La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

jueves, 24 de julio de 2008

"Bookcrossing"



Confieso que me pirro por los magazines radiofónicos. Frívolo que es uno. El problema de estos programas es que llega el verano, y sus presentadores titulares se marchan de vacaciones. Entonces toman el relevo los suplentes, que nunca están a su altura, junto con un equipo de becarios que suelen ser estudiantes de periodismo en prácticas. Es cierto que esos programas, incluso con sus plantillas oficiales al timón, rara vez se caracterizan por la profundidad de los asuntos que abordan. Pero sus ediciones veraniegas se aligeran de tal modo que sus contenidos rozan ya la pura inanidad. Esto es lo que en jerga mediática se denomina «un tema refrescante». Pues bien, existe un tema refrescante en concreto que resurge una y otra vez a modo de versión actualizada de la consabida serpiente de verano. Se trata del «bookcrossing».

El bookcrossing es una práctica que empezó en Estados Unidos y se extendió con rapidez a las colonias norteamericanas (incluyendo nuestro país) gracias a internet, caldo de cultivo donde prosperan y se difunden las tonterías a escala global. En pocas palabras, consiste en coger un libro y dejárselo olvidado en medio de la calle, en el banco de un parque, en la copa de un pino o debajo de la estatua de Espartero. Luego, si hay suerte y el libro sobrevive a la intemperie, a las deyecciones de las palomas y a la furia de los botellones, llegará otro «bookcrosser» y se lo llevara a su casa. Y cuando teóricamente lo haya leído, volverá a abandonarlo por ahí («lo liberará», dicen ellos). Y vuelta a empezar. Hasta ahí la cosa parece una soberana sandez. Pero cuando se descubre que efectivamente lo es, es cuando nos enteramos de que la gracia está en seguir el periplo del libro a través de la red. A diferencia de los huérfanos que se abandonaban en las puertas de los conventos, cada ejemplar lleva una etiqueta identificativa, y cada fulano que lo deja por ahí se apresura a indicar en una web ad hoc el lugar exacto, para que otros fulanos puedan acudir a recoger el libro y perpetuar de ese modo la tontería. Al parecer, los bookcrossers revientan de gozo cuando se enteran de que su libro ha ido a parar a Sevilla o a Bollullos de la Sierra.

Cada vez que la radiodifusión estival trata este asunto (y son ya varias), entrevistan a una señorita cuyo nombre no recuerdo, y cuyo mérito consiste en ser la presidenta de la pandilla. Entre jijís y jujús, esta señorita repite las mismas anécdotas verano tras verano. Cuenta que una vez metió un libro en un recipiente de plástico, lo selló con silicona y lo tiró al mar, y que luego nunca volvió a saber de él. Qué inesperado desenlace. O la historia de aquella niña que encontró un libro que era para mayores, y lo tuvo guardado hasta cumplir la edad adecuada, y sólo entonces lo leyó, para luego, obediente y modosita ella, volver a liberarlo. Afirma la señora presidenta que la aspiración de los bookcrossers es convertir en mundo en una gran biblioteca, y que se lo pasan estupendamente, sobre todo cuando se cuentan sus cosas en los foros y en los chats, o cuando quedan para conocerse en persona y luego se van de picos pardos, que es lo que en internet se conoce como «hacer una kedada». Esto último es, en mi opinión, el auténtico aliciente del invento, y lo de los libros y la biblioteca global, un simple pretexto para hacer amigos e irse de parranda y ligoteo.

Dudo que alguien que siente tan escaso aprecio por los libros como para dejarlos abandonados por ahí, sea capaz de leerlos, y mucho menos de entenderlos, ni aunque se trate de novelas de Paulo Coelho o de Antonio Gala. Lamento expresarlo con tanta crudeza, pero lo que hacen estos bookcrossers me parece más propio de tontuelos (por no decir de vándalos) que de auténticos lectores. No creo que sea el bookcrosser quien libera el libro, sino el libro el que se libra del bookcrosser. Y la mejor fortuna que puede correr ese ejemplar es acabar en la biblioteca de alguien que lo sepa apreciar y conservar. Un libro se puede regalar, prestar, vender, dejar en herencia o robar. En determinadas circunstancias, incluso es lícito quemarlo o usarlo para suplir la pata rota de un mueble. Lo que no es de recibo es dejarlo tirado por ahí por un motivo tan banal. Es más, si alguna vez encuentro un ejemplar de «La conjura de los necios» o de «El aleph» abandonado en un banco del parque como una bolsa de pipas vacía, prometo que denunciaré públicamente a su anterior propietario por vandalismo cultural.

Y ahora que me acuerdo, mis padres encontraron una vez un libro en un banco de una estación de autobuses. Su título era «El libro infernal» y su autor un tal Tomás Sulfurino, un supuesto monje medieval que acabó en la hoguera por nigromante y adorador de Satán. Mis progenitores estuvieron dudando entre recogerlo o no, pues temían que verdaderamente se tratara de un hallazgo diabólico. Al final, armándose de valor, se lo llevaron y acabó en mis manos. Hoy comprendo que tal vez fuera un ejemplar liberado por algún precursor del bookcrossing, aunque resultó que el libro sí tenía algo de satánico. Pero esa es otra historia y ha de ser contada en otro momento.

 

Aparecido en el diario La Tribuna de Albacete el 18/7/2008 

 



martes, 15 de julio de 2008

Melomanía



Vivo en el centro de Albacete porque soy alérgico al uso diario del automóvil. Compré mi vivienda en la calle Zapateros, que como saben es peatonal, en la creencia de que así disfrutaría de las ventajas de vivir en el centro sin sufrir los inconvenientes del tráfico. Entonces mi adquisición me pareció un acierto, y yo un tipo muy astuto al haber elegido mi lugar de residencia con tanta sensatez. Pero al destino (o al diablo) le divierte gastarnos jugarretas. Y yo, que me considero un enemigo jurado del ruido, estaba destinado a sufrirlo en cantidades industriales.
Pasaré por alto el hecho de que todos los borrachos de Albacete parecen sentir una predilección especial por mi calle a la hora de emprender sus accidentados regresos al hogar. Eso sería injusto para los vecinos-mártires de La Zona y sus aledaños, o para quienes sufren la calamidad de un botellón bajo la ventana de su dormitorio. La concentración de locales de copas en dos o tres calles tal vez sea muy conveniente para los hosteleros, pero ha convertido esa zona de nuestra ciudad en un espacio inhóspito, casi inhabitable. Un auténtico territorio comanche. En comparación, mi calle, con sus coros de borrachos en la madrugada, disfruta de la misma calma que un monasterio de cartujos. Comparadas con el frenesí nocturno de La Zona, hasta resultan tolerables esas infames verbenas de barrio con que las asociaciones de vecinos castigan a sus vecinos a costa de las subvenciones municipales. Por cierto, que ya he padecido la mía. Como cada año, con la puntualidad de ciertas catástrofes naturales, las fiestas de mi barrio se han perpetrado en la plaza del Periodista Antonio Andújar. Y como prueba de que con la edad uno se vuelve más tolerante, sepan que he aguantado mi ración doble de pachanga sin decir ni pío… ejem… hasta hoy.
Mi calamidad acústica particular es de otra índole y opera en horario diurno. Me refiero al conservatorio de música Tomás de Torrejón y Velasco, esa noble institución que se ha convertido en la pesadilla de quienes vivimos en sus inmediaciones. Los estudiantes tienen que practicar, por supuesto. Y por ello el edificio esta provisto de dobles ventanas. Pero pronto descubrimos, para nuestra consternación, que ese detalle es puramente ornamental, pues los estudiantes las abren de par en par en invierno y en verano. Y así los vecinos podemos apreciar su habilidad para aporrear pianos e instrumentos de percusión, soplar en tubas y cuernos, o tañer violines y contrabajos. Imaginen que todos esos instrumentos suenan a la vez (algunos, por cierto, tocados por desmañadas manos primerizas). Imaginen que su despacho, el lugar donde trabajan, estudian o simplemente tratan de leer, se encuentra a diez metros escasos de esa pared sonora. Imaginen el clamor de un coro dentro de su domicilio, como si esas decenas de voces cantaran exclusivamente para su tormento. Imaginen a la banda municipal en pleno ensayando justo delante de su ventana, muchas veces hasta la medianoche. ¿No creen que hasta el melómano más fanático se volvería un enemigo jurado de la música? ¿Tenemos algo que envidiarles a los vecinos de La Zona?
Habrá quien justifique este martirio invocando la condición de centro educativo del conservatorio. Se dirá que posee una función social y que, por tanto, conviene hacer la vista gorda. Yo pienso que la condición de centro de enseñanza no es un eximente, sino un agravante, porque es bien sabido que los profesores tenemos también la obligación de educar en valores y en ciudadanía, y es de buen ciudadano no incordiar al vecino. Tampoco faltará quien diga que el conservatorio se cierra en vacaciones, con lo que los estudiantes se van con la música a otra parte. Cierto, en términos generales. Con la salvedad de que el año pasado hubo obras, y los albañiles con sus picos, taladros y hormigoneras tomaron el relevo de los estudiantes con sus pianos, clarinetes y violas. Y que este año son los opositores quienes nos regalan los oídos con sus conciertos, eso sí, algo más afinados. En fin, ¿algún sordo de nacimiento está interesado en comprar un piso baratito en la calle Zapateros?
* * *
Posdata: mi remedio, igual que el año pasado, ha sido hacer las maletas y marcharme al pueblo. A Carcelén, para más señas. Desde el patio de mi casita tecleo estas líneas, mientras contemplo cómo me crecen los geranios. El sonido más alto es el trinar de las golondrinas, y de fondo el zumbido de una avispa que traza piruetas entre las ramas de un laurel. Y hablando de Carcelén, hace unos meses reclamé desde esta columna que se le tributara el homenaje que merecía a Juanjo Gómez Molina, artista y catedrático, carcelenero ilustre donde los haya, fallecido en accidente el verano pasado. Pues bien, a principios de junio tuvo lugar ese homenaje, con la participación de la familia y de todo el pueblo. Y hoy la plaza principal del pueblo lleva el nombre de Juan José Gómez Molina. Es justo reconocer las cosas bien hechas. Desde aquí mi felicitación para el ayuntamiento de Carcelén y para Ildefonso Vera, su alcalde.
Aparecido en el diario La Tribuna de Albacete el 11/7/2008

jueves, 3 de julio de 2008

Gracias, profesor



A mediados de los 70 llegó al instituto Bachiller Sabuco de Albacete un nuevo catedrático de Lengua y Literatura. Aunque serio en apariencia, era un profesor joven y progre, y me imagino que debió de llevarse un chasco notable al cruzar por vez primera el umbral catedralicio de aquella santa casa. Por aquellos tiempos el instituto todavía no había vivido su particular transición, y aún conservaba intacta la caspa y las telarañas de la rancia institución que siempre fue. Existía la costumbre, por ejemplo, de que el catedrático de Literatura impartiera una conferencia sobre el Quijote para conmemorar el Día del Libro. Aquel año la conferencia versó sobre Mortadelo y Filemón. El catedrático de Literatura se llamaba Francisco Mendoza Díaz-Maroto.
Han pasado más de treinta años y Paco Mendoza acaba de jubilarse. Yo lo conocí siendo alumno. De su mano me adentré en El Quijote, del que mi profesor resultó ser un especialista. Él me presentó a Lope y Calderón, y me enseñó a desentrañar a Góngora y a Quevedo, sin rehuir los aspectos más turbios de la relación entre ambos («Yo te untaré mis versos con tocino / porque no me los muerdas, Gongorilla»). Recuerdo que también leíamos La Celestina en clase y que a mí me tocó el papel de Sempronio, el deslenguado criado de Calisto. Conforme yo leía, crecían el rumor y las risitas en el aula. «Cebrián, ¿me deja ver su libro?», me dijo el profesor Mendoza. «¡Claaaaro!», exclamó nada más ver la cubierta. Y a renglón seguido me hizo notar que, en mi candidez, me había comprado la edición de Clásicos Ebro, «expurgada de sus pasajes más escabrosos», es decir, de los mejores. Del profesor Mendoza recibí mi primera lección de crítica biblio-textual. Él me enseñó que no es lo mismo una edición que otra, que los clásicos viven o mueren según quién los edite y quién los anote.
Los clásicos vivían cuando Paco Mendoza nos los explicaba. Vivían y vibraban. Al leer con él uno se sentía como un lector del siglo XVI o XVII. También nos enseñó que hay un gigantesco corpus literario fuera de los libros. Existe una literatura de la memoria compuesta por romances que se transmiten por tradición oral, y que es necesario buscar en los recuerdos de los más ancianos. Él nos animó a recoger testimonios de esta literatura popular de los labios de nuestros mayores. Con él aprendí realizar mi primera «investigación de campo». También fue mi primer profesor agnóstico, republicano y librepensador. Y francófilo, comme il faut.
A principios de los 80 me marché del instituto para estudiar Filología en Valencia. Regresé diez años después, ahora como profesor, y allí seguía Francisco Mendoza (aunque pronto supe que, entretanto, se había expatriado unos años para enseñar literatura en París). Había perdido la barba junto con el hábito de fumar, y ganado algunos kilos. Ahora llevaba lentillas y apenas usaba ya esa corbata de pajarita que era una de sus más célebres excentricidades. Sin embargo, había adquirido el inexplicable hábito de ponerse camisas hawaianas cuando llegaba el buen tiempo. Al principio de nuestra relación como compañeros, me acercaba a él con cierta reverencia. Ahora que esa relación profesional toca a su fin, mi trato con Francisco Mendoza es mucho más cercano, pero la reverencia nunca se ha extinguido del todo. Durante estos casi veinte años en que lo he disfrutado como compañero y como amigo, Francisco Mendoza ha seguido siendo mi profesor, pues ni un solo momento ha dejado de enseñarme. Él leyó mis primeros intentos literarios y me guió con su consejo. Él me siguió contagiando su inmenso amor por la literatura y por los libros, el soporte imprescindible de la palabra escrita. De hecho, muy pronto supe que mi antiguo profesor era también una reconocida autoridad en el campo de la bibliofilia y de la literatura popular tradicional, y que su biblioteca de ejemplares raros e incunables competía con la que tenía don Alonso Quijano antes de que el cura y el barbero hicieran de las suyas. En una enseñanza media en la que cada vez se fomenta más la mediocridad, Paco Mendoza es un auténtico sabio, uno de esos profesores que iluminan a cualquier alumno con dos dedos de frente para escucharlo. En una enseñanza media degradada, trivializada e infantilizada, él es un ejemplo de dignidad, un bastión contra la barbarie. Como compañero es muchas otras cosas. Un tipo amable, divertido, socarrón. Mordaz como un bisturí, chispeante en su conversación, imprescindible en sus opiniones, siempre un poco transgresor, como aquella vez que dictó su conferencia sobre Mortadelo y Filemón ante los asombrados catedráticos de toda la vida.
El día de su jubilación, nos dijo que debíamos tenerle envidia, porque se disponía a cumplir el ideal humano de vivir sin trabajar. Yo le tengo envidia por eso y por mucho más. Ya por la tarde, un poco achispado, se lo confesé: «Paco, tú representas todo lo que yo quiero ser de mayor». Escribo estas líneas completamente sobrio, pero sigo pensando lo mismo.
Gracias, profesor.
Aparecido en el diario La Tribuna de Albacete el 4/7/2008

viernes, 27 de junio de 2008

Banderas



A un buen amigo que acaba de estrenarse en la enseñanza le ha reñido el director de su instituto por ponerse una camiseta con la bandera republicana. Sin entrar en el fondo del asunto, la actitud de ese señor me parece un tanto autoritaria, con un tufillo a polvo y caspa que recuerda bastante a la escuela franquista. Pero lo más sorprendente es el argumento empleado por el buen señor. Le dijo a mi amigo que la exhibición de dicho símbolo era «anticonstitucional». Y para apoyar su aserto invocó nada menos que a D. José Bono, presidente del Congreso y, como todos sabemos a estas alturas, tercera autoridad del Estado. ¿Se acuerdan del patinazo del Ínclito de hace un par de semanas? El Congreso recibía la visita de un grupo de represaliados del franquismo. Al exhibir uno de ellos una bandera tricolor, el señor Bono le dijo que se la guardara. «La legalidad es la que marca la Constitución —explicó el Ilustre con salobreño con aplomo— y no otra, y por tanto no puedo aceptar manifestaciones que no son legales en este momento». Si Bono hubiera hecho referencia al reglamento del Congreso, tal vez su prohibición hubiera tenido algún fundamento. Al invocar la Constitución, lo único que demuestra es que para convertirse en la tercera autoridad del Estado no hace falta ser un gran jurista. Y para ser director de instituto, tampoco.
El uso y exhibición de la bandera republicana es legal según el artículo 20.1 de nuestra Constitución, donde se garantiza «la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades, sin más limitación, en sus manifestaciones que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la Ley». Y por si acaso al señor Bono y al señor director les cuesta trabajo recordar que están obligados a conocer y obedecer la ley, en el artículo 20.1 se insiste en que a los españoles se nos reconoce y protege el derecho «a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción». Y un poco más abajo, se advierte que «el ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa».
Esto debería bastar, pero puesto que a algunas personas les resulta difícil recordar en qué época viven, tal vez sea necesario mencionar que ya existe jurisprudencia al respecto. En el año 2002, el ayuntamiento de Torrelodones, gobernado por el PP, obligó a retirar la enseña tricolor del chiringuito que montó IU para las fiestas patronales. Pues bien, en sentencia fechada el 15 de diciembre de 2003, la sección novena de la sala de lo contencioso administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Madrid estimó que dicha resolución municipal era contraria al ordenamiento jurídico, en tanto que vulneraba los derechos fundamentales previstos en los artículos de la Constitución española ya mencionados.
Lamento en el alma haberme puesto así de leguleyo, pero lo la bronca que recibió mi amigo me pareció tan indignante que no tuve más remedio que indagar un poco en el asunto. El joven profesor y el viejo republicano tienen tanto derecho a lucir la bandera tricolor como a exhibir un crucifijo, el escudo del Real Madrid o una camiseta de Iron Maiden. Naturalmente, se incurre en delito si se exhibe la bandera de la Alemania nazi, la de ETA, o cualquier otro símbolo que incite al odio racial, a la violencia o a la xenofobia. Pero creo que no es el caso. Y aunque sabemos que la bandera de la Segunda República no forma parte de los símbolos oficiales del Estado, para muchos españoles representa una aspiración y una formulación ética y política, además de un modo de honrar a quienes conocieron la cárcel, el exilio o la muerte por defender libertades que hoy en día nos parecen naturales. Ni Bono ni ese director pueden invocar la ley para justificar su cacicada. Lo suyo se llama, sencillamente, intolerancia.
Yendo un poco más lejos, y centrando la cuestión en la escuela, no comprendo por qué esta manía de ser asépticos hasta la náusea, de cogérnosla con papel de fumar. ¿Tan vergonzoso es defender una ideología y hacer manifestación pública de ella? Un día, al llegar a mi instituto, me encontré con un grupo de alumnos que se manifestaban en defensa de la escuela laica y en protesta porque en un centro público se celebraran misas, como era (y sigue siendo) el caso. No tuve más remedio que acercarme y felicitarlos, no ya por la naturaleza de su protesta, sino por haber tenido el coraje de realizarla. El hecho de desterrar la ideología de la escuela convierte nuestras aulas en un espacio estéril donde sólo pueden prosperar la ostentación de marcas y cachivaches tecnológicos, la banalidad y la estupidez. La educación debe fomentar que los alumnos aprendan a pensar y no teman defender públicamente sus posturas. Y también el civismo de saber convivir con quienes piensan de un modo diferente. Eso se llama educar en la libertad. Precisamente lo que estaba haciendo mi amigo, el joven profesor, al llevar su camiseta al instituto. Salud y República, hermano.

Publicado en el diario La Tribuna de Albacete el 27/6/2008

viernes, 20 de junio de 2008

De googles, wikipedias y pinganillos


En las aulas donde se celebran los exámenes de selectividad conectaron el inhibidor de frecuencia, y a los estudiantes tramposos se les apagaron los plomos, es decir, los pinganillos. A esos Bill Gates del copieteo debió de resultarles aterrador el momento en que se encontraron incomunicados, encerrados a solas en el cuarto oscuro de su propia ignorancia. Los profesores sabemos muy bien que los chicos nos copian con ayuda de las nuevas tecnologías. No tengo la menor idea de cuánto vale un inhibidor de frecuencia, pero dudo que el presupuesto de los colegios e institutos dé para tanto. Si acaso, podríamos pedirle al señor Barreda que nos incluya algunos de oferta en ese lote de portátiles que va a regalarnos el curso próximo. Lo único que me da apuro es que tanta onda hertziana yendo y viniendo por las aulas acabe por freírnos el cerebro a profesores y alumnos, y en el próximo informe Pisa nos hayamos salido de las gráficas, pero por la parte de abajo.

Esto del móvil, el pinganillo y el amiguete actuando como apuntador tendría su gracia si no fuera porque posee una lectura trágica. Vivimos instalados en el todo vale y el esfuerzo cero. Igual que nuestros congeladores están llenos de alimentos precocinados, nuestras cabezas rebosan de ideas precocinadas. Y digo «ideas» a falta de una palabra mejor para esas sandeces que nos asaltan desde pantallas y monitores. Nosotros nos embrutecemos con la tele y la «cultura» de consumo, y nuestros hijos hacen lo propio con el messenger y los fotologs. Echarles un vistazo a las conversaciones que los adolescentes se cruzan vía internet es asomarse al abismo. El lenguaje se simplifica y se adelgaza al mismo ritmo que las ideas que transmite. Un sms no será nunca un poema, un epigrama o una greguería. Un episodio de una serie de televisión nunca sustituirá a un buen libro (ni siquiera un capítulo de House, aunque me pese reconocerlo). Pero qué cómodo resulta desconectar la inteligencia y ver desfilar las imágenes. En este contexto digno de una novela de George Orwell, lo de copiar con pinganillo es sólo un paso más. ¿Para qué molestarse en estudiar cuando todo el conocimiento está al alcance de una pulsación de tecla?

Cualquier profesor mínimamente informado sabe quiénes son sus principales enemigos: Google, la Wikipedia y El Rincón del Vago. Ya no es posible inculcarles a los alumnos la importancia de frecuentar bibliotecas, consultar volúmenes, identificar fuentes, redactar listas bibliográficas... Igual que la música que se descargan gratis para sus mp3, los chicos entienden que el conocimiento es de todos, que está ahí, al alcance de la mano, para que cualquiera puede tomarlo gratis. Cuando les pedimos un trabajo escrito, nos resignamos al hecho de que los alumnos lo resolverán con un rápido copia-pega, sin molestarse siquiera en comprobar si las webs que han saqueado ofrecen una mínima garantía o rigor. «Voy a tener suerte», les dice Google con un guiño. Y ellos han acabado por creérselo. «Haz clic y te llevo adonde quieres ir, sin pena y sin esfuerzo». Lo terrible es que esas webs en las que nuestros estudiantes recalan probablemente no sean más que copias de copias de copias, lo que acaba enfrentándonos a una terrible posibilidad: tal vez ya nadie escriba libros ni investigue, tal vez ya no se esté generando conocimiento. Quizás desde que internet se convirtió en nuestra conciencia global (en nuestra mala conciencia global) todo lo que se publica no sea más que una copia de material original generado en la era pre-internet, pre-wikipedia, pre-estupidez. Vivimos en la wiki-cultura, somos google-ciudadanos, y quien esté libre de pecado que tire el primer pinganillo.

Con este panorama, a lo mejor lo de impedirles a los chicos que copien a gusto no es más que una monumental hipocresía. ¿Acaso hoy no copia todo el mundo? Nos hemos acostumbrado de tal modo a esta vida del «voy a tener suerte» que hasta hemos elevado a Google a los altares de la cultura. Hace diez años, dos melenudos recién graduados de Stanford aporreaban sus teclados en un garaje. Hoy se llevan el premio Príncipe de Asturias de Comunicación. Hoy nuestros chicos tratan de copiar en sus exámenes de P.A.A.U. con el pinganillo incrustado en la oreja. Dentro de diez años… ¿quién sabe? A lo mejor siguen siendo igual de burros, pero no se puede descartar que les den el premio Príncipe de Asturias. O que los nombren ministros o ministras, aunque sea de Igualdad.

Pero en mi ingenuidad prefiero pensar que no todos los estudiantes son así. Estoy casi convencido de que sigue habiendo algunos partidarios del esfuerzo, del café y de las noches en vela. Y hasta creo que he identificado al menos a media docena de ellos en las aulas donde doy mis clases. No sé si la sociedad los considerará alguna vez triunfadores. ¿Para qué tanto esfuerzo cuando hay vías mucho más sencillas y rápidas? Sin embargo, creo que la existencia de uno solo de estos chicos dignifica y llena de sentido nuestro trabajo de profesores. Al fin y al cabo, serán ellos quienes lleven la antorcha.

Publicado en el diario La Tribuna de Albacete el 20/6/2008

sábado, 14 de junio de 2008

Es... ¡el circo volante de Monty Python!


Un encuentro entre Miguel Ángel y el Papa:

—Buenas tardes, Miguel Ángel. Quería hacerte algunas observaciones sobre ese cuadro tuyo de «La última cena». No estoy muy satisfecho con él.

—Vaya por Dios, pues me costó horas terminarlo.

—No estoy satisfecho en absoluto.

—¿Ah, no? En fin. ¿Y qué es lo que no le gusta? ¿El canguro?

—¿Qué canguro?

—Está por el fondo. Pero no pasa nada. Lo puedo convertir en un apostol.

—Ajá. Ese es exactamente el problema. Los apóstoles. Los 28 apóstoles que has pintado.

—¿Demasiados?

—¡Pues claro que son demasiados!

—Bueno, sí. Pero es que quería dar la impresión de una última cena de verdad. No una cena normal y corriente o una última merienda-cena. Quería que aquello pareciera la madre de todas las cenas. ¿Me comprende?

—Había sólo doce apóstoles en la última cena.

—Bueno, a lo mejor los otros llegaron después.

—¡Doce en total!

—O a lo mejor se llevaron amigos.

—En la última cena sólo estaban los doce apóstoles y Nuestro Señor. La Biblia lo dice claramente.

—¿Y los camareros?

—No había camareros.

—¿Algún número de variedades?

—¡No!

—¡Ya lo tengo! Podemos titular el cuadro «La penúltima cena».

—¿Qué?

—Pues eso, que para que hubiera una última cena, tuvo que haber una penúltima cena. Y en la Biblia no se dice cuánta gente había en esa cena, ¿no?

—No, pero…

—Pues problema resuelto.

—Vamos a ver. La última cena fue un acontecimiento significativo en la vida de Nuestro Señor. Y la penúltima cena, no. Aunque llevaran a un prestidigitador y a una banda de mariachi. Además, lo que te encargué fue una última cena ¡Con doce apóstoles y un Jesucristo!

—¿Uno?

—¡Sí, uno! Y ahora, por el amor de Dios, ¿me puedes explicar cómo se te ocurrió pintar a tres Jesucristos en el cuadro?

—Pues porque funciona, tío.

—¿Cómo que funciona?

—Claro que sí. Los dos flacos equilibran al gordo.

—¡Hubo sólo un Redentor!

—Ya, eso lo sabe todo el mundo. ¿Pero qué me dice de la licencia artística?

—¡Quiero un Mesías y solamente uno!

—Le voy a decir lo que usted quiere, tío. Lo que usted quiere es un fotógrafo, en lugar de un artista creativo que le haga la puñeta…

—¡Te voy a decir lo que quiero! ¡Quiero una última cena con un Jesucristo, doce discípulos, cero canguros, cero saltimbanquis, y para el jueves al mediodía, o no te pago!

—¡Maldito fascista!

—¡No, lo que soy es el maldito Papa. Y a lo mejor no sé mucho de arte, pero sé muy bien que me gusta!

* * *

Ahí lo tienen. Monty Python en estado puro. Con John Cleese en el papel del Papa y Eric Idle como un peculiar Miguel Ángel que se ha tomado un exceso de libertad creativa. Un perfecto antídoto contra el muermo y la estupidez. Me gustaría volver muy pronto sobre esta genial compañía de cómicos británicos. De momento, vaya por delante este botón de muestra. Ah. Y, por si no se habían dado cuenta, los Monty Python tiene unos dignísimos epígonos en nuestro país. Se llaman Muchachada Nui y varios de ellos son de Albacete. ¿Acaso seremos los británicos de Castilla-La Mancha?

Publicado en La Tribuna de Albacete el 13/6/2007

viernes, 6 de junio de 2008

La invención de Burrows



Drew Burrows, estudiante de la Universidad de Nueva York, ha inventado una novia virtual con la que compartir la cama. Lo leí en la prensa e indagué en Google, donde averigüé, entre otras cosas, que Burrows ha bautizado su invento con el descriptivo nombre de «InBed» («EnLaCama»). El dispositivo consiste en una cama de matrimonio colocada en una habitación oscura. Sobre este lecho se proyecta la imagen de una chica dormida e inmóvil. La sorpresa empieza cuando alguien corpóreo se acuesta junto a la imagen de la joven. Entonces se activa un sensor infrarrojo que detecta los movimientos del sujeto, y la chica empieza a interactuar conforme a ellos, acurrucándose a su lado, respondiendo a sus caricias, incluso dándose la vuelta cuando el tipo se pone pesado. Visto en la página del autor, resulta bastante convincente, incluso tierno. El problema es que el vídeo que se nos muestra está tomado con una cámara cenital. Pero ¿cuál será el efecto de la bidimensional durmiente a los ojos de quien se tumba junto a ella? Supongo que entonces la ilusión se malogra, que el ansioso compañero de cama no verá mucho más que una mancha oscura, un decepcionante borrón en movimiento.
Todo esto me trae a la memoria el mito de Eros y Psique, tan socorrido en la psicología moderna desde Freud. Cuenta la historia que el dios Eros, enamorado de la princesa Psique, visita a la muchacha cada noche, y cada noche la ama en la oscuridad de su alcoba. Pero las entrometidas hermanas le dicen a la muchacha que tal vez su visitante nocturno sea un hombre monstruoso, y de ahí su insistencia en que los encuentros tengan lugar a oscuras. Finalmente, la convencen de que encienda una lámpara que revele su auténtica naturaleza. Cuando lo hace, Psique comprueba que quien la visitaba no era otro que el hijo de Afrodita, el mismísimo dios del amor. Pero el hecho de sucumbir a la tentación de desvelar a su amante comporta también su pérdida definitiva, pues al verse traicionado Eros se enfurece y la abandona para siempre. La «novia virtual» de Burrows tal vez represente un problema parecido. Vista desde arriba, es una hermosa muchacha. Pero en el momento en que nos acercamos para recostarnos junto a ella se convierte en una mancha, en nada. La realidad siempre se impone al deseo.
Lo que todavía ignoramos es la utilidad que Burrows piensa darle a su invento. De momento no es más que una instalación en una galería de arte contemporáneo. Con el tiempo, no nos extrañaría que el avispado estudiante tratara de explotarlo comercialmente como sucedáneo de una relación de pareja para personas solitarias. Podría fabricarse en ambos sexos y en una amplia gama de modelos. Usando técnicas de diseño por ordenador, podríamos tener incluso la ilusión de que quien duerme en nuestra cama es una estrella del cine, un ídolo de la música o un político famoso (no, qué horror, borren eso último). Hasta se me ocurre que las viudas y viudos podrían recuperar cada noche la imagen del cónyuge perdido. Aunque para eso la técnica debe avanzar mucho todavía. Pero no resulta descabellado un futuro en que la tecnología 3D permita que las proyecciones sean completamente realistas, imposibles de distinguir de la gente de carne y hueso. Se les podrían añadir las sensaciones de peso y de calor. Naturalmente, también se les podría dotar de sonido, aunque con la posibilidad de desconectarlo a gusto del usuario, lo que sería un gigantesco avance para las pobres señoras obligadas a aguantar en vida el suplicio de un marido roncador.
En última instancia nos es dado imaginar, no ya un compañero de cama, sino toda una familia virtual compuesta de proyecciones de gente real, personas con las que dormimos, con las que tomamos el desayuno, con las que vemos la televisión. Hijos virtuales que nos piden 20 euros virtuales cuando nos los cruzamos en el pasillo, parejas de mentira que nos profesan un amor virtual, un convincente y satisfactorio afecto en 3D. El escritor argentino Adolfo Bioy Casares, amigo íntimo de Borges, ya imaginó algo parecido en su famosa novela «La invención de Morel», publicada en 1940. Un refugiado que se oculta en una isla recibe la inesperada visita de un grupo de turistas. Los observa a escondidas temeroso de que puedan delatarlo. Incluso llega a enamorarse de una hermosa mujer que cada tarde, en la playa, contempla la puesta de sol. La muchacha lo ignora cuando intenta abordarla. Para su turbación, todos actúan como si no existiera, hasta que el hombre descubre que no son personas reales, sino imágenes proyectadas por una fabulosa máquina, filmaciones que se repiten una y otra vez. A la invención de Morel le faltaba un elemento clave: la posibilidad de interactuar con las imágenes, que en cambio sí se ha incluido en el diseño de la invención de Burrows. La pregunta es si nos gustaría habitar un mundo poblado por presencias fantasmagóricas que no nos ofrecen afecto ni compañía reales, sino únicamente simulacros de esos sentimientos.
¿O es que acaso ya vivimos en ese mundo?
Publicado en el diario La Tribuna de Albacete el 6/7/2008