Presumimos los españoles de que la siesta es nuestro
auténtico deporte nacional, una broma tan arraigada que por ahí afuera se la
han tomado en serio. Lo que los guiris no entienden es que para nosotros la
siesta dista de ser una prueba de pereza o molicie. Somos un país de currantes
y, cuando las cifras del paro nos lo permiten, damos el callo como el que más.
Pero también somos un país de noctámbulos, los que más tarde nos vamos a la
cama y menos horas permanecemos en ella. Si no fuera por la siesta,
sencillamente no aguantaríamos hasta el final de la jornada.
Nuestra discrepancia con el reloj y con el sentido
común arranca de la España franquista, como tantas lacras que aún sufrimos. La
sintonía ideológica de nuestro dictador enano con el Führer era tal que decidió
adoptar el mismo horario que en Berlín, aunque por nuestra situación geográfica
nos correspondería una hora menos. Dicho con propiedad, nuestra zona horaria
debería ser UTC+0, al igual que en Portugal, el Reino Unido o Marruecos (no en
vano el meridiano de Greenwich pasa también por Castellón de la Plana). Y no
contentos con eso, los españoles hemos emprendido el siglo XXI con unos
horarios propios del país agrícola y rural que fuimos, muy distintos de los que
se estilan en esos países que denominamos «de nuestro entorno» con cierto
iberocentrismo no exento de envidia. Los horarios españoles son tan dispares con
respecto a los que se estilan por ahí que no hay extranjero que no los encuentre
disparatados.
En Gran Bretaña, Francia y Alemania la jornada
laboral empieza más o menos a la misma hora que aquí (en torno a las ocho) y se
prolonga hasta las tres o las cuatro de la tarde con una interrupción de apenas
una hora para almorzar. Naturalmente, la gente no regresa a su domicilio a
mediodía (entendiendo mediodía en su sentido real de las doce, no en el que
aquí solemos darle). Trabajadores y estudiantes toman un almuerzo ligero que se
llevan de casa o compran en las cafeterías de los lugares de trabajo y los colegios.
A la hora en que aquí dormimos la siesta, nuestros vecinos han salido del
trabajo y emprenden el regreso a casa. Hay un margen para que la gente haga sus
compras, pero en torno a las seis de la tarde las familias se hallan en casa
reunidas, y seguramente ya estén cenando o preparándose para la cena, que es la
comida principal del día. A continuación empieza una velada que para los
adultos suele concluir a las diez o, como máximo, a las once de la noche, hora
a la que todos los programas de máxima audiencia han concluido. Y a dormir. En
suma, se trata de una jornada que hace posible el ocio y el tiempo libre, que
facilita la comunicación y la vida familiar y que permite a la gente dormir un
número razonable de horas por la noche.
Frente a ello, tenemos la jornada típica española,
que se interrumpe a mediodía (entendiendo, aquí sí, «mediodía» en su sentido
autóctono y cañí de las dos de la tarde) durante dos o tres horas y se prolonga
hasta las ocho de la tarde o más. Lo más probable es que la familia no se reúna
para cenar hasta pasadas las nueve de la noche. Conscientes de ello, las
cadenas de televisión programan sus espacios de máxima audiencia para después
de las diez. La gran mayoría de españoles a quienes les gusta ver un rato de
televisión tendrán que esperar hasta las doce o la una para poder irse a la
cama. Y lo que es más grave, algunos programas dirigidos también al público
infantil se emiten a horas de máxima audiencia (ya saben, en prime time). Me refiero a series como Aída, Águila Roja y Con el culo al aire. Una serie tan popular como Cuéntame…, cuyos episodios duran entre
una hora y 90 minutos, se emite a las 22:30, y eso en la televisión pública. Lo
mismo sucede con programas-concurso como Mira
quién baila, Tú sí que vales y La voz, que son seguidos masivamente por
niños y adolescentes. ¿Y qué me dicen de La
voz kids, un programa pensado para niños que, sin embargo, se emite a las diez
de la noche y perfectamente puede concluir de madrugada?
La falta de sueño y de descanso, la escasez de
tiempo para el ocio y para disfrutar de nuestra familia, los horarios
disparatados que sufrimos nos han convertido en un país de noctámbulos y de
ojerosos matutinos, espectros malhumorados que pasan las mañanas bostezando y
suspirando por un cafelito, y que no ven el momento de llegar a casa para poder
echarse la siesta. Los niños y adolescentes se levantan agotados y sin apenas
tiempo para tomar un desayuno en condiciones, con la merma consiguiente para su
salud y para su rendimiento escolar. No se comprende que ningún gobierno se
atreva con la descomunal pero imprescindible tarea de racionalizar nuestros
horarios, lo que haría de nosotros un pueblo más descansado y más feliz. O
quizás sea ese precisamente el temor de nuestros gobernantes, porque un
ciudadano que duerme las horas necesarias y disfruta de algo de tiempo libre
puede acabar ejercitando su sentido crítico y decir «¡basta!», y eso no es
conveniente. Mejor mantenernos sumidos en nuestro estupor de trasnochadores.
Mejor que sigamos durmiendo la siesta.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 28/3/2014
No hay comentarios:
Publicar un comentario