La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 2 de mayo de 2008

Un librero de viejo



Albacete tiene un librero de viejo. El único, que yo sepa. Se llama Jesús y le dicen “El Joven”. El apodo no le viene por su edad (andará por la mitad de los cuarenta), sino por filiación. El padre de Jesús, “El Joven” original, tenía un quiosco de pipas y tebeos en la calle de la Caba. Yo no me acuerdo de aquella tienda, pero acudía a quioscos muy parecidos, y con ese recuerdo los ojos se me llenan de infancia. Veo cuchitriles abarrotados de objetos fascinantes y azucaradas delicatessen en los que un duro era un capital. Los niños íbamos allí a poner los cimientos de nuestras futuras caries y a cambiar tebeos de Mortadelo. Los adultos cambiaban novelas, esos libritos firmados con sonoros nombres anglosajones tras los que se ocultaban auténticos galeotes de la Olivetti. En un país donde el porcentaje de analfabetismo era descorazonador, los quiosqueros hacían posible que muchísima gente del pueblo leyera hasta dos o tres libros por semana. El padre de Jesús era uno de ellos. Y él siempre cuenta que el oficio de librero de viejo lo aprendió de su padre.

A mí me fascinan las librerías. Lo he contado muchas veces y no voy a insistir ahora. Los libros nuevos nos atraen de un modo casi sensual. Pero los volúmenes usados que se amontonan en las librerías de viejo poseen un atractivo único. Son como una amante experimentada que ha conocido muchas noches de amor, tal vez un poco ajada y bastante golfa, pero también capaz de provocarnos los placeres más intensos. A las historias que cuentan, los libros usados añaden su propia historia de objetos que han conocido sucesivos dueños. Sabemos que sus líneas han sido recorridas por infinidad de ojos, que numerosas manos han pasado sus páginas. Nos topamos con sorprendentes anotaciones y dedicatorias, y cada una añade su pátina de romance y misterio al volumen. Encontramos una línea o un párrafo subrayados y nos preguntamos qué ideas o sueños despertaron esas palabras en la inteligencia de un lector pretérito. Incluso nos llaman la atención las manchas antiguas que a veces mancillan el papel. ¿De qué naturaleza eran los fluidos que las causaron? ¿Café? ¿Tal vez sangre? ¿Alguna secreción innombrable? Al leer un libro usado, no sólo entablamos diálogo con su autor, sino también con todos sus lectores anteriores, porque todos ellos dejaron trozos de sí mismos encerrados entre las páginas, y a veces en un sentido nada figurado.

Todo aquel que haya viajado por el Reino Unido sabe del predicamento que gozan allí los libreros de viejo. En París, como tantos compatriotas, he recorrido los puestos de libros usados que bordean las orillas del Sena. Siempre que voy a Madrid me gusta visitar a la cuesta de Moyano, que nos sale al encuentro nada más abandonar la estación de Atocha. Albacete, para no ser menos, tiene también un librero de viejo. Y se llama, insisto, Jesús “el Joven”. Lo pueden encontrar en su librería de la calle Octavio Cuartero, casi llegando al paseo de la Feria. También en el recinto ferial cada septiembre. Y, por supuesto, en su stand de la Feria del Libro Usado y de Ocasión de principios de primavera, donde es el único representante autóctono del gremio.

Hasta hace un par de años, a Jesús lo veíamos también cada domingo en la Plaza Mayor, en aquel rastrillo que nació de forma espontánea y se fue consolidando poco a poco. Había puestos de antigüedades, de monedas, de filatelia... Pero el corazón de todo el tinglado era el puesto de libros usados de Jesús, donde coincidíamos muchos consumidores compulsivos de letra impresa. Aquella actividad le devolvió a la Plaza Mayor su carácter de foro y lugar de encuentro, restauró su alma perdida años atrás con el traslado del mercado. Por desgracia, al reclamo del público acudieron otros mercachifles menos escrupulosos, en concreto vendedores de fruta de dudoso origen. Pero el golpe de gracia lo asestó el propio Ayuntamiento al tomar la decisión de llevarse el rastrillo a la plaza de Fátima. Cualesquiera que fueran las razones (y no dudo que las hubiese) el negocio de Jesús entró en declive. Se vendían menos libros, y de menor calidad. Los libros antiguos, las primeras ediciones, los ejemplares dedicados, desaparecieron de su puesto para ser reemplazados por morralla. Y Jesús, que ama los libros aunque no los lea, empezó a notar que ya no disfrutaba con lo que hacía. Ahora solicita que el Ayuntamiento le permita volver a la Plaza Mayor, junto al quiosco de prensa, donde estuvo durante varios años domingo tras domingo. Jesús aduce que él no vende alpargatas ni baratijas de todo a cien. Lo suyo es cultura, y por eso ha pedido el apoyo de escritores, periodistas, investigadores y otras personas vinculadas al mundo de las letras. Desde esta columna le brindo el mío sin la menor reserva. Respetuosamente, solicito a la alcaldesa que el puesto de libros de Jesús “el Joven”, único librero de viejo de Albacete, regrese a la plaza Mayor. Su actividad ennoblece y anima un espacio emblemático de nuestra ciudad, y la decisión de restituirla a su lugar natural haría más por la cultura que cualquiera de esos circos ambulantes que se han organizado con ocasión del Día del Libro. Ya hemos perdido demasiadas cosas. Conservemos una de las pocas que merecen la pena. Un puesto de libros viejos en el corazón de la ciudad.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 25/4/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

El dichoso artículo sobre el Día del Libro



Este año me había propuesto ser original y ahorrarles el dichoso artículo sobre el Día del Libro. Había pensado que sería más oportuno aprovechar la fecha para denunciar la pobreza cultural que se vive últimamente en la ciudad; el escasísimo apoyo institucional que se brinda a los escritores de Albacete; la indiferencia de los responsables políticos ahora que ya no tienen la obligación de citar el Quijote y que el bueno de Cervantes ha dejado de revolverse en su tumba; la bochornosa paralización que sufre el servicio de publicaciones de la Diputación, que tanto impulso diera a las nuevas firmas en otros tiempos; la desidia, el marasmo, la falta de ideas. Había pensado denunciar todas estas cosas, pero he optado por no hacerlo. Al fin y al cabo, lo que pasa no deja de ser normal, mientras que lo excepcional era lo de antes, cuando alguien de los que mandaban alumbró la feliz idea de que apoyar la carrera de los escritores noveles podía ser una forma de generar un capital cultural en nuestra tierra.

Me cuenta mi amigo Francisco Rodríguez Criado, escritor cacereño, que la Junta de Extremadura está mimando a los autores autóctonos, especialmente a los que empiezan. Allí se promueven publicaciones, premios, charlas, lecturas poéticas, talleres, encuentros con lectores y todo aquello que sirva para que los escritores jóvenes sean conocidos por el público, con el consiguiente impulso para sus carreras y su labor creativa. Yo he rebasado de largo la condición de «joven escritor», pero no puedo evitar sentir algo de envidia por una gestión cultural que pone la creación literaria en el mismo nivel, al menos, que las carreras populares o las gazpachadas. Ahora bien, insisto, éste no va a ser un artículo de denuncia. Además, ¿a quién puede sorprenderle todo esto cuando es notorio que la cultura en nuestra tierra se ha convertido en un área de políticos «en barbecho», el modo de dejar aparcado a alguien mientras se le jubila o se le busca algo mejor?

En suma, que voy a olvidarme de la denuncia. Y si lo pienso bien hasta puede que esta situación lamentable tenga su lado positivo, toda vez que al escritor (y al artista en general) le prueba estupendamente la mala vida. Se escribe mucho mejor desde la rabia y la derrota que desde la complacencia y le triunfo, y jamás habríamos tenido a Cervantes, a Poe o a Bukowski si ellos hubieran sido criaturas mimadas por la vida, en lugar de pobres diablos que no tenían donde caerse muertos. La literatura es una cruel amante. No hay que aspirar a vivir de ella, sino estar dispuesto a morir por ella. Ésta es un gran verdad. Y es muy posible que los responsables culturales de estas tierras, personas cultas y bien aconsejadas, hayan decidido fomentar la creación literaria por el sutil procedimiento de relegar a nuestros escritores al desprecio y al olvido. Por todas esas cosas he decidido no escribir un artículo de denuncia. En su lugar, voy a resignarme a escribir el consabido artículo sobre el Día del Libro.

El Día del Libro es el próximo miércoles y este año voy a darme el gusto de celebrarlo con una nueva novela en las librerías. Su título es Los fantasmas de Edimburgo, y no tiene nada que ver con lo paranormal. O tal vez sí, porque constituye un acontecimiento extraordinario, algo realmente prodigioso, que un ignoto escritor de provincias consiga publicar un libro en una editorial nacional. No voy a afirmar que mi libro sea bueno, porque uno sólo puede ser un crítico convincente de la obra ajena. Tampoco diré que sea barato, porque faltaría a la verdad. Es vox populi que los libros son caros. Basta con pensar que, por lo que cuesta un título de novedad, se pueden pagar dos entradas de cine, tres gin-tonics o el menú del día en un restaurante medio decente. Lo único que puedo afirmar de forma objetiva es que se trata de una novela tirando a voluminosa. También formularé la afirmación rotunda y sincera de que no se trata de un libro escrito desde la complacencia.

Cierta vez escribí que nadie que no haya pasado por el mismo trance puede comprender la enorme soledad del novelista. Una novela en proceso de escritura es un páramo hostil y solitario por el que el escritor vagabundea durante meses o años. Y cuando por fin consigue salir de allí, terminar el libro, la depresión post-parto puede ser tan intensa que haga peligrar la salud mental del autor, quien de pronto se encuentra convertido en un exiliado del mundo literario que tan trabajosamente ha logrado crear. Después viene el calvario de encontrar editor, un proceso tan largo, tortuoso y sembrado de frustración que renuncio a detallarlo, al menos hasta haber concluido las sesiones de terapia. Pero basta ya de lloriquear como una niñita, porque lo que importa de verdad es que este Día del Libro es para mí el Día de Mi Libro («yo he venido aquí a hablar de mi libro», ¿se acuerdan?), un novela de 480 páginas titulada Los fantasmas de Edimburgo, de la que me siento muy orgulloso, y en la que espero haber sabido crear un espacio confortable y ameno para cuanto lector que tenga la gentileza de visitarlo. Naturalmente, están todos invitados. Y puesto que este artículo ha degenerado en una burda estratagema promocional, quiero que en sus últimas líneas conste mi deseo de no recibir remuneración por él, aunque espero que este diario tampoco me haga pagarlo como un anuncio por palabras. Ea, que tengan ustedes un feliz Día del Libro.

El Cuarto de las Brujas



El Cuarto de las Brujas estaba al fondo de la casa de mis abuelos, en el número 21 de la calle de la Feria, justo enfrente de aquel cine Cervantes que fue demolido en sus dos reencarnaciones y que ya no veremos renacer de nuevo. Tampoco la casa de mis abuelos existe ya. La barrió el tiempo y la furia inmobiliaria, junto a tantos otros edificios nobles de la ciudad de antaño. Para mí, sin embargo, aquella casa de la infancia es mucho más real que mi actual vivienda. Era una casa profunda, como diría Cortázar. A la entrada, el vestíbulo, el despacho, una espaciosa habitación de estar y un comedor que hoy, acostumbrado a las casitas de muñecas en las que nos apretujamos, se me antoja gigantesco. Luego se abría el pasillo, tan largo como un túnel de metro, con los dormitorios a un lado como estaciones de una misteriosa red suburbana. Al fondo, la luminosa cocina, sin duda la pieza más cálida y acogedora, con su despensa provista de baldas de mármol blanco. Detrás, la puerta por la que se accedía a la terraza, al corral (con pocilgas y gallinero) y al misterioso ámbito de la cámara, que en mis años infantiles ya amenazaba ruina. Más allá, el lavadero. Y al final el Cuarto de las Brujas, que en su origen fue un pequeño almacén donde mi abuelo guardaba los muestrarios de sus representaciones (que eran múltiples, desde material para dentistas a perfumes, pasando por medicamentos y calcetines). Supongo que lo de las «brujas» era un modo de disuadir a los críos de que entráramos allí para enredar. Pero lo que consiguieron fue que aquella estancia, ya de por sí interesante, se nos figurara una tentación irresistible. Hasta que los adultos se rindieron y mi hermano y yo obtuvimos permiso para convertir aquel trastero en nuestro dominio privado.

Buena parte de mi niñez, seguramente la mejor, transcurrió en el Cuarto de las Brujas. Si entorno los ojos, puedo verme explorando las estanterías donde se guardaban aquellos viejos muestrarios de mi abuelo: calcetines Molfort’s según la moda de varias décadas atrás; colonias Dana guardadas en preciosos estuches de color burdeos, con la imagen (para mí perturbadora) de una pianista y un intérprete de violín fundidos en un abrazo; carteles de Profidén adornados con sonrisas pretéritas, como las de los artistas de cine. Amontonados en las estanterías, infinidad de libros de contabilidad escritos con los minuciosos trazos de estilográfica que formaban la letra de mi abuelo. Todo antiguo, todo de otro tiempo, hasta el rayo de sol que entraba por la ventana, en el que siempre flotaba un enjambre de motas de polvo que brillaban como joyas diminutas.

Por mucho que lo piense, me resulta muy difícil explicar qué es lo que hacía allí durante aquellas horas incontables y lentas de la infancia. Recuerdo que había un baúl lleno de ropa vieja y que mi hermano y yo la usábamos para disfrazarnos. Me parece que una vez intenté montar un laboratorio como el de las películas de Frankenstein. Sobre el polvoriento banco de trabajó coloqué mi juego de química, un microscopio de juguete y un juego de anatomía que me habían traído los Reyes, y que una vez fuera de la caja tenía el mismo aspecto que el mostrador de una casquería. También organizábamos funciones de guiñol. A veces por turnos. Primero interpretaba yo la obra y mi hermano hacía de público. Luego intercambiábamos los papeles. Aunque era frecuente que ambos oficiáramos como titiriteros mientras los adultos se resignaban a servirnos de público en aquellas incoherentes representaciones, que siempre incluían mucha más violencia que cualquiera de esos videojuegos ahora tan denostados. También tuve una época de aprendiz de perfumista en la que me dio por mezclar las esencias de los muestrarios en busca de una combinación irresistible. Si cierro los ojos y aspiro, todavía me parece oler los vapores de medicamento y pachulí que despedían aquellas mezclas, que a mí me parecían embriagadoras, aunque nunca logré convencer a mi madre para que las usara.

Éstas y otras muchas eran las actividades que practicábamos en el cuarto de las brujas. Sin embargo, sigo teniendo la sensación de que aquellos juegos, todo aquel trajín infantil, no justificaban las muchas horas que pasábamos allí. Tal vez la respuesta sea que el tiempo de la infancia es un tiempo distinto. Un tiempo lánguido, absorto, en el que un minuto parece durar una hora, y el día entero transcurre con la lentitud de toda una vida. Si lo pienso, el mismo Cuarto de las Brujas era un almacén de tiempo condensado, compuesto de objetos y de recuerdos que se habían depositado a lo largo de los años como estratos de aluvión. Pero era también un depósito de esa sustancia que sólo conocemos en las etapas más tempranas de la vida, la materia frágil y luminosa de la que está hecha la felicidad. Y a veces hasta pienso que esta extraña vida de adulto no puede ser real, tan sólo el mal sueño de un niño que se quedó dormido sobre el suelo, en el Cuarto de las Brujas.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 11/4/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

Predicadores



Cada temporada tiene su fauna característica. Y la de la Semana Santa es la de los predicadores. Lo tengo más que observado y volví a comprobarlo durante las últimas vacaciones. Entiéndaseme. No es que el resto del año los predicadores permanezcan escondidos. Pero en Semana Santa se vuelven particularmente irritantes (igual que las moscas, que las hay casi todo el año, pero es en verano cuando incordian de verdad). No bien empieza la Cuaresma estos individuos empiezan a ponerse nerviosos. Y con la inminencia de la Semana de Pasión se sienten sacudidos por un éxtasis místico, pletóricos de gracia, bendecidos por el verbo divino. Entonces, como aquellos eremitas que abandonaban su cueva del desierto para predicar a grito pelado en las ciudades de los gentiles, los modernos predicadores se encaraman al púlpito de los medios de comunicación para recordarnos nuestra miseria moral. Y de paso darnos un poco la tabarra. Y no se conforman ya con sermonear en su casa, pues bastaría entonces con no sintonizar la COPE para ahorrarse el tostón. Ahora se les puede encontrar en los lugares más insospechados. Me acuerdo de un señor cura que cada domingo publicaba sus homilías en un periódico local más o menos progresista. Durante la mayor parte del año el hombre resultaba bastante inofensivo. Se limitaba a hacer sus reflexiones sobre Lázaro, la parábola del sembrador y el leproso de Cafarnaún. Y tan contento. Pero en Semana Santa se exaltaba como un profeta del Antiguo Testamento. Y recuerdo al menos una ocasión en que al señor cura se le fue por completo la cabeza, y le dio por tronar que aquellos que no vivíamos cristianamente la Semana Santa éramos «unos malnacidos». Como lo oyen.

Ahora parece que no hace falta pertenecer al clero para erigirse en portavoz de la Conferencia Episcopal. Hay seglares, católicos de a pie, a quienes les da por sermonear desde los periódicos, como si su columna de opinión fuera una columna de estilita. Y a poco que el lector incauto se descuide, se encontrará con uno de estos crisóstomos de medio pelo acribillándolo con impertinencias e invectivas. Si has decidido aprovechar la Semana Santa para irte de viaje o descansar unos días en la playa, te llamarán frívolo. Si has preferido refugiarte en tu casita del pueblo, es porque eres un burgués y un zángano, y te marchas a practicar la holganza allá donde tus ancestros se partían el lomo. Y eso es porque el mundo es ahora un sindiós y un desmadre colosal y vivimos instalados en la cultura del ocio. Si hasta los pobres se han vuelto burgueses y pretenden irse de vacaciones, montarse viajecitos y darse la buena vida. ¡Habrase visto! Y así van las cosas como van, amigo lector, el mundo al revés. Y todo porque nos hemos olvidado del ejemplo de Jesús de Nazaret. Y por eso nuestros hijos se pasan la vida en botellones y nosotros tan contentos mientras los bujarras se casan y encima pretenden adoptar niños. Venga a mezclar peras con manzanas. Como si el matrimonio fuera una frutería en vez de un sacramento. Y venga a ponernos condones. Aunque luego nos parezca de perlas que en esas clínicas abortistas no paren de triturar fetos. Y encima mandamos a nuestros hijos a estudiar Educación para la Ciudadanía (siempre que no haya botellón). Para que luego, de mayorcitos, emparienten con alguien de su mismo sexo y quieran que los case Zerolo. Esos somos nosotros, los que vivimos una existencia frívola de espalda al Evangelio, los que holgamos y fornicamos (con condón), los que educamos a nuestros hijos en el vicio, la iniquidad y la ciudadanía, y luego sacamos la túrmix y trituramos unos fetos indefensos para la cena. ¡Toma ya! Mientras ellos, guardianes de la fe católica, garantes de la sagradas tradiciones, depositarios de las esencias del pensamiento recto, viven su Semana Santa cristianamente, y cristianamente nos invaden la calle con sus procesiones, nos ensordecen con sus tambores y sus clarines destemplados, y luego se adjudican una superioridad moral que jamás han demostrado y se dedican a insultar a todo bicho viviente que no piense como ellos, en especial a quienes entienden que la fe es una cuestión privada, respetable pero privada, que en este mundo hay sitio para todos sin necesidad de voces ni de coces, y que la esencia de la convivencia está en vivir y en dejar vivir.

Por fortuna, el mundo que añoran estos predicadores de rosario y cara al sol, aquel en el que alguna vez mangonearon e hicieron su agosto, va quedando atrás, muy atrás. Son voces que claman en el desierto (aunque sería de agradecer que no lo hicieran solamente en un sentido figurado, porque al menos en el desierto no molestarían a nadie). Pero es verdad que uno tiene la mala costumbre de enfadarse por cosas que no lo merecen, y tal vez el proceder más sensato fuera ignorar a estos nostálgicos del nacional-catolicismo camuflados de demócrata-cristianos. Ignorarlos, dejarlos atrás con sus traumas y sus insultos. Con su derrota y su mala leche. Y mirar adelante, vivir nuestra vida como nos plazca. Y disfrutar viendo cómo este país, aligerado de caspa y de mugre, ventilado de su tufo a cerrado y sacristía, abraza por fin la sagrada causa del laicismo. Gracias a Dios.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 4/4/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

sábado, 12 de abril de 2008

Gómez Molina


A Juan José Gómez Molina lo conocí el verano pasado en Carcelén, su pueblo natal. Él llevaba muchos años trabajando y residiendo fuera, sobre todo en Madrid, adonde se marchó siendo un muchacho para estudiar Bellas Artes en la escuela de San Fernando. El currículum artístico y académico de Juanjo es tan extenso que apenas bastarían dos páginas de este diario para contenerlo. Fue catedrático en cuatro universidades (Barcelona, Salamanca, Cuenca y, por último, la Complutense), realizó docenas de exposiciones, algunas de sus colecciones han sido adquiridas por instituciones como el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, publicó numerosos libros y se convirtió en referencia de la vanguardia artística española durante tres décadas. Juanjo fue uno de esos albaceteños que triunfaron y fueron reconocidos fuera de su provincia. Pero no por ello quiso renunciar a sus orígenes, lo que lo traía de vuelta a su pueblo cada vez que tenía oportunidad. En Carcelén, en la vieja casona familiar, Juanjo buscaba algo más que descanso. Allí preparaba nuevos proyectos, se reencontraba con parientes y amigos y recuperaba el entusiasmo de aquel muchacho que, muchos años atrás, se había ido a estudiar a Madrid. El vínculo de Juanjo con Carcelén era tan profundo que su pueblo y su tierra fueron frecuentes puntos de partida para su reflexión artística. En sus propias palabras: «Carcelén es mi tierra de origen y un ejemplo de cómo la experiencia vital más profunda está unida a lo más universal del ser humano». De paso, al regresar a su pueblo junto con su familia, se aseguraba de que sus hijos conservaran sus raíces y pudieran disfrutar de una infancia como la que él tuvo, una infancia de libertad en contacto con la naturaleza.

El verano pasado, cuando lo conocí, Juanjo tenía 64 años. Me lo presentó mi tío Esteban, uno de sus amigos de juventud, y de inmediato sentí una simpatía instintiva por aquel hombre de mirada chispeante y risa fácil. Un día nos invitó a su casa y nos mostró su trabajo. No entiendo mucho de arte pero, como buen aficionado a la fotografía, me asombró comprobar la enorme calidad de su obra en este campo. Creo que nadie ha abordado el desnudo fotográfico con la fuerza y la profundidad de Juanjo. Y prueba de ello es que por delante de su cámara han desfilado, además de docenas de modelos anónimos, algunas de las personalidades más importantes del arte y la cultura de este país. Un par de días después Juanjo vino a cenar a casa acompañado de su esposa y una de sus hijas. Una cena fría en una cálida noche de agosto, en el patio, bajo las estrellas. Horas inolvidables de charla y bromas durante las cuales tuve la sensación de haber encontrado a un maestro y un amigo, e incluso llegué a albergar la esperanza de que, en el futuro, podríamos trabajar juntos en algún proyecto. Pero la vida suele contrarrestar nuestras esperanzas con sus amargas lecciones, y apenas unos días después nos golpeó la noticia de que Juanjo había sido atropellado por un conductor borracho en las inmediaciones de Jorquera, y su vida se apagaba lentamente en el Hospital de Albacete.

Juanjo Gómez Molina falleció el viernes 24 de agosto de 2007, tras permanecer una semana en coma, mientras su pueblo de Carcelén se encontraba en plenas fiestas. Por deseo de la familia, el programa de festejos no sufrió alteraciones. Pero sus amigos y vecinos se negaron a continuar como si nada hubiera ocurrido. Las ventanas de la casa de Juanjo, en la calle principal, se llenaron de velas, de dibujos y de cartas de cariño. Y el día de su entierro el pueblo entero se volcó en una sobrecogedora manifestación de duelo, arropando a su familia y a otras personas que habían venido de fuera, gente de la talla de José Luis Cuerda, su amigo íntimo, o de Alejandro Amenábar, en cuyo debut como director Juanjo tuvo mucho que ver.

Han transcurrido más de seis meses desde la muerte de Juanjo, y en Madrid se han celebrado ya varios homenajes en su memoria, incluyendo la presentación del cuarto tomo del monumental tratado sobre dibujo que coordinó para la editorial Cátedra. Sin embargo, se empieza a echar de menos que el ayuntamiento de su pueblo tome alguna iniciativa para recordar a quien paseó con orgullo el nombre de Carcelén allá donde fue. Aunque nunca es tarde para rectificar. De hecho, acaban de llegarme noticias de que la Peña de Albacete en Madrid le prepara una homenaje para abril, lo que sin duda es un comienzo prometedor (aunque sea de nuevo en Madrid). Puestos a pedir, tampoco estaría de más que los responsables de cultura en el ayuntamiento de la capital, en la provincia y en la región se hicieran eco de la pérdida de un artista de su calibre. Tal vez una exposición retrospectiva o un libro. Lo importante es evitar que la cultura se convierta una vez más en el cuarto trastero de la política, el área donde nada importa, pues al parecer es la única que no pasa factura en las elecciones.

Sabemos que Juan José Gómez Molina estaba por encima de todas estas cosas, y que su vida y su obra lo justifican sobradamente sin necesidad de que los políticos lo hagan. No obstante, dicho queda.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 28/3/2008

Columna: "La Ley de Murphy"


Et in Arcadia ego


Todos deberíamos tener un sitio donde desaparecer, donde perdernos. O mejor, donde encontrarnos. Y no me refiero a esas fugas masivas en que se han convertido las modernas vacaciones. Hablo de un lugar apacible donde poder hallar calma y sencillez, esas cualidades que parecen desertar de nuestra vida durante la mayor parte del año. No importa que sea un sitio pequeño o que carezca de playas exóticas, conjuntos monumentales o parques temáticos. Ni siquiera importa que esté cerca de la ciudad donde residimos normalmente. De hecho, la cercanía es una ventaja, pues supone que no añadiremos a la fatiga que ya arrastramos la de un desplazamiento agotador. El descanso, el cambiar de aires, no es una cuestión de distancia, sino de actitud.

Confieso que nunca he sido un forofo de los viajes. He viajado lo justo, tal vez menos que la mayoría de la gente de mi generación. La mera idea de emprender un viaje siempre me ha parecido fastidiosa. En cierto momento comprendí que hay algo esencialmente absurdo en los viajes de turismo, en especial en esos viajes que se estilan ahora gracias al abaratamiento de los vuelos y de los paquetes vacacionales. Todos esos millones de personas embarcadas en una migración frenética hacia un destino lo más alejado y «exótico» posible, donde apenas tendrán tiempo para aprender nada y del que regresarán, apenas unos días después, con más fotos en su cámara que experiencias en la memoria. Por otro lado, lo que sigue al regreso, una vez pasada la euforia del viaje, es necesariamente el olvido. ¿Qué queda de ese maravilloso viaje al cabo de poco tiempo? Unos souvenirs que se volvieron absurdos tan pronto como salieron de la maleta, unas camisetas feísimas en el fondo de un cajón. Y esas fotos y vídeos con los que atormentamos a familiares y amigos («mira, éste soy yo montando en camello», «fíjate, la pared que se ve detrás de mi cabeza es la Gran Muralla»), esas imágenes enlatadas que al cabo de un tiempo jamás se nos ocurre volver a mirar. De joven yo soñaba con un futuro cosmopolita y aventurero. Pero con los años mis aspiraciones se han simplificado de tal modo que han quedado reducidas al único y vehemente deseo de estar tranquilo, de que me dejen en paz. Renuncio al Taj Mahal, al Empire State y a la Gran Pirámide. Sin embargo, cada vez encuentro más apetecible la idea de marcharme al pueblo.

Yo tuve una infancia rural. Mi padre era maestro y los primeros años de mi vida transcurrieron en los pueblos donde él obtuvo sus primeros destinos. Quizás de un modo inconsciente, siempre he sentido una secreta nostalgia por aquellos pueblecitos de mi infancia. Es cierto que en mi atolondrada juventud los pueblos tendían a parecerme deprimentes. Pero con los años algo debió de cambiar dentro de mí, porque empezó a darme envidia la gente que tenía un pueblo donde pasar las vacaciones. Pues bien, hoy resulta que soy una de esas personas que, con el pecho henchido de orgullo, pueden decir «estas vacaciones las paso en el pueblo».

Mi pueblo de adopción es Carcelén, en La Manchuela, a menos de 50 km. por la carretera de Ayora. Allí tengo una casa grande, un patio con macetas, dos árboles y una parra. Tengo una biblioteca con balcones donde leo y escribo. Y una chimenea para quedarme absorto mirando el fuego en las noches de invierno. En Carcelén se respira cierta soledad (excepto en verano). Allí dicen que, si vas por la calle del Cristo de noche y algo te ocurre, probablemente no te encuentren hasta la mañana siguiente, tan tieso como esos pajarillos que caen víctimas de la helada. En Carcelén hay poca gente y muchos ancianos que cada mañana llenan el consultorio de la Seguridad Social. Hasta hace poco había tres bares, pero uno ha cerrado. Sobreviven, por suerte, las dos tiendas, que son como hipermercados en miniatura, porque en apenas unos pocos metros cuadrados cubren casi todos los ramos del comercio. Y también la carnicería, por supuesto. El pescado llega sólo algunos días, lo que se anuncia puntualmente por los altavoces del ayuntamiento (en Carcelén todo lo que importa se anuncia por los altavoces del ayuntamiento). Es cierto que allí no hay muchas cosas. Pero están bien abastecidos de tiempo y de calma, lo que yo necesito por encima de todo. Por eso, después de afanarme durante todo un trimestre, de preocuparme por mil cosas que tal vez no eran tan importantes, no puedo concebir placer mayor que el de pasar unos días en aquel pueblo, junto a aquellos vecinos que nos han acogido con esa franca cordialidad que sólo se encuentra entre la gente buena y sencilla. Charlar, volver a sentirnos una familia y parte de una comunidad. Disponer de horas y horas para leer, pensar y regar las plantas. Salir a pasear entre olivos y almendros. Escuchar la música del viento en los árboles. Sentarse a oír el silencio. Ser consciente de la redondez del planeta, de sus giros y rotaciones. De que la naturaleza existe y nos contiene. Y de que aquí, bajo la bóveda del cielo, todo es relativamente insignificante.

Mi idea del descanso es tener un pueblo al que regresar en vacaciones. Tal vez el próximo verano salgamos de viaje. No lo descarto. Pero esta Semana Santa tendrán que buscarme en Carcelén, mi pueblo de adopción, donde serán muy bienvenidos.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 21/3/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

domingo, 23 de marzo de 2008

Desmemoria histórica

Al amigo que protagoniza este artículo lo conocí el verano pasado, aunque llevábamos algunos meses escribiéndonos e intercambiando llamadas telefónicas. Él había leído «Bajo la fría luz de octubre», una novela en la que traté de reconstruir los acontecimientos vividos por mi familia durante los años de la república, la guerra civil y la primera posguerra. Con este libro no pretendía convertirme en cronista de una época. Sólo quise poner en forma de relato unos recuerdos que me han sido legados como parte de mi patrimonio familiar. Pero todas las historias de aquellos días se parecen, ya se vivieran en un bando o en el otro, por lo que era inevitable que mi amigo hallara en mi novela ecos de su propia infancia.

Él prefiere que no mencione su nombre, aunque me autoriza a relatar su historia. Mi amigo nació en Albacete en 1938, cuando la ciudad vivía los meses más terribles de la guerra civil. Su padre, que era ferroviario y socialista, fue apresado recién terminada la contienda. Lo ejecutaron en el 42, casi al mismo tiempo que a su esposa la enviaban a la prisión de Barcelona. Con apenas tres años, a mi amigo se lo llevaron a Cataluña para que estuviera más cerca de su madre, y en Cataluña es donde ha vivido desde entonces. Allí creció, estudió Comercio y entró a trabajar en una importante empresa de la que llegaría a ser gerente y accionista. Con el tiempo se convirtió en un empresario de éxito y un hombre muy respetado. Se casó y tuvo cuatro hijos. Fue presidente de una importante institución de su ciudad, recibió infinidad de honores y distinciones, y ahora, a sus setenta años, está a punto de recibir otro cargo de relevancia que él se niega a calificar como político (una de las cosas que le prometió a su madre fue que nunca se metería en política). El talento, la honradez y una vida entera de trabajo lo han conducido hasta donde hoy se encuentra. Pero él se ha negado a olvidar a aquel niño de cuatro años, con un padre fusilado por rojo y una madre presa en la cárcel de Barcelona.

Cuando se puso en contacto conmigo, hará algo más de una año, mi amigo pedía consejo para emprender una búsqueda. Pensaba equivocadamente que yo era un especialista en el tema de la guerra civil en nuestra ciudad, por lo que me pedía ayuda para localizar algunos documentos relativos a su familia, en concreto las sentencias condenatorias de sus padres. Tuve que explicarle que había escrito mi novela sin recurrir a más archivos que la memoria de mis mayores, pero me ofrecí a consultar en su nombre con un auténtico experto. Por suerte, yo conocía desde la juventud a Manuel Ortiz Heras, profesor de la facultad de Humanidades, y estaba al corriente de su impresionante labor de investigación sobre el doloroso tema de la represión política en nuestra provincia. Con gran sensibilidad y gentileza, Manolo orientó a mi amigo en el comienzo de su búsqueda. Le dijo que los documentos que perseguía debían de haber estado en la prisión provincial, pero que las pésimas condiciones de aquel lugar habían obligado a trasladarlos al Archivo Militar de Guadalajara. Y allí fue donde mi amigo cursó su primera solicitud. Eso fue en septiembre del año pasado. Lo que no podía imaginar era que aquel iba a ser el primer episodio de un despropósito burocrático que, al cabo de un sinfín de peticiones, escritos y oficios, sigue sin dar el menor fruto. Durante este tiempo, y además de al mencionado archivo, mi amigo se ha dirigido a la prisión provincial de Albacete, a la Dirección General de Instituciones Penitenciarias, al Ministerio de Defensa, a la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas, a la Subdirección General de Recursos e Información Administrativa, al Archivo General Militar de Ávila, al Tribunal Militar Primero de Madrid y al Juzgado Togado Militar nº 13 de Valencia. Todo esto en apenas seis meses y con el único propósito de obtener copia de unos documentos que expliquen por qué sus padres tuvieron que morir e ir a prisión hace casi setenta años. Y sin obtener más que excusas y vaguedades como respuesta: «no consta la existencia de dichos documentos», «las personas referidas carecen de antecedentes», «no figuran en estos archivos», «pregunte en otro sitio»... En fin, el clásico y tan castizo «vuelva usted mañana», como si aquellas muertes y aquel dolor nunca hubieran existido. De modo que la carpeta de mi amigo crece con esas muestras de la confusión y la negligencia administrativa. Pero él ya ha demostrado que no es de los que se rinden, y tampoco va a hacerlo en este empeño. Como tantos otros hijos y nietos de este país, su único propósito es limpiar el recuerdo de sus mayores, ensuciado hace setenta años por la injusticia y la barbarie, y extraviado ahora en algún recoveco de la desmemoria administrativa.

El Gobierno ha promulgado una Ley de Memoria Histórica, pero las leyes que no sirven para ayudar a la gente son papel mojado. Y el caso de mi amigo demuestra de forma elocuente que la Administración sigue siendo torpe, lenta e insensible a las demandas de los ciudadanos, incluso cuando éstas responden al principio más elemental del civismo, la justicia y la dignidad: el de honrar la memoria de los muertos.


Aparecido en La Tribuna de Albacete el 14/3/2008

Columna: "La Ley de Murphy"