que el gobierno no ha querido o no ha sabido enmendar. Dudo seriamente que los asesores y pedagogos del Ministerio fueran capaces de prever la que se les venía encima por culpa de la dichosa asignatura, y ello a pesar de sus tortuosas mentes, cuya capacidad para el caos y la chapuza ha quedado más que demostrada. Me imagino que hasta lo hicieron con buena intención, convencidos de que estaban legislando de un modo progresista y conforme al gusto contemporáneo. El hecho de que se trate de una asignatura perfectamente inútil y ornamental carecía de importancia. Claro que luego los obispos pusieron el grito en el cielo, y las familias bienpensantes tomaron las calles en la creencia (un tanto paranoide, si me lo permiten) de que la asignatura era un medio de adoctrinamiento político y de disipación moral. Mientras tanto los señores del PP se frotaban las manos pensando en el rendimiento electoral que iban a obtener de todo aquello. En cuanto a los profesores, presuntos agentes de la corrupción de todos esos cachorros de la derecha, nos echábamos a temblar con la que nos venía encima, pues uno tiene ya asumida su condición de carne de cañón, y sabe que los gobiernos van y vienen, que los ministros llegan y se van, pero que nosotros permanecemos para capear el temporal de todos esos padres airados y ofendidos en sus convicciones morales.

Pero me estoy yendo del asunto, como de costumbre. Les hablaba de esa orden de la Generalitat Valenciana que ha logrado sacar de quicio a los profesores de allí, y eso que ya están curados de espanto, pobrets. Parece que en cierto momento alguien del Consell declaró: «Pues vale, si nos obligan a impartir esa cosa, que se imparta en inglés». La intención era la misma que si hubiera dicho «en chino» o «en suahili», es decir, hacer una broma a costa de la incapacidad de los alumnos para el aprendizaje de lenguas extranjeras y de la incompetencia de sus profesores para enseñárselas. El problema es que, a reglón seguido, decidieron elevar la broma a la categoría de ley, con lo que llegó la orden a la que he hecho referencia, según la cual, ¡la asignatura de «Educación para la ciudadanía y los derechos humanos» ha de impartirse en inglés en segundo de la ESO! Y no contentos con ello, hasta se permiten explicar la falla: «La Conselleria de Educación pretende, a través de la presente orden, dar respuesta a las demandas de una sociedad —la valenciana—, que desea avanzar hacia el plurilingüismo a través de la impartición en inglés de la materia». Impresionante tomadura de pelo a los alumnos, a sus familias y, sobre todo, al profesorado, que se convierte de este modo en víctima de las chulerías y los desplantes al gobierno perpetrados por el señor Camps y sus secuaces.

Aunque siempre he presumido de sentido del humor, y a veces la mejor forma de encajar una broma es llevarla hasta sus últimas consecuencias. Por eso les recomiendo a mis colegas valencianos que propongan a sus autoridades educativas lo siguiente: ya puestos a fomentar el plurilingüismo, ¿por qué no legislar también que la asignatura de religión se imparta en sus lenguas originales? ¿Se imaginan ustedes a nuestros galopines adolescentes discutiendo de teología en griego, leyendo el Evangelio en el latín de la Vulgata, practicando la exégesis bíblica en hebreo y en arameo? Eso sí que sería un avance educativo.

Volviendo a la realidad, no logro sacudirme la sensación de que tras este sinsentido se oculta lo de siempre: el hecho de que nuestros responsables políticos se toman la educación por el pito del sereno. Y prueba de ello es que, lo que debería ser una cuestión de Estado, se ha convertido en tema favorito de la trifulca política. Y ahora, rizando el rizo, en el argumento de una broma pesada. Visca València, che!

Publicado en La Tribuna de Albacete el 30/5/2008

viernes, 23 de mayo de 2008

El espíritu de la escalera


Me puso sobre la pista de su existencia una novela de Chuck Palahniuk, escritor norteamericano de nombre imposible, pero que tal vez les suene gracias a esa adaptación al cine que se hizo de su libro «El club de la lucha». Palahniuk (junto con Houellebecq y algunos autores más de nombre asimismo imposible) es uno de esos pocos elegidos capaces de escribir novelas-espejo, obras que nos devuelven una imagen de lo que somos, tal vez algo deformada por la sátira y la caricatura, pero no por ello menos reconocible. Son autores de amargas alegorías contemporáneas, quizás porque concentran en sus personas y en sus plumas toda la mala leche de su generación, una cualidad que yo considero imprescindible para escribir buena narrativa en los tiempos que corren. La cuestión es que Palahniuk habla de un misterioso ser cuya existencia todos sospechamos, pero cuyo nombre no conocíamos... hasta ahora.
Los franceses, que desde los días de la Enciclopedia se entretienen catalogando y poniéndole nombre a casi todo, acuñaron la expresión «esprit de l'escalier» (literalmente «espíritu de la escalera») para denominar a este ser misterioso que parece habitar en escaleras, portales y zaguanes, y que siempre nos sale al encuentro demasiado tarde, cuando ya hemos emprendido la huída. En realidad, se trata de una metáfora para lo que ocurre cuando a uno lo ofenden y se queda sin saber qué decir, o bien da una réplica tan necia, torpe y ridícula que habría sido preferible quedarse callado. Entonces escondes el rabo entre las piernas y te largas. Y cuando estás bajando las escaleras, esa especie de genio o espíritu travieso te susurra al oído esa réplica demoledora que habría dejado a tu adversario hecho fosfatina. ¿Qué no darías por poder volver y endosarle la feliz ocurrencia al individuo que te acaba de poner en ridículo? Pero comprendes que ese momento ya ha pasado. Si volvieras agravarías tu humillación con un acto infantil. De modo que sigues bajando las escaleras y deseas que el espíritu de la escalera tuviera pescuezo, pues nada te haría tan feliz como poder retorcérselo.
Claro que nosotros no somos franceses. De hecho, nuestra nación ha encontrado un sistema para invocar al espíritu de la escalera incluso a toro pasado. Me refiero a nuestra costumbre de relatar nuestras trifulcas con algunos cambios en el guión. Y es entonces, a la hora de contarles la escena a nuestro amigotes, cuando nuestro ingenio brilla con luz propia, y el que nos ha humillado recibe esa réplica implacable y envenenada, esa estocada imposible de neutralizar que nos sopló el espíritu de la escalera. «¿Pero le has soltado eso de verdad?», pregunta siempre algún imbécil. «Bueno, a lo mejor no con esas palabras», contestamos, algo preocupados por que nos pillen en un renuncio. «No me acuerdo exactamente de lo que le dije, pero en esencia era eso, sí».
La realidad es casi siempre muy distinta. Aunque nos cueste aceptarlo, la vida siempre comporta una dosis más o menos grande de sometimiento. Raro es el día en que no nos vemos obligados a tragar alguna píldora amarga, ni jornada que no traiga consigo su derrota. Padres, hijos, cónyuges, jefes, amigos, profesores o compañeros nos asestan a diario sus pequeñas cornadas, esas observaciones dolorosas o humillantes que hemos de acatar en silencio y agachando la cabeza, pues la alternativa nos abocaría a una situación mucho peor. En ocasiones incluso las recibimos de extraños. ¿Cuántas veces, en la cola del supermercado, no habremos deseado decirle un par de cosas a ese caradura que se cuela porque lleva solamente una latita o una bolsa de pan bimbo? ¿Con qué frecuencia nos asalta el impulso de darle su merecido al funcionario que nos ha tratado con prepotencia, al mozalbete que ha estado a punto de atropellarnos con su bici, al dependiente que se ha comportado de forma grosera con nosotros delante de otras personas? Después nos dará algo de vergüenza el haber encajado la humillación, y es casi seguro que el espíritu de la escalera nos hará su inevitable visita. Pero no tiene sentido desandar lo andado, tal vez porque sabemos, o al menos intuimos, que el tejido social se sustenta sobre ese sinfín de claudicaciones que la gente acepta sin rechistar. Si nos reveláramos cada vez que nos creemos pisados, la vida en sociedad sería del todo imposible. Por eso no nos sentimos unos cobardes, sino unos supervivientes.
Y además, en este país tenemos la suerte de haber inventado esa forma de arreglar las cuentas con la realidad que consiste en no contar las cosas como sucedieron, sino como gustaría que hubieran sido. Sin necesidad de ciencia-ficción, los españoles somos habitantes de realidades paralelas: las que vivimos y las que contamos. Y todo gracias a que hemos aprendido a domesticar al espíritu de la escalera, convirtiéndolo en guionista de una versión ficticia de nuestras vidas que es siempre más satisfactoria que la real.

Publicado el 23/5/2008 en el diario La Tribuna de Albacete

jueves, 22 de mayo de 2008

20 minutos en el Serengueti



Entre las calamidades que azotan al hombre moderno, existe una en apariencia trivial, pero a mi entender particularmente aborrecible. Me refiero a esa nueva forma de publicidad que ya no se contenta con interrumpir nuestros programas de televisión favoritos o con saltarnos a los ojos desde las páginas de la prensa escrita, sino que ha encontrado la manera de colarse en nuestros domicilios por vía telefónica, siempre a horas intempestivas. Y así sucede que se encuentra uno en plena siesta, buscando el reposo y el olvido de esos veinte minutos de Nirvana que el maestro Cela denominó «el yoga ibérico», ese estado de comunión con el cosmos inducido por la ingesta de legumbres y la visión de esa simpática familia de leones del Serengueti que protagoniza todos los documentales de La 2. Y entonces riiiiiing, y se acabó el Nirvana y el Serengueti, y nos incorporamos del sofá de un salto y con el corazón en la boca. Porque, claro, una llamada a la hora de la siesta por fuerza tiene que ser importante. Y descolgamos el auricular y mascullamos digaaaa con voz pastosa de alarma y de sueño. Y entonces nos responde una animosa señorita o mozalbete con melifluos acentos caribeños o rioplatenses. «Buenas tardes, ¿Sería tan amable de desirme su nombre para que pueda dirigirme a usted?» Y uno, aturdido y con un pie todavía en el Serengueti, se lo dice. «Grasias, señor Sebrián. Mi nombre es Valeria Baccarini (o Wendy Rodrigues), y le shamo en nombre de Molafone. Dígame, por favor, ¿cuántos selulares tienen en casa?» O bien: «Señor Sebrián, shamo en nombre del Banco Jones, y tengo para usted una oferta finansiera que sin duda ashará irresistible. Dígame, ¿cuánto dinero gana usted al año?» En este caso, es probable que respondamos con un exabrupto o colgando el auricular de golpe. El problema es que eso no sirve de nada, pues está comprobado que en tal caso la incombustible teleoperadora latinoamericana volverá a la carga tan pronto como cerremos los párpados.
Tengo que confesar que estas llamadas son mi talón de Aquiles. Quiero decir que me ponen de una mala uva terrible. Por ello me he decidido a perfeccionar algunos métodos defensivos que han demostrado cierta utilidad. Mi primera técnica se basa en el principio táctico de que «la mejor defensa es un buen ataque». Tan pronto como Wendy me da las buenas tardes, voy y le pregunto si conoce la Ley de Protección de Datos. Y entonces, aprovechando su sorpresa, pongo voz de inspector de Hacienda y le exijo que me comunique el CIF de su empresa y el origen del archivo por el que ha accedido a mi información personal. Con esto casi siempre basta para que desista. Pero si la teleoperadora es de la variedad recalcitrante, uso la técnica que denomino del «perturbado mental». Tan pronto como descuelgo el teléfono, alertado por el letrerito de «número privado», antes incluso de que Valeria me dedique su cantarín saludo, empiezo a gemir como si me encontrara en un estado de gran excitación sexual. Ooooh, aaaah. No hace falta más para que cuelguen y me tachen de su lista. Y a otra cosa.
Tenía yo una amiga porteña que se vino a trabajar «acá». Después de probar varios negocios sin mucho éxito, la piba decidió aprovechar la tendencia natural de su nación de darle sin tregua a la singüeso. En complicidad con varios compatriotas, dio en montar un call center, pues tal es bárbara denominación de esos negocios especializados en darnos la tabarra a domicilio. Le expresé a mi amiga (que ya no lo es) mis reparos en cuanto a la moralidad de semejante actividad. Y ella me dijo que, si no quería ser molestado, bastaba con que acudiera a una asociación de consumidores y me inscribiera en la «Lista Robinson». Tal vez huelgue la explicación, pero lo de «Robinson» es por Robinson Crusoe. Es decir, que si uno no quiere que perturben su paz doméstica, ha de declarar públicamente su vocación de náufrago. Yo más bien creo que la tranquilidad es un derecho inalienable, y que lo que debería haber es una lista en la que se apuntaran todos los masoquistas a quienes no les importe recibir llamadas comerciales a la hora de la siesta. Con dramatismo de tango o de milonga, mi amiga me reprochó mi crueldad. Luego me recordó que uno tiene que ganarse la vida, y que la de teleoperador era una de las profesiones que más estrés causan (aunque se guardó de aclarar a quién). Le respondí que lo lamentaba mucho, pero que me costaba trabajo simpatizar con sus cuitas. Es más, le sugerí que reconvirtiera su negocio dándole una orientación más ética y social, en un club de alterne, por ejemplo. Mi amiga me llamo «pelotudo» y me mandó a ese sitio. Pero mi conciencia se quedó muy tranquila. Es más, creo que todos deberíamos cooperar para dejar a las compañías y los bancos sin personal dispuestos a hacerles el trabajo sucio. Pues eso, fustiguen sin piedad a los teleoperadores. Ejerzan de Robinsones con auténtica mala leche ibérica. Todos tenemos derecho a nuestro ratito diario en el Serengueti.
Publicado en el diario La Tribuna de Albacete el 16/5/2008

Bachillerato Internacional



Al cabo de veinte años en la enseñanza, uno tiende a mirar con cierto recelo todo lo que huela a cambio o reforma. No en vano, la experiencia de los últimos lustros nos demuestra que lo más sabio que el legislador puede hacer en materia educativa (además de no consultar jamás con los pedagogos) es procurar legislar lo menos posible, dejar las cosas como están, dignarse no hundirnos más en la miseria con leyes idiotas, polémicas estériles y materias sin contenido. Valga como ejemplo la que se ha montado con la dichosa asignatura de la Educación para la Ciudadanía, una pelotera a la que ningún sector social parece ajeno, salvo quizás el más interesado, es decir, el de los profesores, que hemos asistido a todo este esperpento con la resignada indiferencia de quienes se saben condenados a pagar el pato. Con semejante panorama, no es de extrañar que cuando un político abre la boca para anunciar novedades, cualquier enseñante con algo más de unos meses de oficio se eche a temblar como un niño pequeño al que se le menciona el Hombre del Saco.

Hace ocho o nueve años, cuando el director de mi instituto (Franco Albares, era entonces) nos habló de implantar el Bachillerato Internacional en el centro, no fuimos pocos los que torcimos le gesto, pensando que estaba a punto de caernos encima otra calamidad camuflada de innovación pedagógica. Pero lo cierto es que, transcurrido este tiempo, estoy en condiciones de afirmar que algunas novedades suponen también grandes mejoras, y que esta modalidad de Bachillerato ha traído cosas excelentes consigo. Es más, me atrevería a decir que el Internacional ha hecho renacer en mis compañeros y en mí algo parecido a ese entusiasmo por enseñar que creíamos perdido para siempre, o al menos oxidado, en medio del deterioro reinante.

El Programa de Diploma del Bachillerato Internacional nació hace cuarenta años gracias al esfuerzo de un grupo de familias vinculadas al mundo diplomático y a los organismos internacionales. Eran personas que se veían obligadas a cambiar con frecuencia de país de residencia, con el consiguiente trastorno para sus hijos en edad escolar, quienes debían saltar de un sistema educativo a otro con cada mudanza. Su solución consistió en crear un programa de estudios basado en la calidad y la exigencia, que se impartiera conforme a criterios únicos en colegios repartidos por todo el mundo. Hoy en día el Programa del Diploma del Bachillerato Internacional se ofrece en 2.300 centros educativos de 127 países, y es cursado por más de medio millón de alumnos. Un pequeño grupo de esos alumnos está en Albacete, y el centro donde estudian es el Instituto Bachiller Sabuco.

En tan reducido espacio, resulta difícil resumir las peculiaridades que diferencian al Bachillerato Internacional de otras enseñanzas al uso. Cabría mencionar su alto nivel de exigencia, que presupone un tipo de estudiante organizado y sin miedo al trabajo. También la abundancia de proyectos de investigación que los alumnos deben realizar, tanto en las asignaturas de Ciencias Sociales y Humanidades como en las puramente científicas, como la Química, la Física o la Biología, que comportan horas y horas de prácticas de laboratorio. Otra seña de identidad es la «comprensividad del currículo» (y perdonen el palabro), lo que significa que se renuncia a una especialización excesiva en aras de una formación rica y amplia en una variedad de disciplinas. De este modo, todos los alumnos (sean de ciencias o de letras) han de cursar un programa de Literatura mundial con lecturas que van desde Shakespeare a Arthur Miller. Todos sin excepción estudian Matemáticas, y un curso denominado «Teoría del Conocimiento», encaminado al desarrollo del pensamiento lógico y el espíritu crítico. En lugar de un estudiante experto en un estrecho campo de conocimientos, pero limitado para todo lo ajeno a su especialidad, el Bachillerato Internacional opta por dotar a sus alumnos de una base cultural rica y sólida que les permita afrontar con garantías la educación superior, pero que al tiempo los ayude a convertirse en adultos cultos, equilibrados y conscientes del mundo que los rodea. Y todo ello con un control de calidad permanente basado en la revisión constante de las enseñanzas y del trabajo del profesorado.

Con todo, creo que la marca de fábrica más característica del Bachillerato Internacional es el hecho de que propugna una cultura de la excelencia y del esfuerzo personal, lo que hace posible que los chicos con más talento y espíritu de superación puedan desarrollarse en un ambiente que estimula sus capacidades en lugar de frenarlas. El Diploma del B.I. goza de una amplia aceptación en las universidades más prestigiosas del mundo (no tanto, por desgracia, en la universidad española). Pero más allá de la moderna preocupación por la rentabilidad inmediata de las titulaciones, pensamos que esta modalidad constituye una inversión en futuro, una apuesta por obtener la mejor formación posible, tal vez el capital más sólido que podemos legarles a nuestros hijos.

Y terminaré diciendo que para mí, como para cualquier profesor que en el fondo ame su trabajo, es un privilegio tener alumnos como los que cursan el Bachillerato Internacional en el Sabuco. Precisamente por estas fechas los chicos mayores están realizando sus exámenes para la obtención del Diploma. Sólo me queda desearles toda la suerte del mundo y darles las gracias por haber podido disfrutarlos en nuestras aulas. A veces nos olvidamos de decírselo, pero ellos saben que lo que nos dejan es mucho más de lo que se llevan consigo.


Publicado en el diario La Tribuna de Albacete el 9/5/2008