La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

sábado, 12 de abril de 2008

Gómez Molina


A Juan José Gómez Molina lo conocí el verano pasado en Carcelén, su pueblo natal. Él llevaba muchos años trabajando y residiendo fuera, sobre todo en Madrid, adonde se marchó siendo un muchacho para estudiar Bellas Artes en la escuela de San Fernando. El currículum artístico y académico de Juanjo es tan extenso que apenas bastarían dos páginas de este diario para contenerlo. Fue catedrático en cuatro universidades (Barcelona, Salamanca, Cuenca y, por último, la Complutense), realizó docenas de exposiciones, algunas de sus colecciones han sido adquiridas por instituciones como el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, publicó numerosos libros y se convirtió en referencia de la vanguardia artística española durante tres décadas. Juanjo fue uno de esos albaceteños que triunfaron y fueron reconocidos fuera de su provincia. Pero no por ello quiso renunciar a sus orígenes, lo que lo traía de vuelta a su pueblo cada vez que tenía oportunidad. En Carcelén, en la vieja casona familiar, Juanjo buscaba algo más que descanso. Allí preparaba nuevos proyectos, se reencontraba con parientes y amigos y recuperaba el entusiasmo de aquel muchacho que, muchos años atrás, se había ido a estudiar a Madrid. El vínculo de Juanjo con Carcelén era tan profundo que su pueblo y su tierra fueron frecuentes puntos de partida para su reflexión artística. En sus propias palabras: «Carcelén es mi tierra de origen y un ejemplo de cómo la experiencia vital más profunda está unida a lo más universal del ser humano». De paso, al regresar a su pueblo junto con su familia, se aseguraba de que sus hijos conservaran sus raíces y pudieran disfrutar de una infancia como la que él tuvo, una infancia de libertad en contacto con la naturaleza.

El verano pasado, cuando lo conocí, Juanjo tenía 64 años. Me lo presentó mi tío Esteban, uno de sus amigos de juventud, y de inmediato sentí una simpatía instintiva por aquel hombre de mirada chispeante y risa fácil. Un día nos invitó a su casa y nos mostró su trabajo. No entiendo mucho de arte pero, como buen aficionado a la fotografía, me asombró comprobar la enorme calidad de su obra en este campo. Creo que nadie ha abordado el desnudo fotográfico con la fuerza y la profundidad de Juanjo. Y prueba de ello es que por delante de su cámara han desfilado, además de docenas de modelos anónimos, algunas de las personalidades más importantes del arte y la cultura de este país. Un par de días después Juanjo vino a cenar a casa acompañado de su esposa y una de sus hijas. Una cena fría en una cálida noche de agosto, en el patio, bajo las estrellas. Horas inolvidables de charla y bromas durante las cuales tuve la sensación de haber encontrado a un maestro y un amigo, e incluso llegué a albergar la esperanza de que, en el futuro, podríamos trabajar juntos en algún proyecto. Pero la vida suele contrarrestar nuestras esperanzas con sus amargas lecciones, y apenas unos días después nos golpeó la noticia de que Juanjo había sido atropellado por un conductor borracho en las inmediaciones de Jorquera, y su vida se apagaba lentamente en el Hospital de Albacete.

Juanjo Gómez Molina falleció el viernes 24 de agosto de 2007, tras permanecer una semana en coma, mientras su pueblo de Carcelén se encontraba en plenas fiestas. Por deseo de la familia, el programa de festejos no sufrió alteraciones. Pero sus amigos y vecinos se negaron a continuar como si nada hubiera ocurrido. Las ventanas de la casa de Juanjo, en la calle principal, se llenaron de velas, de dibujos y de cartas de cariño. Y el día de su entierro el pueblo entero se volcó en una sobrecogedora manifestación de duelo, arropando a su familia y a otras personas que habían venido de fuera, gente de la talla de José Luis Cuerda, su amigo íntimo, o de Alejandro Amenábar, en cuyo debut como director Juanjo tuvo mucho que ver.

Han transcurrido más de seis meses desde la muerte de Juanjo, y en Madrid se han celebrado ya varios homenajes en su memoria, incluyendo la presentación del cuarto tomo del monumental tratado sobre dibujo que coordinó para la editorial Cátedra. Sin embargo, se empieza a echar de menos que el ayuntamiento de su pueblo tome alguna iniciativa para recordar a quien paseó con orgullo el nombre de Carcelén allá donde fue. Aunque nunca es tarde para rectificar. De hecho, acaban de llegarme noticias de que la Peña de Albacete en Madrid le prepara una homenaje para abril, lo que sin duda es un comienzo prometedor (aunque sea de nuevo en Madrid). Puestos a pedir, tampoco estaría de más que los responsables de cultura en el ayuntamiento de la capital, en la provincia y en la región se hicieran eco de la pérdida de un artista de su calibre. Tal vez una exposición retrospectiva o un libro. Lo importante es evitar que la cultura se convierta una vez más en el cuarto trastero de la política, el área donde nada importa, pues al parecer es la única que no pasa factura en las elecciones.

Sabemos que Juan José Gómez Molina estaba por encima de todas estas cosas, y que su vida y su obra lo justifican sobradamente sin necesidad de que los políticos lo hagan. No obstante, dicho queda.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 28/3/2008

Columna: "La Ley de Murphy"


Et in Arcadia ego


Todos deberíamos tener un sitio donde desaparecer, donde perdernos. O mejor, donde encontrarnos. Y no me refiero a esas fugas masivas en que se han convertido las modernas vacaciones. Hablo de un lugar apacible donde poder hallar calma y sencillez, esas cualidades que parecen desertar de nuestra vida durante la mayor parte del año. No importa que sea un sitio pequeño o que carezca de playas exóticas, conjuntos monumentales o parques temáticos. Ni siquiera importa que esté cerca de la ciudad donde residimos normalmente. De hecho, la cercanía es una ventaja, pues supone que no añadiremos a la fatiga que ya arrastramos la de un desplazamiento agotador. El descanso, el cambiar de aires, no es una cuestión de distancia, sino de actitud.

Confieso que nunca he sido un forofo de los viajes. He viajado lo justo, tal vez menos que la mayoría de la gente de mi generación. La mera idea de emprender un viaje siempre me ha parecido fastidiosa. En cierto momento comprendí que hay algo esencialmente absurdo en los viajes de turismo, en especial en esos viajes que se estilan ahora gracias al abaratamiento de los vuelos y de los paquetes vacacionales. Todos esos millones de personas embarcadas en una migración frenética hacia un destino lo más alejado y «exótico» posible, donde apenas tendrán tiempo para aprender nada y del que regresarán, apenas unos días después, con más fotos en su cámara que experiencias en la memoria. Por otro lado, lo que sigue al regreso, una vez pasada la euforia del viaje, es necesariamente el olvido. ¿Qué queda de ese maravilloso viaje al cabo de poco tiempo? Unos souvenirs que se volvieron absurdos tan pronto como salieron de la maleta, unas camisetas feísimas en el fondo de un cajón. Y esas fotos y vídeos con los que atormentamos a familiares y amigos («mira, éste soy yo montando en camello», «fíjate, la pared que se ve detrás de mi cabeza es la Gran Muralla»), esas imágenes enlatadas que al cabo de un tiempo jamás se nos ocurre volver a mirar. De joven yo soñaba con un futuro cosmopolita y aventurero. Pero con los años mis aspiraciones se han simplificado de tal modo que han quedado reducidas al único y vehemente deseo de estar tranquilo, de que me dejen en paz. Renuncio al Taj Mahal, al Empire State y a la Gran Pirámide. Sin embargo, cada vez encuentro más apetecible la idea de marcharme al pueblo.

Yo tuve una infancia rural. Mi padre era maestro y los primeros años de mi vida transcurrieron en los pueblos donde él obtuvo sus primeros destinos. Quizás de un modo inconsciente, siempre he sentido una secreta nostalgia por aquellos pueblecitos de mi infancia. Es cierto que en mi atolondrada juventud los pueblos tendían a parecerme deprimentes. Pero con los años algo debió de cambiar dentro de mí, porque empezó a darme envidia la gente que tenía un pueblo donde pasar las vacaciones. Pues bien, hoy resulta que soy una de esas personas que, con el pecho henchido de orgullo, pueden decir «estas vacaciones las paso en el pueblo».

Mi pueblo de adopción es Carcelén, en La Manchuela, a menos de 50 km. por la carretera de Ayora. Allí tengo una casa grande, un patio con macetas, dos árboles y una parra. Tengo una biblioteca con balcones donde leo y escribo. Y una chimenea para quedarme absorto mirando el fuego en las noches de invierno. En Carcelén se respira cierta soledad (excepto en verano). Allí dicen que, si vas por la calle del Cristo de noche y algo te ocurre, probablemente no te encuentren hasta la mañana siguiente, tan tieso como esos pajarillos que caen víctimas de la helada. En Carcelén hay poca gente y muchos ancianos que cada mañana llenan el consultorio de la Seguridad Social. Hasta hace poco había tres bares, pero uno ha cerrado. Sobreviven, por suerte, las dos tiendas, que son como hipermercados en miniatura, porque en apenas unos pocos metros cuadrados cubren casi todos los ramos del comercio. Y también la carnicería, por supuesto. El pescado llega sólo algunos días, lo que se anuncia puntualmente por los altavoces del ayuntamiento (en Carcelén todo lo que importa se anuncia por los altavoces del ayuntamiento). Es cierto que allí no hay muchas cosas. Pero están bien abastecidos de tiempo y de calma, lo que yo necesito por encima de todo. Por eso, después de afanarme durante todo un trimestre, de preocuparme por mil cosas que tal vez no eran tan importantes, no puedo concebir placer mayor que el de pasar unos días en aquel pueblo, junto a aquellos vecinos que nos han acogido con esa franca cordialidad que sólo se encuentra entre la gente buena y sencilla. Charlar, volver a sentirnos una familia y parte de una comunidad. Disponer de horas y horas para leer, pensar y regar las plantas. Salir a pasear entre olivos y almendros. Escuchar la música del viento en los árboles. Sentarse a oír el silencio. Ser consciente de la redondez del planeta, de sus giros y rotaciones. De que la naturaleza existe y nos contiene. Y de que aquí, bajo la bóveda del cielo, todo es relativamente insignificante.

Mi idea del descanso es tener un pueblo al que regresar en vacaciones. Tal vez el próximo verano salgamos de viaje. No lo descarto. Pero esta Semana Santa tendrán que buscarme en Carcelén, mi pueblo de adopción, donde serán muy bienvenidos.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 21/3/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

domingo, 23 de marzo de 2008

Desmemoria histórica

Al amigo que protagoniza este artículo lo conocí el verano pasado, aunque llevábamos algunos meses escribiéndonos e intercambiando llamadas telefónicas. Él había leído «Bajo la fría luz de octubre», una novela en la que traté de reconstruir los acontecimientos vividos por mi familia durante los años de la república, la guerra civil y la primera posguerra. Con este libro no pretendía convertirme en cronista de una época. Sólo quise poner en forma de relato unos recuerdos que me han sido legados como parte de mi patrimonio familiar. Pero todas las historias de aquellos días se parecen, ya se vivieran en un bando o en el otro, por lo que era inevitable que mi amigo hallara en mi novela ecos de su propia infancia.

Él prefiere que no mencione su nombre, aunque me autoriza a relatar su historia. Mi amigo nació en Albacete en 1938, cuando la ciudad vivía los meses más terribles de la guerra civil. Su padre, que era ferroviario y socialista, fue apresado recién terminada la contienda. Lo ejecutaron en el 42, casi al mismo tiempo que a su esposa la enviaban a la prisión de Barcelona. Con apenas tres años, a mi amigo se lo llevaron a Cataluña para que estuviera más cerca de su madre, y en Cataluña es donde ha vivido desde entonces. Allí creció, estudió Comercio y entró a trabajar en una importante empresa de la que llegaría a ser gerente y accionista. Con el tiempo se convirtió en un empresario de éxito y un hombre muy respetado. Se casó y tuvo cuatro hijos. Fue presidente de una importante institución de su ciudad, recibió infinidad de honores y distinciones, y ahora, a sus setenta años, está a punto de recibir otro cargo de relevancia que él se niega a calificar como político (una de las cosas que le prometió a su madre fue que nunca se metería en política). El talento, la honradez y una vida entera de trabajo lo han conducido hasta donde hoy se encuentra. Pero él se ha negado a olvidar a aquel niño de cuatro años, con un padre fusilado por rojo y una madre presa en la cárcel de Barcelona.

Cuando se puso en contacto conmigo, hará algo más de una año, mi amigo pedía consejo para emprender una búsqueda. Pensaba equivocadamente que yo era un especialista en el tema de la guerra civil en nuestra ciudad, por lo que me pedía ayuda para localizar algunos documentos relativos a su familia, en concreto las sentencias condenatorias de sus padres. Tuve que explicarle que había escrito mi novela sin recurrir a más archivos que la memoria de mis mayores, pero me ofrecí a consultar en su nombre con un auténtico experto. Por suerte, yo conocía desde la juventud a Manuel Ortiz Heras, profesor de la facultad de Humanidades, y estaba al corriente de su impresionante labor de investigación sobre el doloroso tema de la represión política en nuestra provincia. Con gran sensibilidad y gentileza, Manolo orientó a mi amigo en el comienzo de su búsqueda. Le dijo que los documentos que perseguía debían de haber estado en la prisión provincial, pero que las pésimas condiciones de aquel lugar habían obligado a trasladarlos al Archivo Militar de Guadalajara. Y allí fue donde mi amigo cursó su primera solicitud. Eso fue en septiembre del año pasado. Lo que no podía imaginar era que aquel iba a ser el primer episodio de un despropósito burocrático que, al cabo de un sinfín de peticiones, escritos y oficios, sigue sin dar el menor fruto. Durante este tiempo, y además de al mencionado archivo, mi amigo se ha dirigido a la prisión provincial de Albacete, a la Dirección General de Instituciones Penitenciarias, al Ministerio de Defensa, a la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas, a la Subdirección General de Recursos e Información Administrativa, al Archivo General Militar de Ávila, al Tribunal Militar Primero de Madrid y al Juzgado Togado Militar nº 13 de Valencia. Todo esto en apenas seis meses y con el único propósito de obtener copia de unos documentos que expliquen por qué sus padres tuvieron que morir e ir a prisión hace casi setenta años. Y sin obtener más que excusas y vaguedades como respuesta: «no consta la existencia de dichos documentos», «las personas referidas carecen de antecedentes», «no figuran en estos archivos», «pregunte en otro sitio»... En fin, el clásico y tan castizo «vuelva usted mañana», como si aquellas muertes y aquel dolor nunca hubieran existido. De modo que la carpeta de mi amigo crece con esas muestras de la confusión y la negligencia administrativa. Pero él ya ha demostrado que no es de los que se rinden, y tampoco va a hacerlo en este empeño. Como tantos otros hijos y nietos de este país, su único propósito es limpiar el recuerdo de sus mayores, ensuciado hace setenta años por la injusticia y la barbarie, y extraviado ahora en algún recoveco de la desmemoria administrativa.

El Gobierno ha promulgado una Ley de Memoria Histórica, pero las leyes que no sirven para ayudar a la gente son papel mojado. Y el caso de mi amigo demuestra de forma elocuente que la Administración sigue siendo torpe, lenta e insensible a las demandas de los ciudadanos, incluso cuando éstas responden al principio más elemental del civismo, la justicia y la dignidad: el de honrar la memoria de los muertos.


Aparecido en La Tribuna de Albacete el 14/3/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

lunes, 17 de marzo de 2008

Dimas vs. Zerolos


Escribo este artículo el 29 de febrero, cuando faltan ocho días para las elecciones, y no sé si podré aguantar cuerdo hasta el final de la campaña. Y no será por falta de voluntad, porque juro que hago lo que puedo por permanecer ajeno a todo este circo. Pero confieso mi impotencia. Por mucho que trate de aislarme, los insidiosos mensajes electorales se cuelan y acaban pinchándome la burbuja. Y entonces siento hastío, agotamiento, náusea. Unas ganas terribles de que esto acabe, de que quien tenga que llevarse el gato al agua lo haga de una vez y me dejen por fin en paz.

Mi apatía es tan inmensa que temo pecar de falta de originalidad. Pero hasta en el aburrimiento se puede ser militante. Por ello, en un acto testimonial de la magnitud de mi indiferencia, he decidido no dar este artículo a la prensa hasta transcurridos varios días de la consulta, cuando todo haya terminado y las elecciones no sean más que un mal recuerdo. Aunque esta campaña ha tenido una singularidad que la ha hecho algo más amena. Y ahora que ha terminado todo no me resisto a comentarla. Me refiero al culebrón protagonizado por Dimas Cuevas y sus famosos artículos «homófobos».

A Dimas lo conozco desde el instituto. Ahora tiene menos pelo y lleva barba. Por lo demás no ha cambiado mucho. En el BUP parecía ya un senador del PP, y creo que sus años como periodista han sido sólo un paréntesis hasta que ha reencontrado su auténtica vocación. Él siempre ha sido atento conmigo. En su día me abrió las puertas de este diario y se lo agradezco de corazón. No hemos tenido mucho trato. De hecho, apenas hemos hablado. Pero tiendo a sentir respeto por la gente de la que recibo respeto. No puedo evitarlo.

Por lo demás, no podría estar más en desacuerdo con sus ideas sobre la familia y la moral sexual. En eso Dimas y yo somos el yin y el yang, el Madrid y el Barça, el Gordo y el Flaco (bueno, ahí andamos a la par). Él piensa de forma muy distinta a mí, pero sus opiniones le pertenecen y yo no tengo nada que objetar. En cuanto a aquel artículo de la discordia, el de los plátanos y las tortillas, recuerdo que lo leí en su momento y me dio un poco de vergüenza ajena. Pero nada más. Otros artículos de Dimas me han gustado y me han hecho reír. Aquellos chascarrillos me parecieron un tanto burdos y no me hicieron gracia. Ahora bien, no monté en cólera ni vi la necesidad de exigir la cabeza del autor. Ni yo ni nadie. Como saben, el escándalo ha estallado recientemente, en período pre-electoral. Ha sido ahora cuando «Dimas se ha quitado la careta y todos sabemos ya quién es», y cito unas esclarecedoras declaraciones de la concejala de IU.

Tengo que reconocer que el asunto me ha parecido entretenido. Aunque por otro lado me ha irritado bastante, pues creo en este escándalo prefabricado no subyace una cuestión de moral sexual o de concepciones antagónicas de la sociedad, sino de política y de poder. También de estupidez y mala leche. Y no por parte de Dimas. Me explico. La cuestión es que me preocupa vivir en un país donde alguien se dedica a guardar recortes de prensa para poder usarlos como arma cuando sea conveniente. Cada cual es responsable de sus actos y sus escritos. Si uno quiere hacerse el gracioso y al cabo de un tiempo le crecen los enanos, pues mala suerte. Pero quien consagra sus esfuerzos a mirar con lupa a sus adversarios para ver por dónde pueden clavarles la daga, me inspira muy poca simpatía. Más bien me da miedo. Tanto miedo como los que han decidido ser más bienpensantes que los bienpensantes y, enarbolando el estandarte de la mordaza y la majadería, han establecido que existen temas tabú y grupos intocables. Esos adalides de la progresía y el pensamiento recto son mucho peores que los de antes. Ejercen la censura, dictan lo que es admisible y están siempre prestos a colgar etiquetas. Usan el principio de la libertad de expresión a su antojo y conveniencia. Esos, los que crean «observatorios» para taparles la boca a los demás, los que deciden quién es «homófobo», quién es «machista» y quién un «reaccionario», quién puede presentarse a las elecciones y quién no. Esos progres de boquilla, y caciques en la práctica, son los que me dan miedo de verdad.

En lo ideológico, me encuentro en las antípodas de los Dimas Cuevas. Pero los Zerolos me parecen peores, y mucho más peligrosos, porque encima son los que ahora mandan. Además, a Dimas hay que reconocerle un mérito. Pues no me negarán que tiene su mérito levantarse un día de la cama y encontrase a nuestra pequeña y soñolienta ciudad en la portada de El País y en los informativos de la SER. Ayer no existíamos, y hoy nos hemos convertido en el campo de batalla de las fuerzas de la progresía y de la reacción. Las dos Españas se citan en Albacete. Todo un lujo. De paso, el sainete protagonizado por Dimas (imagino que muy a su pesar) nos ha brindado un tema jugoso de conversación en medio de esta plúmbea y estéril campaña electoral.

Bien por el senador.

www.eloymcebrian.com

domingo, 9 de marzo de 2008

Alegorías

Los medievales, que eran mucho más sofisticados de lo que tendemos a creer, utilizaban la alegoría como un modo de comprender este mundo y el venidero. Para los pocos que sabían leer había poemas y tratados. Para el vulgo ignorante estaban los pórticos, los capiteles y las pinturas de las iglesias y catedrales. Allí, explicadas en intrincados relieves y frescos, estaban todas las claves que necesitaba un hombre del siglo XII o XIII para integrarse en el orden social y asegurarse la salvación tras culminar su tránsito por este valle de lágrimas.

Nosotros, que nos creemos mucho más listos que nuestros antepasados, nos podríamos dar con un canto en los dientes si entendiéramos algo de lo que pasa aquí (el más allá se lo dejamos a la Conferencia Episcopal y a Iker Jiménez). Pero nos hemos acostumbrado a aceptar las cosas porque sí. Miramos la televisión, repasamos la prensa, nos dejamos bombardear por una infinidad de mensajes que a menudo son contradictorios. Y nuestra única conclusión es que de este guirigay no hay quien saque nada en claro, y que lo mejor es pegar la nariz al suelo y preocuparnos exclusivamente de nuestros asuntos. Siempre habrá quien se encargue de resolver «los grandes temas». Para eso pagamos impuestos. Para que nos gobiernen y nos dejen en paz. Con esta mentalidad, es muy probable que los señores feudales del medioevo tuvieran más problemas con sus siervos que nuestros gobernantes tienen con nosotros. Han perdido el derecho de pernada (o eso creo), pero en todo lo demás han salido ganando.

Con todo, lo cierto es que la tarea de entender el mundo (o de empezar a entenderlo) se ha convertido en un gigantesco desafío. Vivimos en un laberinto de espejos, con la salvedad de que un espejo que funciona correctamente devuelve un reflejo fiel de lo que hay ante él, mientras que los que nos rodean nos muestran sólo lo que les conviene a quienes los manejan. Nuestra realidad se halla tan fragmentada como esos montajes de los artistas conceptuales: cientos de monitores de televisión dispuestos en círculo, cada uno emitiendo sus propias imágenes y sonidos. Y en medio de este infierno visual y auditivo, el indefenso ciudadano aprieta los párpados y se tapa los oídos, abrumado por una realidad demasiado cambiante y compleja para intentar abarcarla.

Hoy quiero mirar hacia atrás y reivindicar la validez de la alegoría como herramienta para enfrentarse al mundo. Las de los medievales ya no nos sirven, por mucho que sigamos admirando la belleza de sus catedrales de piedra y de palabras. Hartos de contemplar infiernos de este mundo por la televisión, el infierno de Dante nos asusta lo mismo que un parque temático. Necesitamos encontrar alegorías a nuestra medida, modelos a escala de la realidad que nos permitan abarcar el conjunto sin perdernos en los detalles. La que propongo hoy es la obra de un novelista francés llamado Michel Houellebecq.

Alguien con un apellido tan difícil tiene que ser por fuerza un tipo retorcido (más retorcido que la firma de un loco, como diría cierto amigo mío con gran facilidad para las comparaciones ingeniosas). Y ciertamente Houellebecq lo es. Añadiré que es un grandísimo mala leche. Pero la suya no es una de esas malas leches castizas de carajillo y partida de dominó, sino una mala leche de envergadura cósmica. Si a eso le sumamos una inteligencia incisiva como un bisturí y una gran facilidad para fabular, habremos encontrado al perfecto artífice de alegorías.

El «campo de batalla» en el que transcurren las amargas ficciones de Houellebecq, ese lugar desolado por donde transitan sus personajes, es el mundo que habitamos, superpoblado de seres solitarios que se ven obligados a huir de sí mismos mediante el hedonismo, el sexo o las drogas. Se trata, sin embargo, de fugas sin esperanza, pues la realidad excluye los paraísos. La codicia, la satisfacción inmediata, el sexo despojado de afecto, los mensajes embrutecedores e incesantes de los medios de comunicación... Nada mejor cabe esperar. Los nuevos gurús hablan de formas de vida alternativas. Las religiones atontan a los seres humanos con falsas promesas. Algunas incluso los transforman en armas listas para ser disparadas en cualquier momento. Pero la única realidad es que estamos solos. Y además de soportar el peso intolerable de nuestra soledad, debemos enfrentarnos al horror de nuestra decadencia física, tal vez la única certeza en este mundo de espejismos. De todo esto, y de algunas cosas más, tratan libros como Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, Plataforma o La posibilidad de una isla. No son libros aptos para depresivos, pero cada uno de ellos constituye una demoledora alegoría contemporánea.

Necesitamos a los creadores de alegorías mucho más que otras cosas que se nos antojan imprescindibles. Necesitamos sus lecciones, aunque nos duelan.

Es preciso que nos abran los ojos.

jueves, 28 de febrero de 2008

Los peligros del 'gym'



Cada mes de enero me hago análisis. Quiero decir que acudo a mi médico y me quejo de esto y de aquello. Y él, como profesional escrupuloso que es, me prescribe «una analítica», esa palabra solemne que sólo un título de medicina colgado en la pared da derecho a usar.

Hace poco le oí decir al cocinero Juan Mari Arzak que él nunca se hace análisis sin haber pasado antes por el balneario. Dos o tres semanas de dieta, ejercicio y aguas termales y los análisis le salen como los de un chaval. Con eso se queda el hombre tan feliz para todo el año. Tal vez luego las cosas empeoren, pero eso no figura en ningún sitio, y al chef le basta con el subidón de optimismo que le proporcionan sus análisis «a la carta».

Lo mío, masoquista que es uno, es más bien al contrario. Me voy a hacerme los análisis en plena cuesta de enero, con la mala conciencia de las Navidades encima, sabiendo que he engordado tres o cuatro kilos y que los turrones, las comilonas y las copitas de más van a quedar reflejadas con cifras de fuego en las hojas de mi analítica. El resultado es siempre la reprimenda del galeno, el propósito de reformarme y la promesa de no volver a pecar. Y después, salvo gripes o indisposiciones esporádicas, mi médico no me vuelve a ver el pelo hasta el año siguiente. He aquí el perverso ciclo de mi vida adulta.

Pero este año... ay... este año ha sido peor. Mis análisis de este año eran dignos del cerdito Porky. Y a las altas cifras de colesterol, triglicéridos y ácido úrico se han añadido algunas otras cosas cuya existencia ni siquiera sospechaba. Este año mi médico se ha puesto serio de verdad. En su gesto he visto tristeza y desaliento. Y por un momento temí que fuera a dejarme por imposible. «Anda, chaval, lárgate con viento fresco, haz lo que quieras, suicídate si así te quedas más a gusto». Juro que pensé que me lo diría. Pero él es un profesional como la copa de un pino, y lo que hizo fue darme los mismos consejos que los años anteriores (dieta, ejercicio, moderación). Ahora bien, esta vez lo hizo con expresión de empleado de funeraria. Logró acojonarme de verdad. Hasta el extremo de que, conforme salía de su consulta, corrí a apuntarme a un gimnasio.

Y con esto entramos en la parte tragicómica de este artículo.

Lo primero que hice fue comprarme un chándal nuevo. Tengo varios en casa, pero los uso para empresas tales como ir a comprar el periódico o ponerme cómodo, y casi todos están gastados por la parte de tumbarse en el sofá, además de convenientemente historiados de lamparones. De paso, y aprovechando las rebajas, me compré también unas zapatillas. Equipado con mi flamante ropa deportiva, me armé de valor y me presenté en el «gym».

¿Han tratado alguna vez de imaginar el infierno? Yo lo concibo como un lugar cerrado y sofocante, hormigueante de cuerpos castigados, sudorosos, sometidos a los suplicios más terribles. Exactamente como un gimnasio. Y además está el estruendo y el olor. Y unos tipos cachas unidos a máquinas diabólicas que se contemplan en espejos y elogian mutuamente sus bíceps y sus abdominales.

«¿Qué hago?», le pregunté tímidamente al instructor. «¿Te atreves con el spinning?». «Mmmm... el spinning... el spinning». Dios mío, qué vergüenza. Cualquiera le confiesa a éste, siendo profesor de inglés, que no tengo ni idea de lo que es el «spinning». Por miedo al ridículo (aunque sin gran convicción) que le respondí que sí, que haría eso que me decía. Y me tranquilicé un poco al ver que se trataba de una simple bicicleta estática. Había como treinta de ellas, cada una con su ocupante, y la cosa no parecía demasiado terrible. Pero entonces llegó el monitor y se subió en la suya (que estaba iluminada por debajo como la pista de una discoteca rural). Luego conectó un espantoso chumba-chumba a todo volumen y empezó la sesión de «spinning». Y resultó que aquella maldita bicicleta estaba durísima, que el sillín lo tenía de adorno (había que mantener el culo despegado de él) y que, además de pedalear, se nos pedía que hiciéramos flexiones y todo tipo de movimientos difíciles y agotadores, cosas que a nadie se le ocurriría hacer encima de una bicicleta. Acabé la sesión de «spinning» como pude y descubrí que las piernas no me sostenían. Luego me arrastré hasta mi casa y me fui a acostarme.

Al día siguiente me dolían músculos que ni siquiera sabía que tenía. Mis piernas eran dos troncos rígidos y doloridos. Mi espalda me hacía gemir con cada movimiento. Después tuve síntomas todavía peores. Consulté en internet, ese paraíso del hipocondríaco, y llegué a pensar que había reventado.

Hoy ya me encuentro mejor, muchas gracias. He ido a ver a mi médico para contarle esta misma batallita y me ha pedido (Dios le bendiga) que me lo tome con más calma.

Por una vez, Carlos, voy a hacerte caso.


Aparecido en La Tribuna de Albacete el 22/2/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

sábado, 16 de febrero de 2008

La música del azar


Hoy he decidido contar una historia con la esperanza de que los lectores la hallen, cuando menos, curiosa. Trata de un cuento que leí hace muchos años, y de cómo los ecos del pasado a veces reverberan con fuerza en el presente. (El título se lo he birlado a Paul Auster. Y no es la primera vez).

Vamos a exponer los hechos por orden. En 1984 yo estudiaba cuarto de Filología en Valencia. Mi profesor de inglés de aquel año, uno de los mejores profesores que tuve y que tendré, se llamaba Enrique y era especialista en literatura norteamericana. Un día Enrique nos propuso un ejercicio distinto. Consistía en leer un relato, analizarlo y luego tratar de escribir un texto original inspirándonos en él. Para ello repartió fotocopias de un cuento aparecido el año anterior en la conocida revista norteamericana Harper’s Magazine. Su título era Last Respects (algo así como «Homenaje póstumo»). Su autor se llamaba Lamar Herrin.

El relato, hermosísimo, hablaba de la muerte, de la memoria, de saldar las cuentas con el pasado. Un matrimonio del Medio Oeste celebra una segunda luna de miel haciendo el proverbial viaje «de costa a costa», con destino final en California. Mientras conduce por las carreteras de Oklahoma, el marido rompe a llorar. La mujer lo acosa hasta que él confiesa que, al cruzar Oklahoma, se ha acordado de una novia que tuvo en la universidad, una chica de allí. La joven regresó a su casa para una breve visita y poco después él supo que había fallecido. Eso ocurrió más de veinte años atrás. Desde entonces, esa novia muerta había permanecido en un compartimiento estanco de su memoria, un lugar cerrado donde no pudiera causarle dolor. Pero hoy, al atravesar su estado, el recuerdo ha renacido con fuerza devastadora. De pronto se han borrado los años de convivencia con su esposa, sus proyectos comunes, sus hijos. Sólo estaba esa novia muerta. Y las lágrimas han brotado desde un lugar muy profundo donde ese dolor antiguo seguía latente. Él no quiere darle mayor importancia, pero su mujer decide que no se irán de Oklahoma sin encontrar la tumba de esa chica. De ese modo su esposo podrá ponerle flores, rezar una oración, reconciliarse con un pasado que nunca pudo dejar atrás.

La historia de aquella pareja que recorría la América profunda en busca de una tumba supuso una gran conmoción para mí, y no creo exagerar si digo que tuvo mucho que ver con en el nacimiento de mi vocación literaria. Tengo numerosos motivos para recordar a Enrique García Díez, mi profesor, con gratitud y admiración, y el regalo de este cuento no es el menos importante. Poco después de que yo obtuviera mi licenciatura supe que Enrique había fallecido, cuando era ya catedrático del primer departamento de literatura norteamericana creado en una universidad española. Tenía algo más de cuarenta años, la edad que yo tengo ahora.

Recientemente, mientras trataba de poner orden en mis cosas, las fotocopias amarillentas de aquel cuento cayeron de entre un montón de papeles viejos. Fue uno de esos momentos en que el pasado nos visita de repente. Pero, más allá del arrebato de nostalgia, sentí la necesidad de difundir aquella historia en mi país. Recurrí a ese grandísimo fisgón que es Google, donde averigüé que Lamar Herrin, el autor del cuento, era profesor de literatura y escritura creativa en la universidad de Cornell, estado de Nueva York. Y de paso obtuve una dirección de correo electrónico gracias a la cual pude contactar con él.

Lamar Herrin es un novelista de gran prestigio en su país, y espero que pronto también en el nuestro. El profesor Herrin, gran conocedor de nuestro idioma, tuvo la amabilidad de guiarme en la apasionante tarea de traducir su relato, cuya versión española aparecerá muy pronto, junto con el original inglés, en el próximo número de la revista de creación Barcarola, en su sección de «traducciones inéditas». Creo que hasta aquí la historia ya reúne bastantes elementos de interés. Pero cuando esa «música del azar» sonó de verdad fue cuando Lamar me dijo que su mujer, igual que la mía, es valenciana, y que ambos estarían en Valencia entre los meses de febrero y mayo.

Hace unos días estuve en su casa y compartí con él y con Amparo, su esposa, unas horas inolvidables. Recordamos a Enrique García, que había sido amigo de Lamar. Le rendimos un homenaje póstumo al amigo y al profesor. Hablamos de muchas cosas. Por supuesto, hablamos de literatura. Y me asombró saber que ha conocido bien a algunos escritores que para mí son monstruos sagrados, como al mismísimo Raymond Carver (a quien él llama Ray).

Dentro de muy poco Lamar será mi invitado.

Hace más de veinte años leí un relato que nunca olvidé. Hoy puedo llamar amigo a su autor. Cuesta creer que esto haya ocurrido por casualidad. Si ha sido así, el azar ha interpretado para mí una de sus melodías más hermosas.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 15/2/2008

Columna: "La Ley de Murphy"