La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

viernes, 30 de mayo de 2008

Education for citizenship



Hay ocasiones en que uno cree haber alcanzado el colmo del absurdo en su vida o en su profesión y luego resulta que no, que siempre hay un paso más allá. Eso es lo que les está ocurriendo a mis colegas de la Comunidad Valenciana, que vienen a tener los mismos problemas que nos aquejan a los docentes de aquí, pero con el agravante de un gobierno regional aficionado a las bromas pesadas. Un amigo de Valencia me ha contado esta historia y juro que no doy crédito. Sigo pensando que todo esto no puede ser más que un chiste. Estoy seguro de que cualquier día recibirán una carta del señor Camps o de su Conseller de Educación, el señor Font de Mora, en la que les dirán algo así como «ja, ja, ja, innocents, innocents». Y ahí habrá acabado todo. Sin embargo, me preocupa el haber encontrado en internet una orden de la Conselleria de Educació, fechada el 16 de mayo, que parece ratificar lo que mi amigo me cuenta. Pero vamos a entrar en harina.

Todo viene a raíz de la implantación de la asignatura de «Educación para la ciudadanía» a partir del próximo curso, esa cuestión sin la cual los que escribimos columnas de prensa no sabríamos de qué hablar, y los demagogos tampoco. Y vaya por delante mi opinión de que en el fondo del asunto no hay más que un colosal error, una metedura de pata que el gobierno no ha querido o no ha sabido enmendar. Dudo seriamente que los asesores y pedagogos del Ministerio fueran capaces de prever la que se les venía encima por culpa de la dichosa asignatura, y ello a pesar de sus tortuosas mentes, cuya capacidad para el caos y la chapuza ha quedado más que demostrada. Me imagino que hasta lo hicieron con buena intención, convencidos de que estaban legislando de un modo progresista y conforme al gusto contemporáneo. El hecho de que se trate de una asignatura perfectamente inútil y ornamental carecía de importancia. Claro que luego los obispos pusieron el grito en el cielo, y las familias bienpensantes tomaron las calles en la creencia (un tanto paranoide, si me lo permiten) de que la asignatura era un medio de adoctrinamiento político y de disipación moral. Mientras tanto los señores del PP se frotaban las manos pensando en el rendimiento electoral que iban a obtener de todo aquello. En cuanto a los profesores, presuntos agentes de la corrupción de todos esos cachorros de la derecha, nos echábamos a temblar con la que nos venía encima, pues uno tiene ya asumida su condición de carne de cañón, y sabe que los gobiernos van y vienen, que los ministros llegan y se van, pero que nosotros permanecemos para capear el temporal de todos esos padres airados y ofendidos en sus convicciones morales.

Pero me estoy yendo del asunto, como de costumbre. Les hablaba de esa orden de la Generalitat Valenciana que ha logrado sacar de quicio a los profesores de allí, y eso que ya están curados de espanto, pobrets. Parece que en cierto momento alguien del Consell declaró: «Pues vale, si nos obligan a impartir esa cosa, que se imparta en inglés». La intención era la misma que si hubiera dicho «en chino» o «en suahili», es decir, hacer una broma a costa de la incapacidad de los alumnos para el aprendizaje de lenguas extranjeras y de la incompetencia de sus profesores para enseñárselas. El problema es que, a reglón seguido, decidieron elevar la broma a la categoría de ley, con lo que llegó la orden a la que he hecho referencia, según la cual, ¡la asignatura de «Educación para la ciudadanía y los derechos humanos» ha de impartirse en inglés en segundo de la ESO! Y no contentos con ello, hasta se permiten explicar la falla: «La Conselleria de Educación pretende, a través de la presente orden, dar respuesta a las demandas de una sociedad —la valenciana—, que desea avanzar hacia el plurilingüismo a través de la impartición en inglés de la materia». Impresionante tomadura de pelo a los alumnos, a sus familias y, sobre todo, al profesorado, que se convierte de este modo en víctima de las chulerías y los desplantes al gobierno perpetrados por el señor Camps y sus secuaces.

Aunque siempre he presumido de sentido del humor, y a veces la mejor forma de encajar una broma es llevarla hasta sus últimas consecuencias. Por eso les recomiendo a mis colegas valencianos que propongan a sus autoridades educativas lo siguiente: ya puestos a fomentar el plurilingüismo, ¿por qué no legislar también que la asignatura de religión se imparta en sus lenguas originales? ¿Se imaginan ustedes a nuestros galopines adolescentes discutiendo de teología en griego, leyendo el Evangelio en el latín de la Vulgata, practicando la exégesis bíblica en hebreo y en arameo? Eso sí que sería un avance educativo.

Volviendo a la realidad, no logro sacudirme la sensación de que tras este sinsentido se oculta lo de siempre: el hecho de que nuestros responsables políticos se toman la educación por el pito del sereno. Y prueba de ello es que, lo que debería ser una cuestión de Estado, se ha convertido en tema favorito de la trifulca política. Y ahora, rizando el rizo, en el argumento de una broma pesada. Visca València, che!

Publicado en La Tribuna de Albacete el 30/5/2008

viernes, 23 de mayo de 2008

El espíritu de la escalera


Me puso sobre la pista de su existencia una novela de Chuck Palahniuk, escritor norteamericano de nombre imposible, pero que tal vez les suene gracias a esa adaptación al cine que se hizo de su libro «El club de la lucha». Palahniuk (junto con Houellebecq y algunos autores más de nombre asimismo imposible) es uno de esos pocos elegidos capaces de escribir novelas-espejo, obras que nos devuelven una imagen de lo que somos, tal vez algo deformada por la sátira y la caricatura, pero no por ello menos reconocible. Son autores de amargas alegorías contemporáneas, quizás porque concentran en sus personas y en sus plumas toda la mala leche de su generación, una cualidad que yo considero imprescindible para escribir buena narrativa en los tiempos que corren. La cuestión es que Palahniuk habla de un misterioso ser cuya existencia todos sospechamos, pero cuyo nombre no conocíamos... hasta ahora.

Los franceses, que desde los días de la Enciclopedia se entretienen catalogando y poniéndole nombre a casi todo, acuñaron la expresión «esprit de l'escalier» (literalmente «espíritu de la escalera») para denominar a este ser misterioso que parece habitar en escaleras, portales y zaguanes, y que siempre nos sale al encuentro demasiado tarde, cuando ya hemos emprendido la huída. En realidad, se trata de una metáfora para lo que ocurre cuando a uno lo ofenden y se queda sin saber qué decir, o bien da una réplica tan necia, torpe y ridícula que habría sido preferible quedarse callado. Entonces escondes el rabo entre las piernas y te largas. Y cuando estás bajando las escaleras, esa especie de genio o espíritu travieso te susurra al oído esa réplica demoledora que habría dejado a tu adversario hecho fosfatina. ¿Qué no darías por poder volver y endosarle la feliz ocurrencia al individuo que te acaba de poner en ridículo? Pero comprendes que ese momento ya ha pasado. Si volvieras agravarías tu humillación con un acto infantil. De modo que sigues bajando las escaleras y deseas que el espíritu de la escalera tuviera pescuezo, pues nada te haría tan feliz como poder retorcérselo.

Claro que nosotros no somos franceses. De hecho, nuestra nación ha encontrado un sistema para invocar al espíritu de la escalera incluso a toro pasado. Me refiero a nuestra costumbre de relatar nuestras trifulcas con algunos cambios en el guión. Y es entonces, a la hora de contarles la escena a nuestro amigotes, cuando nuestro ingenio brilla con luz propia, y el que nos ha humillado recibe esa réplica implacable y envenenada, esa estocada imposible de neutralizar que nos sopló el espíritu de la escalera. «¿Pero le has soltado eso de verdad?», pregunta siempre algún imbécil. «Bueno, a lo mejor no con esas palabras», contestamos, algo preocupados por que nos pillen en un renuncio. «No me acuerdo exactamente de lo que le dije, pero en esencia era eso, sí».

La realidad es casi siempre muy distinta. Aunque nos cueste aceptarlo, la vida siempre comporta una dosis más o menos grande de sometimiento. Raro es el día en que no nos vemos obligados a tragar alguna píldora amarga, ni jornada que no traiga consigo su derrota. Padres, hijos, cónyuges, jefes, amigos, profesores o compañeros nos asestan a diario sus pequeñas cornadas, esas observaciones dolorosas o humillantes que hemos de acatar en silencio y agachando la cabeza, pues la alternativa nos abocaría a una situación mucho peor. En ocasiones incluso las recibimos de extraños. ¿Cuántas veces, en la cola del supermercado, no habremos deseado decirle un par de cosas a ese caradura que se cuela porque lleva solamente una latita o una bolsa de pan bimbo? ¿Con qué frecuencia nos asalta el impulso de darle su merecido al funcionario que nos ha tratado con prepotencia, al mozalbete que ha estado a punto de atropellarnos con su bici, al dependiente que se ha comportado de forma grosera con nosotros delante de otras personas? Después nos dará algo de vergüenza el haber encajado la humillación, y es casi seguro que el espíritu de la escalera nos hará su inevitable visita. Pero no tiene sentido desandar lo andado, tal vez porque sabemos, o al menos intuimos, que el tejido social se sustenta sobre ese sinfín de claudicaciones que la gente acepta sin rechistar. Si nos reveláramos cada vez que nos creemos pisados, la vida en sociedad sería del todo imposible. Por eso no nos sentimos unos cobardes, sino unos supervivientes.

Y además, en este país tenemos la suerte de haber inventado esa forma de arreglar las cuentas con la realidad que consiste en no contar las cosas como sucedieron, sino como gustaría que hubieran sido. Sin necesidad de ciencia-ficción, los españoles somos habitantes de realidades paralelas: las que vivimos y las que contamos. Y todo gracias a que hemos aprendido a domesticar al espíritu de la escalera, convirtiéndolo en guionista de una versión ficticia de nuestras vidas que es siempre más satisfactoria que la real.


Publicado el 23/5/2008 en el diario La Tribuna de Albacete

jueves, 22 de mayo de 2008

20 minutos en el Serengueti



Entre las calamidades que azotan al hombre moderno, existe una en apariencia trivial, pero a mi entender particularmente aborrecible. Me refiero a esa nueva forma de publicidad que ya no se contenta con interrumpir nuestros programas de televisión favoritos o con saltarnos a los ojos desde las páginas de la prensa escrita, sino que ha encontrado la manera de colarse en nuestros domicilios por vía telefónica, siempre a horas intempestivas. Y así sucede que se encuentra uno en plena siesta, buscando el reposo y el olvido de esos veinte minutos de Nirvana que el maestro Cela denominó «el yoga ibérico», ese estado de comunión con el cosmos inducido por la ingesta de legumbres y la visión de esa simpática familia de leones del Serengueti que protagoniza todos los documentales de La 2. Y entonces riiiiiing, y se acabó el Nirvana y el Serengueti, y nos incorporamos del sofá de un salto y con el corazón en la boca. Porque, claro, una llamada a la hora de la siesta por fuerza tiene que ser importante. Y descolgamos el auricular y mascullamos digaaaa con voz pastosa de alarma y de sueño. Y entonces nos responde una animosa señorita o mozalbete con melifluos acentos caribeños o rioplatenses. «Buenas tardes, ¿Sería tan amable de desirme su nombre para que pueda dirigirme a usted?» Y uno, aturdido y con un pie todavía en el Serengueti, se lo dice. «Grasias, señor Sebrián. Mi nombre es Valeria Baccarini (o Wendy Rodrigues), y le shamo en nombre de Molafone. Dígame, por favor, ¿cuántos selulares tienen en casa?» O bien: «Señor Sebrián, shamo en nombre del Banco Jones, y tengo para usted una oferta finansiera que sin duda ashará irresistible. Dígame, ¿cuánto dinero gana usted al año?» En este caso, es probable que respondamos con un exabrupto o colgando el auricular de golpe. El problema es que eso no sirve de nada, pues está comprobado que en tal caso la incombustible teleoperadora latinoamericana volverá a la carga tan pronto como cerremos los párpados.

Tengo que confesar que estas llamadas son mi talón de Aquiles. Quiero decir que me ponen de una mala uva terrible. Por ello me he decidido a perfeccionar algunos métodos defensivos que han demostrado cierta utilidad. Mi primera técnica se basa en el principio táctico de que «la mejor defensa es un buen ataque». Tan pronto como Wendy me da las buenas tardes, voy y le pregunto si conoce la Ley de Protección de Datos. Y entonces, aprovechando su sorpresa, pongo voz de inspector de Hacienda y le exijo que me comunique el CIF de su empresa y el origen del archivo por el que ha accedido a mi información personal. Con esto casi siempre basta para que desista. Pero si la teleoperadora es de la variedad recalcitrante, uso la técnica que denomino del «perturbado mental». Tan pronto como descuelgo el teléfono, alertado por el letrerito de «número privado», antes incluso de que Valeria me dedique su cantarín saludo, empiezo a gemir como si me encontrara en un estado de gran excitación sexual. Ooooh, aaaah. No hace falta más para que cuelguen y me tachen de su lista. Y a otra cosa.

Tenía yo una amiga porteña que se vino a trabajar «acá». Después de probar varios negocios sin mucho éxito, la piba decidió aprovechar la tendencia natural de su nación de darle sin tregua a la singüeso. En complicidad con varios compatriotas, dio en montar un call center, pues tal es bárbara denominación de esos negocios especializados en darnos la tabarra a domicilio. Le expresé a mi amiga (que ya no lo es) mis reparos en cuanto a la moralidad de semejante actividad. Y ella me dijo que, si no quería ser molestado, bastaba con que acudiera a una asociación de consumidores y me inscribiera en la «Lista Robinson». Tal vez huelgue la explicación, pero lo de «Robinson» es por Robinson Crusoe. Es decir, que si uno no quiere que perturben su paz doméstica, ha de declarar públicamente su vocación de náufrago. Yo más bien creo que la tranquilidad es un derecho inalienable, y que lo que debería haber es una lista en la que se apuntaran todos los masoquistas a quienes no les importe recibir llamadas comerciales a la hora de la siesta. Con dramatismo de tango o de milonga, mi amiga me reprochó mi crueldad. Luego me recordó que uno tiene que ganarse la vida, y que la de teleoperador era una de las profesiones que más estrés causan (aunque se guardó de aclarar a quién). Le respondí que lo lamentaba mucho, pero que me costaba trabajo simpatizar con sus cuitas. Es más, le sugerí que reconvirtiera su negocio dándole una orientación más ética y social, en un club de alterne, por ejemplo. Mi amiga me llamo «pelotudo» y me mandó a ese sitio. Pero mi conciencia se quedó muy tranquila. Es más, creo que todos deberíamos cooperar para dejar a las compañías y los bancos sin personal dispuestos a hacerles el trabajo sucio. Pues eso, fustiguen sin piedad a los teleoperadores. Ejerzan de Robinsones con auténtica mala leche ibérica. Todos tenemos derecho a nuestro ratito diario en el Serengueti.

Publicado en el diario La Tribuna de Albacete el 16/5/2008

Bachillerato Internacional



Al cabo de veinte años en la enseñanza, uno tiende a mirar con cierto recelo todo lo que huela a cambio o reforma. No en vano, la experiencia de los últimos lustros nos demuestra que lo más sabio que el legislador puede hacer en materia educativa (además de no consultar jamás con los pedagogos) es procurar legislar lo menos posible, dejar las cosas como están, dignarse no hundirnos más en la miseria con leyes idiotas, polémicas estériles y materias sin contenido. Valga como ejemplo la que se ha montado con la dichosa asignatura de la Educación para la Ciudadanía, una pelotera a la que ningún sector social parece ajeno, salvo quizás el más interesado, es decir, el de los profesores, que hemos asistido a todo este esperpento con la resignada indiferencia de quienes se saben condenados a pagar el pato. Con semejante panorama, no es de extrañar que cuando un político abre la boca para anunciar novedades, cualquier enseñante con algo más de unos meses de oficio se eche a temblar como un niño pequeño al que se le menciona el Hombre del Saco.

Hace ocho o nueve años, cuando el director de mi instituto (Franco Albares, era entonces) nos habló de implantar el Bachillerato Internacional en el centro, no fuimos pocos los que torcimos le gesto, pensando que estaba a punto de caernos encima otra calamidad camuflada de innovación pedagógica. Pero lo cierto es que, transcurrido este tiempo, estoy en condiciones de afirmar que algunas novedades suponen también grandes mejoras, y que esta modalidad de Bachillerato ha traído cosas excelentes consigo. Es más, me atrevería a decir que el Internacional ha hecho renacer en mis compañeros y en mí algo parecido a ese entusiasmo por enseñar que creíamos perdido para siempre, o al menos oxidado, en medio del deterioro reinante.

El Programa de Diploma del Bachillerato Internacional nació hace cuarenta años gracias al esfuerzo de un grupo de familias vinculadas al mundo diplomático y a los organismos internacionales. Eran personas que se veían obligadas a cambiar con frecuencia de país de residencia, con el consiguiente trastorno para sus hijos en edad escolar, quienes debían saltar de un sistema educativo a otro con cada mudanza. Su solución consistió en crear un programa de estudios basado en la calidad y la exigencia, que se impartiera conforme a criterios únicos en colegios repartidos por todo el mundo. Hoy en día el Programa del Diploma del Bachillerato Internacional se ofrece en 2.300 centros educativos de 127 países, y es cursado por más de medio millón de alumnos. Un pequeño grupo de esos alumnos está en Albacete, y el centro donde estudian es el Instituto Bachiller Sabuco.

En tan reducido espacio, resulta difícil resumir las peculiaridades que diferencian al Bachillerato Internacional de otras enseñanzas al uso. Cabría mencionar su alto nivel de exigencia, que presupone un tipo de estudiante organizado y sin miedo al trabajo. También la abundancia de proyectos de investigación que los alumnos deben realizar, tanto en las asignaturas de Ciencias Sociales y Humanidades como en las puramente científicas, como la Química, la Física o la Biología, que comportan horas y horas de prácticas de laboratorio. Otra seña de identidad es la «comprensividad del currículo» (y perdonen el palabro), lo que significa que se renuncia a una especialización excesiva en aras de una formación rica y amplia en una variedad de disciplinas. De este modo, todos los alumnos (sean de ciencias o de letras) han de cursar un programa de Literatura mundial con lecturas que van desde Shakespeare a Arthur Miller. Todos sin excepción estudian Matemáticas, y un curso denominado «Teoría del Conocimiento», encaminado al desarrollo del pensamiento lógico y el espíritu crítico. En lugar de un estudiante experto en un estrecho campo de conocimientos, pero limitado para todo lo ajeno a su especialidad, el Bachillerato Internacional opta por dotar a sus alumnos de una base cultural rica y sólida que les permita afrontar con garantías la educación superior, pero que al tiempo los ayude a convertirse en adultos cultos, equilibrados y conscientes del mundo que los rodea. Y todo ello con un control de calidad permanente basado en la revisión constante de las enseñanzas y del trabajo del profesorado.

Con todo, creo que la marca de fábrica más característica del Bachillerato Internacional es el hecho de que propugna una cultura de la excelencia y del esfuerzo personal, lo que hace posible que los chicos con más talento y espíritu de superación puedan desarrollarse en un ambiente que estimula sus capacidades en lugar de frenarlas. El Diploma del B.I. goza de una amplia aceptación en las universidades más prestigiosas del mundo (no tanto, por desgracia, en la universidad española). Pero más allá de la moderna preocupación por la rentabilidad inmediata de las titulaciones, pensamos que esta modalidad constituye una inversión en futuro, una apuesta por obtener la mejor formación posible, tal vez el capital más sólido que podemos legarles a nuestros hijos.

Y terminaré diciendo que para mí, como para cualquier profesor que en el fondo ame su trabajo, es un privilegio tener alumnos como los que cursan el Bachillerato Internacional en el Sabuco. Precisamente por estas fechas los chicos mayores están realizando sus exámenes para la obtención del Diploma. Sólo me queda desearles toda la suerte del mundo y darles las gracias por haber podido disfrutarlos en nuestras aulas. A veces nos olvidamos de decírselo, pero ellos saben que lo que nos dejan es mucho más de lo que se llevan consigo.


Publicado en el diario La Tribuna de Albacete el 9/5/2008

Donde habite el olvido



Hace unos días murió el padre de un amigo. En el tanatorio, cuando le pregunté cómo se encontraba, mi amigo me contestó que se sentía triste, cansado. La agonía es siempre agotadora, tanto para quien la sufre como para sus familiares. Hoy tenemos los servicios de cuidados paliativos. Pero no existe paliativo posible para un hijo que ve cómo su padre se apaga lentamente. Si buscamos un punto de inflexión en nuestras vidas, tal vez ése sea el único cierto. Ese momento de soledad infinita y de vértigo en que vemos morir a nuestros padres. Nos dicen que es «ley de vida», pero intuimos que la única ley que acaba de cumplirse es la norma inexorable de la muerte.

Perder a un padre es asomarse al abismo por primera vez. Perdemos a un padre y comprendemos que la muerte ha dejado de ser una abstracción. Pero la idea sigue siendo tan terrible que, en los primeros compases de la pérdida, resulta imposible de asumir, salvo quizás de un modo teórico. O tal vez ni tan siquiera así. Durante los últimos días no hemos estado solos ni un minuto. No hemos tenido tiempo para pensar. Han sido noches en vela. Luego, los preparativos de urgencia, las llamadas. Todos los ritos sociales de la muerte. También los trámites, los papeleos. Como si el hueco que deja la persona que se ha ido sólo pudiera llenarse con un sinfín de gestiones y documentos. Pero hay un hueco mucho más grande, más oscuro y frío. Es el que encontramos cuando regresamos a nuestra casa y hemos de enfrentarnos a la sobrecogedora idea de nuestra recién estrenada orfandad. Ha llegado el momento de «elaborar el duelo», que es el término que usan los psicólogos. Tal vez todo se reduzca a aceptar que acabamos de ingresar en la madurez, y que no somos verdaderos hombres o mujeres hasta que vemos morir a nuestros padres. Ellos ya no están, y ahora nosotros somos ellos. Asumimos su condición. Ocupamos su lugar. La muerte de nuestros padres nos ha convertido en nuestros padres. Hemos añadido un eslabón a la cadena. Lo que podemos esperar en adelante es previsible. El único consuelo es que todo ha sucedido conforme a una pauta lógica y necesaria. A partir de ahora, andaremos el resto del camino en solitario. La idea nos entristece, pero al cabo de un tiempo se vuelve tolerable y llegamos a aceptarla. Es ley de vida. Ley de muerte.

Pero hay panoramas mucho más crueles.

Recuerdo una secuencia de ese magnífica película de Adolfo Aristaráin que se titula Martín (Hache). El hijo del protagonista (interpretado por el gran Federico Luppi) ha estado a punto de morir por una sobredosis de cocaína. Su padre reflexiona sobre el suceso. En su monólogo viene a decir que todas las pérdidas son concebibles, salvo la de ver morir a un hijo. Continúa afirmando (y cito de memoria) que la muerte de un hijo no nos aflige, sencillamente nos destruye. Tal vez sigamos viviendo. Incluso puede que lleguemos a representar con cierta verosimilitud las rutinas de una existencia convencional. Pero cada uno de nuestros actos, cada ínfimo gesto, será maquinal y carente de sentido. Porque bajo la carcasa de personas normales no habrá más que espacio vacío. Y lo cierto es que necesitamos la vida de nuestros hijos más que la nuestra. La sola idea de ver morir a un hijo es tan aborrecible que ni siquiera podemos formularla como hipótesis. Nuestra mente la rechaza con mucha más vehemencia que la de decir adiós a otros familiares o seres queridos. Es peor, mucho peor, que la perspectiva de nuestra propia muerte, que sí nos es dado imaginar. Es algo antinatural, absurdo. No es «ley de vida». Pero los motivos por los que nos negamos incluso a considerar la idea van más allá de la lógica o de los afectos. Perder a un hijo supone que la cadena queda interrumpida. Él ya no estará para encarnarnos cuando nos hayamos ido. Perder a un hijo es la forma de muerte más atroz y definitiva, en tanto que supone renunciar al único modo en que podemos ser perdurables, a nuestra única opción de inmortalidad.

Esta semana he pensado mucho en este amigo que acaba de perder a su padre. Su dolor es tan universal que no resulta difícil compartirlo de un modo sincero. Me gustaría poder dedicarle algunas palabras de consuelo. Decirle que lloro con él. Que siento como mías su soledad y su tristeza. Pero sospecho que en esas circunstancias todos estamos más allá del consuelo, al menos del consuelo que pueden brindarnos las palabras. La muerte de un padre es algo tan rotundo, tan irrevocable, que despoja a las palabras de sentido.

¿Dónde ha ido ese ser querido que acaba de morir? Desde luego, mucho más allá de nuestro alcance. Mucho más allá de la cara oculta de la luna. Tal vez a esos «vastos jardines sin aurora» de los que hablaba Luis Cernuda en unos versos memorables.

Allá, allá lejos.

Donde habite el olvido.


Publicado en el diario La Tribuna de Albacete el 2/5/2008

viernes, 2 de mayo de 2008

Un librero de viejo



Albacete tiene un librero de viejo. El único, que yo sepa. Se llama Jesús y le dicen “El Joven”. El apodo no le viene por su edad (andará por la mitad de los cuarenta), sino por filiación. El padre de Jesús, “El Joven” original, tenía un quiosco de pipas y tebeos en la calle de la Caba. Yo no me acuerdo de aquella tienda, pero acudía a quioscos muy parecidos, y con ese recuerdo los ojos se me llenan de infancia. Veo cuchitriles abarrotados de objetos fascinantes y azucaradas delicatessen en los que un duro era un capital. Los niños íbamos allí a poner los cimientos de nuestras futuras caries y a cambiar tebeos de Mortadelo. Los adultos cambiaban novelas, esos libritos firmados con sonoros nombres anglosajones tras los que se ocultaban auténticos galeotes de la Olivetti. En un país donde el porcentaje de analfabetismo era descorazonador, los quiosqueros hacían posible que muchísima gente del pueblo leyera hasta dos o tres libros por semana. El padre de Jesús era uno de ellos. Y él siempre cuenta que el oficio de librero de viejo lo aprendió de su padre.

A mí me fascinan las librerías. Lo he contado muchas veces y no voy a insistir ahora. Los libros nuevos nos atraen de un modo casi sensual. Pero los volúmenes usados que se amontonan en las librerías de viejo poseen un atractivo único. Son como una amante experimentada que ha conocido muchas noches de amor, tal vez un poco ajada y bastante golfa, pero también capaz de provocarnos los placeres más intensos. A las historias que cuentan, los libros usados añaden su propia historia de objetos que han conocido sucesivos dueños. Sabemos que sus líneas han sido recorridas por infinidad de ojos, que numerosas manos han pasado sus páginas. Nos topamos con sorprendentes anotaciones y dedicatorias, y cada una añade su pátina de romance y misterio al volumen. Encontramos una línea o un párrafo subrayados y nos preguntamos qué ideas o sueños despertaron esas palabras en la inteligencia de un lector pretérito. Incluso nos llaman la atención las manchas antiguas que a veces mancillan el papel. ¿De qué naturaleza eran los fluidos que las causaron? ¿Café? ¿Tal vez sangre? ¿Alguna secreción innombrable? Al leer un libro usado, no sólo entablamos diálogo con su autor, sino también con todos sus lectores anteriores, porque todos ellos dejaron trozos de sí mismos encerrados entre las páginas, y a veces en un sentido nada figurado.

Todo aquel que haya viajado por el Reino Unido sabe del predicamento que gozan allí los libreros de viejo. En París, como tantos compatriotas, he recorrido los puestos de libros usados que bordean las orillas del Sena. Siempre que voy a Madrid me gusta visitar a la cuesta de Moyano, que nos sale al encuentro nada más abandonar la estación de Atocha. Albacete, para no ser menos, tiene también un librero de viejo. Y se llama, insisto, Jesús “el Joven”. Lo pueden encontrar en su librería de la calle Octavio Cuartero, casi llegando al paseo de la Feria. También en el recinto ferial cada septiembre. Y, por supuesto, en su stand de la Feria del Libro Usado y de Ocasión de principios de primavera, donde es el único representante autóctono del gremio.

Hasta hace un par de años, a Jesús lo veíamos también cada domingo en la Plaza Mayor, en aquel rastrillo que nació de forma espontánea y se fue consolidando poco a poco. Había puestos de antigüedades, de monedas, de filatelia... Pero el corazón de todo el tinglado era el puesto de libros usados de Jesús, donde coincidíamos muchos consumidores compulsivos de letra impresa. Aquella actividad le devolvió a la Plaza Mayor su carácter de foro y lugar de encuentro, restauró su alma perdida años atrás con el traslado del mercado. Por desgracia, al reclamo del público acudieron otros mercachifles menos escrupulosos, en concreto vendedores de fruta de dudoso origen. Pero el golpe de gracia lo asestó el propio Ayuntamiento al tomar la decisión de llevarse el rastrillo a la plaza de Fátima. Cualesquiera que fueran las razones (y no dudo que las hubiese) el negocio de Jesús entró en declive. Se vendían menos libros, y de menor calidad. Los libros antiguos, las primeras ediciones, los ejemplares dedicados, desaparecieron de su puesto para ser reemplazados por morralla. Y Jesús, que ama los libros aunque no los lea, empezó a notar que ya no disfrutaba con lo que hacía. Ahora solicita que el Ayuntamiento le permita volver a la Plaza Mayor, junto al quiosco de prensa, donde estuvo durante varios años domingo tras domingo. Jesús aduce que él no vende alpargatas ni baratijas de todo a cien. Lo suyo es cultura, y por eso ha pedido el apoyo de escritores, periodistas, investigadores y otras personas vinculadas al mundo de las letras. Desde esta columna le brindo el mío sin la menor reserva. Respetuosamente, solicito a la alcaldesa que el puesto de libros de Jesús “el Joven”, único librero de viejo de Albacete, regrese a la plaza Mayor. Su actividad ennoblece y anima un espacio emblemático de nuestra ciudad, y la decisión de restituirla a su lugar natural haría más por la cultura que cualquiera de esos circos ambulantes que se han organizado con ocasión del Día del Libro. Ya hemos perdido demasiadas cosas. Conservemos una de las pocas que merecen la pena. Un puesto de libros viejos en el corazón de la ciudad.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 25/4/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

El dichoso artículo sobre el Día del Libro



Este año me había propuesto ser original y ahorrarles el dichoso artículo sobre el Día del Libro. Había pensado que sería más oportuno aprovechar la fecha para denunciar la pobreza cultural que se vive últimamente en la ciudad; el escasísimo apoyo institucional que se brinda a los escritores de Albacete; la indiferencia de los responsables políticos ahora que ya no tienen la obligación de citar el Quijote y que el bueno de Cervantes ha dejado de revolverse en su tumba; la bochornosa paralización que sufre el servicio de publicaciones de la Diputación, que tanto impulso diera a las nuevas firmas en otros tiempos; la desidia, el marasmo, la falta de ideas. Había pensado denunciar todas estas cosas, pero he optado por no hacerlo. Al fin y al cabo, lo que pasa no deja de ser normal, mientras que lo excepcional era lo de antes, cuando alguien de los que mandaban alumbró la feliz idea de que apoyar la carrera de los escritores noveles podía ser una forma de generar un capital cultural en nuestra tierra.

Me cuenta mi amigo Francisco Rodríguez Criado, escritor cacereño, que la Junta de Extremadura está mimando a los autores autóctonos, especialmente a los que empiezan. Allí se promueven publicaciones, premios, charlas, lecturas poéticas, talleres, encuentros con lectores y todo aquello que sirva para que los escritores jóvenes sean conocidos por el público, con el consiguiente impulso para sus carreras y su labor creativa. Yo he rebasado de largo la condición de «joven escritor», pero no puedo evitar sentir algo de envidia por una gestión cultural que pone la creación literaria en el mismo nivel, al menos, que las carreras populares o las gazpachadas. Ahora bien, insisto, éste no va a ser un artículo de denuncia. Además, ¿a quién puede sorprenderle todo esto cuando es notorio que la cultura en nuestra tierra se ha convertido en un área de políticos «en barbecho», el modo de dejar aparcado a alguien mientras se le jubila o se le busca algo mejor?

En suma, que voy a olvidarme de la denuncia. Y si lo pienso bien hasta puede que esta situación lamentable tenga su lado positivo, toda vez que al escritor (y al artista en general) le prueba estupendamente la mala vida. Se escribe mucho mejor desde la rabia y la derrota que desde la complacencia y le triunfo, y jamás habríamos tenido a Cervantes, a Poe o a Bukowski si ellos hubieran sido criaturas mimadas por la vida, en lugar de pobres diablos que no tenían donde caerse muertos. La literatura es una cruel amante. No hay que aspirar a vivir de ella, sino estar dispuesto a morir por ella. Ésta es un gran verdad. Y es muy posible que los responsables culturales de estas tierras, personas cultas y bien aconsejadas, hayan decidido fomentar la creación literaria por el sutil procedimiento de relegar a nuestros escritores al desprecio y al olvido. Por todas esas cosas he decidido no escribir un artículo de denuncia. En su lugar, voy a resignarme a escribir el consabido artículo sobre el Día del Libro.

El Día del Libro es el próximo miércoles y este año voy a darme el gusto de celebrarlo con una nueva novela en las librerías. Su título es Los fantasmas de Edimburgo, y no tiene nada que ver con lo paranormal. O tal vez sí, porque constituye un acontecimiento extraordinario, algo realmente prodigioso, que un ignoto escritor de provincias consiga publicar un libro en una editorial nacional. No voy a afirmar que mi libro sea bueno, porque uno sólo puede ser un crítico convincente de la obra ajena. Tampoco diré que sea barato, porque faltaría a la verdad. Es vox populi que los libros son caros. Basta con pensar que, por lo que cuesta un título de novedad, se pueden pagar dos entradas de cine, tres gin-tonics o el menú del día en un restaurante medio decente. Lo único que puedo afirmar de forma objetiva es que se trata de una novela tirando a voluminosa. También formularé la afirmación rotunda y sincera de que no se trata de un libro escrito desde la complacencia.

Cierta vez escribí que nadie que no haya pasado por el mismo trance puede comprender la enorme soledad del novelista. Una novela en proceso de escritura es un páramo hostil y solitario por el que el escritor vagabundea durante meses o años. Y cuando por fin consigue salir de allí, terminar el libro, la depresión post-parto puede ser tan intensa que haga peligrar la salud mental del autor, quien de pronto se encuentra convertido en un exiliado del mundo literario que tan trabajosamente ha logrado crear. Después viene el calvario de encontrar editor, un proceso tan largo, tortuoso y sembrado de frustración que renuncio a detallarlo, al menos hasta haber concluido las sesiones de terapia. Pero basta ya de lloriquear como una niñita, porque lo que importa de verdad es que este Día del Libro es para mí el Día de Mi Libro («yo he venido aquí a hablar de mi libro», ¿se acuerdan?), un novela de 480 páginas titulada Los fantasmas de Edimburgo, de la que me siento muy orgulloso, y en la que espero haber sabido crear un espacio confortable y ameno para cuanto lector que tenga la gentileza de visitarlo. Naturalmente, están todos invitados. Y puesto que este artículo ha degenerado en una burda estratagema promocional, quiero que en sus últimas líneas conste mi deseo de no recibir remuneración por él, aunque espero que este diario tampoco me haga pagarlo como un anuncio por palabras. Ea, que tengan ustedes un feliz Día del Libro.

El Cuarto de las Brujas



El Cuarto de las Brujas estaba al fondo de la casa de mis abuelos, en el número 21 de la calle de la Feria, justo enfrente de aquel cine Cervantes que fue demolido en sus dos reencarnaciones y que ya no veremos renacer de nuevo. Tampoco la casa de mis abuelos existe ya. La barrió el tiempo y la furia inmobiliaria, junto a tantos otros edificios nobles de la ciudad de antaño. Para mí, sin embargo, aquella casa de la infancia es mucho más real que mi actual vivienda. Era una casa profunda, como diría Cortázar. A la entrada, el vestíbulo, el despacho, una espaciosa habitación de estar y un comedor que hoy, acostumbrado a las casitas de muñecas en las que nos apretujamos, se me antoja gigantesco. Luego se abría el pasillo, tan largo como un túnel de metro, con los dormitorios a un lado como estaciones de una misteriosa red suburbana. Al fondo, la luminosa cocina, sin duda la pieza más cálida y acogedora, con su despensa provista de baldas de mármol blanco. Detrás, la puerta por la que se accedía a la terraza, al corral (con pocilgas y gallinero) y al misterioso ámbito de la cámara, que en mis años infantiles ya amenazaba ruina. Más allá, el lavadero. Y al final el Cuarto de las Brujas, que en su origen fue un pequeño almacén donde mi abuelo guardaba los muestrarios de sus representaciones (que eran múltiples, desde material para dentistas a perfumes, pasando por medicamentos y calcetines). Supongo que lo de las «brujas» era un modo de disuadir a los críos de que entráramos allí para enredar. Pero lo que consiguieron fue que aquella estancia, ya de por sí interesante, se nos figurara una tentación irresistible. Hasta que los adultos se rindieron y mi hermano y yo obtuvimos permiso para convertir aquel trastero en nuestro dominio privado.

Buena parte de mi niñez, seguramente la mejor, transcurrió en el Cuarto de las Brujas. Si entorno los ojos, puedo verme explorando las estanterías donde se guardaban aquellos viejos muestrarios de mi abuelo: calcetines Molfort’s según la moda de varias décadas atrás; colonias Dana guardadas en preciosos estuches de color burdeos, con la imagen (para mí perturbadora) de una pianista y un intérprete de violín fundidos en un abrazo; carteles de Profidén adornados con sonrisas pretéritas, como las de los artistas de cine. Amontonados en las estanterías, infinidad de libros de contabilidad escritos con los minuciosos trazos de estilográfica que formaban la letra de mi abuelo. Todo antiguo, todo de otro tiempo, hasta el rayo de sol que entraba por la ventana, en el que siempre flotaba un enjambre de motas de polvo que brillaban como joyas diminutas.

Por mucho que lo piense, me resulta muy difícil explicar qué es lo que hacía allí durante aquellas horas incontables y lentas de la infancia. Recuerdo que había un baúl lleno de ropa vieja y que mi hermano y yo la usábamos para disfrazarnos. Me parece que una vez intenté montar un laboratorio como el de las películas de Frankenstein. Sobre el polvoriento banco de trabajó coloqué mi juego de química, un microscopio de juguete y un juego de anatomía que me habían traído los Reyes, y que una vez fuera de la caja tenía el mismo aspecto que el mostrador de una casquería. También organizábamos funciones de guiñol. A veces por turnos. Primero interpretaba yo la obra y mi hermano hacía de público. Luego intercambiábamos los papeles. Aunque era frecuente que ambos oficiáramos como titiriteros mientras los adultos se resignaban a servirnos de público en aquellas incoherentes representaciones, que siempre incluían mucha más violencia que cualquiera de esos videojuegos ahora tan denostados. También tuve una época de aprendiz de perfumista en la que me dio por mezclar las esencias de los muestrarios en busca de una combinación irresistible. Si cierro los ojos y aspiro, todavía me parece oler los vapores de medicamento y pachulí que despedían aquellas mezclas, que a mí me parecían embriagadoras, aunque nunca logré convencer a mi madre para que las usara.

Éstas y otras muchas eran las actividades que practicábamos en el cuarto de las brujas. Sin embargo, sigo teniendo la sensación de que aquellos juegos, todo aquel trajín infantil, no justificaban las muchas horas que pasábamos allí. Tal vez la respuesta sea que el tiempo de la infancia es un tiempo distinto. Un tiempo lánguido, absorto, en el que un minuto parece durar una hora, y el día entero transcurre con la lentitud de toda una vida. Si lo pienso, el mismo Cuarto de las Brujas era un almacén de tiempo condensado, compuesto de objetos y de recuerdos que se habían depositado a lo largo de los años como estratos de aluvión. Pero era también un depósito de esa sustancia que sólo conocemos en las etapas más tempranas de la vida, la materia frágil y luminosa de la que está hecha la felicidad. Y a veces hasta pienso que esta extraña vida de adulto no puede ser real, tan sólo el mal sueño de un niño que se quedó dormido sobre el suelo, en el Cuarto de las Brujas.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 11/4/2008

Columna: "La Ley de Murphy"

Predicadores



Cada temporada tiene su fauna característica. Y la de la Semana Santa es la de los predicadores. Lo tengo más que observado y volví a comprobarlo durante las últimas vacaciones. Entiéndaseme. No es que el resto del año los predicadores permanezcan escondidos. Pero en Semana Santa se vuelven particularmente irritantes (igual que las moscas, que las hay casi todo el año, pero es en verano cuando incordian de verdad). No bien empieza la Cuaresma estos individuos empiezan a ponerse nerviosos. Y con la inminencia de la Semana de Pasión se sienten sacudidos por un éxtasis místico, pletóricos de gracia, bendecidos por el verbo divino. Entonces, como aquellos eremitas que abandonaban su cueva del desierto para predicar a grito pelado en las ciudades de los gentiles, los modernos predicadores se encaraman al púlpito de los medios de comunicación para recordarnos nuestra miseria moral. Y de paso darnos un poco la tabarra. Y no se conforman ya con sermonear en su casa, pues bastaría entonces con no sintonizar la COPE para ahorrarse el tostón. Ahora se les puede encontrar en los lugares más insospechados. Me acuerdo de un señor cura que cada domingo publicaba sus homilías en un periódico local más o menos progresista. Durante la mayor parte del año el hombre resultaba bastante inofensivo. Se limitaba a hacer sus reflexiones sobre Lázaro, la parábola del sembrador y el leproso de Cafarnaún. Y tan contento. Pero en Semana Santa se exaltaba como un profeta del Antiguo Testamento. Y recuerdo al menos una ocasión en que al señor cura se le fue por completo la cabeza, y le dio por tronar que aquellos que no vivíamos cristianamente la Semana Santa éramos «unos malnacidos». Como lo oyen.

Ahora parece que no hace falta pertenecer al clero para erigirse en portavoz de la Conferencia Episcopal. Hay seglares, católicos de a pie, a quienes les da por sermonear desde los periódicos, como si su columna de opinión fuera una columna de estilita. Y a poco que el lector incauto se descuide, se encontrará con uno de estos crisóstomos de medio pelo acribillándolo con impertinencias e invectivas. Si has decidido aprovechar la Semana Santa para irte de viaje o descansar unos días en la playa, te llamarán frívolo. Si has preferido refugiarte en tu casita del pueblo, es porque eres un burgués y un zángano, y te marchas a practicar la holganza allá donde tus ancestros se partían el lomo. Y eso es porque el mundo es ahora un sindiós y un desmadre colosal y vivimos instalados en la cultura del ocio. Si hasta los pobres se han vuelto burgueses y pretenden irse de vacaciones, montarse viajecitos y darse la buena vida. ¡Habrase visto! Y así van las cosas como van, amigo lector, el mundo al revés. Y todo porque nos hemos olvidado del ejemplo de Jesús de Nazaret. Y por eso nuestros hijos se pasan la vida en botellones y nosotros tan contentos mientras los bujarras se casan y encima pretenden adoptar niños. Venga a mezclar peras con manzanas. Como si el matrimonio fuera una frutería en vez de un sacramento. Y venga a ponernos condones. Aunque luego nos parezca de perlas que en esas clínicas abortistas no paren de triturar fetos. Y encima mandamos a nuestros hijos a estudiar Educación para la Ciudadanía (siempre que no haya botellón). Para que luego, de mayorcitos, emparienten con alguien de su mismo sexo y quieran que los case Zerolo. Esos somos nosotros, los que vivimos una existencia frívola de espalda al Evangelio, los que holgamos y fornicamos (con condón), los que educamos a nuestros hijos en el vicio, la iniquidad y la ciudadanía, y luego sacamos la túrmix y trituramos unos fetos indefensos para la cena. ¡Toma ya! Mientras ellos, guardianes de la fe católica, garantes de la sagradas tradiciones, depositarios de las esencias del pensamiento recto, viven su Semana Santa cristianamente, y cristianamente nos invaden la calle con sus procesiones, nos ensordecen con sus tambores y sus clarines destemplados, y luego se adjudican una superioridad moral que jamás han demostrado y se dedican a insultar a todo bicho viviente que no piense como ellos, en especial a quienes entienden que la fe es una cuestión privada, respetable pero privada, que en este mundo hay sitio para todos sin necesidad de voces ni de coces, y que la esencia de la convivencia está en vivir y en dejar vivir.

Por fortuna, el mundo que añoran estos predicadores de rosario y cara al sol, aquel en el que alguna vez mangonearon e hicieron su agosto, va quedando atrás, muy atrás. Son voces que claman en el desierto (aunque sería de agradecer que no lo hicieran solamente en un sentido figurado, porque al menos en el desierto no molestarían a nadie). Pero es verdad que uno tiene la mala costumbre de enfadarse por cosas que no lo merecen, y tal vez el proceder más sensato fuera ignorar a estos nostálgicos del nacional-catolicismo camuflados de demócrata-cristianos. Ignorarlos, dejarlos atrás con sus traumas y sus insultos. Con su derrota y su mala leche. Y mirar adelante, vivir nuestra vida como nos plazca. Y disfrutar viendo cómo este país, aligerado de caspa y de mugre, ventilado de su tufo a cerrado y sacristía, abraza por fin la sagrada causa del laicismo. Gracias a Dios.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 4/4/2008

Columna: "La Ley de Murphy"