viernes, 31 de octubre de 2008

Entrevistas


Para bien o para mal, esto de escribir novelas y haber publicado algunas trae consigo una cierta celebridad. Una celebridad más bien diminuta que sin embargo hace muy feliz a mi madre, y que basta incluso para que los medios de comunicación se interesen a veces por mí. Con el tiempo he comprendido que una carrera literaria obliga a dar la cara. Es necesario convencer a los lectores de que les merece la pena gastar su dinero y su tiempo en tus ocurrencias. Las entrevistas son un aspecto inevitable de la promoción de un libro. Me ponen muy nervioso, pero son un mal necesario.

Mi temor principal ante una entrevista es hacer el idiota, lo que no obstante casi siempre consigo. Pero nunca hasta el extremo de aquella primera vez, hará unos diez años, cuando la Diputación acababa de publicar mi primer libro. Aquella novelita juvenil despertó el interés suficiente para que el periodista Ramón Bello Serrano (ahora compañero en las páginas de opinión de este diario) me solicitara una entrevista para un programa de radio que él conducía. Preferí hacerla por teléfono pensando que de ese modo me podría menos nervioso. Craso error. Mi nerviosismo se disparó tan pronto como oí a Ramón, que es una persona culta y leída donde las haya, decir cosas sobre mi libro que yo jamás habría sospechado que estuvieran en mi libro. «Este tío me va a hacer preguntas muy difíciles», me dije. Y con eso mi ritmo cardiaco y mi respiración comenzaron a acelerarse, de modo que cuando me tocó hablar mi voz sonó entrecortada y chirriante, como la de un niño al que el profesor saca a la pizarra el día que no se sabe la lección. Y realmente no me la sabía. La prueba es que no me sentí capaz de contestar ni siquiera la primera pregunta de Ramón, algo complicadísimo sobre si mi periplo vital y psicológico guardaba similitud con el del protagonista. Puesto que el protagonista de la novela era un caballo, me quedé sin saber qué decir. Y al ensayar una respuesta me hice tal lío que me asaltó la terrible sensación de estar haciendo el ridículo, acompañada de sudor frío y de palpitaciones. Pero la cosa no había hecho más que empezar, porque en cierto momento la voz del periodista empezó a oírse tenue y lejana, como si sonara desde el fondo de un pozo, con lo que el problema ya no era sólo que sus preguntas fueran muy difíciles, sino que ni tan siquiera las oía. Y justo entonces, para complicarlo todo, acertó a pasar por mi calle el camión de la basura, con su motor diésel rugiendo a apenas cinco metros de mi ventana. No recuerdo cómo acabó aquello, aunque sí la sensación de ridículo, que todavía me dura.

Con el tiempo uno gana en experiencia y en tablas. Y hubo entrevistas posteriores que no me salieron tan mal. Las que aparecen en la prensa escrita no comportan la tensión de las que se hacen en los medios audiovisuales. Uno dice lo que buenamente puede, y a veces el periodista es lo bastante ducho como para evitar que quedes como un perfecto zoquete. Tal es el caso de los amigos Virgilio Liante y Ricardo Pérez, que hasta se las han arreglado para extraer de mí alguna idea interesante. Incluso he hecho entrevistas para la televisión de las que he quedado bastante satisfecho, aunque me da rabia que las cámaras me saquen siempre gordo, cuando en realidad soy un tipo tirando a estilizado. La mejor de todas fue aquella en que la presentadora me pidió que le sugiriera algunas preguntas, y yo casi le escribí el cuestionario completo. A diferencia de lo que me ocurrió con Ramón, esta vez sí que me supe todas las respuestas.

Pero aún hubo otro episodio de terror, y fue hace relativamente poco tiempo, cuando se supone que ya debía estar curtido en estos lances. Concretamente, fue en agosto del 2007, a propósito de la muerte de Umbral. Yo estaba en la playa con mi familia y me llamaron de una emisora de radio para pedirme una semblanza del maestro, al que conocí brevemente con ocasión del premio literario que lleva su nombre. La verdad es que Umbral apenas me hizo caso. Aun así, una vez me senté a su mesa y lo vi sufrir un episodio de reflujo gástrico, lo que sin duda me facultaba para profundizar en la dimensión literaria y humana del personaje. Lo que no había previsto era lo difícil que es hacer una entrevista tan solemne cuando se está en la playa rodeado de niños gritando, con la cinta del bañador oprimiéndote la cintura y la arena atormendándote el escroto. Al final hice el ridículo otra vez. Menos mal que en el momento más crítico, el móvil se me quedó sin batería.

En general, creo que con mis entrevistas no solamente no he logrado vender un solo libro, sino que he disuadido a unos cuantos lectores de leerme. Nadie me lo ha dicho, pero estoy seguro de que más de uno, al conocerme en persona, ha debido de pensar «Ah, pues no es tan tonto como parecía en sus entrevistas».

Publicado en La Tribuna de Albacete el 31/10/2008

miércoles, 29 de octubre de 2008

Una entrevista



Como aperitivo del artículo del viernes, que trata precisamente sobre las entrevistas, dejo aquí un enlace con la última que me han hecho. Gira en torno a mi novela "Los fantasmas de Edimburgo", la realizó el joven periodista barcelonés Manel Haro y se ha publicado en la web "Anika entre libros", capitaneada por esa heroína de la información literaria llamada Anika Lillo. Va siendo hora de que esta valenciana reciba el reconocimiento que merece por su ingente labor informativa, cultural y de animación a la lectura. Con mi gratitud.

domingo, 26 de octubre de 2008

Religión


Conforme vamos madurando (o envejeciendo, llamemos a las cosas por su nombre) a menudo nos vemos en la tesitura de revisar opiniones que durante la juventud pensamos construidas a prueba de tsunamis, pero que el tiempo nos revela tan frágiles como el resto de los asuntos humanos. Me ha ocurrido ya en muchas ocasiones, con una frecuencia que crece al mismo ritmo que prosperan las cifras en mi báscula de baño, o que mi frente y mi coronilla se aproximan de forma inexorable. Me ocurrió con especial contundencia hace unos diez años, cuando mi hijo iba a empezar a ir al colegio y me encontré con que no me dejaban matricularlo en el centro público que tengo justo al lado de mi casa. No llegué a entender (sigo sin hacerlo) qué criterios pueden pesar más que el hecho de que el niño viva en la cercanía del colegio al que sus padres quieren apuntarlo. Pero aquel mal trago me brindó una útil lección. Hasta ese momento yo había sido un acérrimo defensor de la enseñanza pública, y un crítico no menos acérrimo de la concertada, en especial de los centros confesionales que se nutren de fondos públicos. Cuando a mi peque de tres años le cerraron en las narices la puerta de la escuela pública, esta creencia empezó a tambalearse, para caer por completo cuando decidí matricularlo en un centro concertado muy cercano al instituto donde trabajo.

De modo que el rojete de antaño acabó matriculando a su hijo en un colegio de curas. Pero uno se hace mayor y, junto con los pequeños achaques de la mediana edad, aprende a asumir sus contradicciones. Dejemos que mi «yo» de 20 años ponga el grito en el cielo. Lo que de verdad importa es que mi hijo esté recibiendo una educación de calidad, hecho que cada día me reconcilia con la decisión que tomé en su momento. Observo también que los curas que ahora dirigen el colegio se parecen muy poco a los de antaño, del mismo modo que yo como profesor me parezco muy poco (o eso quiero pensar) a ciertos tiranos de bata blanca que me tocó sufrir en mis años mozos. En ellos he encontrado una genuina vocación docente, junto con una forma de entender la enseñanza mucho más cercana a la mía que la de cierto individuo que abunda ahora en día en la escuela pública, ese pedagogo de salón que no es sino un enemigo jurado de la tiza. Por último, está el detalle de que mi hijo estudie religión, siendo yo un agnóstico covencido. Otra contradicción que es necesario asumir. Pero la realidad es que la religión forma parte de la naturaleza del colegio que libremente elegí para mi hijo, y acepto que la estudie con el mismo respeto que trato de inculcarle a él.

Una cuestión muy distinta es lo que está ocurriendo con la asignatura de religión en los centros públicos. Tal vez el problema sea que los profesores llevamos demasiados años sufriendo gobiernos ineptos y leyes estúpidas, asistiendo desde la impotencia al fracaso de la escuela pública y comprobando cómo se esfuman nuestro prestigio y nuestra autoridad, mientras se nos relega a la condición de últimos monos del sistema educativo. Sin duda estamos curados de espanto, hasta el extremo de que casi nos parece natural que en los colegios públicos de un estado aconfesional se siga impartiendo la asignatura de religión católica, y que lo hagan profesores que, aunque pagados por la administración, son nombrados y cesados por el obispado correspondiente, a menudo empleando criterios de moralidad o de parentesco. Es llamativo que muchos de esos profesores estén también en las bolsas de trabajo de otras asignaturas, y que cada año se les otorgue el privilegio de renunciar a la plaza de su especialidad y elegir la de religión cuando así les conviene. Y ello sin merma alguna en sus derechos ni en su antigüedad en la lista de la que han desertado, a diferencia de lo que le ocurriría a cualquier otro profesor interino en circunstancias análogas. Rizando el rizo del absurdo, ¿cómo se puede concebir que hoy en día, en un centro público, la alternativa a la asignatura de religión sea que los alumnos que no la cursan «reciban la debida atención educativa», es decir, que no hagan absolutamente nada?

Magnífico el gol que los señores obispos les han marcado a los gobiernos socialistas, en virtud del cual aquellas familias que no desean que la religión forme parte del currículo escolar de sus hijos son castigadas a que los chicos pierdan el tiempo en horario lectivo, cuando hay tantas matemáticas, tanta lengua o tanto inglés por aprender. Un episodio más de esa historia de chantaje y sinsentidos que protagoniza la conferencia episcopal como punta de lanza de la derechona más carca, y que ha logrado someter a gobiernos supuestamente progresistas, pero con pocas ganas de complicarse la vida. En cuanto a nosotros, profesores, nos vemos obligados a permanecer durante una hora entera con un grupo de alumnos sin poder enseñarles nada de provecho. En otro tiempo esto se habría considerado humillante. Pero, ya digo, estamos curados de espanto. Menos mal que Barreda nos va a regalar un portátil para que se nos pase el berrinche.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 24/20/2008

viernes, 17 de octubre de 2008

Crack



Existe una «atracción por el abismo», un deseo oscuro e insuperable que nos hace anhelar la muerte. Eso tal vez explicaría algunas de las cosas que están ocurriendo. Hace unas semanas escribí sobre ese «Gran Colisionador de Hadrones» que iban a poner en marcha en Suiza, y que según algunos científicos agoreros podía provocar el fin del mundo. Enseguida supimos que el ingenio se había averiado al poco de comenzar a zumbar, y que las reparaciones necesarias iban a durar meses. Pensé que con eso quedaba suspendido el fin del mundo, o al menos aplazado sine die. Las noticias de los últimos días, sin embargo, me han hecho desistir de mi optimismo. Parece que no necesitamos aceleradores de partículas para destruir el mundo tal y como lo conocemos. Basta con la codicia infinita del ser humano en combinación con una fe también infinita en el capitalismo y en el libre mercado. Si a eso le sumamos la estupidez de los gobernantes, el desastre está servido. Tal vez no podamos hablar de un Big Bang propiamente dicho. Pero el inglés es un idioma rico en onomatopeyas, y parece que nadie va a librarnos del Big Crack que se nos viene encima. Siempre y cuando no arreglen el «Gran Colisionador» a tiempo de desencadenar ese final definitivo por la vía rápida.
Si no me equivoco, empecé a oír hablar de la crisis allá por el mes de julio, cuando disfrutaba de la calma chicha de mi retiro rural. Eran los días en que Zapatero prohibió a sus ministros usar la palabra crisis porque era muy fea. Reconozco que casi se lo agradecí. Yo por esos días andaba ensimismado con el crecimiento de mis rosales, y aquello de que el país estuviera en crisis rompía mi sosiego. Pero ni a mí ni a Zapatero nos funcionó la táctica del avestruz. Han pasado un par de meses y estamos en medio de una crisis gordísima. Y para colmo de males mis rosales se han secado.
Hoy no se puede encender la radio o la televisión sin tener la impresión de que nos están retransmitiendo el Apocalipsis. Las bolsas se hunden. Por todas partes quiebran bancos y empresas. A Sarkozy se le ha acentuado la cara de estreñido, y a la canciller Merkel parece que se le haya muerto el gato o el marido. Si se fijan, la cara de Zapatero empieza a parecerse a una de esas máscaras que representan la tragedia, y su mirada está más líquida y atribulada que nunca. Rajoy, tan patriota él, se siente tan deprimido que hasta el desfile del Día de las Fuerzas Armadas le parece «un coñazo». El único que sigue sonriendo con cara de tonto es Bush, mientras les dice a sus gobernados (que somos todos) que estén tranquilos, que aquí no pasa nada. Pero no nos lo creemos, porque sabemos que él se va de la Casa Blanca y se vuelve a su petróleo y a su rancho de Texas, dejándonos la economía mundial hecha unos zorros. Sospecho que a Obama y McCain la crisis les ha amargado la campaña, y que la presidencia que tanto codiciaban hace apenas unos meses empieza a parecerles un regalo envenenado. No me extrañaría que cualquier día de estos se inventaran alguna enfermedad para poder abandonar la carrera presidencial de forma airosa, igual que los niños que no quieren ir al colegio. Cualquier cosa antes de convertirse en presidentes de un país que se hunde y que arrastrará con él a todos los demás, como si de fichas de dominó se tratara.
¿Cómo empezó todo este embrollo? ¿No fue por culpa de las hipotecas-basura? No entiendo ni jota de economía, pero me huele que la codicia especulativa está en el origen de todas las crisis, ya sean financieras o del ladrillo. El afán de hacer dinero fácil ha hecho entrar en quiebra al sistema bancario norteamericano. Los bancos de aquí no suelen conceder préstamos de alto riesgo. Tal y como están las cosas, no nos concederían un préstamo ni aunque pusiéramos a nuestra difunta abuela como aval. Pero da lo mismo. La globalización, que tan útil resulta a la hora de comprar i-phones y zapatillas de deporte, tiene ciertos efectos negativos. Y uno de ellos es que, si la banca norteamericana se hunde, la nuestra va detrás. Los bancos tienen la culpa de la crisis. Ahora los bancos quiebran y los gobiernos tratan de salvarlos inyectando en ellos dinero público, que es nuestro y no suyo. Qué gran invento éste de la banca. Se lucran con el dinero de todos y, cuando tienen problemas, se les ayuda también con el dinero de todos. ¿Podemos esperar que los bancos ayuden alguna vez al ciudadano en apuros? Lo digo porque el gobierno no parece dispuesto a hacerlo. Esto lo afirmó Rajoy el mismo día que calificó el desfile de las Fuerzas Armadas como «un coñazo». Cada vez habla con más sensatez este hombre.
Por cierto, dentro del desastre general, tengo muchísima suerte por ser profesor en Castilla-La Mancha. Barreda ha decidido celebrar la crisis regalándome un ordenador portátil junto a otros 28.500 compañeros. ¿Por casualidad alguno de ustedes necesita un portátil? Se lo dejo baratito.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 17/10/2008

viernes, 10 de octubre de 2008

Blues por un club de jazz



Dice el tango que 20 años no es nada. En cronología tanguera, tampoco 30 años es gran cosa. Pero para un café es una eternidad. Que le pregunten si no a Germán Navarro y a Isabel Martín, su esposa, que eran poco más que veinteañeros cuando abrieron el Nido de Arte en la calle Nueva, y ahora van viendo cercana la jubilación. Jubilación forzosa, todo hay que decirlo. Porque el Nido es y ha sido siempre un local de música en directo, y ahora lo han amordazado. Cosas de la administración, que tiene un instinto increíblemente certero para jorobar al débil, y cuyo rodillo no se detiene ante nada, ni siquiera ante algo tan precioso y singular como el único club de jazz que existe en Castilla-La Mancha.

Reconozco que siento una especial debilidad por la pareja que forman Germán e Isabel. Los veo igual que su establecimiento: amplios, cálidos y generosos. Germán, además, tiene voz de locutor de radio y uno de los verbos más floridos que conozco. Pero no voy a centrar estas líneas en el aspecto afectivo. Ni siquiera en el de mis gustos personales, pues en modo alguno soy un gran aficionado al jazz. Lo mío ha sido siempre el blues y el rock and roll. Y ahora que lo pienso, resulta que mis primeros acordes de blues los tañí en el Nido, muy al principio de los 80, cuando el local era poco más que un antro agobiado de humo, con sillas de anea, mesas bajas historiadas de quemaduras de cigarrillos y docenas de jóvenes melenudos emulando a Jimi Hendrix. Luego maduramos y nos hicimos más sofisticados. Y también el Nido, que se transformó en café-concierto, con una elegante decoración a base de maderas oscuras, fotos enmarcadas y colgaduras carmesíes. Pero siguió haciéndole honor a su nombre, con la diferencia de que ahora el arte era de verdad. Fue por entonces cuando renació como club de jazz. Ha llegado a ser el quinto en importancia de España, y el segundo más antiguo de los que sobreviven, tras el mítico Jamboree Jazz Club de Barcelona.

Supongo que Germán e Isabel habrán perdido la cuenta de la cantidad de grupos y solistas de prestigio que han desfilado por su pequeño escenario. Sin embargo, dudo que ni uno solo de esos músicos haya podido olvidar la cálida atmósfera del Nido, su magnífica acústica y su aire de «sitio auténtico». Durante muchos años, el Nido de Arte ha materializado la proeza de mantener una programación musical estable en una ciudad pequeña como la nuestra, una programación que se ha centrado en el jazz pero que se ha abierto a otros muchos estilos. Ha sido escenario del Festival JazzAlbacete, el lugar donde se celebraban los «conciertos de pequeño formato» (es decir, los buenos) y la sede de la Asociación de Amigos del Jazz. Y también ha abierto sus puertas a la literatura, convirtiéndose en acogedor escenario de recitales poéticos y presentaciones literarias. Un currículum de calidad y servicio a la cultura muy difícil de igualar.

Pero el Nido es un local grande y va teniendo sus años. Carece del aislamiento acústico necesario para cumplir a rajatabla las ordenanzas referidas al ruido. Algún vecino ha presentado denuncias y el ayuntamiento le ha dicho a Germán que se vaya con la música a otra parte. Entre paréntesis, diré que me sorprende el rigor que el consistorio ha demostrado con este local histórico, cuando se muestra tan laxo (cuando no directamente ineficaz) con los fragores que generan los bares de copas o los focos de botellón. Pero es cierto que las leyes están para cumplirlas, y que el local necesita una inversión importante para dotarse del aislamiento acústico preceptivo. El resultado es que el Nido lleva meses en silencio.

Llegado a este punto, a uno se le ocurre que habrá alguna institución dispuesta a prestar la ayuda necesaria, en forma de crédito o subvención, para salvar la única sala de jazz en vivo de Castilla-La Mancha. Pues bien, la respuesta es un rotundo no. Hubo algunas buenas palabras de Pérez Castell previas a su retiro madrileño. Y desde entonces Germán e Isabel no han encontrado más que silencio, negativas y puertas cerradas. He sabido que el ayuntamiento de Barcelona ha recuperado casi 200 locales para la música en vivo. Madrid, Asturias y Castilla y León ofrecen ayudas para que las pequeñas salas de este tipo puedan seguir abiertas. Nosotros tenemos la Feria del Tercer Centenario, los encuentros de rondallas y las carreras populares. ¿Jazz? ¿A quién pijo le importa el jazz? Eso es cosa de una camarilla de elitistas, cuatro bichos raros. Y he aquí lo que por estos pagos se entiende por política cultural.

Sin embargo, quiero pensar que aún no es demasiado tarde, que cualquier día de estos alguien con capacidad de decidir y un mínimo de sensibilidad se dará cuenta de que el dinero público ha de estar al servicio del interés público. Y de que preservar el Nido de Arte como sala de conciertos es obrar en beneficio de todos los ciudadanos de Albacete, manteniendo una de nuestras señas de identidad, un activo cultural de primer orden y un motivo de orgullo para quienes hemos nacido y crecido en esta ciudad.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 10/10/2008

viernes, 3 de octubre de 2008

Cortos



Qué cosas. Hace cuatro días yo era un muchacho y hoy, en el lapso de un parpadeo, me encuentro convertido en un señor de mediana edad. Y además lo parezco. Y no me refiero ya a que mi barriga se haya vuelto prominente y mi pelo tienda a ralear. Esos son detalles de poca monta, en absoluto privativos de los señores de mediana edad. Piénsese en la moderna abundancia de niños gorditos, esos vástagos de la consola y del bollicao a los que se refería mi amigo Antonio García en un reciente artículo.

Yo mismo estuve gordito a la edad de ocho o nueve años, aunque lo mío tuviera más que ver con el médico que con las tortas de manteca. Debió de tratarse de algún tipo de trastorno mental. La prueba es la naturaleza de los medicamentos que me prescribió el facultativo, cuyos nombres, por esos caprichos de la memoria, recuerdo a la perfección. Al consultarlos ahora en Google, compruebo que estaban indicados para tratar los delirios alucinatorios, la demencia y los trastornos de personalidad. De ahí colijo que mi infancia registró algún turbio episodio psicótico que he olvidado, y que mis progenitores han sepultado bajo una losa de silencio. Incluso me imagino levitando a dos metros de la cama, arrojando chorros de vómito verde o prorrumpiendo en obscenidades con voz de ultratumba, mientras un sacerdote, crucifijo en ristre, bramaba exorcismos en latín. Por suerte, no me acuerdo de nada. De lo que sí me acuerdo, y con ello retomo el hilo, es de que los fármacos y el reposo hicieron de mí un niño bastante lustroso, un infante de mollas flácidas y generosas lorzas, acentuadas si cabe por los pantaloncitos cortos que mi madre me obligaba a llevar durante todo el año, aunque cayeran chuzos de punta. Luego adelgacé y volví a ser un niño más o menos estilizado, y ya no hubo más episodios de levitación ni parrafadas en lenguas extranjeras aparte de las que aprendí en la academia Montserrat. Es ahora, de cuarentón, cuando vuelvo a ser un tipo robusto, aunque en proporción no lo estoy ni más ni menos que lo estuve de niño, o que lo están hoy en día las legiones del Counter-Strike y de la merendilla a base de grasas saturadas.

La robustez no es la clave del muermo de la mediana edad. Se trata de algo más sutil. Algo que tampoco puede cifrarse en la calvicie o sus aledaños, que estoy empezando a transitar con paso firme e impasible ademán. La prueba es que también existen jóvenes calvos. Mencionaré a cierto amigo de la universidad al que jamás le conocí un solo pelo perturbándole el cuero cabelludo, una alopecia radical y prematura que también aquejaba a su hermano más joven. Y, ya en el presente, a un par de amigos más o menos de mi edad, quienes compaginan su calvicie con una existencia dinámica que no se priva ni de correr esos medios maratones que organiza la Diputación.

Así pues, ni la calvicie ni las lorzas, sino algo inmaterial que podríamos denominar «apalancamiento», y que consiste en una sensación permanente de fatiga y hastío, un preferir quedarse siempre en casa, una reticencia creciente a cualquier cosa que ocurra fuera de las paredes del hogar, el monitor del portátil o los confines de la pantalla del televisor. No sé cuándo tuvo lugar el cambio. Tal vez el proceso se desatara cuando, a la edad de tres años, mi padre me encontró explorando la parte trasera del aparato de televisión en busca de Locomotoro. O quizás aquel funesto día en que yo, veinteañero aún, regresaba tan ufano del instituto donde había obtenido mi primer destino. Iba con mi maletín, mi barriga incipiente y mi barba, todos ellos recién estrenados. Y en esto que me cruzo con dos niños y oigo claramente como uno le dice al otro: «Mira, un profesor». Aquello me hirió, pero también me cambió. De repente comprendí que acababa de emprender el viaje sin retorno hacia la mediana edad.

Pero lo peor de estar apalancado, no es el deterioro físico que conlleva. Lo peor, con diferencia, es el modo en que nos embota el espíritu, volviéndonos insensibles para muchas cosas que merecen la pena, cosas que en ocasiones tenemos al alcance de la mano, pero que es necesario salir de casa para poder disfrutar. Tal es el caso de Abycine, nuestro festival de cine autóctono, que además celebra este año su décimo aniversario. He tenido que formar parte de uno de sus jurados para comprender las interesantes propuestas de cultura y ocio que mi ciudad me ofrece, y que estoy dilapidando por el hecho de ser un señor apalancado. En concreto, he sido jurado de la sección denominada «Videocreación Albaceteña», ocho cortometrajes de producción local, casi todos ellos rebosantes de gracia, de talento y de amor por el cine. Emitido ya el difícil fallo, deseo expresarles mi enhorabuena a los realizadores, a los actores y a los equipos técnicos, felicitar a los que se han alzado con galardones y animar a los que se han quedado en puertas a seguir intentándolo. Vuestros cortos made in Albacete me han divertido y me han hecho ver que ahí fuera hay cosas que merecen la pena. Aunque también puedan verse en internet.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/10/2008