La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 29 de julio de 2016

Opiniones


Cada vez me resulta más difícil escribir esta columna de opinión. ¿Quién puede permitirse el lujo de tener opiniones hoy en día? Y me refiero a opiniones que vayan más allá de las que uno puede expresar sentado en una terraza entre amigos de confianza. De esas tengo muchas, sobre lo divino y lo humano. Otra cosa es cuando toca ponerlas por escrito en un periódico. Entonces lo atenaza a uno la responsabilidad. Mejor dicho, el miedo. Sientes el temor de pecar de ingenuo, de bobo, de mal informado. O aún peor, de que te tilden de machista, de «cuñado», de extremista, de ejercer el «postureo»… Ni siquiera en las redes sociales me siento libre de opinar por miedo a quien pueda estar leyendo. Con tanta plataforma, observatorio, colectivo inquisitorial y petición de linchamiento en Change.org, hay que andarse con pies de plomo. A pesar de mis cautelas, ya me las he arreglado desde esta columna para ofender a dos colectivos: el de los cazadores y el de los ciclistas. Los primeros me invitaron a ir con ellos de montería para hacerme ver mi «ignorancia cinegética», invitación que decliné, porque la combinación de gente cabreada con armas de fuego siempre me dio mala espina. En cuanto a los ciclistas, me guardo mucho de cruzarme en su trayectoria, incluso en las frecuentes ocasiones en que me los topo por la acera, no vaya a ser que lleven una foto mía pegada al manillar. En fin, que esto de opinar en público se ha convertido en un campo de minas y yo nunca he sido de natural valeroso. Puestos a verter opiniones, más vale hacerlo en una novela, donde siempre se puede usar la excusa de que las opiniones no son propias, sino de los personajes, lo que no deja de ser un modo elegante de echarle la culpa a otro.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 29/7/2016

sábado, 23 de julio de 2016

El pudridero


Aprovechando que las temperaturas dieron un respiro, el fin de semana pasado anduve por Madrid, donde siempre hay cosas interesantes que ver y hacer. Esta vez le tocó al Bosco, esa especie de Dalí renacentista de cuya muerte se han cumplido 500 años. Acto seguido, por no cejar en la vena surrealista, mi amiga y yo visitamos la exposición de Cuarto Milenio, el programa de Íker Jiménez, de quien ella se declara una gran admiradora. A pesar de mi reticencia, reconozco que la visita fue entretenida, y que me llevé conmigo una buena colección de fotos para comentarlas más tarde con mi hijo, aficionado como yo a hacer coñas a costa de esas patrañas esotéricas y macabras. Pero lo macabro de verdad lo vivimos el domingo, cuando visitamos el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Como todo el mundo sabe, allí es donde están enterrados los reyes de España, desde el emperador Carlos hasta Alfonso XIII. Lo curioso es que, a diferencia de lo que yo pensaba, los augustos fiambres no pasan directamente al mausoleo real, sino que antes se les somete a una especie de purgatorio terrenal denominado «el pudridero», cuyo nombre explica perfectamente su función. Al cabo de varios lustros de permanencia en dicha estancia (poco glamurosa, al parecer) la momia egregia cabe mucho mejor en los pequeños cofres que se depositan en el mausoleo propiamente dicho. Resulta curioso que todos esos Austrias y Borbones no dispongan de más espacio para que sus cuerpos puedan reposar con cierta holgura, sin ese proceso previo de desecación y compactación, pero se trata de una servidumbre de la monarquía española que incluso el bon vivant del rey emérito tendrá que padecer. A pocos kilómetros de allí hay otro pudridero mucho más amplio donde descansan otros difuntos célebres, pero de esos ya hablaremos otro día.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 22/7/2016

lunes, 18 de julio de 2016

Sanfermines


Qué suerte no vivir en Pamplona durante estos días de julio, cuando esa preciosa ciudad se convierte en una gigantesca letrina, tanto en sentido literal como figurado. Cuando se habla de Hemingway y su devoción por los Sanfermines, se tiende a olvidar que el afamado Nobel era también un consumado borracho. Voy a pasar por alto el asunto taurino, que ya ha dado demasiado que hablar últimamente, para centrarme en el dudoso encanto de unas fiestas que se han convertido en escaparate del exceso y del desenfreno, en reclamo para desaprensivos, en símbolo de lo peor que puede ofrecer este país a sus visitantes. Reconozco que con los años el cuerpo se me ha puesto poco festivo. El encantador pueblo donde busco sosiego en vacaciones se convierte para mí en territorio comanche a finales de agosto, durante las fiestas patronales, que llevo años perdiéndome sin el menor remordimiento. El año pasado incluso me perdí la Feria de Albacete, lo que me ayudó a empezar el curso con mejor ánimo (amén de unas finanzas más saneadas). Lo de Buñol y su Tomatina es lo más parecido al Inferno de Dante que existe en el mundo real. Lo que ocurre en Pamplona en San Fermín, sencillamente, no tiene nombre. Sin ánimo de pecar de polémico, estoy convencido de que esos cinco sevillanos detenidos por violación, incluyendo a un guardia civil, no sabían que eran violadores hasta que pusieron el pie en Pamplona y comenzaron a empinar el codo. En la cultura china se distinguen tres fases distintas en la ebriedad, cada una de ellas identificada con un animal diferente (el mono, el tigre y el cerdo). La borrachera salvaje y masiva despierta al cerdo o la cerda que llevamos dentro. Mejor dejarlo dormir que tener que entonar el «Pobre de mí».

Publicado en La Tribuna de Albacete el 15/8/2016

sábado, 9 de julio de 2016

Mi libro de cabecera


La amiga Ana Martínez, redactora de este diario, tuvo el detalle de acordarse de mí hace unos días para un reportaje que estaba preparando. La cosa iba de libros, claro (¿por qué no me llaman nunca para preguntarme sobre mis abdominales?). Me pidió que escribiera un párrafo sobre «mi libro de cabecera», aquel al que regreso con frecuencia, el que siempre tengo a mano en primera línea de mi librería. Las posibilidades que brindan este tipo de cuestionarios para quedar como un zoquete son elevadísimas, máxime cuando uno no va a ser el único literato consultado, sino uno entre una docena más o menos. Me precio de conocer un poco a mis compañeros de oficio, por lo que me parecía muy probable que sus respuestas fueran más en la línea de La insoportable levedad del ser (novela que cumple sobradamente la amenaza que encierra su título) que en la de Mortadelo y Filemón, aunque a todos nos haya influido mucho más el maestro Ibáñez que Milan Kundera. Así pues, me decanté por una respuesta propia de escritor y afirmé que mi libro de cabecera era una antología de los relatos de Borges que compré cuando estaba en el instituto, por su enorme capacidad para interpretar el mundo bla, bla, bla. Pues bien, ha llegado el momento de retractarse y confesar. En realidad, mi libro de cabecera, el que consulto con más frecuencia, es un ensayo de Pierre Bayard titulado Cómo hablar de los libros que no se han leído. Se trata de un manual de enorme utilidad para salir airoso en cualquier conversación libresca. Incluso para escribir, como ahora hago, sobre ese mismo libro sin necesidad de haber pasado de su página cinco. El título lo dice todo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 8/7/2016

viernes, 1 de julio de 2016

El aljibe


Cierto amigo vive en un chalet enclavado en un pequeño terreno. Él presume mucho de su césped, que siempre luce más verde que el de sus vecinos gracias a un moderno sistema de riego por aspersión. El agua proviene de una cisterna que se llena periódicamente, pues la presión que llega de la calle resulta insuficiente para asperjar tanto césped. En los tiempos en que se conocían los nombres de las cosas, esto se habría denominado un aljibe. Mi amigo, que es hombre de posibles, emplea a un jardinero una vez por semana para que le corte el césped, le pode los setos y conserve intacto el verdor del conjunto. La cuestión es que hace un tiempo levantó la tapa el aljibe (similar a la de un registro del alcantarillado) para echar un vistazo y comprobó que el interior del tanque estaba muy sucio, con restos de tierra, hojas y moho. Las dimensiones del lugar eran suficientes para que un hombre pudiera trabajar en su interior con cierta holgura. Así pues, decidió vaciarlo y pedirle al jardinero que bajara a limpiarlo. El hombre escuchó su petición y comenzó a hacerse el remolón. «¿Hay algún problema?», preguntó mi amigo. «Verás, creo que no voy a meterme ahí». «¿Y eso?» «Hombre, imagínate que mientras estoy ahí abajo se te cruzan los cables, pones la tapa y lo vuelves a llenar». «¿Pero cómo se te ocurre semejante cosa?», preguntó mi amigo asombrado. «¡Quita, quita!», respondió el jardinero. «Uno nunca sabe lo que se le puede pasar por la cabeza a la gente». Creo que la respuesta del jardinero encerraba una gran sabiduría. De hecho, me parece la única explicación posible para esas cosas que ocurrieron la semana pasada. 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 1/7/2016