La Ley de Murphy

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Eloy M. Cebrián
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viernes, 30 de mayo de 2008

Education for citizenship



Hay ocasiones en que uno cree haber alcanzado el colmo del absurdo en su vida o en su profesión y luego resulta que no, que siempre hay un paso más allá. Eso es lo que les está ocurriendo a mis colegas de la Comunidad Valenciana, que vienen a tener los mismos problemas que nos aquejan a los docentes de aquí, pero con el agravante de un gobierno regional aficionado a las bromas pesadas. Un amigo de Valencia me ha contado esta historia y juro que no doy crédito. Sigo pensando que todo esto no puede ser más que un chiste. Estoy seguro de que cualquier día recibirán una carta del señor Camps o de su Conseller de Educación, el señor Font de Mora, en la que les dirán algo así como «ja, ja, ja, innocents, innocents». Y ahí habrá acabado todo. Sin embargo, me preocupa el haber encontrado en internet una orden de la Conselleria de Educació, fechada el 16 de mayo, que parece ratificar lo que mi amigo me cuenta. Pero vamos a entrar en harina.

Todo viene a raíz de la implantación de la asignatura de «Educación para la ciudadanía» a partir del próximo curso, esa cuestión sin la cual los que escribimos columnas de prensa no sabríamos de qué hablar, y los demagogos tampoco. Y vaya por delante mi opinión de que en el fondo del asunto no hay más que un colosal error, una metedura de pata que el gobierno no ha querido o no ha sabido enmendar. Dudo seriamente que los asesores y pedagogos del Ministerio fueran capaces de prever la que se les venía encima por culpa de la dichosa asignatura, y ello a pesar de sus tortuosas mentes, cuya capacidad para el caos y la chapuza ha quedado más que demostrada. Me imagino que hasta lo hicieron con buena intención, convencidos de que estaban legislando de un modo progresista y conforme al gusto contemporáneo. El hecho de que se trate de una asignatura perfectamente inútil y ornamental carecía de importancia. Claro que luego los obispos pusieron el grito en el cielo, y las familias bienpensantes tomaron las calles en la creencia (un tanto paranoide, si me lo permiten) de que la asignatura era un medio de adoctrinamiento político y de disipación moral. Mientras tanto los señores del PP se frotaban las manos pensando en el rendimiento electoral que iban a obtener de todo aquello. En cuanto a los profesores, presuntos agentes de la corrupción de todos esos cachorros de la derecha, nos echábamos a temblar con la que nos venía encima, pues uno tiene ya asumida su condición de carne de cañón, y sabe que los gobiernos van y vienen, que los ministros llegan y se van, pero que nosotros permanecemos para capear el temporal de todos esos padres airados y ofendidos en sus convicciones morales.

Pero me estoy yendo del asunto, como de costumbre. Les hablaba de esa orden de la Generalitat Valenciana que ha logrado sacar de quicio a los profesores de allí, y eso que ya están curados de espanto, pobrets. Parece que en cierto momento alguien del Consell declaró: «Pues vale, si nos obligan a impartir esa cosa, que se imparta en inglés». La intención era la misma que si hubiera dicho «en chino» o «en suahili», es decir, hacer una broma a costa de la incapacidad de los alumnos para el aprendizaje de lenguas extranjeras y de la incompetencia de sus profesores para enseñárselas. El problema es que, a reglón seguido, decidieron elevar la broma a la categoría de ley, con lo que llegó la orden a la que he hecho referencia, según la cual, ¡la asignatura de «Educación para la ciudadanía y los derechos humanos» ha de impartirse en inglés en segundo de la ESO! Y no contentos con ello, hasta se permiten explicar la falla: «La Conselleria de Educación pretende, a través de la presente orden, dar respuesta a las demandas de una sociedad —la valenciana—, que desea avanzar hacia el plurilingüismo a través de la impartición en inglés de la materia». Impresionante tomadura de pelo a los alumnos, a sus familias y, sobre todo, al profesorado, que se convierte de este modo en víctima de las chulerías y los desplantes al gobierno perpetrados por el señor Camps y sus secuaces.

Aunque siempre he presumido de sentido del humor, y a veces la mejor forma de encajar una broma es llevarla hasta sus últimas consecuencias. Por eso les recomiendo a mis colegas valencianos que propongan a sus autoridades educativas lo siguiente: ya puestos a fomentar el plurilingüismo, ¿por qué no legislar también que la asignatura de religión se imparta en sus lenguas originales? ¿Se imaginan ustedes a nuestros galopines adolescentes discutiendo de teología en griego, leyendo el Evangelio en el latín de la Vulgata, practicando la exégesis bíblica en hebreo y en arameo? Eso sí que sería un avance educativo.

Volviendo a la realidad, no logro sacudirme la sensación de que tras este sinsentido se oculta lo de siempre: el hecho de que nuestros responsables políticos se toman la educación por el pito del sereno. Y prueba de ello es que, lo que debería ser una cuestión de Estado, se ha convertido en tema favorito de la trifulca política. Y ahora, rizando el rizo, en el argumento de una broma pesada. Visca València, che!

Publicado en La Tribuna de Albacete el 30/5/2008

viernes, 2 de mayo de 2008

Predicadores



Cada temporada tiene su fauna característica. Y la de la Semana Santa es la de los predicadores. Lo tengo más que observado y volví a comprobarlo durante las últimas vacaciones. Entiéndaseme. No es que el resto del año los predicadores permanezcan escondidos. Pero en Semana Santa se vuelven particularmente irritantes (igual que las moscas, que las hay casi todo el año, pero es en verano cuando incordian de verdad). No bien empieza la Cuaresma estos individuos empiezan a ponerse nerviosos. Y con la inminencia de la Semana de Pasión se sienten sacudidos por un éxtasis místico, pletóricos de gracia, bendecidos por el verbo divino. Entonces, como aquellos eremitas que abandonaban su cueva del desierto para predicar a grito pelado en las ciudades de los gentiles, los modernos predicadores se encaraman al púlpito de los medios de comunicación para recordarnos nuestra miseria moral. Y de paso darnos un poco la tabarra. Y no se conforman ya con sermonear en su casa, pues bastaría entonces con no sintonizar la COPE para ahorrarse el tostón. Ahora se les puede encontrar en los lugares más insospechados. Me acuerdo de un señor cura que cada domingo publicaba sus homilías en un periódico local más o menos progresista. Durante la mayor parte del año el hombre resultaba bastante inofensivo. Se limitaba a hacer sus reflexiones sobre Lázaro, la parábola del sembrador y el leproso de Cafarnaún. Y tan contento. Pero en Semana Santa se exaltaba como un profeta del Antiguo Testamento. Y recuerdo al menos una ocasión en que al señor cura se le fue por completo la cabeza, y le dio por tronar que aquellos que no vivíamos cristianamente la Semana Santa éramos «unos malnacidos». Como lo oyen.

Ahora parece que no hace falta pertenecer al clero para erigirse en portavoz de la Conferencia Episcopal. Hay seglares, católicos de a pie, a quienes les da por sermonear desde los periódicos, como si su columna de opinión fuera una columna de estilita. Y a poco que el lector incauto se descuide, se encontrará con uno de estos crisóstomos de medio pelo acribillándolo con impertinencias e invectivas. Si has decidido aprovechar la Semana Santa para irte de viaje o descansar unos días en la playa, te llamarán frívolo. Si has preferido refugiarte en tu casita del pueblo, es porque eres un burgués y un zángano, y te marchas a practicar la holganza allá donde tus ancestros se partían el lomo. Y eso es porque el mundo es ahora un sindiós y un desmadre colosal y vivimos instalados en la cultura del ocio. Si hasta los pobres se han vuelto burgueses y pretenden irse de vacaciones, montarse viajecitos y darse la buena vida. ¡Habrase visto! Y así van las cosas como van, amigo lector, el mundo al revés. Y todo porque nos hemos olvidado del ejemplo de Jesús de Nazaret. Y por eso nuestros hijos se pasan la vida en botellones y nosotros tan contentos mientras los bujarras se casan y encima pretenden adoptar niños. Venga a mezclar peras con manzanas. Como si el matrimonio fuera una frutería en vez de un sacramento. Y venga a ponernos condones. Aunque luego nos parezca de perlas que en esas clínicas abortistas no paren de triturar fetos. Y encima mandamos a nuestros hijos a estudiar Educación para la Ciudadanía (siempre que no haya botellón). Para que luego, de mayorcitos, emparienten con alguien de su mismo sexo y quieran que los case Zerolo. Esos somos nosotros, los que vivimos una existencia frívola de espalda al Evangelio, los que holgamos y fornicamos (con condón), los que educamos a nuestros hijos en el vicio, la iniquidad y la ciudadanía, y luego sacamos la túrmix y trituramos unos fetos indefensos para la cena. ¡Toma ya! Mientras ellos, guardianes de la fe católica, garantes de la sagradas tradiciones, depositarios de las esencias del pensamiento recto, viven su Semana Santa cristianamente, y cristianamente nos invaden la calle con sus procesiones, nos ensordecen con sus tambores y sus clarines destemplados, y luego se adjudican una superioridad moral que jamás han demostrado y se dedican a insultar a todo bicho viviente que no piense como ellos, en especial a quienes entienden que la fe es una cuestión privada, respetable pero privada, que en este mundo hay sitio para todos sin necesidad de voces ni de coces, y que la esencia de la convivencia está en vivir y en dejar vivir.

Por fortuna, el mundo que añoran estos predicadores de rosario y cara al sol, aquel en el que alguna vez mangonearon e hicieron su agosto, va quedando atrás, muy atrás. Son voces que claman en el desierto (aunque sería de agradecer que no lo hicieran solamente en un sentido figurado, porque al menos en el desierto no molestarían a nadie). Pero es verdad que uno tiene la mala costumbre de enfadarse por cosas que no lo merecen, y tal vez el proceder más sensato fuera ignorar a estos nostálgicos del nacional-catolicismo camuflados de demócrata-cristianos. Ignorarlos, dejarlos atrás con sus traumas y sus insultos. Con su derrota y su mala leche. Y mirar adelante, vivir nuestra vida como nos plazca. Y disfrutar viendo cómo este país, aligerado de caspa y de mugre, ventilado de su tufo a cerrado y sacristía, abraza por fin la sagrada causa del laicismo. Gracias a Dios.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 4/4/2008

Columna: "La Ley de Murphy"