La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

jueves, 28 de febrero de 2008

Los peligros del 'gym'



Cada mes de enero me hago análisis. Quiero decir que acudo a mi médico y me quejo de esto y de aquello. Y él, como profesional escrupuloso que es, me prescribe «una analítica», esa palabra solemne que sólo un título de medicina colgado en la pared da derecho a usar.

Hace poco le oí decir al cocinero Juan Mari Arzak que él nunca se hace análisis sin haber pasado antes por el balneario. Dos o tres semanas de dieta, ejercicio y aguas termales y los análisis le salen como los de un chaval. Con eso se queda el hombre tan feliz para todo el año. Tal vez luego las cosas empeoren, pero eso no figura en ningún sitio, y al chef le basta con el subidón de optimismo que le proporcionan sus análisis «a la carta».

Lo mío, masoquista que es uno, es más bien al contrario. Me voy a hacerme los análisis en plena cuesta de enero, con la mala conciencia de las Navidades encima, sabiendo que he engordado tres o cuatro kilos y que los turrones, las comilonas y las copitas de más van a quedar reflejadas con cifras de fuego en las hojas de mi analítica. El resultado es siempre la reprimenda del galeno, el propósito de reformarme y la promesa de no volver a pecar. Y después, salvo gripes o indisposiciones esporádicas, mi médico no me vuelve a ver el pelo hasta el año siguiente. He aquí el perverso ciclo de mi vida adulta.

Pero este año... ay... este año ha sido peor. Mis análisis de este año eran dignos del cerdito Porky. Y a las altas cifras de colesterol, triglicéridos y ácido úrico se han añadido algunas otras cosas cuya existencia ni siquiera sospechaba. Este año mi médico se ha puesto serio de verdad. En su gesto he visto tristeza y desaliento. Y por un momento temí que fuera a dejarme por imposible. «Anda, chaval, lárgate con viento fresco, haz lo que quieras, suicídate si así te quedas más a gusto». Juro que pensé que me lo diría. Pero él es un profesional como la copa de un pino, y lo que hizo fue darme los mismos consejos que los años anteriores (dieta, ejercicio, moderación). Ahora bien, esta vez lo hizo con expresión de empleado de funeraria. Logró acojonarme de verdad. Hasta el extremo de que, conforme salía de su consulta, corrí a apuntarme a un gimnasio.

Y con esto entramos en la parte tragicómica de este artículo.

Lo primero que hice fue comprarme un chándal nuevo. Tengo varios en casa, pero los uso para empresas tales como ir a comprar el periódico o ponerme cómodo, y casi todos están gastados por la parte de tumbarse en el sofá, además de convenientemente historiados de lamparones. De paso, y aprovechando las rebajas, me compré también unas zapatillas. Equipado con mi flamante ropa deportiva, me armé de valor y me presenté en el «gym».

¿Han tratado alguna vez de imaginar el infierno? Yo lo concibo como un lugar cerrado y sofocante, hormigueante de cuerpos castigados, sudorosos, sometidos a los suplicios más terribles. Exactamente como un gimnasio. Y además está el estruendo y el olor. Y unos tipos cachas unidos a máquinas diabólicas que se contemplan en espejos y elogian mutuamente sus bíceps y sus abdominales.

«¿Qué hago?», le pregunté tímidamente al instructor. «¿Te atreves con el spinning?». «Mmmm... el spinning... el spinning». Dios mío, qué vergüenza. Cualquiera le confiesa a éste, siendo profesor de inglés, que no tengo ni idea de lo que es el «spinning». Por miedo al ridículo (aunque sin gran convicción) que le respondí que sí, que haría eso que me decía. Y me tranquilicé un poco al ver que se trataba de una simple bicicleta estática. Había como treinta de ellas, cada una con su ocupante, y la cosa no parecía demasiado terrible. Pero entonces llegó el monitor y se subió en la suya (que estaba iluminada por debajo como la pista de una discoteca rural). Luego conectó un espantoso chumba-chumba a todo volumen y empezó la sesión de «spinning». Y resultó que aquella maldita bicicleta estaba durísima, que el sillín lo tenía de adorno (había que mantener el culo despegado de él) y que, además de pedalear, se nos pedía que hiciéramos flexiones y todo tipo de movimientos difíciles y agotadores, cosas que a nadie se le ocurriría hacer encima de una bicicleta. Acabé la sesión de «spinning» como pude y descubrí que las piernas no me sostenían. Luego me arrastré hasta mi casa y me fui a acostarme.

Al día siguiente me dolían músculos que ni siquiera sabía que tenía. Mis piernas eran dos troncos rígidos y doloridos. Mi espalda me hacía gemir con cada movimiento. Después tuve síntomas todavía peores. Consulté en internet, ese paraíso del hipocondríaco, y llegué a pensar que había reventado.

Hoy ya me encuentro mejor, muchas gracias. He ido a ver a mi médico para contarle esta misma batallita y me ha pedido (Dios le bendiga) que me lo tome con más calma.

Por una vez, Carlos, voy a hacerte caso.


Aparecido en La Tribuna de Albacete el 22/2/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

sábado, 16 de febrero de 2008

La música del azar


Hoy he decidido contar una historia con la esperanza de que los lectores la hallen, cuando menos, curiosa. Trata de un cuento que leí hace muchos años, y de cómo los ecos del pasado a veces reverberan con fuerza en el presente. (El título se lo he birlado a Paul Auster. Y no es la primera vez).

Vamos a exponer los hechos por orden. En 1984 yo estudiaba cuarto de Filología en Valencia. Mi profesor de inglés de aquel año, uno de los mejores profesores que tuve y que tendré, se llamaba Enrique y era especialista en literatura norteamericana. Un día Enrique nos propuso un ejercicio distinto. Consistía en leer un relato, analizarlo y luego tratar de escribir un texto original inspirándonos en él. Para ello repartió fotocopias de un cuento aparecido el año anterior en la conocida revista norteamericana Harper’s Magazine. Su título era Last Respects (algo así como «Homenaje póstumo»). Su autor se llamaba Lamar Herrin.

El relato, hermosísimo, hablaba de la muerte, de la memoria, de saldar las cuentas con el pasado. Un matrimonio del Medio Oeste celebra una segunda luna de miel haciendo el proverbial viaje «de costa a costa», con destino final en California. Mientras conduce por las carreteras de Oklahoma, el marido rompe a llorar. La mujer lo acosa hasta que él confiesa que, al cruzar Oklahoma, se ha acordado de una novia que tuvo en la universidad, una chica de allí. La joven regresó a su casa para una breve visita y poco después él supo que había fallecido. Eso ocurrió más de veinte años atrás. Desde entonces, esa novia muerta había permanecido en un compartimiento estanco de su memoria, un lugar cerrado donde no pudiera causarle dolor. Pero hoy, al atravesar su estado, el recuerdo ha renacido con fuerza devastadora. De pronto se han borrado los años de convivencia con su esposa, sus proyectos comunes, sus hijos. Sólo estaba esa novia muerta. Y las lágrimas han brotado desde un lugar muy profundo donde ese dolor antiguo seguía latente. Él no quiere darle mayor importancia, pero su mujer decide que no se irán de Oklahoma sin encontrar la tumba de esa chica. De ese modo su esposo podrá ponerle flores, rezar una oración, reconciliarse con un pasado que nunca pudo dejar atrás.

La historia de aquella pareja que recorría la América profunda en busca de una tumba supuso una gran conmoción para mí, y no creo exagerar si digo que tuvo mucho que ver con en el nacimiento de mi vocación literaria. Tengo numerosos motivos para recordar a Enrique García Díez, mi profesor, con gratitud y admiración, y el regalo de este cuento no es el menos importante. Poco después de que yo obtuviera mi licenciatura supe que Enrique había fallecido, cuando era ya catedrático del primer departamento de literatura norteamericana creado en una universidad española. Tenía algo más de cuarenta años, la edad que yo tengo ahora.

Recientemente, mientras trataba de poner orden en mis cosas, las fotocopias amarillentas de aquel cuento cayeron de entre un montón de papeles viejos. Fue uno de esos momentos en que el pasado nos visita de repente. Pero, más allá del arrebato de nostalgia, sentí la necesidad de difundir aquella historia en mi país. Recurrí a ese grandísimo fisgón que es Google, donde averigüé que Lamar Herrin, el autor del cuento, era profesor de literatura y escritura creativa en la universidad de Cornell, estado de Nueva York. Y de paso obtuve una dirección de correo electrónico gracias a la cual pude contactar con él.

Lamar Herrin es un novelista de gran prestigio en su país, y espero que pronto también en el nuestro. El profesor Herrin, gran conocedor de nuestro idioma, tuvo la amabilidad de guiarme en la apasionante tarea de traducir su relato, cuya versión española aparecerá muy pronto, junto con el original inglés, en el próximo número de la revista de creación Barcarola, en su sección de «traducciones inéditas». Creo que hasta aquí la historia ya reúne bastantes elementos de interés. Pero cuando esa «música del azar» sonó de verdad fue cuando Lamar me dijo que su mujer, igual que la mía, es valenciana, y que ambos estarían en Valencia entre los meses de febrero y mayo.

Hace unos días estuve en su casa y compartí con él y con Amparo, su esposa, unas horas inolvidables. Recordamos a Enrique García, que había sido amigo de Lamar. Le rendimos un homenaje póstumo al amigo y al profesor. Hablamos de muchas cosas. Por supuesto, hablamos de literatura. Y me asombró saber que ha conocido bien a algunos escritores que para mí son monstruos sagrados, como al mismísimo Raymond Carver (a quien él llama Ray).

Dentro de muy poco Lamar será mi invitado.

Hace más de veinte años leí un relato que nunca olvidé. Hoy puedo llamar amigo a su autor. Cuesta creer que esto haya ocurrido por casualidad. Si ha sido así, el azar ha interpretado para mí una de sus melodías más hermosas.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 15/2/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

domingo, 10 de febrero de 2008

Un portátil para el profe


Hace un par de semanas nos honró con su presencia el presidente Barreda. Fue con motivo del Día del Maestro, y sobre la enseñanza versó su discurso en el Palacio de Congresos. Las prédicas de Barreda suelen estar tan vacías de contenido como una redacción escolar. Con todo, siempre hay una frase de efecto que se pronuncia entre pausas dramáticas y que provoca el frenesí de sus acólitos. Esta vez fue la promesa de que, antes de que termine el próximo curso, cada profesor de la región recibirá un flamante ordenador portátil a cargo de la Junta.

En un ranking de medidas demagógicas, de cosas que no solucionan nada pero que ejercen su efecto como propaganda, esto del portátil ocuparía uno de los puestos de honor. Naturalmente, fue esta la frase que al día siguiente que se abrió camino hasta los titulares de todos los periódicos. Era lo previsto, pura estrategia política, como si el resto del discurso fuera un simple envoltorio para el regalo del portátil. ¿Quién sabe? A lo mejor el presidente esperaba que los profes nos pusiéramos a dar saltos, felices como pequeñuelos en la mañana del Día de Reyes. Pero no ha sido así, al menos en mi caso. Aunque el portátil con el que tecleo estas líneas tenga la tapa sujeta con esparadrapo, prometo que mi única reacción fue ese vago cabreo que experimento cada vez que alguien quiere tomarme el pelo.

A lo mejor, lo que el presidente no sabe es que el sueldo de un profesor, sin ser generoso en exceso, nos permite comprarnos un portátil, e incluso un frigorífico o una televisión en color, y que somos muchos los que ya tenemos los deberes hechos en ese campo. ¿Acaso no fue el de los docentes uno de los primeros gremios en sentir la fascinación de las nuevas tecnologías? La informática, y más tarde internet, ha facilitado y enriquecido nuestro trabajo de un modo que no podíamos imaginar. Mientras la administración nos martirizaba con aquellos funestos cursillos sobre la reforma educativa, los profesores nos preocupamos por aprender a manejar una herramienta que sí iba a significar una auténtica reforma, incluso una revolución.

Aunque claro, no todos. Los hubo que se mantuvieron fieles a la tiza. Pero «cada maestrillo tiene su librillo», dicho sea con todo cariño y respeto. Y, a golpe de tiza y folio amarillento, muchos de estos clásicos siguieron siendo magníficos profesores, maestros en la plena acepción del término, aunque lo del Powerpoint les sonara a marca de lavadoras. Me pregunto qué podrían hacer algunos de mis compañeros de más edad con el portátil de Barreda, salvo prestárselo a sus nietos para que jueguen y chateen.

Pero lo que de verdad me irrita es que el señuelo del portátil esté funcionando, y que muchos ciudadanos hayan creído de buena fe que esa gente de Toledo sabe lo que se trae entre manos. Desde hace veinte años, no ha habido un solo gobierno, nacional o autonómico, que no haya puesto su granito de arena en el empeño de cargarse la educación en nuestro país. No necesito acudir al informe Pisa. En calidad de docente sufro a diario la tiranía de esos pequeños bárbaros que se han apoderado impunemente de las aulas (y que me perdonen los buenos alumnos, que los hay, y con lo de «buenos» no me refiero sólo a lo académico). Y ello ante la pasividad de la autoridad educativa, que se limita a sacarse de la manga «observatorios para la convivencia» que de nada sirven, o a maquillar la cruda realidad con estadísticas que tratan de refutar lo que a cualquiera le resulta evidente.

Que no se engañe el señor Barreda. No son ordenadores portátiles lo que los profesores necesitamos. Nuestro trabajo se puede realizar sin wi-fi, sin cañones y sin Powerpoint. Cualquier ayuda de la tecnología es buena, pero con chismes no se ataja la raíz del problema, por útiles que sean. Y sospecho que el Barreda lo sabe. En mi humilde opinión, la promesa del presidente es sólo un modo de desviar la atención de lo esencial, como si a los bomberos les compran GPS para que encuentren la casa en llamas y luego les niegan las mangueras y los coches cisterna. Lo urgente (y lo costoso) es emplear a más profesores, y en condiciones más dignas, para que la tarea de enseñar pueda realizarse con eficacia. Lo fundamental es legislar para resolver problemas, y no para la galería. Lo importante, y también lo menos popular, es devolverle al profesor su dignidad profesional, lo que supone tomar medidas para que en las aulas queden restauradas la autoridad, la disciplina y el respeto. Se trata de conceptos poco rentables para un político. Desde luego, es mucho más sencillo prometer portátiles.

Ahora que lo pienso, puede que acabe de quedarme sin el mío.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 8/2/2008

Columna: "La Ley de Murphy"


miércoles, 6 de febrero de 2008

Las vidas ajenas


Hace unos años (lo conté en su momento) tuve que renovarme el DNI y me dieron un carné con la foto de otro fulano. Cuando señalé el error el funcionario no salía de su asombro. Nos miraba alternativamente a mi y al carné, como si la anomalía fuera yo y no el documento erróneo. Al final, en un alarde de puro surrealismo, me preguntó si yo conocía al tío de la foto. En ese momento se me encendió la luz de alarma, pues llegué a pensar que lo que el funcionario pretendía era que el de la foto y yo intercambiáramos nuestras vidas junto con nuestros carnés. Por suerte las cosas no llegaron tan lejos.

Al cabo de un par de años volvió a ocurrirme algo muy extraño, esta vez con Hacienda. Un día recibí en mi casa un requerimiento en el que se me reprochaba el no haber presentado cierta declaración de IVA. Es fácil imaginar mi estupor, dado que soy trabajador por cuenta ajena y cobro por nómina. Pero eso no fue nada cuando en Hacienda me revelaron que el IVA que tenía que declarar era el de cierto conocido restaurante de nuestra ciudad, establecimiento con el que no me vinculaba más relación que el hecho de haber comido allí un par de veces. Protesté airadamente, pero me miraron como si yo hubiera perdido el juicio. «El estrés del empresario de hostelería», debieron de pensar. Lo que siguió fue un aturdido peregrinar por instancias oficiales y despachos, un auténtico periplo kafkiano en el que llegué a cuestionarme si yo era yo o si era el dueño de ese restaurante soñando con ser yo. Mi pregunta era muy sencilla: «¿Cómo puedo demostrar yo que no poseo lo que no poseo y que ustedes se lo crean?». Al final una compasiva funcionaria se dignó separar el trasero de su silla, subir al archivo y rescatar de sus polvorientas estanterías el expediente original. Entonces quedó patente el error. Alguien se había equivocado al consignar un NIF en el ordenador. Dos números bailaron y el NIF que figuraba era el mío, con lo que yo acababa de convertirme, de humilde profesor de inglés, en empresario y restaurador. Me prometieron que lo arreglarían, lo que me arrancó tal suspiro de alivio que todos se me quedaron mirando. Unos meses después, recibí una nueva citación por no haber pagado el impuesto de sociedades de la misma empresa. Jamás nadie adquirió un restaurante con más facilidad ni encontró tantas dificultades para desprenderse de él.


Creo que todos estos problemas me han dejado trastornado, un pelín paranoico. Me ha dado por pensar que la Administración ha urdido algún tipo de complot contra mi persona, que alguien en las altas esferas burocráticas se ha empeñado en que yo deje de ser quien soy, como en esos programas de protección de testigos que salen en las películas, pero a la fuerza y sin previo aviso. Ahora me levanto angustiado todas las mañanas. Me da miedo ir al instituto y que no me dejen entrar a dar mis clases, porque he dejado de ser profesor y me he convertido en el señor que vende pipas en punta del parque. Me da miedo ir al banco y descubrir que mi cuenta ya no es mi cuenta y que, en cambio, soy titular de una hipoteca monstruosa por una vivienda en la que nunca he estado. Me da miedo que mi mujer y mi madre le hagan carantoñas a otro tipo más delgado y con más pelo que yo. Me da miedo volver a casa y encontrar a otro comiendo en mi mesa, ayudando a mi hijo con sus deberes, durmiendo en mi cama, etc.


Claro que, por otro lado, la intención podría ser buena. Hace poco leí que en la televisión norteamericana hacen un reality en el que dos familias intercambian al padre y esposo, que suelen ser dos personalidades muy antagónicas (por ejemplo, un motero y un devoto anabaptista). Cada hombre pasa una temporada en casa del otro, conviviendo con su familia y sujetándose a sus reglas. El motero se ve obligado a rezar antes de las comidas y beber zumo de naranja. El anabaptista se hincha a cerveza y escucha a AC/DC. Al principio todo les parece ridículo y desagradable, pero poco a poco van descubriendo las bondades de las vidas ajenas. La moraleja del asunto es que ambos aprenden a valorar lo que antes despreciaban, con lo que se convierten en hombres más dulces y tolerantes.


¿Quién sabe? A lo mejor la Administración ha pensado poner en marcha un programa parecido para perfeccionarnos como personas y ciudadanos, especialmente a los más correosos y recalcitrantes. Tal vez nos hayan tomado a algunos como experiencias piloto, y lo que yo considero errores burocráticos sean en realidad los primeros tanteos para someterme a un cambio drástico de identidad. No descarto, pues, despertarme mañana en casa de alguno de los lectores de este artículo (y él a su vez en la mía) y verme convertido en padre de familia numerosa, devoto creyente y manifestante asiduo contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía.

Dios mío, qué pesadilla.


Aparecido en La Tribuna de Albacete el 1/2/2008


Columna: "La Ley de Murphy"

martes, 11 de septiembre de 2007

Tardes lentas



Vivimos enterrados en la realidad, apenas capaces de asomar la cabeza por encima del torbellino de los días. La abundancia de detalles nos aturde y hace que todo nos parezca aleatorio y vacío de significado. Mirar la vida tal vez sea como mirar una pintura: necesitamos calma y distancia. Tan sólo entonces los detalles se funden en el conjunto y emergen los auténticos contornos de la realidad, sus perfiles y simetrías, los valles y crestas que conforman su paisaje. Sub specie aeternitatis, («bajo el aspecto de la eternidad»), así denominaba el filósofo Spinoza a este modo de contemplar el mundo que consiste en elevarse por encima de lo inmediato y lo accidental. Considerar las cosas desde la perspectiva de la eternidad es el ejercicio que hoy propongo como pasatiempo veraniego. Entiendo que la idea inspire cierta pereza, pero ¿acaso no son las tardes lentas y perezosas del verano las más adecuadas para este tipo de elucubraciones? ¿Quién puede pensar desde lo eterno un día laborable de febrero a las nueve de la mañana? Por eso hoy he decidido sacudirme la modorra y prescindir de la siesta. Quiero mirar el mundo bajo el aspecto de la eternidad, aunque en la calle arda un sol asesino y el alquitrán se pegue a las suelas de los zapatos, aunque los pájaros caigan asfixiados de los árboles, aunque en esta tarde bochornosa de julio el único proceder sensato sea bajar las persianas, conectar el ventilador y buscar alivio y olvido en la penumbra del dormitorio.
Muy pronto compruebo lo difícil que es abordar cuestiones filosóficas de cierta envergadura con la que está cayendo. Me distrae una mosca que traza piruetas en el aire de mi despacho y finalmente decide posarse en mitad de mi frente, lo que me obliga a infligirme una dolorosa palmada (dolorosa para mí, no para la mosca). Me pregunto cuál será el papel de las moscas en el esquema general del mundo y la única respuesta que encuentro es que no existe dicho papel. Son bestezuelas perfectamente inútiles, diablos en miniatura cuyo único propósito parece ser el de atormentar a cualquier mamífero que se cruce en su camino, y en este momento yo soy ese mamífero. Podría pensar también en los mosquitos, pero eso sería desviarme del asunto de mi meditación de un modo penoso e innecesario. Pero es difícil meditar en este ambiente líquido de plena canícula. Una vez me dejé la jaula de mi pájaro en el balcón en una tarde como la de hoy. Todavía siento remordimientos. Dios bendito, qué sueño me está entrando. Igual que los seguidores del trascendentalismo New Age, intento ser uno con el cosmos, pero lo único que estoy consiguiendo es sentirme tan idiota como ellos. Y de paso sudar la gota gorda. Finalmente rompo mi concentración para encender el aire acondicionado. Vuelta a empezar. Bajo el oro ardiente de las cuatro de la tarde, las calles de Albacete se parecen al paisaje tras un holocausto nuclear. De puro extremos, nuestros veranos resultan casi míticos. En pleno mes de julio somos como un Macondo sin Aurelianos o una Comala sin Pedro Páramo. Somos una ciudad fantasma cuyos habitantes esperan aletargados a que el calor les conceda una tregua. Hasta hace unos años la ciudad se quedaba literalmente despoblada en verano. Yo casi nunca participaba de aquel éxodo, pero no me sentía desdichado por ello. Paseando por aquellas calles desiertas, uno llegaba a creerse el dueño de la ciudad. Ahora nadie puede permitirse un mes entero de veraneo. Con todo, la vida no recupera su pulso hasta la última hora de la tarde, cuando las terrazas empiezan a llenarse. Por cierto, ¿cómo es posible que quepan tantas mesas en la calle Concepción? Jamás me sentí tan hacinado al tomarme una cerveza. Y esa es la última idea coherente que soy capaz de enhebrar antes de que empiecen las cabezadas. Mis pensamientos flotan en un sopor blando y caliente, de modo que renuncio por hoy a contemplar el mundo sub specie aeternitatis. Me conformaré con tratar de echarme esa siesta a la que nunca debí renunciar.
Pero tan pronto como mi cabeza toca la almohada se me ocurre un último pensamiento, en apariencia ocioso. Pienso de nuevo en el verano, y más en concreto de los heraldos que lo anuncian. Y no me refiero a las golondrinas ni de las cigüeñas, sino de unos señores que todos los años aparecen en la Plaza Mayor en los primeros días del mes de mayo. Aclararé que estos señores no tienen nada de extraordinario. Son sólo sencillos agricultores que cada mañana madrugan, cargan su furgoneta y pasan un rato en la plaza vendiendo matitas de tomates y pimientos a la gente que las quiere plantar en sus huertos. Tampoco es que yo los espere como la proverbial agua de mayo. Con tantos madrugones y tantas mañanas frías a la espalda, uno tiene ya el ánimo embotado y poco proclive a arrebatos líricos. Pero un día, inesperadamente, ellos aparecen de nuevo y mi corazón salta de alegría. Su presencia me indica que lo peor ya ha quedado atrás, que a partir de ahora los días serán más luminosos, largos y cálidos, y que existen motivos para el optimismo. Pero hay algo más. Para mí su aparición anual simboliza que un ciclo acaba de cerrarse. El planeta ha completado otro de sus paseos cósmicos y yo sigo aquí. Aquí seguimos casi todos, más o menos igual, a pesar del cambio climático, de la amenaza nuclear y de las muchas calamidades que se ciernen sobre nuestra especie. Llevo diecisiete años haciendo el mismo camino cada mañana, y siempre han acudido puntuales a su cita. Dudo que ellos puedan sospecharlo, pero esos señores que venden matas de tomates en la Plaza Mayor me ayudan a tomar constancia del tiempo y a reconciliarme con la vida. Sin proponérselo, ellos me hacen contemplar las cosas desde la perspectiva de la eternidad.
Es curioso, empecé estas líneas afirmando que la abundancia de detalles nos confunde y nos impide ver lo que realmente importa en el mundo, y ahora comprendo que la realidad es justamente la opuesta: los detalles son el mundo, y en su variedad infinita reside la maravilla y el gozo de estar vivo. Queden las eternidades para mentes más preclaras que la mía. Yo me conformo con vivir este instante y los que vengan después. Reclamo para mí el delicado aroma de lo efímero y lo trivial.
Aparecido en La Tribuna de Albacete el 11/8/2007

lunes, 18 de junio de 2007

Parásitos



No se dejen confundir por el título. Éste no es un artículo sobre política. Mi médico me ha prohibido escribir sobre temas esotéricos hasta que cumpla los setenta. Tal vez para entonces, con la suficiente experiencia y sabiduría, empiece a entender alguno de esos misterios que ensombrecen la vida pública de nuestro país. De momento sigo a dos velas. Por ello prefiero limitarme a cuestiones más mundanas, como por ejemplo la invasión de parásitos que me aqueja desde hace un tiempo.

Aquí me veo obligado a hacer una segunda puntualización: les aseguro que soy un tipo muy limpio. Tal vez peque de ser un poco desaliñado, y es notoria mi incapacidad de combinar dos colores con un mínimo de buen gusto. Pero me fregoteo escrupulosamente a diario, empleo con profusión los desodorantes y procuro llevar siempre limpia la ropa interior (no sea que luego pase algo y menuda vergüenza, como me advertía siempre mi pobre tía Maruja).

Precisamente ahora los médicos nos amonestan por lavarnos demasiado. Por paradójico que suene, un exceso de higiene puede volverse perjudicial para la salud. El abuso de agua y de jabones altera el pH de nuestra piel, arrastra la capa grasa que nos protege y nos predispone a padecer dermatitis e infecciones cutáneas. Pero hay un riesgo todavía mayor. Con tanto aseo, tanto alimento envasado y tanta bebida pasteurizada estamos convirtiendo nuestros cuerpos en recipientes estériles que resultan enormemente vulnerables. Igual que un niño consentido y criado entre algodones, el sistema inmunológico se nos ha vuelto haragán e idiota. Incapaces de identificar los gérmenes patógenos, nuestros anticuerpos vagabundean por el torrente sanguíneo entre la abulia y la perplejidad. Y cuando actúan, a menudo la toman contra elementos totalmente inocuos o, lo que es peor, contra células propias que el organismo necesita para realizar sus funciones. De ahí la proliferación del asma, de las alergias o de las enfermedades llamadas «autoinmunes». Éste es un problema que desconocían nuestros antepasados, quienes solían andar envueltos en una saludable capa de mugre. Acostumbrados a vivir en la inmundicia, qué podía importarles a aquellos supervivientes que los piojos anidaran en su cabeza, que las pulgas y las garrapatas engordaran a costa de su hemoglobina o que los colchones de sus camas hormiguearan de inquilinos indeseables. Ahora, en cambio, la mera idea de que un solo bicho nos elija para fijar su domicilio hace que nos pique todo el cuerpo.

Ya en los años 70, el sociólogo francés Jean Baudrillard advertía de que el hombre contemporáneo se ha vuelto incapaz de manejarse con las cosas reales. Hemos creado una cultura del simulacro en la que la realidad ha sido sustituida por imágenes de la realidad. Para el hombre occidental la vida transcurre en la televisión y en internet. La guerra, la política y la realidad socioeconómica se nos suministran en forma de reportajes, conexiones y programas de debate. Las relaciones personales se trivializan y se convierten en pretexto para shows televisivos. Amigos y amantes no son sino líneas de texto en una ventana de messenger. Rizando el rizo, webs como Second Life nos ofrecen la posibilidad de soltar un avatar nuestro por la red para que él viva la vida que a nosotros nos está vedada. A este simulacro de vida sólo le faltaban los parásitos virtuales, y me temo que yo acabo de contraerlos.

Verán, desde hace un tiempo oigo ruidos que no existen y veo cosas que no están ahí. No son parásitos en sentido estricto, sino «simulacros de parásitos», pero no por ello resultan menos irritantes. La cosa empezó con los ruidos. Un día empecé a oír una especie de pitido en mi oído izquierdo. El ruidito dichoso variaba en intensidad y en tono según el día o el estado de ánimo, pero no cesaba nunca. De hacer caso al dicho popular, siempre había alguien hablando de mí, porque mi oído no dejaba de zumbar. Acudí al otorrino con la lógica preocupación. Me dijo que lo que yo tenía era un «acúfeno» o «tinitus», una especie de interferencia acústica que se generaba en mi oído interno por causas no aclaradas. «¿Pero desaparecerá, doctor?» Ante esta pregunta, el médico se encogió de hombros. Acababa de toparme con una de las fronteras de la ciencia médica. Un tiempo después vinieron las «moscas». Eran como bichitos o hilachas semitransparentes que parecían frotar en mi campo visual. Donde quiera que mirara, allí estaban ellas. A veces lograba olvidarlas durante un rato, pero una luz fuerte o un fondo claro las volvía enojosamente visibles. El oftalmólogo me aclaró que se trata de un achaque común. El humor vítreo, que da forma y consistencia a nuestro globo ocular, pierde transparencia y fluidez con el tiempo. A veces se condensa, otras veces se desprende de las paredes interiores del ojo (lo que se denomina un desprendimiento vítreo) y se queda flotando por ahí, como migas de pan dentro de una pecera. Puede ser algo inofensivo o puede presagiar trastornos más graves. No viene a cuento aclarar cuál fue mi caso. Lo que me llama la atención es que, a pesar de mi escrupulosa higiene, no había logrado desprenderme de los parásitos.

No tengo sarna, piojos ni garrapatas, y por ello mi cuerpo se ha tomado la molestia de generar parásitos virtuales para que me atormenten. Ignoro si esto puede interpretarse a la luz de la teoría del simulacro de Baudrillard. En todo caso, a mí me da que pensar. A falta de parásitos reales, ¿a cuento de qué esta necesidad de contraerlos en su forma virtual?

Y hablando de parásitos. Cada cierto tiempo muchos ciudadanos consienten en participar en un simulacro de democracia durante el cual llegan a creerse que tienen algún poder de decisión en los asuntos públicos. ¿No será éste otro modo de contraer esos parásitos que tanto echamos de menos? Por favor, piensen en ello.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 18/6/2007

lunes, 4 de junio de 2007

"Tirar cine"



a José Luis Micó

Mi amigo José Luis, caudetano de pro, trabaja de gerente en una inmobiliaria, pero debería ser músico, explorador o presentador de un programa radiofónico de madrugada. Su vida discurre por esa estrecha franja que hay entre el pragmatismo al uso y el lado salvaje y romántico de la existencia. Durante su horario laboral se gana la vida vendiendo casas, pero en su tiempo libre se dedica a aporrear la batería en un grupo de rock, pinta ilustraciones para libros infantiles o se embarca en aventuras tan curiosas como la que me dispongo a contar.

Verán, el caso es que hace unos días José Luis vio un anuncio por internet. Vendían nada menos que un viejo proyector de cine. Y no me refiero al entrañable Cine Exín (aunque de esos también conserva uno), sino nada menos que a un gigantesco proyector profesional de los que se usaban en las salas de cine en los 50 y los 60. En las fotos que ilustran el anuncio el aparato tiene un aspecto impresionante: parece el motor de un caza de la Segunda Guerra Mundial, o tal vez «el cañón desintegrador» de una película de ciencia-ficción de la serie B. Un objeto tal, a medio camino entre lo tecnológico y lo fantástico, por fuerza tenía que llamar la atención de un soñador impenitente como José Luis, quien a los pocos segundos estaba contestando al anuncio.

Resultó que el dueño del proyector era un señor de Pozo Cañada: don Pedro Pablo Romero, propietario de uno de los dos cines que llegó a haber en el pueblo. El señor Romero ha vendido su viejo cine para edificar sobre el solar, y no le queda más remedio que liquidar el material que todavía tiene allí guardado. Una de sus dos máquinas de proyección ha sido ya adquirida por un coleccionista de Zaragoza. La otra, la del anuncio, la vende por un precio más que razonable. Así pues, el sábado por la tarde José Luis se presentó en Pozo Cañada para interesarse por un viejo proyector profesional de 35 mm, lo que viene a ser tan quijotesco como comprarse una máquina del tiempo o un globo aerostático. Me contó que el artilugio, visto al natural, era todavía más fascinante que en la foto de internet, pero que más fascinante aún fue la conversación que mantuvo con Pedro Pablo, el dueño del cine y antiguo operador de proyección.

De labios del señor Romero supo, entre otras cosas, que el haz de luz que hace posible la proyección no lo genera una lámpara convencional, sino unas varillas de carbono que alcanzan una furiosa incandescencia por obra de la corriente eléctrica. Esto se denomina «la linterna» y, para que se hagan una idea, se parece mucho a las calderas de las antiguas locomotoras (de hecho, la máquina tiene una ventanilla lateral para controlar el proceso de combustión). Después de atravesar la cinta de celuloide y el objetivo, el haz luminoso se vierte en la sala oscura y enciende la pantalla blanca que cubre la pared del otro extremo. Y entonces ocurre lo que todos ustedes saben: Scarlett O’Hara levanta el puño en el contraluz del crepúsculo y jura que nunca volverá a pasar hambre; Bogart nos revela que cierta estatuilla de un halcón está hecha del mismo material con que se fabrican los sueños; el Séptimo de Caballería cabalga hacia Little Big Horn con Errol Flynn a la cabeza; Charlton Heston abre las aguas del Mar Rojo; Mastroianni se baña con Anita Ekberg en la Fontana de Trevi; y en un pueblecito que podría estar muy cerca de aquí, don José Isbert se desgañita con aquello de que como alcalde nuestro que es, nos debe una explicación, y esa explicación que nos debe nos la va a pagar. En la jerga del oficio, el acto de invocar esas imágenes se denominaba «tirar cine».

Dice José Luis que el señor Romero le recordó al viejo proyeccionista de «Cinema Paradiso», la encantadora película de Giuseppe Tornatore. Igual que le ocurría a aquél, también a Pedro Pablo se le encienden los ojos cuando se acuerda de los días de oro de su cine. Cuenta que había un momento especial al comienzo de cada pase, cuando las luces se apagaban y de la ventanita del proyeccionista surgía ese haz dorado que lo volvía todo posible, una luz de una calidad distinta, casi sobrenatural, que hacía enmudecer de repente al bullicioso público que llenaba la sala. Porque entonces todo el mundo iba al cine, como un rito de emoción compartida, y había días en que las butacas de la sala no bastaban para acomodarlos a todos y la gente se tenía que llevar la silla desde su casa, en especial cuando se estrenaba alguna película de Manolo Escobar, que era como el Elvis celtibérico, sólo que con hermanos y mejor peinado.

Pero todo eso ya terminó, porque el viejo cine de Pozo Cañada está a punto de barrerlo el huracán del tiempo, el mismo viento furioso que nos ha dejado sin salas en el casco urbano, lo que nos obliga a desplazarnos hasta los centros comerciales para recuperar algo de aquella magia (¿conciben un lugar más inapropiado que un hipermercado para celebrar el viejo rito?). Se trata, sin duda, del mismo viento que se ha llevado docenas de nuestros edificios más entrañables, aboliendo de ese modo algunas de nuestras más preciadas señas de identidad. El que ahora amenaza con barrer el comercio del centro de nuestra ciudad en beneficio de las grandes superficies. El mismo viento homicida que aniquila las cosas más frágiles, que suelen ser también las más preciosas, como las imágenes sobre una película de celuloide.

A don Pedro Pablo Romero le van a demoler su vieja sala. Él, que un día fue custodio de los sueños de todo un pueblo, no podrá ya ejercer su maravilloso oficio de «tirar cine». Ahora sólo me queda la esperanza de que José Luis se decida a comprarle el vetusto proyector. Tal vez mi amigo instale la máquina en un local vacío y nos proyecte alguno de los Nodos que el señor Romero ha prometido regalarle, y luego una película en cinemascope y technicolor (una de vaqueros o de romanos o de risa o de lo que él quiera). Y hasta puede que nos deje comer pipas.

Siempre nos queda la esperanza de que algún otro soñador tome el relevo.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 1/6/2007