La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

lunes, 23 de abril de 2012

Rapé



Mi amigo Alejandro es un tanto friki. Cuando uno lo ve venir por las estrechas calles del Madrid viejo, acaparando la acera con su corpachón, pertrechado con su cazadora de motero, sus gafas negras y sus muñequeras de clavos, el primer impulso es dar media vuelta y echar a correr. O como mínimo cambiarse de acera. Sin embargo, paradojas de la vida, Alejandro es uno de los individuos más refinados que conozco. Lleva muchos años dedicado a la traducción literaria, y por sus manos han pasado escritores de la talla de Jane Austen y Joseph Conrad. Su cultura es tan extensa que sorprende que tantos datos quepan en una sola cabeza. Lo de pasear por Madrid disfrazado de Makinavaja es pura excentricidad. Igual que sus manías de coleccionar relojes y de dedicarse con infatigable entusiasmo a la enseñanza y difusión del esperanto. Otra peculiaridad de Alejandro es su costumbre de tomar rapé. Y observen que he escrito «rapé», con tilde en la «e», y que por tanto no me refiero a ese pescado tan sabroso en guisos y arroces. El rapé es un preparado de tabaco molido y aromatizado que se aspira por la nariz, muy popular hace un par de siglos, pero bastante inusual hoy en día, al menos por estas latitudes. La palabra «rapé» nos hace evocar aristocráticos salones dieciochescos y películas de época. Pero ahí tenemos a Alejandro, con su pinta de ángel del infierno, tomando sus pulgaradas de rapé cual pisaverde emperifollado con peluca y casaca.

Hace poco me contó Alejandro una curiosa anécdota relacionada con el rapé y con internet. Andaba él en busca de nuevas variedades del producto (que no es fácil encontrar en estancos al uso) y probó suerte en Google. Pensó que para hacer la búsqueda más completa lo mejor sería combinar la palabra española y la inglesa: snuff. Así pues, tecleó «rapé» y «snuff» en la ventanita del todopoderoso buscador. Lo que obtuvo, para su asombro, fue una lista de páginas web de carácter pornográfico. Pero no de pornografía al uso, sino de sadomasoquismo, torturas, violaciones y demás sevicias. Entonces cayó en la cuenta de lo que había pasado. La palabra «rape» coincide con el término que en inglés designa la violación y el estupro. En cuanto a «snuff», se denomina así un cierto subgénero de pornografía en la que se muestran torturas y asesinatos supuestamente reales (recuerden Tesis, la película de Amenábar). La inteligencia que habita dentro de Google acababa de tomar a mi amigo Alejandro, espíritu elevado donde los haya, por un degenerado consumidor de la más abyecta variedad de pornografía.

Alejandro y yo coincidimos en lo inquietante que resulta saber que detrás de la página principal de Google (tan minimalista, tan inofensiva ella) acecha una mente vasta y despiadada, una inteligencia en absoluto humana, como la de los marcianos que espiaban los asuntos terrícolas en la novela de H. G. Wells. Se trata de una voluntad implacable e infatigable que acumula información sobre nosotros cada vez que hacemos una búsqueda en internet y que, no contenta con intentar vendernos todo tipo de productos y artilugios, se permite incluso el lujo de juzgarnos, como le pasó a Alejandro, quien se vio convertido en perturbado sexual por el capricho de los insondables algoritmos del motor de búsqueda.

Y si piensan que me estoy dejando arrastrar por mi imaginación, les diré que cierto antiguo alumno mío, ingeniero de telecomunicaciones, me confirmó todos mis temores: internet archiva, procesa y utiliza todo lo que vertemos en ella, ya sea a través de un buscador, de una red social o del correo electrónico. Eso significa que, una vez conectados, la red sabe quiénes somos. Y no me refiero solamente a nuestra dirección IP, tan impersonal como la matrícula de un coche, sino a un conocimiento amplio de aspectos de nuestra personalidad que solemos considerar confidenciales. La tecnología informática permite que la publicidad que vemos en las páginas web se nos muestre personalizada conforme a nuestra edad, nuestros gustos, nuestro nivel económico o nuestra orientación sexual. Si no me creen, pregúntenle al inefable Alejandro, quien hace poco trató de buscar información sobre John Gay, poeta y dramaturgo inglés del siglo XVIII. Ahora, cada vez que se asoma a internet, a mi amigo lo bombardean con anuncios dirigidos al público homosexual.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 23/4/2012

lunes, 16 de abril de 2012

3-D


El cine en 3-D lo inventaron los griegos en el siglo V antes de Cristo. El primer cineasta griego del que tenemos noticia se llamaba Esquilo. De él se cuenta que peleó contra los persas en Maratón, y que luego se pasó el resto de su vida dando la tabarra a amigos y parientes con historias de la batallita. La idea de Esquilo resulta sorprendente por su simplicidad. Consistía en tomar cualquier historia o leyenda y representarla. Me explico: se elegía a unos tipos que tuvieran buena voz, y a cada uno de ellos se le asignaba un personaje de la trama, que se iba contando a través de sus diálogos. El efecto estereoscópico fue un descubrimiento basado en la observación, algo que a los griegos se les daba muy bien. Para lograrlo, bastaba con mirar la representación con los dos ojos abiertos de forma simultánea. De ese modo el público podía percibir la profundidad de la escena y los distintos planos en los que cada actor se movía, lo que dotaba a la obra de gran realismo. En cuanto al mecanismo neurológico que hacía esto posible, los remito a la Wikipedia, aunque tengo que advertir que yo la he mirado y no he entendido nada, y sospecho que los griegos antiguos tampoco habrían entendido gran cosa, y eso que eran listos, los condenados.

El cine en 3-D se convirtió en un espectáculo muy popular en la antigua Grecia, hasta el punto de que cada ciudad importante tenía su propio local habilitado al efecto. Los romanos enseguida copiaron el invento y lo extendieron por todo el orbe conocido. Son famosos, por ejemplo, los cines en 3-D de Sagunto y de Mérida, que todavía se utilizan. Después pasaron muchos años sin que el espectáculo decayera. Es más, cobró gran auge durante los siglos XVI y XVII. El lector estará familiarizado con cineastas en 3-D de la talla de Shakespeare, Molière o Calderón de la Barca, español este último, para que luego digan que este país siempre se queda siempre rezagado en cuestión de tecnología.

Hasta finales del siglo XIX no se pude hablar de declive. Ocurrió en 1894, cuando unos franceses tuvieron la desdichada idea de patentar un invento denominado «cinematógrafo». El ingenio no presentaba ninguna ventaja con respecto al cine en 3-D de toda la vida. Para empezar, no era posible oír a los actores. Además, la imagen era de bastante peor calidad. Las cosas y las personas se veían en distintos tonos de grises, sin asomo de su policromía original. Pero es que encima no existía el menor efecto de tridimensionalidad. Todo se veía plano y soso, igual que una foto de entonces. Y a pesar de ello, por increíble que parezca, el invento del cinematógrafo triunfó y acabó por desbancar al cine en 3-D del favor del gran público.

Aunque convertido en un espectáculo minoritario, el cine en 3-D trató de adaptarse a los nuevos tiempos eliminando lo que se conocía como «la cuarta pared», pero a los espectadores no acababa de gustarles que los actores se bajaran del escenario y se dirigieran a ellos, como los payasos de circo. Y menos que los pusieran en evidencia y quisieran hacerlos participar en la representación. Se intentó ganar adeptos con representaciones de mimo, que podían sacarse de los teatros y llevarse a las calles y los parques. Pero eso tampoco funcionó. Yo no sé a ustedes, pero a mí siempre me ocurre: cada vez que un mimo me asalta por la calle para hacerme alguna cucamona, siento el impulso irreprimible de meterle una hostia.

Por contraste, el cinematógrafo perfeccionó su técnica y se impuso cada vez con más fuerza. Primero se incorporó el sonido, luego el color y, por fin, el efecto estereoscópico. El problema es que hay que ponerse unas gafas especiales que son incómodas y dan algo de repelús, y que asistir al espectáculo cuesta una pasta, al menos en Albacete. Y encima siempre se repite idéntico, sin el menor cambio. A mí ha acabado por aburrirme, la verdad. El único consuelo es ver a Leonardo DiCaprio hundirse en las profundidades del Atlántico al final de la película Titanic. En la versión tridimensional, recién estrenada, DiCaprio se ahoga de una forma mucho más realista y convincente, lo que no deja de provocarme un secreto regocijo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 16/4/2012

lunes, 9 de abril de 2012

Catástrofes



Mi relación con las catástrofes naturales es escasa, aunque peculiar. Una vez me sorprendió un diluvio universal en miniatura mientras caminaba por la calle Tesifonte Gallego. Llovía tanto que me sentí como uno de esos galos de Astérix, convencido de que el cielo entero se estaba desplomando sobre mi cabeza. No tuve más remedio que refugiarme en el soportal de una sucursal bancaria, junto a una docena de personas más. No sé si fue a causa de la furia de los elementos o del deficiente alcantarillado. El caso es que el nivel del agua empezó a subir enseguida, y de forma bastante alarmante. Al cabo de unos minutos la calzada había desaparecido bajo una corriente que descendía con cierto ímpetu (creo que hacia el parque, pero no estoy seguro). Cinco minutos más y las aguas habían rebasado el bordillo. Ahora, los otros refugiados y yo estábamos a tan solo un escalón por encima de aquel repentino torrente, que aumentaba en violencia a cada segundo, y la lluvia era tan densa que apenas se discernía la acera opuesta. A mi lado había un niño con su madre. «Mamá, tengo frío», dijo el chiquillo, lo que me provocó un repentino arrebato de ternura. Y justo entonces vimos pasar a un tipo que descendía por la calle… ¡en piragua! Nos miramos unos a otros con ojos espantados. «Mamá, tengo miedo», gimoteó el niño. Todavía no se había estrenado la película Titanic, pero durante una escalofriante décima de segundo un pensamiento se abrió paso en mi mente: «¡Vamos a morir!». No creo que les sorprenda saber que eso no ocurrió. En fin, que no ha sido necesario recurrir a una médium para escribir este artículo.
Los otros dos casos en que la muerte me ha mirado a los ojos no fueron tan dramáticos. No obstante, creo que han dejado en mí una impronta más profunda. Una impronta metafísica, si se me permite la pedantería. Se trata de los dos únicos terremotos que he llegado a percibir en toda mi vida. El primero fue allá por el año 98, y no recuerdo en este momento dónde se localizó el epicentro. El segundo fue el que tuvo lugar el Lorca, del que pronto se cumplirá un año. Ambos se percibieron por estas tierras, pero de una forma muy débil, nada que ver con las escenas (obsérvese que no he dicho «dantescas») que vimos en los telediarios de hace un año. Lo peculiar en mi caso fue que los dos seísmos me sorprendieron sentado en el váter. Notable casualidad y curiosa experiencia. Durante el primer terremoto no recuerdo haber sentido un pánico instantáneo, sino más bien un desasosiego cuyo origen no fui capaz de localizar en ese momento. En cuanto al temblor en sí, tampoco fue gran cosa. Los suelos de mi instituto tiemblan con mucha más fuerza cada vez que suena el timbre y los chicos de la ESO salen en estampida. En realidad, no fui consciente de lo que estaba ocurriendo hasta que comprobé que la cortina del baño se movía y que las toallas colgadas oscilaban ligeramente. Aquello fue hasta divertido. Mis amigos se rieron mucho cuando les conté la ridícula tesitura en que me había sorprendido el seísmo. El auténtico problema, el que provocó en mí una crisis metafísica de cierta intensidad, fue lo que ocurrió el año pasado, el hecho de que el segundo terremoto de mi vida me pillara exactamente en las mismas circunstancias, con los pantalones bajados y sentado en taza del váter.
A nadie le gusta pensar en la muerte, y menos en la suya propia. Pero si nos permitieran elegir, nadie dejaría de diseñarse una muerte digna, incluso heroica. A mí me gustaría montármelo como en el famoso cuadro de Delacroix, el de La libertad guiando al pueblo, con mi fusil en las manos en pos de la bandera tricolor. Pero ya no me es posible ignorar las señales que he recibido. No cabe duda de que el destino me depara un final mucho menos vistoso.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 9/4/2012

lunes, 2 de abril de 2012

Academias


Mientras haya malos estudiantes habrá academias, y no hablamos precisamente de una especie en peligro de extinción. A los que trabajamos en institutos y colegios, sin embargo, esos lugares no dejan de crearnos algo de mala conciencia. Querríamos que a nuestros alumnos les bastara con los conocimientos que impartimos en clase, que lo que enseñamos fuera suficiente para verlos progresar y salir airosos de sus retos escolares. Pero lo que en realidad vemos es cómo docenas de ellos fracasan en el empeño, con frecuencia estrepitosamente. Podemos esgrimir motivos de todo género (desinterés, desmotivación, desidia y otras cosas que empiezan por «des»). La pura verdad es que el fracaso de esos alumnos es también el de sus profesores. Los padres los envían a clases particulares para que allí les enseñen todo lo que no hemos logrado inculcarles en el instituto, y eso a algunos profes nos frustra y hasta nos avergüenza un poco. «¿Qué academia me recomienda?», me preguntan a veces los padres de mis alumnos cateados. Y no puedo reprimir un pinchazo de culpabilidad. «Yo creo que si el chico atendiera y estudiara más, podrían ahorrarse las clases particulares». Pero mis palabras no suenan convincentes. Es más, crece en mí la sensación de que cada día tengo menos alumnos en clase. La evidencia lo contradice. Quizás haya más de treinta chavales sentados en los pupitres, y su número aumentará al mismo tiempo que los recortes de marras. Pero su gesto y su actitud me indican que más de un tercio de ellos no están realmente en el aula, sino perdidos en una especie de mundo paralelo al que soy incapaz de acceder. Y menos cuando toca explicarles la voz pasiva. Entonces me da por pensar en cómo se las ingeniará el profesor de la academia (yo también lo fui, pero hace ya mucho de eso) para conseguir aquello en lo que yo estoy fracasando. Me consta que será un profesional competente, pero abrumado de horas lectivas, subempleado y rodeado de chavales hartos de pasarse el día encerrados. Cuando yo era niño teníamos «las permanencias». De algún modo todo quedaba en casa (es decir, en la escuela). Lo que ahora existe es esa extensa red centros de enseñanza paralelos que son como las catacumbas del sistema educativo, el reino de la claustrofobia vespertina, del tedio y del fracaso escolar, de la voz pasiva y de las ecuaciones de segundo grado.

Me llegan noticias de que a las academias también les ha alcanzado la crisis, como a casi todo. Muchas familias ya no pueden permitirse que el chaval apruebe las matemáticas o el inglés a golpe de recibo, y el número de alumnos desciende de forma alarmante. Pero parece que el ramo está aprendiendo a reinventarse y sale adelante. Se impone ahora un nuevo tipo de academia cuyo objetivo es captar a estudiantes abonados al suspenso múltiple, pero cuyos padres gozan de una situación desahogada. Solo las familias con altos ingresos pueden permitirse las abultadas tarifas que hay que satisfacer, a menudo con más de un trimestre de antelación. ¿Y qué se obtiene a cambio? Pues que el gandulillo de turno permanezca toda la tarde recluido en la academia, no ya únicamente recibiendo ayuda en las asignaturas que se le resisten, sino estudiando sus exámenes y completando sus tareas escolares. Es decir, lo que antes se hacía a solas en casa. Asistimos por tanto al nacimiento de un novedoso concepto empresarial: la academia-internado. De paso, queda inaugurada una nueva variedad de estudiante que dará mucho que hablar a los pedagogos: el alumno-prisionero. Por lo demás, la idea no parece mal del todo. Ahora las academias no serán únicamente el sumidero de la mala conciencia de tanto docente frustrado y desgastado. A cambio de unos cientos de euros, allí quedará también sepultado el remordimiento de los padres, o por lo menos de aquellos que no pueden o no saben cómo hacer para que sus hijos cumplan con sus obligaciones más elementales.
La Tribuna de Albacete, 2/4/2012

lunes, 26 de marzo de 2012

Grandes almacenes



Cayó en mis manos hace poco un libro del británico John Collier, autor muy conocido por sus relatos en las décadas de los 40 y los 50. De entre todas las historias que componían el volumen, la que más me llamó la atención fue la de un joven poeta que decide renunciar al mundo por el insólito procedimiento de mudarse a vivir a unos grandes almacenes. La idea puede parecer descabellada, pero no deja de tener cierta lógica. Durante el día, el joven se ocultará del bullicio de vendedores y clientes en medio de una montaña de mullidas alfombras. De noche, saldrá de su escondite para escribir y atender sus necesidades (nada más sencillo en un lugar donde existe gran abundancia de todo lo imaginable). La gran sorpresa sobreviene cuando nuestro poeta descubre que en modo alguno se encuentra solo, y que todos los grandes almacenes de la ciudad están habitados mientras se les supone cerrados y vacíos. Sus inquilinos componen una casta de seres humanos que ha decidido apartarse del mundo exterior, al igual que él, pero sin renunciar por ello a las comodidades de la sociedad de consumo. Son seres pálidos y esquivos cuya mayor obsesión es ocultarse del vigilante nocturno (a menudo se hacen pasar por maniquíes). Tienen sus propias jerarquías y leyes. Son una «sociedad secreta» en el sentido más literal del término.
La cuestión es que hace unos días me fui a El Corte Inglés en busca de esas capsulitas de café que George Clooney nos vende con tanto gracejo, y mientras deambulaba entre aquel laberinto de estanterías y productos me dio por pensar en el relato de Collier. Qué agradable sería —me dije— dar la espalda a los innumerables problemas de lo cotidiano y venirse a vivir a este lugar. Descansar sobre uno de esos sofisticados colchones viscoelásticos que ahora se denominan «unidades de descanso», elegir nuestro condumio diario entre las delicatessen del «Rincón del Gourmet», dejar que las horas transcurran dulcemente en un salón de diseño de los varios que hay en exposición, con sus estanterías modulares, sus primorosos chaise longue y sus exquisitos detalles decorativos. Escuchar música en un equipo hi-fi de última generación a la vez que disfrutamos de un libro de los miles que nos ofrece la sección de librería. Estrenar cada día ropa de las mejores marcas. Vivir en una especie de gigantesco escaparate con todas nuestras necesidades cubiertas. Y todo ello en un ambiente regido por los más modernos sistemas de aire acondicionado, sin tener que afrontar jamás la intemperie, ni la barbarie, ni el ruido y la furia del mundo exterior. Sin necesidad de afrontar esa empresa, imposible para tantos conciudadanos, de encontrar un puesto de trabajo. Sin obligación de aguantar a tanto casposo, tanto zopenco y tanto borde. Sin lucha. Sin dolor. Sin miedo.
Puestos a pensarlo, no me parece tan disparatado como alternativa de vida, máxime ahora que nuestros gobernantes han decidido desmantelar la sociedad del bienestar al grito de «sálvese quien pueda». Lo confieso. No me gusta esta sociedad despiadada hacia la que nos encaminamos, esta cultura del despido libre, el copago sanitario y la degradación de la enseñanza pública. Y ya que el gobierno ha decidido dejar de velar por el ciudadano y cederles el timón a los bancos y las grandes empresas, parece lógico que los de a pie, desvalidos como empezamos a sentirnos, vayamos buscando alternativas. 
Ya es primavera en El Corte Inglés. Vámonos todos a vivir allí para disfrutarla.


Publicado en La Tribuna de Albacete el 26 de marzo de 2012

domingo, 15 de noviembre de 2009

"¿QUIÉN NECESITA A CLEOPATRA?" UNA NOVELA DE STEVE REDWOOD






Steve Redwood
Trad. Elena Clemente
Grupo AJEC, 2009
ISBN: 978-84-96013-76-6
256 páginas

¿Qué libro escribiría Tom Sharpe si le diera por emular a H. G. Wells? Sería probablemente una historia sobre viajes en el tiempo, pero también una novela delirante, barroca, iconoclasta, irreverente, escatológica y a ratos incluso un poco obscena. Y, sobre todo, desternillante hasta la última carcajada. Con
¿Quién necesita a Cleopatra? Steve Redwood se revela como digno epígono de dos largas y brillantes tradiciones de la narrativa británica, la sátira humorística y la ciencia-ficción, y nos ofrece exactamente esa hipotética novela que acabamos de describir. El libro se publicó en el Reino Unido en el 2006 y ahora llega a nuestras librerías merced al sello del Grupo Editorial AJEC y con una cuidada traducción de Elena Clemente.

«N», inventor de un artefacto capaz de viajar hacia atrás en el tiempo, recibe en su mansión de Bristol la visita de tres exuberantes mujeres del futuro, «las damas de negro». A pesar de su aspecto peligroso, las visitantes se presentan como historiadoras y afirman que están aprovechando unas vacaciones para reunir información sobre los viajes temporales de N y de su compañero Bertie, que en el futuro distante del que ellas proceden se ha convertido en una leyenda. La parte central de la novela es la narración que N realiza de sus aventuras en una sucesión de épocas y lugares más o menos históricos, intercaladas con las inquietantes reacciones de las «damas» ante dichos relatos. Los viajes, que fueron financiados por una empresa llamada Chronotech, buscaban respuestas a una serie de enigmas históricos y pretendían reunir material para una serie de televisión. ¿Cuál fue la auténtica identidad de la Mona Lisa? ¿Qué extrañas circunstancias rodearon el asesinato del monje Rasputín? ¿De dónde salió la mujer con la que Caín perpetuó la raza humana? ¿Quién era en realidad el ángel que visitó a Joseph Smith, fundador de la religión mormona? ¿Qué provocó la crucifixión de Jesús? ¿Qué ocurrió verdaderamente en Roswell? Son aventuras que siempre encierran más de una sorpresa y que suelen tener finales aciagos, sobre todo para el desventurado Bertie, quien a menudo regresa con diferentes grados de quebranto físico, desde la simple mutilación hasta el total aplastamiento. Menos mal que el padre de Bertie, millonario y presidente de Chronotech, puede costear los tratamientos de resucitación y reconstrucción celular que le permiten su atolondrado hijo emprender una nueva aventura. ¿Y qué hay de la Cleopatra del título, auténtico mito sexual del «inventor» N? Mejor descúbranlo ustedes mismos. No me perdonaría el estropearles ese placer.

La pregunta que asalta al posible lector es si un género tan codificado como la ciencia-ficción, tan sujeto a las exigencias de sus fans, es capaz de incorporar el componente humorístico con buenos resultados. Podríamos invocar los conocidos ejemplos de Terry Pratchett (
Mundodisco) o de Harry Harryson (Bill, héroe galáctico) para contestar afirmativamente. Pero me voy a remontar un poco más atrás, hasta nombres tan ilustres como Isaac Asimov y Fredric Brown, quienes no eludían en absoluto la comicidad en algunas de sus novelas y relatos más conocidos. Otra cuestión es si ¿Quién necesita a Cleopatra? se justifica como novela o no es más que una colección de situaciones cómicas, piezas de una broma monumental que el autor ha decidido encajarles a sus lectores. Aquí tengo que confesar algunos temores. Temo que Steve Redwood fuese capaz de venderle su alma al demonio por un buen chiste. Y bien pudiera ser que ya hubiera cerrado el trato, como venimos sospechando desde su anterior novela, El pescador de demonios (ed. El Tercer Nombre, 2008), cuyo protagonista no es otro que el mismísimo Lucifer embarcado en una desternillante versión alternativa de El paraíso perdido de John Milton. Con todo, cualquier duda se esfuma al cabo de los primeros minutos de lectura, cuando comprobamos que ¿Quién necesita a Cleopatra? es mucho más que un juguete cómico (aunque muy, muy cómico). Nos encontramos ante una historia bien construida que progresa con un ritmo trepidante y secuestra la atención del lector desde las primeras páginas, una historia habitada por un puñado de personajes absolutamente inolvidables: el taimado y oportunista N, con un sinfín de cosas que ocultar, el infeliz de Bertie, siempre al borde de la catástrofe y aquejado de un terrible problema de olor corporal, las misteriosas Shimmer, Shade y Shalom, sensuales y peligrosas como panteras prestas a saltar sobre su presa, Winnie, Mabel, María, el enigmático Moroni y su sorprendente participación en el incidente de Roswell, Leonardo, Rasputín y el mismísimo Jesús, que nos revelan aspectos insospechados de su personalidad, o la defensora galáctica Boudica Sunsinger, más tarde conocida como «La Abominátrix», que cobra pleno protagonismo en el fabuloso y desopilante desenlace. Éstos son los personajes principales de esta deliciosa farsa con envoltorio de novela de ciencia-ficción.

Volviendo al desenlace, echamos tal vez en falta que el autor se demore algo más en los capítulos finales del libro, donde (como en toda buena novela de viajes en el tiempo) se atan los cabos sueltos y se resuelven las paradojas. De hecho, los acontecimientos finales suponen un atractivo giro argumental que arroja luz sobre lo narrado anteriormente, pero a la vez introducen personajes y elementos nuevos de los que querríamos no tener que despedirnos de un modo tan abrupto. Este precipitado desenlace posee la virtud de cerrar la novela en un punto álgido, pero deja al lector con la miel en los labios. Nos queda la sospecha de si Redwood no estará urdiendo una continuación de las aventuras temporales de N y Bertie, y por ello ha decidido dejar a sus lectores con ganas de más. Tal vez la única criatura más maquiavélica que un novelista sea un novelista inglés.

En cualquier caso, la maestría de Steve Redwood como narrador es indiscutible, así como su talento para crear situaciones rebosantes de ingenio y comicidad. Pero no menos importante es que su experiencia en el oficio le haya enseñado la lección primordial de cualquier novelista, que no hay pecado mayor que el de aburrir a los lectores.
¿Quién necesita a Cleopatra? es entretenimiento en estado puro, pero también una pequeña obra maestra que no defraudará a los incondicionales de la ciencia-ficción, y que a buen seguro logrará que más de uno se incorpore a las filas de un género tan variado y fecundo como menospreciado en nuestro país.

¿Quién necesita a Pratchett cuando tenemos a Redwood?

martes, 20 de octubre de 2009

LA LEY DE MURPHY YA ES UN LIBRO



Muchos de los artículos de "La Ley de Murphy", aparecidos como columnas de prensa y, posteriormente como entradas en este blog, pueden adquirirse ya en forma de libro.
http://www.eloymcebrian.com/yorick/murphy.html