La Ley de Murphy

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Eloy M. Cebrián
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martes, 13 de marzo de 2007

"Edukar"



Se anuncia la celebración en nuestra ciudad de un encuentro mundial sobre la educación. Será entre el 20 y el 22 de abril y va a servir para estrenar el nuevo Palacio de Congresos. Seguro que todos esos pedagogos se lo van a pasar pipa entre canapé y canapé. «Hay que educar para la paz», dirán. «Es preciso educar para la tolerancia», repetirán. «Hemos de educar en valores», afirmarán enarbolando un dogmático dedo. Y al cabo de los tres días de ponencias, coloquios y mesas redondas, esos expertos regresarán a sus lugares de origen, encantadísimos de conocerse y satisfechos de haber salido tan guapos en la foto. Por desgracia, no existe un tema más agradecido que el de la educación para engordar el discurso de políticos y charlatanes en general. Lo que temo es que la realidad que se vive en las trincheras (es decir, en las aulas) no tenga mucho que ver con lo que discutirán esos brillantes educadores de salón que asistirán al congreso.
A finales de los 80, por la época en que me estrené en la enseñanza secundaria, uno podía entrar en un aula con la razonable seguridad de que le iban a dejar hacer su trabajo. Eran tiempos en los que apenas había ordenadores, ni DVD, ni más recurso didáctico que la voz y la tiza, con el auxilio ocasional del vídeo o el proyector de diapositivas. Eran días también de centros masificados y de cuarenta y pico alumnos por clase. Con todo, pregúntenle a cualquier profesor y les dirá que lo de entonces era otra cosa. Y es cierto que el ser humano tiene la manía de embellecer el pasado, y que nuestra memoria tiende a preservar los recuerdos agradables y a descartar lo ingrato y lo doloroso. Pero me veo obligado a insistir. A finales de los 80 la educación estaba lejos de ser el campo de batalla en que se nos ha convertido.
Como si de una maldición bíblica se tratara, en España sobreviene una reforma educativa cada veinte años poco más o menos. La que nos tocó sufrir a nosotros se llamaba LOGSE y fue impulsada por los primeros gobiernos socialistas, inspirados por el noble ideal de ventilar y barrer los polvorientos desvanes de la enseñanza franquista. El problema es que, en lugar de encomendar la tarea a quienes entienden de educación (es decir, a quienes la ejercen), se buscó la guía de teóricos y pedagogos. Durante la media década que vino a durar el período de implantación de la LOGSE, a los profesores se nos infligió un cruel suplicio camuflado bajo los términos de «actualización pedagógica» y «reciclaje». Fueron años de angustia y de cursillos interminables en los que acabamos convencidos de que no teníamos ni idea de hacer nuestro trabajo. Por si fuera poco, nos vimos obligados a soportar los sermones de una nueva casta de memos con ínfulas apostólicas, pícaros y arribistas que medraron en las aguas turbulentas de la reforma. Era necesario potenciar los aspectos más instrumentales y lúdicos de los procesos de enseñanza-aprendizaje, había que modificar los presupuestos de la educación en aras de un aprendizaje significativo, debíamos educar en destrezas, el aprendizaje memorístico debía desterrarse del currículo y los contenidos debían ser analizado en términos conceptuales, procedimentales y actitudinales, la convivencia en las aulas se basaría en la negociación, y los chicos dejarían de ser simples discípulos para convertirse en usuarios de la educación y centro del universo escolar. A partir de ahí la enseñanza se trivializa y se vacía de contenidos. Mueran las lecciones y vivan las unidades didácticas. La educación como videojuego. El alumno como cliente. Y el profesor, enterrado en papeleo y sumido en la perplejidad, como animador de fiestas infantiles. La repanocha.
Vivimos tiempos difíciles. Para infinidad de educadores, su labor diaria se ha convertido en un calvario. Entran en clase con la resignada certeza de que les espera una pelea a brazo partido. Día tras día se las ven con un buen número de zánganos que no sólo no desean trabajar, sino que dedican su forzada estancia en el centro a estorbar la labor de sus profesores y a impedir que sus compañeros aprovechen el tiempo. Son saboteadores profesionales a los que el sistema se lo pone muy fácil. Se escudan en el argumento de que el profesor «no los motiva» y, en consecuencia, no dan un palo al agua. Luego no aprueban ni el recreo (perdón, quise decir que no aprueban ni el «segmento de ocio»). Pero eso no es problema, pues de todos modos «promocionan», es decir, pasan de curso porque sí, porque la ley ha consagrado semejante dislate. La prolongación de la enseñanza obligatoria hasta los dieciséis años fue un logro social. El modo de materializarlo, una auténtica aberración. Todos juntos. Los que quieran trabajar y los que no. Todos en el mismo saco. El sistema no está pensado para que los chicos se instruyan, sino para tenerlos recogidos y fuera de las calles hasta las postrimerías de la adolescencia. ¿Qué importa que estemos generando promoción tras promoción de analfabetos y zoquetes? Lo que cuenta es que los chicos sean felices, que estén cuidados y que dejen a sus padres en paz. El profesor ya no es un instructor, sino un vigilante o cuidador de guardería, tanto monta. Y esta gran paradoja se resuelve con más cháchara pedagógica y más decretos. Es necesario adaptar la enseñanza a la diversidad del alumno. ¿Y cómo se adapta uno a la diversidad de esos granujas, chulillos y bestezuelas pardas a los que ni siquiera se les puede expulsar de clase, pues no es lícito privar al alumno de su derecho fundamental a la enseñanza? Para comprender las consecuencias de todo esto no nos hacía falta leernos el informe Pisa.
Despojado de su prestigio y de su autoridad, desmoralizado más allá de lo imaginable, el profesor se bate en retirada. Vive en la frustración de comprender que su trabajo apenas sirve para nada. Sufre la humillación de tener que soportar a ciertos alumnos que, sabiéndose impunes y amparados por el sistema, lo atormentan por todos los medios que les permiten sus tortuosos cerebros adolescentes. Sufre el acoso de algunos padres que no vacilan en prestar oídos a cuantos infundios les cuentan sus hijos y que, en muchos casos, sólo acuden a los centros para calumniar, lanzar acusaciones y complicar el ya penoso trabajo del profesorado. Sufre las arbitrariedades de la autoridad educativa, que desplaza sobre él toda la responsabilidad de este naufragio y lo pone en la picota tan pronto como un padre o un alumno expresa la mínima queja. Sufre, por último, el menosprecio de la sociedad en general, que no comprende de qué demonios se lamenta un tipo que tiene tantas vacaciones.
El profesor no está quemado, sino totalmente carbonizado. Por favor, esparzan al viento sus cenizas. En cuanto a lo de educar a sus hijos, pídanles a los pedagogos que hagan el trabajo. ¿Acaso no son ellos los que de verdad entienden de esto?
Aparecido en La Tribuna de Albacete el 13/3/2007

martes, 27 de febrero de 2007

El secreto del viejo instituto

El instituto «Bachiller Sabuco» esconde un secreto. Muchos de ustedes conocen el hermoso edificio de la Avenida de España, tan singular, tan diferente de los otros centros de enseñanza de nuestra ciudad. Probablemente estén familiarizados con la imponente fachada, con sus verjas catedralicias, sus columnas toscanas y esos altos ventanales en los que se miran los árboles del parque. Puede que hayan visitado el interior para admirar las blancas escaleras de mármol, las galerías colgadas en el aire, los remotos techos y las molduras y relieves del salón de actos. Algunos incluso habrán pasado buena parte de su mocedad calentando los bancos de madera de sus aulas, y recordarán sin duda los rincones secretos, las escaleras de caracol y los pasillos sombríos e interminables. O los laboratorios, con sus vitrinas llenas de especímenes conservados en formol, como el decorado de una película de terror de la serie B.

Yo mismo fui alumno del «Sabuco» y sufrí la ciencia de aquellos feroces profesores de antaño (uno en concreto todavía pasea su nariz levítica por mis pesadillas). Allí tuve también maestros excelentes que han contribuido a hacer de mí lo que soy (por lo que dudo que puedan jubilarse con la conciencia tranquila). Años más tarde, tendría la suerte de reencontrar a algunos de ellos, esta vez como compañeros. Si la contemplamos en un sentido homérico, la vida no es más que un regreso, lo que resulta especialmente cierto en mi caso. Me fui del «Sabuco» como bachiller y volví al cabo un tiempo convertido en profesor. Y si sumo los años que he pasado en aquella casa, compruebo que son muchos más que los que he vivido en ninguno de mis sucesivos hogares. Para mí, igual que para muchos albaceteños, el «Sabuco» será siempre «el Instituto». Más que un simple centro educativo, una auténtica seña de nuestra identidad común.

Las raíces del «Bachiller Sabuco» se hunden en la memoria de nuestra ciudad, ese baúl repleto de recuerdos en el que hemos estado revolviendo a causa de un reciente aniversario. El hecho es que llegó el 2006 y nos dimos cuenta de que el Instituto llevaba ya 75 años con nosotros. Lo celebramos con charlas, audiciones musicales, teatro y conferencias. Y con una fiesta que fue un momento para la emoción y el reencuentro. Eso ocurrió el pasado diciembre, cuando muchos antiguos alumnos se acercaron a saludar a su viejo Instituto. Y allí lo encontraron, muy parecido a como lo habían dejado aquel día lejano en que cruzaron su puerta por última vez para emprender el resto de sus vidas. Un abuelo con sus achaques, aunque todavía erguido y bastante bien conservado. Venerable y algo gruñón, pero cariñoso en el fondo. En aquella tarde de diciembre se habló extensamente sobre el pasado y el futuro de nuestro Instituto, que bien se merecía este homenaje.

Sin embargo, no todo está contado acerca del vetusto edificio. Como mencionaba al principio, hay en él un rincón oscuro y secreto en el que nadie ha penetrado desde hace muchos años. Se encuentra bajo la superficie, debajo de la gran escalera central. Esto se descubrió hace algún tiempo, cuando se efectuaron obras de reforma en el semisótano y se cayó en la cuenta de que los planos mostraban un espacio de al menos cien metros cuadrados al que no se tenía acceso. Se pensó aprovechar ese recinto para ampliar las instalaciones, pero los técnicos enviados por la Delegación no lo autorizaron: el edificio se sustenta sobre muros de carga. Si se taladra uno de ellos, la estructura podría debilitarse y… En fin, la pesadilla de cualquier técnico timorato. Así pues, aunque las obras se terminaron, la habitación cerrada permanece oscura y secreta, sumida en un silencio de más de setenta años.

Pero ¿qué diablos hay allí dentro?

Paso muchas horas a la semana en las inmediaciones de la habitación cerrada. En concreto, doy clase en un aula que comparte varios metros de muro con el misterioso espacio oscuro. A veces mis alumnos y yo hemos notado extraños olores cuya procedencia no somos capaces de explicar. Hay corrientes de aire y repentinos cambios de temperatura. Los ordenadores no acaban de funcionar correctamente, y en ocasiones la imagen de los monitores fluctúa y nos parece entrever rostros borrosos que nos ponen los pelos de punta. Confieso que no me gusta estar solo en esa aula. Una vez tuve que quedarme a puntuar unos trabajos cuando los alumnos ya se habían marchado. El sótano estaba en silencio, pero yo me sentía más nervioso a cada instante. Me sentía observado. Y, de repente, juraría que oí algo extraño al otro lado del muro, donde se supone que no hay nada. Un rebullir, unos pasos, una especie de susurro o gemido. Nunca más he vuelto a quedarme solo allí abajo.

Sabemos que el Instituto se destinó a usos militares durante la guerra civil, un descubrimiento que no ayuda precisamente a tranquilizarnos. Se estremece uno al pensar que la habitación cerrada pudiera ser un viejo polvorín, un almacén de obuses o explosivos cuya potencia mortífera latería intacta en las entrañas del edificio. ¿Y si esa cripta sellada fuera en realidad el último escondite de aquellos soldados de las Brigadas Internacionales que usaron el Instituto como cuartel y que, abrumados por la certeza de su derrota y el avance incontenible del fascismo, hubieran decidido aguardar en la oscuridad la llegada de tiempos más luminosos?

La imaginación se dispara, aunque seguramente la realidad sea mucho más prosaica. Con todo, la simple existencia de ese espacio secreto hace que miremos el familiar edificio con ojos distintos, como si de pronto hubiéramos descubierto que nuestro querido abuelo, de quien creíamos saberlo todo, posee un pasado turbio o escandaloso.

Y ustedes ¿qué opinan? ¿Deberíamos taladrar ese muro y exponer el secreto a la vista de todos? Yo me opongo con todas mis fuerzas. Creo que también los edificios merecen que se respeten sus secretos, sus zonas umbrías, su derecho a la intimidad. En última instancia, puede que la habitación cerrada esté vacía, llena tan sólo de aire, pero al menos se trataría de un aire que nadie ha respirado durante más de quince lustros. El secreto del Bachiller Sabuco es también el secreto de todos nosotros. Es esa zona escondida de nuestra existencia en la que nadie tiene derecho a escudriñar.

Así pues, dejemos tranquilo al viejo Instituto. Dejemos que el noble edificio duerma y sueñe. Que sus rincones oscuros permanezcan sellados. Y, a cambio, que siga brotando de él la misma luz que durante tantos años ha iluminado a varias generaciones de estudiantes y profesores de nuestra ciudad.


(Nota: Si desean conocer mejor la historia del «Bachiller Sabuco», les recomiendo encarecidamente el documental «Memorias de un instituto», que puede ser visto en on-line en la dirección http://www.sabuco.com/mc/sabucotv.htm)

Aparecido en el diario La Tribuna de Albacete el 27/2/2007